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G U A Y A B O N E G R O
Efe Gómez
Sobre ese caos flotaba un dolor de cabeza.
Un dolor de cabeza autónomo.
Luego, dentro de esa nebulosa de dolor, pero con nexos apenas
perceptibles en ella, comenzó a esbozarse la personalidad
consciente de Pedro Zabala.
¿Era aquello un dolor enorme a que él, Pedro Zabala, iba uncido,
del cual su ser fluía: o, al contrario, todo ese dolor, toda esa
angustia, toda esa tortura informe emanaban de él, procedían de
él?
Sintió sed, una sed aureolada de dolor, náuseas y vértigos: su
conciencia individual se hizo más viva, más diferenciada: el dolor
mordió en ella más hondo. Un olor acre, de orinal, penetró en la
íntima encrucijada de sus sentidos: luego penetró el canto lejano
de un gallo.
Se palpó la cara, se exploró los bolsillos… Miríadas de
imágenes, de sensaciones, de recuerdos truncos, vagos torturantes,
atravesaron su ser como atraviesa el horizonte una nube de
langostas: y como su esa nube ideal trocárase de pronto en ráfaga
candente que fustigara su cerebro Pedro Zabala fue creado,
reconocióse, tuvo conciencia clara de sí propio.
Abrió los ojos: los luceros brillaban sobre el cielo negro.
Frotóse los ojos con los dorsos de las manos: bostezó. Con un
esfuerzo largo, apoyando las palmas en el suelo, incorporóse. Paseó
en derredor los ojos extraviados. Se alzó, luego, dolorido: dio
unos pasos, vacilante: la cabeza se le abría. Apretóse las sienes
con las palmas y apoyó la frente contra el muro. Su cerebro era el
centro de un zumbido que, en espiral, se alejaba, se alejaba hasta
extinguirse casi y luego volvía, se acercaba hasta hincarse en el
propio centro de la cabeza con el silbido de un hierro al rojo vivo
que se sumerge rápidamente en el seno fresco de las aguas. Tortura
inefable, silencio… y otra vez el zumbido empieza a alejarse,
pero ahora en línea ondeada, retorcida, vibrante, trepidante, que
chispeaba, que estallaba en frases airadas, cínicas,
contumeliosas… El ruido del surtidor del patio entretejía su
charla al grito de las células cerebrales, y era esa una vocería
apocalíptica como el ruido de muchas cataratas… Y rostros
congestionados de ira, de amenaza: rostros odiados, rostros
temidos, rostros despreciados se le venían encima amenazadores,
gesticulantes… Y él se encogía, se anonadaba: y tapándose las
orejas con fuerza y apretándose los párpados para no oír, para no
ver, para eliminarse, se dobló, fláccido como un trapo, al pie del
muro, en colapso irremediable. "¡Orgías estúpidas!
Acabarán por…". Y su cerebro desplomóse en la nada a
ese esfuerzo de ideación consciente: y un dolor fulgurante
enroscándose a su cuerpo torturado llevó a los centros nerviosos la
alucinación de qué él era un gusano destripado sobre el pavimento.
Y veía sus vértebras, sus anillos retorciéndose en una linfa
espesa: y se veía allí pudriéndose eternamente: y bandadas de
moscas abatían su vuelo zumbador sobre él: y las agudas trompas de
los asquerosos insectos penetraban sus carnes deshechas, pero
infinitamente sensitivas: y quería huir, correr, desaparecer,
anonadarse…
Una rata hizo ruido en un rincón. Pedro Zabala saltó como una
pelota y púsose en pie. Miró a todas partes, los ojos brotados de
las órbitas.
-¿Quién, quién es? -clamó en los lindes del horror de cerval
miedo. El corazón chapaleábale en el pecho, corríale de la cabeza a
los talones el temblor del pánico. Repitióse el ruido más intenso
ahora. Los cabellos erizáronsele y huyó en furiosos escape. Topetó
con estrépito contra el muro de enfrente. Volvióse atontado,
jadeante. En el surtidor rielaba la luz de las estrellas, y a él
figurósele el fulgor suave, indeciso, fríos ojos de espectros: y el
ruido manso de las aguas airado vocerío, el surtidor un monstruo
apocalíptico de algún negro apocalipsis de taberna y borrachera, el
cual vertía para él, de manera misteriosa, frases que hacían
explosión en la mitad de su cabeza dolorida.
-¡No!¡No! -gritaba. Pero la voz implacable continuaba vertiendo
su mensaje horrendo. ¿Era su conciencia moral, proyectada al
exterior por su organismo en hiperestesia lamentable, quien
descargaba esos golpes de maza proféticos, terribles?
-Eres un miserable -decíale la voz del monstruo-. Tus orgías
agotarán tu organismo. Vendrá la enfermedad, vendrán el desamparo,
la desnudez, el hambre y la miseria. Y tu hijo será un degenerado,
tu hogar será prostituido.
-¡No! ¡No! ¡No! … ¡Calla! -Y se retorcía como un
epiléptico, y sus manos se tendían amenazantes, crispadas, como las
zarpas de un león.
Y la voz continuaba:
-Y tu hogar será derruido, aventado… y tu esposa…
-¡Miserable! -clamó Pedro Zabala, desaferrándose de la
inmovilidad en que la parálisis lo tenía clavado, y abalanzándose
para tapar con sus manos esa boca del infierno, para sofocar esa
garganta contumeliosa, para torturar en un abrazo de Hércules ese
pecho, nido de Euménides, hervidero de iras y de afrentas. Y sus
manos apretaron la incoercible y fresca columna de aguas del
surtidor, y cayó de bruces, la cara entre el brocal, en donde el
agua, coronada de espumas, rebosaba y huía cantarina.
El zambullón despejó su cabeza. Sacudió las mojadas melenas y
tornó a zambullir la cabeza entre las linfas benéficas: y bebió de
ellas: se abrevó con ansia, con fruición, con delicia… Sintió
arcada y reversó ondas amargas, detersivas, que ardían sus fauces,
y tornó a beber, a beber… Invadióle un dulce desaliento,
tumbóse sobre el húmedo brocal. Y empezó la rebusca. Esa horrible
incursión de la memoria por entre los recuerdos borrosos,
fragmentarios, de una orgía de la víspera.
-¿Qué habré hecho yo? ¿A qué amigo habré insultado?…
¡Horror! ¿Pero cómo sucedió -pensaba- que yo me emborrachara ayer?
A ver: por la mañana, a las seis, había salido de casa con su mujer
y con su hermana. Una mañana fresca, limpia, luminosa: ¡una cosa
linda!
En el camino se les juntó Manuel, su cuñado, y siguieron los
cuatro juntos a oír misa. Terminada ésta, propuso él que dieran un
paseo por el Morro. Se bañarían en la quebrada del Juncal. Luego
almorzarían huevos con chocolate donde Úrsula, la viuda de
Anselmo.
-Convenido -dijeron Inés su hermana y Manuel su cuñado.
-¡Ellos! ¡Cuando no! -contestó Matilde su mujer, mirándolos
sonrientes-. ¿Pero no están viendo que yo no puedo? ¿Que dejé al
niño solo, en poder de la criada?
-Ven. Volveremos pronto.
-¿Pero no ves que el niño está llorando?
-¿Y cómo sabes tú que está llorando?
-¡Tan bobo! Yo lo sé.
-A ver: ¿cómo lo sabes?
-Pues… yo lo sé. Y se acabó.
-No: dime, dime.
Llevóla a un lado y ella toda ruborizada y toda sonriente
contóle su secreto… Se lo habían contado cuando soltera y no
lo había creído… Pero ahora por experiencia sabía que era muy
cierto. Pedro Zabala reía, reía con risa gozosa, irrestañable, de
la ingenua confidencia, y queriendo que los otros compartieran su
gozo, empezó, entre risas, a contárselo:
-Que el niño está llorando, que tiene hambre, dice Matilde,
porque… (
|Aquí ella le tapó la boca con las manos
adoradas)… porque…
|(Y él forcejeaba por decirlo, y
sus palabras salían truncas, ahogadas)… porque, dice ella,
de sus pechos está derramándose la leche.
-¡Bobo!, ¡bobo!, ¡indiscreto! Ven, Inés, dejemos a esos… y
vámonos. Y los ojos de Matilde miraban a Pedro Zabala con rencor
acariciante.
"Esos ojos -decía él- cuya arcana lumbre he tratado de
apagar en vano con mis besos…" Y sentía un deseo
loco, irresistible, de estrecharla ahí mismo entre sus brazos y
¡besarla!, ¡besarla!…
-Los esperamos a almorzar. Cuidado no van -gritóles, alejándose,
Matilde. Mientras Inés, grave, se iba, puestos en los de Manuel los
ojos bellos. Porque Manuel y ella se adoraban e iban a casarse
dentro de quince días.
-Y es bella Inés -pensó Pedro Zabala-: tiene una hermosura que
se impone: la belleza augusta y santa de mi madre.
Sintió la sensación aguda de contárselo a Manuel todo. De
contarle que la casa que estaban terminando ahí, cercana a la suya,
la edificaban ellos, su mujer y él: que eso que decían de que él la
construía por cuenta de un capitalista de Medellín que la destinaba
a pasar en ella temporadas con su familia, era puro cuento: que ese
cuadro de Cano que desde que estudiaban en la Universidad tanto él
había deseado y que cuando lo vio en la sala de esa casa, de la que
iba a ser su casa, contemplaba con la alegría con que se vuelve a
ver a un antiguo conocido, y con la tristeza de lo que jamás quizá
ha de poseerse, era suyo. Que ese decorado flamante… todo eso
que él mismo con sus manos había contribuido a crear, iban a ser
testigos de su ventura… Y echándole el brazo, arrancólo del
lugar de donde veía aún alejarse a su novia y llevólo plaza
arriba.
Entráronse a los apartamentos interiores de "El León de
Bronce": tomaron asiento ante una mesita. Empezaron a
hablar de su vida. Esa mañana luminosa, ese ambiente recatado, el
estado de sus almas, convidaban a las reminiscencias íntimas.
Hablaron de sus tiempos de la Universidad adonde sus padres, a
quienes unió una amistad a la suya semejante, los enviaron casi
niños: de su vida en Medellín, mimada e indolente, de muchachos
ricos. Luego de su ingreso a la Escuela de Minas: de sus luchas, de
sus triunfos, de sus derrotas: de sus compañeros de estudio, la
mayor parte muertos, ¡ay!, tempranamente, luchando como buenos en
sus labores de ingenieros, con esta naturaleza enervante y asesina.
Recordaron el día angustioso en que fue llamado Pedro Zabala
urgentemente porque su padre moría. ¡Había ya muerto! Luego fue
Manuel quien tuvo que dejar los estudios por haber venido a menos
la fortuna de los suyos. La carrera de uno y otro fue truncada:
pero no sus inclinaciones a las ciencias matemáticas y físicas.
Asociáronse, establecieron talleres de fundición y cerrajería. De
entonces acá, ¡cuántos cambios! Quedaron totalmente huérfanos.
Pedro Zabala casóse con Matilde, a quien amaba desde niño: sus
negocios prosperaron a golpes de inteligencia y de energía. ¡Cómo
hicieron danzar los martillos sobre el yunque sus brazos de
titanes: cómo corrió a los moldes, chispeante, el metal fundido de
los cubilotes: cómo mordió la retemplada lima esgrimida por sus
manos tenaces, ¡el acero aún más tenaz! En veinte leguas a la
redonda no señalaba en torre alguna, las horas, un reloj que no
fuese obra de ellos: no hería el aire, danzando alegre, una campana
que no hubiera sido fundida por ellos: no estrujaba el tallo dulce
de las cañas, trapiche alguno que de sus talleres no saliera…
Y hablaban de esas cosas fraternalmente, férvidos, entrelazando sus
frases como se enlazan las trepadoras en la selva: y sentían que el
alcohol era luz que el penetrar en sus cerebros crepitaba, y al
circular en su corazón era afectos férvidos: y sus ojos se
humedecían dulcemente. Ya no dialogaban: cada cual seguía su
monólogo sembrado de protestas de amistad eterna, de filial amor,
contándoselo todo: sus secretos proyectos, sus anhelos escondidos.
¡Cuán felices iban a ser en el futuro, marchando unidos a la
conquista de la vida! Y caía cada uno en los brazos del otro, y sus
corazones se juntaban cálidos, viriles.
Cada una de las adquisiciones más altas de psiquis del hombre
culto iba, al influjo del alcohol, exaltándose hasta el paroxismo,
hasta la parálisis definitiva: flotaba un instante, rígida, y luego
se hundía en el océano de lo inconsciente.
Ya no les quedaba de hombres sino lo instintivo irreductible.
Cada influjo de la vida exterior, cada fenómeno fisiológico
suficientemente intenso, agitaba las delicadas máquinas, sin
gobierno ya, de sus organismos psíquicos, produciendo un reflejo
que determinaba un cambio de individualidad: y cada uno de ellos
iba encarnando por más o menos tiempo, en sucesión interminable,
por misteriosas sendas atávicas llegado, a alguno de sus
antepasados, a alguno de los infinitos que han contribuido a la
existencia de cada ser humano. Y cada uno de esos cambios de
personalidad iba dibujándose y borrándose en las móviles
fisonomías: ya era el ancestral salvaje, caníbal, borracho de
chicha y sangre humana, junto a su pira que se extingue: ya el
aventurero sin entrañas que en Flandes humeante o en el bohío del
indio americano roba y viola: ya el presidiario, de Ceuta fugitivo,
que viene a fundar un hogar en América remota: ya el negro que
amarrado en las bodegas del buque negrero forja proyectos de
venganza contra los que le vendieron y contra los que le compraron,
contra la tierra y contra el cielo, en su odio negro: ya el
bucanero, de oro y de crímenes hidrópico: ya el héroe: ya el santo:
ya el alcahuete: ya el falsario. Porque, ¿quién es, entre los
infinitos seres que han urdido la tela de la vida de una raza, de
las razas todas, el que no ha contribuido a la existencia de cada
ser humano? Ese es el mar pavoroso, arcano, cuyo oleaje sentimos
golpear contra el cerebro en nuestras horas de locura.
Pero cuando nos turba la embriaguez, entonces por la brecha
abierta en nuestra personalidad, irrumpe la procesión de los
fantasmas del pasado, se sustituyen a nosotros, empuñan el cetro de
la vida, mandan, ordenan: y su dureza resucitan en nosotros, y
oímos entrechocarse lanzas y macanas, espadas y broqueles, gritos
de guerra y relinchos de caballo: y el olor de la sangre nos
embriaga, y nuestras manos se cierran como garras, y las mandíbulas
se aprietan como mandíbulas de tigre, y el brazo homicida avanza,
hiere. ¿Y quién es el que hiere? ¿Qué juez, qué tribunal osará
decirlo?
Afortunadamente, en el grado de civilización en donde estamos,
nuestras leyes en vez de castigar al criminal a quien el alcohol ha
enloquecido, castigan a los envenenadores que lo producen o lo
venden. Afortunadamente los hombres ilustres que nos gobiernan y
nos guían, apartan con horror esos dineros manchados de sangre y
con degeneración irremediable. ¡Afortunadamente!
Y entrecerrados los párpados, los labios caídos, inconscientes
ya, pero aún en pie si vacilantes, Pedro Zabala y Manuel prosiguen
apurando vasos de alcohol en serie interminable.
-¿Pero hasta qué horas bebimos? ¿Qué ha pasado allí? -se
preguntaba Pedro Zabala acurrucado sobre el brocal del surtidor.
Sus recuerdos iban hasta cierto punto: después, nada recordaba. Eso
de que lo hubieran traído a la cárcel, nada significaba: muchas
veces le había acontecido. Porque en la cárcel estaba: hacia rato
que lo comprendiera. Pero él recordaba que don Lucas Zapata había
estado con ellos, con él y con Manuel. También recordaba que Jaime
García y su primo Tomás habíanse mezclado a su orgía bulliciosa. ¿Y
luego? Debió de ser que él no quiso retirarse, que no quiso irse a
casa de ningún amigo, que se empeñó en que lo trajeran allí. Él era
terco. Y como lo era muchas veces pasárale otro tanto.
Levantóse vacilante. Sonaron las cinco en la torre de la
iglesia. Empezaba a verse claro. Fue a una puerta que en el fondo
del patio se veía. Abrióla. Daba a una reja, y la reja daba al
campo.
Desde allí veía Pedro Zabala todo el paisaje del oriente, que
desde la altura en donde está su pueblo edificado alcanza a
dominarse, como una masa informe, negra, limitada hacia lo alto por
el contorno gracioso de la cordillera, dibujándose enérgico sobre
el cielo azul pálido. A cada instante el cielo era más luminoso y
era más claro el paisaje. Como chispas lucían, aquí y allá, los
fogones de los hogares campesinos. Ascendía como un himno la
batalladora clarinada de los gallos. El cielo tornóse suavemente
róseo, y al beso de la luz que desde él llovía dulcemente, por la
faz del paisaje, espectral antes, comenzaron a circular los colores
de la vida. Y del fondo de las frondas resucitadas ya y vivientes,
surgió polífono, rítmico y divino, el canto de los turpiales y los
mirlos, de los cucaracheros y sinsontes. Murió disuelta sobre la
lumbre de los cielos la estrella de la mañana. El linde de la
cordillera con el cielo lució como el interior de los caracoles de
la mar remota: era la aurora.
Y el fulgor inefable fue creciendo hasta cubrir todo el cielo
desde ahí visible. Y no hubo jirón de tenue nube que no fuera de
oro y rosa, de múrice y de fuego…
Y parecía que lo que ascendía lentamente por detrás de la
distante cordillera desde las profundidades del espacio, lo que el
mundo esperaba palpitante, lo que iba a aparecer sobre el oriente,
no fuese el globo ígneo del sol sino todas las flores de los
jardines de Granada y de Ecbatana, de Bagdad y Babilonia: los
cálices todos que brotan, lujuriosos, Ganges y Amazonas: las
orquídeas todas de los Andes portentosos, pero vivientes, con vivir
supraterreno, con luz propia, unidos en ramilletes desbordantes y
abarcados por los brazos redondos de una mujer rósea y blanca en
desnudez gloriosa, Venus tal vez, Venus Uriana, la celeste Venus
que naciendo esta vez, no del seno de las aguas sino del fondo de
los cielos, iba a surgir sobre las cordilleras del oriente.
Amaneció. Tocados del sol, brillaron blancos los muros de su
casa.
Y pensó con angustia: -Insomne me ha esperado allá tras esas
tapias mi mujer la noche entera. Ahora se levanta: ahora, alzando
al cielo las manos y ojos bellos, reza ferviente y por mí reza.
Puesta ahora a la ventana explora la distancia. ¡Cuántas veces en
las horas eternas del que espera, habrá creído oír mis pasos en la
sombra! … Y sintió, al imaginársela, el temblor inconfundible,
la sacudida torturante a la vez y voluptuosa que determinaba
siempre en él la evocación de esa mujer para él única en la vida.
Jamás había logrado permanecer sereno ante su presencia o su
recuerdo. Mirábala siempre como si la viese en el seno de limpia
onda removida, o como a través del aire diáfano que ondea y vibra
pulsado por las lenguas de una llama. Y sintió el deseo imperioso
de ir a ella. ¡Ah!, el grito cálido: ¡ah!, la alegría de su llegada
brillando en esos ojos, y la fragancia de ese cuerpo esbelto,
firme, mórbido y divino, y sobre esa boca en llama su beso
penetrante, detenido por la firmeza súbita de los dientes
deslumbradores y perfectos, cuyos bordes tienen diafanidades
azulinas… Y su hijo luego: ¡su hijo!, ese rollo de alegría y
carnes duras…
Y arrojadas luego esas ropas infectas con alcohol vertido, sumir
el ardoroso cuerpo entre las frías linfas del baño pavimentado con
baldosas esmaltadas. Y, después, vestidas limpias telas olorosas a
retama, bajar a la colmena de los talleres resonantes, y embriagado
con la acción, empuñar él y Manuel sendos martillos de a diez
kilos, y alternadamente, sobre el chispeante hierro que un obrero
hace danzar sobre el yunque, tin tan, tin tan… hasta sentir
por la frente, por el pecho, por la espalda, por los brazos, correr
en sondas el sudor benéfico que aliviara el organismo de este
alcohol oxidado y pestilente que lo asfixia, que lo roe.
-Sí: no más alcohol. ¡Lo juro! El estudio, el trabajo y el amor:
¡y tu amor!…
Y entusiasta, alegre, ágil, paseaba el pavimento a largos pasos.
Volvió a la reja. Por la calle de enfrente cruzaban unas beatas
camino a la iglesia. Allá, por la vuelta, el azadón al hombro,
desfilaba silencioso un grupo de braceros. Vio luego a un hombre
que subía por el sendero del prado. Reconociólo: era Jesusito, el
hermano del cura.
-Mira, Jesusito -gritóle.
Detúvose éste sin contestar.
-Mira: vas al Alcalde: ¿oyes? Y le dices que no sea dormilón.
Que estas no son horas de tenerme aquí: ¿oyes? Que venga él o envíe
pronto a sacarme de aquí.
Jesusito, sin alzar a mirarlo, siguió adelante en su camino.
-Y mira.
Tornó a detenerse Jesusito.
-Vas también a Manuel, mi cuñado. Por ahí lo encuentras en casa
de algún amigo: debe estar durmiendo: lo buscas, lo haces
despertar, yo te pago, y me le dices que se venga, que no sea
sinvergüenza: que estas no son horas de estarse dormido un hombre
de pelo en pecho como él: que recuerde que tenemos la mar de cosas
que hacer hoy.
Siguió Jesusito su camino.
-Ahora, a arreglar la
|toilette. Sí, señor -se decía,
terminando de componerse el nudo de la corbata-: vamos a jugársela
a esos perezosos. Y frotándose las manos, pensaba con placer: -me
escondo allí en aquel rincón oscuro. Ellos entran a buscarme, y al
no hallarme siguen a la parte interior del edificio: y entonces yo,
en puntillas, salgo, cierro la puerta con la llave que de seguro
dejarán en la cerradura, y… por aquí que es más derecho.
Sintió en el exterior ruido de voces. Luego oyó que abrían,
inquieto, alegre, como si fuese un niño espiando, feliz, la hora de
llevar a cabo inocente travesura.
Las dos hojas del carcomido portalón se abrieron con estrépito,
y, lentamente, pesadamente, andando de lado en dos filas paralelas,
de frente a él la una, la otra dándole la espalda, llevando en
medio un objeto pesado, un arcón, un… -desde el lugar donde
estaba él no veía lo que fuese- penetraron hasta diez hombres. Tras
ellos entró un grupo de gendarmes: reconociólos. "Son, se
dijo, los que vigilan la sección del presidio que construye el
puente sobre le río". Luego, llevando un rollo de papeles,
el secretario del Alcalde del lugar, acompañado del Cojo Cárdenas,
el tinterillo recién establecido en el lugar, los cuales se
instalaron ante una mesa que de un rincón trajeron dos agentes. Los
que llevaban el objeto pesado detuviéronse al frente de ellos.
Entonces vio Pedro Zabala lo que era: tendido sobre una tarima
desnuda, estaba un hombre. El no podía verle la cara, se lo impedía
uno de los conductores, pero en la inerte quietud de aquel reposo
se adivinaba en él a un moribundo, quizás un muerto.
-Que traigan el reo -dijo solemne el Cojo Cárdenas.
-Ya sé lo que es -pensó Pedro Zabala-: algún muerto en riña que
hubo anoche en las minas del Saltillo. Esos mineros son el
diablo… Sí: eso debe ser, pues en esos casos semejantes mi tío
Antonio, el Alcalde, se hace reemplazar por el suplente, por este
Cojo facineroso. Es el desquite que el buen tío se toma de este
tipo, que la minoría del Concejo nos impone, que nos odia
cordialmente: que sería capaz de ahorcarnos a todos… si
pudiese. Nada tengo que hacer yo aquí, y Matilde me espera.
Y dirigióse a paso vivo a la puerta. Al salir a la calle,
sintióse cogido de golpe por la espalda y detenido: sintió que dos,
diez, veinte manos férreas hacían presa en él, y sin darse de sí
cuenta, estaba en pie, delante de la mesa en cuyo extremo opuesto,
erguido en su asiento, mirábale insolente el Cojo Cárdenas: en
tanto que dos esbirros sujetaban sus muñecas con cadenas en los
extremos de garrotes policíacos puestas. Las cuales retorcían
lentamente, con rabia muda, con crueldad inicua.
Borbollaba en su pecho ira sangrienta, pálido el rostro,
extraviada la mirada, los labios temblorosos.
-Señor secretario -oyó que decía el Cojo Cárdenas, con
solemnidad de melodrama-. Sírvase dar lectura al artículo 25 de la
Constitución de la República.
"Artículo 25 -leyó el secretario-. Nadie podrá ser
obligado, en asunto criminal, correccional o de policía, a declarar
contra sí mismo o contra sus parientes dentro del cuarto grado de
consanguinidad o segundo de afinidad".
-¿Oyó usted? ¿Entiende usted, Zabala, por qué se le va a
interrogar sin juramento? -preguntó el Cojo Cárdenas, clavando en
él ojos de odio.
-¡Zabala!: ¡y me dice Zabala a secas ese miserable!
Y lentamente, socarronamente, complaciéndose en el martirio que
infligía, continuó Cárdenas:
-¿Conoció usted, Zabala, al hombre cuyo cadáver reposa ahí,
mire, ahí, tras usted, en esa camilla?
Los esbirros, con un movimiento lento, cruel, calculadamente
cruel, hicieron dar a Pedro Zabala media vuelta, hasta colocarle
frente por frente del cadáver.
No quiso mirarlo y permaneció largo espacio desafiando altanero
con los ojos a toda esa muchedumbre miserable que siempre viera con
él solícita, obsequiosa, abyecta, y que ahora, sin saber por qué,
tornábase siniestra. Improviso sus ojos tropezaron con el cadáver y
se quedaron fijos, inmóviles, desmesuradamente abiertos,
trágicamente abiertos. ¿Pero era verdad lo que veía? ¿No era una
pesadilla? ¿Esa cabeza que caía con laxitud definitiva de la
muerte, ese rostro exangüe, bello, que estaba ahí viendo: ese pecho
que la camisa desgarrada dejaba al descubierto, ese pecho marcado
virilmente con negro islote de vello corto, suave…? ¡Sí: era
él, Manuel, su amigo de la infancia y de la vida, su compañero, su
hermano, la mitad de su existencia!
-¿Conoce usted -continuó el Cojo Cárdenas- conoce usted, Zabala
, este cuchillo? Mire, este. -Y un agente colocó bajo sus ojos el
arma mencionada.
Zabala se quedó mirándolo.
-¿Pero qué es esto? -pensó-. ¿No es este el cuchillo que trajera
él la mañana anterior, envuelto en unos periódicos y que -ahora lo
recordaba claramente- había colocado sobre una mesita de la cantina
de "El León de Bronce", para ser enviado a uno de
sus agentes como regalo: el cuchillo que Manuel mismo forjara de
acero selecto y cuyo mango de plata él repujó con bellísimos
relieves?
Mirólo atentamente.
Sobre la bruñida lámina, empañando su brillantez, se extendía un
velo como de albúmina traslúcida y reseca, estriada, de apenas
perceptibles vénulas, que se unían hacia la aguda punta en una
mancha de sangre renegrida.
Maquinalmente comparó el ancho de la hoja del cuchillo con el de
la herida roja y estrecha que se veía en el lado izquierdo del
pecho de Manuel.
-Ni una gota de sangre debió verter la herida -pensaba,
contemplando los pliegues de la blanca camisa sobre el aún más
blanco pecho rebujada-. La sangre de las rotas arterias debió
derramarse al interior en coágulo asesino, produciendo una muerte
instantánea.
Se miró las manos. ¿Pero por qué esa pesquisa? Se miró los
puños, la pechera. ¿Qué vio, qué descubrió, qué recelo penetró su
alma?
Tornóse aún más pálido y comenzó a temblar como azogue
rebullido. Y en él iba penetrando el terror que en los horizontes
de la tragedia griega procede en las almas de los Orestes y de los
Edipos, de los marcados por los decretos del Destino a la llegada
de las Erinias vengadoras. ¿Fue que en su ser agitado hasta los
cimientos subió de lo inconsciente hasta los campos de la
conciencia el recuerdo de la tremenda noche precedente, recuerdos
fragmentarios de la lucha salvaje, de ira delirante?
¡Sí: él había sido el asesino!
Y las Furias tomaron posesión de su ser íntegro: y agitando sus
teas fulgurantes alumbraron el fondo total de su memoria. Y lo vio
todo. Se vio a sí mismo tratando entre locas carcajadas de hacer
apurar a Manuel, que desfallecido yace en un sofá, una botella de
brandy. Manuel forcejea, se debate, protesta, ahogándose, sin poder
arrancarse la botella que él con los presentes, borrachos como
ellos, mantenía fija como una mordaza. Levántase Manuel y en los
paroxismos de la asfixia, con sacudida enérgica, logra desasirse y,
colérico, ciego de alcohol, de dolor, de ira, azota su rostro con
sonora bofetada. Luego, relámpagos sangrientos, lumbraradas de
infierno arman su brazo, y su cuchillo va a clavarse en el pecho de
su hermano… Después… ¡nada! La sacudida debió ser tan
formidable, que una parálisis cerebral absoluta poseyólo hasta el
instante en que despertara esa mañana, entre las visiones y los
dolores de pesadillas lacerantes.
¿Por qué al despertar no recordó nada? ¿Por qué su imaginación
en las horas precedentes se había complacido, irónica, en fingirle
la próxima dicha del amor y de la vida?
Ante esa realidad irremediable tumbóse, desplomóse su ánimo en
marasmo definitivo, irremediable: y en medio de su confusión y su
vergüenza no osaba afrontar las miradas de esa muchedumbre que
instantes antes desafiaba: y sus ojos buscaban en el techo y en el
muro un lugar dónde posarse.
La muchedumbre, que en el portal se amontonaba, agitóse un
momento. Veíase que algo la hendía, que algo avanzaba en su seno.
Abrióse luego en dos alas, respetuosa, y en el círculo vacío junto
al cadáver surgieron dos damas en luctuosa palidez.
-¡Ellas! -dijo con espantada voz, Pedro Zabala.
¿Pero por qué vendrían? ¿Sabíanlo acaso ellas? ¿Dijéronles que
el médico oficial procedería dentro de poco a la autopsia, y
querían verlo, ver a su Manuel, antes que eso, que ese horror,
deshiciese en repugnantes guiñapos la divina armonía de ese pedazo
de almas? Querían… pero, ¿qué tienen que ver los corazones a
quienes el dolor estruja, estriega, con lógicas mezquinas?
Arrojándose Matilde, cálida, vehemente, de rodillas al lado del
cadáver:
-Mel, Melito, niño mío -clamaba besándole en la frente, en las
mejillas, en el pecho, en la garganta..
Inés, cohibida, virginal, amarga, detúvose en pie junto al
cadáver.
Pedro sintió sus entrañas desgarrarse: y como se sacude una
montaña cuando un volcán en su interior revienta, sacudióse. Los
eslabones de la cadena que sujetaban sus muñecas, volaron hechos
trizas. Y arrancando de manos de un agente el puñal homicida,
dirigiólo a su corazón, a ese pobre corazón ha poco dulce y
caliente nido de ilusiones y ventura, y ahora ventregada de víboras
voraces.
Veinte manos agarraron sus muñecas, y entre el tumulto de la
brega sus ojos se cruzaron con los de Inés y de Matilde que,
desoladas, anhelantes, le miraban… ¿Qué pasó en el instante de
ese choque fugaz por las almas de esos tres infelices, de esos tres
crucificados del Destino?
-¡Déjenme! ¡Permítanmelo ustedes! ¿Pero por qué no me dejan?
-rogaba Pedro persuasivo-. No comprendo por qué no dejan ustedes
que me dé la muerte. ¿Pero para qué quieren que yo viva?
¡Ah, no comprendía el pobre mozo en su razonar sencillo,
honrado, amargo! Si su voluntad el herir no guió su mano: si eso
que le condujo a la locura, al homicidio, a ese abismo de horror,
es algo que la fuerza misma omnipotente que lo atrapa ahora entre
sus férreos engranajes utiliza, explota, reglamenta, goza… Y
si eso es lo mismo que le ha tornado imposible la existencia, y
para él, continuar viviendo es un martirio insoportable, entonces,
¿para qué lo ahorran? ¿Para qué lo guardan? ¿Para qué prolongan su
tortura?
-Esa es -dicen- la vindicta de la sociedad.
¡Vindicta!
¿Pero de qué se venga el monstruo ese?