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E L A L C A L D E D E
R I O L I M P I O
Efe Gómez
Primero me arrancaban la mano -dijo la vieja Chana-. Y apretaba
la diestra en que empuñaba el billete del banco, hasta tornar, por
el esfuerzo, blancos los nudillos de la mano, mientras Jenaro, el
comisario, forcejeaba por abrírsela.
-Déjala, Jenaro; deja eso -dijo el secretario, levantando la
cabeza de los papeles donde escribía, y paseando por el despacho la
mirada turbia de sus ojillos garetas.
Y dirigiéndose a Jenaro:
-Asómate a ver si el señor alcalde viene ya.
-Allá viene cuesta arriba -dijo desde la puerta Jenaro,
asomándose.
Reinó silencio unos instantes.
-¡Ay, señor! -exclamó el alcalde, entrando-. Sube uno aquí con
la lengua de corbata.
Y resollando grueso, se dejó caer en un taburete.
-¿A ver qué es lo que pasa? -dijo cuando se hubo serenado.
-Que esta vieja Santoslarga... -exclamó la Chana.
-Que esta maldita... -clamó Santoslarga.
-¡Ladrona!
-¡Alcahueta!
-Silencio, apreciabilísimas damas -interrumpió el alcalde-.
Habla tú, Jenaro.
-La cosa fue -dijo Jenaro- que una señora que iba de paso dio de
limosna a estas viejas...
-¡La tuya!
-¡Mugroso!
-Silencio, o las hago poner en el cepo.
-... dio la limosna a estas "apreciabilísimas
damas" un billete de a peso. La Chana, que lo recibió, lo
empuñó y dice que a ella sola se lo dieron. La Santoslarga dice que
fue a las dos. Y se han tirado del pelo, y se han arañado, y se han
dicho bellezas. Y aquí las traigo. Tienen el pueblo en guerra.
El alcalde se pasea meditabundo. Deteniéndose ante las
viejas:
-Presta acá el billete, Chana.
La vieja le mira perpleja; duda, se revuelve en el asiento; y
abre, al fin, la mano. Toma el alcalde el billete y continúa
paseándose. Y deteniéndose ante las viejas asombradas, parte el
billete en dos.
-Toma tú -dijo a la Chana, dándole la mitad.
-Toma tú -dijo a la Santoslarga, dándole la otra mitad.
Las viejas recibieron su porción y se miraron. Salieron
cabizbajas, una en pos de otra. Adelante, la Santoslarga, la Chana
detrás. Al cabo de ir calle abajo, la Santoslarga se volvió a mirar
a la Chana. Sonrió ésta; se juntaron. Y entraron juntas a la tienda
de la turca Zoraida.
-Préstenos el frasco con la goma, doña Zoraida -dijeron a un
mismo tiempo.
Unidas las cabezas, sonrientes ya, se pusieron a pegar las dos
porciones del billete.
Deme a mí, Zoraidita, un trago de aguardiente -dijo la
Santoslarga, permitiendo entrambas que la turca tomara de encima
del mostrador el billete.
-A mí me da cinco centavos de panela de coco y cinco de
pandequeso.
-Y nos vuelve cuarenta centavos a cada una...
-Mírelas usted. Están amigas ya. Es usted un Salomón, señor
alcalde -dijo el secretario.
Los dos pasaban en ese preciso momento por enfrente a la tienda.
El alcalde con un aguacate a la diestra y el bastón en la
izquierda; el secretario jugando a dos manos con una llave (la del
despacho) del tamaño de una barra de grillos.
El alcalde callaba.
-Sí señor; un Salomón -continuó el secretario.
-¡Hum! Hice coincidir sus intereses un momento. Eso fue todo. Es
lo solo que une a los humanos. Pero cuando acaben con el billete,
volverán a reñir esas viejas.
¡La ideología son vacas!