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C A R N E
Efe Gómez
Era la noche fría y destemplada.
Sobre esa cuchilla estéril y reseca, parecían las casas del
pueblo, así agrupadas bajo el jirón de bruma que se disolvía en
lluvia menuda sobre ellas, como apretadas unas contra otras,
ateridas, buscando calor para dormirse.
Pedro, envuelto en su amplia ruana, recostado a un pilar del
corredor de una casa abandonada, se dejaba calar por la llovizna,
indiferente a todo, sumido en sus tristezas.
Oyóse el galope de un caballo, ahogado sobre el sendero liso y
blando; luego, su tropel sonoro sobre el empedrado; después, el
estregón seco de la parada.
-¿Qué hay? -preguntó Pedro con ansiedad al que llegaba.
-Que la cosa va mal.
-¿Hablaste con mi padre?
-Dice que él nada puede hacer. Que ta abandona a tu suerte. Que
harto ha hecho ya por ti.
-¿Y los dueños de la Renta?
-Están calientísimos. Hablé con uno de ellos esta tarde, y me
dijo que el alcance que tienes pasa de cinco mil pesos; que lo que
has hecho es un abuso de confianza, y que te van a calentar.
-Y por el otro lado, ¿qué pudiste hacer?
-¡Nada! Los bancos no sueltan un medio ni con firmas, ni con
hipotecas. Dicen que no tienen dinero... Aquí no hay más remedio
que largarte.
-¡Irme! -dijo Pedro, abstraído.
-No hay de otra. Puede que esta misma noche reciba el Alcalde de
aquí la orden de prenderte. Aquí está mi caballo; huye en él -dijo,
apeándose-. Te llevará hasta los infiernos.
-Voy a despedirme de Ventura.
-Ojalá no hicieras tal -dijo el amigo de Pedro, en tanto que se
zafaba las espuelas-. En fin; haz lo que quieras. ¡Qué diablo!
¡Mundo este!...
Y no dijo más.
Y se alejó entre las sombras, sin despedirse, porque su
brusquedad era la de tantos otros: el disfraz de un corazón
tiernísimo, cuyas oleadas de emoción ya le anudaban la
garganta.
Pedro se quedó solitario.
Y de codos sobre el galápago de su montura, la frente entre las
manos, sumióse en ese sufrir turbio y oscuro de las grandes crisis
de la vida.
Él había amado. Él amaba todavía con una pasión inmensa y loca.
Y su error era no haber comprendido que en nuestras sociedades son
imposibles las pasiones grandes; que el secreto para vivir en ellas
consiste en hacer creer que se ama mucho, aun cuando no se ame; que
se ha gozado mucho, aun cuando no se goce; que se sufre hondo, aun
cuando uno sea incapaz de sufrir. Esa jactancia pueril de hacer
creer que se ha sentido la existencia en todos sus matices; de
exhibirse como desengañado de todo. Prurito que lleva a insultar la
vida en estrofas infelices a gentes que no merecen ni vivirla.
Debatíase en una red que cedía sin romperse, embotando sus
esfuerzos, sin que por ninguna parte le presentase resistencias en
qué ejercitar las energías de su voluntad viril; fatigado,
anhelante, acribillado de sufrimientos voluptuosos. Paladeaba a
diario esos placeres crueles en que el llanto y la risa se
confunden; en que la sensibilidad se afina hasta lo espiritual, y
el placer hace vibrar los nervios hasta los confines del dolor; en
que se besa con tristeza y se goza entre amarguras. Él conocía esas
fiebres, esas locuras, esos apegos morbosos e imbéciles a una
criatura de carne, que nos hacen impotentes ante el impulso que nos
lleva a palpar unas manos, a besar unos ojos, a sollozar ente un
regazo. Gravitaba en esos limbos en que uno quizá no es responsable
al anudar un eslabón más a la cadena que lo ata, aunque sí lo fue
cuando empezaba a forjársela. Y acontecióle muchas veces, cuando
vagaba solitario por la población, maldiciendo de su debilidad,
sorprenderse a sí mismo golpeando a la misma puerta.
Y así le sucedió esa noche.
Allí estaba ella. Mirábala por el hueco de la cerradura,
fascinado, palpitante; devorábala, ahogando el grito de su
conciencia que le ordenaba huir sin despedirse, con la fruición que
determina la vista de un ser querido, por última vez saboreada.
Allí estaba: sentada en una silla baja: el pie izquierdo, atrevido
y donoso, estribando firme sobre el pavimento; la punta del
derecho, que pendía rebasando apenas el borde del vestido; en el
regazo un tambor que bordaba; inclinada, atenta sobre la labor, la
faz dulce y severa.
Mil veces se había dicho que no entraría, que la miraría en
silencio, que huiría cuando se hubiese saciado de mirarla.
Y, sin embargo, empujó la puerta dulcemente.
-¡Ah! -exclamó ella, dando un grito alegre-; me quiere, me
quiere mucho.
Y haciéndolo sentar a su lado:
-Mira: comencé a bordar este racimito de uvas, y me decía: si
cuando él llegue voy en número par, es que me quiere... Y ve:
cuenta y lo verás: ¡voy en la octava!... Pero ¿por qué no
contestas? ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo, crespecito mío?...¡Eh... se
embobó! No sabe hablar... A ver: saque la lengua... ¡Eh!... ¡no
puede! Tiene el frenillo el muchachito.
Luego, fingiéndose enojada:
-Es que le ha pesado haberme regalado el anillo que me trajo
hoy, y viene a hacerse el bravo para que se lo vuelva, ¡el
cicatero! Tome su anillo: no quiero nada de gente que pone trompa,
como para cobrar lo que regala.
Y llevando a la altura del pecho sus manos breves, elásticas,
blancas, en las cuales el trabajo delicado de su sexo había
cincelado las líneas enérgicas, batalladoras, de las manos que no
son un órgano útil, ciñó el anular izquierdo con los dedos de la
diestra, recogidos, y, atrancándolos en una sortija de oro que lo
rodeaba, cerró los ojos, mordió el labio inferior en ademán de
hacer un grande esfuerzo y.. luego, sonriendo, con los ojos a medio
cerrar, claros, grandes, acariciadores, desde allá del sedoso
enrejado de las crespas pestañas:
-¿No ves?, se me atrancó: no puedo sacarlo.
Pedro sintió ante esa mirada crepitar todo su ser y partírsele
en pedazos; y tendiendo la diestra abierta sobre aquellos ojos, los
tapó, mientras con la izquierda cerrada se oprimía la frente, dando
un vagido doloroso.
Ella se apoderó de esa mano con ternura. Luego, reclinándose en
la cama, comenzó a charlar, alegre, bulliciosa; hasta que,
arrullada con el sonido mismo de su voz, se fue quedando dormida,
entreabierta y sonriente su boca charladora.
-Ahora es tiempo -pensó Pedro.
Y cerrando los ojos para no verla, se arrojó a la puerta.
No pudo contenerse, y, del umbral, dedicóle una última
mirada.
Estaba tan hermosa en su confiado y dulce sueño, ignorante de lo
que pasaba a su rededor. ¡Y al día siguiente se despertaría
abandonada!
Volvió a su lado y se inclinó sobre ella a contemplar, así de
cerca, ese rostro, único para él; ese rostro que hacía nacer en su
alma los temblores irremediables y crueles del amor.
Y ¿por qué abandonarla? -pensó-. ¿Por qué no arrostrarlo todo y
escaparse con ella? ¿No había ya quemado en la hoguera de esa
pasión su caudal, y su juventud, y hasta el jirón último de su
honra?
Y pasándole un brazo dulcemente por debajo del cuello, fue a
levantarle en vilo. Rebullóse ella, y dejó caer la cabeza desmayada
sobre el hombro de su amante, sonriendo dulcemente en medio de su
sueño.
Faltáronle a Pedro entrañas para turbar ese reposo tranquilo con
la realidad desnuda y espantosa; y, dejándola reclinar de nuevo
sobre el lecho, fue a sentarse en un rincón, exasperado, las sienes
en los puños.
-¿Por qué es tan hermosa este demonio? -exclamó.
Y sintiéndose poseído de celos furiosos, se miró olvidado de la
que en ese momento palpitaba toda para él; vio bocas odiadas
posarse sobre esos labios adorados; y ante su vista se abrió esa
escala de Jacob invertida, por donde desciende la belleza en
desamparo, sapoteada por la golosa piara de la
|honorable
humanidad.
Y estúpidamente dejó pasear sus miradas por la estancia.
Allí, alcance su mano, sobre una mesa, brillaba la hoja limpia
de su navaja de afeitar. Sintióse atraído por su filo frío y sutil;
y con la velocidad brutal de la tentación, empuñó el arma en la
diestra, colocóse de un salto al laso de su amada, y marcóle la faz
con herida ancha y larga.
Sonó un grito, y brotó la sangre.
-¡Ahora ya nadie la querrá para sí! -dijo casi alegre, espantoso
de verse, arrojando la navaja
A poco se oyó el escape de su caballo sobre el fango del
camino.