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C O R A Z Ó N D E M U J E R
Efe Gómez
La abuelita, anciana, se moría. Las personas mayores, pálidas
por el insomnio, preocupadas y tristes, se deslizaban silenciosas
por los corredores y aposentos del caserón de la familia. En los
rostros se pintaba el recogimiento doloroso, el soplo frío que
encoge el corazón cuando se contempla de cerca ese negro agujero de
la muerte que se entreabre para tragarse un ser querido.
Julia, la nietecilla de seis años, vagaba, abriendo sus grandes
ojos llenos de curiosidad a esa escena, nueva completamente para
ella y que apenas entendía.
Por la mañana, después de que hubo salido el viático, a cuyo
paso deshojara flores, había visto entrar, lentamente, avanzando
con su vuelo incierto, vacilante, de copo que el viento lleva y
mece, una mariposa negra y grande, que recorrió los corredores y
fue a posarse sobre el dintel del aposento en que la anciana
agonizaba. Al entrar una tía suya, nerviosa y debilitada por las
vigilias y el dolor, al cuarto de la enferma, distinguió la mancha
oscura de la mariposa que se destacaba sobre lo blanco de la pared.
La pobre señora, herida por presentimientos angustiosos, llevóse
las manos a los ojos para cubrírselos, y entróse precipitadamente,
dejándose caer sobre un sofá del interior, en donde Julia la viera
desde entonces, escondida la cabeza entre los brazos, vuelta un lío
de ropas que se adivinaba cubrían a una persona porque a cada
momento se agitaban con hipidos de sollozos.
Entró también la niña al aposento de la agonizante. Levantada
sobre muchas almohadas, vio su cara pálida con perfiles de agonía,
sus manos flacas que reposaban en el hundido crucifijo sobre el
cual los dedos se agitaban convulsos, único movimiento de ese
cuerpo inerte. Llena de curiosidad, acercóse a la cama, y, prendida
de las almohadas, se empinó hasta poner su rostro casi sobre el de
la abuelita. Sintió en ese instante que un brazo pasaba alrededor
de su cuello, que su rostro era atraído hacia otro rostro, que su
mejilla tocaba otra mejilla humedecida por lágrimas calientes:
adivinó, sin verla, que quien así la abrazaba era su madre, que
velaba día y noche al borde del lecho de la anciana y a quien no
había visto arrimar, a causa de la semioscuridad del aposento. A un
cambio de tono en el estertor de la moribunda, su madre la dejó
libre, para sacudir a la cabecera del lecho.
Julia salió al corredor. Aún estaba en el dintel la mariposa.
Sobre un sillón vio un chal abandonado, recogiólo y lo disparó
sobre el bicho. Este, cogido debajo, cayó dando atontadas
palpitaciones anhelantes con las alas. La niña se arrodilló en el
suelo, y con azorada alegría, temblándole las manitas, agarróla de
las extremidades de las alas, se incorporó y púsose a observarla y
a soplarle el lanudo buchecito, para empezar en seguida a pasearse
por toda la casa, llevándola así cogida. De golpe se tropezó con su
tía, la que sollozaba en el sofá: la cual se incorporó sobrecogida,
y al ver el para ella pavoroso animal en manos de la niña, no pudo
contenerse y dio un grito. Acudieron todos. El papá, que conversaba
en voz baja por allí cerca con otros caballeros, vino también,
levantó a la niña en brazos, llevóla al jardín, púsola en el suelo
y se volvió en silencio, cerrando tras sí la puerta. Echóse Julia a
llorar, llena de despecho. En una mano tenía un pedazo roto de una
ala: en la otra, la mariposa, pegada del muñón del ala opuesta. La
arrojó al suelo con ira, y se tumbó en el césped a llorar
inconsolable. Pero pronto cambió de humor y se entregó a un vivo
monólogo, del cual resultó que la mariposa era la abuelita
moribunda, y que ella la cuidaba y le encomendaba el ánima. Con una
astilla de madera, que ella decía ser una cuchara, le administraba
alimentos y drogas, como había visto practicarlo con la enferma. Al
fin se impacientó: esa enferma no tragaba nada. Púsole la astilla
de punta en la cabeza y empezó a hundírsela lentamente. El pobre
animalito azotaba la tierra con sus alas destrozadas, retorciendo
su cuerpo de gusano: luego empezó a temblar débilmente, hasta que,
al cabo, se quedó muerta. En ese mismo instante se elevó allá
adentro un gran grito, formado de sollozos y gemidos. Julia corrió
al agujero de la cerradura, y vio pasar por el corredor del frente
a Juana, la criada vieja, con las manos en la cabeza, gritando con
voz enronquecida y entre lágrimas: "¡ay, que se ha muerto
mi señora!" Julia sintió un terror súbito, sobrenatural,
desconocido. Sus ojos se clavaron asustados en la mariposa muerta
por ella, y el pensamiento de que era la causa de la muerte de la
abuela, de que ella la había matado, se apoderaba irremisiblemente
de su ánimo. Oyó que los gritos redoblaban, que se acercaban a la
puerta del jardín. El pánico la invadió, y corrió a esconderse en
lo más enmarañado, bajo una enredadera. Allí se ocultó
completamente, tapándose los oídos para no oír los gritos que
venían del interior de la casa. Su corazoncito temblaba como el de
una corza perseguida, sus ojos grandes escrutaban, espantados, por
entre los claros del follaje, reprimiendo medrosa la respiración.
Creyó sentir pasos por allí cerca: sin duda la perseguían. Dióle el
corazón un chapaleo, cerró los ojos como para ocultarse mejor y se
volvió un ovillo. Poco a poco fue abriéndolos con mañita, como si
temiese hacer ruido con los párpados. No veía a nadie. Comenzó
entonces a pensar que, si la cogían, lo negaría todo: diría que
ella no había sido. "¡No: yo no fui, yo no fui!",
repetía meneando la cabecita. Y, así diciendo, y mirando hacia el
cielo, donde nadaban nubes blanquísimas y enormes en el azul
inmenso, se fue quedando dormida. Cuando, a la oración, tras larga
pesquisa, la hallaron dormida, soñaba que su tía y su mamá lloraban
junto a una mariposa que agonizaba con un chuzo atravesado en la
cabeza. De repente la mariposa se murió, y de su cuerpo oscuro y
lanudo salió, pura y radiosa, su abuela, que fue ascendiendo por el
aire hasta ir a recostarse, como sobre almohadones, en las nubes
blanquísimas del cielo. Se recostó en los brazos de Juana, la
criada vieja. "Yo no fui", gritaba con
desesperación. Sólo cuando su madre la recibió en su regazo,
comenzó a tranquilizarse.
***
Todavía se levantaban los pechos con la respiración anhelosa
causada por el último rápido valse, cuando Julia fue a sentarse al
piano. "¿Qué ira a tocar?", se preguntaba Miguel
en el rincón en donde había ido a situarse, apartado de todos. La
joven empezó a preludiar. Sus manos leves se deslizaban revolando
sobre el teclado como si acariciasen el silencio, e iban
despertando un susurro dulce, semejante al ruido distante del
plácido aguacero que se derrama sobre el bosque. Miguel sintióse
estremecer suavemente el escuchar esos acordes. Decididamente,
Julia quería hechizarlo. Después de la acogida dulce de esa noche,
de su abandono delicioso, venir también con esa música querida a
zarandearle el corazón, a riesgo de reabrir la herida oculta que él
llevaba en la mitad del alma y que, a fuerza de voluntad y de
ausencia, principiaba a sentir cicatrizada. Toda la historia de su
amor, silencioso, desconocido para el mundo, iba surgiendo en su
recuerdo a los golpes evocadores de la música. "Pero,
¿habrá ella adivinado mi amor?", se preguntaba al oír con
qué cierto infinito hería las fibras escondidas de su alma. Aquello
era más elocuente, más íntimo que lo han sido jamás labios humanos.
Parecíale que no era el piano lo que las manos de la joven
estrujaban, sino su corazón mismo, fibra a fibra. ¡Ah!, debe de
haber un místico y arcano parentesco entre la música y la palabra
soberana que hizo brotar del caos a la vida los mundos y la luz, y
es profundamente humana la creencia de que cuando todo yazga en el
silencio: cuando, como sepulcro inmenso de la humanidad, surque la
tierra los espacios fríos y tenebrosos del futuro: al retumbar las
notas poderosas de la trompeta final, la superficie del globo se
conmueva y arroje a la humanidad de nuevo a la vida, como arroja
sus recuerdos un cerebro adormecido. Tal le sucedía en ese momento
a Miguel. Porque, ¿en qué punto de su memoria dormía la escena que
surgía ahora íntegra, con todos sus detalles, al influjo de la
música de Julia?
¡Hacía eso tanto tiempo! … Su prima Elvira le exigió que
fuera por ella esa noche a casa de Julia. Cuando entró, ésta
tocaba: sin interrumpirse, volvióse y lo saludó. Sentóse él en el
borde de una silla a darle vueltas al sombrero entre las manos.
-Oye, Elvira: -dijo Julia volviéndose de nuevo- podías ensayar
los lanceros con tu primo.
Y, sin aguardar respuesta, se puso a tocarlos.
-¡A ver! -contestó Elvira levantándose-.
Colocáronse de frente y empezaron a danzar, avanzando el uno
hacia el otro. Miguel se sentía cohibido: al llegar cerca a su
prima, no supo hacer cortesía y se enredo en la vuelta: se puso
colorado, embarazábalo la vergüenza, y perdió el compás.
-Es que Elvira no da la vuelta como es -observó Julia, dejando
de tocar y viniendo a ellos-. Vé, toca tú ahora: verás.
Elvira obedeció.
Empezaron los compases. Julia, de frente, el piecillo derecho
avanzando sobre el tapiz en actitud de romper a bailar, se mecía
llevando el compás y sonriendo. Diéronse los primeros pasos. Al
llegar cerca a su galán, se inclinó y esperó a que éste lo hiciera.
"Ahora la vuelta", dijo. "Dos pasos de
valse", exclamó enlazándole a él al volver a encontrarse.
Miguel estaba encantado. Las figuras iban saliendo con regularidad.
Sentíase feliz: a los pocos momentos le parecía que su amistad con
Julia era cosa antigua.
Así había comenzado esa intimidad fomentada por una temporada en
el campo que vino en seguida, con lecturas en las tardes apacibles,
largos paseos, conversaciones íntimas, en que sus vidas se habían
mezclado como las hebras de una misma urdimbre. Poco después, la
separación. Ausentóse él: el egoísmo de los hombres sus bajezas,
los dolores de la vida, la muerte de seres queridos, todo eso había
ido poco a poco reduciendo el círculo de sus afectos, héchole
perder el gusto de vivir. Empezaba a paladear esa soledad que va
formando la Providencia en torno a nuestro corazón al agostar a
nuestro lado lo que más amamos, como para orientarnos hacia otra
vida futura y hacernos menos triste el abandono de la presente.
Vuelto a su tierra hacía pocos días, habíase encontrado extraño en
ella: cada cual vivaqueaba al lado de su hogar para no helarse:
otros se morían de frío y de tristeza, contemplando de lejos el
chisporroteo del hogar ajeno. Tan solo Julia era la misma. La misma
tontuela alegre que había caído mala cuando niña porque se imaginó
haber dado muerte a su abuela: la que le enseñara los lanceros en
ese mismo salón: la que en seguido se hizo adorar, y que ahora
evocaba para él ese mundo ya olvidado de las profundidades del
recuerdo. La miraba encantado pasear sus manos por el piano, y la
adoraba. Qué bien había hecho en venir. Cuando entró al salón se
quedó frío: no conoció a ninguna de las personas allí reunidas:
pero ella había suplido todo. La madre de la joven lo presentó en
seguida como a un viejo amigo de la casa, y la velada siguió su
curso ordinario.
Julia terminó su tocata entre rollos sonoros de acordes
estrepitosos. Levantó la cabeza y lo buscó con los ojos,
envolviéndolo en una mirada larga y acariciadora. En seguida se
dirigió a su lado, él se levantó a su paso: ella se apoyó en el
brazo del joven, y comenzaron a pasearse por el salón.
-Me ha hecho usted soñar despierto -díjole Miguel.
-¿Cómo así?
-Ahora, cuando usted tocaba, me vi entrando por vez primera a
esta casa, recibiendo de usted una lección de baile… ¡Tiempo
feliz ese!
Julia lo miró complacida.
-Creí que ya no recordaba -replicó.
-¡Fue ese un tiempo tan grato! -contestó Miguel, y luego
continuó, exaltándose: puede uno olvidarlo todo: pero lo que nos
sucede en la época en que nuestro corazón inició su despertar a la
vida del amor no se olvida nunca, por insignificante que sea.
Julia sintió bajo su desnuda manecita temblar el brazo del
joven.
"¿Pero este pobre Miguel no sabrá que me
caso?", pensó. "No debe saberlo. ¿Quién había de
decírselo? Su madre murió: Elvira vive lejos. Ninguno de sus amigos
actuales conoció nuestra intimidad de otros días". Y
sintiendo una curiosidad loca por conocer esa pasión que ella había
adivinado en otro tiempo, empezó fríamente a hacer descender la
sonda en el alma del joven.
-¡Qué mal amigo es usted! -murmuró-. Conque amaba entonces y,
sin embargo, nada me contó. ¡Y yo que me creía su amiga!
-¿Y para qué había de contárselo? -repuso Miguel emocionado.
-¿Para qué? Francamente ignoro para qué se cuentan esas cosas:
pero lo cierto es que se necesita ser bien frío, bien excéntrico
para ocultarlas a sus amigos.
Miguel se detuvo con un movimiento inesperado, su brazo cayó a
lo largo del cuerpo, y la mano de Julia resbaló de él. Esta lo miró
medio azorada, comprendió que había ido demasiado lejos, más allá
de lo que le era permitido: pero sentía un placer acre, un goce
cruel, en jugar de esa manera con ese corazón indefenso. Así es que
añadió:
-Veo que jamás me ha tenido usted confianza, y que su amistad ha
sido sólo de nombre.
Miguel sintió el vértigo de casi inconsciencia que acompaña las
resoluciones extremas, y dijo precipitadamente:
-Pues, sepa, Julia, que es a usted a quien he amado
siempre…
Reinó en seguida un silencio largo, embarazoso, durante el cual
las miradas tenían miedo de encontrarse: uno de esos silencios
vengadores que son como la sanción de frases que no debieron jamás
haber sido proferidas. Sonó, afortunadamente, el preludio de un
valse.
-Si no llego tarde, ¿tendría usted la amabilidad de concederme
esta pieza? -dijo un caballero, acercándose a Julia.
-Con mucho gusto -contestó ésta enlazándose a él.
Miguel, aturdido, se quedó plantado, mirándola mezclarse y
desaparecer entre el tumulto.
***
Por las ventanas abiertas de la casa de Julia se derramaban a la
oscura calle torrentes de luz y de armonías. A cada instante
desembocaban coches resonantes que se detenían de un golpe al
frente del zaguán ancho y luminoso. Abríanse las portezuelas y
descendían caballeros envueltos en largos sobretodos, y damas
elegantes que penetraban, apoyadas en el brazo de aquéllos, a
engrosar la aristocrática muchedumbre que se cruzaba allá adentro,
en medio de flores blanca, mares de luz y flotantes cortinajes.
Grupos de curiosos se detenían en mitad de la calle. Recostado a la
pared de la acerca opuesta, entre la mancha de sombra que separaba
luz que dos ventanas contiguas proyectaban, las manos entre los
bolsillos, y el sombrero de fieltro blando caído sobre los ojos,
Miguel miraba todo eso. ¿Por qué estaba allí? El mismo no lo sabía:
ni siquiera se lo había preguntado. ¡Ah! para ser delicado, para
ser correcto, para conservar lo que las gentes formales llaman
tacto social, se necesita cierto grado de ventura: pero cuando el
dolor hiere brutalmente, cuando el dolor hunde hasta el puño su
espada en el corazón indefenso de su víctima, ésta se revuelve
cínica, y quisiera arrojar bocanadas de lodo sobre los dichosos,
encontrando hondamente injusto, irritante en grado altísimo, que
los demás puedan ostentarse magnánimos, solamente porque están
libres de cuidados y una gran desgracia no ha pasado como ráfaga de
huracán sobre sus almas, barriendo todas esas vanidades.
Experimentaba un placer amargo en entregarse a sí mismo en el
rostro su desdicha, alegría cruel en vapular con sarcasmo
sangriento su conciencia honrada, sus delicadezas de caballero, su
vida pura, por ese dolor inmerecido que ahora caía sobre él. Lo
brutal, lo desvergonzado que duerme en el fondo de todo ser humano
bajo el decoro apacible que engendra el armónico bienestar de que
se disfruta normalmente en la vida, habíase levantado fanfarrón y
triunfante, y lo empujaba a reír de todo lo puro, de todo lo
grande, de las delicadezas del corazón y de las dulces quimeras de
la fantasía.
-La novia -dijeron en los grupos de curiosos, empinándose para
mirar hacía adentro. Miguel miró también. Envuelta en los esbeltos
pliegues de su traje de reina, la negra cabellera tocada con
blancos azahares, radiando los ojos grandes sobre la faz pálida y
dulce, cruzó Julia por los cuadros luminosos de las ventanas.
-¡Qué linda está! ¡Álzame para verla! -exclamó una niña de diez
años, dirigiéndose a una criada con quien se había detenido al
pasar, levantándose en las puntas de sus botinas diminutas.
"¡Ah!, ¡la cachorra de pantera!", se dijo
Miguel al mirarla. "¡Cómo observa y estudia para preparar
sus caricias! ¿A qué corazón de hombre honrado… ¡de hombre
imbécil!, irá a dar el salto esta chica deliciosa, para clavar en
él sus afiladas uñitas y sus dientecillos blancos, hasta chupar
toda su sangre, para después de harta pisotearlo e ir a enlazar el
brazo al de algún vividor, como le está haciendo en este momento su
modelo de allá arriba?"
Se quedó mirando a la chica, que se alojaba por la acera con
taconeo airoso y limpio, dirigiendo a la criada preguntas
candorosas.
"Así era ella", se dijo. "Así empecé
yo a amarla. Luego se vistió de largo, y cayó el telón sobre todos
esos encantos que dejaba a la vista la niña inocente, y que ya no
habrán de volver a manifestarse sino en las intimidades escondidas
del amor… ¡y del amor de otro!"
Luego se inclinó pensativo, y se internó en las tinieblas de la
calle. Caminaba sin rumbo. Hallóse pronto en las afueras de la
población. En un costado de la calle alcanzó a ver sobre el suelo
cubierto de charcas, fango y guijarros alisados, desparramándose
como un esputo de luz, la claridad que se escapaba por la puerta de
una tenducha. Se dirigió allá. Llegó al boquete luminoso y miró
hacia adentro. Un vaho tibio y nauseabundo le azotó la cara, pero
se zampó resueltamente.
-¡Eh!, vea dónde pisa cachaquito! -gritó, encarándosele, un
hombre negro y mugriento que estaba del lado de adentro, tras la
puerta, retrayendo el pie pisado. Todas las caras del grupo que
trasegaba alcohol junto al mostrador se volvieron a él, caras
ebrias y toscas, de bandidos y de tahúres.
Miguel se abrió paso por entre ellos con alegría brutal, y saltó
al mostrador, se acomodó encima, cruzó las piernas y gritó a la
tendera:
-¡A ver! ¡Un trago!
-¿De qué? -dijo está, abarcando con la derecha el cuello de una
botella, la izquierda en la cintura.
-De aguardiente. ¡Pero más, más, llénelo usted! -decía mientras
le iban sirviendo el líquido en un vaso. Alzóse en seguida y se lo
echó al cuerpo de un golpe. Luego se puso a hacer cajón con los
nudillos sobre la tabla del mostrador y a pasear miradas burlonas y
despreciativas por la multitud, en la cual se notaban movimientos
de hostilidad hacía él, ademanes agresivos, voces de amenaza. Un
mulato de ojos audaces, la cara cruzada por una ancha cicatriz,
pasó junto él, se rebujo en la ruana y le metió el hombro con
insolencia, diciendo entre dientes:
"
|Así se estrega pa que blanqué!".
Miguel miró de un modo feroz. Tendió la mano y cogió una botella
llena, la llevó a los labios y empezó a tragar aguardiente. Cuando
la hubo agotado, arrojóla sobre los vasos y las copas que estaban
en el otro extremo, los cuales fueron arrastrados al suelo con
fragor. Un murmullo de protesta se elevó de todas las bocas
"No hay cuidado", exclamó Miguel son su misma
cínica carcajada, arrojando a la ventera un grueso billete blanco.
Y volviéndose al mulato de la cicatriz, dióle una palmadita en la
espalda y le dijo: "mira, hombre: recoge aquella guitarra
y canta. Cántame una canción de amores. ¡Soy tan feliz!, ¡tan
feliz!" Y continuó su risa extraña. Cerró después los ojos
un instante, se comprimió las sienes con los puños y apretó los
dientes. "¡Eh!, ¡acabemos de una vez!",
prorrumpió incorporándose. Y, alzando la mano abierta, cruzó la
cara del mulato con una sonora bofetada.
Un puñal brilló en la crispada diestra de este. Miguel sintió un
relámpago frío de terror y gozo emparamarle el alma: hundióse el
puñal en su garganta, un torrente de sangre tiñó la blanca pechera,
dobló la cabeza, vaciló un segundo y cayó de cara sobre el
mostrador.
***
En ese mismo instante dejaba Julia reclinar su sien purísima
sobre el pecho de su marido, mientras se apagaban en la escalera
los pasos de los últimos convidados que se retiraban, y su corazón
saltaba con azorada alegría bajo su seno virgen, sin que la más
leve sombra de remordimiento batiera sus alas sobre esas santas y
supremas emociones.
UN CRIMEN
Aquella atmósfera caldeada era un lago de luz móvil, sofocante.
Las briznas de los aleros pajizos de las casas crepitaban y se
volvían carrujos abrasados: sobre las superficies desnudas y áridas
de los pedrejones de la rambla en que estaba edificado el exiguo
caserío, reverberaba el calor como un enjambre. Allá, debajo de ese
reguero de peñascos, de muy hondo, ascendía el mugido sordo, cual
huracán lejano, de un torrente que retorcía oprimido por esas
enormes piedras que él mismo quizá, cuando se cavaba su cauce,
había arrastrado entre sus olas crespas y rugientes. ¡Ay!, asimismo
agobia nuestras almas, convertido en obstáculos y complicaciones
cuando ya el raudal de nuestro entusiasmo juvenil declina, todo eso
que fue placer malsano y goces cálidos. Ciñendo por todas partes el
pedregal desnudo y yermo, se extendía el bosque oscuro, por donde
vaga el Magdalena en llanuras inmensas, que se van empinando en
comba suave hasta coordinarse a la mole gigantesca de los Andes de
Santander, que desenvuelven en vaivenes dulces y untuosos las
superficies verdes de su escultura soberana, y alejándose,
alejándose blandamente, van a derretir su azul sobre el azul del
cielo.
Claudio Majoca, sentado sobre su ruana hecha un rodete, a la
sombra de una casita de la calle única de la aldea, miraba este
paisaje, y tal vez no lo veía. Tal vez el pobre hombre no tenía
ojos sino para mirar el cercado sembrado de cruces donde reposaba
su hija: la criatura dulcísima, silenciosa, de ojos grandes,
meditabundos y tristes sobre su rostro infantil. La había visto
crecer pálida, enfermiza, los ojos febriles siempre abiertos con
esa curiosidad dolorosa de los organismos débiles en los que el
sufrimiento despierta precozmente la inteligencia. Y una mañana, se
extinguió la llama débil de esa existencia, sin sacudimientos,
suavemente: sin que él, que no había tenido la vitalidad bastante
para infundirle la vida alegre de los seres sanos que la respiran a
todo pulmón, pudiese reanimarla con su aliento. Y allí mismo, ante
ese lecho de muerte, había sentido el pobre padre la primera crisis
de ese mal sombrío que lo mantenía aterrado, y, en medio de
sacudimientos epilépticos, cayó como un cadáver al pie mismo del
cadáver de su hija. ¡Quién le hubiera dicho al pobre hombre que
esas dos desgracias horribles de su vida -la pérdida de su hija y
la de su salud- obedecían ambas a ese pequeño mal de su juventud,
adquirido tan alegremente en la bodega de Nare, y que trabajaba
aleve y callado en lo más recóndito de su organismo!
Desde ese día -él, cazador apasionado y famoso- no volvió a
cazar. Su escopeta se corroía de orín en un rincón de su cuarto. En
vano le decían los mineros, cuando regresaban de sus labores, que
allá, a la sombra del bosque, erraban en manadas las tatabras: en
vano salían los venados, tímidos, a reventar los tiernos retoños de
las batatillas a la luz moribunda del crepúsculo: en vano veía él
mismo, cuando vagaba distraído, los ojos en el suelo, el rastro
sospechoso de tigres merodeadores grabado sobre la arena húmeda.
Nada le sacaba de su indiferencia mórbida: todo le era igual, y se
le veía casi constantemente sentado sobre el umbral de la casa,
mirando hacia ese cementerio que se había tragado a su hija.
De repente se estremeció lleno de horror. Había sentido como un
soplo helado sobre su párpado izquierdo. Era el anuncio del mal
terrible. Un dolor fulgurante, agudísimo, que sacudió hasta las
últimas ramificaciones de sus nervios, recorrió súbito, como una
descarga eléctrica, como el golpe de un azote ferrado, toda la
mitad izquierda de su cuerpo: sintió la lengua pesada y rígida como
un bocado de granizo: sus párpados se paralizaron: quedaron
inmóviles, extraviados, desmesuradamente abiertos a la inmensidad
los globos de sus ojos. Luego, a manera de una tela que se rasga,
sintió en el fondo de su cerebro una pequeña explosión luminosa y
sonora, que siguió extendiéndose en hipidos de luz roja, hasta
llenarlo todo: y allá, en el seno de esa lumbre vibrante, empezaron
a cuajarse los contornos de la visión apocalíptica que lo torturaba
en los accesos de su mal, y que en vano trataba de rehacer cuando
tornaba a la vida, no obstante el serle tan conocida, tan familiar
en esos mundos anormales del delirio en que se atascaban los sucios
rodajes de su cerebro carcomido por el gálico.
Presentábansele entonces, barajados monstruosamente, los dos
episodios que habían sacudido más hondamente su ser: la muerte de
su hija y la cacería de tigre hecha allí, bajo las cuevas negras
que formaba debajo de sí ese reguero de peñascos sueltos, cuñados
unos con otros, que se veía al frente, en las afueras del
caserío.
Entre reflejos de luz vacilante, como los reflejos de muchas
hogueras, vio una multitud inmensa, todo el vecindario, coronando
las crestas de los pedrejones. Debajo, como un huracán en cueva,
rechinaba el latir de todos los perros de los alrededores que
luchaban con el tigre. A cada instante un chillido lastimero venía
hasta él. "Ese maldito
|gato está acabando con los
perros". ¿Y
|Coronel y
|Clavellina, sus perros
queridos? Metíase los dedos a la boca, y silbaba:
" ¡fohí!, ¡fohí!, ¡fohí!"… ¡Nada! ¡Qué iban
a oír en medio de esa bulla! Y se paseaba febril. "¿No hay
entre tanta gente un hombre que quiera entrar a alumbrarme, yo bajo
a matar ese
|gatico?", clamó con rabia, pero como a
su pesar, porque el corazón le dio un vuelco doloroso. Todos se
miraron e inclinaron en silencio la cabeza. "Bajaré
solo", dijo con despecho. Y tomando un candil entró en la
cueva. Y comenzó a internarse en ese dédalo negro, en la derecha la
escopeta, la luz en la otra mano: arrastrándose a veces como un
reptil entre angosturas imposibles, irguiéndose otras en salones
enormes, cuyos techos altísimos de bloques sueltos parecían
derrocarse sobre su cabeza. Sintió de repente que le arrebataban el
candil de la mano: volvióse y vio a su hija. "¿Qué vienes
a hacer aquí? ¡Vuélvete afuera!", gritó con angustia. Mas
ella, sin responder, mirándolo con sus ojos grandes, ardorosos de
sufrimiento, tomó adelante, la luz en la mano, aérea y ágil.
Deslizábase como una visión, y seguía él, jadeante, loco de
angustia, muerto de fatiga. Ya se oían cerca, muy cerca los latidos
furiosos de los perros. "¡Detente!, ¡detente!, ¡hija del
alma!", exclamaba anonadado… Paróse fulgurado de
terror. Allí, al frente, sobre una salida de un peñasco, tendido
sobre el pecho, los ojos en lumbre, el espinazo en arco como un
resorte recogido, estaba el tigre en acecho, esperando el paso de
su hija: y ella no lo había visto. El padre quiso gritar, y murió
la voz en su garganta. Ya llegaba junto al monstruo la hija de su
alma: ya el cuerpo de la fiera se inclinaba sobre ella silencioso y
aleve como el peñasco que vacila antes de rodar por la pendiente.
El hombre, loco, en impulso ciego, tendió su escopeta: sonó un
disparo, y su hija cayó con la cabeza abierta… Volvióse la
fiera hacia él, lenta, silenciosa. Calláronse los perros al
estallido: y sentados sobre las patas, lo miraban desde sus
asientos de piedra, como esfinges, mudos, los ojos encendidos. El
tigre se acercaba más cada vez, y él, hipnotizado, no podía
moverse. De la voluminosa cabeza de la fiera partían
estremecimientos de onda límpida, que recorrían su lomo terso y
manchado, hasta morir en su trasera grácil: de la armada boca salía
la lengua, plegándose sobre la quijada hirsuta con felino saboreo.
Y avanzaba, avanzaba siempre: con cruelísima lentitud, con
calculada pausa, como gozándose en la horrorosa expectativa de su
víctima. Ya llegaba. El desdichado cazador quiso huir, y se sintió
de nuevo paralizado por el espanto. Sopló su cara un vaho hediondo:
la armada boca se abrió sobre su cráneo, y los agudos colmillos
penetraron en él, produciendo un chasquido como de pasta frágil
triturada entre las muelas: sintió unas garras clavarse en sus
carnes palpitantes…
Y Claudio Majoca, el pobre enfermo, dando corcovos epilépticos,
golpea con la cabeza y con los miembros rígidos contra el umbral y
contra el duro suelo donde yacía tendido.
Era el momento más terrible de crisis de su mal.
Levantóse, extraviado, loco y diose a correr calle arriba.
En su carrera tropezó con una niña que traía agua, y,
agarrándola por las gargantas de los pies, blandióla en el aire y
le estrelló la cabeza contra un peñasco…
Cuando volvió de ese infierno patológico, se encontró atadas las
manos y arrastrado por el suelo por una multitud airada e ignorante
que lo miraba hosca, y lo llamaba asesino.
CORAZÓN DE MUJER
La abuelita, anciana, se moría. Las personas mayores, pálidas
por el insomnio, preocupadas y tristes, se deslizaban silenciosas
por los corredores y aposentos del caserón de la familia. En los
rostros se pintaba el recogimiento doloroso, el soplo frío que
encoge el corazón cuando se contempla de cerca ese negro agujero de
la muerte que se entreabre para tragarse un ser querido.
Julia, la nietecilla de seis años, vagaba, abriendo sus grandes
ojos llenos de curiosidad a esa escena, nueva completamente para
ella y que apenas entendía.
Por la mañana, después de que hubo salido el viático, a cuyo
paso deshojara flores, había visto entrar, lentamente, avanzando
con su vuelo incierto, vacilante, de copo que el viento lleva y
mece, una mariposa negra y grande, que recorrió los corredores y
fue a posarse sobre el dintel del aposento en que la anciana
agonizaba. Al entrar una tía suya, nerviosa y debilitada por las
vigilias y el dolor, al cuarto de la enferma, distinguió la mancha
oscura de la mariposa que se destacaba sobre lo blanco de la pared.
La pobre señora, herida por presentimientos angustiosos, llevóse
las manos a los ojos para cubrírselos, y entróse precipitadamente,
dejándose caer sobre un sofá del interior, en donde Julia la viera
desde entonces, escondida la cabeza entre los brazos, vuelta un lío
de ropas que se adivinaba cubrían a una persona porque a cada
momento se agitaban con hipidos de sollozos.
Entró también la niña al aposento de la agonizante. Levantada
sobre muchas almohadas, vio su cara pálida con perfiles de agonía,
sus manos flacas que reposaban en el hundido crucifijo sobre el
cual los dedos se agitaban convulsos, único movimiento de ese
cuerpo inerte. Llena de curiosidad, acercóse a la cama, y, prendida
de las almohadas, se empinó hasta poner su rostro casi sobre el de
la abuelita. Sintió en ese instante que un brazo pasaba alrededor
de su cuello, que su rostro era atraído hacia otro rostro, que su
mejilla tocaba otra mejilla humedecida por lágrimas calientes:
adivinó, sin verla, que quien así la abrazaba era su madre, que
velaba día y noche al borde del lecho de la anciana y a quien no
había visto arrimar, a causa de la semioscuridad del aposento. A un
cambio de tono en el estertor de la moribunda, su madre la dejó
libre, para sacudir a la cabecera del lecho.
Julia salió al corredor. Aún estaba en el dintel la mariposa.
Sobre un sillón vio un chal abandonado, recogiólo y lo disparó
sobre el bicho. Este, cogido debajo, cayó dando atontadas
palpitaciones anhelantes con las alas. La niña se arrodilló en el
suelo, y con azorada alegría, temblándole las manitas, agarróla de
las extremidades de las alas, se incorporó y púsose a observarla y
a soplarle el lanudo buchecito, para empezar en seguida a pasearse
por toda la casa, llevándola así cogida. De golpe se tropezó con su
tía, la que sollozaba en el sofá: la cual se incorporó sobrecogida,
y al ver el para ella pavoroso animal en manos de la niña, no pudo
contenerse y dio un grito. Acudieron todos. El papá, que conversaba
en voz baja por allí cerca con otros caballeros, vino también,
levantó a la niña en brazos, llevóla al jardín, púsola en el suelo
y se volvió en silencio, cerrando tras sí la puerta. Echóse Julia a
llorar, llena de despecho. En una mano tenía un pedazo roto de una
ala: en la otra, la mariposa, pegada del muñón del ala opuesta. La
arrojó al suelo con ira, y se tumbó en el césped a llorar
inconsolable. Pero pronto cambió de humor y se entregó a un vivo
monólogo, del cual resultó que la mariposa era la abuelita
moribunda, y que ella la cuidaba y le encomendaba el ánima. Con una
astilla de madera, que ella decía ser una cuchara, le administraba
alimentos y drogas, como había visto practicarlo con la enferma. Al
fin se impacientó: esa enferma no tragaba nada. Púsole la astilla
de punta en la cabeza y empezó a hundírsela lentamente. El pobre
animalito azotaba la tierra con sus alas destrozadas, retorciendo
su cuerpo de gusano: luego empezó a temblar débilmente, hasta que,
al cabo, se quedó muerta. En ese mismo instante se elevó allá
adentro un gran grito, formado de sollozos y gemidos. Julia corrió
al agujero de la cerradura, y vio pasar por el corredor del frente
a Juana, la criada vieja, con las manos en la cabeza, gritando con
voz enronquecida y entre lágrimas: "¡ay, que se ha muerto
mi señora!" Julia sintió un terror súbito, sobrenatural,
desconocido. Sus ojos se clavaron asustados en la mariposa muerta
por ella, y el pensamiento de que era la causa de la muerte de la
abuela, de que ella la había matado, se apoderaba irremisiblemente
de su ánimo. Oyó que los gritos redoblaban, que se acercaban a la
puerta del jardín. El pánico la invadió, y corrió a esconderse en
lo más enmarañado, bajo una enredadera. Allí se ocultó
completamente, tapándose los oídos para no oír los gritos que
venían del interior de la casa. Su corazoncito temblaba como el de
una corza perseguida, sus ojos grandes escrutaban, espantados, por
entre los claros del follaje, reprimiendo medrosa la respiración.
Creyó sentir pasos por allí cerca: sin duda la perseguían. Dióle el
corazón un chapaleo, cerró los ojos como para ocultarse mejor y se
volvió un ovillo. Poco a poco fue abriéndolos con mañita, como si
temiese hacer ruido con los párpados. No veía a nadie. Comenzó
entonces a pensar que, si la cogían, lo negaría todo: diría que
ella no había sido. "¡No: yo no fui, yo no fui!",
repetía meneando la cabecita. Y, así diciendo, y mirando hacia el
cielo, donde nadaban nubes blanquísimas y enormes en el azul
inmenso, se fue quedando dormida. Cuando, a la oración, tras larga
pesquisa, la hallaron dormida, soñaba que su tía y su mamá lloraban
junto a una mariposa que agonizaba con un chuzo atravesado en la
cabeza. De repente la mariposa se murió, y de su cuerpo oscuro y
lanudo salió, pura y radiosa, su abuela, que fue ascendiendo por el
aire hasta ir a recostarse, como sobre almohadones, en las nubes
blanquísimas del cielo. Se recostó en los brazos de Juana, la
criada vieja. "Yo no fui", gritaba con
desesperación. Sólo cuando su madre la recibió en su regazo,
comenzó a tranquilizarse.
***
Todavía se levantaban los pechos con la respiración anhelosa
causada por el último rápido valse, cuando Julia fue a sentarse al
piano. "¿Qué ira a tocar?", se preguntaba Miguel
en el rincón en donde había ido a situarse, apartado de todos. La
joven empezó a preludiar. Sus manos leves se deslizaban revolando
sobre el teclado como si acariciasen el silencio, e iban
despertando un susurro dulce, semejante al ruido distante del
plácido aguacero que se derrama sobre el bosque. Miguel sintióse
estremecer suavemente el escuchar esos acordes. Decididamente,
Julia quería hechizarlo. Después de la acogida dulce de esa noche,
de su abandono delicioso, venir también con esa música querida a
zarandearle el corazón, a riesgo de reabrir la herida oculta que él
llevaba en la mitad del alma y que, a fuerza de voluntad y de
ausencia, principiaba a sentir cicatrizada. Toda la historia de su
amor, silencioso, desconocido para el mundo, iba surgiendo en su
recuerdo a los golpes evocadores de la música. "Pero,
¿habrá ella adivinado mi amor?", se preguntaba al oír con
qué cierto infinito hería las fibras escondidas de su alma. Aquello
era más elocuente, más íntimo que lo han sido jamás labios humanos.
Parecíale que no era el piano lo que las manos de la joven
estrujaban, sino su corazón mismo, fibra a fibra. ¡Ah!, debe de
haber un místico y arcano parentesco entre la música y la palabra
soberana que hizo brotar del caos a la vida los mundos y la luz, y
es profundamente humana la creencia de que cuando todo yazga en el
silencio: cuando, como sepulcro inmenso de la humanidad, surque la
tierra los espacios fríos y tenebrosos del futuro: al retumbar las
notas poderosas de la trompeta final, la superficie del globo se
conmueva y arroje a la humanidad de nuevo a la vida, como arroja
sus recuerdos un cerebro adormecido. Tal le sucedía en ese momento
a Miguel. Porque, ¿en qué punto de su memoria dormía la escena que
surgía ahora íntegra, con todos sus detalles, al influjo de la
música de Julia?
¡Hacía eso tanto tiempo! … Su prima Elvira le exigió que
fuera por ella esa noche a casa de Julia. Cuando entró, ésta
tocaba: sin interrumpirse, volvióse y lo saludó. Sentóse él en el
borde de una silla a darle vueltas al sombrero entre las manos.
-Oye, Elvira: -dijo Julia volviéndose de nuevo- podías ensayar
los lanceros con tu primo.
Y, sin aguardar respuesta, se puso a tocarlos.
-¡A ver! -contestó Elvira levantándose-.
Colocáronse de frente y empezaron a danzar, avanzando el uno
hacia el otro. Miguel se sentía cohibido: al llegar cerca a su
prima, no supo hacer cortesía y se enredo en la vuelta: se puso
colorado, embarazábalo la vergüenza, y perdió el compás.
-Es que Elvira no da la vuelta como es -observó Julia, dejando
de tocar y viniendo a ellos-. Vé, toca tú ahora: verás.
Elvira obedeció.
Empezaron los compases. Julia, de frente, el piecillo derecho
avanzando sobre el tapiz en actitud de romper a bailar, se mecía
llevando el compás y sonriendo. Diéronse los primeros pasos. Al
llegar cerca a su galán, se inclinó y esperó a que éste lo hiciera.
"Ahora la vuelta", dijo. "Dos pasos de
valse", exclamó enlazándole a él al volver a encontrarse.
Miguel estaba encantado. Las figuras iban saliendo con regularidad.
Sentíase feliz: a los pocos momentos le parecía que su amistad con
Julia era cosa antigua.
Así había comenzado esa intimidad fomentada por una temporada en
el campo que vino en seguida, con lecturas en las tardes apacibles,
largos paseos, conversaciones íntimas, en que sus vidas se habían
mezclado como las hebras de una misma urdimbre. Poco después, la
separación. Ausentóse él: el egoísmo de los hombres sus bajezas,
los dolores de la vida, la muerte de seres queridos, todo eso había
ido poco a poco reduciendo el círculo de sus afectos, héchole
perder el gusto de vivir. Empezaba a paladear esa soledad que va
formando la Providencia en torno a nuestro corazón al agostar a
nuestro lado lo que más amamos, como para orientarnos hacia otra
vida futura y hacernos menos triste el abandono de la presente.
Vuelto a su tierra hacía pocos días, habíase encontrado extraño en
ella: cada cual vivaqueaba al lado de su hogar para no helarse:
otros se morían de frío y de tristeza, contemplando de lejos el
chisporroteo del hogar ajeno. Tan solo Julia era la misma. La misma
tontuela alegre que había caído mala cuando niña porque se imaginó
haber dado muerte a su abuela: la que le enseñara los lanceros en
ese mismo salón: la que en seguido se hizo adorar, y que ahora
evocaba para él ese mundo ya olvidado de las profundidades del
recuerdo. La miraba encantado pasear sus manos por el piano, y la
adoraba. Qué bien había hecho en venir. Cuando entró al salón se
quedó frío: no conoció a ninguna de las personas allí reunidas:
pero ella había suplido todo. La madre de la joven lo presentó en
seguida como a un viejo amigo de la casa, y la velada siguió su
curso ordinario.
Julia terminó su tocata entre rollos sonoros de acordes
estrepitosos. Levantó la cabeza y lo buscó con los ojos,
envolviéndolo en una mirada larga y acariciadora. En seguida se
dirigió a su lado, él se levantó a su paso: ella se apoyó en el
brazo del joven, y comenzaron a pasearse por el salón.
-Me ha hecho usted soñar despierto -díjole Miguel.
-¿Cómo así?
-Ahora, cuando usted tocaba, me vi entrando por vez primera a
esta casa, recibiendo de usted una lección de baile… ¡Tiempo
feliz ese!
Julia lo miró complacida.
-Creí que ya no recordaba -replicó.
-¡Fue ese un tiempo tan grato! -contestó Miguel, y luego
continuó, exaltándose: puede uno olvidarlo todo: pero lo que nos
sucede en la época en que nuestro corazón inició su despertar a la
vida del amor no se olvida nunca, por insignificante que sea.
Julia sintió bajo su desnuda manecita temblar el brazo del
joven.
"¿Pero este pobre Miguel no sabrá que me
caso?", pensó. "No debe saberlo. ¿Quién había de
decírselo? Su madre murió: Elvira vive lejos. Ninguno de sus amigos
actuales conoció nuestra intimidad de otros días". Y
sintiendo una curiosidad loca por conocer esa pasión que ella había
adivinado en otro tiempo, empezó fríamente a hacer descender la
sonda en el alma del joven.
-¡Qué mal amigo es usted! -murmuró-. Conque amaba entonces y,
sin embargo, nada me contó. ¡Y yo que me creía su amiga!
-¿Y para qué había de contárselo? -repuso Miguel emocionado.
-¿Para qué? Francamente ignoro para qué se cuentan esas cosas:
pero lo cierto es que se necesita ser bien frío, bien excéntrico
para ocultarlas a sus amigos.
Miguel se detuvo con un movimiento inesperado, su brazo cayó a
lo largo del cuerpo, y la mano de Julia resbaló de él. Esta lo miró
medio azorada, comprendió que había ido demasiado lejos, más allá
de lo que le era permitido: pero sentía un placer acre, un goce
cruel, en jugar de esa manera con ese corazón indefenso. Así es que
añadió:
-Veo que jamás me ha tenido usted confianza, y que su amistad ha
sido sólo de nombre.
Miguel sintió el vértigo de casi inconsciencia que acompaña las
resoluciones extremas, y dijo precipitadamente:
-Pues, sepa, Julia, que es a usted a quien he amado
siempre…
Reinó en seguida un silencio largo, embarazoso, durante el cual
las miradas tenían miedo de encontrarse: uno de esos silencios
vengadores que son como la sanción de frases que no debieron jamás
haber sido proferidas. Sonó, afortunadamente, el preludio de un
valse.
-Si no llego tarde, ¿tendría usted la amabilidad de concederme
esta pieza? -dijo un caballero, acercándose a Julia.
-Con mucho gusto -contestó ésta enlazándose a él.
Miguel, aturdido, se quedó plantado, mirándola mezclarse y
desaparecer entre el tumulto.
***
Por las ventanas abiertas de la casa de Julia se derramaban a la
oscura calle torrentes de luz y de armonías. A cada instante
desembocaban coches resonantes que se detenían de un golpe al
frente del zaguán ancho y luminoso. Abríanse las portezuelas y
descendían caballeros envueltos en largos sobretodos, y damas
elegantes que penetraban, apoyadas en el brazo de aquéllos, a
engrosar la aristocrática muchedumbre que se cruzaba allá adentro,
en medio de flores blanca, mares de luz y flotantes cortinajes.
Grupos de curiosos se detenían en mitad de la calle. Recostado a la
pared de la acerca opuesta, entre la mancha de sombra que separaba
luz que dos ventanas contiguas proyectaban, las manos entre los
bolsillos, y el sombrero de fieltro blando caído sobre los ojos,
Miguel miraba todo eso. ¿Por qué estaba allí? El mismo no lo sabía:
ni siquiera se lo había preguntado. ¡Ah! para ser delicado, para
ser correcto, para conservar lo que las gentes formales llaman
tacto social, se necesita cierto grado de ventura: pero cuando el
dolor hiere brutalmente, cuando el dolor hunde hasta el puño su
espada en el corazón indefenso de su víctima, ésta se revuelve
cínica, y quisiera arrojar bocanadas de lodo sobre los dichosos,
encontrando hondamente injusto, irritante en grado altísimo, que
los demás puedan ostentarse magnánimos, solamente porque están
libres de cuidados y una gran desgracia no ha pasado como ráfaga de
huracán sobre sus almas, barriendo todas esas vanidades.
Experimentaba un placer amargo en entregarse a sí mismo en el
rostro su desdicha, alegría cruel en vapular con sarcasmo
sangriento su conciencia honrada, sus delicadezas de caballero, su
vida pura, por ese dolor inmerecido que ahora caía sobre él. Lo
brutal, lo desvergonzado que duerme en el fondo de todo ser humano
bajo el decoro apacible que engendra el armónico bienestar de que
se disfruta normalmente en la vida, habíase levantado fanfarrón y
triunfante, y lo empujaba a reír de todo lo puro, de todo lo
grande, de las delicadezas del corazón y de las dulces quimeras de
la fantasía.
-La novia -dijeron en los grupos de curiosos, empinándose para
mirar hacía adentro. Miguel miró también. Envuelta en los esbeltos
pliegues de su traje de reina, la negra cabellera tocada con
blancos azahares, radiando los ojos grandes sobre la faz pálida y
dulce, cruzó Julia por los cuadros luminosos de las ventanas.
-¡Qué linda está! ¡Álzame para verla! -exclamó una niña de diez
años, dirigiéndose a una criada con quien se había detenido al
pasar, levantándose en las puntas de sus botinas diminutas.
"¡Ah!, ¡la cachorra de pantera!", se dijo
Miguel al mirarla. "¡Cómo observa y estudia para preparar
sus caricias! ¿A qué corazón de hombre honrado… ¡de hombre
imbécil!, irá a dar el salto esta chica deliciosa, para clavar en
él sus afiladas uñitas y sus dientecillos blancos, hasta chupar
toda su sangre, para después de harta pisotearlo e ir a enlazar el
brazo al de algún vividor, como le está haciendo en este momento su
modelo de allá arriba?"
Se quedó mirando a la chica, que se alojaba por la acera con
taconeo airoso y limpio, dirigiendo a la criada preguntas
candorosas.
"Así era ella", se dijo. "Así empecé
yo a amarla. Luego se vistió de largo, y cayó el telón sobre todos
esos encantos que dejaba a la vista la niña inocente, y que ya no
habrán de volver a manifestarse sino en las intimidades escondidas
del amor… ¡y del amor de otro!"
Luego se inclinó pensativo, y se internó en las tinieblas de la
calle. Caminaba sin rumbo. Hallóse pronto en las afueras de la
población. En un costado de la calle alcanzó a ver sobre el suelo
cubierto de charcas, fango y guijarros alisados, desparramándose
como un esputo de luz, la claridad que se escapaba por la puerta de
una tenducha. Se dirigió allá. Llegó al boquete luminoso y miró
hacia adentro. Un vaho tibio y nauseabundo le azotó la cara, pero
se zampó resueltamente.
-¡Eh!, vea dónde pisa cachaquito! -gritó, encarándosele, un
hombre negro y mugriento que estaba del lado de adentro, tras la
puerta, retrayendo el pie pisado. Todas las caras del grupo que
trasegaba alcohol junto al mostrador se volvieron a él, caras
ebrias y toscas, de bandidos y de tahúres.
Miguel se abrió paso por entre ellos con alegría brutal, y saltó
al mostrador, se acomodó encima, cruzó las piernas y gritó a la
tendera:
-¡A ver! ¡Un trago!
-¿De qué? -dijo está, abarcando con la derecha el cuello de una
botella, la izquierda en la cintura.
-De aguardiente. ¡Pero más, más, llénelo usted! -decía mientras
le iban sirviendo el líquido en un vaso. Alzóse en seguida y se lo
echó al cuerpo de un golpe. Luego se puso a hacer cajón con los
nudillos sobre la tabla del mostrador y a pasear miradas burlonas y
despreciativas por la multitud, en la cual se notaban movimientos
de hostilidad hacía él, ademanes agresivos, voces de amenaza. Un
mulato de ojos audaces, la cara cruzada por una ancha cicatriz,
pasó junto él, se rebujo en la ruana y le metió el hombro con
insolencia, diciendo entre dientes:
"
|Así se estrega pa que blanqué!".
Miguel miró de un modo feroz. Tendió la mano y cogió una botella
llena, la llevó a los labios y empezó a tragar aguardiente. Cuando
la hubo agotado, arrojóla sobre los vasos y las copas que estaban
en el otro extremo, los cuales fueron arrastrados al suelo con
fragor. Un murmullo de protesta se elevó de todas las bocas
"No hay cuidado", exclamó Miguel son su misma
cínica carcajada, arrojando a la ventera un grueso billete blanco.
Y volviéndose al mulato de la cicatriz, dióle una palmadita en la
espalda y le dijo: "mira, hombre: recoge aquella guitarra
y canta. Cántame una canción de amores. ¡Soy tan feliz!, ¡tan
feliz!" Y continuó su risa extraña. Cerró después los ojos
un instante, se comprimió las sienes con los puños y apretó los
dientes. "¡Eh!, ¡acabemos de una vez!",
prorrumpió incorporándose. Y, alzando la mano abierta, cruzó la
cara del mulato con una sonora bofetada.
Un puñal brilló en la crispada diestra de este. Miguel sintió un
relámpago frío de terror y gozo emparamarle el alma: hundióse el
puñal en su garganta, un torrente de sangre tiñó la blanca pechera,
dobló la cabeza, vaciló un segundo y cayó de cara sobre el
mostrador.
***
En ese mismo instante dejaba Julia reclinar su sien purísima
sobre el pecho de su marido, mientras se apagaban en la escalera
los pasos de los últimos convidados que se retiraban, y su corazón
saltaba con azorada alegría bajo su seno virgen, sin que la más
leve sombra de remordimiento batiera sus alas sobre esas santas y
supremas emociones.
UN CRIMEN
Aquella atmósfera caldeada era un lago de luz móvil, sofocante.
Las briznas de los aleros pajizos de las casas crepitaban y se
volvían carrujos abrasados: sobre las superficies desnudas y áridas
de los pedrejones de la rambla en que estaba edificado el exiguo
caserío, reverberaba el calor como un enjambre. Allá, debajo de ese
reguero de peñascos, de muy hondo, ascendía el mugido sordo, cual
huracán lejano, de un torrente que retorcía oprimido por esas
enormes piedras que él mismo quizá, cuando se cavaba su cauce,
había arrastrado entre sus olas crespas y rugientes. ¡Ay!, asimismo
agobia nuestras almas, convertido en obstáculos y complicaciones
cuando ya el raudal de nuestro entusiasmo juvenil declina, todo eso
que fue placer malsano y goces cálidos. Ciñendo por todas partes el
pedregal desnudo y yermo, se extendía el bosque oscuro, por donde
vaga el Magdalena en llanuras inmensas, que se van empinando en
comba suave hasta coordinarse a la mole gigantesca de los Andes de
Santander, que desenvuelven en vaivenes dulces y untuosos las
superficies verdes de su escultura soberana, y alejándose,
alejándose blandamente, van a derretir su azul sobre el azul del
cielo.
Claudio Majoca, sentado sobre su ruana hecha un rodete, a la
sombra de una casita de la calle única de la aldea, miraba este
paisaje, y tal vez no lo veía. Tal vez el pobre hombre no tenía
ojos sino para mirar el cercado sembrado de cruces donde reposaba
su hija: la criatura dulcísima, silenciosa, de ojos grandes,
meditabundos y tristes sobre su rostro infantil. La había visto
crecer pálida, enfermiza, los ojos febriles siempre abiertos con
esa curiosidad dolorosa de los organismos débiles en los que el
sufrimiento despierta precozmente la inteligencia. Y una mañana, se
extinguió la llama débil de esa existencia, sin sacudimientos,
suavemente: sin que él, que no había tenido la vitalidad bastante
para infundirle la vida alegre de los seres sanos que la respiran a
todo pulmón, pudiese reanimarla con su aliento. Y allí mismo, ante
ese lecho de muerte, había sentido el pobre padre la primera crisis
de ese mal sombrío que lo mantenía aterrado, y, en medio de
sacudimientos epilépticos, cayó como un cadáver al pie mismo del
cadáver de su hija. ¡Quién le hubiera dicho al pobre hombre que
esas dos desgracias horribles de su vida -la pérdida de su hija y
la de su salud- obedecían ambas a ese pequeño mal de su juventud,
adquirido tan alegremente en la bodega de Nare, y que trabajaba
aleve y callado en lo más recóndito de su organismo!
Desde ese día -él, cazador apasionado y famoso- no volvió a
cazar. Su escopeta se corroía de orín en un rincón de su cuarto. En
vano le decían los mineros, cuando regresaban de sus labores, que
allá, a la sombra del bosque, erraban en manadas las tatabras: en
vano salían los venados, tímidos, a reventar los tiernos retoños de
las batatillas a la luz moribunda del crepúsculo: en vano veía él
mismo, cuando vagaba distraído, los ojos en el suelo, el rastro
sospechoso de tigres merodeadores grabado sobre la arena húmeda.
Nada le sacaba de su indiferencia mórbida: todo le era igual, y se
le veía casi constantemente sentado sobre el umbral de la casa,
mirando hacia ese cementerio que se había tragado a su hija.
De repente se estremeció lleno de horror. Había sentido como un
soplo helado sobre su párpado izquierdo. Era el anuncio del mal
terrible. Un dolor fulgurante, agudísimo, que sacudió hasta las
últimas ramificaciones de sus nervios, recorrió súbito, como una
descarga eléctrica, como el golpe de un azote ferrado, toda la
mitad izquierda de su cuerpo: sintió la lengua pesada y rígida como
un bocado de granizo: sus párpados se paralizaron: quedaron
inmóviles, extraviados, desmesuradamente abiertos a la inmensidad
los globos de sus ojos. Luego, a manera de una tela que se rasga,
sintió en el fondo de su cerebro una pequeña explosión luminosa y
sonora, que siguió extendiéndose en hipidos de luz roja, hasta
llenarlo todo: y allá, en el seno de esa lumbre vibrante, empezaron
a cuajarse los contornos de la visión apocalíptica que lo torturaba
en los accesos de su mal, y que en vano trataba de rehacer cuando
tornaba a la vida, no obstante el serle tan conocida, tan familiar
en esos mundos anormales del delirio en que se atascaban los sucios
rodajes de su cerebro carcomido por el gálico.
Presentábansele entonces, barajados monstruosamente, los dos
episodios que habían sacudido más hondamente su ser: la muerte de
su hija y la cacería de tigre hecha allí, bajo las cuevas negras
que formaba debajo de sí ese reguero de peñascos sueltos, cuñados
unos con otros, que se veía al frente, en las afueras del
caserío.
Entre reflejos de luz vacilante, como los reflejos de muchas
hogueras, vio una multitud inmensa, todo el vecindario, coronando
las crestas de los pedrejones. Debajo, como un huracán en cueva,
rechinaba el latir de todos los perros de los alrededores que
luchaban con el tigre. A cada instante un chillido lastimero venía
hasta él. "Ese maldito
|gato está acabando con los
perros". ¿Y
|Coronel y
|Clavellina, sus perros
queridos? Metíase los dedos a la boca, y silbaba:
" ¡fohí!, ¡fohí!, ¡fohí!"… ¡Nada! ¡Qué iban
a oír en medio de esa bulla! Y se paseaba febril. "¿No hay
entre tanta gente un hombre que quiera entrar a alumbrarme, yo bajo
a matar ese
|gatico?", clamó con rabia, pero como a
su pesar, porque el corazón le dio un vuelco doloroso. Todos se
miraron e inclinaron en silencio la cabeza. "Bajaré
solo", dijo con despecho. Y tomando un candil entró en la
cueva. Y comenzó a internarse en ese dédalo negro, en la derecha la
escopeta, la luz en la otra mano: arrastrándose a veces como un
reptil entre angosturas imposibles, irguiéndose otras en salones
enormes, cuyos techos altísimos de bloques sueltos parecían
derrocarse sobre su cabeza. Sintió de repente que le arrebataban el
candil de la mano: volvióse y vio a su hija. "¿Qué vienes
a hacer aquí? ¡Vuélvete afuera!", gritó con angustia. Mas
ella, sin responder, mirándolo con sus ojos grandes, ardorosos de
sufrimiento, tomó adelante, la luz en la mano, aérea y ágil.
Deslizábase como una visión, y seguía él, jadeante, loco de
angustia, muerto de fatiga. Ya se oían cerca, muy cerca los latidos
furiosos de los perros. "¡Detente!, ¡detente!, ¡hija del
alma!", exclamaba anonadado… Paróse fulgurado de
terror. Allí, al frente, sobre una salida de un peñasco, tendido
sobre el pecho, los ojos en lumbre, el espinazo en arco como un
resorte recogido, estaba el tigre en acecho, esperando el paso de
su hija: y ella no lo había visto. El padre quiso gritar, y murió
la voz en su garganta. Ya llegaba junto al monstruo la hija de su
alma: ya el cuerpo de la fiera se inclinaba sobre ella silencioso y
aleve como el peñasco que vacila antes de rodar por la pendiente.
El hombre, loco, en impulso ciego, tendió su escopeta: sonó un
disparo, y su hija cayó con la cabeza abierta… Volvióse la
fiera hacia él, lenta, silenciosa. Calláronse los perros al
estallido: y sentados sobre las patas, lo miraban desde sus
asientos de piedra, como esfinges, mudos, los ojos encendidos. El
tigre se acercaba más cada vez, y él, hipnotizado, no podía
moverse. De la voluminosa cabeza de la fiera partían
estremecimientos de onda límpida, que recorrían su lomo terso y
manchado, hasta morir en su trasera grácil: de la armada boca salía
la lengua, plegándose sobre la quijada hirsuta con felino saboreo.
Y avanzaba, avanzaba siempre: con cruelísima lentitud, con
calculada pausa, como gozándose en la horrorosa expectativa de su
víctima. Ya llegaba. El desdichado cazador quiso huir, y se sintió
de nuevo paralizado por el espanto. Sopló su cara un vaho hediondo:
la armada boca se abrió sobre su cráneo, y los agudos colmillos
penetraron en él, produciendo un chasquido como de pasta frágil
triturada entre las muelas: sintió unas garras clavarse en sus
carnes palpitantes…
Y Claudio Majoca, el pobre enfermo, dando corcovos epilépticos,
golpea con la cabeza y con los miembros rígidos contra el umbral y
contra el duro suelo donde yacía tendido.
Era el momento más terrible de crisis de su mal.
Levantóse, extraviado, loco y diose a correr calle arriba.
En su carrera tropezó con una niña que traía agua, y,
agarrándola por las gargantas de los pies, blandióla en el aire y
le estrelló la cabeza contra un peñasco…
Cuando volvió de ese infierno patológico, se encontró atadas las
manos y arrastrado por el suelo por una multitud airada e ignorante
que lo miraba hosca, y lo llamaba asesino.