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IX

 

A pasitrote bajaba Alejandro por la calle de San José, abanicándose con una carta voluminosa. Faltaban minutos para las tres y tenía prisa de alcanzar el correo.

Al llegar a la esquina de la calle 13 se detuvo contrariado. No podía pasar, el camino estaba totalmente obstruido, como con una barricada inmensa, por un carro del tranvía descarrilado, un milord de la Compañía Urbana que iba detrás, un landó destartalado que subía con su postillón de jipijapa grasiento y ruana mugrosa, y un enorme carro de la Empresa de Tracción que venía por la segunda Calle Real lleno de trastos viejos, cargado como un elefante de la antigüedad.

Una parihuela que conducían dos mozos cinchados por los hombros, atestada de loza, se había detenido también, lo mismo que dos criadas que conducían una mesa de bronce llena de parásitas y camelias, y lo mismo que una silla de manos, cuya cortinilla levantaba cada momento una garra y dejaba ver la cabeza de un viejo blanco, casi muerto, parecido a la estatua del comendador.

El descarrilamiento paralizaba bruscamente la vida de aquel pedacito de Manchester.

Los mozos de cuerda descargaban sus fardos; los dependientes que abrían en la calle bultos suspendían la tarea y se quedaban alelados con la pata de cabra y el martillo en la mano; los ciclistas paraban sus máquinas y se desmontaban; las mujeres veían el suceso a prudente distancia; los peatones se trancaban; los corrillos se abrían en alas, había gentes asomadas en los balcones y a las puertas de los almacenes. Una nube compacta de emboladores, policiales, vendedores de cigarrillos, viejas, mendigos, vagos, fámulas, cachacos y artesanos rodeaba al paciente, un enorme carro caído de medio lado como una casa en ruinas.

Los pasajeros se bajaron para quitar al enfermo un peso de encima y quedaron únicamente en la última banca un ciego, un sacerdote y una señora que no podía hacer la gracia por motivos ajenos a su voluntad y que representaba peso y medio.

Dos mulas enclenques, exánimes como dos ratones tirando un buque, bajo una lluvia de azotes y de insultos, hacían esfuerzos sobremulares para sacar del atolladero al carro paralítico, su compañero inseparable.

Por fin los conductores de otro carro que llegaba, los del carro enfermo, los postillones de los coches, los hombres de la parihuela, los de la silla de manos y algunos mozos de cuerda, una docena de hércules bogotanos reunidos bajo la presidencia de un policial de aspecto |jupiteriano, después de una corta sesión deliberante, resolvieron meterle el hombro al armatoste.

-Una... dos... tres... -gritó el presidente con la voz de Estentor.

- ¡Hmmm! --exclamaron los hércules al tiempo. ¡Nada! El carro quieto.

- ¡El otro! Una... dos...

- ¡Hmmm!

El gigante de madera levantó las ruedas de atrás y se desplomó. Rejo a las mulas... Nada. El gigante había caído mal. Se hizo el otro esfuerzo y el carro quedó en su puesto. Un soplo de satisfacción corrió por la multitud. Todo el mundo sintió alivio, menos las mulas. Empezaba para ellas la danza macabra.

Los pasajeros volvieron a montar: cuatro o cinco hombres de un salto y tres señoras con miedo y trabajo poniendo en vergüenza pública las pantorrillas gordas, de medias blancas y unas botas con tamañas orejas, como debieron ser las del rey Midas.

Las pobres acémilas, después de otro baño de rejo y algunas excitaciones al estilo de Vizcaya, arrancaron echando los pulmones, y el carro siguió como por sobre rieles.

|Petit Manchester se puso de nuevo en movimiento. Había mucha luz, mucho calor, mucho ruido. Alejandro, que observaba atento las maniobras, vio el reloj de San Francisco. Era más de la hora. Se resignó a dejar la carta y se la echó al bolsillo.

Velarde pasaba y lo llamó. Le fastidiaba estar solo.

-¿Ya estás desocupado? -le dijo.

-Hace un momento salí de todo. ¿Qué quieres hacer?

-Cualquier cosa. Lo que tú quieras.

Alejandro le conté el suceso con detalles horribles y bajaron por Santo Domingo.

 

Entraron al correo hablando de política. No había noticias de la guerra que merecieran la pena. Todo el mundo estaba en expectativa. El periódico del gobierno hacía equilibrios sin saber qué decir, ocupado en inventar fórmulas nuevas para denigrar a los liberales y aplicándole inyecciones de éter al cuerpo moribundo de la Regeneración. La revolución tenía que triunfar. Era inevitable y justo: el movimiento armado representaba ideales, principios. Era el producto de las amarguras de quince años.

Alejandro compró unos sellos de correos y leyó un cartel de la dirección general: las cartas debían enviarse abiertas.

-Esta carta -dijo sacándola y aplicándole un sello humedecido con la lengua- es una carta de comercio que dirijo a Londres; podría enviarla abierta, pero prefiero que se quede. Esto no sucede ni entre los hotentotes...

Fueron a la oficina de apartados; no encontraron correspondencia, apenas un |Fígaro viejísimo. Velarde lo desdobló.

-Esto es del tiempo del ruido -dijo-. Va todavía en el asunto Dreyfus... ese pobre diablo.

-Lo de siempre -respondió Alejandro-. Atenas ciega y sorda. Todo nos viene con la rapidez de los telegramas de Fernando.

- ¿Has recibido algún otro? -dijo Velarde.

-Sí. De Anapoima, anoche.

-¿Anoche? Es raro.

-¿Raro, por qué? Por allá anda...

-No, raro no, sino que me parece... como muy ligero. Sin embargo... no, no es raro.

Habían entrado a una licorería. En la trastienda se sentaron en unos banquillos de madera donde apenas cabían, ante una mesa de mármol llena de letreros con lápiz y un mapa a grandes rasgos del último campo de batalla de Santander. Al pie, mal borrado, un epigrama contra el ministro de gobierno.

Un mozo entró con dos copas, un jerez y un cognac en una bandeja niquelada.

Había una luz opaca, como de crepúsculo, y hacía frío. Los dos amigos estuvieron allí largo rato. Hojeaban |El Fígaro y leían pedazos en francés unas veces, otras en castellano, y se entretenían en comentar lo leído. El mozo repetía las copas de tarde en tarde y trajo un paquete de argelinos que quedó sobre la mesa, con un cigarrillo salido como un hueso.

Por momentos la pieza se llenaba de gentes que entraban hablando a gritos y bebían de pie. Había ratos en que hervían los empleados y los militares. Se hablaba en alta voz de la guerra, se chispeaba en todas las formas, se emitían opiniones diversas hasta hacer un cuerpo compacto, el concepto gobiernista, que al salir a la calle, entre vapores de alcohol y nubes de humo era arrebatado por el viento.

Todos opinaban que la cosa estaba terminadalos revolucionarios eran cuatro gatos. Alejandro y Velarde oían en calma pensando en esos cuatro gatos que tenían en afanes a la ratonera regeneradora. Algunos se asomaban a la puerta abriendo con fuerza las maderas de la celosía, que dejaba entrar aire nuevo y ráfagas de luz. Otros se metían por momentos a una especie de confesionario abierto en una esquina donde se oía caer un hilo de agua. Los militares, de sombreros suazas divisados de azul y rojo, se despedían de sus compañeros "hasta pronto". Iban a hacer un paseo higiénico, una correría de recreo, y se libaba por su buena suerte y sus |inevitables victorias futuras. Estaban llenos de patriotismo y de brandy.

Salían y la pieza se llenaba de nuevo. Era el jubileo de Baco. Entraban otros dando la nota liberal. Según éstos, la revolución se encontraba triunfante. Antes de medio mes Aníbal estaría a las puertas de Roma y los del corrompido imperio abandonarían la' ciudad; otros dudaban todavía del triunfo definitivo; otros confiaban en él, pero más tarde. Todos estaban nerviosos, encendidos de calor patriótico.

La trastienda se iba desocupando hasta que quedaron dos sujetos.

- ¡Este Acosta es un tramposo! -gritó con estridencia un viejo grueso, de gabán hasta los pies y sombrero flojo empolvado-. Me robó un poco de plata. Hacen bien en tenerlo aquí. ¡Grandísimo ladrón!

Alejandro se estremeció y volvió la cara llena de ira. El viejo estaba de espaldas, con una copa de cerveza en la mano, contemplando la cárcel de deudores, prendida a la pared. Era un cuadro de marco y fondo negros, cubierto con una vidriera y cerrado con llave. Era un osario de gentes sin dinero, más que muertas en este siglo, era la exhibición de honras al desnudo, permitida por las mismas leyes que han proscrito la pena de vergüenza pública. Se veían allí, como mariposas de Muzo en una urna, muchas tarjetas de luto prendidas con alfileres.

- ¿Acosta, dijo? -preguntó Alejandro a Velarde-. ¿Qué Acosta será? Yo atisbo.

- ¡No! Todavía no. Eso no es contigo.

-Pero puede ser con Fernando, es lo más probable.

-Tampoco. Nos habría advertido... -respondió Velarde, en su afán de calmarlo.

El viejo arreglaba en ese momento su cuenta y salía, diciéndole a su amigo: "Voy a poner en la tienda un cuadro triste, una cárcel de pillos...". Alejandro lo arcabuceaba con los ojos.

En seguida se puso de pie y se acercó al cuadro. Había muchas tarjetas, casi todas de nombres conocidos, cercadas de negro, con la vecindad y la suma debajo. Una les llamó la atención, y Velarde también, ya de pie, la encontró un colmo de |réclame. Decía: |"Doctor X... médico y cirujano,

de la Facultad de Bogotá. Especialista en las enfermedades del hígado... Treinta y dos pesos

-Del hígado tenía que ser... el hígado, la eterna víctima del alcohol -dijo Velarde.

El compañero seguía leyendo. De repente enrojeció; acababa de encontrar lo que se temía, la tarjeta de su hermano: |"Femando Acosta, de Bogotá... quince con cuarenta".   Parecía un cartel funerario.

Llamó al dependiente con un grito.

-Deme usted la cuenta de don Fernando Acosta y el recibo, y entrégueme esa tarjeta. Esto es un |inri contra mí.

El dependiente volvió con la llave y la cuenta cancelada; abrió la urna y desprendiendo la tarjeta le entregó los papeles a Alejandro. Este los metió en su cartera y le dio al muchacho dos billetes de a diez pesos.

-Páguese de todo, con lo que hemos tomado.

Luego quiso salir en busca del viejo del gabán, a quien le debía Fernando. Velarde lo detuvo diciéndole que ya iría lejos.

- ¿Quién es ese señor del gabán y sombrero flojo que tomó cerveza? -preguntó al dependiente.

-Es un usurero.

-Yo le conozco -interrumpió Velarde-. Vive por La Concepción.

-Entonces me haces el favor de averiguar, si es posible hoy mismo, qué hay en eso, y rescatas por mi cuenta lo que tenga empeñado. ¿Quieres dinero?

-No, después; aquí tengo, por casualidad. Estoy en bomba.

Vinieron otras dos copas; Alejandro, un poco más calmado, se sentó y siguieron hablando.

- ¿No te decía yo? Ese animal de Fernando... Son una diablura estas calaveradas sin gracia. Es mejor que asesine. Prefiero un Rolando a un zampalimosnas...

- ¿De veras recibiste telegrama de Anapoima?

-De veras. ¿Por qué? Siento no tenerlo aquí.

-No lo dudo, sino que... se me hacía extraño.., por una cosa.

-~,Qué cosa? Dime. Déjate de anfibologías, de subter­fugios. ¿Qué hay? ¿Se ha vuelto Fernando? ¿Lo viste?

-No, pero creo que está aquí o, por lo menos, rompe mucha teja.

-¿En qué te fundas? ¿Cómo puede ser?

-No me explico lo que está pasando; pero, francamente, hay algo raro, un misterio, penetrable por fortuna.

Luego explicó lo que sabía. Alejandro le había dado, en papel, lo que juzgaba necesario mientras estuviera en el país; luego una letra por libras sobre Londres para llegar a Lima, instalarse y vivir algún tiempo, y, por último, una autorización para girar sobre Bogotá de los diversos puntos que tocara.

- ¿No es así? -concluyó.

-Así es, exactamente.

-Pues bien: esta mañana andaban ofreciendo esa letra.

-¿Se la habrán robado?

-No lo creo. Tenía una firma como para extender el endoso. Yo la vi y me pareció la firma de Fernando. La estaba ofreciendo una mujer desconocida. Puede ser que habiéndose quedado sin recursos por cualquier circunstancia, haya resuelto dar ese paso. El hecho es que la letra está aquí. Quise ponerme Inmediatamente en campaña, pero ni tenía tiempo ni consideré oportuna la hora para esa clase de pesquisas.

-¿Y qué se te ocurre hacer?

-Hay que esperar la noche. Los misterios viven en la sombra, pues hay que buscarlos en su casa. De noche todos los gatos son pardos... Nos veremos a las siete. ¿Te parece?

Salieron. Alejandro subió por la misma calle 13 y su amigo se encaminó a la calle de La Concepción en busca del usurero del gabán.

 

La verdad era que Fernando se encontraba en Bogotá desde el martes anterior, día siguiente al de su partida.

Estaba comiendo en Serrezuela cuando le entregaron un telegrama... urgente.

Lo abrió con hambre. Era de Diana y se lo devoró. No esperaba esa dicha. Se sentía muy triste; tenía pesar de no haberse despedido. Pero ella era buena, generosa, y lo llamaba.

Leyó varias veces el telegrama, conmovido de placer. Era muy largo, lleno de recuerdos y de pasión. Ella, que lo había abandonado todo por él, necesitaba sus consuelos cariñosos. Le decía que estaba medio loca, le daba a entender que había botado al congresista desde que lo vio a él en el teatro... tan lindo; que estaba dispuesta a correr su suerte; que aunque él -ingrato- la botara, ella no lo olvidaría nunca... y que se sentía muy desgraciada.

Ni un cargo, ni una queja. Era una pieza admirable de literatura amorosa, una obra maestra de astucia. Era un telegrama de dulce.

Fernando no acabó de comer; tomó el café a grandes sorbos, y sintiendo el alma inmensa y el cuerpo como nuevo, como si estuviera estrenando carne, y nervios, y sangre, salió a dar un paseo por la carrilera.

Saltaba sobre los durmientes como subiendo una escalera interminable, con la cabeza levantada, los músculos ágiles, la boca abierta engullendo con placer el aire salvaje. Dilataba las ventanillas de la nariz y recibía con deleite los olores de tierra removida, de majada, de heno virgen y de flores silvestres.

El crepúsculo caía y Fernando tragaba con avidez los últimos reflejos del sol, abriendo y cerrando los ojos como mascando la luz con los párpados.

Algunos árboles de la orilla se inclinaban hacia él y las hojas verdes lo besaban con besos apasionados.

El croar de las ranas y el silbido del viento en los sauces, lo envolvían en ondas rumorosas que eran para él como un himno epitalámico de la naturaleza.

Contrayendo la vista a la última claridad del día, leyó una vez más el telegrama. Le parecía que las letras adquirían vida y hablaban... hablaban con la voz vibrante de Diana y veía a ésta, hermosa, concupiscente, con los contornos llenos de lujuria, los ojos lascivos y ardientes, abriéndole los brazos gruesos y lisos y obligándole a que le besara la garganta mórbida y la nuca sembrada de vello crespo, y que le hacía cosquillas.

Aquel ensueño en medio del campo, a solas con la madre tierra que le prodigaba sus caricias vivificantes, le devolvía fuerza y borraba el último insomnio sombrío del sábado precedente, consumido por la fiebre, aguijoneado por el miedo, ese insomnio horrible lleno de trasgos, poblado de visiones aterradoras...

Un hombre pasó rasgueando un tiple. La música le incendió los nervios. Tuvo deseos de seguir de ahí no más a pie, sin buscar sus baúles, sin arreglar la cuenta, que era lo de menos, de caminar de noche a la luz de la media luna que rodaba como una barqueta por el occidente. Regresó, sin embargo, resuelto a volverse al otro día.

El hombre se alejaba cantando un aire nacional:

 

Después de una larga ausencia

nos volvimos a encontrar...

 

Sí. Era muy larga... ¡tres días! Nunca había sido tan larga. Pero, por fortuna, se volverían a encontrar... y serían felices. Había dineró y amor, amor inmenso.., serian dichosos.

Una ráfaga le trajo el principio de otra copia:

 

Me quisiste... Me olvidaste...

 

Le pareció la voz de Diana que viajaba en las alas del viento ¡No! No la había olvidado. La amaba más que nunca...

Al entrar a la tienda del hotel se encontró un amigo, un pelafustán que iba para Anapoima a solicitar un destino, cualquier cosa, porque se estaba muriendo de hambre. Se llamaba Manzaneque.

-Voy a La Meca, la residencia del zar -dijo aquel perillán atacado de ignorancia fulminante. Después salió con ésta, que mereció una sonrisa de Fernando:

-Puede ser que me nombre ministro o gobernador. He oído decir que no tienen hombres, y yo no soy mujer hasta la fecha. ¡Qué demonios! Si fuera mujer, y mujer bonita o siquiera gorda, no estaba en las que estoy... ¡Carrizo! Estuvieron tomando tragos hasta la medianoche, hora de cerrar la tienda. El individuo que quería ser mujer, sabe Dios Con qué objeto, no tenía dónde quedarse. Fernando le ofreció su pieza, ordenó que le apuntaran el gasto y que pusieran otra cama.

Los dos amigos se alcanzaron a desnudar a duras penas y cayeron como piedras, sobre todo el aspirante a ministro, que había cogido una borrachera solemne, una |mica de tres padres, cantada.

Fernando se despertó al rato, sobrecogido de terrores alcohólicos, sudando a mares.

Manzaneque roncaba como un fuelle...

La vacilación acometió sobre Fernando. Estaba en la situación más difícil de su vida: tenía que optar entre Diana y Alejandro. Veía a éste, todo cariño, ofreciéndole su fortuna y a Diana comiéndosela. Desechaba esa idea. Vela a Diana, toda pasión, y a Alejandro separándolos cruelmente.

Manzaneque roncaba como un mar...

Fernando empezó a toser. Vinieron luego los celos. ¡Y si su hermano estaba enamorado de Diana! No sería imposible. Alejandro era el diablo... Alejaba ese pensamiento. Más bien Velarde... Sí, Velarde, sin duda. Ahí estaba el tuétano.

¡Manzaneque roncaba como una tromba! Fernando le tiró con un botín... Manzaneque se volvió para el rincón, soñándose que era mujer gorda...

Por fin Fernando se durmió sin resolver nada. A las seis lo despertó su compañero, que se había levantado siendo todavía hombre.

Se desayunaron a la ligera y se fueron a la tienda. Empezaron a beber más. Fernando vacilaba todavía. A la cuarta copa dejó todo escrúpulo y resolvió su viaje a Bogotá. Los celos, más que nada, lo decidieron. No podía sufrir esa jugada.

Lo grave era componer bien el pastel. Consultado el asunto con Manzaneque, quedó resuelto del modo más sencillo. Este seguía para Anapoima en la montura de Fernando, prestada, por supuesto, y en la bestia que Fernando había alquilado y que estaba pagada. Fernando regresaba a Bogotá, y Manzaneque, que pensaba seguir a conocer el Magdalena, y si era posible más allá, iría poniendo telegramas a Alejandro o a Antonio Velarde, de La Mesa, Anapoima, Las Juntas, Girardot, en fin, hasta donde alcanzara.

El plan era luminoso. Tomaron otras dos copas. Era tiempo, el tren ya llegaba. Fernando, ya borracho, le recomendó su equipaje a Manzaneque, quien apuntaba en el puño de la camisa: "Recoger el equipaje. Telegramas de todas partes a Antonio Velarde y Alejandro Acosta.-Bogotá".

El tren llegó bufando. Los dos amigos se despidieron.

-No olvides mis baúles -gritó Fernando, y al ir a montar lo llamó su compañero y le dijo al oído algunas palabras cabalísticas.

Abrió Fernando la cartera y le puso en la mano un billete de cincuenta pesos, que iba parando en la cabeza a Manzaneque, que ya no pensaba en ser hembra, sino ministro.

 

Velarde y Alejandro compraron unos cigarros en una taberna.

Dos puertas más abajo los encendieron y se pararon a deliberar.

Llovía un poco. De los billares salían ruidos confusos de charlas, de gritos y de pasos, acompañando el canto seco de las bolas: tac... tac... tac... Los vendedores del único periódico de la época gritaban sus últimas melopeas.

El |ulster de Alejandro sonaba con fuerza y se oía el redoble de las gotas sobre el paraguas de Velarde.

Bajaron y se detuvieron en la esquina de |Arrancaplumas. Un corrillo de cuatro personas que hablaban de política fue disuelto por un policía encapotado y friolento. -"Están prohibidos -dijo- los grupos que pasen de una persona". Un viejo liliputiense, sin sobretodo, tiritando, con las manos en los bolsillos, el sombrero metido hasta los hombros y el cigarro apagado metido hasta la campanilla, rumiaba una hoja de |La Rebelión pegada en la pared. Velarde se acerco. Eran nuevos detalles sobre la hecatombe del |Bledo.

-No me importa un bledo -dijo alejándose.

El foco eléctrico sin bomba fulguraba entre lo oscuro como un diamante inmenso de aguas azulosas. Parecía una estrella suspendida de un hilo invisible. Regimientos aéreos de insectos y mariposas negras revoloteaban bañados en resplandores rojizos hasta caer en recias convul­siones.

Los carbones con las puntas encendidas como cigarros chirriaban al juntarse. Y la lluvia, incendiada al atravesar la luz, semejaba una pulverización del éter.

Velarde sacó del bolsillo un reloj de plata y se lo tendió a su compañero. Era el de Fernando, que rescató por la tarde. Estaba empeñado en ocho pesos hacía dos meses; él había dado veinte. ¡El setenta y cinco por ciento mensual!

-  ¡Qué rata! -dijo Alejandro guardando el reloj.

-  ¡Qué rata el usurero! Y hablaba de ladrones...

Cogieron un tranvía amarillo que pasaba arrastrándose entre el barro como un reptil inmenso. Había pocos viajeros; gente de baja extracción: una mujer del pueblo con un perro de lanas sobre las piernas; otra con un canasto lleno de legumbres; una hija de la noche sonriendo al aire y un soldado y una criada tan pegados que formaban un solo cuerpo. Velarde codeó a Alejandro: el soldado le tenía co­gida a su dama una mano, una mano como un guante de esgrima. Se oyeron ronquidos; era el soldado borracho que dormitaba sobre el hombro de la hermosa.

-Esta mujer debe ser de manos muertas -dijo Velarde-. Vaya con el idilio. Zola diera su quinta por ese cuatro:

haría una obra de |mano maestra.

Alejandro se sonreía oyendo chisporrotear al otro. El soldado tuvo hipo.

-Este hombre es un hipopótamo. Se despertará hipocondríaco.

-Es una hipó-tesis -dijo Alejandro por ayudar-. Dime ¿es muy lejos?

-No. En esto estamos allá.

El cobrador pidió. Velarde dio un fuerte. No había cambio. La fusta chasqueaba y las mulas exhalaban gemidos sordos, resbalando sobre las piedras y haciendo brotar chispas como de un yesquero.

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