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VIII

 

Alejandro se acercó al estante de los libros, envueltos en la sombra. Lo examinaba con aire distraído, contrayendo la vista y agachándose para observar mejor; ya enderezaba los volúmenes, ya pasaba los dedos por los caracteres de los títulos. Sacó un libraco en rústica y después de leer el rótulo lo tiró con desdén. Era la Constitución.

-Pronto se podrá -dijo- destinar esto a otros usos. Pronto este aparato de tortura será inconstitucional. ¡Ya huele!

Volvió la mano atrás, le arrancó un diente a la cigarrillera, lo envolvió con cuidado y raspando un fósforo empezó a quemar lentamente la punta del cigarrillo, que se quejaba , con quejidos débiles. La luz de la cerilla sufría hipos bruscos a cada espiración y botaba sobre el estante relámpagos entrecortados.

Bajo los chispazos luminosos brillaban los libros con reverberaciones fantasmagóricas. Parecían grandes gemas, piedras largas en el obrador de un joyero, iluminadas por los reflejos del soplete. El rubí sangriento de los diccionarios, el topacio de las tapas Lemerre, el coral y el ópalo puro de Calmann Levy, un trozo de azabache de una Biblia, el gris perla, el zafiro lechoso, el amatista pálido, el lapislázuli suave de las tipografías de |Samper Matiz, El Comercio y El Cojo, los cortes de oro de las Ediciones Diamante; pastas despedazadas y sucias como pedazos de cuarzo y dos pergaminos estirados, con sus lomos redondos, como dos enormes pipas de ámbar.

Velarde entró con una taza de café en la mano y Alejandro, como hablando con los libros, decía:

-Fernando también hacía literatura, y no del todo mala. Hay cartas suyas que tienen tuétano como un buen pernil. Sabe... o sabía decir. Parecen de un hombre corrido y no de un cándido que se entrega a la primera que pasa. Con sus teorías sacadas de ciertas novelas sicológicas, de sicología casera -se creyó armado hasta los dientes, cuando no llevaba encima un cortaplumas-. Las daba de escéptico y creía más que una novicia muy novicia. Eso lo perdió: creer que no creía y tener en el fondo una fe de monja miope. ¿No te parece, Antonio, que hay que creer en algo? Hay que creer, por ejemplo, en que todo es mentira...

-Hombre, ¡no tanto! Mi regla es ver y creer.

-Mi pobre hermano se embarcó en el globo de ciertos sicologistas y en el aire lo quemó con su propio fuego. Así cayó. Acaso otras lecturas le habrían hecho menos daño: el que ve el pantano, digo yo, o no se mete o pasa con cuidado, pero si está cubierto de flores y hojas, queda hasta el pescuezo.

Antonio sorbía el café con deleite, sin desplegar los labios para nada más, y Alejandro continuaba:

- ¡Mira qué cosas! El mismo que escribía cartas de hombre, hacía versos de niño, tan llorones que los hubiera firmado Jeremías. En aquel cajón se podía coger un reumatismo. Yo creo que ese acueducto de lágrimas era el baño de los ratones. Esos versos murieron incinerados como los albigenses. Yo ignoraba que tuviera la tal chifladura. Una tarde hallé esta nota en uno de sus libros: "Hay versos que si no salen, ahogan"; y le agregué: "Los versos malos, sobre todo, pueden estrangular a cualquiera". Por la noche me fijé en el libro: estaba arrancada la hoja, y al otro día encontré al muchacho acurrucado en el corredor haciendo una hoguera.

- ¿Qué estás quemando?

-Recibos... cuentas... papeles inútiles.

Se me antojó que eran los versos, condenados a muerte.

-Muéstrame -le dije.

Enrojeció hasta las orejas y me miró con mirada de ladrón cogido infraganti. Fue grande mi alegría al verle el rostro y la nuca, la pobre nuca flaca, arrebolados como cuando era un mocetón robusto.

-Son versos -dijo- pero muy malos. No los veas.

-Deja, niño: "todos cantamos en la edad primera

-Tú no -repuso, como queriendo darme un diploma de hombre serio.

- ¿Yo? Más que nadie y peor que todos, con la circunstancia agravante de que los publicaba.

-No serían tan feos como éstos.

- ¡Cómo no! Indignos, abominables.

Sonrió complacido: no era ya el único delincuente. Había otro reo de mal gusto y de ripio.

Yo me acababa de acurrucar a su lado y lo contemplaba de cerca. El golpe de sangre estaba pasando, la ola de carmín bajaba como la marea y dejaba la eterna sábana blanca del rostro. Las llamaradas de la hoguera iluminaban por momentos las facciones puras y pálidas como modeladas en cera y daban toques rojizos a la barba naciente, una pelusilla de oro. Guedejas blondas y ensortijadas decoraban las sienes hundidas, perladas de sudor y cruzadas como un mapa por venas de tinta violeta. Las orejas transparentes, la nariz recta y fina descansando sobre el bozo rubio. Bajo el arco de las cejas brillaban como zafiros oscuros, los ojos largos y acuosos donde se asomaba un alma pensativa. Aquellos reflejos opacos, al través de las pestañas crespas, caían entre las ojeras profundas, hijas del insomnio y de la fiebre, como dos manchas de luz azulosa. La piel reseca y bruñida, la mandíbula recia, sensual; por los labios ya marchitos, de un tono Violado muy suave, pasaba un anhelito ardoroso y la tos, que hacía estremecer de cuando en cuando las llamas, las salpicaba de saliva.

-Ha sonado la última hora para mis versos. Se quemarán con musa y todo -dijo Femando. Solté un papel de seda escrito en máquina y dejo ver las manos enflaquecidas, con el signo fatal de las uñas corvas-. Toda la noche han estado en capilla, me pareció que se quejaban, que seguían llorando, que se encomendaban al dios de la métrica, que debe ser Boileau.

- ¡No me soples la musa! -exclamó al ver que yo soplaba ligeramente las llamas. Luego, con una sonrisa que enseñaba los dientes alargados como los de un convaleciente:

-Este sí es verdadero auto de fe... de muy buena fe.

- ¿De veras?

-De veras. ¡Yo para qué quiero estas patochadas! Me siento un personaje auténtico del Santo Oficio. Y qué santo oficio es este de quemar herejes literarios.

- ¿Tú no has hecho epigramas? -le pregunté al oír cómo le daba vueltas a los vocablos.

-Por fortuna dejé ese vicio. En otro tiempo los hice. Los mandaba sin firma a los periódicos, y luego me entretenía viendo a las palabras retozar unas con otras, con su disfraz de bastardilla, como los polichinelas.

Iba a quemar otro papel, cuando le dije, agarrándolo por la manga:

-Aguárdate. Yo creo que debemos seleccionar.

- ¡No! Todos estos versos son malos... y a los malos al fuego eterno.

Cogió el rollo de papeles y lo tiró entre la candela. El fuego, que nivela en su regazo los productos del genio y los del estólido, se dio a trabajar con ardor.

Las llamas comenzaron a crecer, a moverse con inquietud, a azotar el espacio, a besarse en el aire, a estrecharse hasta formar una gran llama temblorosa, juguete del viento, una pluma de fuego cuyos reflejos de rubí, turquesa y ámbar, nos bañaban el rostro y las manos, y en cuyo fondo se divisaban pedazos sangrientos como carnes vivas.

Las lenguas de oro, movibles y humeantes, con crepitaciones de leña verde, iban rodeando, lamiendo, acariciando, apoderándose de las cuartillas, que se retorcían en convulsiones nerviosas, gemían y se enroscaban como gusanos de luz. El humo las ponía amarillas, luego como carey, por último negras, y ya abrasadas, agonizantes, con estertor apenas perceptible, se abandonaban y caían desfallecidas en un lecho de ceniza.

El incendio se aplacaba por instantes para atacar con mayor fuerza. Un vaho caliente se levantaba de la pirámide y saltaban numerosas moscas de luz como un aguacero de rubíes. Los caracteres, que al principio realzaba el calor, se iban borrando, borrando, perdiéndose hasta desaparecer entre las llamas. Las voces huían espantadas, versos íntegros, estrofas completas, se deshacían entre torbellinos de humo. Sonetos y madrigales, silvas y rondeles, octavas y endecasílabos pareados, rimas libres y alejandrinos, quintillas y tercetos, en confusión aterradora, eran devorados en minutos por aquel mar de fuego. Los asonantes se daban la mano antes de morir, los consonantes perecían en estrecho abrazo; reventaban los esdrújulos como triquitraques, los graves morían graves, estoicos, y los agudos levantaban sus cabezas de víboras antes de caer carbonizados.

Con voracidad de tiburones las llamas se tragaban, sin mascarlos, puntos, tildes, suspensivos, comas, paréntesis, interrogantes.., toda la obra de Marroquín.

Hubo atrocidades en esa catástrofe. Centenares de |corazones devorados, decenas de |ilusiones asfixiadas, |esperanzas muertas a millares, montones de |desengaños asados vivos, no sé cuántos |dolores.., de cabeza entre la candela, lenguas de fuego que mataban de un lengüetazo, como en Bogotá... |amores, ensueños, pasiones. Los |recuerdos se quemaban como si fueran de paja; |suspiros, adioses, placeres, quedaron hechos ceniza; unos |dientes de perlas se ahumaron completamente, las |vírgenes pálidas parecían carboneras; las |lagrimas resistían un poco, tal vez por la humedad, pero pronto el calor las evaporaba; montañas de |miradas se consumieron en la pira, y al recorrer el campo se encontraron |pensamien­os muertos, |besos heridos y |alegrías contusas.

- ¿Con tusas? -exclamó Velarde-. ¡ Qué barbaridad!

-Alegrías contusas, esto es, con contusiones -repuso Alejandro, y concluyó con gravedad-: afortunadamente no hubo desgracias personales que lamentar. Un papelito blanco, respetado por el incendio, que decía |Olvido en letras negras, duró unos instantes, pero de pronto se lo tragó una serpiente de fuego.

Las lenguas de oro se aplacaron. Luego, con rapidez vertiginosa, saltando y moviéndose como un fuego fatuo, una llama azul y traviesa como el alma del alcohol, corrió sobre los escombros, iluminó la ceniza, y al apagarse bajo un soplo invisible, como las de un formidable pájaro gris, batió sus alas el humo y tuvo Femando un golpe de tos.

 

Olvidado del café, que estaba ya frío, oía complacido Velarde la conversación de su amigo, locuaz por excepción en esos momentos.

-La quema de los versos -continuó Alejandro- abrió entre nosotros un pequeño canal que me permitió conocer un poco a mi hermano, siquiera en el campo artístico. Tuve que hacerme literato, yo que sé tanto de letras como un fraile de cotillón o algunas monjas de obstetricia. De niño conocía las letras de mano, de grande me aterran las de cambio. Lograba, sin embargo, buenos efectos en la crítica, soltando nombres rusos o polacos cogidos generalmente de los cables, como hace Pelusa. Otras veces me hacía el sueco.

- ¿No has vuelto a hacer versos? -le dije una noche.

- ¡Ni lo permita Dios! Me quedé con un título para versos cortos.

- ¿Cuál es?

|-Glóbulos. He pensado regalárselo a Pombo, quien, sobre ser un gran poeta, se muere por la homeopatía.

-Ese título -le dije- no le gustaría bien a Roskoff. Huele a alcoba.

-¿Quién es Roskoff?

- ¿No le conoces? Es un gran poeta de la Laponia, una gloria polar, jefe indiscutible de los simbolistas lapones, llamados allá los roskoffistas.

-El rótulo nada significa; depende de lo que cubra. Eso sucede también con los hombres. Prevost se llama Marcelo, Donnizetti era Cayetano, y Coppée es Pacho, Pacho, como los gatos. El mismo Hugo no se llamó Ernesto, que yo sepa. En cambio, cuántos Edgardos, cuántos Marcelianos y Jorges andan por ahí que son unas dantas. Yo mismo me llamo Femando y me siento tan bestia como si me llamara Cleto. En el colegio reprobaron en retórica a un sujeto que se llamaba Cicerón. ¡Cicerón reprobado en retórica! Bien es cierto que era Paniagua. Cicerón Paniagua. ¿Qué opinas?

-Que hicieron divinamente.

Fernando era un loco por los versos. Esos poetas a lo Núñez de Arce, Heme, Pombo en sus tiempos, le producían vértigo, como subido a una eminencia. No alcanzaban en su vuelo a esas águilas del pensamiento respetadas por el diluvio universal de malos versos. Decía con Oscar Wilde -el estetista- que le daba miedo lo abracadabrante, palabra de que estaba muy enamorado.

No podía ni oír nombrar a esos literatos a lo Villegas, lsco, Príncipe, esos juglares del arte que hacen reír hablando de golosinas; y le molestaban los novelones espeluznantes de los literatos del terror, buenos para niños desvelados que se duermen preguntando en qué paró la princesa. Estaba en lo cierto, digo yo. Las mujeres las devoran. Saltan páginas y páginas, lo que ellas llaman digresiones, para irse al grano, donde encuentran blancos, para saber si Rocambole murió de hambre o la gitanilla por fin se casó con Arturo. Se pasan horas enteras viendo las láminas, unos mamarrachos con su letrero al pie:

"¡Capitán, apunto a la cabeza!", y está el capitán arrodillado con la cabeza a dos manos, como con jaqueca, al pie de una dama con tamaño pistolón: "El gula se perdió entre las sombras...", y se ven las sombras, y el guía completamente perdido.

-Luego las conversaciones -interrumpió Velarde rompiendo el mutismo con voz de mujer y echándose el último sorbo de café.

-Pues qué te parece, Matilde se había casado con el conde, ¿no? ¡Ay, ala!, no me cuentes, ¡no me cuentes!

-Bueno, se había casado y |todo...

- ¿Cuál, Berenice?

-No, la otra, pero la duquesa del Espino... ¡Ay, por Dios, alita, no sigas, no sigas, porque si no... qué chiste!

Luego continué en su voz natural:

-Aquí hubo un señor que perpetró una novela de esas. Todo iba muy bien pero llevaba más de ochenta personajes y no sabía qué hacer con ellos ¿Sabes lo que hizo?

-Qué voy a saber. Se los comería.

-Los reunió en un banquete, y cuando menos se piensa la casa se prende por las cuatro puntas, y se queman hasta las criadas, con gran peligro del lector, qué tiene que soltar el libro y salir corriendo.

-Mi hermano -dijo Alejandro- se curó de los versos por medio del fuego, como se cura el reuma por el termocau­terio. Más tarde escribió cuentos cortos, toques ligeros, pues se volvió un fanático de la brevedad. Eran sus ídolos Flórez, con sus |Gotas de ajenjo, que emborrachan el alma y enloquecen, Darío, con sus |Abrojos punzantes, y Silva con sus |Gotas amargas, tan amargas como la cicuta, que destilan intención y arte. Todas esas gotas que han filtrado las almas de los tres poetas llenaban la copa de su cerebro hasta rebosar, y se le salían por la boca. Las recitaba siempre.

Esta, por ejemplo, de Flórez:

Si mi boca fuera abeja

y tu boca fuera flor,

¡qué borrachera de néctar!

¡ Qué borrachera de amor!

 

Si tu boca fuera abeja

y mi boca fuera flor,

esa abeja no vendría

a saborear mi dolor.

De |Abrojos le oí muchas veces este cilicio:

Al oír sus razones fueron, para aquel necio, mis palabras, sangrientos bofetones; mis ojos, puñaladas de desprecio.

Y a todas horas, por ahí solo, repetía esta |Gota amarga, que parecía hecha para él:

A una boca vendida,

a una vendida boca,

cuando sintió el impulso que en la vida

a gozar nos provoca,

dio el primer beso, hambriento de ternura

en los labios sin fuerza y sin frescura.

No fue como Romeo

al besar a Julieta...

En fin, no sé bien esa estrofa, pero me acuerdo de que es una pintura viva Y cruel.

Por encima de todas sus aficiones, como un manto luminoso, se desenvolvía el periodismo, su pasión más fuerte hasta entonces. En su cuarto, atestado de periódicos de todo el mundo, entre los montones blancos de papel, sobre una alfombra de hojas sueltas y recortes, se caminaba como en el Polo, por entre bancos de hielo. Allí, moviéndose, con sus chinelas de piel de ternero, su cachucha, su gran bata, la pluma en la oreja, la pipa de ámbar en los labios, flaco, exangüe, ojeroso, las pupilas ardientes llenas de curiosidad, parecía un reportero del |Herald tomando notas en el corazón de la Groenlandia.

Ninguna carrera para él tan generosa, tan brillante, como la del periodista, a un tiempo médico, abogado y sacerdote auténtico del progreso humano. Noches enteras, al amor de una lamparilla rosada cuyos reflejos sanguíneos lo rejuvenecían, llenaba páginas y páginas de menudos signos negros que se movían como insectos sobre planchas de mármol; a veces animaba los párrafos escribiéndolos con tinta roja y se veía la hoja blanca, llena de puntos sangrientos, como la espalda recién azotada de un penitente.

|Gratis ed amore, como es de estilo aquí, logró hacerse colaborador de un periódico, al que enviaba gacetillas, cuentos cortos y crónicas sociales y de teatro, todo anónimo. Yo lo dejaba hacer, sin desflorar una sola de sus ilusiones, y él se quemaba el cerebro y las pestañas... y soñaba.

Se sentía director en jefe de un gran diario. Veía el despacho lleno de reporteros, de colaboradores, de poetas inéditos suplicantes, de anunciadores, de agentes viajeros, de empresarios de teatros, de políticos, de literatos. Oía la algazara de los muchachos que en ola abigarrada y movible invadían la administración para regarse luego por las calles como una banda de pájaros vociferantes. Sentía el olor fresco y húmedo de las docenas recién sacadas de la máquina. A lo lejos, como un himno a Gutenberg, el canto de las prensas, los gritos de los empleados, el trajín de los tipos, el caer del agua que mola las resmas, y cerca, muy cerca, como un frote de alas, o como rezos en voz baja, el ris-ras de las plumas de acero sobre las cuartillas satinadas.

Al frente las enciclopedias con sus tomos obesos, como sabios venerables que aguardan se les consulte cualquier cosa; al lado el teléfono, ese personaje ciego que al contrario del hombre habla con su única oreja larga y oye con su boca redonda y negra; en un muro retratos, tarjetas, programas de espectáculos, caricaturas, mapas, y en otro los canjes prendidos de garfios como las postas en las carnicerías. Y en medio de aquel barullo y aquel aparato, ante un escritorio que parecía un inmenso piano, él, don Femando Acosta, que ejecutaba todas las tardes la gran sinfonía de la opinión pública.

No cpntaba con los pegotes, los consejeros, los tertulianos inmóviles, los rectificantes estólidos, los universalistas, las multas, y, por último, los genízaros de Asas-Baschi, que por un quítame allá ese artículo, o por el antojo de un mandarín atrabiliario, cierran la imprenta o encarcelan al periodista, o ambas cosas. Nunca pensé en desvanecerle su sueño de oro.

-Es preciso -decía- luchar contra el olvido, seguir el ejemplo del sol, que al hundirse deja surcos de luz sobre el manto de la tarde.

 

Tan bizarras ideas en mi hermano, propósitos tales, me hicieron creer que podía darme el lujo de un viaje, antes de que el papel moneda tornara en polvo mi fortuna y el tiempo convirtiera en ceniza mi juventud. Fatalmente me engañaba. Ya lo has visto.

Resolví, pues, mi marcha, después de convenir con Fernando un plan para lo futuro. El debía continuar sus labores en la prensa hasta conquistarse un nombre, lo que no parecía imposible, y yo, a mi vuelta, previos estudios en Europa del asunto, haría venir una empresa tipográfica que pondría a su disposición. Fernando, entusiasmado, prometió ésta y la otra vida, y apenas lo hube instruido perfectamente en el manejo de sus intereses, partí la mañana que tú recordarás. |Voilá tout.

    Pasa el tiempo, Fernando no me escribe una línea, regreso y me encuentro con el desastre. Es una abominación la vida, todo esfuerzo es vano. ¿Qué queda después de la lucha a que la humanidad está condenada?

- ¡Nada! Nada... -respondió Velarde como un eco, mientras Alejandro, cogiendo el bastón y el sombrero, se despedía.

-Mañana nos veremos -dijo, y salió.

Se oyeron las seis en el templo de los capuchinos. Las pisadas de Alejandro resonaron en la escalera y luego en la calle, mezcladas con los toques del Angelus. Las tres campanas suspendidas, meciéndose como ajusticiados, parecían hablar de otros tiempos, de otras cosas, de otras gentes; y sus voces misteriosas, dichas a los búhos en el oído, llenaban el silencio de quejas, las almas de recuerdos, y hacían correr por los aires un estremecimiento...

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