UNA DOCENA DE PAÑUELOS
Al señor Ricardo Silva
Me metiste un clavo, Ricardo, y a fe que no me quedé con él
adentro. Por supuesto que ya ni te acordarás de que una vez que
estuve en esa capital a emplear mis cincuenta pesos, tú me metiste
unos pañuelos "rabo de gallo”, tan caros como te dio
la gana. Por poco que no me queda plata con qué comprar el clavo,
la canela, las puntillas y demás artículos que formaban el
presupuesto de mi factura. De lo que sí te acordarás, porque eso se
lo dices a todo el mundo, es de los argumentos que me hiciste para
convencerme de que debía darte mis cincuenta pesos por la docena de
pañuelos. Ya, que eran pañuelos madrases muy finos, pinta firme;
ya, que eran tan grandes que con uno solo habría para toldo de un
ejército; que la guerra del Norte había hecho subir los algodones Y
que en Inglaterra estaban las fábricas casi sin trabajo por falta
de materia prima; que esos artículos eran caros porque en Europa se
manufactura tan sólo por los pedidos especiales de estas plazas,
pues debía suponer que las parisienses no usaban pañuelos
“rabo de gallo”, ni fulas; y sobre todo, que siendo
artículo de tanto consumo no debía regatear, pues ya no quedaba
sino esa docena y que me la vendías por ser a mí, pues la tenían
apartada. Diablo! me acuerdo que si apuras mas la dificultad, te
dejo mi plata y firmo una obligación por el resto.
Cogí mi docena de pañuelos, compré mis otros chismecitos, tomé
al fiado en el almacén de Párraga y Quijano las bogotanas y cuartos
listones, acomodé mi carguita y, vámonos para nuestro pueblo!
Te juro por San Crispín el sabio, que nunca habrás tenido sueños
como los míos. Cuando se tiene factura adelantada y el
consignatario anuncia que los bultos están de Honda para arriba, se
goza mucho; pero nunca, eso sí, como un principiante que lleva
consigo todo su capital y toda su esperanza en una maleta. Nunca
hizo la lechera cuentas como las mías. Estudié por el camino todo
lo que me habías dicho para decirselo a los indios y sacarles un
doscientos por ciento en mis pañuelos.
Y cómo crecía mi capital como si fuera espuma! Qué de esperanzas
fundadas en aquellos chismes! Qué disertaciones mentales acerca del
trabajo y lo próspero del comercio, que en todas épocas ha servido
para llevar entre sus fardos, no sólo la riqueza material, sino la
intelectual también! Un pueblo sin comercio es un pueblo bárbaro,
decía para mi, y orgulloso por ser comerciante, traía a la memoria
la gloria de los fenicios; y qué se yo qué más diabluras pensaba,
hasta que llegué a casa.
Aquí debía poner yo punto, dejar lo anterior como disertación
preliminar y empezar con números romanos una serie de artículos;
sin embargo, me contento con poner sólo esta rayita.
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En jueves llegué a mi pueblo; al día siguiente es el mercado
grande, con el item más de que el jueves próximo era día de Córpus.
Me iban a faltar manos y pañuelos para vender. Muy a la madrugada,
entre oscuro y claro, me fuí para mi tienda, que está en la plaza,
y empecé a arreglarlo todo. Los cominos en muy finos cartuchos
aquí, allí la canela y el azafrán en envoltorios muy grandes para
darlos cada uno por una mitad, pero por dentro con dosis
homeopáticas; las piezas de bogotana, que fueron dos, bien
extendidas para que ocultaran un hueco; los cortes de zaraza
colgando desde la tabla de más arriba, no tanto porque llamaran la
atención, cuanto porque cubrieran el inmenso vacío que mi falta de
crédito y capital, dejaban entre tabla y tabla. Reconté después los
pañuelos que traía, los intercalé entre los otros que se habían
convertido en hueso, e hice una sarta de todos ellos, que, amarrada
desde adentro, saliera hasta más afuera del marco de la puerta. Con
un pañuelo colorado, izado en un palo, anuncié que la legación
estaba ese día de fiesta, y después de haberles hecho todas estas
trampas a los compradores, me senté a esperar. Una araña, después
de haber tejido su tela, no lo haría mejor que yo esperando a mis
parroquianos para cogerlos en todas esas trampulinas que les tenía
preparadas.
Poco tuve que esperar. Un indio fue acercándose el primero, como
receloso, y con un aire de desconfiado o estúpido, cogió la punta
de un pañuelo y preguntó:
—¿Cuánto da este pañuelito?
(Ahora lo que Ricardo me dijo, y el indio quedará convencido).
—Vale cinco reales, le contesté. Es pañuelo Mádrás muy
fino, y como los algodones se han escaseado con la guerra del
Norte, y además los derechos de importación y el peso bruto hacen
subir tanto las facturas... El camino de Honda, los fletes, el
peaje, la contribución directa y tantos otros derechos hacen subir
tanto los artículos, que no se puede dar por menos de lo que le he
pedido.
—¿Cuanto mi amo? volvió a preguntar con el aire propio de
quien se ha quedado a oscuras.
—Cinco reales, volví a decirle, y resolví hablarle de otro
modo.
—Ilihh! enque fuera de seda, mi amo.
—Mejor que de seda, hombre, porque es pinta firme, no
destiñe, y mientras más lo lavan más le sale el color. Un pañuelazo
como ése, es regalado por cinco reales.
El indio por toda respuesta movió la cabeza lentamente. Después
refrego bien la punta, lo sacudió, lo puso contra la luz y
dijo:
—Y se deja pedir esque cinco riales!
—¿Y qué tiene ese pañuelo?
—¿No ve sumercé que es pura tierra? Mire, queda que ni un
cedazo de puro escarralao.
—Pero hombre, así, refregándolo, ni un cuero resiste. Ese
pañuelo no puede ser mejor.
—¿No ve sumercé que en el lavadero se le qué toitica la
tierra colorada y queda que.... Cuánto es iúltimo?
—Cinco reales.
—Dos y medio será bueno?
Me rasqué la cabeza y contesté calma.
—No se puede.
—Dos y medio, mi amo, y me encima la aujita.
—Dios me perdone y me dé paciencia. Lo único que puede
rebajarle es medio real y le encimo la aguja.
El indio contestó con un gesto de desprecio, y sin decir nada
salió.
Aquí quisiera ver a don Ricardo, para que vea si es lo mismo
vender allá en su almacén, que en una de estas tiendas en que se
lidia sólo con indios, pensé, y me puse a esperar otro.
—¿Tenemos por suerte cuerdas, mi amo? preguntó otro.
—Sí hay, muy buenas: barcelonas
El indio tomó un rollito en la mano, escogió la que le pareció
más a propósito y le metió diente. ¿Habrá cuerda que se resista a
tal prueba? Supónte que la cogen con los dientes y tiran a dos
manos. La que resiste ilesa tal experimento es la buena. Luégo que
escogió unas pocas preguntó:
—¿A cuántas da, mi amo?
—A tres: son muy buenas.
—¿Las da sumercé a cinco por cuartillo?
—Imposible, aunque me las hubieran regalado.
—¿Me cambia sumercé dos huevos por un cartucho de cominos?
preguntó una india.
—Sí. No me destuerza las cuerdas; si quiere, llévelas, y si
no....
En esto empezó a llenarse la tienda.
—Abájeme sumercé un lazo, pero escójamelo.
—¿Me cambia un franco? Pero buena plata.
—Estos reales cundinos no los quieren.
—¿Cuanto es lo último del pañuelito? volvió a preguntar el
mismo indio del principio.
—Cinco reales. Mientras usted se fue he vendido tres, y han
quedado de venir por más para el Córpus.
—Rebájele sumercé y tratamos. Buena plata.
—No puedo. Lleva las cuerdas, o nó? Y si nó, déjelas.
—No, mi amo, de mi no haga esconfianza, enque soy
indio....
—La bogotana?
—A dos y medio.
—¿Compra mantequilla?
—Nó.
—Alcáncela pa verla.
—Muy fina y ancha.
—Pero como un colador, dijo la india, después de
refregarla.
—Un cuartillo de clavo y canela.
—Tome, pero deme cuartillo hecho.
—Lo último? Le llevo media vara.
—Que si hay piedra contra.
—Es a dos y medio. No hay. Se la mido bien. ¿Lleva por fin
el pañuelo?
—Hay por fin la piedra contra?
—Nó.
—Recaditos le mandó mi señá Eduvigis, y que qué tal le fue
a su mercé en su viaje, y que es su señor y que si trajo bogotana
fina, que le mande una pieza para verla, y que no le vaya a vender
los pañuelos bonitos porque quiere comprar uno, y que si trajo.
algo particular, que se lo mande sumercé y que acá lo mandará
después.
—Dígale que no traje sino una pieza de bogotana, y que de
ésa estoy vendiendo, y que me fue muy bien.
—Hasta luégo.
—Memorias.
—¿Hay alimento Belisanio?
—¿Qué?
—Alimento Belisanio, de ése que sirve para las lacras.
—Linimento Veneciano, será.
—Sí, mi amo. Véndame sumercé un cuartillo.
—No hay.
—Manda decir mi señora que le mande para la semana, porque
ya es tardísimo, y cuando vaya ya no hay nada y todo caro.
—Toma, llévale, dije abriendo el cajón. No había vendido
sino real y medio en toda la mañana, y ya eran las nueve.
El hambre, el ruido del mercado y el alboroto de la tienda me
tenían sonso, y, para colmo de todo, una maldita india se había
situado junto a la puerta con una marrana parida, y los cochinos
gritaban sin cesar. Tuve intenciones de comprársela para no
aguantar los chillidos.
En alcanzar alpargates para que se los midieran, en bajarlo todo
y volverlo a alzar, y contestar preguntas de cuantos iban llegando,
se me pasó media hora más. La tienda era un laberinto de indios que
entraban y salían, el mercado derramaba por las esquinas su gente a
fuerza de concurrido, cuando el primer campanazo a sanctus sonó.
Todos los indios y los sombreros cayeron como movidos por recortes
ocultos, los primeros de rodillas, los segundos boca arriba, para
que no se salieran los pañuelos.
Y nada volvió a oírse. El órgano dejaba escapar una sonata a
manera de marcha, y cada campanazo iba produciendo un ruido como si
fuere mi eco, producido por los golpes de pechos y el murmullo de
las oraciones que a medía voz rezaban todos; aquel ruido parecía el
oleaje lejano de un mar que se azota contra las costas. Y, cosa
extraña! hasta la marrana y los cochinos que habían chillado en
toda la mañana callaron. Tres campanazos sonaron y otras tantas
veces se oyó el ruido de los golpes de pechos y oraciones, pero eso
sí, no acabaron de dar el tercero cuando los de la plaza,
aprovechando el silencio en que estaban, empezaron a gritar:
—Maíz a siete reales!
—Yo lo doy a seis!
—Turma a cuatro!
—Quién compra carne gorda, y si no la boto!
Los últimos gritos ya no se oyeron, porque el ruido del mercado
empezó de nuevo, como si les hubieran destapado a todos las bocas a
un tiempo.
Al punto empezó en la tienda la misma barahunda de antes; pero
yo no aguanté más por entonces, y me preparé para cerrar e ir a
almorzar. Cuando ya iba a torcer la llave llegó de nuevo el indio
del pañuelo y me dijo:
—No cierre sumercé, véndame el pañuelito.
—A ver la plata que trae.
—Buena plata, mi amo, no haga esconfianza.
—Entonces cierro: así como así no tengo necesidad de
apurarme. Están volando; ya casi no quedan pañuelos.
—Abra sumercé, que no haiga miedo que....
—Entonces me voy, dije, y cerré la tienda.
A tiempo de irme reparé que una india mocetona y robusta
acompañaba al indio.
Aquí venía como pedrada en ojo de boticario otro capítulo y su
mote en letras grandes que dijera: Planes para engañar indios; pero
ya que he adoptado el sistema de rayitas pondré esta otra.
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En tanto que me servían el almuerzo, y después, mientras que
almorzaba, me puse a pensar en que lo mejor del mercado había
pasado ya y yo no había vendido un solo pañuelo. Los castillos
formados perdían su base y venían a tierra; el nuevo viaje a Bogotá
a traer más pañuelos y artículos para la tienda, lo veía muy
lejano, y mi viaje a Europa cuando hubiera enriquecido con esa
tienda, se nubló tanto como la esperanza que hoy tiene un empleado
de ver cuartillo. Y revolviendo ideas, formando planes y pensando
en tretas, se me ocurrió la tenacidad del indio del pañuelo, me
acordé de la india mocetona que lo acompañó a lo último, y hasta la
criada que me servía el almuerzo vino a figurar, quién lo creyera!
en primer término para mis nuevos fines. Cierto es que el almuerzo
se me fue sin sentir, pero yo combiné un plan.
Antes de volver a la tienda instruí debidamente a la cocinera, y
me fui a completar el plan de mis nuevas operaciones.
Lo primero que hice fue esconder los pañuelos, no dejando sino
dos colgados; después salí a la puerta y llamé un muchacho, le
ofrecí un caramelo por que buscara a otros y me ayudaran en mi
proyecto, y luégo que lo hube arreglado todo me senté a
esperar.
El primero que entró fue el indio del pañuelo, acompañado de la
india.
—Mire, le dije al verlo, por no haber querido llevar el
pañuelo desde esta mañana, ya no queda sino aquél, y ese otro está
apartado.
—Míre qué caso! dijo la india, y era el mejor.
A este tiempo llegó un muchacho ahogándose y dijo:
—Que manda decir la niña Juanita Castra, que aquí están los
seis reales por el pañuelo y que se lo mande, y que si tiene otro
de esos mismos, que se lo aparte, que ora mandará por él.
—Vean a ver, dije a los indios, si quieren el pañuelo y si
nó, ya ven que van a llevárselo.
—Pero seis riales, cuando! esta mañana me lo daba por
cuatro y medio.
—Y no quiso llevarlo; ahora ni un cuartillo menos.
Los dos indios se miraron.
—Nos encimará alguito, mi amo.
—Un alfiler les doy.
El indio sacó una bolsa de cuero y escondidas empezó a sacar
real por real, luégo echó sobre el mostrador; fui a contar y había
cinco y medio.
—Falta medio.
—Rebájenos sumercé, mi amo, ese mediecito.
—No puedo; si no lo quieren, déjenlo. Entonces el indio
echó un cuartillo más.
—Ahí está, dijo, rebájenos sumercé el cuartillo, no sea
sumercé tirano.
—Nó, les contesté, moviendo la cabeza.
Un cuarto de hora lo menos me estuve para sacarles el otro
cuartillo. Al despedirse la india, le di su trago y le dije que
tenía escondidos otros dos, y que si necesitaban más le vendía uno.
Muy agradecida salió, a tiempo que entraban otros. Cuando esos me
ofrecían dos y medio por el pañuelo, entró la criada de casa y me
preguntó qué valía el pañuelo.
—Ya no lo vendo, le contesté, no hay sino ése y lo
necesito.
Me rogó con seis reales que me los echaba sobre el mostrador, y
no quise darlo. En tanto los indios se miraban unos a otros. A
fuerza de súplicas les vendí el pañuelo. Así me estuve toda la
mañana sosteniendo esa posición falsa, para ver de vender a los
indios los pañuelos. A las doce no había uno sólo ni de los tuyos
ni de los otros viejos, que hacía tiempos tenía ahí. Nueve pesos
saqué de la docena de pañuelos “rabo de gallo”, y han
durado preguntando por dos semanas los mismos pañuelos. Gracias a
los muchachos que cumplieron su comisión y a la criada que llegó a
tiempo, y mas que todo a mis ardides, que si nó, Ricardo, ahí
estuvieran tus pañuelos.
Después de esta fiel historia, de lo que es vender en una de
estas tiendas, ¿volverás a meterme tan cara otra docena de
pañuelos? Todavía me duelen los cinco pesos que te di por ella, aun
que les gané cuatro a los indios a fuera de trampas.