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| U N   H É R O E   D E   L A   D U R A   C E R V I Z
Efe Gómez


 

Eran cuatro los caballeros que transitaban ese camino. Un camino atroz, imposible. Camino de las montañas antioqueñas en invierno. Fangales hondos, blandos, sin orillas, como de purgante. Espinazos estrechísimos: un abismo a la izquierda, otro a la derecha... y las bestias trababan las patas y estiraban los pescuezos, y los jinetes, conteniendo el resuello, vacilando y llenos de angustia, se fruncían. ¡Oh!, ¡qué fruncideros aquellos! En esos momentos iban más preocupados por sus huesos los malandantes viajadores, que lo estuvo nunca por los suyos -ni en vida, ni a la hora de la muerte- el autor de |María.

-Esto es una insolencia, ¡cara...te!, y no me he de apear en ninguna parte. Para algo me sacan contribución de caminos estos ladrones -decía don Pedro, el jinete delantero, un hombre alto, corpulento, de rostro sanguíneo, pelo apretado y frente estrecha, bajo cuyas cejas tercas se revolvían dos ojos coléricos, y a quien sus amigos llamaban, de lejos, don Pedrón.

Y cuando don Pedrón decía una cosa, la cumplía. Era el primer cabeciduro, el dura-cerviz número uno. Una vez se le propuso averiguar la edad de todas las mulas que pasaban por el frente de su casa, una posada del camino de Medellín a Manizales. Instalóse en un taburete, en el corredor. Toda recua que pasaba la detenía, y mula a mula, quieras que no, les abría la boca y les veía el postrero. Pues tanto hizo y perseveró que las mulas acabaron por conocerlo, y al llegar junto a él se detenían, alzaban la cabeza, y arremangando la trompa, le enseñaban los dientes y luego seguían.

Figúrense si un hombre de ese temple había de ceder, apeándose.

Y sus compañeros temblaban por él. Que bien podía atascarse, desnucarse en ese camino infernal, pero lo que es apearse, una vez que había dicho que no lo haría, no había ni riesgo, pues.

Más de diez veces había pasado, los dientes apretados y los ojos fulminando, por fruncideros y fangales, tieso sobre su mula -una trotona blanca, alta, huesuda, barrigona, a la cual la gente llamaba |La Vaca- mientras sus compañeros, echando pie a tierra, dejaban ir por delante sus caballerías.

Pero llegaron a un barrizal enorme, de lodo adherente, sembrado de charcos, de espinazos ondeados que semejaban olas, un verdadero mar rojo. Al borde del cual llegó |La Vaca de don Pedro, y se detuvo. Arrebató el freno a su jinete, tendió el cuello, y bajando las narices al lodazal, lo olfateó dando un resoplido. Muy hondo debió de sentirlo, porque parando las orejas, y recogiéndose toda, retrocedió, dando una vuelta rápida. El jinete, lleno de ira, recogió las riendas con viveza, dando tal tirón, que le hizo abrir desmesuradamente la boca, quebrándole las quijadas, y hundiéndole las espuelas con violencia tal, que el pobre bruto, ciego de dolor, de botó al pantano. Y cayó como clavado. Parecía que lo tiraban de abajo. Sobre todo las manos no las podía mover. Al fin pudo sacar las patas, y, alzándolas, ¡pst!, botó al jinete por las orejas. Y allá fue a dar sobre el lodo, donde empezó a patalear como mosca en miel espesa.

Los compañeros lo miraban desde la orilla, sin poderlo valer. El pobre señor batallaba atascado. Al querer afirmar una pierna, pisaba el zamarro de la otra y se iba de costado. Tendía entonces la mano correspondiente para apoyarse, y se le iba el brazo hasta el hombro. Y a todas estas, la mula, que estaba en las mismas, le echaba encima una lluvia de pringues. Al fin logró, prendido de una raíz, salir a un barranco. Tenía barro en el seno, en la nuca, en los bolsillos, en la barba, entre las orejas, entre la boca, en la cabeza, en los ojos, hasta en la hiel.

Empezó por limpiarse una mano contra la otra, haciendo pelotas; luego, a botar lodo de la boca, con grandes muecas semejantes a cuando se abre, para limpiarla, una molleja de gallina; luego, a escupir pequeños fragmentos de tierra, y después saliva sucia. ¿Qué iba a salir en seguida por esa boca?

Los compañeros estaban consternados. Sabían que de todo era capaz ese hombre violento: de matar la mula, de matarse él mismo, de cualquier barbaridad. Y el gran peligro estaba en que, llevado por la ira en ese momento de arrebato, lo dijera, pues ya no habría modo de hacerlo volver atrás.

De pronto temblaron todos. Hasta la mula atascada se quedó quietecita. Don Pedro, son su voz ronca y poderosa, enronquecida aún más por la cólera, gritó a sus compañeros:

-¡Un cuchillo! ¡Un cuchillo!

Estos se miraron desolados.

Uno de ellos, que llevaba uno al cinto, se volteó con mañita para ocultarlo.

-¡Un cuchillo! -volvió a tronar don Pedro.

-Pero, por Dios, don Pedrito -se atrevió a decir uno con voz suplicante-; ¿usted cuchillo para qué?

Entonces él, sacudiéndose como un león, y con voz que parecía un rugido contestó:

-¡Pa raspame

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