Al salir al camellón de San Victorino saltaron a tierra. Eran
más de las ocho; no llovía ya, el viento se levantaba arrastrando
los nubarrones de ceniza hacia la Sabana. Había algunas estrellas
pálidas y tristes como ojos de enfermos. Siguieron por la calle del
Gasómetro. Velarde se acordó del cambio; ya no era tiempo.
-En cambio -pensó- hemos venido en una hora.
-Me olvidaba de una cosa importante -dijo Alejandro-. He
recibido otro telegrama de Fernando, fechado en Las Juntas. Aquí lo
tienes.
- ¿De Las Juntas? -respondió Velarde asombrado, recibiendo el
papel. Lo leyó en la sombra, como si fuera nictálope, clavándole
los anteojos brillantes y dándole luz con la candela del cigarro
que chupaba con fuerza-. Esto es fenomenal. Se me está haciendo
impenetrable el misterio. Dice que sigue sin novedad, pero aunque
lo diga le ha ocurrido algo serio, el robo de la letra, porque,
indudablemente, ha sido un robo.
Llegaron a una esquina sombría.
-Aguárdame aquí -dijo Velarde-, voy a hacer un reconocimiento.
No vayas ni a toser.
Subió unos veinte metros de puntillas.
Alejandro aguardaba con el pañuelo en la boca, conteniendo una
catarata de tos que le afluyó desde que le quedó prohibido.
-Psh... psh...
Velarde llamaba. Avanzó lentamente procurando no hacer ruido.
Había una ventana iluminada débilmente. Al pie se destacaba la
silueta de su amigo.
Agarrado de los barrotes de hierro, los ojos encendidos como
carbúnculos, los labios abiertos y los dientes apretados, el
entrecejo y la piel de la nariz hechos una arruga, el cuerpo
fruncido por la conmoción nerviosa, como un gato rabioso, Alejandro
permaneció un momento bañado en la luz que salía de la habitación,
observando el interior, mudo, sombrío, trágico. Velarde,
empinándose, miraba por encima del hombro de su compañero.
Bajo el tallado farol chino, alrededor de la mesa despejada, a
la luz de una esteárica, Fernando, doña Celestina y Diana jugaban
|caída. Fernando tenía sobre las piernas a Manolo y un brazo
echado por el pescuezo de Diana, que fumaba cigarrillo y se volvía
cada rato y le besaba las mejillas. Sobre la mesa había níqueles y
granos de maíz; cada cual tenía sus cartas abiertas como un abanico
cubriéndole media cara y se oían palabras sueltas... Tres... Siete
con siete... Cayó el caballo... Cinco y una seis, con seis...
Caída... Y mesa limpia. Por momentos se oían chasquear los besos,
las toses de Fernando, el áspero desgarrar de doña Celestina y la
vocecilla aflautada de Manolo.
Alejandro saltó a la mitad de la calle. No dijo una palabra; al
rato exclamó con profunda amargura:
- ¡Pobre mi padre! Tanto luchar para esto... Siquiera mi madre
no lo ve... Verdaderamente la muerte es benéfica...
Volvió a callarse y duró así cerca de cinco minutos con la
frente cogida con la mano derecha.
De pronto estalló. Tiró con rabia la colilla del cigarro que
hizo chispas al caer, y se retiró algunos pasos. Sentía deseos de
entrar, de coger a su hermano y estrangularlo, de coger a Diana, de
darle azote hasta en la lengua y de cortarle el pelo; de coger al
chico y destriparlo contra la pared, de coger a doña Celestina y
echársela a los perros...
Le temblaban las piernas y manoteaba en la sombra.
-Otro -dijo-, tocaría en este instante con la policía. Yo no
puedo hacer eso; no sé, no quiero, me es imposible. Es inaudito,
criminal; una meretriz impúdica y una vieja ladrona chupándose a un
tísico. ¡Miserables!
Velarde hacía esfuerzos por calmarlo. No era oportuno, debía
evitarse todo escándalo, esas cosas había que tratarlas con el
espíritu sereno; el arrebato lo echaba todo a perder.
Se alejaron. A poco de andar sintieron pasos y se colocaron a la
sombra. Eran dos sujetos: un viejo y un joven de lentes que
brillaban en la oscuridad. Los dos hombres llegaron a la ventana.
El más viejo se prendió de los barrotes y con la media luz se vio
titilar en su mano un diamante inmenso. Eran los congresistas.
Tocaron a la puerta: tres golpes fuertes. La ventana se abrió y se
pudo ver claramente la cara de doña Celestina, de pañuelo, en la
cabeza, asomándole por un lado unos mechones de canas. Habló un
momento con el del diamante, pero Velarde y Alejandro no pudieron
oír sus palabras porque en ese instante una corneta, casi en sus
oídos, rasgaba el aire con el toque de silencio. Eran las nueve. Al
rato pasaron los dos hombres.
-Si
|etá -decía el de los lentes-.
|Ej que no
quieren
|abri poque etá dentro el jovencito de la otra
noche... el tísico.
El otro callaba. De pronto, dijo:
-Peor para ella; pierde el anillo, porque conmigo sí no juega.
En fin...
-Pero, chico, no te aflujá,
|vamo ¿eh? Eta lo bota
pronto...
-Es un sinvergüenza -dijo el más viejo-, después que...
La frase acabó al volver la esquina.
Los dos amigos siguieron caminando en silencio, que interrumpían
a ratos las exclamaciones violentas de Alejandro.
- ¡Luego lo estúpido! -dijo éste-. Ponerse en lucha con un
|parvenu; tanta disputa por un corazón hecho una llaga...
-Decías bien ahora rato -exclamó Velarde-. No se debe tocar con
la policía...
- ¡No, jamás! No quiero que un hermano mío pase por esas. Que no
vaya a la tumba contaminado...
-Tales medidas infaman y uno no debe contribuir al escarnio de
los suyos. Pero no debes volverte loco todavía. Mira: lo que decían
esos sujetos es un hecho. No tarda Diana en dejar a Fernando.
Apenas le desplume estos reales, verás. Eso si ya no lo tiene mondo
y lirondo. Seguro que la letra es ya de Diana. Será bueno
averiguarlo para hacer cualquier cosa...
-Nada, que se la coma también. Con tal de que lo suelte...
-Eso tenlo por seguro. Como si lo viera.
Caminaron en silencio muchas cuadras.
En frente del hospital los alcanzó una patrulla que había
recogido varios pordioseros, una mujerzuela y dos borrachos.
Velarde, después de un registro minucioso en todos los bolsillos,
con la mayor gravedad presentó un papel arrugado, un salvoconducto
de la guerra del noventa y cinco.
-Esto no sirve -dijo el oficial, observando el sello en la media
luz.
-Pues no tenemos más.
-Entonces, sigan conmigo.
Siguieron. Velarde llevaba cierta inquietud. Alejandro iba muy
tranquilo: dos veces que lo habían cogido había arreglado el asunto
con una propina al oficial. Era el mejor salvoconducto.
-Ojalá -continuó, sin acordarse de que iba preso-. Si no lo bota
esa mujer, no sé qué haga yo.
Velarde no hablaba una palabra. Examinaba a sus compañeros de
infortunio.
Al pasar por su casa, Alejandro se salió de entre las filas Y
metió la llave en la cerradura.
- ¿A dónde va usted, señor? -gritó el oficial.
-A acostarme. Entra, Antonio.
- ¡ Siga usted! -gritó el sargento.
Varios soldados rodearon a Alejandro. Velarde no sabía qué hacer
en el conflicto; quiso hablar con el oficial, pero éste no le
atendió. Entonces rompió resueltamente la fila y se puso al lado de
su amigo.
- ¡Llévenlos! -gritó el caporal.
Alejandro raspó un fósforo en ese momento.
-¿Pero es usted, don Alejandro? -exclamó el oficial en tono
humilde-. ¡Por Dios! ¿Por qué no me lo dijo desde el principio? Por
poco sucede aquí una diablura. Perdone, don Alejandro. La culpa no
es mía.
Y dirigiéndose a Velarde:
-Perdone usted, caballero.
- ¡No hay de qué! -respondió éste con el alma en el cuerpo.
- ¡No tengas cuidado! -exclamó Alejandro.
El oficial se quitó el kepis hasta los pies.
- ¡Desfilen! -gritó-. Hasta mañana, don Alejandro...
¡excuse!
-Hasta mañana, Nicomedes, no te afanes... Este muchacho -le dijo
a Velarde- es un infeliz; fue sirviente nuestro mucho tiempo, desde
niño. Era o creía que era liberal. Se metió en éstas, pasándose,
como tantos, y ahora resulta de gran cosa... Ve lo que es la vida.
Este mozo, que es un indio miserable, está bregando a subir, y
subirá; no tarda en ser general, ministro, gobernador... y
Fernando, su amo Fernando, se arrastra como un cangrejo, caminando
para atrás, a los pies de una ramera que le está chupando su sangre
y su fortuna, pisoteando su nombre...
- ¡Hasta mañana! -dijo Velarde apenas vio que cruzaba la
patrulla, y desapareció entre las sombras como un duende.
Alejandro entró derecho a su cuarto y se puso a escribir,
fumando cigarrillo tras de cigarrillo. Siete veces comenzó una
carta, y siete veces la rompió con furia y tiró los pedazos sobre
la alfombra. No tenía una idea en el cerebro, o acaso tenía
demasiadas.
Empezó a pasearse rascándose la cabeza. El cuarto estaba lleno
de humo y el suelo de papelitos blancos, como si hubieran
desplumado una garza.
-Debo haber hecho muchas tonterías, pero qué se hace. Estos
malditos nervios...
Se estiraba y se encogía como un tigre enjaulado, tenía los ojos
encendidos y temblaba un poco. Se quitó el cuello, después se zafó
las botas y metió los pies en las chinelas. Luego sirvió una copa
de cognac hasta los bordes y se la tomó toda. Al echarse hacia
atrás se le cayó la pluma de la oreja. No quiso agacharse.
-Esta pluma tenía la culpa -dijo-. Pueda ser que otra me traiga
ideas, y, sobre todo, calma, que es lo que más necesito. Vamos a
ver.
Cogió la pluma, la observó a la luz, y sentándose empezó una
nueva carta. La mano corría sin detenerse; escribió un rato y a
poco se sintió un chirrido fuerte sobre el papel; era la rúbrica:
una raya oblicua y gruesa, signo de resolución, según los
grafólogos. Luego leyó en voz alta:
"Mi querido Fernando:
Sé que estás aquí hace varios días. No entro a calificar el
trascendental paso que has dado. Tienes veinticinco años, edad en
que el más estúpido sabe, o debe saber lo que hace.
Tienes hasta ahora un nombre puro, salvo ciertos deslices que
hubieras podido borrar fácilmente; tuviste hasta hace poco una
fortuna, ya dilapidada, y has tenido has a ayer todo lo mío, de que
estabas disfrutando a tus ancha en la misma medida que yo. Por
desgracia la guerra, la calidad de mis negocios, mi condición de
liberal y otras causas q e tú no ignoras, tienden a comprometer
seriamente lo último que resta del cuantioso haber de mi padre. El
deber me ordena poner todo eso en salvo para evitar que corra la
misma suerte triste que ha corrido una parte de aquella
fortuna.
Eso en cuanto a mí. Ahora en cuanto a ti, debes saber una cosa:
el heredero que yo tengo eres tú: no hay remedio ni pienso ponerlo.
Pues bien: con el fin de evitarte escrúpulos, destino desde ahora
una parte de esa herencia para subvenir a tus necesidades. Seguirás
viviendo en esta casa, como siempre, no de favor sino con pleno
derecho, el cual derecho se extiende a los demás gastos que te
ocurran, pagados -es entendido- por mi propia mano y Previa su
comprobación auténtica. Pagaré también tus deudas y ordenaré la
suspensión de los créditos, sin recurrir, por supuesto, al medio
indigno de la publicidad. Es bueno que quede puro siquiera ese
lado.
No te digo que trabajes, porque de tus mismos labios he oído que
no puedes, ni sabes hacerlo. Además, no lo necesitas. Sin embargo,
si algún día te resuelves, desde ahora te ofrezco trabajo y
ganancias sólidas.
En cambio de todo esto te pido un servicio, el único que te he
pedido en la vida,, y es que no trates este punto conmigo.
Por lo demás, tú sabrás lo que haces. Yo no estoy dispuesto a
seguir luchando estérilmente, pues considero que ante la memoria de
mis padres y ante mi conciencia, está salvada mi
responsabilidad.
Te abraza con cariño, Alejandro"
Respiró. En seguida dobló la carta, la metió entre un sobre, lo
rotuló y se fue para la pieza de Fernando con la luz en la mano.
Había algunos libros, unos pocos papeles desordenados y sobre la
cabecera de la cama el retrato de la madre de ambos, sin marco,
porque Fernando lo había vendido.
Sacó el reloj de plata de su hermano, la tarjeta y la cuenta de
la cárcel de deudores y, junto con la carta, los puso sobre la mesa
de noche, pisados con el reloj.
Luego desprendió el retrato de su madre, le limpió con el
pañuelo el polvo y las telarañas y lo contempló un momento con
tristeza. Era una señora de aspecto venerable, de rostro fresco y
cabellera nevada, de ojos tiernos y boca que sonreía con dulce
amargura. Cogió la luz y poniendo frente el retrato, salió.
-Que no presencie más miserias -dijo.