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EL MAESTRO JULIAN

He cogido entre manos en esta semana cierto tipo que me está haciendo cosquillas, y que por cierto, para solaz mío, y no sé si para el de mis lectores, no lo dejaré en el olvido.

El maestro Julián vive aquí no más, a la vuelta de la esquina, y sin que yo dé más señas, bien cualquiera dar con él aunque no sepa dónde vive; pues tan popular así es. Y no vaya usted a averiguar su edad ni su procedencia: nadie las sabe. Viejos ochentones hay que dicen que cuando ellos iban a la escuela ya el maestro estaba tal como hoy, y siempre viviendo en la misma tienda que hoy posee; así es que no se le puede concebir sin su tienda, ni ésta sin él, pudiéndose decir que son uno solo, sin que pueda decirse cuál de lo dos fue hecho para el otro.

Este fósil viviente, y que parece un San Cristóbal de escalera, tiene allí en una especie de agujero su taller y establecimiento de cuanto usted quiera. Escuela de ambos sexos, sastrería, barbería, zapatería y despacho de correspondencia epistolar; todo se encuentra allí. ¿Quiere usted que le hagan una trampa? Pues no necesita ir en busca de un agente eleccionario, porque él se la hace de número cuatro, y tan sutil, que si se escapa queda al probarla debajo de ella, lo que no es muy extraño que suceda a los que tienen tal oficio. ¿Necesita un escrito de los de ante usted represento y digo? Déjese usted de buscar abogado, que le pide un sentido y no le hace cosa que sirva; el maestro sabe todas esas fórmulas tan necesarias que no dicen nada, y, sobre todo, le llevará muy poco por su trabajo. Además, allí, y sólo allí, pueden hacerle calzones de tapabalazo o fundillo, tan escasos hoy, le trabajan un documento de debo o pagaré con cuantos amarradijos quiera usted para que el deudor no se le escape aun que no tenga con qué pagarle; quitan manchas a la ropa de paño que no las tenga; le embolan sus botas con betún fabricado de humo de papel y panela; le remiendan cuanto tenga roto, se comprometen a cuanto usted quiera, y por último, le escriben cartas de amores para cualquier situación en que éstos se encuentren. Ya usted ve, señor lector, que un establecimiento de éstos no en todas partes se halla.

Sin embargo, todo esto se podría hacer allí sin grande inconveniente; pero lo que no se concibe sin hacerse uno cruces es el cómo el maestro Julián hace allí los oficios de casado, cuando conozco cónyuges que por no poder vivir estrechamente se han separado. Y no hay remedio: la pobre vieja su esposa, aunque no es creíble, desempeña allí todas las funciones de su ministerio con la gravedad que tan acucioso marido exige.

No se crea que esto es chanza: nó, señores, la tienda es tan pequeña que apenas tendrá cuatro varas por lado. Desde la puerta, que está en un ángulo, hay una banca de madera en que se sientan los muchachos y que da hasta la pared de enfrente; allí hay una mesa donde están los útiles de la escuela y donde se cortan las obras de sastrería y se hace todo aquello para lo cual hay necesidad de algún apoyo. Terminada esta mesa hay una puertecita fracturada en un tabique, detrás del cual hay un callejón angosto como un ataúd y donde está una cama en que no cabe sino una sola persona; así es que no se sabe cómo se acuestan ahí marido y mujer; a no ser que sea de medio lado, con peligro, eso sí, de quedar prensados y cuadrados como tabaco guaduero. Razón más en mi favor para preguntarme cómo podrán vivir allí dos casados. Al pie de la otra pared hay otra banca y en el rincón está la hornilla donde se desempeñan todos los oficios de cocina; siendo de advertir que el menage está colgado en la pared, encontrándose además allí un cuerno que no me acuerdo qué aplicación tiene. Las láminas, pinturas y el rejo para castigar a los niños, completan el adorno de las paredes. Por último, en medio de la pieza hay una mesita y una silleta que después sabrá el lector para qué son, y si algo se me olvida, súplanlo, que no todo lo he de decir yo.

¡Y cómo le cae qué hacer! Indudablemente el oficio que más plata le ha dejado es el de la fabricación de cartas le amores. Y si no, por aquí no más juzguen ustedes. En cierta casa hay una sirvientica que han criado desde pequeñita; llega a la edad en que los carrillos se le colorean a la vista de un hombre y el corazoncito se le inquieta con un negros tienes los ojos.

A la sazón un zapatero dandy (que también los hay zapateros) apuesta a chiccolearle cada vez que pasa por su puerta, hasta que por fin estas dos almas se comprenden dejándose llevar de esa pasión que los devora. La muchacha se tarda en el mandado; ya no quiere sino estar en la calle; se peina como la señora y alza la voz cuando la reprenden. ¿Qué hace un hombre al ver que una persona sufre así por un amor inocente? Va donde el maestro Julián y le encarga una carta en que le hable del porvenir dichoso y la tranquilidad impertubable; de la inocencia de su amor y de lo mucho que sufren dos almas ausentes. Y como quiera que el maestro sabe tanto de ésto, va y se la hace mejor de lo necesario, y hé aquí el rancho ardiendo. La muchacha la recibe, la guarda entre su seno después de que la da a leer, y por la noche, en tanto que las señoritas bailan, ella recoge lo suyo, y como esto lo hace a oscuras, se le enreda algo de lo ajeno y se va. El principio de esta historia es tan común que ni debi haberlo escrito, pero ya que empecé, procuraré acabar.

En los primeros días, la niña no sale de la tienda a donde la ha llevado su amante zapatero; después ya asoma la cara, en tanto que su Adonis por entregarse a los oficios de su nueva vida trabaja poco. Los gastos se aumentan, se nota que el amor se obtiene muchas veces hasta de balde y al fin... no quisiera decirlo, porque ya debe suponerse, la abandona.

Sigue, pues, el trabajo del maestro Julián, quien, como si fuera cura, no hay peripecia en la vida humana que no tenga necesidad de él.

La muchacha, como es natural, no quiso servir en unas partes y en otras no la admitieron; resultando de aquí que empezó a suspirar por su ingrato conquistador sin tener otro recurso para conmoverlo que decirle por escrito sus amarguras. Apeló, pues, al refugio de todos, y una mañana se paró frente a la puerta del maestro de escuela.

-¿Qué quería la niña?-le preguntó el viejo.

-Mire lo que le digo-contestó pasito.

El viejo se acercó, y como es sordo, se arrimó bien.

-¿Que si me hace una cartica?

-Carta de qué, -dice recio-, de amores?

-No es de amores; pero....

-Explíquese a ver, porque ya sabe: si es de amores no más, vale un real; si es de amor despechado, vale real y medio; si es de amor correspondido, vale dos reales. Conque diga a ver.

La criada, en vista de esta tarifa, le explicó lo que le pasaba.

-¡Ah! -dijo el viejo-, esas de amor dormido valen más, y tienen que traer papel.

-Hágamela por un real; no tengo más.

Por fin arreglaron mediante un aumento, pero en cambio le sacó la condición de que le pusiera corazones con flechas y un verso al fin.

Ida la criada, el maestro llamó al muchacho más entendido en la escritura, lo sentó en una banca y sobre la mesita que hay en la mitad de la pieza hizo que el discípulo pusiese lo que él le dictaba. Para que los demás muchachos no oyeran les ordenó que estudíasen sus lecciones dé doctrina cristiana, lo que ejecutaron con su sonsonete especial, a grito entero y cada cual por su lado. Resultaron, pues; de aquí, entre lo que él dictaba y lo que los muchachos gritaban, algunas curiosidades que no dejaré entre el tintero.

-Poné aquí arriba, le dijo él maestro: "Mi único amor," -Son tres, gritó un muchacho, mundo, demonio y carne. -"Pues ésta se dirige" -Al fin del mundo, gritó otro- "con el objeto" -De que nos libre Dios de las malas obras y deseos- "de que usted se imponga de mis desdichas" -Qué cosas son esas?- "de que es él solo causante." - ¿Y su cuerpo cómo quedó?- "Si usted no me hubiera sonsacado como está acostumbrado a hacerlo"-Cualquier hombre o mujer que tenga uso de razón -"yo estaría honrada"-Para tres cosas -"al lado de mis señoras"
-Mostrád cómo? -" y no estaría buscando" -Contra lujaría castidad. -"a tarde y a mañana" -¿Por qué tántas veces? -"a quien me ha perjudicado", -A la manera que el rayo del sol pisa por un cristal sin romperlo ni mancharlo" -"después que con el modito que tiene" -Sí tengo, y cada uno de los hombres tiene el suyo -"me sonsacó con los pocos trapitos que yo tenía," -Para que nos sirviésemos de ellos como de instrumentos y medios de conservación -"yo me pregunto" -Sóis cristiano? -"cuál es la causa de las causas?" -Los Apóstoles -"de que en mi pecho" -Y por qué en los pechos?  -"sufra tantos dolores?" -Eso no me lo preguntéis a mí que soy ignorante. -"Qué hago con" -Los rastros y reliquias de la mala vida pasada. "-lo penoso de mi vida?" -Acostumbrarse a decir sí o nó como Cristo nos enseña.

Concluída la carta, que no inserto toda por ser muy larga, dictó al amanuense este verso:

"Papelito, papelito,
Hacé lo que yo no puedo,
Que tú te vas a la gloria
Y yo en el infierno quedo."

-Amén!, gritaron dos muchachos.

Ninguna gracia habría hecho yo si no les contara las habilidades del maestro Julián como barbero. No cuente nadie con él los sábados y los domingos por la mañana, porque no tiene tiempo sino para limpiar a sus parroquianos tanto de cara como de bolsillo. Llegado un campesino, lo acomoda en un taburete, lo enjabona, y después de darle unas cuantas pasadas a la navaja en la mano, empieza su operación, para lo cual les coge la punta de la nariz suspendiéndolos casi, de manera que la infeliz víctima queda can la boca abierta, sin que pueda siquiera quejarse al saltársele las lágrimas, que por fuerza brotan al pasar una navaja que no corta. Los que tienen barbas saben lo que es bueno.

Un día llegó un hombre con el empeño de que le raspara la cabeza a navaja. -Si, señor, le dijo; porque tiene la cualidad de no decir nó a nada. Lo sentó pues, le recortó de raíz el pelo, y después de haberle enjabonado la cabeza tomó la navaja con la soltura y desparpajo de un Saunier. Empezó desde la corona y queriendo darle una pasada, como quien dice de violín, trajo la navaja hasta la frente, y bien fuera porque la parara mucho o por que no cortara, lo cierto fue que hizo |rrrrum sobre el pellejo, como hace el dedo sobre la superficie de una pandereta.

-Ai!, gritó el hombre; pero el barbero dijo: -No tenga usted cuidado que es porque el jabón está muy bravo. Y era la verdad, porque se le había entrado en cada una de las heridas que le había dejado en la estrepitosa carrera aquella infernal navaja. Deseoso el hombre de librarse de tal escozor, salió corriendo para lavarse en el caño; pero era el caso que los muchachos, que donde quiera son el diablo, le habían amarrado la punta de la ruana al taburete, resultando de aquí que en la carrera lo sacó arrastrando no sin enredar al viejo, que, con la navaja en una mano y un paño en la otra, cayó de espaldas largo a largo.

Mis 'ectores conocen ya una parte aunque pequeña de mi maestro, pero no se han imaginado de cuánto sirve su consorte. Una pareja más igual no se encuentra ni mandada hacer. Es que la experiencia y los años les han hecho ver que hay en la sociedad una multitud de personas que se dedican a
lo que hemos llamado artes y oficios; pero que las necesidades de la vida requieren quienes desempeñen ciertos quehaceres para los cuales se necesita también su aprendizaje.

La mujer del maestro es conocida en todas las casas de la población; así es que ella es el pañito de lágrimas en trances apurados. El día en que falta una criada, por ejemplo, y no hay quién vaya a la cocina, ahí está la mujer del maestro; ella vendrá a cocinar de día y de noche, volverá a su casa llevando una buena provisión para el estomago; y otra para la cabeza de su marido, pues no deja de contarle todo cuanto ha pasado. Ofrézcase un mandado, un oficito de pronto, ahí está |ña Calixta, que en el momento lo hace todo.

Y descuídese usted, señor lector, y verá que el día menos pensado le lleva una razoncita a la señora, o le deja escurrir un billetico en el costurero de la niña sin que usted sospeche nada.

Y es tal la habilidad esta antigualla, que sin comprometerse hizo que en una noche, a la misma hora, saliesen el dueño de la casa y la señora al portón, a tiempo que llegaron la criada de enfrente y un señor que se paraba en la esquina; es decir, cuatro personas distintas con un solo objeto verdadero. Por supuesto que el uno dijo que había venido a cerrar el portón; la señora que venía a ver si ya habían cerrado; la criadita dijo que venía por malvas para un enfermo, y el otro, que se encontró allí sin qué decir, entró haciendo mil reverencias a hacer una visita de cumplimiento.

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