|(Escena hablada)
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Mefistófeles (sobándose la oreja): -¿Qué tal el enfermo?
El cura: -Malo.., se muere.
Mefistófeles: - ¿Y qué tiene?
El cura: -Miedo, mucho miedo. Lo cogió esta mañana de repente,
al oír el primer toque de marcha para Santander.
Mefistófeles:- ¡Dios lo ampare! ¡Se muere aquí o allá! ¡Cristo
de la Madona!
|(Aparece Fausto lleno de tierra, tambaleándose y ya sin
Ivíargarita, a la que acaba de romper. Por la acera opuesta, en una
camilla, pasan al moribundo entre una patrulla. El cura reza,
Fausto se vuelve viejo, Mefistófeles se santigua.
|y cae el
telón definitivamente).
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-- ¡El autor! ¡El autor! -exclamó Alejandro dejando ver sus
dientes salpicados de oro y aplaudiendo con sonoridades de gallo
que aletea. El eco centuplicaba los aplausos inundando con ellos el
aposento como en una apoteosis teatral. Cogió de encima de la mesa
un libro y se lo entregó a Velarde ceremoniosamente, junto con su
cigarrillera abierta, que sonreía como una boca fresca con su doble
hilera de cigarrillos. Aquel drama aguijoneaba su pasión por lo
político y le devolvía algo de su antiguo buen humor.
-No está malo el drama -continuó, sentándose-, aunque le faltan
muchas cosas: no tiene enredo, ni movimiento, ni vida, ni muerte
siquiera. Esto último se me hace raro. La muerte se vela venir
desde el momento en que había médico, cura, beatas y moribundo.
¿Por qué no mataste al soldado ése? Es un escrúpulo tonto. Si te
dedicas al drama tienes que convertirte en un matasiete. Eso de
dejar a los personajes medio muertos no gusta. Yo, en tu caso, lo
mato.
-Pero si nada me estaba haciendo.
-No importa. Debieras matarlo. Todavía es tiempo, mátalo.
-No te afanes. Si no lo mata ahora la cuenta del médico, y se
repone bien, lo matarán en una batalla.
- ¡No lo creas! Aunque no tenga nervios -que sí los tiene- ese
soldado corre por no condenarse. El miedo al infierno hace correr a
mucha gente. El carbonero que cree que matar o hacer por matar es
pecado, huye antes de que lo coja la muerte fabricando réprobos,
tarea hasta reprobable. No todos pueden hacer lo que un fraile del
año cuarenta. Era un gran tirador y cada rato decía: "Allá va un
rojo". Apuntaba un momento y ¡pum!, el rojo caía dando volteretas,
mientras el apóstol de Cristo, levantando la mano, lo absolvía por
elevación. El cielo se llenó de liberales.
En ese instante, como salido de un rincón, sintieron un silbido
agudo y tenaz que les taladraba los oídos.
- ¿Quién silba? -dijo Alejandro-. ¿Como que soy yo?
- ¡No! Creo que soy yo -respondió Velarde tocándose los
labios.
El silbo seguía más cerca, entre los dos amigos, vibrante y
sutil, alargándose y recogiéndose en el aire como un caucho.
- ¿Será alguna musa que está silbando tu drama?
-Más bien puede ser algún Terpandro, poniéndole música. En todo
caso el que silba, así esté con la misma Venus, no se puede dar el
lujo de besarla en estos momentos. Me acuerdo de haber leído que en
un salón lleno de parejas de enamorados, se apagó de pronto el gas
y la dueña de casa, mujer de mucho mundo, dio en la sombra esta
orden: "A silbar todo cristo". La rechifla seguía y nadie raspaba
un fósforo. Todas las manos estaban ocupadas... en busca de las
fosforeras.
La primera nota, sostenida un rato como la que da un templador,
se fue disolviendo, disolviendo en el aire como un color bajo el
pincel húmedo y salpicaba el espacio de gotas de sonido, una
especie de rocío musical.
-Esto no puede ser -exclamó Velarde sacando la cabeza por un
vidrio roto-. Ese Orfeo con sus
|chifladuras acabará por
|chiflamos. -Y volviéndose a Alejandro-: mira esto
-concluyó.
Balanceándose sobre una de las ramas de un cerezo, un
hombrecillo estirando una trompa como la de un oso hormiguero,
silbaba furiosamente y cogía racimos de frutas gordas, semejantes a
labios de mulata, y las echaba en un canastillo. Aquel personaje
extravagante, en medio de tanto verde, se diría un gnomo entre una
gruta de esmeraldas cogiendo rubíes en el fondo del mar.
-Si no anduviera por ahí el Código Penal cazando tontos-dijo
Alejandro-, me daría un gusto. Tomaría tu revólver y bajaría a ese
enano como una mirla. Se las echa de pájaro, pues que muera como
los pájaros.
El hombre los vio, contrajo el hocico y escampó el aguacero de
notas como una orquesta que recibe un corte de batuta.
Una criada entró con un telegrama de La Mesa, para Velarde,
quien leyó en voz alta: "Sigo sin novedad. Avisa Alejandro.
Fernando Acosta".
Diez palabras -continúo Velarde tirando el papel sobre la mesa-.
Qué rapidez. Ni que hubiera venido a pie el tal telegrama.
-Así es aquí todo -repuso Alejandro tomando la cuartilla y
leyendo-. Está bien... me alegro. La celeridad de nuestros
telegramas es cosa vieja. Cuando no había ferrocarril, un bogotano
todo chispa y talento le telegrafiaba a su esposa desde Zipaquirá:
"Cuando recibas éste, ya estaré en tus brazos". Luego, dando
Alejandro un giro distinto a sus ideas, exclamó:
- ¿Te acuerdas de Montejo, Nicolás Montejo?
-Cómo no, se debió morir ese sujeto.
-Al contrario, resultó muy vivo. La guerra del ochenta y cinco
lo botó al Perú. Aquí no era gran cosa, a pesar de su arrogante
figura y su talento, que no había encontrado campo propicio para
desarrollarse. Se dio sus trazas de casarse en Lima con una mujer
rica y principal, y allá me lo tienes colocado, con justicia, en
una brillante posición. Es todo un señor respetable y respetado.
Hace poco lo encontré en París, donde estaba, como yo, de paseo. El
mismo de siempre, inteligente y bizarro.
-¿Y a ml qué me importa todo eso?
-Nada. Simplemente te iba a contar que le he escrito. Fernando
llevó para él dos cartas: una de recomendación común y corriente,
que iba abierta, y otra cerrada cuyo borrador tengo aquí.
Sacó del bolsillo varias cuartillas llenas de enmendaduras y las
tendió a Velarde, quien les paseó los anteojos durante Un rato.
Alejandro le hacía al señor Montejo una larga relación de la
vida de Femando. Le pintaba a grandes rasgos aquel carácter
arrojado y expansivo con los hombres y tímido como Una liebre entre
la alta sociedad. Con suma delicadeza le refería cómo su hermano,
enamorado hasta los huesos con toda la fiereza del primer amor,
cayó lamentablemente en las garras de la primera ante quien se
atrevió a abrir su corazón virgen.
Le hablaba de las trabajosas circunstancias morales y físicas de
Fernando, y después de autorizarlo para suministrarle dinero, le
encarecía lo introdujera en el alto mundo y lo impulsara al trato
con mujeres de calidad, medio el más seguro para acabar con las
dolencias de su espíritu, causa primordial de las de su cuerpo.
"Femando no es torpe -decía el último párrafo-. Por el
contrario, ha sido despierto y su ingenio lo hizo distinguir en
otra época. Tiene un nombre puro, antecesores honorables y no le
falta con qué sostener una posición elevada. Esas circunstancias,
unidas al alejamiento de un ambiente pernicioso y al desarrollo que
al verse solo adquirirán sus facultades hoy adormecidas, me hacen
esperar en que se salvará del desastre, gracias, sobre todo, a la
noble tarea que no dudo usted acometa con generosidad, obra que
solicito de usted como el más alto servicio que puedo demandar de
un amigo tan distinguido. Por todo lo cual le pido mil excusas y le
anticipo en mi nombre, en el del mismo Fernando y en el de mi
padre, los agradecimientos más profundos".
-Me parece bien -dijo Velarde doblando los papeles y
entregándolos a su sueño-. ¿Y cumplirá Montejo?
-Es probable. Se le presenta ocasión de pagarme servicios de
otro tiempo. Luego, yo no le pido un imposible. Si no cumple del
todo, siempre hará algo, mientras hay tiempo de escribir a otras
personas.
En el comedor sonó un campanillazo. Velarde se levantó y le dijo
a su huésped:
-Vamos a comer. Son las cinco.
-Anda tú, yo no puedo, tengo una invitación.
-No importa, nos acompañas de vista.
-No. Aquí te aguardo mientras comes.
Al salir su amigo tomó Alejandro el libro que aquél dejó, y sin
leer miraba los signos y pensaba:
-Yo tengo que enmendar los errores cometidos con Fernando. Ese
pobre muchacho no tiene, hasta cierto punto, la culpa de lo que ha
hecho. Si yo me lo llevo para Europa, es seguro que no se pierde.
Fue una gran falta de mi parte dejarlo solo y con dinero, entregado
al capricho de sus pasiones.
Lo peor es que a mis padres les cabe buen lote de
responsabilidad, aunque, en el fondo, procedieron con la más
absoluta buena fe, con toda la honradez de esos corazones
virtuosos, sencillo el uno y severo el otro.
De un lado los mimos constantes de mi madre, que en su
ingenuidad santa se figuraba que el niño nunca llegaría a hombre, y
de otro lado la exagerada severidad de mi padre, que nunca dejó de
ser padre, cuando está averiguado que deben convertirse en amigos y
consejeros del hijo.
Es la historia eterna con los muchachos. La madre los agasaja,
les consiente todo y le oculta las faltas al padre para que no se
los coma vivos como Polifemo a los compañeros de Ulises. Los
jóvenes, como el mismo Ulises, apelan a la astucia, luego dan
pábulo a sus pasiones y se entregan a excesos clandestinos. Cuando
mueren los padres, los hijos estallan, y viene a ser un milagro que
escapen al más atroz desenfreno.
Mi padre era un justo, pero apretó a Femando como un dique, y
cuando se vio suelto fue un torrente, un torrente impetuoso que yo
he debido encauzar. No lo hice, y aquí está mi falta.
- Es un rompecabezas eso de educar gente. Es mejor, como yo,
conservarse en su santa gracia.
|Nolli me tángere.