UN DIA DE SAN JUAN EN TIERRA
CALIENTE
I
Sería ya más de media noche y yo no había podido dormir, porque
sonaban más tamboras que casas había en el pueblo de E...
Como era la primera vez que salía de Bogotá me hallaba poco
ducho en buscar posadas y me quedé en la primera que encontré; ésta
era de una vieja cehentona y con más arrugas que pelos tiene un
cuero, más sorda que quien no quiere oír; la nariz de pico de
águila y la barba puntiaguda estaban tan vecinas, que eran
necesarias conjeturas o cálculos matemáticos para adivinar dónde
estaría la boca, que era como una cortadura; un colmillo creo que
le había quedado para atestiguar que en un tiempo había tenido con
qué morder. Pero antes de todo les haré una súplica a mis lectores,
y es que me perdonen el no poner los disparates en letra
|bastardilla como se usa ahora, porque entonces tendría que
subrayarlo todo.
Serían, como les he dicho, más de las doce de la noche, cuando
admirado de oir por la calle tantas tamboras, tiples, gritos y
cantos llamé a mi casera:
—Patroncita.... patroncita!.... : patroncita!! Después de
algún tiempo respondió:
—¿Señor?
—¿Por qué será que hay tanta gente por la calle y no dejan
dormir?
—Porque hoy es 23 de junio, señor.
—Linda razón, dije yo; pero ella que comprendió que yo no
le entendía, me volvió a decir:
—Porque mañana es 24, día de mi padre señor San Juan.
—Si ésta es la víspera qué será el día! ¿Y, por qué
empezará la fiesta desde esta noche?
—Porque ahora se van a bañar: ¿no sabe que el señor San
Juan se baña esta noche en todas las aguas del mundo para
bendecirlas?
Me pareció tan extraño oír decir que a esas horas se iban a
bañar, que no pude menos de reirme; pero la abuelísima siguió
explicándome cómo era que bailaban hasta media noche y después se
iban al baño todos, hombres y mujeres en parranda; que volvían a la
madrugada y seguían bailando hasta que amanecía.
Yo no sabía nada de eso, porque era la primera vez que salía de
mi casa y allá no había leído sino novelas y periódicos, y éstos
raras veces dicen algo de nuestras costumbres, y si a veces los
literatos hacen alguna cosita, buscan asuntos en otras partes: todo
a la europea.
Al día siguiente, a las cinco de la mañana, empecé a sentir
carreras de caballos y gritos de “San Juan!” Me levanté,
no muy tenmprano porque estaba trasnochado, me bañé la cara, me
saqué bien la carrera, porque era una de las cosas en que me
esmeraba más, me amarré bien la corbata, me calé el sombrero un
si-es-no-es a la izquierda, y me fui a parar a la esquina de la
calle que me pareció más pública porque era la más ancha. Allí, con
ese aire de orgullo del recién llegado, me preparé a hacer mis
observaciones, pareciéndome que toda la atención la llamaba mi
persona y que yo era el único blanco de las miradas de todos, en
particular de las calentanas. Si alguno me saludaba yo le
contestaba con una ligera inclinación de cabeza y con un medito
entre si es o no es afable o desdeñoso.
Las carreras, gritos y tropeles se aumentaban a cada instante,
así como mi orgullo se disminuía, porque empecé a ver que nadie me
miraba. Entonces vi que esas gentes son las únicas que se
divierten, y ese día vi desmentido el refrán de que ‘no paga
San Juan en yegua”; porque no se paran en saber si es yegua o
caballo, macho o burra, lo que importa es que corra y sea lo que
sea. Había sus distinciones, por supuesto, porque la verdadera
igualdad no se ha podido establecer ni en las democráticas. La
generalidad de los jinetes iban montados en gordos caballos, de
paso y lustrosos; pero antes que se me olvide, les diré que el
gusto de los calentanos consiste en templar la rienda y hacer que
el caballo baile en dos patas, mientras que ellos gritan: ¡Santa
María! Con un calentano que les describiera quedarían todos, porque
si alguno usa silla, zamarros, espuelas, todos esos adherentes que
llevamos por aquí, no por eso deja de ser una excepción entre los
suyos: todos montan en un fuste a medio forrar y para ablandar el
asiento le ponen unos cueros de oveja; todos usan estribos de aro y
algunos de ellos son de un cacho y rejos; el más rico usa espuelas
de plata, pero pegadas al puro calcañar; ninguno se pone zamarros,
ni ruana; si llevan una camiseta, esa va por delante, en la silla.
Ahí tienen ustedes, lo que si llevan todos es un machete metido por
debajo de la coraza de la silla y cuya punta y manija con ribetes
de plata, dan indicios de la calidad del señor que lo lleva; y de
los costos no hablemos, porque, que unos sean más y otros menos,
eso no quiere decir que no lo sean; para qué
es quitarles nada. Me dirán ustedes que no todos los que van en
esas parrandas son así como he dicho, que hay muchos buenos mozos y
bien montados. Vaya, vaya; si quisiera describir otra clase de
gente que no fueran los calentanos netos, entonces me metería a una
plaza de toros en un pueblo de la sabana y verían qué figuras tan
bizarras las que me salían. Lo mismo sucede con las mujeres: ¿por
qué no he de decir que todas usan pañolón colorado o azul, que
tienen camisas muy bordadas y enaguas de fula con su arandela al
pie, y que unas montan en silla como hombre y otras en sillones
colorados con galones blancos y cantoneras de plata?
La concurrencia se aumentaba cada vez más y más; ya no se veía
en las calles sino una nube de polvo y al fin tuve que convencerme
de que no solamente nadie se fijaba en mí, sino de que yo era un
estorbo para mí mismo, porque a ellos poco les hubiera importado
llevarmé por delante a los gritos de ¡San Juan! Me metí en el hueco
de una puerta cerrada, para seguir haciendo mis observaciones,
mientras que pasaba la caballería. Si las gentes de a caballo
estaban de humor, las de a pie no lo estaban menos; las calles
estaban cuajadas y apenas habría uno que no tuviera su tiple,
tambora o alfandoque. Una de las cosas que nota en las mujeres es
que muy pocas había que no tuvieran zarcillos, gargantilla y
rosario de oro. Y aquel su modo de andar meneándose todas y aquel
su desabrido “maluco” con que le corresponden a quien les
dice una palabra, me chocaron tanto, que llegué a pensar que jamás
simpatizaría con aquella gente; sin pensar en que Dios lo castiga a
úno con aquello que menos se quiere, menos con la plata, que cada
día la aborrezco más y nada que me castiga con ella.
Por variar de escena y seguir paso a paso todas aquellas
costumbres que me parecieron tan bárbaras, por no ser los paseos en
ómnibus, las tertulias y el teatro, únicas diversiones de que
disfruta un cachaco moderado en Bogotá, me eché a pasear a lo largo
de una calle y donde vi bastante gente, una que entraba y otra que
salía, allí me entré. Ahora me dirán que fue a alguna casa de
juego. Nó, señores, que la escena no pasa en Bogotá; fue a una
venta. Dirán entonces que me entré a tomar? Nó, señores, no estaba
en los Portales; si entré allí fue a observar, sin tomar nada; así
hacemos los críticos de costumbres. Pero si la calle era un mar
agitado de gente, la venta no dejaba de ser un hormiguero, en donde
unos tocaban, otros cantaban y tal cual que relataba largas
aventuras con aquella verbosidad y elocuencia que da la chispa,
tenían entretenido al auditorio, porque nunca faltan majaderos que
celebren las gracias de un tonto. Entre tantos grupos había uno que
me llamó más la atención: era un hombre con su hija y un allegado,
cosa que nunca falta a las hijas de Eva, el cual le prodigaba mil
floreos a su modo. Este tal era un hombre, que empezando desde su
cabellera casi colorada, hasta sus grandes pies forrados en unos
enormes zapatos, todo él era un solo contraste, o un pasquín
ambulante a la raza humana, como dijo Deidamo; su frente era
angosta y sumida, la nariz tan ancha y aplastada como si se sentara
en ella; los ojos eran azules y encontrados de manera que para
mirar, tenía que volver la cara para otro lado; nunca hubiera
adivinado lo que aquel hombre sentía por lo que él mostraba en su
cara, pues, si los ojos casi siempre son la expresión del
sentimiento, como se ha visto, los tenía de tal manera trocados,
que nada se podía leer en ellos. Una cortada en el lado izquierdo y
que le atravesaba un carrillo, le hacía los honores de un antiguo
soldado o de salteador; tal era su cara. Además, era tan jorobado
que parecía haber vivido debajo de una carga; las dos piernas eran
cortas y abiertas y con los talones unidos, de manera que el hue o
que quedaba entre una y otra pierna era un óvalo perfecto. El tal
marchante, recostado detrás de una puerta daba seguro descanso a su
persona, la que a pesar de eso, se le iba para un lado y otro, pues
no tenía alientos ni para escupir. La otra persona era una
muchacha, con su pañolón colorado, camisa de arandelas bordadas con
seda negra, su correspondiente rosario y gargantilla de oro y
enaguas azules; un sombrerito de murrapa con su cinta ancha daba
fin al traje de la graciosa calentanita. El tercero era alto,
derecho y seco como un varejón; vivaracho como una pólvora, de ojos
chiquitos y bailadores y de boca inquieta, porque no se callaba, y
para dar a entender que no era majadero hablaba de todo y mucho. El
bizco y la muchacha haría tiempos que estaban en requiebros
amorosos (de parte de él, porque ella se reía), cuando yo
llegué.
—Orirú sa, me dijo el bizco, tocándose el sombrero, y yo
que estaba recién salido del colegio, le contesté, sin
correrme:
—Comaan sabá.... Uno y otro quedamos satisfechos con
nuestro saludo y ninguno de los dos supimos lo que habíamos dicho.
El padre de la muchacha luégo que no oyó, dijo:
—Eh! mire cómo el cachaco sabe hablar en lengua! Entonces
me le arrimé y le pregunté pasito: quién es este señor?
—Es el señor que esta herrando en el pueblo, y es de la
estranjería.
—Entonces herrará que es un primor, nó?
—Ah, señor! si ellos lo saben hacer.
Ya iba a volverme a hablar en idioma el hombre tuerto, cuando la
calentanita le dijo no sé qué, y le llamó la atención con su cara
de relámpago, como decía él. Efectivamente, la muchacha tenía una
de aquellas caras que juegan con el corazón de quien las contempla:
un cielo azul en un día de verano con las nubes escarmenadas y
esparcidas aquí y allá, era menos risueño que su cara, que sembraba
la esperanza en el corazón y hacía asomar la risa del placer a los
labios; pero de repente se quedaba tan seria y tan imponente que
hacía contristar el ánimo y retroceder la esperanza que un momento
antes había nacido bajo una sonrisa seductora. Era el relámpago que
alumbraba en una noche de tormenta, para dejar después al viajero
sumido en la duda y en la oscuridad... Pero malhaya sea! ya me metí
a romántico cuando no quería; aunque viéndolo bien, todo en esta
vida no es otra cosa; la vida misma no es otra cosa que un
paréntesis o una digresión en grande: jamás hacemos lo que
deberíamos, y si hacemos algo, es como por mientras tanto; piensen
bien lo que les digo y verán.
Cuando salí de esta venta fui a pararme en otra esquina a ver
pasar aquellos jinetes, que corren con la barbaridad más grande del
mundo. Frecuentemente vienen a todo escape pelotones de veinte o
treinta, a tiempo en que de otra calle desembocan otros tantos,
produciendo encontrones violentos y caidas peligrosas. Otros más
pacíficos vienen con tiples, alfandoques, panderetas, tambora, y
cantando aquellos bambucos y bundes que sólo en tierra caliente se
oyen; los caballos de estos músicos ambulantes parece que
comprenden la misión que llevan, y caminan tan despacio como el
jinete lo necesita para llevar el compás de su tiple.
Medio distraído con las músicas y cantos de los que pasaban ya a
pie, ya a caballo, Consideraba cuán distintas son las costumbres de
un lugar a otro, y cómo los regocijos populares sirven muy bien de
medida de la civilización de los pueblos. Los romanos, por ejemplo,
antes de la éra cristriana, tenían espectáculos de fieras que
luchaban con un hombre, de gladiadores, en que los gritos de agonía
del vencido regocijaban al espectador y aumentaban el triunfo del
vencedor; y los españoles y nosotros tenemos todavía corridas de
toros a la mitad del siglo XIX!... En esto pensaba yo cuando un
golpe brusco dado en el hombro me hizo volver inmediatamente.
—Señor, me dijo el hombre que me hizo tal cariño.
—Señor? le contesté.
—Por qué no monta?
—Porque no tengo en qué.
Camine a casa y yo le doy. Después de este diálogo tan lacónico
como el de dos espartanos, me fui tras de mi hombre pensando en la
franqueza de esas gentes y admirando la generosidad de aquellos
hombres que en ese día no piensan sino en que todos se diviertan.
Habíamos andado una cuadra cuando me preguntó: ¿usted si se sabrá
tener, nó?
Tal pregunta me puso en el embarazo de nó saber qué contestarle,
porque o me acreditaba de cobarde o me esponía a montar en un potro
probablemente; pero al, fin venció el orgullo y respondí:
—Por su puesto, con tal que no brinque el animal en que yo
monte.
Se rió el picarón de mi hombre, y dijo: pues ese caballo que le
voy a dar era manso, pero hace mucho que lo tenemos engordando, y
quien iba a montar en él se arrepintió. Llegámos a la casa, y desde
la puerta lo alcancé a ver amarrado debajo de unos mangos. Me lo
acerqué y vi que era alto, gordo, fornido, lustroso y de color
castaño, el ojo vivo y de mirada alegre, nariz ancha y orejas
pequeña, no permitía que se le acercara nadie. En tanto que yo lo
contemplaba sacó mi hombre con qué ensillarlo y me dijó:
—Esta Silla es nuevecita, nadie la ha estrenado
todavía.
—Peor para mí, le contesté, porque tendré que amansar silla
y potro.
Para ensillarlo empezaron por taparle los ojos y sobarlo el lomo
hablándole quedo; pero aquel animal parecía nervioso, porque
cualquier cosita, cualquier rejito que le tocara lo hacía fruncir y
de vez en cuando bufaba como un toro que embiste. Por fin lo
ensillaron, quitaron los estorbos que había en el patio, y a los
chiquitos de la casa los llevaron para adentro, no fuera a ser que
los atropellara; un hombre lo cogió de la jáquima bien cerca de la
quijada y otro estaba pronto para tener el estribo, cuando Don no
sé qué, porque nunca supe cómo se llamaba mi protector; me convido
para que fuésemos a la sala. En el camino le pregunté por los
zamarros y él me contestó: Eso no usamos nosotros; espuelas si hay,
pero ojalá no se las ponga.
Cuando entramos a la sala,...
—Aquí te traigo el cachaquito para que me le dés un trago
de pechereque, le dijo a su esposa, que era mujer ancha, espaldona
y con un abdomen que al reírse se le movía como una gelatina; cada
una de sus palabras era un grito y cada carcajada un estruendo.
—¿Usted es que va a montar en el potro? me dijo midiéndome
con una mirada de pies a cabeza.
—Si, señora, le contesté con calma.
—Pues entonces, téngase.
—Eso pienso, mi señora.
Pronto estuvieron llenas dos copas de un aguardiente tan puro
que hacía escupir al verlo, y sin brindis ni ceremonias nos lo
acomodámos entre pecho y espalda y, manos a la obra!
No hubo novedad mientras montaba, y por lo que hace a mi figura
no acierto a decir cómo quedaría, pero supongo que los calzones
ajustados se irían a las rodillas, dejando a descubierto las medias
y los botines. Un muchacho cabestreó el caballo hasta la puerta
entre si brinco o no brinco, pero como en la calle había una
multitud de gente que esperaba tan sola para ver quién era el que
montaba en semejante animal, cuando los muchachos vieron mi
encogida figura y el caballo con las orejas arriscadas y la cola
fruncida, gritaron:
—Téngase de atrás; las mujeres: mírenlo cómo viene! y los
calentanos:
¡San Juan! Con esto y un lapo que le dieron, el tal caballo
salió corriendo como la ira mala. Todos me gritaron: téngalo!
téngalo! pero yo no tenía manos con qué hacerlo, porque la una era
para la cabeza de la silla y la otra para el sombrero. Cuando el
animal se sintió sin quién lo manejara y cuando los estribos (que
muy pronto perdí) empezaron a golpearle los ijares, entonces sí que
perdí la esperanza de salir con vida. Nadie lo pudo contener y unos
gritaban: uiste! otros: arre! todos lo espantaban, ninguno hacía
por contenerlo, por donde quiera que pasaba cerraban las puertas y
otros las abrían para ver correr aquella furia. Por fin empecé a
perder el sentido y al principio vi niebla, después no vi nada y,
adiós....
Me contaron después qué el caballo había dado vueltas por todas
las calles y que viendo que no era posible contenerlo y temiendo
que se estrellara con migo, habían resuelto enlazarlo de cualquier
manera; los rejos, según me dijeron, llovieron sobre mí; de eso sí
pude dar razón por las peladuras y cardenales que me quedaron. Y
fueron tantos los enlazadores que sobre mí cayeron, que uno me
echaba un chambuque al pescuezo, otro a la cintura, uno enlazaba el
caballo, otro caballo y jinete, y todos tiraban, y ninguno
aflojaba, como si yo fuera el Tesoro. Después que pudieron sujetar
el caballo me desenredaron, y dicen que les costó un trabajo
inmenso soltarme las manos de la cabeza de la silla, como si fuera
contrato con el Gobierno. Cuando volví en mí estaba en una venta
rodeado de una multitud de gentes que jamás había visto, y como
todos se interesaban tanto por mi salud, lo primero que hicieron
cuando abrí los ojos fue darme aguardiente, es decir, hacerme
perder otra vez la cabeza.
El dueño de la venta, que parecía un canónigo en traje de entre
casa, dijo que no me volvieran a hacer montar en ese caballo y que
él daría uno manso. Era este sujeto de estatura regular y
cilíndrica: cualquiera diría que era una pipa con cabeza; pero como
es necesario hacer justicia, diré que, si por la frente se mide el
talento, este hombre era la inteligencia personificada, pues le
empezaba desde más atrás de la coronilla; en una palabra, toda la
cabeza se le iba convirtiendo en frente; la nariz era arqueada, los
ojos pardos, sin cejas y su inicios entre dos enormes carrillos,
que, agobiados por la gordura, caían hasta más abajo de las
mandíbulas como caen los labios de un perro dogo.
El caballo que me tocó en suerte era el reverso de la medalla
del otro; así debiera sucederles a los que se casan después de
haber perdido una buena mujer. Mi caballo era rucio mosqueado,
chico y tan flaco que en él se hubiera podido estudiar anatomía sin
necesidad de quitarle el cuero; tenía la mirada lánguida y la boca
como la de los que están conformes con su suerte, es decir, con el
labio inferior más largo que el otro y en continua convulsión, como
si buscara consonante. Pero, eso sí, era animal que no necesitaba
de espuelas, porque lo mismo se le daba de que se las arrimaran que
de que no se las arrimaran.
II
Ya eran las doce del día más hermoso del mes de junio, cuando
los hombres empezaron a reunirse para ir a sacar a las señoras. La
banda de música, presidiendo el paso, hacía alto en cada casa de
donde había que sacar a alguna de aquéllas, a los gritos de
“San Juan!" con que todos la recibían.
Todas las señoras montaban en briosos caballos y la mayor parte
de ellas tenía enaguas blancas largas, y jardineras de merino azul
o verde ajustaban sus talles flexibles y delgados; muchas llevaban
capas y alguna que otra iba con el traje de pura calentana. De una
de esas casas salió un sol; un sol era según quemaban sus miradas.
Moneaba un caballo bayo naranjado, alto, gordo y muy proporcionado
en sus formas; pateaba el suelo orgulloso con su carga (miento, que
era tercio) tenía una obediente inquietud que lo hacía no estarse
quieto en tanto que su dueño lo contenía; en su cuello arqueado que
alargaba alternativamente ya hacia una, ya hacia otra de las
rodillas como para limpiar la espuma del freno, tenía crin blanca y
brillante que le caía del lado izquierdo, haciendo ondas en las que
brillaba el sol; la cola, que dejaba a merced del viento cuando
corría, parecía una pluma y en el movimiento airoso de las manos
parecía mostrar el orgullo de quien comprende que lo que hace está
bien hecho.
La señorita que montaba en este hermoso caballo se llamaba Rosa,
y bien lo era por su frescura, sus colores, su belleza y también
por sus espinas; qué agudas eran! todavía siento sus punzadas.
Supóngala, mi querido lector, tan amable como un niño, y con la
risa de la inocencia que asoma a sus provocativos labios, sin que
caiga en cuenta de que sus ojos dejan una herida donde quiera que
se fijan; que hieren sin querer; no le ponga más adorno que la
sencillez y una camisa bordada de sedas de colores, tan blanca y
fina "que las formas virginales del seno dibuje y
guarde"; ahora, imagínela con el cabello estudiosamente
abandonado por los hombros y con bucles negros que oscilen a los
latidos de su corazón o al menor movimiento de su inquieto caballo;
y por último, póngale un sombrerito negro con dos plumas y lazos de
cinta color de cereza que unas veces floten libres y otras vengan a
acariciar sus rosadas mejillas, y tendrá usted, mi buen lector, una
idea de lo que era la encantadora Rosa.
Después que estuvimos todos a caballo, empezamos a recorrer las
calles entre mil gritos, músicas y cantos hasta que salimos a un
inmenso llano para ir al río, y aquí fueron mis apuros, porque mi
caballo, aunque sonaba como una tambora al repique de mis
calcañares, no se daba por entendido de que muy pronto nos dejarían
atrás. Viendo que ni los gritos de “San Juan”, los
cohetes, los latigazos y ni aun las copas que yo tenía en la cabeza
lo hacían correr para alcanzar a la del caballo bayo, determiné
echarme a pie y dejar entregado a ese infeliz a su triste suerte;
pero viendo esto uno de los de la comitiva, hizo desmontar a uno de
sus hijos y me dio el caballo. Entonces sí que no dejé a quién no
atropellara, con quién no apostara a las carreras, ni dejé traje
que no rompiera con los estribos, en una palabra, corrí como en
caballo ajeno.
Ese llano por donde pasamos es de lo más pintoresco que he visto
en mi vida. La inmensa esplanada está rociada de casitas donde el
sonoro plátano convida a gozar de la sombra que brindan sus anchas
hojas, donde los naranjos y limoneros, unos cargados de flores y
otros de frutas, recrean la vista y el olfato, y donde de entre
espesos y cargados mangos se levanta la palma con su plumaje de
dengosas hojas que se dejan mecer a los soplos de la brisa como se
mueve el talle de una mujer para hacer un desdén. En todas esas
casitas tenían precisamente un gallo colgado de las patas con la
inocente intención de quitarle la cabeza, como hicieron con San
Juan.
|Dies irae! para los gallos y las gallinas también.
Pasamos ese llano a la carrera, visitando todas esas casas,
donde el saludo era un grito de “San Juan!” y después una
copa de aguardiente. En seguida empezamos a entrar a una vega de
árboles coposos y tupidos que formaban una techumbre de verdura sin
que en el pie hubiese ni una zarza que impidiera el paso. Ibamos
despacio gozando de aquel espectáculo tan agradable, cuando de
repente vimos el río!.... Parecía que acababa de abrirse paso por
entre esa vega, porque de un lado y otro venia besando los troncos
de los árboles y las gramas de la orilla, que se arrimaban hasta
mojarse en las primeras olas. Este río, aparentemente quieto y
silencioso, como el semblante de quien quiere ocultar la pasión que
lo domina, copiaba en su seno las ramas de los árboles, que se
alargaban como para mirar su imagen en el fondo de las aguas, antes
que algún soplo rizase la superficie, así como un recuerdo
agradable arranca una sonrisa que apenas asoma y muere. En este
momento me olvidé de todo para contemplar aquella escena de que
apenas tenía una idea. Yo no había oído la brisa que acompaña a los
ríos y que unas veces parece dormida sobre la corriente y otras se
levanta a las ramas de los árboles para mecerlas y arrancarles las
hojas que caen y siguen a su pesar el curso de las aguas, como caen
las horas en el pasado para no volver. Yo no había visto la
golondrina que viene rastrera sobre la superficie del agua, que
moja su pecho y se alza a su nido para amasarlo con el agua que
lleva embebida en sus plumas, y meditaba en todo esto, cuando
desperté al grito universal de “San Juan!”, y “San
Juan!” grité yo también para volverme a mezclar en aquel
bullicio. Ambas riberas estaban llenas de gentes de todas clases:
unos debajo de enramadas, otros debajo de los árboles, y muchos
debajo de toldos, y en todas partes ardiendo la hoguera en que se
preparaba la comida para después del baño, y en todas partes los
chuzos con pollos ensartados. Día terrible, vuelvo a decir, para el
linaje gallináceo!
Apuros de otra clase fueron los que tuve a la hora del baño,
porque por allá es más fácil que muchos no sepan persignarse, que
el que una mujer no sepa nadar. Ese día serví de diversión a todos,
porque cuando me vieron preguntando dónde sería menos hondo, hasta
los muchachos querían cogerme por su cuenta entre el río.
Después del baño empezó la música y dimos principio al baile. Yo
no sé si en los grandes salones y en medio de las riquezas haya un
instante siquiera que dé idea de la felicidad y de la inocente
sencillez de que se goza en escenas de esta naturaleza Allí, sin
más techo que las hojas de los árboles o el mismo cielo con su
hermoso azul que no tiene una nube que cruce a esas horas el
espacio, sin más alfombra que la grama o la ardiente arena; por un
lado la vega, que entre el follaje y los troncos oculta cierto
misterio que parece que convida a gozar o que "a los
huertos de amor brinda", como dice Saavedra, y por otra
parte el río que pasa torciendo su paso como para entretenerse un
poco más y gozar de aquella alegre fiesta; allí, digo, hay encantos
que no han saboreado nunca los de las grandes ciudades y los ricos
salones donde impera una tirante cortesía. o quisiera dar una idea
a mis lectores da lo que es oír los gritos de alegría que unidos a
los ecos de la música y al murmullo sordo del río, llenan el aura
de una armonía más propia para gozarla en silencio que para ser
explicada.
¡Quién pudiera hacerles sentir, lectorcitos míos, lo que es un
bambuco entonado en las playas de un río por dos voces femeniles,
sin más acompañamiento que los tiples! Ah! esto es para volver loco
a un buen cristiano.
Cuando el bambuco empezó, toda la gente fue formando un círculo
y dejando el lugar suficiente para que los bailadores se
exhibieran. No tardo mucho en presentarse un muchacho con
alpargatas limpias y calzón blanco tan bien aplanchado como su
camisa, con ruana de colores vivos y con un sombrero raspón que
medio ocultaba, medio descubría picarescos ojos. De una mirada,
buscó en todo el círculo la que quería sacar a bailar y se fue
hacia ella.
En tierra caliente no se usa más cumplimiento ni ceremonia para
invitar al baile que llegar delante de la pareja haciendo una
pequeña venia, y a esta invitación no se resiste nadie. Salió,
pues, la bailadora entre tímida y vergonzosa, pero sin esquivarse,
y luégo que se colocaron, uno al frente del otro como a ocho pasos
de distancia esperando a que los músicos entonaran un verso con su
estribillo, la muchacha pareció reconocer su puesto y se armó. Con
sus enaguas de linón azul, camisa fina y bien bordada, el cabello
negro y húmedo, suelto en bucles sobre los hombros y contenido por
una ligera corona de helechos, un pañuelo blanco en la mano que
apoyaba en la cintura y arregazando con la otra las enaguas de
encima como para dar campo a su inquieto pie, parecía desafiar a la
que más hermosa ,y modesta se presentáse allí; pero quién se había
de atrever, si era Rosa la que estaba en el puesto?
Empezó el baile y el canto también con esa poesía lírica tan
sencilla en su expresión como ardiente y constante en sus
resultados: cuartetos sencillos como hijos del pueblo a quien
sirven de intérprete; pero cuánto sentimiento hay en ellos! Dos
mujeres a dúo, acompañadas de tiples y del casi callado són de la
tambora, o como dice Pombo: “con salsitas de violín,
alfandoque o pandereta”, entonaron este cuarteto en tanto que
Rosa bailaba:
- Cuando dices son mis ojos
Los que tu alma está quemando,
Se te olvida que los tuyos
Me tienen desesperando.
Después de repetido por mitades el verso, empezaron a cantar el
estribillo de "Que se quema el monte, —déjalo
quemar— que la misma cepa —vuelve a retoñar”
Yo no sé qué calificativo darle a este baile; si airoso,
elegante o arrebatador; apenas oye úno su música, quisiera bailar o
gritar y, cosa extraña: es triste el bambuco también cuando se
quiere. Este aire nacional, tan antiguo como nosotros, es siempre
tan nuevo como el día que está pasando, y tiene tanta popularidad
como para el mundo la ha tenido la Iliada de Homero. Siglos vendrán
en que nuestra sociedad se haya regenerado al influjo de la
civilización y en que nuestras costumbres sean enteramente
francesas, y el bambuco será repetido como un recuerdo siempre
agradable: la marsellesa y el bambuco no morirán.
En el baile me pareció ver representar en pantomima la historia
de unos amores con todas sus peripecias, porque empieza el hombre
con su paseo hasta la pareja, como para invitarla; ella cede y lo
sigue, y ya se viene, ya se va; el hombre escobilla, mientras la
mujer zapatea; después se retiran desdeñosos y cuando el hombre
vuelve hacia el centro, la mujer también se acerca, pero al tiempo
de encontrarse, cuando ya parece que se tocan, la mujer con una
media vuelta se esquiva desdeñosa y se va, y entonces el hombre la
sigue siempre en tanto que los músicos suelen cantar el estribillo
de “Cógela cógela de la colita que se te va!”
Lo que me agradó también fue el ver que allá todas bailaban,
porque presentándose una mujer en el puesto, aunque sea una vieja,
la que baila le cede el lugar, y el hombre tiene que bailarlas
hasta que algún otro quiera venir a reemplazarlo. Después del
bambuco bailamos valses confidenciales y sabrosos, elegantes
contradanzas, caña y torbellino hasta que llegó la hora de la
comida.
Pocos de mis lectores habrá que no hayan gozado de una comida a
la orilla de un río y rodeados de lo más querido de su familia y
amigos, sin más asiento ni mesa que el mismo suelo, y muchas veces
sin más mantel que grandes hojas de plátano. En este día nos
sentamos alternando un hombre y una mujer, con el objeto de que
cada uno le sirviese a una de ellas, a riesgo de que muy pronto
ellas fuesen las que nos sirvieran, porque eso es lo que sucede
siempre. La comida era exquisita, y el orden era mejor; pero muy
pronto empezaron las lenguas a enredarse y los colores a salir a la
cara, y ya un hombre por alcanzar una copa tropezaba con una
botella., creyendo que no estaba tan cerca, ya una, señora exigía a
un hombre que tomase más de lo necesario, para lo cual se
comprometía a tomar con él, y en tanto yo que gozaba de fama de
talentoso, no sé si porque me callaba, fui invitado a brindar y en
menos de nada dije más disparates que palabras; eché contra el,
partido caído y elogié al dominante, hablé de literatura y de
ciencias como un estudiante de amores, todos me palmotearon y
algunos gritaron: ¡Viva el orador! y no faltó quien dijera: que se
repita! como en función de teatro. Todos quedaron satisfechos y yo
no supe lo que dije, ni los demás tampoco; pero así es como se gana
la popularidad.
Por la tarde volvimos a salir al llano, y como en cada casita
había un gallo colgado, todos pasábamos con la inocente intención
de arrancarle la cabeza, pero el que manejaba el rejo, en el punto
en que pasábamos tiraba y hacía levantar el gallo dejándonos con la
mano cerrada como quien sueña con una mochila de plata. En otras
partes un gallo enterrado esperaba, o lo hacían esperar, a que
alguno viniera a quitarle la cabeza de un machetazo. Pobres gallos!
si ellos tuvieran conciencia del sufrimiento, cuanto padecerían al
verse rodeados de gente que se ríe, y oyendo los acompasados golpes
de una tambora y los repetidos gritos de “San Juan!”. Y
todo esto tan sólo porque alguno mal vendado venga a cortarles la
cabeza.