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| F I N A N Z A S
Efe Gómez


 

a Luis de Greiff

No sé qué están parlando.

La muchacha

sigue planchando, dale, dale, dale…

El viejo, de su asiento

(un taburete recostado al muro)

mira a la niña y habla, y habla, y habla…

Está varado el viejo,

que los cuatro destinos que él ejerce:

músico, peluquero,

abogado y minero

necesitan verano

que en el invierno el río no da oro

y se queda desierto el caserío.

El se quedó invernando en este octubre

y está feliz. Es un perrazo el viejo:

Usa anillo de plata, fuma Dandy,

el sombrero hacia atrás, la frente orlada

de cachumbo teñido y entrecano,

muy teñido el bigote

y pañuelo de seda en el cogote.

La muchacha se calla persistentemente.

Es alta, erguida.

Sabiamente se mueve

relievando al moverse sus encantos:

El pie donoso y blanco

huella desnudo el pavimento: el borde

de la ceñida falda

en la faena del planchado muestra

las deslumbrantes piernas

desde el tobillo leve

finalmente esculpido

en el marfil viviente,

a la rodilla fina, sugiriendo

"los muslos de amapola" que decía

Federico García

Lorca.

(El poeta inmenso de poemas y gemas

y "ríos de leones" que hoy se reflejan trágicos

sobre la charca roja de esa sangre vertida…

"Oh ruiseñor de sus venas

yo no quiero ver esa sangre"

quién me grita que me asome

No

¡¡Yo no quiero verla!!)

"Los muslos de amapola" -iba diciendo:

la línea pura, inquieta:

el pecho firme, los redondos brazos:

la nuca que se dobla

blanquísima y redonda,

pobladas de pelusas encrespadas

y en lo alto de la espléndida cabeza

el pelo recogido

"precisamente el pelo de esos ojos"

de esos ojos inmensos, tenebrosos

(tinieblas luminosas)

de esos ojos de todos los demonios

que dicen que han poblado

muchos más manicomios

que unas crisis de aquestas

que en Colombia acaece,

con bajas de café, con elecciones,

con recetas de teguas financieros

y huelgas, y Leopardos, y Congresos

de esos ojos atentos

a planchar sólo y no mirar al viejo.

Quien se siente embriagado

con el moverse de ese cuerpo hermoso

que palpita y que ondea

como la roja tela

de la muleta que el torero agita

ante los ojos de la res… El viejo,

el pobre viejo, embiste enloquecido

y entra, franco en la lid.

La muchacha sonría, el viejo arguye…

Aquello es un asalto de florete

en que la niña está a la defensiva

y en que el viejo acomete…

Ríe, ríe la niña: y algo dijo

que yo no puedo oír, pero que al viejo

debió de parecerle un despropósito

porque le replicó muy resentido

-¡Y eso qué! ¿… que esté viejo?

-¡Que eso qué!… ni aun trabajo

tiene usted ya, ¿qué opina?

y querer… pretender… ¡mucho descaro! …

-¿Y el amor?

-¡A pereza!

¿No le digo don Lucas,

que muchísimo más de dan por eso?

¡y muchachos…! ¡Muchachos!

El viejo se levanta. Se pasea

(del chaleco en las sisas los pulgares.

Se pasea y se calla,

se calla y se pasea)

¡Los años! ¡La vejez! ¡Lo ineluctable!,

piensa, amargo entre sí… Pero indomable,

tesonero y audaz:

-Bella Gertrudis,

(es un machazo el viejo)

-Gertrudis bella -dice:

¡A mí! … ¡Ríete hombre! … decir…

tú… eso,

¡sí a mí Hembras!, ¡pero Hembras! Por ejemplo…

¡será mejor no hablar!

¡hembras de alto coturno, todavía!

¡TODAVÍA me lo cambian a la par!

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