ENTRE USTED, QUE SE MOJA
Novela enteramente bogotana, y
dedicada a mi amigo el señor Eugenio Díaz.
I
Acababa de salir de la imprenta de La Nación de comprar un
cuadernito llamado “Una ronda de don Ventura Ahumada”,
cuando empezó uno de aquellos aguaceros que no dejan duda. Por
desgracia me cogió con casaca y sombrero de pelo, sin paraguas ni
zapatones y sin un pañuelo siquiera qué ponerle a mi pobre
cubilete, que consideraba hecho arnero, pues de cada golpe que le
daba el granizo me parecía que lo pasaba de parte a parte. Jesús!
qué cosa tan terrible! El agua, acompañada de un fuerte huracán
pasaba de ramalazo en ramalazo con tanta violencia que levantaba
humareda; los relámpagos se sucedían y el granizo saltaba en el
suelo como confites en el óleo de un rico. Yo no tuve otro arbitrio
que agachar la cabeza y correr por el paredón de Santa Inés abajo.
Con las orejas hirviendo, la cabeza atolondrada, el agua
entrándoseme por entre el cuello de la camisa, y corriendo yo por
entre un charco, porque el caño iba de bordo a bordo, seguí calle
abajo, pensando en que mejor sería llegar de una vez a casa. Pero
como iba tan atolondrado, al llegar a la esquina, en vez de coger
para la derecha cogí para otra parte, y después de haber corrido
unas cuantas cuadras, caí en cuenta de que iba perdido: entonces me
arrimé a un portón mientras pasaba el agua. Era de una de esas
casas sin zaguán en las cuales apenas se abre la primera puerta ya
uno está en el patio. Como el agua me azotaba de frente con tanta
violencia, procuré arrimarme contra el rincón, y hube de hacer
tanta fuerza, que la puerta se abrió haciendo tal ruido, que en el
acto salieron dos perros a querer comerme, ¡así mojado como estaba!
Que me traguen, dije, pero yo no me voy de aquí. Me puse a
defenderme con el sombrero, y ya uno me asestaba a un jarrete, otro
a una rodilla, cuando salió una negra con un costal a la cabeza a
espantarlos con el palo de la escoba. Luégo que los perros
estuvieron en el solar, la señora dueña de casa me mandó decir que
entrara mientras que pasaba el agua.
Cuando ya estuve en la puerta de la sala y vi dos disfrazados,
me puse a pensar si estaríamos en carnaval o día de inocentes, pero
estaba tan atolondrado que ¿acaso pude volver en mi? Después de
haber saludado a esos dos personajes, me senté en un canapé y me
puse a examinarlos despacio. Era el uno un señor no muy nuevo,
alto, catire, con mirada de sabio a la moda es decir, como miope;
nariz de pitón, boca de bondadoso (que dicen que es gruesa, aunque
yo he visto muchos boquigruesos y muy poco bondadosos); con barba
de empobrecido; larga, tieza, y no muy limpia, y por último, con
pelo de equitador o maromero. Ahora, para el vestirlo empezaré por
abajo. En unos hermosos pies norte-americanos, tenía zapato con
rosas de cinta y hebillas, y después seguían las piernas con un
cuero tal, que imitaban perfectamente las medias de seda color de
carne: de las rodillas para arriba empezaba el calzón de Oidor;
después venía el chaleco blanco llegando hasta las caderas, y por
conclusión tenía una casaca de corte recto y guarnecida de galones
de oro, como las que se ponen los que salen a acompañar las
administraciones. Este era el uno; el otro era una señora, uno de
los restos de la antigua Colombia: baja de cuerpo, rechoncha,
inquieta; la cara parecía manzana guardada, y en cada sién tenía
une enorme rosca de pelo medio cogida por un pañuelo de seda morada
y cuyo principal adorno consistía en el nudo o rosa que con tanta
gracia (según ellas) se ostentaba del lado izquierdo. Estaba con un
antiguo traje de entre casa: jubón negro angosto, cerrado hasta más
arriba de los hombros y abierto por delante dejando ver una
pechuguera blanca; mangas bobas guarnecidas de encajes negros,
delantal color de aceituna, y por último, un pañolón de cachemira
color de fuego con una punta sobre el hombro y las otras
arrastrando como cola de canónigo.
Después de los cumplimientos de costumbre, la señora me dijo que
era preciso que me quitara lo mojado. Me excusé cuanto me fue
posible, pero me convenció de que no escamparía tan pronto y que
mientras tanto debía mudarme de ropa.
—Mire usted, me dijo: la ropa que le voy a dar y que es de
la misma que le dí al señor, era de mi marido, que murió hace
muchísimos años; después nadie se la ha puesto; con que así, no le
vayan a tener asco.
Mientras que ella se entró a abrir una enorme caja, según sonó
la tapa, yo me quedé conversando con mi compañero.
—Parece (me dijo) que a usted le habrá sucedido lo mismo
que a mi: me arrimé a la puerta, la señora me dijo: entre usted que
se moja, y me tiene aquí disfrazado, ni más ni menos que como usted
saldrá ahora. ¿Sabe usted quién sea esta señora? Yo hasta ahora la
veo por primera vez.
—Yo también la veo hasta ahora; en mis pesadillas la había
visto.
A poco salió ella diciendo:
—Porque los quiero tratar con confianza es que los hago
entrar a mi alcoba: con otros no lo hiciera. Entre, me dijo; ahí
está la ropa sobre la caja; usted dispensará, pero peor es que
tenga eso mojado encima.
Quien quiera saber cómo salí después, que se figure un Oidor en
traje de Jueves Santo, con excepción de la larga cabellera blanca y
la enorme y plegada golilla. Cuando yo me vi con esa ropa olorosa a
poleo y mejorana, me figuré que íbamos a representar alguna comedia
de Lope de Vega o Calderón de la Barca; y como tuve el cuidado de
sacar de entre mi bolsillo el cuaderno que había comprado esa
tarde, en el acto que salí, me dijo mi protectora:
—Mire qué bien le sienta ese vestido, como mandado hacer;
tal me parece que veo a mi marido; tan buen mozo, que era y tan
poco que le traté!
En seguida vino el suspiro de ordenanza, acompañado de un
Ay-ai!, tan indispensable.
—Y qué libro, continuó, es ese que trae ahí?
—Es uno llamado “Una ronda de don Ventura
Ahumada”, escrito por un señor Eugenio Díaz.
—Sí? Qué gracioso debe ser eso. Ah! si mi compadre era
templado!. terrible! Lo que él mandaba se hacía, aunque le costara
un ojo.
—Sí, dicen que era terrible.
—Ah! si yo les contara las que hizo aquí, verían si era
hombre enérgico, y por qué , lo llamaron juez de vivos y
muertos.
—Pero si yo les refiriera —dijo el otro—, la que
me pasó con don Ventura... Por él no me he casado, mi señora.
—¿Sí?
—Y por él estoy como estoy.
—Vea!
—Y por él se murió mi madre.
—Mire qué hombre!
—Y por él no soy Padre de San Diego.
—Mire qué lástima— le dije yo.
—Pues acaso no es bien misterioso usted con sus aventuras?
Cuéntenos primero su historia, después les cuento la mía, y
enseguida el señor nos lee el cuadernito, que bien célebre debe
ser. ¿Qué se van a hacer ahora? está lloviendo todavía y no hay
esperanzas de que escampe; esta es agüita de toda la noche; con que
empiece.
En esto nos trajeron el chocolate, rebosando de espuma
atornasolada, en pocillos de plata y un coco con orejas de león en
que le sirvieron a la señora. Mi compañero, no queriendo hacer uso
de la cuchara de plata, buscó la oreja al pocillo, lo alzó con
mucho cuidado hasta la boca, y estirando los labios y abriendo
tamaños ojos, le dio un sorbo con entusiasmo tal, que de seguro le
abrazó hasta el alma. En el acto dio un quejido, acomodó el pocillo
entre el pan, arepas, bizcochos y queso, y sacó el pañuelo para
enjugar dos lágrimas dignas de mejor ocasión.
—¿Que le sucedió, caballero? preguntó la señora con
sorpresa.
—El recuerdo de esa historia, contestó con mucha unción, no
puede menos que hacerme llorar.
—Ah sí! Hay casos en qué no se puede menos que llorar,
respondió la señora con tono afligido. ¿Y cómo fue su historia?
cuéntenosla aunque sufra: tengo curiosidad.
II
—Pues han de saber ustedes, dijo después de una buena
pausa, que a tiempo en que estaba estudiando en San Bartolomé, me
enamoré como buen estudiante, de una niña; pero de tal suerte, que
ya no pensaba en otra cosa. Para no matarme la cabeza, resolví no
volver a estudiar, pues antes me faltaba tiempo para pensar en
ella. Me convertí en centinela perpetuo, y primero faltaba el sol,
que yo en la esquina. Terrible pasión! Baste decirles que no había
tenido otra, ni después tampoco he vuelto a querer a nadie.
—Mire! dijo la señora; de eso no se ve en el día.
—Sí, mi señora, continuó más entusiasmado y como olvidando
la quemadura; a todas partes que iba la seguía de lejos: me
convertí en su sombra. Aunque nunca pude hablarle, porque la madre
como que era terrible; sin embargo, sí notaba no sé qué expresión
cariñosa en los ojos de la niña, que me tenía como atado a ella.
Llegué a tal estado, que me iba jubilando: contaba los balaústres
de sus ventanas, y no contento con eso, me propuse saber cuántas
tejas tenía ese techo feliz que albergaba tanta hermosura; poco me
faltaba para tirar pedradas. A ese tiempo, se le antojó a un
militar ir a pararse allí, y aunque no se estaba todo el día como
yo, sí tenía el tiempo suficiente para hacerme hervir la sangre. Yo
que me consideraba con derecho a priori, empecé a refunfuñar, como
perro que defiende el hueso.
El militar, que era cascarillas, y yo, que me preciaba de ser
más valiente que un estudiante de Salamanca, en menos de nada
armamos la camorra más espantosa.
—¿Con qué derecho, le decía, se viene a parar aquí?
—¿Con qué derecho se para usted? me contestó él.
—
|Interrogatio et responsio eidem casui cohaerent.
Responda usted a mi pregunta.
—Mire, me dijo, arrimándome el puño a las narices, a mí no
me venga con vejeces, hábleme en castellano, so cachifo
perdido.
No fue necesario más: era el peor insulto que se le podía hacer
a un estudiante. Me le fui encima, nos agarramos de donde se pudo,
y hechos un envoltorio fuimos a templar al caño. Luégo que nos
paramos un poco más frescos, convinimos en no irrespetar la calle e
irnos a dar de trancazos a la Huerta de Jaime. Allí nos dimos hasta
que nos supo a feo, sin que por eso se hubiera decidido quién podía
pararse en la esquina.
—¿Quién es por fin el que ha de ir a pararse allí? dijo un
curioso que nos había seguido.
Yo! contesté inmediatamente, y no lo había acabado de decir
cuando el otro me dio un pescozón que me dejó temblando. Allí
pudiéramos estar todavía peleando como gallos, si ese buen hombre
no nos hubiera hecho ver que tanto derecho tenía el uno como el
otro y que en ese caso, ocupásemos cada uno una esquina. Convinimos
en eso y nos fuimos a tomar mistela, porque entonces no había
brandy. Después que tuvimos cada úno nuestra copa llena, dijo el
militar:
—Brindo por esa china morena....
—Miente usted! le interrumpí; que es más blanca que un
alabastro.
—Hombre, me dijo con sorna, usted estará enamorado como yo;
pero no por eso debe cegarse tanto así: diga que tiene buen cuerpo,
que es alta, bien formada, y no diga que es blanca. ¿Donde tiene
los ojos?
—¿Y dónde los tiene usted? le grité inmediatamente.
—Adiós diantres, dijo nuestro tercero en discordia; ustedes
se van a volver a dar de moquetes por una simpleza.
—Pero supóngase usted, le dije, que si él dijera que es más
blanca que la nieve, bajita de cuerpo, gordita y graciosa como un
serafín, vaya con Dios, pero...
—Alto ahí, dijo el militar después de haberse bebido de un
sorbo la mistela; los dos como que estamos dando fuera del blanco.
¿Cómo se llama la suya?
—Yo no sé, pero lo que sí sé decir es que ella nunca se
casa con usted, por que ni la mamá ni yo lo consentiríamos
—Ah! es decir que usted está enamorado de la señorita, nó?
pues yo de quien lo estoy es de la criada.
—Ja, ja, ja! gritó el curioso, esto si que es lindo.
—Cuanto me alegro! exclamé fuera de mí.
—Yo lo mismo, dijo el militar; no soy tan majadero para
pretender a esa niña. Estoy seguro de que aunque fuera General y
que yo sólo hubiera echado a los españoles de aquí, y que usted
hubiera pagado la deuda de Colombia, no nos la darían a ninguno de
los dos para casarnos con ella, mucho menos así lámparos como
estamos. Ea; pues! esa chica está muy alto; dejémonos dé eso.
Desde ese día y con tales explicaciones no hubo compañeros más
inseparables, y en vez de uno éramos dos que nunca dejábamos la
esquina. Pero él, que no era hombre de hacer sitio por mucho tiempo
sin intentar un asalto, se resolvió a mandarle un recado a la
criada y que yo le escribiera una carta a esa niña, y para esto de
la conducción se valió de un hombre que hacía los mandados en la
casa. Por supuesto que yo me esmeré en decirle bellezas, y
terminaba por darle una cita para que a la noche pudiéramos tratar
la cuestión que tanto me importaba. Por de contado que mi compañero
hacía la misma cita a la chica, como él la llamaba; y todo quedó
así, hasta que por la tarde el hombre nos dijo que todo marchaba a
las dos mil maravillas, que la criada se daría sus trazas de salir
y que la señorita saldría a la ventana. Poco faltó para que yo
besara a ese hombre, y llegó a tanto mi alegría que le di cuanto
tenía en el bolsillo sin quedarme con qué almorzar al otro día: yo
creo que un gusto de éstos acaba tanto como un pesar.
III
Serían las nueve de la noche cuando los dos nos encaminábamos
llenos de esperanza hacia la casa. Apenas llegamos a la esquina,
encontramos al hombre que nos esperaba, y en el acto en que nos vio
nos dijo en voz baja, que lo siguiéramos. En el zaguán había un
cuarto, abrió con mucho cuidado la puerta y me dijo: usted estése
ahí mientras que voy y vuelvo. Lo que hizo con el otro no lo supe,
porque no lo volví a ver más. Los momentos que pasé allí a oscuras,
imagíneselos cualquiera: el corazón se daba tales golpes, que yo
creí que se me salía por la boca: era un toro bravo en el coso;
además, sonaba tan recio como una tambora y tenía que estar con la
boca abierta para no ahogarme. A cada ruido temblaba tanto
que no podía estarme en pie y tenía que arrimarme a la pared para
no caer. Si en ese momento hubiera llegado ella, nada le hubiera
podido decir porque tenía la lengua hecha una bola. Más de una hora
me estaría esperando sin que percibiera más ruido que el de los
ratones que andaban como riéndose, y cuyas agudas carcajadas
parecían una injuria a mi triste situación. Qué tiempo tan largo!
Creo que esto era suficiente para un infierno. Ya había perdido la
esperanza de todo, cuando empecé a sentir pisadas con botas en el
zaguán; creí que era mi compañero que salía, y pensaba llamarlo,
cuando abre el hombre la puerta y dice:
—Somos perdidos: el jefe político ha tenido un denuncio y
viene a rondar la métase entre este cajón, que aquí nadie lo
ve.
Le obedecí maquinalmente, y sin saber a dónde me iba a meter, me
dejé embodegar, quedando hecho tres dobleces hasta nueva orden.
Entonces fue cuando me ardió la imaginación: pensar en que todo se
iba a hacer público y que yo quedaría a los ojos de todos como un
ladrón; lo que ella sufriría por mí, y lo que sufriría mi madre....
ah! No había tomado todavía resolución alguna cuando otro la tomó
por mí, pues me sentí alzar con cajón y todo.
—Cállese, me dijo el hombre: consabido; voy a sacarlo con
bien. En la puerta están los gendarmes, pero como yo soy de la
casa, no me impedirán sacar el cajón. Y esto fue diciendo y
haciendo: cuando yo acordé ya estaba en la calle; pero no iríamos a
dos varas cuando un policía gritó:
—Alto ahí! ese hombre lleva un cajón, ¿cómo diablos lo
dejan pasar?
—Pero si yo soy de la casa.
—Qué casa ni que jaranas; usted se va ahora mismo para la
carcel.
—Sí, señor, pero permítame dejar aquí el cajón: ¿para qué
llevarlo hasta allá?
—Nó, señor: con cajón y todo va usted; y que le avisen
inmediatamente al señor jefe político que un ladrón está ya en la
cárcel.
Más valía; decía yo, estar entre el vientre de mi madre que
entre este cajón. Si. estuviera estudiando, nada de esto hubiera
pasado. De esta clase de consideraciones hacía mientras me llevaban
al trote, pero sin más provecho que el que causan las reflexiones
hechas sobre lo que no tiene remedio. Simplezas! Mejor sería no
meterse úno en camisa de once varas, que por lo que hace a
reflexiones, no falta sobre qué hacerlas aunque siempre sin
provecho.
Sentí por fin que estábamos en la cárcel, y después que mi
hombre me puso con tanto cuidado en el suelo como si llevara loza,
se sentó muy sí señor encima, con la mayor frescura del mundo.
Ah caramba! ya no podía de la nuca: tenía la cabeza en medio de
las piernas y las rodillas pegadas a la tapa de ese infernal cajón.
En tal posición pensaba yo en lo sabroso que estarían todos en sus
camas y lo sabrosa que estaría la mía.
A poco sentí tropel y uno de ellos decía:
—Aquí está, señor; lo hemos cogido con ese cajón al tiempo
que salía de la casa.
—Si? Pues que se prevenga.
—Pero mi amo, si yo soy de la casa y salía a
entregarlo.
—Y qué hay adentro?
—Nada, mi amo.
—Nada, nó? Abrélo ahora mismo.
—Mi amo, no abro porque....
—Porque qué?
—Es un poco de carne fresca y huele..., no muy bien.
Diablo! Cansadó de aquella posición ya iba a pedir socorro,
cuando alzaron la tapa y salté como un muñeco de sorpresa, más
tieso y recto que un caucho. Cuánta gente rodeándome! Unos con
faroles, otros con cabos entre cartuchos de papel, el carcelero con
un mecho, don Ventura Ahumada en medio, y todos muertos de
risa!
—Ola! don Carne Fresca, me dijo, que hace usted entre ese
cajón?
—Casi nada, señor.
—Se lo creo, y sin el casi quedaría mejor. ¿Y usted?
dirigiéndose a mi hombre; alcahueteando a los ladrones, nó?
Llévenlo ahora mismo al calabozo.
—El hombre se dejó llevar sin decir oste ni moste y yo me
quedé esperando mi suerte.
—Ahora tiene usted que decirme por qué se entró a esa casa
y por qué se hizo sacar entre ese cajón.
—Fui a esa casa porque la señora me mandó llamar.
—No hay tal; usted iba a robar.
—Imposible! exclamé, a ‘grito entero. Sostengo que me
mandaron llamar; no soy ladrón como usted me dice.
—Mire, me dijo, apretando los dientes y los puños y
acercándose cada vez más con un ademán no muy cariñoso; mire usted
que quien va a sonsacar a una criada, no es otra cosa que un
ladrón; el peor robo y que no tiene restitución, es el del honor, y
para. enseñarlo a que no ande inquietando criadas, ahora verá lo
que le pasa. Véte, le dijo a un gendarme, a llamar al cura.
—Pare en que tenga que confesarme, pensé con alegría:
—Y vos, Simón, continuó don Ventura, díle a la señora que
venga con la criada.
—¿Y eso para qué señor jefe político?
—¿Para qué? Para que se case ahora mismo.
—Con la criada!!!
—Con la criada.
—Nó, señor, eso es un atentado! una crueldad!! una infamia
inaudita!!! un....
—Cualquier cosa será, pero fritad se casa con ella, y esta
noche.
—¿Con la criada? aunque me ahorquen!...
—No será necesario ahorcarlo, mire; y me señaló él
cajón.
Ah hombre cruel!
—Pero señor jefe político, yo no estaba inquietando a la
criada.
—¿Entonces a quién?
—A la señorita sí quería prometerle; con ella sí más que me
castigue.
—Mírenlo qué sencillote! dijo abriendo tamaños ojos; y
usted, pobre estudiante, cómo pretende esa señorita?... Lo peor es
que ya no hay remedio, por que ella se casó.
—Se casó! dije dando un grito, y cogiéndome la cabeza con
las manos.
—Se casó, dijo don Ventura Con calma.
Fue tanto mi despecho, que quise meterme de cabeza entre el
cajón para no volver a salir más.
—¿Entonces no era usted quien estaba inquietando a la
criada sino el otro?
—Sí, señor, él era. ¿Y con quién se casó?
—Con su compañero; era necesario poner fin a los escándalos
de ustedes. Y cuánto siento esta equivocación; fue que me
informaron mal. Creyendo que el otro era el enamorado de la
señorita, lo hice casar con ella, y entonces era al contrario: mire
qué lástima! Y él si se calló la boca y sin chistar se llevó buen
bocado, porque la niña es bonita y rica.
Yo no volví a hablar palabra porque me parecía simpleza todo lo
que dijera después. Sólo al tiempo de irse don Ventura, le
dije:
—Espero que me dejará salir, porque me voy mañana.
—¿Para dónde?
—Para San Diego a meterme de fraile.
—No sea majadero, no haga tal cosa; por eso hay tantos
malos frailes: casi todos entran en un momento como éste o por
necesidad, pero sin verdadera vocación, y después se arrepienten
cuando no hay remedio. ¿Sabe lo que ha de hacer? Si quiere, le
consigo una plaza de aspirante en uno de los cuerpos que salen
mañana mismo. Hoy la carrera militar brinda mucha gloria a los
jóvenes; por allá se distrae y si no se casa, cuando vuelva vendrá
cubierto de laureles y entonces encontrará muchachas de
sobra...
.—Consiento, le dije, sin acordarme de mi madre que moriría
de pesadumbre.
Al día siguiente salí de aquí sin atender a nadie: estaba
loco.
En mi correría siempre fui el mismo: serví en la carrera militar
siete años; después me separé y anduve por Santa marta, Cartagena,
San-Tómas, la isla de Cuba y Jamaica siete años más. La única que
pudiera haberme hecho volver aquí era mi madre; pero dos años
después de mi partida supe que había muerto.
Yo creí que en mí el primer amor fuera como en casi todos,
concentrado y vehemente, pero que después el tiempo y el olvido lo
borran, dejando apenas un rastro en el corazón; que al fin se
cambiaría en un recuerdo agradable como la cosquilla que se siente
en una cicatriz que está sanando. Pero no fue así; el mío es
eterno, vivirá conmigo. Jamás he podido mirar a otra mujer, y así
es que he vivido libre de las cuitas, intrigas, enredos y bajezas
en que veo a los demás por causa de ellas. Jamás la olvidaré.... Yo
no oí de ella ni una palabra de consuelo, pero creo que sí me
amaba! Varias veces la vi fija en mí, y una mirada no engaña: hay
miradas que se profundizan mucho más que mil palabras, palabras que
en el curso de la vida se confunden con otras iguales o semejantes;
al paso que la mirada escoge su asiento en el fondo del corazón; su
guarda es el silencio; su protector la memoria.
Hará unos cuatro años que supe que la señora estaba viuda, e
inmediatamente emprendí viaje para acá.
—Oiga! dijo la casera; con que por fin...
—Pero en Mompox supe que había muerto también.
—Murió también!!, dije inmediatamente, pues esperaba otro
resultado.
—Sí, murió también, contestó con resignación y haciendo ese
gesto de quien se conforma porque no hay remedio; gesto y ademán
que la señora imitó involuntariamente, pues conversar delante de
ella, es como hacerlo delante de un espejo; todo lo repite.
—Seguí mi viaje, continuó, y hace algún tiempo que me
encuentro aquí, solo, sin amigos, y viendo todo nuevo y extraño
para mí.
—¿Y en qué tiempo moriría ella? preguntó la señora.
—No sé; me he propuesto no averiguar nada. ¿Para qué? ya la
perdí.
—¿Y muy joven se fue usted de aquí? volvió a
preguntarle.
—Tendría diez y ocho años.
—¿Y en qué calle vivía? ¿no la conocería yo?
—Vivía por la calle de las Aguilas.
—¿Por la de las Aguilas?
—Sí, señora, contestó abriendo tamaños ojos.
Adiós diantres, pensé yo, ésta le va a dar noticia de sus amores
y ahora mismo se nos vuelve loco. ¿Quién lo aguanta?
—¿Y podrá decirme cómo se llamaba?
—Laura.
—¿Y la madre?
—Carmen.
—Carmen! dijo dando un grito y enlazando las manos. Al
decir esto, sacó de un cajón de la mesa un papel, y le dijo:
—Su nombre de usted?
—Fernando Vizcaya.
—Fernando! gritó, señalándole la firma que tenía ese
papel.
—El hombre se fijó en la firma, después alzó a mirar a la
señora y como arrebatado y movido por un resorte, se lanzó sobre
ella con los brazos abiertos y gritó:
—Laura
—Fernando!... contestó ella recibiéndole en los brazos.
Ese papel era la carta que él le había escrito el día de su
casamiento con el militar.
Yo me paré delante de ellos para contemplarlos. Lloraban; pero
las lágrimas eran escasas, densas y pesadas: lágrimas de viejos que
rodaban de arruga en arruga, con precipitación, sin dejar el más
leve rastro por donde habían pasado. Parecían gotas de azogue. Es
qué triste ver llorar a dos viejos; se sufre mucho: las lágrimas
como que se han hecho para los niños. Los viejos lloran más con la
expresión que con las lágrimas, porque entonces el corazón está
cansado, el labio torpe y el párpado seco de llorar. Dos lágrimas
en ellos; dicen más que todos los gemidos juntos.
Dejo a la consideración de mis lectores lo que se dijeron
después, y únicamente les contaré, a guisa de epílogo lo que ella
le contó y que servirá para concluir este cuento.
—Don Ventura, de quien fui compadre después, cediendo a las
instancias de Antonio mi marido, y de mi mamá, fue quien armó esa
treta para llevarlo a la cárcel, cosas que hasta ahora sé y de que
caigo en cuenta, pues conmigo guardaron el mayor secreto. No hubo
tales amores de Antonio con la criada; esa fue ocurrencia de él
para engañarlo, y como yo dije repetidas veces que no me casaría.
con él hasta no saber la opinión de usted, entonces dijo que él la
sabía muy bien, que de quien estaba enamorado era de la criada y no
de mí. Antonio tenía de su parte a mi mamá, y usted no tenía sino
mi afecto, pero afecto que nunca pude dar a conocer sino con
miradas. Mi marido al día siguiente de casados, marchó en el otro
cuerpo que salió para el Norte el mismo día que se fue usted, y a
poco tiempo murió de una fiebre en el puerto de los Cachos,
dejándome en libertad para dedicarme al único pensamiento que me
acompañaba. Muchos quisieron después casarse conmigo, pero yo hice
propósito de no unirme a nadie, ya que había perdido lo único que
había amado en mi vida. Esta carta la encontré entre los papeles de
mi mamá después que ella murió, y la he conservado como única
reliquia suya. Y, cosa rara! creerá usted que jamás perdí la
esperanza de volver a verlo?
Ahora, mi amigo don Eugenio, tengo muchísimo gusto en convidarlo
a las bodas, pues sabrá que me nombraron de padrino.
Cuándo y dónde serán las bodas, es cosa que todavía no sé.