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| E L   M O N I T O   F L E I S
Efe Gómez


 

El éxito en la vida tiene un nombre: yo quiero; -dijo Gerardo Rivas, heredero opulento, que había derrochado parte de su inmensa fortuna en empresas utópicas, para hacer creer que lo que había heredado, conseguido había sido por él, trabajando, bregándose la vida; para hacer creer que are, como él a sí propio se llamaba, un |self-made man.

-Mira: -contestó Perucho, el químico de la empresa- existen las buenas y existen las malas. Voy a probártelo. Óyeme: en aquel tiempo había en la región un agricultor que...

-No, por Dios: ¡parábolas no, y no!, -clamó Gerardo.

-Déjalo, -dijeron los demás de la tertulia- déjalo; cada uno elige su manera de expresarse.

-Cuanto más que la parábola es un modo muy noble de expresión: en las parábolas hizo parte muy grande de sus enseñanzas N. S. Jesucristo; en parábolas se produjo gran número de ocasiones el Chato Aparicio Arango; en parábolas dio al mundo sus enseñanzas don Vicente Montero... En fin, que muchos grandes hombres han preferido la parábola como medio de expresión, dijo el director de la mina, hombre doctísimo.

-Di pues tu parábola, ya que estamos en los tiempos de las mayorías.

-Oíd pues: en aquel tiempo había en la región un agricultor que plantó dos rosales en su huerto. El uno en un suelo abonado cuidadosamente, en un arenal reseco el otro. Creció el primero hermoso, sus tallos llenos de jugo, erizados de espinas sonrosadas, cuajáronse de frondas verdes, consteláronse de rosas magníficas, tan magníficas que merecían morir dulcemente sobre el seno de jazmines de Noemí, la morena más bizarra que el pulgar de la raza logró jamás modelar en carnes firmes en las montañas de mi tierra, en tanto que el rosal sembrado sobre arena, retorcía sus tallos desmedrados, de hojas escasas, amarillentas y resecas.

-Lo cual nada tiene de raro -interrumpió con viveza Gerardo.

-Es cierto. Nada de raro tiene eso -dijo Perucho- como no lo tiene tampoco lo que sigue. Pues aconteció que el rosal sembrado sobre abonos, escribió un libro en cuatro volúmenes, a la manera de los Smiles, de Silvan Roudes y de Marden: cuajado de sentencias profundas, de máximas y de filosofías, sobre la influencia de la voluntad en el éxito de los negocios de la vida. Libro en el cual, entre otros muchos ejemplos de individuos que han triunfado por su esfuerzo, contaba cómo había hecho él -el rosal- para hacerse tan frondoso y producir tantas rosas sobreponiéndose a la hostilidad del medio, y a fuerza de disciplina interior y de voluntad tesonera. De paso, y como para contraste de su actuación brillante, citaba el caso del rosal que crecía sobre arena, el cual -decía- por pereza, por indolencia y por desgreño, no lleva jamás flores. Según he logrado averiguarlo, al rosal moralista se dio la sentencia aquella que tú nos citabas: "el éxito tiene un nombre: yo quiero". Porque como todos los que la fortuna plantó sobre las arterias por donde la vida universal circula intensamente, nuestro rosal estaba convencido de que a su personalidad moral se debía su floración magnífica.

-El rosal era sincero al creer eso: afirmaba un acto de conciencia íntima -dijo el director de la mina, hombre docto, quien ironizaba con el mismo aire de inocencia con que otros dicen tonterías.

-¿Y los que nacieron desvalidos, y por esfuerzo propio triunfaron: un Rockefeller, un Carnegie, un...? -replicó fogosamente Gerardo.

-Esos vegetaron tristemente, mientras que sus raíces chupaban de su reseca arena; pero cuando por azar las hundieron en capas ricas de sustancias nutritivas, entonces...

-Pero para llegar a esas capas ricas necesitaron del esfuerzo heroico de su voluntad.

-Necesitaron, sobre todo, que las capas ricas existieran...

-¿Conocieron ustedes al Monito Fleis? -dijo de pronto, interrumpiéndolos, el director de la mina.

-¿Al marido de la Mona Dávila?

-¿Al papá del Monito Colibacilo?

-El mismo. Pues bien: el Monito Fleis era un hombre de malas.

-Algún haragán, contestó Gerardo.

-Era diligente, era honrado. Oigan pues: hace de ello mucho tiempo, antes de la guerra última, hubo cierto mes en que estas minas de Echandía pasaron por una crisis formidable. En la cantina de Manuel Antonio Taborda se comentaba el asunto.

-Sí Señor -decía Cusuco-; se berrió Echandía. ¿Qué no?, miren: el filón de Boquejoyo no ha dado más que jumos de oro en los molinos; en la Amalgamación de la Línea, dos o tres barritas de plata aurífera... y esa es toda la remesa de este mes.

-No puede ser.

-Pues lo irán a ver.

Y unos a otros se miraban asombrados. Porque eso de que no fueran a Medellín en ese mes, de los veneros insignes de don Bartolomé Chaves, hileras, filas interminables de mulas cargadas, agobiadas, pujando bajo el peso de barras de metal auroargentífero, eso no podía concebirse siquiera: sería la primera vez que sucediese.

-Y la mina no tiene la culpa.

-Claro: la tienen los mineros.

-Y los molineros.

-Y los químicos.

-Porque Echandía es una mina de verdá.

-La mejor de la pelota.

-¿Tiene algún mandadito qué hacerle, don Manuel Antonio? -dijo Fleis entrando.

Nadie lo miró siquiera. Silencio burlón. Profundo. Luego uno aquí, más allá otro:

-¡Qué hacer!

-¡Mandaditos qué hacer!

-¡Qué les parece!

-¡Fleis pa bien guaimarón!

-¡Salir con esas cuando la remesa...!

Quedóse Fleis parado. Debo de haber dado una lora madre -pensó-... Y salió, se escurrió de la tienda, pasitico, vergonzoso.

-Yo debo ser un animal -se iba diciendo-. Salir con esas cuando la remesa... (Y se quedó parado mirando a la distancia, estático, abstraído, lelo).

-Y haber amanecido en casa sin qué desayunar, un día como hoy en que la remesa... ¡Qué imprudencia!

Y pensando en sus doce hijos a quienes dejara esa mañana berreando de hambre, en cuclillas al lado del fogón puesto en el suelo y apagado, doce hijos, ¡doce!, doce monos flacos, tuntunientos, pecosos como él y como la Mona Dávila su mujer:

-Tal vez en Marmato encuentre un inglés a quién poder ganarle algún jediondo peso con qué desayunar a esos flacuchentos.

Y cogió camino abajo.

En la esquina del estanco de Marmato comentaban lo de la remesa de Echandía. Se acercó cohibido. Resolvióse al fin:

-¿Se le ocurre algún mandadito, mister Brandon?

Los místeres se miraron entre sí. Miraron a Fleis de abajo a arriba. Tornaron a mirarse unos a otros. Y rompieron a reír.

-Soy bien animal, de veras -dijo Fleis, tomando el camino del Boquerón.

Era ya la una del día y Fleis, sin hallar en qué ocuparse, vagaba por caminos y veredas. Paróse de repente. Vio que allá venía un hombre rubio, bello; vestía larga túnica ceñida a la cintura; la partida barba y los cabellos, como mies, dorados; los ojos grandes, mansos.

-Oh, Señor -dijo Fleis reconociéndolo-. Y se arrojó de rodillas a sus plantas.

Puso el Señor sus dos manos divinas sobre los hombros de Fleis. Puso luego sus ojos absolutos en los de Fleis hambrientos, desteñidos, y... apartándolos a un lado, dispúsose a proseguir el camino que traía. Levantóse Fleis, y, rápido, tornó a cerrarle el paso:

-Señor, Señor -clamó-; un peso, uno siquiera. A mí -tú lo sabes- ya nadie me da al fin, y en casa, mi mujer no tiene para alzar al fogón y mis hijos lloran de hambre...

Tornó el Señor a evitar a Fleis y a seguir su camino, los ojos puestos en el suelo como si buscase algo perdido.

-Señor, Señor -clamó Fleis poniéndosele de nuevo por delante.

Detúvose el Señor y díjole severo:

-Pero hombre Fleis, tienes tamañas ocurrencias: ¡Qué te parece! Yo con harto afán buscando la manera de completar la remesa a don Bartolomé Chaves y tú, ¡dale! con la simpleza de que ¡en tu casa no amanece con qué desayunar!

-Tengo yo, de veras, unas ocurrencias -dijo Fleis monologando, mientras Cristo se alejaba-; ¡unas ocurrencias! Salir con que mis hijos lloran de hambre cuando la remesa...

Y compungido, contrito, desolado, meneando de un lado para el otro la cabeza:

-Tengo yo, de veras, unas ocurrencias... ¡Unas ocurrencias!

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