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E U T A N A S I A
Efe Gómez
Paró el carruaje enfrente al blasonado pórtico. Saltó Isabel,
aérea, ingrávida. Sus pies nerviosos, combos ente la estrecha punta
y el tacón esbelto de la charolada zapatilla, hirieron, en tropel
sonoro, el marmóreo pavimento.
-Hemos llegado, abuelita -dijo, volviéndose-.
En el interior del carruaje viéronse las manos de la anciana
buscar, palpar, atrapar, ciegas, las manos de Isabel que a ella se
tendían.
-Por aquí -dijo Isabel, guiando a la anciana.
Unida toda, ceñida totalmente a Isabel, sostén, amparo, corazón,
ojos, universo íntegro de la anciana ciega y frágil, fueron
ascendiendo, lentas, la monumental escalera que desde el umbral
mismo empinábase magnífica.
-Aquí, abuelita, descansa aquí un momento -dijo Isabel en voz
muy queda.
-¿Y ellos? ¿No han llegado todavía?
Llevóse Isabel el índice a los labios. Pero al recordar que los
ojos de la anciana cegados estaban para siempre, moduló un ¡chit!,
tan suave, que ni una arruga rizó el océano de silencio que por los
ámbitos de los muertos salones, del patio inmensurable, de las
desiertas terrazas, se extendía. Alzó la anciana los hombros con un
gesto de niño dócil en los labios. Difundióse por el rostro divino
de Isabel sonrisa de piedad que erró por aquel rostro infinitamente
hermoso hasta extinguirse en las pupilas vueltas trágicas de
súbito.
-No se oye nada...¿Es que no ha llegado nadie?
-Te vieron entrar, abuelita, y se han callado... Allí están
todos... casi todos...
-¿De veras? -dijo temblando de alegría-. ¿Y a quiénes conoces,
di, a quiénes conoces?
-Mira... allí están en aquellos palcos de la derecha, casi todos
tus amigos porteños... Ahora te saludan...
La anciana se inclinó profundamente, y sus manos inefables,
blancas, traslúcidas, que besadas fueron por reyes y por héroes,
devolvieron el saludo imaginario.
Y continuó Isabel hablándole, enumerando, piadosa, a los
ausentes más queridos de su abuela. Y por el cerebro de la anciana
surgiendo iban en sucesión divina los recuerdos... Se veía joven,
bella, espléndida, en sus jiras triunfales, resonantes, por las
urbes que bordean el Atlántico, ese mar heredero del mar sagrado de
los griegos; de todo el Tirreno, mar divino, desde el día en que la
humanidad se derramó a través de las columnas de Hércules hacia el
incógnito Occidente.
-Muerta la Duse -continuó Isabel- la Sara muerta... de cuyas
tumbas vienen esos, en peregrinación... esos los supervivientes de
tu edad... congregados están ahí, a tu vera... Eres tú ya la sola
que resta de la pléyade gloriosa... Vienen a pedirte una limosna de
arte... a pedirte que te dejes oír... ya te lo he dicho: quieren
que te dignes crear para ellos una escena... la que tú prefieras
del repertorio de los autores de tus tiempos. Luego que te hayan
oído, se dispersarán otra vez por el mundo, felices de llevar en
sus memorias el tesoro de tu voz, antes de hundirse en el silencio
eterno.
Por sobre la balaustrada marmórea, criados silenciosos,
arrojaban al patio, grande como una plaza de armas, nubes doradas
de semillas de trigo. De súbito, como si la nube gloriosa que
cruzaba por el cenit en ese instante se hubiera derruido y cayera
en albos fragmentos, abatieron el vuelo sobre el patio, por el
trigo atraídas, bandadas incontables de palomas. Desapareció el
suelo bajo la bullente muchedumbre.
-Empieza ya -dijo Isabel.
En voz débil comenzó la anciana. Creaba una escena de amor, de
uno de sus autores preferidos. La Maga Ilusión fuela poseyendo. Y
se veía llena de vida y de belleza, frente a los públicos
predilectos de su alma, haciendo vibrar los corazones hastiados de
los vividores, dando vida a los sueños imprecisos de los corazones
de las vírgenes; prisionera entre esa red divina, inextricable, de
vibraciones que se tiende, fluye, refluye, del público al artista y
del artista al público. Su milagrosa voz -su corazón mismo hecho
sonoro- era oleadas de perlas que rodaran sobre placas de argento,
que rebotaran sobre cajas de guerra, que se deslizaran sobre sedas,
que se apagaran sobre armiños, para surgir de nuevo en surtidores
polífonos, divinos.
Sobre el muro frontero deslizáronse, silenciosas, dos puertas
corredizas, y en los umbrales aparecieron cuatro halcones crueles,
trágicos.
Con el vuelo de las aves de rapiña, mudo como el andar de los
felinos, fueron a posarse al barandal y clavaron sobre las palomas
miradas de acero frías, duras.
Quedáronse inmóviles, quitas, las palomas. Se oía el latir de
sus corazoncitos asustados, como el galopar de escuadrones de
centauros que cruzando fueran por los remotos horizontes...
Abatieron los halcones el vuelo sobre el patio: un huracán
helado y seco soplando sobre un reguero de nieve...
Era el momento en que la anciana arrancaba las notas más
sublimes a su corazón y a su garganta...
El batir de las alas azotando los pechos de las palomas
espantadas, levantó un ruido como de aplausos desbordantes. Fue
como si la humanidad entera, puesta en pie ante la anciana, le
batiera las palmas.
-¡La apoteosis! -gritó la anciana desplomándose-. La emoción
había roto sus arterias.
-Bendita seas, Virgen Santa -clamó Isabel, piadosa, sin saber lo
que decía...
Y sobre el azul glorioso de los cielos íbase ensanchando el
cándido aplauso de las alas.