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H O N N I S O I T Q U I M A L P E N S E
Efe Gómez
Es un antro, obscuro como una catacumba. En medio una mesa.
Encima de ella una bujía de parafina, cuya flama dormita ahora,
ahora se mece, proyecta, inmóviles, o hace danzar, fantásticas,
sobre las paredes bajas y obscuras, las sombras de hasta diez
personas sentadas en rededor.
Un terror súbito recorre el cuerpo de Sorel, las manos golpean
la madera sonora de la mesa en donde descansan, extendidas.
-Oremos, porque un espíritu alto tome posesión de Sorel -clama
el anciano Estratón-. Padre nuestro que estás en los cielos...
Y el coro:
-Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu...
Silencio otra vez.
Las conmociones de Sorel son cada vez más frecuentes. Improviso
sobreviene el trance. La faz de Sorel se transfigura. La boca,
entreabierta, sonríe beatífica. Lucen los ojos, húmedos, los cuales
fíjanse extáticos sobre un rincón del muro colgado de negro...
Desfilando van, visibles para él solo, espíritus amigos de la casa,
protectores del centro, con los cuales dialoga, a los cuales
describe, de cuyos labios oye consejos sapientísimos...
Algo insólito pasa ahora. Los ojos de Sorel ábranse
desmesuradamente, se incorporan, retrocede.
-¡El general Rafael Uribe Uribe! -clama-. Y sus manos se alzan
señalándolo.
Todos los que rodean la mesa se levantan, escrutando el lugar
indicado por Sorel.
El cual continúa:
-¡Qué hermoso el general Uribe! Tiene como un resplandor de
santo en la cabeza. Como que quiere hablarme.
Y uno de los presentes:
-Diga usted, Sorel, al general Uribe Uribe, que por tanto como
en su vida le quisimos, le rogamos que nos diga algo, que nos
consuele. Dígale que nos aconseje lo que hacer debemos en esta hora
negra en que el partido se desmorona, se disgrega. El partido que
vio su mano firme...
Sorel, fijos los ojos en lo negro del muro, parece dialogar,
absorto, en diálogos abscónditos, con el espíritu.
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-¿Qué dice el general?
-¿Qué hubo?
-¡A ver!
-¿Qué nos aconseja?
-¿Qué debemos hacer?
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Sorel, lleno de estupor, mira la muro colgado de negro; mira a
los que le interrogaron, sin verlos. Expectación larga en que hasta
la llama de la bujía de parafina del centro de la mesa, erecta,
alargada, quieta, escucha atenta. Sorel, en éxtasis, va a traer de
lo incognoscido la palabra de que están todos pendientes; va a
revelar el mensaje del general; el gesto de ese magnánimo ante su
obra disgregada, muriente...
El anciano Estratón, con la voz lenta, reposada:
-Oremos porque el espíritu del general se digne hablarnos: Padre
nuestro que estás en los cielos...
El coro:
-Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu...
Sorel se retuerce como si, empapado hasta los tuétanos de
alcohol, ardiera incendiado.
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-¡Va a hablar!
-¡Ya!
-¡Oh!
-¡Valor Sorel!
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Sorel, jadeando, tartajeando:
-El ge... el ge... gene... A... a... a... a... a... a; a a a...
¡apenas se ríe!