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JOSÉ DAVID GUARÍN

Cuando algún día se haga un estudio detenido y profundo de lo que representa en la literatura colombiana el grupo de escritores de «El Mosaico», se hallará, sin duda alguna, que ese grupo de escritores -no obstante que sólo dejó una obra que adolece del capital defecto de la improvisación y del muy explicable de la desigualdad- sentó las bases para una literatura auténticamente colombiana y, en consecuencia, inconfundible.

Al leer hoy las obras en prosa y verso de los literatos de las últimas generaciones colombianas, y compararla con las obras en prosa y verso de Los literatos de las últimas generaciones de Venezuela, Chile, Méjico y las repúblicas del Plata, se saca sin esfuerzo una conclusión dolorosa: la literatura colombiana es la mejor de todas en lo que atañe al estilo y al lenguaje, pero carece casi en absoluto de espíritu nacional; las literaturas hispanoamericanas no tienen la elegancia y primores de la colombiana; pero se hallan rebosantes de alma nacional, perfumadas siempre con flores del propio terruño.

Para encontrar, pues, el alma de Colombia encerrada en una obra literaria, es menester (la novela antioqueña, José Joaquín Casas, José Eustasio Rivera, Daniel Samper Ortega y Tomás Rueda Vargas son excepciones a la regla general) retroceder a los tiempos en que José Caicedo Rojas pintaba en su «Don Alvaro» todo el encanto de la vida colonial; en que José Manuel Marroquín convertía un caballo moro en el alma misma de la sabana de Bogotá; en que Vergara y Vergara bordaba, alrededor de tres tazas, una historia completa de nuestras costumbres; en que Ricardo Silva arrancaba a las entrañas de su propia tierra figuras tan raizales como la del niño Agapito, o en que José David Guanín -para no alargar la enumeración- nos brindaba las costumbres y usos de toda una época en esa colección de acuarelas que se llama «Las tres semanas».

José David Guarín, a quien acabamos de nombrar, y que es uno de los más distinguidos costumbristas, vio la luz por vez primera en la población de Quetame, en nuestros Llanos orientales. Allí pasó su niñez y una gran parte de su adolescencia entregado casi por completo a las labores agrícolas. Vino luego a Bogotá, en donde sus aficiones literarias le llevaron bien pronto a ocupar un puesto en la tertulia de «El Mosaico», y, arrastrado como tantos otros por el torbellino de la política, fue nombrado para desempeñar un cargo importante en el consulado de Nueva York, cargo que le dio ocasión recorrer gran parte del territorio de los Estados Unidos y aun del Canadá.

Cuando, después de algunos años de permanencia en la metrópoli norteamericana, regresó Guarín a Bogotá, traía entre su equipaje numerosísimas poesías que no tardaron en hacer las delicias de las damas bogotanas, aficionadas mucho en ese tiempo a los versos, y más cuando los versos se hallaban animados por ese romanticismo delicado y suavísimo de Bécquer y de sus imitadores.

Los encantos, ya tradicionales de Amalia Luque, prendieron en el corazón de Guarín la hoguera de un amor desbordante, y a esa época de su vida corresponden algunas poesías suyas, poco conocidas, en las que desborda la pasión como un torrente. Doña Amalia, sin embargo, desdeñó a su pretendiente para contraer matrimonio con el genio prodigioso de «La Luna» y de «La Palma del desierto», y Guarín, decepcionado resolvió fijar su residencia en Duitama, en donde algún tiempo después se casó con doña Hersilia Rodríguez. La mala situación pecuniaria obligó a la pareja a buscar un sitio más propicio, y el matrimonio se radicó en breve en la ciudad de Bucaramanga. en donde Guarín fundó un colegio de primera y segunda enseñanza, con admirable éxito pedagógico y fiscal.

Todo marchaba admirablemente para Guarín, cuando la muerte de su esposa le obligó a trasladarse nuevamente a la capital de la república. Llegó a ella en momentos en que el fervor costumbrista llegaba a su apogeo, y como «El Mosaico» no existía ya, fundó y sostuvo la revista «El Hogar», revista que fracasó pero reapareció luégo, dirigida por él mismo, con los nombres de «La Tarde» y «La Pluma». También éstas fracasaron, porque la política estaba entonces, como ahora, primando sobre todo. Guarín vio abierto el campo y, periodista político, fundó «El Iris» y más tarde «La Pluma», deseoso de obtener el cargo de representante o el de senador.

La suerte te fue adversa, y, decepcionado de la política. retornó a la literatura con más ardor que antes.

A este período de su vida pertenecen algunas de sus mejores obras. Durante este tiempo escribe sus más conocidos cuadros de costumbres, así como también el poema «Nupcias en el desierto», lindisimo relato del romántico matrimonio de Custodio García Rovira con doña Josefa Piedrahita.

La amargura de su espíritu, abatido por crueles decepciones, empieza a notarse en numerosas poesías cortas que escribe por ese tiempo. Una quizá inédita, como ejemplo:

Exclamaba un franciscano auxiliando a cierto herido;
-Perdone al que lo ha ofendido, para ir a la gloria, hermano.
-Padre, salvarme me halaga, dijo el otro en triste tono.
Si me muero, lo perdono;
pero si no... ¡me las paga!

O esta otra, también inédita quizá. pues como la anterior, la hemos tomado de manuscritos de Guarín:

Cierto farmaceuta práctico
mucho dijo en los periódicos
y en los lugares más públicos
de la ciudad de París,
que cuantos productos químicos
y más que todo en espirítus
exija la ciencia alópata
su casa puede expedir
No tardó en. llegar un pícaro
dándolas de sabio médico:
-Señor, dijo, ¿tiene espíritu bueno de contradicción?
El droguista, sin escrúpulo,
entrando le dijo:-Espéreme.
Se trajo a su suegra y díjole:
-¿Donde lo encuentra mejor?

Pero, no obstante este horror a las suegras, Guarín contrajo segundas nupcias. Lo hizo esta vez con una dama boyacense, muy del hogar y poco del mundo, dama que fue para él un consuelo en las amarguras de entonces. El matrimonio fijó su residencia en Chiquinquirá.

Ya tranquilo, ya dueño de un capital que le producía lo suficiente para un modesto pasar, Guarín tomó a las letras. La producción de esta última época es, indudablemente, la mejor de su vida. Escribía entonces con más calma, con mayor cuidado, con un sentimiento más profundo. «La soledad» y «Las dos peñas» obras dé ese tiempo, dan prueba de ello.

Al principiar el año de 1890 aquella alma agitada encontró por fin el reposo definitivo: murió Guarín, entre el dolor de sus amigos, dejando una obra literaria muy abundante y muy desigual.

Desigualdad: ésa la característica esencial de la obra de Guarín. Temperamento en extremo nervioso y susceptible, escribió casi siempre bajo la impresión del momento, sin preocuparse gran cosa por la elegancia del estilo y la corrección del lenguaje, lo que si bien es cierto que da a su obra una frescura extraordinaria, también le quita mucho de su valor. Si hubiera seguido el consejo de dejar «escuro  el borrador y el verso claro» y si hubiera sometido a una concienzuda labor de lima sus cuadros de costumbres, contaría la literatura nacional con una serie de obras maestras debidas a la pluma de Guarín; pues tenía Guarín cualidades de observación y dotes literarias suficientes para haber hecho de él un escritor de primera categoria.

En todo caso, en algunas obras puso no sólo cariño sino también esmero, y gracias a ello, no podrán ser olvidadas en mucho tiempo.

NICOLÁS BAYONA POSADA

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