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MI COMETA
Dedicado al señor Tomás Pardo R.

Empiezo por confesar una debilidad. Yo soy hombre a quien se le da un pito para zurcir un articulejo, pero que suda lo que Dios sabe para hacer unos versos de los de ciento al cuarto. Y luégo, como me da porque los tales han de ser de lo más suelto y blando posible, pues tanto peor.

Envuelto en mí mismo estaría probablemente hace pocos días bregando en mi escritorio con no sé qué idea o sudando con una sinalefa que pretendía a todó trance endurecerme un verso, y no sé realmente lo que seria de mi, pero el hecho es que me hallaba ausente de todo lo terrenal, excepto del objeto a quien pretendía enderezarle los versos. Qué diantre! En qué estado de beatitud tan excelente me hallaba, cuando una voz hacia mi espalda dijo:

—Papacito, ¿me le pone los vientos a mi cometa?

—¡Qué! dije volviendo a mirar con los ojos saltados y la fisonomía aterradora. El despertar brusco de aquel estado celestial a esta vida, me produjo una impresión nerviosa tal, que me llegó a los pies. El niño quedó sobrecogido al verme, pero yo, soltando la pluma, le torné la corneta prometiéndole hacer lo que deseaba.

Entonces llegaron todos los recuerdos de mi niñez. La vista de aquel juguete produjo en mi el efecto de una melodía largo tiempo no oída, melodía que estuvo unida a las horas de felicidad muertas ya para el pasado, pero vivas aún para el recuerdo. Sentí en mi alma como el perfume que se empapa en el ala de una brisa y que sin saber de donde venga ni a dónde vaya a morir, nos trae el recuerdo de otros días en que habíamos respirado la misma esencía al lado de algún sér querido. !Qué más perfume que el recuerdo de la niñez!.

Todo aquello que recordé durante la operación y en tanto que el niño me hacia observaciones tan acertadas como él creía, según los conocimientos adquiridos ya en aquella materia, es lo que te dedico hoy, querido Tomás; tomándome sí una libertad, y es la de hacerte no solo Mecenas sino personaje de mi historia.

Es de advertir que con esto hago un grande esfuerzo. Yo no escribiría nunca mi propia historia; hay un cendal que cubre nuestras miserias y nuestras felicidades que repugna levantar uno mismo. Muchos han existido que, haciendo a un lado el pudor, se han presentado desnudos ante el público y ante su propia conciencia. No sé si hayan hecho bien, pero por lo que hace a mí, jamás haré tal desacierto. ¡Qué! si cuando llamándome a cuentas desciendo algunos peldaños dentro de mi alma, he vuelto tan horrorizado, ¿qué sería si intentase recorrer la historia de una vida que si por algo se ha hecho notable es por la ignorancia de su carrera?

Tú sabes que yo vine huérfano al mundo. ¿Podré decirlo así? Cómo nó, si cuando mi padre murió, apenas intentaba dar los primeros pasos asido de la falda de mi madre enferma  y decadente ya. No muy tarde se fue ella también y entonces quedamos mi hermano menor y yo en el nido sin que nuestras implumes alas aun pudiesen sostenernos en el espacio en que habríamos de vivir. bes también que nuestro segundo padre lo fue un virtuoso hombre a quien Dios premie; y es en la casa de don Bernardo Pineda, contigua a la tuya, en donde empieza esta mi narración.¨

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Tres tomos de autores selectos, la Gramática griega, el Nebrija, las Platiquillas, el Masústegui, el Arte explicado, la Geografía, un tintero, papel y pluma colmaban una chácara que maldito lo que nos pesaba cuando reunidos en la esquina del Colegio del Rosario y en vía para el de los Jesuitas nos metíamos en el zaguán de la casa de don Agustín de Francisco, o en los portales de los correos para hacer de consuno las oraciones latinas.

En esa chácara faltan los cigarros, el tacón para jugar la golosa, las bolas, el trompo, la ensaladilla contra los patanes y el medio real en efectivo para gastos extraordinarios, cosas indispensables, según dijo Saravia; en todo estudiante de aquellos tiempos, dirá cualquiera. Eso sería permitido en los otros colegios, pero no en el de los Jesuítas, en donde la chácara y otras cosas debían estar palpables y visibles en cualquier momento dado, como si fuera la conciencia de uno de sus neófitos. Ahí está Florido, nuestro Conserje entonces, sacristán hoy de San Juan de Dios, que diga cuántas veces nos registró hasta las entrañas y nos dio férula hasta en las narices. ¡Qué! Todavía recuerdó que un estudiante, por no quedar convicto y confeso de un crimen cometido con una vieja, se tragó un triquitraque con pólvora y todo (que pudo haberse reventado) antes que permitir que se lo hallaran entre su bolsillo. Aquello habría merecido la expulsión o cuando menos una vapulación docenaria | 1 . Entre nosotros el contrabando se guardaba como carta de noticias en tiempo de guerra, ya fuese entre los forros del capote, o de la chaqueta, y cuando era una ensaladilla o pintura en que la figura en primer término la formaba alguno de sus Reverencias (todavía lo escribo con R mayúscula porque me da miedo), entonces el papel se metía entre la funda o los forros del sombrero y a veces entre el escapulario.

¿Tú recuerdas lo que era un jueves en aquella época? El jueves significaba esto: una hora de estudio y otra de clase; lo que dura una misa generalmente pasada en contemplaciones acerca de los planes para lo futuro y, afuera todo el día! Una ves en el atrio de San Carlos nosotros parecíamos una bandada de mariposas viajeras en el mes de junio, o una manada de corderos a los que les alzan lo palos de la talanquera cuando el sol ha evaporado el rocío que, como lágrimas de la noche, brilla en la fresca y menuda hierba de la dehesa.

Espacio, luz, porvenir brillante y sin la sombra que dejan los desengaños, hé aquí la atmósfera en que nada un niño. ¡Al río! Vámonos a Fucha! era
la voz más general en los meses de verano, y hé aquí en bandadas a los estudiantes por esos trigos de Dios.

Mucho he voltejeado durante mi peregrinación por este mundo redondo, pero nada de lo que he visto se me ha quedado tan presente con los sitios que paseé en mi niñez. Aquí están como si los viese ahora, lo caminos y sus vallados cubiertos de malezas en donde reventábamos los sapos a pedradas después de provocarlos, la acequia en donde pescábamos guapuchas, los sauces en donde avistábamos el nido, los alfandoques de Tres Esquinas, los rosquetes del Puente de Santa Catarina, los llanos que pasábamos a volantines y la montada en los terneros; vivo está el recuerdo de la fuga en que nos ponían los abejones cuando nos perseguían porque les habíamos hurgado la cola para extraer el sabroso alimento que fabrican; y sobre todo el río, el río sobre su lecho de menudas predrezuelas en unas partes o de arena en otras, jamás se me olvidará. Allá estará todavía el pozo de “La Fragua” que nosotros veíamos como ahora consideramos la eternidad, misterioso e insondable.

Hay un hecho que nadie olvidará en su vida y es el día en que por primera vez puede uno sobreaguarse. ¡Oh! para mi el día en que abandoné las vejigas y pude sostenerme sobre el agua nadando como perro, será imperecedero. Aquella noche fue un eterno soñar nadando en los espacios a más no poder, y los días que pasaba en el colegio sin ir al río fueron largos como las eternidades de los réprobos.

Vistos hoy con ojo imparcial los grupos de alisos cenicientos que bordan a trechos las orillas del río sin rumores y casi sin aguas, no se podrá menos de confesar que aquello es melancólico como melancólicas son las extensas llanuras sin accidentes y sin más vegetación que la que, como una felpa arrasada por el uso, cubre el suelo siempre igual. Pero, sin embargo, ¡qué de perfume no traen estos recuerdos al alma hoy! Cómo no confesar que

“Las memorias campestres de la Tienen siempre el sabor de la
[infancia
Tienen siempre el sabor de la
[inocencia!
Esos recuerdos con olor de helecho
Son el idilio de la edad primera,
Son la planta parásita del hombre
Que, aun seco el árbol, su verdor
[conservan." | 2


A la fecha de mi cuento ya había yo pasado por esa escala rigurosa de las cometas en que se principia por aquellas que tienen por armazón tres espartos y unos pedacitos de cera, por tamaño el primer papel a que se le puede poner la mano, por rabo una tira de trapo y por cuerda un hilo; cometas qué tienen por objeto hacer ejercicio, pues para que encumbren en las calles hay que correr incesantemente hasta que quedan enredadas en el tejado más alto o en el cerezo del solar vecino. Había pasado también, sabe Dios cómo, de las cometas de miniatura al redondo y pesado pandero y, por último, deseaba llegar ya a la cometa hecha y derecha y con todas sus consecuencias. Y entro aquí en la historia de todos los sacrificios que hube de hacer y de todas las combinaciones que puse en planta a fin de conseguir los elementos para tan audaz empresa, atendidas mis fuerzas económicas y rentísticas.

Era lo primero conseguir los palos del armazón; para esto fui a la esquina de la Calle Real en donde don Jacinto Flórez estaba construyendo una casa, y allí le hice señas a un muchacho que pisaba barro para que me vendiese tres cañizos que tuviesen las condiciones necesarias, a saber: secos, poco nudosos y bien rectos.

—Yo me los robo, me contestó, de aquel montón que tienen destinado para hacer los cielos rasos, ¿pero cuánto me da?

—Te doy un tacón magnífico para jugar la golosa: con ese nunca se pasa por los infiernos y se llega en menos de nada a la tercer gloria.

Al oír el muchacho nombrar tacón se rió con una carcajada improvisada |ad hoe y siguió pisando su barro. Si la oferta hubiese sido hecha hoy día en
que hasta las niñas nacen con tacones, ¡cómo hubiera sido aquella risa!

—Bueno: si no quieres, te encimo unas calzonarias.

—¿Son de caucho? Muéstrelas a ver.

Cuando le hube mostrado el orillo de paño y la majagua que de un lado y otro me detenían los calzones en su tenaz tendencia a la gravitación, inventó otra risa más burlona y tomó pretexto para irse. El muchacho adivinó en mí la angustia que produce la necesidad y se propuso explotarme.

¡Quién fuera don Jacinto! decía para mí con los ojos preñados de  lágrimas que se querían saltar. ¡Cuántas cometas saldrían de aquel montón!

Le di por fin a ese desalmado un trompo nuevecito y que no tenía ni un |quiñazo y le encimé el cordel y las calzonarias. Por poco me pide el alma, como sucede en los tratos que se hacen con el diablo. Debo decir, no obstante, que el tirano compadecido de mí, me hizo donación de una de las calzonarias, y ya supondrás querido Tomasito, que fue la de |majagua la que me dejo.

Más alegre que si hubiese cogido el cielo con las manos, salía yo de allí con mis tres cañas (pues no me quiso encimar ni tanto así), cuando un sobrestante me dio el grito detrás:

—¡Hola, niño! ¿A dónde va con los cañizos?

Y esto decía cuando detrás levantaba una zurriaga tan larga como de aquí allá, sin |tantica mentira.

Como mujer sorprendida en un crimen, solté las cañas, caí sentado sobre el polvo y alcancé a mirar a mi verdugo llorando; pero como llora un niño en el supremo afan de sus desaventuras

—¿Por qué se roba usted los cañizos? me preguntó.

—Yo no los robé; aquel muchacho me los vendió, le contesté temblando de pies a cabeza.

—Yo no le he vendido nada, contestó el maldito danzando en el barro.

—Sí, señor, le di mi trompo, mi cordel, mi....

—¿Con que sí, eh? Venga usted acá, dijo tomándome por una mano. Vaya escoja allí cuantos cañizos quiera y que ese muchacho le devuelva lo que le ha quitado, que después ajustaremos cuentas con él.

¡Bendito sea quien imitando a Dios hace justicia en la tierra! La cara de aquel hombre no se me olvidará jamás. Hoy si lo viera lo llamaría para estrecharle la mano; pero nunca lo he vuelto a ver; quién sabe en cuál de nuestras guerras habrá muerto.

Como aun no me había atrevido a pensar con qué compraría la cuerda, le hurté a la cocinera de casa las que servían para extender la ropa que lavaba en la alberca y poner a asolear la carne fresca, y provisto ya de estos elementos me puse a desarrollar en grande los conocimientos geométricos aplicables a las cometas, que en mi carrera de niño había adquirido. Aquel exágono debía ser lo más regular posible, así fue que medí con la escrupulosidad más grande las cuatro distancias de los lados, seguro de que las cabezas saldrían iguales. Con la cuerda que me sobró después de hecho el armazón, medí doce tantos iguales al grandor de ésta, y hé aquí lo largo que debía tener el rabo. Vara y cuarta medía a lo largo y una vara de ancho, si es que mis recuerdos no se me han echado a pique con tantos tropezones dolorosos, que en la vida he tenido después. Porque haz de saber que los recuerdos de la niñez deben ser delicados como las redes cristalinas que la escarcha forma con los hilos de las arañas en las mañanas de verano sobre las hierbas de los campos.

Mi tío era esposo de una señora cuya familia fue de campanillas por su alcurnia, por su riqueza (que en mi tiempo ya había venido a menos), y por los servicios que prestó a la patria. Agustín Rosas, a quien la historia llama Andrés porque así. se, hizo llamar cuando los españoles lo fusilaron, fue sacrificado en Popayán a los veintiún años, llevando ya las charreteras de coronel. No menos servicios prestó Gabriel, quien con igual graduación murió algún tiempo después de la acción del Santuario, sucedida en 1830. Y cuento esto para dar a entender que mi tío era hombre de papeles. Calcule si nó; tenía por montones las Gacetas de Colombia, coleccionadas sin faltarle una sola; tenía El Duende, El Día, y qué sé yo qué más; ¿pero daría un papel de aquellos? ¡Si acaso! Primero le sacaban una muela cordal.

Perdida toda esperanza de obtener nada allí, tuve la audacia de entrarme en la casa de un inglés amigo de mis tíos, y tan leal, que hoy cuando casi todos han desaparecido ha hecho de mí un amigo como para no dejar extinguir el recuerdo de aquellos a quienes favoreció con su amistad. Una vez delante del doctor Davorem, ¿sabes lo que me pasó? Pues me cargó con un montón del Times, es decir, con unas sábanas de papel tan largas y tan anchas que con un número de ese periódico había para mil cometas, lo menos. ¡Vé si estaría contento! Quitarle el almidón a la aplanchadora y conseguir tijeras, todo fue obra de un momento; así fue que en menos de nada tuve forrada la cometa y con un fleco más largo que un día de hambre.

Mucho bregué por igualar el viento del centro y los de arriba, pero de un modo o de otro ya la cometa estaba lista, no me faltaba, como quien dice, nada, sino conseguir los trapos para el rabo y la cuerda para encumbrarla.

Entro, pues, en la historia del rabo, y a la verdad que en buenas me meto, pues a fe que si no hablara de mi cometa, pondría punto en boca y dejaría el asunto a plumas mejor cortadas.

Los trapos deshilachados y mugrientos son, a mi ver, la imagen de nuestras dolencias secretas; en ninguna casa, por opulenta que parezca, dejan de ocupar un lugar recóndito que se procura ocultar a los extraños. Y cuántas veces bajo un rico frac, bajo los espumosos encajes que adornan un traje de moaré, se ocultan.... Mejor será dejar esto también a plumas mejor cortadas.

Como el rabo debía ser de distintos colores, defraudé a una criada de no sé qué prenda de su ropa blanca, y para conseguir unos trapos me entendí con un negro aprendiz de sastre donde Mr. Dupuy. Ese contrato fue de lo más disputado. Según las estipulaciones hechas, debía yo darle al negro el pan de mi chocolate durante una semana y obtendría en cambio el derecho a la basura del taller, la cual me entregaría el domingo. Dueño ya una vez de aquel rico botín, hallé retazos de calamaco colorado, de paño negro y mil variantes más que dieron al rabo el aspecto más hermoso que en mi vida he visto.

No sé sí debiera callar el medio que empleé para obtener la cuerda, pero como el historiador debe ser verídico no ocultaré nada.

Cerca a la primera Calle Real tenía una muy surtida tienda de botillería una joven que al haber tenido narices o siquiera un amago de ellas, habría sido de lo más elegante entre el bello sexo. Y como de aquella falta de que adolecía nacían la falta de buen timbre de voz y otras que no le faltaban, la pobre se volvía pura miel con quien siquiera la saludase al pasar por su calle. Por fortuna para ella, y creo que para mi también, un estudiante acertó a escribirle una carta diciéndole que ella era el centro de todas sus aspiraciones; y no le faltaba razón, porque lo que él deseaba era vivir a sus costillas, no comiéndole medio lado sino cuanto tenía en la tienda. Como aquella carta debía ser contestada incontinenti, fui llamado como amanuense y depositario de ese secreto. Pactamos que por la carta me daría cuatro ovillos de cabuya; pero por supuesto no se habló de uno que otro dulce que al descuido me engullía cuando ella volvía la espalda.

Por lo visto, el amor del estudiante iba creciendo a medida que los tabacos y demás regalos se sucedían, y como el tal no podía verla sino los domingos, había epístola diaria tan segura, como seguros tenía yo los ovillos de cabuya que ganaba. Al terminar la semana tenía un montón tan grande que hasta vergüenza y cargo de conciencia me daba ya el verlo. Pero en fin: previsto está que de las debilidades de unos nacen las fortalezas de otros.

En aquel tiempo el mes de julio había dejado correr muchos de sus bellos días; estaba, pues, en lo que se puede llamar el vigor de su existencia. En uno de esos domingos, acaso el tercero, después de haber salido de la congregación, en donde como polluelos, bajo las alas de una capilla perfumada y llena de luz de aurora, practicábamos los oficios de obligación, nos dimos cita para después de almuerzo con el objeto de ir a San Diego a encumbrar mi cometa.

Yo quisiera saber si tú has hecho algunos estudios psicológicos, y si en el caso tal, has podido averiguar cómo es que los recuerdos se hallan colocados, en el cerebro. ¿Por qué algunos de ellos aparecen con una tenacidad incontrastable, siendo de advertir que esos recuerdos son muchas veces pertenecientes a hechos y cosas enteramente sin interés en la vida? Cierto paraje de un camino solitario, el vuelo precipitado de una ave pasajera, las facciones de un rostro sin hermosura y sin interés, visto de paso, el grito que hemos oído en un campo, grito que ha podido perderse en nuestra imaginación como se perdió en el espacio; ¿por qué se conservan vivos en la memoria? ¿Qué los detiene allí si no están ligados a nada que
pueda interesarnos? Ahora, ¿por qué el recuerdo de otros hechos que forman parte de nuestra historia aparecen sin consistencia, Indecisos, débiles, y sin forma visible como si hubiesen sido vistos al través de un sueño, en tanto que hay sueños que toman el vigor y la fortaleza de los hechos positivos?

¡Qué domingo! ¡qué domingo aquel! Ni una nube en el cielo, ni una sombra en la tierra. El sol derramaba luz esplendorosa desde un espacio azul, profundo y sin límites como Dios reparte misericordia sobre sus criaturas sin distinción alguna; las brisas frescas, puras y sutiles parecían esperarnos detrás de ciertas esquinas para sorprendernos con alguna chanza que a veces pasaba de lo mandado, pues no contentas con alzarnos la ropa, nos botaba haciendo rodar hasta el caño nuestro sombrero de panza de burro o la cachucha de paño verde.

¡Oh! ¡con qué audacia se rompe en la niñez el soplo que nos detiene en el camino, soplo que vigoriza nuestras fuerzas y ensancha nuestros pulmones, y con qué debilidad se sienta el anciano a dejar pasar el huracán que le estorba el paso, le enturbia la vista y oprime el pecho con el polvo que lleva en sus alas!.

A las once de la mañana estábamos reunidos en el zaguán de casa todos los convidados, incluso Julián, de quien intencionalmente no quería hablar. Es tan penoso traer recuerdos dolorosos, y restregar heridas que aún no se han restañado! Tu hermano, y compañero de mi niñez, se fue ayer no más, como aprovechando un descuido para que no lo detuviesen los que tanto le amaban. Ojalá desde la eternidad acepte la terneza del recuerdo que le dedica uno de sus compañeros, precisamente a tiempo en que remueve en la memoria los perfumes más exquisitos de su vida.

Disputándonos el derecho cada cual de llevar alguna cosa, díle a uno la cuerda, a otro el rabo, a éste el engrudo y papeles llevados a prevención, como quien dice los vendajes, para el caso de una caída o cualquier accidente, y yo me reservé el derecho de llevar la cometa.

Aumentando el cortejo con los curiosos que se nos iban agregando a nuestro paso por la Calle Real de las Nieves y las de los Tres Puentes, entrámos en la plazuela de San Diego con el orgullo y la confianza de buen éxito con que los soldados de Atila, Alarico y Breno llegaron a las puertas de Roma sucesivamente.

Allí encontramos diferentes grupos diseminados en el llano esperando la ocasión de poder encumbrar sus cometas; pero era el caso que el viejo Eolo estaría retozando con las Ondinas quién sabe dónde, y no había parecido en toda la mañana. ¡Qué desesperación! El marino a quien sorprende una calma chicha en buque de vela, escaso ya de agua y provisiones, o el labrador que con todo el trigo derramado en la éra abre los ojos y escudriña por todas partes buscando alguna señal de viento, sufren menos que quien después de tanto sacrificio se encuentra con que no puede ver alzar su cometa. Las nubes posadas en los horizontes como montones de ruinas inmóviles, las hojas de los árboles como incrustadas en un espacio de plomo y un sol que abrasa, era lo que por todas partes se nos ofrecía.

Por fin una voz dio el grito de alarma y todos nos preparamos para maniobrar. Efectivamente, las hojas de los cerezos lejanos se estremecieron con un rumor particular, una nube de polvo se alzó en torbellinos y las primeras oleadas llegaron hasta nosotros.

A la voz de “eche”, se alzaron las distintas cometas, otras volvieron de cabeza contra el suelo y la mía se levantó majestuosa como una gaviota sorprendida por el cazador en el ribazo de los mares. Cobré cuerda unas tres veces y le di sustos otras tantas, hasta que por fin logré colocarla en una corriente de aire que le hizo cambiar de posición. Con inclinación constante hacia el Noroeste fue cobrando con tanta celeridad, que la cuerda pasaba con detrimento de nuestra piel, por entre las manos, como si fuese un hilo de fuego.

La emoción que en estos momentos se siente es inexplicable; el más leve enredo en la cuerda, la más pequeña detención podía causar una cabeceada o la ruptura de la cuerda. Ya se habían notado uno o dos movimientos de la cometa a derecha e izquierda algo alarmantes, la cola había azotado el espacio como si fuese una serpiente en agonía y por instantes se vieron volar tiras de papel arrancadas al fleco, como las plumas de una paloma destrozada por el halcón.

Por fin la aterradora voz de “se acabó la cuerda!” vino a esparcir el pánico en todos nosotros. No había más remedio que correr en el sentido de la aspiración de la cometa para ver si se colocaba en otra corriente más débil, y así se hizo; pero aquel juguete parecía arrebatado por algún demonio, pues mientras más corriamos detrás, más se alzaba con una fuerza prodigiosa. No nos quedó por fin más recurso que sacrificar algún sombrero para echarle de aviso, y el del criado de casa fue elegido. Practicámosle un agujero por la copa, lo soltamos y en el acto empezó a subir hasta que llegó a los vientos. Entonces se sintió algo de pesantez que la hizo descender probablemente a alguna corriente más baja y pudimos descansar de aquel estado tan peligroso en que nos hallábamos.

Por unanimidad de pareceres se convino en que era preciso cobrar cuerda para tener de reserva y no ser sorprendidos en caso de un nuevo huracán. Esta operación la hicimos por turno todos para tener el gusto de soguear y sentir el impulso que la corneta ejerce sobre las manos; dos de los que habían cumplido este antojo empezaron a ovillar de nuevo y otros dos a desenredar los amarradijos que se formaban en las matas que a nuestro alrededor había.

Con qué placer veíamos entonces el movimiento que la cometa hacía a cada impulso de nuestros brazos al cobrarle cuerda; parecíanos ver a un nadador cuando trata de vencer la corriente, en tanto que la cola se movía aquí y allí como la de un perro que acaricia al amo recién llegado. Así fuímosla trayendo sobre nosotros hasta que un grito de deleite sonó unánime en todas las filas.

“Parada en cuerda!” gritaron todos llenos de alegría. Este era un triunfo que compensaba nuestras anteriores angustias. La cometa había llegado a colocarse casi sobre nuestras cabezas y permaneció inmóvil. El águila que otea su presa antes de precipitarse sobre ella es menos hermosa.

Esto no duró mucho tiempo y empezámos a sentir una flojedad que nos alarmó. El calmazo se presentaba de un instante a otro. Nuestros brazos no alcanzaron a cobrar con la presteza debida y la cometa descendía con gran celeridad. Entonces apelámos a otro recurso y fue el de correr hacia adelante para proporcionarle una corriente artificial. Si hubiéramos permanecido allí, la cometa habría caído en el cementerio y la habríamos perdido.

Pensábamos bajarla definitivamente, cuando un grito general llegó hasta nosotros, dado por los que encumbraban sus cometas en la plazuela.

El huracán, por uno de esos cambios repentinos de la atmósfera, volvía acompañado de una llovizna que se desprendía desde el cerro.

—¡Tenga cuerda desenvuelta!, fue mi orden, y me preparé para afrontar el nuevo peligro.

Volvimos a mirar las cometas que habían quedado a nuestra espalda y comprendimos la suerte que se nos esperaba. El ruido de las de fleco volado, de las de zumbador y los gritos de los niños en su desesperación, nos hicieron comprender lo inminente del peligro y lo afrontámos con serenidad, ya que no era posible evitarlo.

Hoy veo representado en aquellos juguetes lo que pasa a los hombres públicos. Más o menos, todos ascienden en escalas, pero raros son los que descienden pacíficamente o por lo menos sin avería, a la vida privada. Había allí cometitas inquietas, cabeceadoras, que cambiaban de puesto a cada instante y que por falta de lastre, como quien dice de instrucción alguna, están destinadas a perecer enredadas en algún arbol o en la cuerda de otra cometa más grande. Estas son el chisgarabís de las cometas. Vi otras de carácter insidioso que llevaban en la cola oculta la navajuela, y ay! de la cometa que pasase por cerca de ellas, porque entonces con un movimiento rápido como un rayo cortaban la cuerda, aun la más fuerte. Los que tienen de esta clase de cometas son odiados y se huye de ellos instintivamente. Podía verse allí también aquella clase de cometas de las cuales nada había qué temer, pero a las que se les dañaba algún viento, se les caía el peso que les habían puesto en el rabo o se les rompía algún listón, como si dijéramos de algunos hombres: se les afloja algún tornillo, y entonces empezaban a dar vueltas sobre sí mismas con toda la celeridad de un ringlete hasta que se daban contra el suelo haciéndose mil pedazos. Algunas de estas cometas solían descender en línea oblicua como un meteoro, pero acontecía también que antes de estrellarse se rehabilitaban y volvían a ascender a la altura de donde habían venido.

El huracán y la llovizna no tardaron en caer sobre nosotros y la cuerda empezó a llevarse la piel de nuestras manos y aun pedazos de nuestros vestidos; casi se le veía humear en dondequiera que se rozaba con algún objeto. No tardó en convertirse aquel campo en un desorden espantoso. Las voces, los gritos, los lamentos se sucedieron en medio de la más cruda agitación.

—Tengan aquí porque me arrastra!, decía uno.

—Métale cintura y afiance con el pie!, contestaba otro.

—Ay! Ay! No sea bestia! Aguárdese me desenredo el pie, porque me lo trueza!

—Cuerda! Más cuerda!

—Se enredó aquí y no se puede soltar!

—Truece con los dientes, pero no vayan a echarle nudo corredizo!

—Arre, diantre! que me arrastra, yo la suelto! Me quema las manos!

—Madre mía y señora! Se va a reventar. Más cuerda!

—Se enredó en esta mata y no se puede soltar! Qué hacemos en este caso!

Un alarido general fue acompañado de una terrible voz.

—“Se reventó la cuerda!”, dijimos todos y partimos corriendo.

Una puñalada dada a traición producirá el mismo movimiento que la ruptura de la cuerda para una cometa. Hay cierto estremecimiento, un no sé qué de repentino y trágico que es inexplicable. Mi cometa se fue hacia atrás después del estremecimiento brusco que se le vio dar, y luégo lentamente, como un cuerpo sin vida, midió los espacios dando vueltas sobre sí misma. Ave herida en la mitad de su vuelo, descendió como luchando en los espacios con su agonía.
Dehesas, solares, barrizales, cercas, vallados, matorrales, nada nos detuvo hasta que encontrámos las paredes mudas y silenciosas que guardan a los muertos. Gritámos para que nos abriesen la puerta, nadie nos abrió; golpeámos repetidas veces, pero nadie contestó. El objeto de nuestras afecciones había acertado a caer en donde han caído tantos seres queridos y que ya no volverán. Imposible que entonces hubiera yo de imaginarme, que aquello no era sino un símbolo de lo que nos pasaría en la vida. Allí cayó mi madre y sucesivamente...

Después de haber recogido los restos de cuerda que nos quedaron, volvimos para nuestras casas, con el alma llena de amargura, los vestidos húmedos, la piel desgarrada, las manos heridas y la esperanza muerta!

Allá quedaron, Tomás, todos los afanes, todos los esfuerzos, los sacrificios, las humillaciones, el orgullo y la alegría infantil, no comparada, eso sí, con nada de la vida.

1 En las funciones religiosas que los Padres de la Compañía celebraban con el nombre de |Mes de María, un estudiante esperó una noche en el atrio la salida del concurso allí encerrado. Al pasar una vieja que en una mano llevaba su linterna encendida, en la otra la camándula y en los labios una oración, se le acercó el pillo y con el aire más compungido le dijo: —Tenga la bondad, por amor de Dios, de prestarme la candela para encender mi tabaco. —con mucho gusto, contestó la vieja, y lo abrió la puertecilla a la linterna Luégo que el picaro le prendió la mecha a un |triquitraque y lo dejó allí, se contundió entre el concurso. ¡Ave Maria Purísima San Jerónimo Bendito! fue la exclamación de la abuela al lanzar el farol tan alto como pudo; ella creyó ser destruida por una bomba infernal. Excusado es decir que al estrellarse el farol en el suelo no quedó ni un vidrio bueno. Ya se puede, pues, adivinar que aquel a quien al día siguiente se le hallara siquiera olor a pólvora, estaba perdido. De aquí el haberse tragado el |triquitraque que al empezar la averiguación del hecho.
2 Gregorio Gutiérrez González.

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