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| C O R A Z Ó N   D E   M U J E R
Efe Gómez


 

La abuelita, anciana, se moría. Las personas mayores, pálidas por el insomnio, preocupadas y tristes, se deslizaban silenciosas por los corredores y aposentos del caserón de la familia. En los rostros se pintaba el recogimiento doloroso, el soplo frío que encoge el corazón cuando se contempla de cerca ese negro agujero de la muerte que se entreabre para tragarse un ser querido.

Julia, la nietecilla de seis años, vagaba, abriendo sus grandes ojos llenos de curiosidad a esa escena, nueva completamente para ella y que apenas entendía.

Por la mañana, después de que hubo salido el viático, a cuyo paso deshojara flores, había visto entrar, lentamente, avanzando con su vuelo incierto, vacilante, de copo que el viento lleva y mece, una mariposa negra y grande, que recorrió los corredores y fue a posarse sobre el dintel del aposento en que la anciana agonizaba. Al entrar una tía suya, nerviosa y debilitada por las vigilias y el dolor, al cuarto de la enferma, distinguió la mancha oscura de la mariposa que se destacaba sobre lo blanco de la pared. La pobre señora, herida por presentimientos angustiosos, llevóse las manos a los ojos para cubrírselos, y entróse precipitadamente, dejándose caer sobre un sofá del interior, en donde Julia la viera desde entonces, escondida la cabeza entre los brazos, vuelta un lío de ropas que se adivinaba cubrían a una persona porque a cada momento se agitaban con hipidos de sollozos.

Entró también la niña al aposento de la agonizante. Levantada sobre muchas almohadas, vio su cara pálida con perfiles de agonía, sus manos flacas que reposaban en el hundido crucifijo sobre el cual los dedos se agitaban convulsos, único movimiento de ese cuerpo inerte. Llena de curiosidad, acercóse a la cama, y, prendida de las almohadas, se empinó hasta poner su rostro casi sobre el de la abuelita. Sintió en ese instante que un brazo pasaba alrededor de su cuello, que su rostro era atraído hacia otro rostro, que su mejilla tocaba otra mejilla humedecida por lágrimas calientes: adivinó, sin verla, que quien así la abrazaba era su madre, que velaba día y noche al borde del lecho de la anciana y a quien no había visto arrimar, a causa de la semioscuridad del aposento. A un cambio de tono en el estertor de la moribunda, su madre la dejó libre, para sacudir a la cabecera del lecho.

Julia salió al corredor. Aún estaba en el dintel la mariposa. Sobre un sillón vio un chal abandonado, recogiólo y lo disparó sobre el bicho. Este, cogido debajo, cayó dando atontadas palpitaciones anhelantes con las alas. La niña se arrodilló en el suelo, y con azorada alegría, temblándole las manitas, agarróla de las extremidades de las alas, se incorporó y púsose a observarla y a soplarle el lanudo buchecito, para empezar en seguida a pasearse por toda la casa, llevándola así cogida. De golpe se tropezó con su tía, la que sollozaba en el sofá: la cual se incorporó sobrecogida, y al ver el para ella pavoroso animal en manos de la niña, no pudo contenerse y dio un grito. Acudieron todos. El papá, que conversaba en voz baja por allí cerca con otros caballeros, vino también, levantó a la niña en brazos, llevóla al jardín, púsola en el suelo y se volvió en silencio, cerrando tras sí la puerta. Echóse Julia a llorar, llena de despecho. En una mano tenía un pedazo roto de una ala: en la otra, la mariposa, pegada del muñón del ala opuesta. La arrojó al suelo con ira, y se tumbó en el césped a llorar inconsolable. Pero pronto cambió de humor y se entregó a un vivo monólogo, del cual resultó que la mariposa era la abuelita moribunda, y que ella la cuidaba y le encomendaba el ánima. Con una astilla de madera, que ella decía ser una cuchara, le administraba alimentos y drogas, como había visto practicarlo con la enferma. Al fin se impacientó: esa enferma no tragaba nada. Púsole la astilla de punta en la cabeza y empezó a hundírsela lentamente. El pobre animalito azotaba la tierra con sus alas destrozadas, retorciendo su cuerpo de gusano: luego empezó a temblar débilmente, hasta que, al cabo, se quedó muerta. En ese mismo instante se elevó allá adentro un gran grito, formado de sollozos y gemidos. Julia corrió al agujero de la cerradura, y vio pasar por el corredor del frente a Juana, la criada vieja, con las manos en la cabeza, gritando con voz enronquecida y entre lágrimas: "¡ay, que se ha muerto mi señora!" Julia sintió un terror súbito, sobrenatural, desconocido. Sus ojos se clavaron asustados en la mariposa muerta por ella, y el pensamiento de que era la causa de la muerte de la abuela, de que ella la había matado, se apoderaba irremisiblemente de su ánimo. Oyó que los gritos redoblaban, que se acercaban a la puerta del jardín. El pánico la invadió, y corrió a esconderse en lo más enmarañado, bajo una enredadera. Allí se ocultó completamente, tapándose los oídos para no oír los gritos que venían del interior de la casa. Su corazoncito temblaba como el de una corza perseguida, sus ojos grandes escrutaban, espantados, por entre los claros del follaje, reprimiendo medrosa la respiración. Creyó sentir pasos por allí cerca: sin duda la perseguían. Dióle el corazón un chapaleo, cerró los ojos como para ocultarse mejor y se volvió un ovillo. Poco a poco fue abriéndolos con mañita, como si temiese hacer ruido con los párpados. No veía a nadie. Comenzó entonces a pensar que, si la cogían, lo negaría todo: diría que ella no había sido. "¡No: yo no fui, yo no fui!", repetía meneando la cabecita. Y, así diciendo, y mirando hacia el cielo, donde nadaban nubes blanquísimas y enormes en el azul inmenso, se fue quedando dormida. Cuando, a la oración, tras larga pesquisa, la hallaron dormida, soñaba que su tía y su mamá lloraban junto a una mariposa que agonizaba con un chuzo atravesado en la cabeza. De repente la mariposa se murió, y de su cuerpo oscuro y lanudo salió, pura y radiosa, su abuela, que fue ascendiendo por el aire hasta ir a recostarse, como sobre almohadones, en las nubes blanquísimas del cielo. Se recostó en los brazos de Juana, la criada vieja. "Yo no fui", gritaba con desesperación. Sólo cuando su madre la recibió en su regazo, comenzó a tranquilizarse.

***

Todavía se levantaban los pechos con la respiración anhelosa causada por el último rápido valse, cuando Julia fue a sentarse al piano. "¿Qué ira a tocar?", se preguntaba Miguel en el rincón en donde había ido a situarse, apartado de todos. La joven empezó a preludiar. Sus manos leves se deslizaban revolando sobre el teclado como si acariciasen el silencio, e iban despertando un susurro dulce, semejante al ruido distante del plácido aguacero que se derrama sobre el bosque. Miguel sintióse estremecer suavemente el escuchar esos acordes. Decididamente, Julia quería hechizarlo. Después de la acogida dulce de esa noche, de su abandono delicioso, venir también con esa música querida a zarandearle el corazón, a riesgo de reabrir la herida oculta que él llevaba en la mitad del alma y que, a fuerza de voluntad y de ausencia, principiaba a sentir cicatrizada. Toda la historia de su amor, silencioso, desconocido para el mundo, iba surgiendo en su recuerdo a los golpes evocadores de la música. "Pero, ¿habrá ella adivinado mi amor?", se preguntaba al oír con qué cierto infinito hería las fibras escondidas de su alma. Aquello era más elocuente, más íntimo que lo han sido jamás labios humanos. Parecíale que no era el piano lo que las manos de la joven estrujaban, sino su corazón mismo, fibra a fibra. ¡Ah!, debe de haber un místico y arcano parentesco entre la música y la palabra soberana que hizo brotar del caos a la vida los mundos y la luz, y es profundamente humana la creencia de que cuando todo yazga en el silencio: cuando, como sepulcro inmenso de la humanidad, surque la tierra los espacios fríos y tenebrosos del futuro: al retumbar las notas poderosas de la trompeta final, la superficie del globo se conmueva y arroje a la humanidad de nuevo a la vida, como arroja sus recuerdos un cerebro adormecido. Tal le sucedía en ese momento a Miguel. Porque, ¿en qué punto de su memoria dormía la escena que surgía ahora íntegra, con todos sus detalles, al influjo de la música de Julia?

¡Hacía eso tanto tiempo! … Su prima Elvira le exigió que fuera por ella esa noche a casa de Julia. Cuando entró, ésta tocaba: sin interrumpirse, volvióse y lo saludó. Sentóse él en el borde de una silla a darle vueltas al sombrero entre las manos.

-Oye, Elvira: -dijo Julia volviéndose de nuevo- podías ensayar los lanceros con tu primo.

Y, sin aguardar respuesta, se puso a tocarlos.

-¡A ver! -contestó Elvira levantándose-.

Colocáronse de frente y empezaron a danzar, avanzando el uno hacia el otro. Miguel se sentía cohibido: al llegar cerca a su prima, no supo hacer cortesía y se enredo en la vuelta: se puso colorado, embarazábalo la vergüenza, y perdió el compás.

-Es que Elvira no da la vuelta como es -observó Julia, dejando de tocar y viniendo a ellos-. Vé, toca tú ahora: verás.

Elvira obedeció.

Empezaron los compases. Julia, de frente, el piecillo derecho avanzando sobre el tapiz en actitud de romper a bailar, se mecía llevando el compás y sonriendo. Diéronse los primeros pasos. Al llegar cerca a su galán, se inclinó y esperó a que éste lo hiciera. "Ahora la vuelta", dijo. "Dos pasos de valse", exclamó enlazándole a él al volver a encontrarse. Miguel estaba encantado. Las figuras iban saliendo con regularidad. Sentíase feliz: a los pocos momentos le parecía que su amistad con Julia era cosa antigua.

Así había comenzado esa intimidad fomentada por una temporada en el campo que vino en seguida, con lecturas en las tardes apacibles, largos paseos, conversaciones íntimas, en que sus vidas se habían mezclado como las hebras de una misma urdimbre. Poco después, la separación. Ausentóse él: el egoísmo de los hombres sus bajezas, los dolores de la vida, la muerte de seres queridos, todo eso había ido poco a poco reduciendo el círculo de sus afectos, héchole perder el gusto de vivir. Empezaba a paladear esa soledad que va formando la Providencia en torno a nuestro corazón al agostar a nuestro lado lo que más amamos, como para orientarnos hacia otra vida futura y hacernos menos triste el abandono de la presente. Vuelto a su tierra hacía pocos días, habíase encontrado extraño en ella: cada cual vivaqueaba al lado de su hogar para no helarse: otros se morían de frío y de tristeza, contemplando de lejos el chisporroteo del hogar ajeno. Tan solo Julia era la misma. La misma tontuela alegre que había caído mala cuando niña porque se imaginó haber dado muerte a su abuela: la que le enseñara los lanceros en ese mismo salón: la que en seguido se hizo adorar, y que ahora evocaba para él ese mundo ya olvidado de las profundidades del recuerdo. La miraba encantado pasear sus manos por el piano, y la adoraba. Qué bien había hecho en venir. Cuando entró al salón se quedó frío: no conoció a ninguna de las personas allí reunidas: pero ella había suplido todo. La madre de la joven lo presentó en seguida como a un viejo amigo de la casa, y la velada siguió su curso ordinario.

Julia terminó su tocata entre rollos sonoros de acordes estrepitosos. Levantó la cabeza y lo buscó con los ojos, envolviéndolo en una mirada larga y acariciadora. En seguida se dirigió a su lado, él se levantó a su paso: ella se apoyó en el brazo del joven, y comenzaron a pasearse por el salón.

-Me ha hecho usted soñar despierto -díjole Miguel.

-¿Cómo así?

-Ahora, cuando usted tocaba, me vi entrando por vez primera a esta casa, recibiendo de usted una lección de baile… ¡Tiempo feliz ese!

Julia lo miró complacida.

-Creí que ya no recordaba -replicó.

-¡Fue ese un tiempo tan grato! -contestó Miguel, y luego continuó, exaltándose: puede uno olvidarlo todo: pero lo que nos sucede en la época en que nuestro corazón inició su despertar a la vida del amor no se olvida nunca, por insignificante que sea.

Julia sintió bajo su desnuda manecita temblar el brazo del joven.

"¿Pero este pobre Miguel no sabrá que me caso?", pensó. "No debe saberlo. ¿Quién había de decírselo? Su madre murió: Elvira vive lejos. Ninguno de sus amigos actuales conoció nuestra intimidad de otros días". Y sintiendo una curiosidad loca por conocer esa pasión que ella había adivinado en otro tiempo, empezó fríamente a hacer descender la sonda en el alma del joven.

-¡Qué mal amigo es usted! -murmuró-. Conque amaba entonces y, sin embargo, nada me contó. ¡Y yo que me creía su amiga!

-¿Y para qué había de contárselo? -repuso Miguel emocionado.

-¿Para qué? Francamente ignoro para qué se cuentan esas cosas: pero lo cierto es que se necesita ser bien frío, bien excéntrico para ocultarlas a sus amigos.

Miguel se detuvo con un movimiento inesperado, su brazo cayó a lo largo del cuerpo, y la mano de Julia resbaló de él. Esta lo miró medio azorada, comprendió que había ido demasiado lejos, más allá de lo que le era permitido: pero sentía un placer acre, un goce cruel, en jugar de esa manera con ese corazón indefenso. Así es que añadió:

-Veo que jamás me ha tenido usted confianza, y que su amistad ha sido sólo de nombre.

Miguel sintió el vértigo de casi inconsciencia que acompaña las resoluciones extremas, y dijo precipitadamente:

-Pues, sepa, Julia, que es a usted a quien he amado siempre…

Reinó en seguida un silencio largo, embarazoso, durante el cual las miradas tenían miedo de encontrarse: uno de esos silencios vengadores que son como la sanción de frases que no debieron jamás haber sido proferidas. Sonó, afortunadamente, el preludio de un valse.

-Si no llego tarde, ¿tendría usted la amabilidad de concederme esta pieza? -dijo un caballero, acercándose a Julia.

-Con mucho gusto -contestó ésta enlazándose a él.

Miguel, aturdido, se quedó plantado, mirándola mezclarse y desaparecer entre el tumulto.

***

Por las ventanas abiertas de la casa de Julia se derramaban a la oscura calle torrentes de luz y de armonías. A cada instante desembocaban coches resonantes que se detenían de un golpe al frente del zaguán ancho y luminoso. Abríanse las portezuelas y descendían caballeros envueltos en largos sobretodos, y damas elegantes que penetraban, apoyadas en el brazo de aquéllos, a engrosar la aristocrática muchedumbre que se cruzaba allá adentro, en medio de flores blanca, mares de luz y flotantes cortinajes. Grupos de curiosos se detenían en mitad de la calle. Recostado a la pared de la acerca opuesta, entre la mancha de sombra que separaba luz que dos ventanas contiguas proyectaban, las manos entre los bolsillos, y el sombrero de fieltro blando caído sobre los ojos, Miguel miraba todo eso. ¿Por qué estaba allí? El mismo no lo sabía: ni siquiera se lo había preguntado. ¡Ah! para ser delicado, para ser correcto, para conservar lo que las gentes formales llaman tacto social, se necesita cierto grado de ventura: pero cuando el dolor hiere brutalmente, cuando el dolor hunde hasta el puño su espada en el corazón indefenso de su víctima, ésta se revuelve cínica, y quisiera arrojar bocanadas de lodo sobre los dichosos, encontrando hondamente injusto, irritante en grado altísimo, que los demás puedan ostentarse magnánimos, solamente porque están libres de cuidados y una gran desgracia no ha pasado como ráfaga de huracán sobre sus almas, barriendo todas esas vanidades.

Experimentaba un placer amargo en entregarse a sí mismo en el rostro su desdicha, alegría cruel en vapular con sarcasmo sangriento su conciencia honrada, sus delicadezas de caballero, su vida pura, por ese dolor inmerecido que ahora caía sobre él. Lo brutal, lo desvergonzado que duerme en el fondo de todo ser humano bajo el decoro apacible que engendra el armónico bienestar de que se disfruta normalmente en la vida, habíase levantado fanfarrón y triunfante, y lo empujaba a reír de todo lo puro, de todo lo grande, de las delicadezas del corazón y de las dulces quimeras de la fantasía.

-La novia -dijeron en los grupos de curiosos, empinándose para mirar hacía adentro. Miguel miró también. Envuelta en los esbeltos pliegues de su traje de reina, la negra cabellera tocada con blancos azahares, radiando los ojos grandes sobre la faz pálida y dulce, cruzó Julia por los cuadros luminosos de las ventanas.

-¡Qué linda está! ¡Álzame para verla! -exclamó una niña de diez años, dirigiéndose a una criada con quien se había detenido al pasar, levantándose en las puntas de sus botinas diminutas.

"¡Ah!, ¡la cachorra de pantera!", se dijo Miguel al mirarla. "¡Cómo observa y estudia para preparar sus caricias! ¿A qué corazón de hombre honrado… ¡de hombre imbécil!, irá a dar el salto esta chica deliciosa, para clavar en él sus afiladas uñitas y sus dientecillos blancos, hasta chupar toda su sangre, para después de harta pisotearlo e ir a enlazar el brazo al de algún vividor, como le está haciendo en este momento su modelo de allá arriba?"

Se quedó mirando a la chica, que se alojaba por la acera con taconeo airoso y limpio, dirigiendo a la criada preguntas candorosas.

"Así era ella", se dijo. "Así empecé yo a amarla. Luego se vistió de largo, y cayó el telón sobre todos esos encantos que dejaba a la vista la niña inocente, y que ya no habrán de volver a manifestarse sino en las intimidades escondidas del amor… ¡y del amor de otro!"

Luego se inclinó pensativo, y se internó en las tinieblas de la calle. Caminaba sin rumbo. Hallóse pronto en las afueras de la población. En un costado de la calle alcanzó a ver sobre el suelo cubierto de charcas, fango y guijarros alisados, desparramándose como un esputo de luz, la claridad que se escapaba por la puerta de una tenducha. Se dirigió allá. Llegó al boquete luminoso y miró hacia adentro. Un vaho tibio y nauseabundo le azotó la cara, pero se zampó resueltamente.

-¡Eh!, vea dónde pisa cachaquito! -gritó, encarándosele, un hombre negro y mugriento que estaba del lado de adentro, tras la puerta, retrayendo el pie pisado. Todas las caras del grupo que trasegaba alcohol junto al mostrador se volvieron a él, caras ebrias y toscas, de bandidos y de tahúres.

Miguel se abrió paso por entre ellos con alegría brutal, y saltó al mostrador, se acomodó encima, cruzó las piernas y gritó a la tendera:

-¡A ver! ¡Un trago!

-¿De qué? -dijo está, abarcando con la derecha el cuello de una botella, la izquierda en la cintura.

-De aguardiente. ¡Pero más, más, llénelo usted! -decía mientras le iban sirviendo el líquido en un vaso. Alzóse en seguida y se lo echó al cuerpo de un golpe. Luego se puso a hacer cajón con los nudillos sobre la tabla del mostrador y a pasear miradas burlonas y despreciativas por la multitud, en la cual se notaban movimientos de hostilidad hacía él, ademanes agresivos, voces de amenaza. Un mulato de ojos audaces, la cara cruzada por una ancha cicatriz, pasó junto él, se rebujo en la ruana y le metió el hombro con insolencia, diciendo entre dientes:

" |Así se estrega pa que blanqué!".

Miguel miró de un modo feroz. Tendió la mano y cogió una botella llena, la llevó a los labios y empezó a tragar aguardiente. Cuando la hubo agotado, arrojóla sobre los vasos y las copas que estaban en el otro extremo, los cuales fueron arrastrados al suelo con fragor. Un murmullo de protesta se elevó de todas las bocas "No hay cuidado", exclamó Miguel son su misma cínica carcajada, arrojando a la ventera un grueso billete blanco. Y volviéndose al mulato de la cicatriz, dióle una palmadita en la espalda y le dijo: "mira, hombre: recoge aquella guitarra y canta. Cántame una canción de amores. ¡Soy tan feliz!, ¡tan feliz!" Y continuó su risa extraña. Cerró después los ojos un instante, se comprimió las sienes con los puños y apretó los dientes. "¡Eh!, ¡acabemos de una vez!", prorrumpió incorporándose. Y, alzando la mano abierta, cruzó la cara del mulato con una sonora bofetada.

Un puñal brilló en la crispada diestra de este. Miguel sintió un relámpago frío de terror y gozo emparamarle el alma: hundióse el puñal en su garganta, un torrente de sangre tiñó la blanca pechera, dobló la cabeza, vaciló un segundo y cayó de cara sobre el mostrador.

***

En ese mismo instante dejaba Julia reclinar su sien purísima sobre el pecho de su marido, mientras se apagaban en la escalera los pasos de los últimos convidados que se retiraban, y su corazón saltaba con azorada alegría bajo su seno virgen, sin que la más leve sombra de remordimiento batiera sus alas sobre esas santas y supremas emociones.

 

 

UN CRIMEN

Aquella atmósfera caldeada era un lago de luz móvil, sofocante. Las briznas de los aleros pajizos de las casas crepitaban y se volvían carrujos abrasados: sobre las superficies desnudas y áridas de los pedrejones de la rambla en que estaba edificado el exiguo caserío, reverberaba el calor como un enjambre. Allá, debajo de ese reguero de peñascos, de muy hondo, ascendía el mugido sordo, cual huracán lejano, de un torrente que retorcía oprimido por esas enormes piedras que él mismo quizá, cuando se cavaba su cauce, había arrastrado entre sus olas crespas y rugientes. ¡Ay!, asimismo agobia nuestras almas, convertido en obstáculos y complicaciones cuando ya el raudal de nuestro entusiasmo juvenil declina, todo eso que fue placer malsano y goces cálidos. Ciñendo por todas partes el pedregal desnudo y yermo, se extendía el bosque oscuro, por donde vaga el Magdalena en llanuras inmensas, que se van empinando en comba suave hasta coordinarse a la mole gigantesca de los Andes de Santander, que desenvuelven en vaivenes dulces y untuosos las superficies verdes de su escultura soberana, y alejándose, alejándose blandamente, van a derretir su azul sobre el azul del cielo.

Claudio Majoca, sentado sobre su ruana hecha un rodete, a la sombra de una casita de la calle única de la aldea, miraba este paisaje, y tal vez no lo veía. Tal vez el pobre hombre no tenía ojos sino para mirar el cercado sembrado de cruces donde reposaba su hija: la criatura dulcísima, silenciosa, de ojos grandes, meditabundos y tristes sobre su rostro infantil. La había visto crecer pálida, enfermiza, los ojos febriles siempre abiertos con esa curiosidad dolorosa de los organismos débiles en los que el sufrimiento despierta precozmente la inteligencia. Y una mañana, se extinguió la llama débil de esa existencia, sin sacudimientos, suavemente: sin que él, que no había tenido la vitalidad bastante para infundirle la vida alegre de los seres sanos que la respiran a todo pulmón, pudiese reanimarla con su aliento. Y allí mismo, ante ese lecho de muerte, había sentido el pobre padre la primera crisis de ese mal sombrío que lo mantenía aterrado, y, en medio de sacudimientos epilépticos, cayó como un cadáver al pie mismo del cadáver de su hija. ¡Quién le hubiera dicho al pobre hombre que esas dos desgracias horribles de su vida -la pérdida de su hija y la de su salud- obedecían ambas a ese pequeño mal de su juventud, adquirido tan alegremente en la bodega de Nare, y que trabajaba aleve y callado en lo más recóndito de su organismo!

Desde ese día -él, cazador apasionado y famoso- no volvió a cazar. Su escopeta se corroía de orín en un rincón de su cuarto. En vano le decían los mineros, cuando regresaban de sus labores, que allá, a la sombra del bosque, erraban en manadas las tatabras: en vano salían los venados, tímidos, a reventar los tiernos retoños de las batatillas a la luz moribunda del crepúsculo: en vano veía él mismo, cuando vagaba distraído, los ojos en el suelo, el rastro sospechoso de tigres merodeadores grabado sobre la arena húmeda. Nada le sacaba de su indiferencia mórbida: todo le era igual, y se le veía casi constantemente sentado sobre el umbral de la casa, mirando hacia ese cementerio que se había tragado a su hija.

De repente se estremeció lleno de horror. Había sentido como un soplo helado sobre su párpado izquierdo. Era el anuncio del mal terrible. Un dolor fulgurante, agudísimo, que sacudió hasta las últimas ramificaciones de sus nervios, recorrió súbito, como una descarga eléctrica, como el golpe de un azote ferrado, toda la mitad izquierda de su cuerpo: sintió la lengua pesada y rígida como un bocado de granizo: sus párpados se paralizaron: quedaron inmóviles, extraviados, desmesuradamente abiertos a la inmensidad los globos de sus ojos. Luego, a manera de una tela que se rasga, sintió en el fondo de su cerebro una pequeña explosión luminosa y sonora, que siguió extendiéndose en hipidos de luz roja, hasta llenarlo todo: y allá, en el seno de esa lumbre vibrante, empezaron a cuajarse los contornos de la visión apocalíptica que lo torturaba en los accesos de su mal, y que en vano trataba de rehacer cuando tornaba a la vida, no obstante el serle tan conocida, tan familiar en esos mundos anormales del delirio en que se atascaban los sucios rodajes de su cerebro carcomido por el gálico.

Presentábansele entonces, barajados monstruosamente, los dos episodios que habían sacudido más hondamente su ser: la muerte de su hija y la cacería de tigre hecha allí, bajo las cuevas negras que formaba debajo de sí ese reguero de peñascos sueltos, cuñados unos con otros, que se veía al frente, en las afueras del caserío.

Entre reflejos de luz vacilante, como los reflejos de muchas hogueras, vio una multitud inmensa, todo el vecindario, coronando las crestas de los pedrejones. Debajo, como un huracán en cueva, rechinaba el latir de todos los perros de los alrededores que luchaban con el tigre. A cada instante un chillido lastimero venía hasta él. "Ese maldito |gato está acabando con los perros". ¿Y |Coronel y |Clavellina, sus perros queridos? Metíase los dedos a la boca, y silbaba: " ¡fohí!, ¡fohí!, ¡fohí!"… ¡Nada! ¡Qué iban a oír en medio de esa bulla! Y se paseaba febril. "¿No hay entre tanta gente un hombre que quiera entrar a alumbrarme, yo bajo a matar ese |gatico?", clamó con rabia, pero como a su pesar, porque el corazón le dio un vuelco doloroso. Todos se miraron e inclinaron en silencio la cabeza. "Bajaré solo", dijo con despecho. Y tomando un candil entró en la cueva. Y comenzó a internarse en ese dédalo negro, en la derecha la escopeta, la luz en la otra mano: arrastrándose a veces como un reptil entre angosturas imposibles, irguiéndose otras en salones enormes, cuyos techos altísimos de bloques sueltos parecían derrocarse sobre su cabeza. Sintió de repente que le arrebataban el candil de la mano: volvióse y vio a su hija. "¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Vuélvete afuera!", gritó con angustia. Mas ella, sin responder, mirándolo con sus ojos grandes, ardorosos de sufrimiento, tomó adelante, la luz en la mano, aérea y ágil. Deslizábase como una visión, y seguía él, jadeante, loco de angustia, muerto de fatiga. Ya se oían cerca, muy cerca los latidos furiosos de los perros. "¡Detente!, ¡detente!, ¡hija del alma!", exclamaba anonadado… Paróse fulgurado de terror. Allí, al frente, sobre una salida de un peñasco, tendido sobre el pecho, los ojos en lumbre, el espinazo en arco como un resorte recogido, estaba el tigre en acecho, esperando el paso de su hija: y ella no lo había visto. El padre quiso gritar, y murió la voz en su garganta. Ya llegaba junto al monstruo la hija de su alma: ya el cuerpo de la fiera se inclinaba sobre ella silencioso y aleve como el peñasco que vacila antes de rodar por la pendiente. El hombre, loco, en impulso ciego, tendió su escopeta: sonó un disparo, y su hija cayó con la cabeza abierta… Volvióse la fiera hacia él, lenta, silenciosa. Calláronse los perros al estallido: y sentados sobre las patas, lo miraban desde sus asientos de piedra, como esfinges, mudos, los ojos encendidos. El tigre se acercaba más cada vez, y él, hipnotizado, no podía moverse. De la voluminosa cabeza de la fiera partían estremecimientos de onda límpida, que recorrían su lomo terso y manchado, hasta morir en su trasera grácil: de la armada boca salía la lengua, plegándose sobre la quijada hirsuta con felino saboreo. Y avanzaba, avanzaba siempre: con cruelísima lentitud, con calculada pausa, como gozándose en la horrorosa expectativa de su víctima. Ya llegaba. El desdichado cazador quiso huir, y se sintió de nuevo paralizado por el espanto. Sopló su cara un vaho hediondo: la armada boca se abrió sobre su cráneo, y los agudos colmillos penetraron en él, produciendo un chasquido como de pasta frágil triturada entre las muelas: sintió unas garras clavarse en sus carnes palpitantes…

Y Claudio Majoca, el pobre enfermo, dando corcovos epilépticos, golpea con la cabeza y con los miembros rígidos contra el umbral y contra el duro suelo donde yacía tendido.

Era el momento más terrible de crisis de su mal.

Levantóse, extraviado, loco y diose a correr calle arriba.

En su carrera tropezó con una niña que traía agua, y, agarrándola por las gargantas de los pies, blandióla en el aire y le estrelló la cabeza contra un peñasco…

Cuando volvió de ese infierno patológico, se encontró atadas las manos y arrastrado por el suelo por una multitud airada e ignorante que lo miraba hosca, y lo llamaba asesino.

 

CORAZÓN DE MUJER

La abuelita, anciana, se moría. Las personas mayores, pálidas por el insomnio, preocupadas y tristes, se deslizaban silenciosas por los corredores y aposentos del caserón de la familia. En los rostros se pintaba el recogimiento doloroso, el soplo frío que encoge el corazón cuando se contempla de cerca ese negro agujero de la muerte que se entreabre para tragarse un ser querido.

Julia, la nietecilla de seis años, vagaba, abriendo sus grandes ojos llenos de curiosidad a esa escena, nueva completamente para ella y que apenas entendía.

Por la mañana, después de que hubo salido el viático, a cuyo paso deshojara flores, había visto entrar, lentamente, avanzando con su vuelo incierto, vacilante, de copo que el viento lleva y mece, una mariposa negra y grande, que recorrió los corredores y fue a posarse sobre el dintel del aposento en que la anciana agonizaba. Al entrar una tía suya, nerviosa y debilitada por las vigilias y el dolor, al cuarto de la enferma, distinguió la mancha oscura de la mariposa que se destacaba sobre lo blanco de la pared. La pobre señora, herida por presentimientos angustiosos, llevóse las manos a los ojos para cubrírselos, y entróse precipitadamente, dejándose caer sobre un sofá del interior, en donde Julia la viera desde entonces, escondida la cabeza entre los brazos, vuelta un lío de ropas que se adivinaba cubrían a una persona porque a cada momento se agitaban con hipidos de sollozos.

Entró también la niña al aposento de la agonizante. Levantada sobre muchas almohadas, vio su cara pálida con perfiles de agonía, sus manos flacas que reposaban en el hundido crucifijo sobre el cual los dedos se agitaban convulsos, único movimiento de ese cuerpo inerte. Llena de curiosidad, acercóse a la cama, y, prendida de las almohadas, se empinó hasta poner su rostro casi sobre el de la abuelita. Sintió en ese instante que un brazo pasaba alrededor de su cuello, que su rostro era atraído hacia otro rostro, que su mejilla tocaba otra mejilla humedecida por lágrimas calientes: adivinó, sin verla, que quien así la abrazaba era su madre, que velaba día y noche al borde del lecho de la anciana y a quien no había visto arrimar, a causa de la semioscuridad del aposento. A un cambio de tono en el estertor de la moribunda, su madre la dejó libre, para sacudir a la cabecera del lecho.

Julia salió al corredor. Aún estaba en el dintel la mariposa. Sobre un sillón vio un chal abandonado, recogiólo y lo disparó sobre el bicho. Este, cogido debajo, cayó dando atontadas palpitaciones anhelantes con las alas. La niña se arrodilló en el suelo, y con azorada alegría, temblándole las manitas, agarróla de las extremidades de las alas, se incorporó y púsose a observarla y a soplarle el lanudo buchecito, para empezar en seguida a pasearse por toda la casa, llevándola así cogida. De golpe se tropezó con su tía, la que sollozaba en el sofá: la cual se incorporó sobrecogida, y al ver el para ella pavoroso animal en manos de la niña, no pudo contenerse y dio un grito. Acudieron todos. El papá, que conversaba en voz baja por allí cerca con otros caballeros, vino también, levantó a la niña en brazos, llevóla al jardín, púsola en el suelo y se volvió en silencio, cerrando tras sí la puerta. Echóse Julia a llorar, llena de despecho. En una mano tenía un pedazo roto de una ala: en la otra, la mariposa, pegada del muñón del ala opuesta. La arrojó al suelo con ira, y se tumbó en el césped a llorar inconsolable. Pero pronto cambió de humor y se entregó a un vivo monólogo, del cual resultó que la mariposa era la abuelita moribunda, y que ella la cuidaba y le encomendaba el ánima. Con una astilla de madera, que ella decía ser una cuchara, le administraba alimentos y drogas, como había visto practicarlo con la enferma. Al fin se impacientó: esa enferma no tragaba nada. Púsole la astilla de punta en la cabeza y empezó a hundírsela lentamente. El pobre animalito azotaba la tierra con sus alas destrozadas, retorciendo su cuerpo de gusano: luego empezó a temblar débilmente, hasta que, al cabo, se quedó muerta. En ese mismo instante se elevó allá adentro un gran grito, formado de sollozos y gemidos. Julia corrió al agujero de la cerradura, y vio pasar por el corredor del frente a Juana, la criada vieja, con las manos en la cabeza, gritando con voz enronquecida y entre lágrimas: "¡ay, que se ha muerto mi señora!" Julia sintió un terror súbito, sobrenatural, desconocido. Sus ojos se clavaron asustados en la mariposa muerta por ella, y el pensamiento de que era la causa de la muerte de la abuela, de que ella la había matado, se apoderaba irremisiblemente de su ánimo. Oyó que los gritos redoblaban, que se acercaban a la puerta del jardín. El pánico la invadió, y corrió a esconderse en lo más enmarañado, bajo una enredadera. Allí se ocultó completamente, tapándose los oídos para no oír los gritos que venían del interior de la casa. Su corazoncito temblaba como el de una corza perseguida, sus ojos grandes escrutaban, espantados, por entre los claros del follaje, reprimiendo medrosa la respiración. Creyó sentir pasos por allí cerca: sin duda la perseguían. Dióle el corazón un chapaleo, cerró los ojos como para ocultarse mejor y se volvió un ovillo. Poco a poco fue abriéndolos con mañita, como si temiese hacer ruido con los párpados. No veía a nadie. Comenzó entonces a pensar que, si la cogían, lo negaría todo: diría que ella no había sido. "¡No: yo no fui, yo no fui!", repetía meneando la cabecita. Y, así diciendo, y mirando hacia el cielo, donde nadaban nubes blanquísimas y enormes en el azul inmenso, se fue quedando dormida. Cuando, a la oración, tras larga pesquisa, la hallaron dormida, soñaba que su tía y su mamá lloraban junto a una mariposa que agonizaba con un chuzo atravesado en la cabeza. De repente la mariposa se murió, y de su cuerpo oscuro y lanudo salió, pura y radiosa, su abuela, que fue ascendiendo por el aire hasta ir a recostarse, como sobre almohadones, en las nubes blanquísimas del cielo. Se recostó en los brazos de Juana, la criada vieja. "Yo no fui", gritaba con desesperación. Sólo cuando su madre la recibió en su regazo, comenzó a tranquilizarse.

***

Todavía se levantaban los pechos con la respiración anhelosa causada por el último rápido valse, cuando Julia fue a sentarse al piano. "¿Qué ira a tocar?", se preguntaba Miguel en el rincón en donde había ido a situarse, apartado de todos. La joven empezó a preludiar. Sus manos leves se deslizaban revolando sobre el teclado como si acariciasen el silencio, e iban despertando un susurro dulce, semejante al ruido distante del plácido aguacero que se derrama sobre el bosque. Miguel sintióse estremecer suavemente el escuchar esos acordes. Decididamente, Julia quería hechizarlo. Después de la acogida dulce de esa noche, de su abandono delicioso, venir también con esa música querida a zarandearle el corazón, a riesgo de reabrir la herida oculta que él llevaba en la mitad del alma y que, a fuerza de voluntad y de ausencia, principiaba a sentir cicatrizada. Toda la historia de su amor, silencioso, desconocido para el mundo, iba surgiendo en su recuerdo a los golpes evocadores de la música. "Pero, ¿habrá ella adivinado mi amor?", se preguntaba al oír con qué cierto infinito hería las fibras escondidas de su alma. Aquello era más elocuente, más íntimo que lo han sido jamás labios humanos. Parecíale que no era el piano lo que las manos de la joven estrujaban, sino su corazón mismo, fibra a fibra. ¡Ah!, debe de haber un místico y arcano parentesco entre la música y la palabra soberana que hizo brotar del caos a la vida los mundos y la luz, y es profundamente humana la creencia de que cuando todo yazga en el silencio: cuando, como sepulcro inmenso de la humanidad, surque la tierra los espacios fríos y tenebrosos del futuro: al retumbar las notas poderosas de la trompeta final, la superficie del globo se conmueva y arroje a la humanidad de nuevo a la vida, como arroja sus recuerdos un cerebro adormecido. Tal le sucedía en ese momento a Miguel. Porque, ¿en qué punto de su memoria dormía la escena que surgía ahora íntegra, con todos sus detalles, al influjo de la música de Julia?

¡Hacía eso tanto tiempo! … Su prima Elvira le exigió que fuera por ella esa noche a casa de Julia. Cuando entró, ésta tocaba: sin interrumpirse, volvióse y lo saludó. Sentóse él en el borde de una silla a darle vueltas al sombrero entre las manos.

-Oye, Elvira: -dijo Julia volviéndose de nuevo- podías ensayar los lanceros con tu primo.

Y, sin aguardar respuesta, se puso a tocarlos.

-¡A ver! -contestó Elvira levantándose-.

Colocáronse de frente y empezaron a danzar, avanzando el uno hacia el otro. Miguel se sentía cohibido: al llegar cerca a su prima, no supo hacer cortesía y se enredo en la vuelta: se puso colorado, embarazábalo la vergüenza, y perdió el compás.

-Es que Elvira no da la vuelta como es -observó Julia, dejando de tocar y viniendo a ellos-. Vé, toca tú ahora: verás.

Elvira obedeció.

Empezaron los compases. Julia, de frente, el piecillo derecho avanzando sobre el tapiz en actitud de romper a bailar, se mecía llevando el compás y sonriendo. Diéronse los primeros pasos. Al llegar cerca a su galán, se inclinó y esperó a que éste lo hiciera. "Ahora la vuelta", dijo. "Dos pasos de valse", exclamó enlazándole a él al volver a encontrarse. Miguel estaba encantado. Las figuras iban saliendo con regularidad. Sentíase feliz: a los pocos momentos le parecía que su amistad con Julia era cosa antigua.

Así había comenzado esa intimidad fomentada por una temporada en el campo que vino en seguida, con lecturas en las tardes apacibles, largos paseos, conversaciones íntimas, en que sus vidas se habían mezclado como las hebras de una misma urdimbre. Poco después, la separación. Ausentóse él: el egoísmo de los hombres sus bajezas, los dolores de la vida, la muerte de seres queridos, todo eso había ido poco a poco reduciendo el círculo de sus afectos, héchole perder el gusto de vivir. Empezaba a paladear esa soledad que va formando la Providencia en torno a nuestro corazón al agostar a nuestro lado lo que más amamos, como para orientarnos hacia otra vida futura y hacernos menos triste el abandono de la presente. Vuelto a su tierra hacía pocos días, habíase encontrado extraño en ella: cada cual vivaqueaba al lado de su hogar para no helarse: otros se morían de frío y de tristeza, contemplando de lejos el chisporroteo del hogar ajeno. Tan solo Julia era la misma. La misma tontuela alegre que había caído mala cuando niña porque se imaginó haber dado muerte a su abuela: la que le enseñara los lanceros en ese mismo salón: la que en seguido se hizo adorar, y que ahora evocaba para él ese mundo ya olvidado de las profundidades del recuerdo. La miraba encantado pasear sus manos por el piano, y la adoraba. Qué bien había hecho en venir. Cuando entró al salón se quedó frío: no conoció a ninguna de las personas allí reunidas: pero ella había suplido todo. La madre de la joven lo presentó en seguida como a un viejo amigo de la casa, y la velada siguió su curso ordinario.

Julia terminó su tocata entre rollos sonoros de acordes estrepitosos. Levantó la cabeza y lo buscó con los ojos, envolviéndolo en una mirada larga y acariciadora. En seguida se dirigió a su lado, él se levantó a su paso: ella se apoyó en el brazo del joven, y comenzaron a pasearse por el salón.

-Me ha hecho usted soñar despierto -díjole Miguel.

-¿Cómo así?

-Ahora, cuando usted tocaba, me vi entrando por vez primera a esta casa, recibiendo de usted una lección de baile… ¡Tiempo feliz ese!

Julia lo miró complacida.

-Creí que ya no recordaba -replicó.

-¡Fue ese un tiempo tan grato! -contestó Miguel, y luego continuó, exaltándose: puede uno olvidarlo todo: pero lo que nos sucede en la época en que nuestro corazón inició su despertar a la vida del amor no se olvida nunca, por insignificante que sea.

Julia sintió bajo su desnuda manecita temblar el brazo del joven.

"¿Pero este pobre Miguel no sabrá que me caso?", pensó. "No debe saberlo. ¿Quién había de decírselo? Su madre murió: Elvira vive lejos. Ninguno de sus amigos actuales conoció nuestra intimidad de otros días". Y sintiendo una curiosidad loca por conocer esa pasión que ella había adivinado en otro tiempo, empezó fríamente a hacer descender la sonda en el alma del joven.

-¡Qué mal amigo es usted! -murmuró-. Conque amaba entonces y, sin embargo, nada me contó. ¡Y yo que me creía su amiga!

-¿Y para qué había de contárselo? -repuso Miguel emocionado.

-¿Para qué? Francamente ignoro para qué se cuentan esas cosas: pero lo cierto es que se necesita ser bien frío, bien excéntrico para ocultarlas a sus amigos.

Miguel se detuvo con un movimiento inesperado, su brazo cayó a lo largo del cuerpo, y la mano de Julia resbaló de él. Esta lo miró medio azorada, comprendió que había ido demasiado lejos, más allá de lo que le era permitido: pero sentía un placer acre, un goce cruel, en jugar de esa manera con ese corazón indefenso. Así es que añadió:

-Veo que jamás me ha tenido usted confianza, y que su amistad ha sido sólo de nombre.

Miguel sintió el vértigo de casi inconsciencia que acompaña las resoluciones extremas, y dijo precipitadamente:

-Pues, sepa, Julia, que es a usted a quien he amado siempre…

Reinó en seguida un silencio largo, embarazoso, durante el cual las miradas tenían miedo de encontrarse: uno de esos silencios vengadores que son como la sanción de frases que no debieron jamás haber sido proferidas. Sonó, afortunadamente, el preludio de un valse.

-Si no llego tarde, ¿tendría usted la amabilidad de concederme esta pieza? -dijo un caballero, acercándose a Julia.

-Con mucho gusto -contestó ésta enlazándose a él.

Miguel, aturdido, se quedó plantado, mirándola mezclarse y desaparecer entre el tumulto.

***

Por las ventanas abiertas de la casa de Julia se derramaban a la oscura calle torrentes de luz y de armonías. A cada instante desembocaban coches resonantes que se detenían de un golpe al frente del zaguán ancho y luminoso. Abríanse las portezuelas y descendían caballeros envueltos en largos sobretodos, y damas elegantes que penetraban, apoyadas en el brazo de aquéllos, a engrosar la aristocrática muchedumbre que se cruzaba allá adentro, en medio de flores blanca, mares de luz y flotantes cortinajes. Grupos de curiosos se detenían en mitad de la calle. Recostado a la pared de la acerca opuesta, entre la mancha de sombra que separaba luz que dos ventanas contiguas proyectaban, las manos entre los bolsillos, y el sombrero de fieltro blando caído sobre los ojos, Miguel miraba todo eso. ¿Por qué estaba allí? El mismo no lo sabía: ni siquiera se lo había preguntado. ¡Ah! para ser delicado, para ser correcto, para conservar lo que las gentes formales llaman tacto social, se necesita cierto grado de ventura: pero cuando el dolor hiere brutalmente, cuando el dolor hunde hasta el puño su espada en el corazón indefenso de su víctima, ésta se revuelve cínica, y quisiera arrojar bocanadas de lodo sobre los dichosos, encontrando hondamente injusto, irritante en grado altísimo, que los demás puedan ostentarse magnánimos, solamente porque están libres de cuidados y una gran desgracia no ha pasado como ráfaga de huracán sobre sus almas, barriendo todas esas vanidades.

Experimentaba un placer amargo en entregarse a sí mismo en el rostro su desdicha, alegría cruel en vapular con sarcasmo sangriento su conciencia honrada, sus delicadezas de caballero, su vida pura, por ese dolor inmerecido que ahora caía sobre él. Lo brutal, lo desvergonzado que duerme en el fondo de todo ser humano bajo el decoro apacible que engendra el armónico bienestar de que se disfruta normalmente en la vida, habíase levantado fanfarrón y triunfante, y lo empujaba a reír de todo lo puro, de todo lo grande, de las delicadezas del corazón y de las dulces quimeras de la fantasía.

-La novia -dijeron en los grupos de curiosos, empinándose para mirar hacía adentro. Miguel miró también. Envuelta en los esbeltos pliegues de su traje de reina, la negra cabellera tocada con blancos azahares, radiando los ojos grandes sobre la faz pálida y dulce, cruzó Julia por los cuadros luminosos de las ventanas.

-¡Qué linda está! ¡Álzame para verla! -exclamó una niña de diez años, dirigiéndose a una criada con quien se había detenido al pasar, levantándose en las puntas de sus botinas diminutas.

"¡Ah!, ¡la cachorra de pantera!", se dijo Miguel al mirarla. "¡Cómo observa y estudia para preparar sus caricias! ¿A qué corazón de hombre honrado… ¡de hombre imbécil!, irá a dar el salto esta chica deliciosa, para clavar en él sus afiladas uñitas y sus dientecillos blancos, hasta chupar toda su sangre, para después de harta pisotearlo e ir a enlazar el brazo al de algún vividor, como le está haciendo en este momento su modelo de allá arriba?"

Se quedó mirando a la chica, que se alojaba por la acera con taconeo airoso y limpio, dirigiendo a la criada preguntas candorosas.

"Así era ella", se dijo. "Así empecé yo a amarla. Luego se vistió de largo, y cayó el telón sobre todos esos encantos que dejaba a la vista la niña inocente, y que ya no habrán de volver a manifestarse sino en las intimidades escondidas del amor… ¡y del amor de otro!"

Luego se inclinó pensativo, y se internó en las tinieblas de la calle. Caminaba sin rumbo. Hallóse pronto en las afueras de la población. En un costado de la calle alcanzó a ver sobre el suelo cubierto de charcas, fango y guijarros alisados, desparramándose como un esputo de luz, la claridad que se escapaba por la puerta de una tenducha. Se dirigió allá. Llegó al boquete luminoso y miró hacia adentro. Un vaho tibio y nauseabundo le azotó la cara, pero se zampó resueltamente.

-¡Eh!, vea dónde pisa cachaquito! -gritó, encarándosele, un hombre negro y mugriento que estaba del lado de adentro, tras la puerta, retrayendo el pie pisado. Todas las caras del grupo que trasegaba alcohol junto al mostrador se volvieron a él, caras ebrias y toscas, de bandidos y de tahúres.

Miguel se abrió paso por entre ellos con alegría brutal, y saltó al mostrador, se acomodó encima, cruzó las piernas y gritó a la tendera:

-¡A ver! ¡Un trago!

-¿De qué? -dijo está, abarcando con la derecha el cuello de una botella, la izquierda en la cintura.

-De aguardiente. ¡Pero más, más, llénelo usted! -decía mientras le iban sirviendo el líquido en un vaso. Alzóse en seguida y se lo echó al cuerpo de un golpe. Luego se puso a hacer cajón con los nudillos sobre la tabla del mostrador y a pasear miradas burlonas y despreciativas por la multitud, en la cual se notaban movimientos de hostilidad hacía él, ademanes agresivos, voces de amenaza. Un mulato de ojos audaces, la cara cruzada por una ancha cicatriz, pasó junto él, se rebujo en la ruana y le metió el hombro con insolencia, diciendo entre dientes:

" |Así se estrega pa que blanqué!".

Miguel miró de un modo feroz. Tendió la mano y cogió una botella llena, la llevó a los labios y empezó a tragar aguardiente. Cuando la hubo agotado, arrojóla sobre los vasos y las copas que estaban en el otro extremo, los cuales fueron arrastrados al suelo con fragor. Un murmullo de protesta se elevó de todas las bocas "No hay cuidado", exclamó Miguel son su misma cínica carcajada, arrojando a la ventera un grueso billete blanco. Y volviéndose al mulato de la cicatriz, dióle una palmadita en la espalda y le dijo: "mira, hombre: recoge aquella guitarra y canta. Cántame una canción de amores. ¡Soy tan feliz!, ¡tan feliz!" Y continuó su risa extraña. Cerró después los ojos un instante, se comprimió las sienes con los puños y apretó los dientes. "¡Eh!, ¡acabemos de una vez!", prorrumpió incorporándose. Y, alzando la mano abierta, cruzó la cara del mulato con una sonora bofetada.

Un puñal brilló en la crispada diestra de este. Miguel sintió un relámpago frío de terror y gozo emparamarle el alma: hundióse el puñal en su garganta, un torrente de sangre tiñó la blanca pechera, dobló la cabeza, vaciló un segundo y cayó de cara sobre el mostrador.

***

En ese mismo instante dejaba Julia reclinar su sien purísima sobre el pecho de su marido, mientras se apagaban en la escalera los pasos de los últimos convidados que se retiraban, y su corazón saltaba con azorada alegría bajo su seno virgen, sin que la más leve sombra de remordimiento batiera sus alas sobre esas santas y supremas emociones.

 

 

UN CRIMEN

Aquella atmósfera caldeada era un lago de luz móvil, sofocante. Las briznas de los aleros pajizos de las casas crepitaban y se volvían carrujos abrasados: sobre las superficies desnudas y áridas de los pedrejones de la rambla en que estaba edificado el exiguo caserío, reverberaba el calor como un enjambre. Allá, debajo de ese reguero de peñascos, de muy hondo, ascendía el mugido sordo, cual huracán lejano, de un torrente que retorcía oprimido por esas enormes piedras que él mismo quizá, cuando se cavaba su cauce, había arrastrado entre sus olas crespas y rugientes. ¡Ay!, asimismo agobia nuestras almas, convertido en obstáculos y complicaciones cuando ya el raudal de nuestro entusiasmo juvenil declina, todo eso que fue placer malsano y goces cálidos. Ciñendo por todas partes el pedregal desnudo y yermo, se extendía el bosque oscuro, por donde vaga el Magdalena en llanuras inmensas, que se van empinando en comba suave hasta coordinarse a la mole gigantesca de los Andes de Santander, que desenvuelven en vaivenes dulces y untuosos las superficies verdes de su escultura soberana, y alejándose, alejándose blandamente, van a derretir su azul sobre el azul del cielo.

Claudio Majoca, sentado sobre su ruana hecha un rodete, a la sombra de una casita de la calle única de la aldea, miraba este paisaje, y tal vez no lo veía. Tal vez el pobre hombre no tenía ojos sino para mirar el cercado sembrado de cruces donde reposaba su hija: la criatura dulcísima, silenciosa, de ojos grandes, meditabundos y tristes sobre su rostro infantil. La había visto crecer pálida, enfermiza, los ojos febriles siempre abiertos con esa curiosidad dolorosa de los organismos débiles en los que el sufrimiento despierta precozmente la inteligencia. Y una mañana, se extinguió la llama débil de esa existencia, sin sacudimientos, suavemente: sin que él, que no había tenido la vitalidad bastante para infundirle la vida alegre de los seres sanos que la respiran a todo pulmón, pudiese reanimarla con su aliento. Y allí mismo, ante ese lecho de muerte, había sentido el pobre padre la primera crisis de ese mal sombrío que lo mantenía aterrado, y, en medio de sacudimientos epilépticos, cayó como un cadáver al pie mismo del cadáver de su hija. ¡Quién le hubiera dicho al pobre hombre que esas dos desgracias horribles de su vida -la pérdida de su hija y la de su salud- obedecían ambas a ese pequeño mal de su juventud, adquirido tan alegremente en la bodega de Nare, y que trabajaba aleve y callado en lo más recóndito de su organismo!

Desde ese día -él, cazador apasionado y famoso- no volvió a cazar. Su escopeta se corroía de orín en un rincón de su cuarto. En vano le decían los mineros, cuando regresaban de sus labores, que allá, a la sombra del bosque, erraban en manadas las tatabras: en vano salían los venados, tímidos, a reventar los tiernos retoños de las batatillas a la luz moribunda del crepúsculo: en vano veía él mismo, cuando vagaba distraído, los ojos en el suelo, el rastro sospechoso de tigres merodeadores grabado sobre la arena húmeda. Nada le sacaba de su indiferencia mórbida: todo le era igual, y se le veía casi constantemente sentado sobre el umbral de la casa, mirando hacia ese cementerio que se había tragado a su hija.

De repente se estremeció lleno de horror. Había sentido como un soplo helado sobre su párpado izquierdo. Era el anuncio del mal terrible. Un dolor fulgurante, agudísimo, que sacudió hasta las últimas ramificaciones de sus nervios, recorrió súbito, como una descarga eléctrica, como el golpe de un azote ferrado, toda la mitad izquierda de su cuerpo: sintió la lengua pesada y rígida como un bocado de granizo: sus párpados se paralizaron: quedaron inmóviles, extraviados, desmesuradamente abiertos a la inmensidad los globos de sus ojos. Luego, a manera de una tela que se rasga, sintió en el fondo de su cerebro una pequeña explosión luminosa y sonora, que siguió extendiéndose en hipidos de luz roja, hasta llenarlo todo: y allá, en el seno de esa lumbre vibrante, empezaron a cuajarse los contornos de la visión apocalíptica que lo torturaba en los accesos de su mal, y que en vano trataba de rehacer cuando tornaba a la vida, no obstante el serle tan conocida, tan familiar en esos mundos anormales del delirio en que se atascaban los sucios rodajes de su cerebro carcomido por el gálico.

Presentábansele entonces, barajados monstruosamente, los dos episodios que habían sacudido más hondamente su ser: la muerte de su hija y la cacería de tigre hecha allí, bajo las cuevas negras que formaba debajo de sí ese reguero de peñascos sueltos, cuñados unos con otros, que se veía al frente, en las afueras del caserío.

Entre reflejos de luz vacilante, como los reflejos de muchas hogueras, vio una multitud inmensa, todo el vecindario, coronando las crestas de los pedrejones. Debajo, como un huracán en cueva, rechinaba el latir de todos los perros de los alrededores que luchaban con el tigre. A cada instante un chillido lastimero venía hasta él. "Ese maldito |gato está acabando con los perros". ¿Y |Coronel y |Clavellina, sus perros queridos? Metíase los dedos a la boca, y silbaba: " ¡fohí!, ¡fohí!, ¡fohí!"… ¡Nada! ¡Qué iban a oír en medio de esa bulla! Y se paseaba febril. "¿No hay entre tanta gente un hombre que quiera entrar a alumbrarme, yo bajo a matar ese |gatico?", clamó con rabia, pero como a su pesar, porque el corazón le dio un vuelco doloroso. Todos se miraron e inclinaron en silencio la cabeza. "Bajaré solo", dijo con despecho. Y tomando un candil entró en la cueva. Y comenzó a internarse en ese dédalo negro, en la derecha la escopeta, la luz en la otra mano: arrastrándose a veces como un reptil entre angosturas imposibles, irguiéndose otras en salones enormes, cuyos techos altísimos de bloques sueltos parecían derrocarse sobre su cabeza. Sintió de repente que le arrebataban el candil de la mano: volvióse y vio a su hija. "¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Vuélvete afuera!", gritó con angustia. Mas ella, sin responder, mirándolo con sus ojos grandes, ardorosos de sufrimiento, tomó adelante, la luz en la mano, aérea y ágil. Deslizábase como una visión, y seguía él, jadeante, loco de angustia, muerto de fatiga. Ya se oían cerca, muy cerca los latidos furiosos de los perros. "¡Detente!, ¡detente!, ¡hija del alma!", exclamaba anonadado… Paróse fulgurado de terror. Allí, al frente, sobre una salida de un peñasco, tendido sobre el pecho, los ojos en lumbre, el espinazo en arco como un resorte recogido, estaba el tigre en acecho, esperando el paso de su hija: y ella no lo había visto. El padre quiso gritar, y murió la voz en su garganta. Ya llegaba junto al monstruo la hija de su alma: ya el cuerpo de la fiera se inclinaba sobre ella silencioso y aleve como el peñasco que vacila antes de rodar por la pendiente. El hombre, loco, en impulso ciego, tendió su escopeta: sonó un disparo, y su hija cayó con la cabeza abierta… Volvióse la fiera hacia él, lenta, silenciosa. Calláronse los perros al estallido: y sentados sobre las patas, lo miraban desde sus asientos de piedra, como esfinges, mudos, los ojos encendidos. El tigre se acercaba más cada vez, y él, hipnotizado, no podía moverse. De la voluminosa cabeza de la fiera partían estremecimientos de onda límpida, que recorrían su lomo terso y manchado, hasta morir en su trasera grácil: de la armada boca salía la lengua, plegándose sobre la quijada hirsuta con felino saboreo. Y avanzaba, avanzaba siempre: con cruelísima lentitud, con calculada pausa, como gozándose en la horrorosa expectativa de su víctima. Ya llegaba. El desdichado cazador quiso huir, y se sintió de nuevo paralizado por el espanto. Sopló su cara un vaho hediondo: la armada boca se abrió sobre su cráneo, y los agudos colmillos penetraron en él, produciendo un chasquido como de pasta frágil triturada entre las muelas: sintió unas garras clavarse en sus carnes palpitantes…

Y Claudio Majoca, el pobre enfermo, dando corcovos epilépticos, golpea con la cabeza y con los miembros rígidos contra el umbral y contra el duro suelo donde yacía tendido.

Era el momento más terrible de crisis de su mal.

Levantóse, extraviado, loco y diose a correr calle arriba.

En su carrera tropezó con una niña que traía agua, y, agarrándola por las gargantas de los pies, blandióla en el aire y le estrelló la cabeza contra un peñasco…

Cuando volvió de ese infierno patológico, se encontró atadas las manos y arrastrado por el suelo por una multitud airada e ignorante que lo miraba hosca, y lo llamaba asesino.

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