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| L O R E N Z O
Efe Gómez


 

Era a sesenta metros verticales de la superficie, en el fondo único, sin prolongaciones laterales, de un pozo, de la mina. De un pozo de exploración, en busca de una capa profunda.

Y en ese negro caos, agujereado a trechos por las claridades moribundas de las bujías que entre el ambiente espeso, irrespirable, se asfixiaban, se morían, bullen los mineros esgrimiendo a dos manos los pesados martillos de diez kilos. Al esfuerzo los músculos se amontonan en los hombros, se retuercen en los brazos y en los torsos; y a compás, rebotando elásticos contra la cabeza de los taladros: tin, tan, tin, tan, cantan los martillos en sonoro tintineo. Y ese chocar metálico es un himno entonado a la energía y al trabajo por esos titanes victoriosos.

Y esos titanes son titanes buenos. Buenos y alegres. su vigor es el vigor del guayacán de nuestras selvas tórridas, que se aprieta y se retuerce en los nudosos troncos, y se expande y ríe y perfuma en las ramas florecidas.

Y están gozosos; una ráfaga de alegría sopla en cada corazón: es que es sábado, sábado en la tarde; el trabajo va a terminarse y allá arriba los esperan la luz, el aire puro, el jornal de la semana y las muchachas de bellos ojos. ¡Ah!, ¡la visión del cielo abierto, el éter luminoso, adorado desde los fondos negros de las minas!

Y hablando están de sus amores, de su vida sencilla, ¡feliz vida!...

-La que sí que está bien linda es Adelaida.

-Ai sí hay, pues.

-Más querida...

-¿Y este Lorenzo qué está viendo?

-¡Si por él fuera!

-Yo me hacia matar.

-Ve que te tumban, hombre, Lorenzo.

-¿Que lo tumban?... Más tumbao pa qué.

Lorenzo no contesta. Es un taciturno, un taciturno de ojos elocuentes, ojos que están diciendo a gritos que la procesión va por dentro. ¿Qué había de contestar? ¿No sabe él , ¡ay!, de sobra, que Adelaida lo desdeña por Rivas, el teniente Rivas, que usa uniformes flamantes, que lleva las manos cuajadas de sortijas, que ha estado no se sabe en cuántas batallas, y de cuyo valor cuentan proezas que no acaban?

¿Y qué ha de hacer él, pobre muchacho jornalero? ¿Qué otra cosa sino callarse y paladear en silencio su derrota?

¡Ah!, buscarlo a solas, a ese tenientillo pisaverde, provocarlo pie con pie, pecho con pecho, acero con acero... Pero... ¿Y su madre? ¿Y su padre, ciego, a quien una mina, al estallar, sacó los ojos? ¿Y su hermana, viuda y llena de hijos?...

Y Adelaida cree -piensa- que yo soy un cobarde. Y ese... cree otro tanto. Y también estos... Y sonríe amargo a esta sospecha torturante.

Lejano y tronco trasmite la roca el estallido de una mina.

-Eso fue en El Cuatro.

-Fue por aquel otro lado, por El Cinco.

Oyóse otra detonación aún más cercana.

-Todos hacen estallar sus minas y se van, y nosotros aquí esperando.

-Y sin modo.

-Qué tal si no se le antoja al patrón bajar esta tarde.

-Y lo advirtió varias veces. Que cuidadito con ir a prender sin el bajar.

-¡Oigan!

-Las guías del ascensor comienzan a vibrar.

-Allá vienen.

-Por fin.

La vibración de las grúas es ya sacudimiento. Se oye descender la plataforma con ruido de trueno lejano.

-A cargar.

-¡Vámonos con este viajao!

-¡Upa, pues, ole!

Y alegres van ensartando las cápsulas de fulminante en las extremidades de las mechas, preparando los cartuchos de dinamita, introduciéndolos en los agujeros de los taladros.

La plataforma se detiene, la cancela se abre y da paso al patrón, y tras él, en el talón de la alta bota reluciente el espolín inane, ridículo remedo restiforme de los apéndices sonoros y pungentes que los altivos caballeros de otros tiempos ganaban batallando, para hacerlos luego restallar con insolencia en salones de reyes, de nobles y burgueses; envuelto en amplia capa crujiente y encauchada que defiende el uniforme azul y oro del fango de la mina; florete al flanco y chambergo empenachado, salta Rivas, el teniente Rivas, cuádrase en seguida, y, el puño izquierdo en la cadera, cortés, se inclina y tiende la mano a una dama gorda, la cual baja pesadamente.

-Gracias Rivas.

-¿De qué?

Torna Rivas a tender la ensortijada diestra. Tocando apenas la mano que le ofrece; ágil, esbelta, ingrávida; el blanco pie desnudo; bajo la frente alta y divina los ojos soberanos, en cuyo fondo bulle toda la luz de nuestro cielo tórrido bendito, salta Adelaida. Y al tocar el suelo el pie donoso, las charcas sobre las cuales cae la luz de las bujías, son regueros de gotas irisadas.

A Lorenzo se le cae de las manos el cartucho que prepara, y tiene que apoyarse, vacilante, contra una salida de la roca.

-¿No ve usted, mi teniente? -dice a Rivas el patrón-. ¿No ve? Ese es el fulminante. La mecha se le pone aquí, así. ¿No ve? Pero, eso sí, teniendo mucha cuenta de no apretarla de a mucho contra el fondo, porque es muy fácil que de pronto... ¡plum!

-¡Mama! -grita la señora gorda-. Dejá eso, maridito, por Dios.

-¡Ay, niña! He quedado tan nerviosa, tanto, tanto.

-Buena usted, señora -dice Rivas, el teniente Rivas, con sonrisa protectora- para asistir a un combate. Ese día que les venía contando, dos divisiones que habían tratado de echar al enemigo de las trincheras que ocupaban, habían sido rechazadas, vueltas trizas.

-Eso es una vergüenza -grita el general-. A ver, Batallón Terrible, los valientes entre los valientes, desalójeme de ahí esos patojos. Y cojo yo esa bandera y adelante, adelante. Sonaban las balas en el trapo de la bandera como un aguacero en el techo de una tolda; y yo, ¡adelante...! ¡adelante...!

-Figúrate, niña -dice a Adelaida la señora gorda- cómo estaría de hermoso este ángel.

Y volviéndose a Rivas:

-¿Pero no le daba miedo, niño, por Dios?

-¿Miedo? ¡Bah! -y se irguió y se levantó las guías de los bigotes.

-Esas mechas pónganlas largas -grita el patrón a los mineros. Y volviéndose a Rivas:

-¿No ve? Hacemos encender las mechas, saltamos al ascensor, damos la señal para que nos suban, y como las mechas dan suficiente, nos apeamos a la salida de la galería de El Siete al pozo, que está a unos cuarenta metros de altura, dejamos seguir el ascensor solo, y allí, bien resguardaditos, asistimos a la detonación de las minas. Es muy bonito; ¿no ve? En medio al fogonazo se ven saltar las rocas, trituradas; parece, a la explosión, que se viniera abajo todo el cerro, y el ruido va retumbando, va perdiéndose hasta extinguirse en la red de los socavones.

-¡Oh, soberbio, magnífico! -exclamó Rivas, el teniente Rivas-. ¡Ah!, el fragor de las descargas, el olor a pólvora... mi sueño... mi elemento.

Y volviéndose a Adelaida:

-Sólo tú, reina, eres capaz de aprisionar en cárcel amorosa este corazón mío, hecho para palpitar, sereno, entre el horror de las matanzas.

-Vamos, pues -grita el patrón-. ¡Al ascensor todos! Dé usted, Rivas, la mano a las señoras, mientras dispongo yo la encendida de las mechas. Vamos, Moscoso, cada uno encienda dos mechas rápidamente, a ver si logramos que revienten a un tiempo todos los cartuchos. Eso es... Eso es. ¡Muy bien! Ahora, al ascensor todos. ¿Todos están ya? ¡Bien! Ahora, la señal... Una, dos y tres campanadas. Ya la máquina empieza a funcionar arriba. Subamos, subamos. Asómense, señoras, por los agujeros del fondo, y verán cómo arden abajo las doce mechas de las doce minas, como doce chorritos de chispas. ¿Pero qué es esto?...

Por todos los rostros corre un relámpago de palidez mortal. El ascensor se ha detenido, luego empieza a descender de nuevo, lentamente, lentamente, y se queda inmóvil, casi en el punto de arranque, a menos de un metro del fondo.

-¿Qué ha ocurrido? -grita el patrón temblando de terror y agitando el cordón de la campana de señales hasta quedarse con la cuerda rota entre las manos-. ¿Qué es esto? ¡Dios! ¿Qué es esto?

Desencajados los rostros, los ojos saliéndose de las órbitas, se miran unos a otros, silenciosos, anhelantes.

¿Qué va a suceder allí? Doce minas, todas ellas con cartuchos dobles, van a estallar bajo sus pies dentro de pocos segundos, y esas nueve personas cogidas en medio, levantadas en alto, estrelladas contra las paredes del pozo, trituradas, serán pronto manchones de sangre en las salientes rocas, restos sin nombre revueltos en el fango. Y las doce mechas, como doce antorchas fúnebres, siguen ardiendo. Y la luz roja de sus siniestro chisporroteo no alcanza a colorear la palidez agónica de esos rostros desolados.

Ya nadie piensa en nadie. El terror, con sacudida de rayo, ha derrumbado las individualidades, y de ellas sólo queda el instinto primitivo, el automatismo inconsciente. Unos intentan trepar por las paredes del pozo, y después de lucha inútil, las manos desgarradas, tornan a caer inertes. Rivas ha pretendido subir cable arriba, pero otros se han arrojado a subir con él; el racimo humano ha crecido, crecido, y cediendo a su propia pesadumbre, ha tornado a caer sobre la plataforma del ascensor, en donde se lucha a puñetazo limpio, a dentelladas y a denuestos por subir primero.

¿Pero qué sucede inaudito, qué de insólito acaece de repente que ha logrado orientar en una sola dirección todas las miradas dementes de ese grupo enloquecido, cambiando los gestos de terror en anhelo de esperanza?

Es que, audaz, temerario, hermoso, ha saltado Lorenzo al fondo del pozo, y con mano firma y rápida arranca una mecha chisporroteante de su agujero de roca. Luego arranca otra... y otra. Un fulminante no resiste; lo arranca con los dientes, sin temor a que le estalle entre la boca. Angustiosa expectación distiende los semblantes. ¿Acabará a tiempo? ¿Arrancará todas las mechas antes de que el fuego llegue a alguno de los fulminantes? Una sola mina, estallando, podría hacerlas desflagrar a todas y tornar estéril tanto heroísmo. Y es tal el estupor, tal el asombro, tal el aplanamiento de todos estos seres, que nadie se adelanta a ayudar a Lorenzo, que a ninguno se le ocurre que podría hacer otro tanto y salvarse, salvándolos a todos.

Ya sólo arden dos mechas, y arden alto, en la cornisa de una roca. Vuela allá Lorenzo. Nadie respira. Ni un sólo corazón late. Las fracciones de segundo son eternidades. ¡Horror! Al ir a trepar resbala y cae. Un grito, grito informe, no oído, grito de animalidad en pánico, salido de las profundidades de lo inconsciente, grito ronco de protesta, de desamparo, de impotencia, se escapa de todas las gargantas. Luego un segundo de terror que fueron siglos, y en seguida, germinante, jubiloso, inmenso, reborbollante, surge otro grito de alegría. Lorenzo ha logrado apagar la última mina.

Después todo queda a oscuras.

A oscuras y en silencio.

¿Qué pasa en cada uno de los seres, al ir tornando a cada una de esas psiquis disociadas por el terror, las series de sensaciones conscientes que integran normalmente el monstruo humano? ¿Qué mundo de sentimientos, acordes con los personales caracteres, irán naciendo, creciendo, tornándose despóticos?

Sentimientos de alegría, de agradecimiento, de odio, de vergüenza, de encendida envidia. En tanto, el silencio continúa; nadie osa interrumpirlo.

¿Por qué solloza dulcemente?

¿Qué es eso extraño que en alma de Adelaida se alza en oleadas de piedad, de ternura infinita, que la enerva dulcemente y humedece con lágrimas sus ojos? ¡Ah!, es que su ser, severamente sacudido, háse despojado de caducos follajes pasajeros, quedando a solas con la osatura misma de su ser más íntimo, con la urdimbre irreductible de la raza, tejida hilo a hilo por las envejecidas manos de rústicos abuelos venerables. Es el retorno a los atávicos quereres; al prístino soñar de adolescente; a la cabaña alzada en la ladera; al huerto oloroso a mejorana que él cavó con sus manos surco a surco y ella amaba y nombraba mata a mata.

¿Cómo pudo ella, cruel, volver la espalda a ese nido que él, como el gorrión, mullera con el pulmón de más suave de su pecho? No sabía que allí la esperaba cada día, hora tras hora, mientras corría ella tras un amor que no era el de su alma, amor de trapos, de galones, de ademanes, mientras que él, tan leal, tan constante, tan paciente, tan heroico...

Una mano busca las suyas en la sombra. Sí: es él. Es su mano, son sus manos que el trabajo endureció. ¡Manos queridas!

-¡Lorenzo!

-¡Adelaida!

Y los brazos se aferran en los cuellos.

Tal los dos ramales de una misma corriente cristalina que árido islote erguido en su cauce dividiera, tornan a unir sus líquidos cristales para correr, ya, y para siempre, unidos.

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