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| OPINIÓN CINCO CON SETENTA DEL ABATE JERÓNIMO COIGNARD
Efe gómez



 

Almorzaba ese día en el convento

Jerónimo Coignard, grande helenista

y hombre de muy maduro entendimiento,

en cuyo honor estaban de jolgorio

los, de ordinario, austeros religiosos

en su amplio refectorio.

Improviso, fue entrando, campechana,

la recién desposada castellana

del castillo vecino,

y dijo así a Coignard en tono alegre:

-Habeís de perdonar mi atrevimiento,

huésped ilustre, pero no he podido

contenerme, señor, y aquí he venido

de vuestro gran saber teniendo nuevas,

a consultaros si este fervoroso

dulce amor de mi esposo

que me hace tan feliz, que a mi querida

morada da sabor de paraíso,

hasta el fin de mi vida

habrá de conservar su extraño hechizo:

que el dulzor de vivir vida tan cara

el temor de perderla, lo acibara.

Y dijo el varón sabio y virtuoso

pulcramente arrancado con la diestra

un tierno alón jugoso:

-Habré de contestaros, noble dama,

puesto a un lado el debido acatamiento

que vuestra estirpe altísima reclama,

lo que a este pavo que a comer empiezo

habría de decir, si se empeñase

que con el deleite igual el duro hueso

y la exquisita carne saborease.

Es, señora, a saber y estadme atenta:

Si lográis conservar el exquisito

sabor que vuestro esposo encuentra ahora

en vuestra carne fresca y tentadora

y, si además, le dura el apetito,

¡claro que sí, bellísima señora!

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