INDICE




| E L   P A I S A N O   A L V A R E Z    G A V I R I A
Efe Gómez


 

Tas, tas… tas, tas…tas, tas… resonaba el trotar de mi macho Mojojoy en el silencio de las calles solitarias.

Desemboqué en la plaza. Una plaza engramada, enorme: una plaza sin pueblo, como definiera un arriero envigadeño el caserío ese.

Eché pie a tierra. Quité el freno a Mojojoy para que paciera a sus anchas, y me tendí en la grama, cuan largo, a la sombra de una ceiba.

Llovía fuego. Insectos, aves, hombres, callaban guarecidos en la sombra. A la orilla de los grandes ríos de los trópicos el sopor meridiano es más hondo que el de la medianoche.

Por el tronco de la ceiba, una avispa enorme ascendía arrastrando una araña, a quien con estocada magistral, paralizara de antemano.

Con vuelo aleve, silencioso, como el andar de los gatos cuando cazan, vuela un gavilán del ramaje de la ceiba que me da su sombra al de otra que se eleve como veinte metros de distancia. De la cual surgen, volando con estrépito, dos mirlos. Saltan de una rama en otra, pían, gimen, dolientes, lastimeros.

…¡Ah!, su nido, ha sido robado. Allá se alza, volando siniestro, el gavilán. Los pichones penden de su pico y de sus garras. Y los mirlos pían, gritan, lloran.

-El universo -pienso- está admirablemente calculado para que los fuertes devoren a los débiles. La supervivencia de estos, reposa sólo en su capacidad inmensa de reproducción. Están ellos más cercanos a la especia, están adheridos a la especie. Brotan de las nupcias fatales, lamentables, del amor y del dolor, viviendo siempre en desgarradora promiscuidad con la vida y con la muerte, fugaces, desamparados, dulces.

¿Por qué acude a mi memoria, pensando en estas cosas, el recuerde de mis amigos muertos: el recuerdo de los más selectos de entre mis amigos vivos: el recuerdo de los seres distantes, que son toda mi vida?

Pienso, luego, por contraste, en mis acreedores, en los hombres y en las hembras fuertes, implacables, duros, crueles.

Abro los ojos al paisaje rodeante. Miro, escruto… Allá por la acera de la izquierda, veo una puerta que se va entreabriendo… Y asomando, cautelosa, una cabeza. Me alzo de la grama y, presuroso, voy allá.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes paisano…

Y, simpático, quien a mi saludo contestara:

-Prosiga usted, añade, abriendo de par en par la puerta. La cual lo era de una tienda. Me zampo, y, de un salto, me acomodo sobre el mostrador. Mientras, mi huésped abre cuan anchas, puertas… puertas… Por las del fondo se cuela un golpe toda la claridad exterior. Vense a través de ellas, cultivos, pastales, arboledas. Más allá la selva, la selva interminable, espléndida, inundada de sol y de misterio, y cuyos tonos van cambiando, van viajando hacia el azul del cielo hasta fundirse en él.

-Qué cosa más espléndida, exclamo arrobado.

-Sí, este pueblo es muy bonito paisano… y muy amañador… ¡Y lo sosegao!, paisano. ¡Y lo sosegao!

Me quedo mirando a mi interlocutor. Es un mozo alto, blanco, bien trabado, de ojos espléndidos, de cara inteligente, audaz.

-¿Y el señor es…?

-Antioqueño, de Medellín, del puro plan de la villa… Alonso Alvarez Gaviria, para servir a usted… Nací en la Quebrada Arriba entre el Puente de Mejía y el Puente de La Toma.

-¿Y trabaja aquí desde…?

-Desde que vine. Soy el único que trabaja aquí. Me lo trabajo todo: soy el alcalde, la Sociedad de Mejoras Públicas, la Liga Patriótica de Antioquia por Colombia, el Concejo Municipal, la Prensa Unida, el Cuerpo de Bomberos, la Banda Marcial, la Escuela de Música, el Instituto de Bellas Artes… ¿Una cervecita? -díjome vaciando una botella de cerveza Zapa legítima, en un vaso enorme, en cuyo cristal limpidísimo ardía la luz de todo ese mediodía deslumbrante.

-Gracias.

-¿Qué opina usted del surtido de mi tienda? -dijo, al ver que yo, paseándome por el interior, el vaso en la mano mientras bebía lentamente, hacía ademán de ir examinando los objetos de los estantes-. En Medellín no lo hay igual… ¿Qué no? -dijo cuadrándoseme, al ver que yo, abriendo mucho los ojos, lo miraba interrogador-. ¿Qué me mira usted con esos ojos? ¿Cree que son cañas? No solamente no hay en Medellín un surtido igual sino que no lo conseguirían semejante reuniendo en un solo, el Almacén Británico, la Droguería Restrepo y Peláez, el almacén de don Alejandro Echavarría, La Bastilla, la Cacharrería Mundial, el almacén de abarrote de los Piedrahitas, el almacén de la Buena Prensa… Así es paisano, así es. Usted no sabe de esas cosas. Esté seguro de que así es.

-¿Y en un pueblecito como este para qué un surtido semejante?

-¿Que para qué? Mire usted -dijo sacándome a la puerta del fondo y tendiendo la diestra-. Bajo esa selva, invisibles, dispersos, hay más de siete mil negros sacando oro en los cauces de los ríos, en los aluviones de sus orillas, en los aventaderos y en los cerros: extrayendo caucho, chicle, tagua… Pues bien, esos siete u ocho mil negros trabajan para mí, exclusivamente para mí.

-¿Para usted?

-Para mí.

-En Colombia no hay esclavos.

-No diga pendejadas paisano. Esclavos hay en todas partes. En todas partes el pobre es esclavo del rico, del poderoso.

-De manera -dije- que el paisano es un poderoso de la tierra.

Se quedó mirándome receloso.

-Mire paisano -contestó-. No me ponga cebo. No se me haga el bobo. No se me quiera montar. Usted sabrá más que yo, pero yo soy más perro que usted.

Nos miramos a los ojos fijamente, observándonos, y rompimos enseguida a reír. Y desde ese instante éramos dos paisanos, dos camaradas, dos maiceros perdidos en la selva.

-Bueno paisano: así sí -dijo sirviendo sendas botellas de cerveza. Y luego de paladear el primer sorbo:

-Viera usted, paisano, en los eneros y en los julios, cuando el verano merma las aguas de los ríos y permite a los mineros trabajar los cauces, y no caen aguaceros que laven de los troncos la goma de los perillos y los cauchos, cómo se cuaja este puerto de canoas, cómo hormiguean estas calles y estas plazas de negros y de negras… Y con qué trapaos de oro, y con qué cargamentos de goma y de tagua… Y salimos a recibirlos mi mujer y yo. Ella se encarga de las negras. Les corta las melenas, secas como yesca, a lo garçon: les mete las piernas y las patas negras en medias de seda de color de carnes blancas, tiernas: las enguanta todas: les zampa el busto y las caderas en uno de esos chalecos con que salen ahora las señoras a la calle, porque las señoras salen ahora en puro chaleco, paisano: las encarama en zapatillas de veinte centímetros de tacón: les mete en la cabeza unos sombreritos que parecen tarralíes boca abajo: las unta de colorete, las empolva, las perfuma y las cuelga del brazo de los negros a quienes yo he puesto un traje de ceremonia con los |smokings y los fracs que me vienen por cargamentos de las prenderías de Bogotá… ¡Y a bailar! Debajo de aquella ceiba les instalo una pianola. ¡Cómo bailan, paisano! Secan la yerba de la plaza: hunden el piso: tuercen los tacones: se mascan las medias… y bailan, bailan, bailan. Bailan y fuman, y beben. Se beben todo lo que hay: el |whisky, el |brandy, el aguardiente, el vino, el petróleo, el aceite, las tinturas medicinales… Se fuman hasta las garras tiesas y hediondas en donde viene empacado el tabaco de Santa Bárbara y de Palmira… Y el orito de los trapos va pasando a mi caja… Y el dinero que les di en cambio, va pasando a mi caja… Y los cargamentos de caucho y chicle van entrando a mis depósitos…

-Y cuando les ha quitado -interrumpíle- lo que trajeron en oro y otros valores, tiene usted que darles de beber al fiado… Y, o no le pagan… o pagan parte no más… Y se pierde el dinero, y se pierde el cliente y… no me diga paisano, esas cuentas no salen.

-Pues a mí sí me salen, paisano.

-De suerte que me va a decir usted ahora que a los seis mil o más negros a quienes usted les ha sacado el dinero de su trabajo en cambio de juerga, y que se despiertan enguayabados, jartos, hediéndoles la vida a cobre, les va a decir muy fresco, echándose las llaves al bolsillo y dándoles la espalda: hasta luego muchachos, no les fío, no soben, friéguense… ¡Eh! Conozca paisano. ¡Conozca!

-Y ai verá paisano. Ai verá… Y lo curioso es que después de que los pelo, les sigo sacando… ¿Y se ríe? ¿Cree que son cañas? No sabe usted con quién zampa. Mire: cuando ya el dinero se les va acabando le hago una señal al inspector -aquí todos son míos- y el inspector va cogiendo a los más percudidos, a los más pobres, y así, blanditos, tambaleándose, los pone en la cárcel. Mire: allí, en aquel edificio del frente. ¡Tiene un salón! Hasta que no quedan aquí sino los ricos, los formales. A esos sí los mimo. Los meto a dormir adentro. Cuando vuelven de la mona, les brego el guayabo, los caldeo con caldos de espinazo de puerco y de cola de novillos, los refresco con tisanas, les compongo el cuerpo con traguitos de anisao… Luego van llegando poco a poco, uno a uno, los que estaban en la cárcel, avergonzados, retraídos, tímidos, silenciosos. Vienen ya en el traje de las selvas: desnudos, sin más vestido que un pañuelo de yerbas en la cintura, y un sombrero de caña de anchas alas en la cabeza. Me llaman a palabra con mucho misterio. Y cogiendo el lío que traen debajo del brazo con el frac y las otras prendas de sus vestimentas de etiqueta, me proponen que se los empeñe, en cambio de unos centavos para volverse a las selvas y de un trago con qué calmar.

-¡Exactamente lo que pasa en los centros civilizados!

-¡No le digo, paisano! Si yo al fin civilizo a estos negros.

-Tiene razón el paisano: al fin los civiliza. Es el método usado por los civilizadores: robar, corromper, envenenar…

-Mírelos, paisano, allá vienen por media plaza -interrumpió el paisano saliendo presuroso.

Salí tras él.

-Son -continuó-, mi mujer y mi muchacho, la parentela que vive con nosotros y los negros que nos sirven… Me habían dejado solo desde esta mañana. Estaban visitando a unos compadres.

-¿Qué tal? -preguntó a los que venían-. ¿Los cuidaron mucho los compadres?

Y alzando al niño en los brazos besándolo:

-Mire, paisano, qué muchacho tan bien jalao… ¡Pero, es que no es gracia tampoco! Qué le parece: con toda la sangre que tiene este angelito. Por el abuelo es levantino, griego: por la abuela, maicero, envigadeño… mientras que por los abuelos paternos, por mí… pues nada menos que de los Alvarez del Pino y los Gaviria del Cañón… ¡Figúrese la fierita que irá a salir este cachorro!-. Y mirando al niño, arrobado, diole un beso resonante, unió al niño su rostro viril, barbudo, y le mordió entrambas mejillas. Espabiló el niño los ojos espléndidos, dio un grito de protesta y, con ira súbita, con fuerza, las dos manos empuñando las barbas del padre, apartólo de sí. Quedaron mirándose, y las facciones de entrambos se encendieron con sonrisa inefable de amor mutuo.

Luego, volviéndose a su esposa:

-Te presento al paisano. Es nuestro huésped.

Y a mí:

-Zoraida de Alvarez Gaviria.

La joven me tendió la mano y puso en mí los ojos en silencio. Unos ojos de esos que encadenan los destinos de los hombres: que apaciguan los corazones turbulentos. Quedé un instante aislado del mundo. Y comprendí, sentí que había un alma de hombre y un hogar feliz para quienes esos ojos eran lo que es el sol al mundo.

-Le haces arreglar al paisano las piezas que dan a la arboleda.

Y dirigiéndose a mí:

-Y usted no debe seguirse, paisano. Desde aquí puede estudiar las minas que le faltan. Con que záfese esas espuelas: no ha de ser usted de peor condición que su macho, que ya está comiendo en la pesebrera.

-¡Un encanto esos diez días pasados en casa del paisano! -pienso, acodado al barandal que rodea por este lado los aposentos que me fueron destinados.

Duerme la soledad entre el ambiente blanco de esta noche de plenilunio. Se siente palpitar la vida intensa de la selva bajo los tules de la bruma. Flotan en el aire fragancias turbadoras de flores y follajes. Rojos, entre el ambiente alcalino de la bruma, lucen como chispas los hogares de las cabañas de los mineros, perdidas en las remotas soledades. Las colinas, que se comban suaves, heridas por la luz de la luna, son de argento. A su lado los valles profundos son pozos negros de tinieblas. Más acá los grupos de palmeras fingen precisiones silenciosas de fantasmas. Aquí, bajo mis ojos, los objetos se relievan misteriosos entre móviles planos de sombra y de luz blanca. Echadas en el sesteadero las vacadas rumian, mansas. Se oye reventar yerba a los caballos y a las mulas hundidos hasta el vientre en los pastales. En el estanque nadan, blancos, los ánades insomnes… Engañado por la luna canta un gallo: y otro, y otro, y otro le responden… Se alza de la selva el grito agudo del tigrillo, azote de los gallineros. Se extingue la clarinada de los gallos, y entre el silencio se oye sólo el redoble del chorro de agua en el jardín. Miro hacia allá. Los senderos enarenados, barridos, brillan a la luna. Por donde quiera el orden, la limpieza.

-¿Pero cómo ha hecho el paisano -me pregunto- para plantar en estas soledades el hogar dulce en donde imperan la paz, la abundancia, la alegría? Porque estamos en la línea que limita por este lado el sector por donde avanza la expansión de nuestra raza por el territorio de la Patria. Y lugares como este, son, en donde quiera que los he visitado, la línea de fuego, como si dijéramos, en que radica lo más intenso de la lucha. Aquí, el reo prófugo, la mujerzuela, el mozo reacio a toda disciplina que abandonó el hogar paterno, el tahúr, el pendenciero. En el equilibrio móvil de la vida de la raza, es este lugar que corresponde a lo más anormal, a lo más desligado, a lo más explosivo de un pueblo que compacta sus filas, hierve y vive en el núcleo central de donde irradia. ¡Y qué mano de hierro, qué prestigio, qué valor, qué tino ha necesitado este valiente para hacer que se le respete, se le quiera y se le tema! Habíamos dicho que no tenía que manejar más que negros tímidos. Y yo he podido ver en las excursiones que con él he hecho, trabajando en sus minas, el ganado más bravo de nuestros centros mineros más famosos. Y esas gentes no respetan sino lo respetable: el valor, la probidad en los varones: la virtud clara, sin mancha en las mujeres. Todo lo demás desata, irrestañables, sus burlas crueles, sus sarcasmos. Y yo he visto las olas de este agitado mar humano romperse, tenderse mansas, tácitas, en los umbrales del hogar de esta familia. ¡Y no haber logrado que me cuente la peripecia última del éxodo que le arrimó al abrigado puerto! Entre bromas y entre risas, rehuye siempre relatármela. Es, por otra parte, ésta, una modalidad de nuestra raza. El antioqueño, oculta siempre tenazmente sus íntimos sentires. Por eso -en otro orden de actividades- son tan escasos aquí los poetas líricos. Nos falta la ingenuidad que se necesita para mostrar desnuda el alma: la vanidad adorable que precisa para creer que pueda interesar a los demás la expresión de nuestros propios dolores y de nuestras propias alegrías. El poeta de Aures compara la dicha de la vida a la flor de batatilla que se abre a la sombra y que la luz del sol marchita. Abel Farina, el gran desdeñoso, cuando canta su dolor ante la vida, ante el misterio, parece sentir una amargura más desgarradora por la fatalidad que le obliga, irremediablemente, a exponer las interioridades de su adusto corazón a las miradas de las gentes, que por el dolor mismo que lo tortura, que lo roe. Y entre los vivos, nuestro escritor cimero, nuestra más alta gloria literaria, ¡cómo rescata su ser íntimo! Cómo desconcierta a los hombres de las generaciones nuevas que se acercan a él para sondear, para bucear, curiosos, en el prismal, extenso y hondo mar de su cultura. Oyen ellos, de sus labios, las más desconcertantes paradojas, móvil cortina tras la cual esconde su viejo corazón de oro. Refractario a la confidencia íntima, la ternura de su alma corre, señera, en recatados cauces, para fluir luego por los picos de su pluma a las páginas de sus novelas portentosas…

Las pisadas del paisano, que ascienden la escalera, me arrancan a mis pensares.

-Perdone paisano, que lo haya dejado tanto tiempo solo -dice entrando.

-Pensando estaba en usted, paisano.

-No lo merezco.

-Es decir, pensaba en… diga una cosa… ¿Cuánto tiempo hace que vino aquí, a esta población, usted, por vez primera?

-Veintitrés años van a cumplirse el nueve del presente.

-Y cuando usted vino -me decían la otra tarde- era dueño de esto, del negocio que usted explota ahora, su suegro… es decir, el que, corriendo el tiempo, habría de llegar a ser su suegro.

-Pues sí… pero… cuando yo vine, ya él no estaba.

-Pero si no estaba él aquí cuando usted vino, si había ya muerto, entonces ¿cómo se explica su amistad con él, cómo se explica? …

-Mire paisano. Usted trueca los frenos, se enreda todo… Tendré que contarle en orden todo eso… No sé qué empeño tenga usted en ello… No vale la pena.

-Pues le cojo la palabra -dije tomando asiento.

-Pero mire: si en mi relato resultara mi figura demasiado… cómo le dijera yo… demasiado solemne… demasiado heroica… porque tal vez yo sea un héroe…

Se acomodó en su asiento, mordió la punta del cigarro, y comenzó:

-Como le decía paisano, yo soy de Medellín. Cuando estalló la guerra grande, la de los tres años, y se cerró la universidad, yo, que estudiaba en ella, quedé libre. Y me puse a azotar calles. Y un día, a escondidas de mi madre, me enrolé en un batallón que salía de campaña. No sabría decir a usted por qué -yo no era el jefe de operaciones- vino a dar la fuerza en que servía a las Sabanas de Bolívar. En fin: que en una marcha precipitada, me quedé enfermo de fiebre, en uno de tantos caseríos -el nombre importa poco- como hay por estos mundos. Cuando volví en mi de la fiebre, no me preocupé por volver a las filas: me tenía la guerra jarto. Pero había que vivir. Me puse a vender específicos. Preparé uno, sobre todo, mezclando tres partes de agua a dos y media partes de agua, que lo curaba todo, absolutamente todo: compré en una hacienda, a un vaquero, una serpiente sin colmillos, que me enredaba al cuello cuando hablaba. Y así, encaramado en una mesa, peroraba. ¡Esa sí era verba, paisano! ¡Esa sí era verba! Así se ponían esas plazas y esas calles de gente, oyéndome, con la boca abierta, pendientes de mis labios. Los hipnotizaba, los subyugaba. Los racimos de manos febriles se tendían a mí para recibir mis frascos milagrosos. Vendía por docenas, por gruesas, por millares. El agua comenzó a escasear…

Hasta que un día, una tarde, después de haber hablado dos horas, yendo para la posada, fatigado, en una mano el cajón de la serpiente, en la otra, en una valija, el saldo de específicos, emparejó conmigo un señor. El cual caminó a mi lado largo trecho y en silencio.

-Lo he estado oyendo hablar toda la tarde, me dijo sin mirarme, andando siempre…

-¿Y que tal?

-Se conoce que el señor es antioqueño.

-Muchas gracias.

-Habla usted muy bien.

-Más gracias.

-Pero usted nació para cosas más grandes.

-Yo creo lo mismo.

-Opino que debe cambiar de ocupación.

-No deseo otra cosa.

-¿Usted sabe callarse?

-Cuando me conviene.

-Así me gusta. Lo espero esta noche en casa.

Y me dio las señas.

Y nos entendimos.

Se trataba de un contrabando que había que recibir en cierto puerto, y había que hacer llegar aquí, a esta población, a través de guerrillas, de caños, de selvas, de lagunas.

Nos pusimos en camino.

Mi hombre estaba encantado de mí. De mi don de mando: de mi actividad infatigable.

Más de cien leguas llevaríamos andadas, cuando una noche… una noche muy oscura, subíamos un río. El patrón y yo íbamos detrás, dirigiendo la expedición. Delante iban once canoas cargadas. Porque la cosa era en grande. De repente sonó un tiro allá… adelante, entre las sombras. Luego otro, y otros.

Habíamos sido descubiertos por la guerrilla.

Di orden de voltear proas, y por la mitad de la corriente, huir río abajo. El tiroteo, cada vez más intenso, se acercaba. Detuvimos en la orilla nuestra canoa, y ante nosotros, huyendo río abajo, iban desfilando las canoas que antes iban adelante río arriba, negras, silenciosas… Una… dos… nueve… once. Detrás de la undécima botamos la nuestra a la corriente. Yo iba sentado en la popa. El patrón a mi lado, en pie, escrutaba los fogonazos de los disparos, a cada instante más lejanos. No se veía gota… Oigo un golpe seco… En seguida el batacazo húmedo de un cuerpo que cae al agua, al mismo tiempo que los remeros nos gritaban: ¡agáchense patrones! Miro a todos lados. ¡El patrón no estaba! Habíamos pasado por debajo de un tronco de un árbol tendido sobre la corriente, y fue lanzado al agua. Era un hombre excelente el patrón. Aquí lo llamaban "El Turco". Según me contó, era griego, de Atenas. Persona distinguida, que después de una conspiración abortada en que tomó parte, tuvo que emigrar para salvar la vida.

Cuando me convencí, al día siguiente, de que el patrón había muerto, me hice reconocer por jefe. Y a los diez días completos, entraba aquí con el cargamento íntegro.

-Y dio buenas cuentas, y se casó con la niña heredera del tesoro, y fueron felices, y en eso me vino yo... -díjele riendo.

-No me crea tan... chiquito, paisano. No olvide que soy un héroe. Y eso que acaba de decir... eso cualquiera lo hace. En Antioquia no conozco una, una sola persona que no sea capaz de hacerlo. ¡Dar buenas cuentas! En Antioquia todos estamos convencidos de que lo único que no se puede hacer son pendejadas. Y la pendejada más grande que uno puede hacer en la vida es no ser honrado en esos asuntos. Y continúo paisano. Usted va a ver muy pronto cuando llegue a lo de mi heroísmo, que yo tal vez sí soy un héroe...

Como le iba contando, llegué aquí con mi cargamento. Y pensé, por le momento, que todos mis esfuerzos habían sido vanos. Porque no encontré con quién entenderme. La viuda del patrón no quería oír hablar de negocios; estaba desolada. ¿Qué iba yo a hacer? Ya pensaba en largarme, cuando una tarde me envían a llamar de la casa de "El Turco". Y me encuentro con Zoraida, con la hija. Empezamos a hablar y me quedé pasmado. ¡Qué inteligencia, qué discreción! Me tomó cuentas de todo, absolutamente de todo, y se hizo cargo de la situación hasta en los últimos detalles.

-Se ha portado usted como un hombre -me dijo-. Pero su labor apenas comienza. La mayor parte de este cargamento -añadió- no debe ser realizada aquí. Y exhibió informes de precios en los diversos mercados del interior.

-Estúdiese esto -me dijo, entregándome un legajo-. Ahí se informará usted del valor de los fletes, del valor del cambio, de los agentes con quienes tiene que entenderse. Y arregle viaje para que salga mañana.

Tenía un amo a quién obedecer. ¡Y qué amo! Era una mezcla de adoración, de amor, de respeto lo que sentí por ella.

Volé a Medellín. Exhibí mis despachos de oficial del ejército. Se me ascendió, se me mimó. Adquirí salvoconductos amplísimos. Coloqué mis artículos como quise. Centupliqué el capital. Convertí en barras de oro los valores obtenidos, y di la vuelta, radiante, feliz.

¡No sabía lo que aquí se me esperaba!

Y era, paisano, que por la situación de la guerra, la más distinguida juventud de los grandes centros de la república andaba dispersa en los campamentos. Y como la guerra tocaba a su fin, habían venido a dar a este poblado, aventados por el Destino, hasta cinco jóvenes, gentes de verdá, procedentes de las oficialidades de los ejércitos, dispersos, disueltos, capitulados. Y todos ellos ¡todos!, andaban locos de amor por Zoraida. Ella atendíalos a todos por igual, discreta, sencilla. Y había entre todos uno: un bogotano, de educación esmeradísima, que llevaba dignamente un apellido ilustre en nuestra historia, caballeroso, gallardo... que me tenía aterrado. Y vino a agravar más la situación, el que uno de los pretendientes, un costeño, el más fatuo quizá, o el más enamorado, se declaró a la joven. Y recibió uno nones tan redondos, que no pudo soportar la situación en que quedara... y se voló.

Nos mirábamos unos a otros recelosos. Nos huíamos. Nos odiábamos. Cómo sufrí, paisano. Yo que me había acostumbrado a la idea de que esa mujer era mía, ¡mía! verme relegado a segundo plano, eclipsado por gentes socialmente, económicamente, intelectualmente superiores a mí.

De improviso sacudió la población íntegra una nueva terrible que puso pánico en todos los corazones, que hizo palidecer de horror a todas las caras: bajando el río había sido vista una banda de forajidos sin partido político, la hez de todos los presidios y de todos los campamentos, que a órdenes de un bandido famoso, venían robando, violando, incendiando, asesinando. Esa noche llegarían al puerto. Al día siguiente muy temprano, entrarían al pueblo. En mi cabeza fulguró un plan. Y temblando de gozo, corrí a ponerlo en obra.

Estuve ausente todo el día. Por la tarde volví al pueblo. Fuime a casa de Zoraida. Todos sus pretendientes estaban allí reunidos.

-Se le esperaba -díjome Zoraida, pálida, serena, poniendo en mí los ojos.

-¿Sabe usted lo que pasa? -preguntóme el bogotano.

-Sé más aún. Sé que dentro de dos o tres horas llegarán al puerto y que mañana estarán aquí.

-¿Y por qué no esta misma noche?

-Estoy seguro de que no, contestéle desdeñoso.

-¿Qué opina usted que debemos hacer?

-Primero oigamos la opinión de ustedes.

-Claro: debemos, escoltando a estas señoras, echarnos río abajo. Las canoas nos esperan. Y si no lo hemos hecho es porque Zoraida se ha empeñado en esperarlo a usted.

Sentí ímpetus de arrojarme a los pies de ella y besar el polvo que pisaba.

Y con insolencia, sardónico, recalcando las palabras:

-Si a los caballeros les da miedo, pueden irse río abajo. Yo espero aquí.

-¡Miedo! -gritó el bogotano dando a mí dos pasos, crispados los puños, temblando de ira... -No fuera por estas damas y habría castigado ya tu insolencia.

-O yo la tuya -dije fríamente-. En lances personales -como dice Marañas- no hay seguridá.

-¿Y es que piensas resistir aquí, baladrón? Pues entiende que mi ordenanza que los vio, que los contó desde un escondite, dice que son cuatrocientos y tantos, armados de |máuser, y gentes valerosas y aguerridas; ¿cómo esperas tú...?

-Esos son asuntos míos -dije, volviéndole la espalda.

-Pues que este hombre está loco, o es un malhechor -dijo el bogotano- es necesario salvar de él a estas señoras.

-Caballeros, ayúdenme ustedes a amarrarlo.

Avanzaron sobre mí.

Gané de un salto, la puerta de salida, di un silbido, entraron veinte hombres que tenía apostados en el zaguán. Y dirigiéndome a quien los mandaba:

-Saque a estos señores de aquí, Maturana. Los hace conducir al puerto de abajo. Los hace embarcar con orden de navegar toda la noche y mañana todo el día.

Quedamos solos Zoraida y yo.

-¿Y ahora? -me dijo mirándome, con ojos ansiosos, infinitamente bellos.

-A obrar señora.

-¿Cuenta con medios de resistencia?

-Tengo ochenta hombres.

-Pocos son... ¿Y armas?

-Tienen sus machetes. Nos hemos hecho esta tarde una trocha que nos permitirá, dando un rodeo por la selva, llegar sin ser vistos... Ellos acamparán esta noche en el puerto. A las tres de la mañana estaremos a quince metros de sus centinelas, esperando el momento de caerles. Cogidos de sorpresa, en medio al sueño, en un combate cuerpo a cuerpo, estoy seguro de aniquilarlos.

-Qué horror... Pero y así... entre las sombras... confundidos entre las sombras los unos con los otros... ¿no corren el riesgo de degollarse mutuamente?

-Mis negros irán desnudos y palparán antes de herir.

Un estremecimiento visible recorrió su hermoso cuero, y levantándose pálida y tendiéndome la mano:

-Que la Virgen los proteja, Alonso.

Salí a la plaza. La noche estaba negra.

Surgió un pelotón de entre las sombras.

-Han llegado ya -me dijo el que los mandaba.

-¿Y acamparon en la playa?

-Sí.

-Que se les vigile de cerca. Incesantemente. Que me comuniquen todos sus movimientos.

Me dirigí al cuartel. Entré. Silencio. Los negros dormían o reposaban. Faroles puestos en el suelo proyectaban en los muros sus siluetas fantásticas. Me dejé caer ante una mesa. Las manos hundidas en las palmas, empecé a meditar. Me levanté en seguida y me puse a pasearme. Estaba nervioso. -¿Qué es lo que he hecho? -me dije-. ¿Pero podría yo dejar de hacerlo? Antes que dejarme arrebatar a Zoraida... ¡todo! Lo más cuerdo, indudablemente, era tomar el partido de huir: lo que mis rivales aconsejaban. Pero continuar la lucha con ellos... Seguir en esta incertidumbre, en estos celos feroces...

Continué paseándome.

-Indudablemente yo estoy loco... ¡Es una locura! Porque supongamos... tantas cosas. Supongamos que una avanzada nos descubra... Que un centinela da la voz de alarma... Porque la sola probabilidad de éxito es una sorpresa que me permita caer sobre ellos mientras duerman... Pero... ¿y si están acampados de modo que mientras lucho con una porción de ellos, los otros se aperciben a caer sobre mí?

Me tendí en el suelo, sobre una estera, boca arriba. Cerré los ojos y traté de dormir... Me iba quedando dormido cuando ¡tran!, brinqué como una pelota de caucho. Las manos cruzadas, los ojos anchos de terror, el pelo parado sobre la frente, me sorprendí a mí mismo cuando hube despertado bien.

Volví a extenderme y a cerrar los ojos. La misma cosa de la vez anterior: el hombre... El hombre que cuando me iba quedando dormido veía... el hombre que ví una tarde en los llanos del Tolima, en un lugar en donde se había combatido tres días antes... Un gallinazo que está asentado sobre él no me le deja ver la cara. El gallinazo se aparta. Está acabándole de sacar los ojos... Y esa cara horrible con las cuencas vacías, me miraba... Esta vez me puse en pie de un salto... Me sobé los ojos... Seguía viendo la maldita cara de cuencas sangrantes, vacías, por los rincones... por el techo...

Comencé a pasearme... a pasearme... Sentí un temblorcito que me hacía dar diente con diente... ¿Será frío?...

Y pensaba -yo que he sido siempre un desentendido en estos asuntos- pensaba ¡con ternura!, en mi madrecita, en mis hermanas, en un sobrinito que había conocido la última vez que estuve en Medellín... Y se me representó Zoraida... ¡Zoraida! ¡Por ella estoy yo en estas! Porque vamos a ver: si me matan -¡que me matan!-, ¿para qué la quiero yo?

Y pensé en la escena última. Ella que me vio como a un héroe, que oyó de mis labios esa frase trágica que la hizo temblar toda, que me oyó decir con entonación que envidiaría al actor Calvo: "no hay riesgo de que en el asalto que vamos a dar, entre la sombra, nos degollemos los unos a los otros: mis negros irán desnudos y palparán antes de herir..." ¡Y palparán antes de herir! ¡El farsante soy yo! Si ella me viera en este momento tiritando de miedo...

Saqué el reló. Faltaban cinco minutos para las tres. No hay tiempo que perder. Es preciso dar la orden de marcha...

Y me paseaba, sin osar darla, como un loco, las manos en la cabeza...

Doy un salto. El corazón de aporrea aquí, en la garganta... ¡Una descarga en la plaza!... Gritos, tropel, vivas... ¡Se entraron los bandidos! ¡Se tomaron la población! Me tiro al fondo del salón, me escondo tras la puerta que da al interior; entro la cabeza por un espacio que dejé medio abierto, y espero preparado para huir. Los negros de mi batallón se habían levantado todos. Y agrupados en la puerta opuesta, en la que da a la plaza, observan empinados los unos sobre los otros. De golpe se vuelven un lío, se aprietan, retroceden... ¡Se entraron al cuartel! Voy a huir y no puedo. Las manos se me han vuelto como garfios, y aprietan las maderas de la puerta; las piernas no me obedecen...

Abriéndose paso a viva fuerza, entran al salón, uno... dos... la mar de hombres. Y uno de ellos, cayendo de rodillas en medio de la sala, alza al cielo los brazos y exclama: -Alabemos a Dios y bendigámosle para siempre. ¡Que el nombre del Señor sea glorificado por los siglos de los siglos!

-¿Pero qué é? ¿Qué pasa? -pregunta un negro.

-A ver, ¿qué sucede? -dice otro.

-¡Digan, digan!

-¡Que los bandidos se han ido río abajo. Que dos batallones de fuerzas regulares que los siguen han llegado al puerto!

-Ni uno queda ya. Yo los he visto. Yo que había sido puesto por el jefe, de avanzada.

Y usted no lo creerá, paisano. Pero cuando oí decir eso, sentí que la sangre corría libre, generosa en mis arterias. Sentí que un león rugía en mis entrañas. Y sacando mi machete salté a media sala.

-¡Cobardes! ¡Miserables! -exclamé. ¡No, no se han ido por eso que están ahí diciendo. Han huido porque supieron que yo iba a atacarlos. ¡Porque sabían que iba a caer sobre ellos como un rayo el coronel Alonso Alvarez Gaviria!

Me hicieron campo. Y ahí fulgurante como Aquiles, hacía vibrar mi acero sobre todas aquellas cabezas conturbadas.

-A ellos, muchachos, Seguidme. No nos dejaremos arrebatar ¡vive Dios!, por nadie, el laurel de la victoria. ¿Que se han ido? ¿Que han huido? Los seguiremos por la playa. A nado abordaremos sus canoas.

-Y ej muy capaj de hacé lo que ejtá diciendo, dijo un negro.

-¿Capaj? ¡Vea! -contestó otro. Si ese hombre no ej cristiano... Diablo é que é.

Con la esquina de un ojo, vi, sin volverme, que Zoraida, radiante de alegría, entraba al salón seguida de su madre.

-Lo que quieren esos cobardes -grité esta vez con todas mis fuerzas- es arrebatarme la gloria de morir por ella, de verter hasta la última gota de mi sangre por Zoraida, por la mujer a quien adoro. Y salté al umbral vibrando en alto mi acero formidable.

Cien manos amigas, me cogieron, me retuvieron. Bufaba yo de coraje sacrosanto.

Sentí que unas manos leves se posaban en mi espalda.

Me volví.

Y dulce y quedo, díjome Zoraida clavando en mí los ojos como astros:

-¿Y para qué había de quererte muerto? ¡Vivo, vivo te quiero yo, querido mío! ¡Valiente mío! ¡Héroe mío!

Y como a los héroes nos está permitido todo, absolutamente todo, me volví a ella, estrechéla entre mis brazos, su cabeza se dobló sobre mi pecho y mis labios se posaron en su frente.

anterior | índice | siguiente