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| A L M A S   R U D A S
Efe Gómez


 

Pedro el |Barcino, tan madrugador en otro tiempo, aguardaba ahora que el sol viniera a despertarle y se echaba fuera del lecho perezoso y tardíamente. El viejo no estaba rendido por la edad; era que una dolencia, una mordedura tenaz hincada en el vientre, agotaba su vigor, se llevaba la vida de Pedro el Barcino. Y el viejo no pensaba en morir. Tumbando robles desde la mañana hasta la tarde; viendo medrar en torno los becerros saltones y los hijos robustos, la muerte es una imagen lejana, un polvillo inconsciente que se deshace entre las manos.

Un día, después de otros muchos en el lecho, sintió algo como un prurito de salud a lo largo de los brazos y el Barcino saltó alborozado para ir a descolgar la cantimplora.

En seguida bebió, bebió ruidosamente, y asomado al portal sintió que su corazón se regocijaba en la luz de la mañana. Horas más tarde, trepaba, con el hacha al hombro, camino de la montaña. Cómo parecía joven y fuerte: ancho de espalda, el andar firme, serpenteándole las venas hinchadas en torno de los brazos y de las piernas ágiles. La camisa, mal abrochada, dejaba al descubierto el pecho velloso; su barba gris se abría en dos porciones, meneada por el viento y aunque el rostro aparecía demacrado, brillaba, intenso de vida, el ojo zahorí. Tal era el Barcino, a cuyos golpes de hacha se estremecía la montaña, como el buey, tesonero en las labores del plantío, certero y audaz como el novillo cuando era menester vengar el honor de su hembra.

El Barcino miraba, miraba con grandes ojos ambiciosos la inmensidad del horizonte. El sol iba triunfante por el cielo. ¡Santo y bendito sol que adoraran sus abuelos! La luz se derramaba en las montañas; se enhebraba centelleando en el curso de los riachuelos; penetraba y se difundía en las casas. Los ojos de Pedro eran insaciables. Cómo habían madurado los maíces en sus cañas morenas; cuánta alegría derramaban en su alma el oro verdegueante de los alverjones y la temprana blancura de los habales en flor. Una ternura paternal, un orgullo de esposo alentaba en su pecho. La tierra era buena para él. ¡Qué importaban las fatigas de otro tiempo; el insecto enemigo que devastó la cosecha, qué, en fin, la maldita dolencia clavada en el vientre, siempre fija allí, semana tras semana!

-La tierra no es ingrata para el Barcino; el Señor bendice el trabajo de mis manos- pensaba el labriego; y hería el suelo con los desnudos pies, quebrantando los rastrojos marchitos, como para cerciorarse mejor de que sus miembros habían reconquistado la pujanza nativa.

Una bandada de loros salvajes cruzó charloteando sobre su cabeza y fue a posarse en los más tiernos renuevos de un surco. Pedro los contempló en silencio y no tuvo cólera de los pájaros merodeadores. Por un atajo apenas marcado entre los arbustos, penetró en el bosque. El ruido de las aguas, del viento, del valle sonoro fue borrándose a medida que Pedro avanzaba en la espesura. Su paso era menos seguro desde que entró en el bosque; la mordedura hincada en el vientre había venido despertando sordamente y ahora estaba allí, viva, rabiosa, como en los primeros días de la enfermedad. El Barcino caminaba siempre e iba de pláticas con su pensamiento. Recordaba que el cura le había dicho: -Pedro, no andes descuidado; el Señor puede llamarte a cuentas y las tuyas no van a la justa. Otro día el boticario le había llenado de ungüentos, atosigándole con feas y amargas bebidas. ¿Estaría enfermo de veras; iba él a morir como todo el mundo; como sus vecinos; lo mismo que sus viejos perros de caza? -No, dijo rechinando los dientes, mientras descargaba con brío, hasta hundirla en el musgo, el hacha cortante. No, tornó a repetir, siempre hiriendo el suelo, mirando rencoroso la hambrienta tierra que lo quería devorar.

Cuando llegó al claro del bosque, donde tenía costumbre de cortar y hacinar la leña, un sudor que no era el ardiente sudor de otro tiempo, le mojaba las sienes. Sentado en un tronco se puso a remover con el hacha las desprendidas ramas, donde brotaban los renuevos. De las entrañas de las rocas saltaba un manantial, cuyas ondas limpias corrían sin ruido debajo de los helechos. Contemplándolas, se acordó Pedro de las aguas vivas en que la Virgen María pone virtudes de salud. Si bebiera estas aguas, pensó.

Algo como una ternura religiosa alboreaba en su corazón. ¿Por qué no había de sanar cuando bebiera en el claro arroyo? ¡Ah!, un cirio para la Virgen bendita; una romería, acompañado de su mujer y de sus hijos. ¿Cómo, hasta en ese instante no pensaba en ella? El Señor ponía la medicina cerca de su boca y él era tan borrico que no alargaba la mano para recibirla. Quiso beber, mas cuando iba a inclinarse, la punzada mortal le retuvo sin fuerzas ni alientos apenas. Vibrándole, vibrándole en el vientre, subió hasta su garganta un vapor amargo, una congoja de muerte. -¡Virgen María, socórreme!- clamó el viejo, tratando de juntar las manos, buscando después sobre el pecho las cuentas del rosario. El dolor se alejaba, pero un frío intenso le invadía las rodillas, subía hasta su pecho. Miraba, esforzándose en ver, y las cosas le aparecían como envueltas en humo ligero. Dios le abandonaba; el Barcino tuvo un impulso de rebeldía.

Llameantes los ojos, recogido el aliento como para un grito supremo, amenazantes las férreas manos, se enderezó un instante sobre el tronco que le servía de asiento, y antes de rodar muerto en la hojarasca, articuló en voz fiera: -Que se abra el infierno y que venga el Maldito. Tú estás aquí, Maldito. ¿No me haces la vida? Llévate mi alma.

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