VII
Después de almorzar, Velarde, sentado en una silla de Cuero,
cerca del balcón, hojea al acaso una novela de Anatole France y
deja ir sus pensamientos enredados en el humo de su cigarro, en pos
de las anotaciones marginales del libro, hechas con lápiz.
Sonríe a ratos con las adorables extravagancias que encuentra, y
otros cierra los ojos y lanza la imaginación a vagar con el autor
de
|Thais por los laberintos de una filosofía de buen
gusto.
"De todos los trabajos a que puede entregarse un hombre honrado
-dice France-, el de hundir clavos en un muro es quizá el que
procura los más tranquilos goces
Velarde sonríe vagamente, pensando en que no hay tanta honradez
en eso de "meter clavos", como se llama en Bogotá hacer trampas,
meter
|chuzos, y sin soltar el libro, sigue mirando hacia
afuera.
Por entre dos vidrios cubiertos con una cortina blancuzca, como
al través de un encaje de bruma, se ve una faja de la ciudad. El
ojo abarca a lo largo una extensión inmensa cortada a lo lejos por
las nubes de algodón brillante, amontonadas como un rebaño de
carneros formidables dormido sobre el lomo de los cerros.
A lo ancho coge la vista dos cuartas, lo que miden los vidrios.
¡Dos cuartas de cielo!... Un cielo despejado con una nubecilla en
la mitad como una garza. Casi recostados al cerro sacan sus copas
verdinegras los pinos que escoltan el obelisco de los Mártires,
oculto con vergüenza entre mares de hojas. El monumento no se ve.
Obra de los hombres, parece detenido por alguna mano misteriosa y
se ha dejado tapar por los árboles, obra de la naturaleza. Esos
pinos -pensaba Velarde- con su memento eterno por los mártires, en
esta época sombría de ingratitudes y de olvidos, entonan el himno
de la posteridad.
Y Anatole France le respondía desde una página del libro:
"La posteridad no es imparcial... Lo que no le interesa, lo
olvida. No es un juez como creía madame Roland: es una muchedumbre
ciega, aturdida, miserable y violenta como todas las muchedumbres.
Ella ama.. y odia sobre todo. Tiene prejuicios, vive con el
presente, ignora el pasado. No hay tal posteridad".
Descorazonado con la respuesta siguió mirando al exterior. Ante
sus ojos se desenvolvía la ancha cinta de los tejados, cruzada por
trazos fuertes, como el desarrollo de un problema de matemáticas
sobre un tablero rojizo. Las líneas se cortan en mil puntos dejando
ver pedazos de fachadas
altas que tajan el espacio, paredones escuetos, bocas
triangulares negras de hollín, caballetes como bizcochuelos
cubiertos, bardas coronadas de pencas, vigas desnudas y membrudas
como los brazos de los bogas, tapias barrigonas de zócalos mugrosos
como con el traje levantado, techumbres de zinc reverberantes,
claraboyas como aljibes de luz en que se bañaba el sol, agujeros
que fingían cuencas de ojos y esqueletos de casas en construcción
con las espaldas desnudas, las costillas al aire y un enjambre de
obreros sobre los hombros.
Las veletas desteñidas giraban a todo viento como políticos sin
rumbo; las mediaguas se protegían con las paredes maestras; los
balcones interiores miraban a los solares por encima de los muros
viejos, agachados como escampando un golpe, y de las casuchas
jorobadas que parecían buscar algo en el suelo.
Un cuervo, un Thenardíer del espacio, oteando despojos,
describía espirales inmensas, y subía y bajaba como por una
invisible escalera de caracol. Las golondrinas, las que hicieron
dudar a Michelet si son espíritus o pájaros, agitando sus alas
"rápidas como las del tiempo", nadaban en el aire con zig-zags
bruscos, se quedaban por momentos quietas puntuando el éter como
gotas de tinta y penetraban luego con fuerza en sus nidos como
saetas negras que fueran a atravesar los muros.
Sobre un tejado departían dos gatos rubios, flacos y
trasnochados. Movían las amplias colas como plumas de agua que
agita el viento al sol; las orejas dobladas hacia atrás los hacía
ver de cofia ; unían los hocicos hirsutos, se frotaban como
queriendo sacarse chispas. Se dirían dos dínamos Cargados.
Maullaban un dúo lleno de erotismos y disonancias, y al fulgor del
sol, con los dorsos emarcados, parecían dos pequeños puentes de
oro. Nacidos el uno para el otro, Contra la regla iban a celebrar
sus bodas en pleno día. Caminaban con cautela, él adelante como un
Don Juan Conocedor del terreno y ella con las timideces de una Doña
Inés que acaba de dejar su retiro. Fueron a situarse en el espacio
que se vela entre un poste alzado al cielo como el dedo de un
predicador gigantesco y una chimenea de ladrillos negros, que
arrojaba humo grueso, semejante a un fraile que fumara; un fraile
vuelto de espaldas, de talle rechoncho, de hombros subidos, cogulla
calda y nuca gorda y pelada bajo el ancho sombrero de teja.
En las propias faldas del fraile iba a tener lugar la orgía
sangrienta de caricias.
Velarde seguía con atención profunda el curso de los
acontecimientos. Un muchacho de blusa blanca cogía goteras
ahorcajado en un caballete picado de viruelas y miraba atónito a la
enamorada pareja. De pronto se levantó. Estaba allí como la estatua
de la arquitectura, descalzo, con un pie a cada lado del caballete,
el sombrero en la nuca, una mano en el bolsillo del pantalón, en la
otra un palustre como insignia, al lado un cuero con argamasa y
cantos de piedra y al frente las alpargatas nuevas que parecían
huevos de gallina. Se agachó con maña, cogió una piedra untada de
cal, y limpiándola con la blusa la arrojé como una bomba sobre los
dos cónyuges felinos que con una fuerza de muchos voltios se
dirigían apasionados resoplidos, se excitaban con la cola, se
mordían, y a manera de oberturas estallaban en
|duetto en
|crescendo, como un sochantre y una partichina
enamorados.
El poema se hizo pedazos. Zapaquilda, asustada, se descolgó por
una canal, y Misifú, esponjado, rijoso, de un brincó se metió por
la boca del fraile fumador, el cual parecía resuelto a bendecir
aquel idilio trágico.
-Es una impertinencia -se dijo Velarde- lapidar a un gato en
esas circunstancias. Ni que fuera la ¿asta Susana.
"Si el siglo XVIII -le dijo France por boca de un abate- se debe
llamar el siglo del crimen, el XIX será tal vez llamado el siglo de
la expiación".
-He aquí la clave -pensaba Antonio-, con la diferencia de que a
los animales y a los tontos, que da lo mismo, les toca expiar los
crímenes de los hombres, quienes se han apropiado todo el derecho
para dejar a los otros al revés. ¡Qué infamia! Como si no fueran
también sensibles al placer y al dolor, como si no se dieran de vez
en cuando el lujo de pensar. Aquí lo dice un personaje de la novela
refiriéndose a su perro:
"Esta alma canina. Un animal... es propiamente un alma, aunque
no sea inmortal. Sin embargo, al considerar la situación que esta
pobre bestia y yo ocupamos en el Universo, reconozco
|
a uno y
otro los mismos derechos a la inmortalidad".
-Exagera un poco monsieur France -concluyó Velarde-. Yo no voy
tan lejos, pero de tejas para abajo, los animales debieran tener
derecho siquiera al amor, asegurado contra las pedradas de los
chicos. Es lástima que sean tan animales: si no lo fueran, harían
también su Revolución Francesa y guillotinarían a los albañiles.
Las castas privilegiadas y los dioses decaen visiblemente: hoy
reclutan sin miramientos a los tataradeudos de los zipas y son
lapidados los gatos, los gatos que fueron divinidades egipcias tan
amadas que un soldado de Antonio fue despedazado por el pueblo
porque mató un gato.
El sol bajaba del cenit ofreciendo un brindis de luz. Corría al
través del aire caliente, cargado de lujuria, leve harina luminosa
que abrillantaba la atmósfera. Los árboles y las nubes inmóviles;
las hojas achajuanadas por el calor de las dos de la tarde. Se oía
la danza de las moscas y el rodar de las basuras en esa hora de
quietud y bochorno en que el sol revienta a besos los gérmenes y
calcina los retoños. A diez metros del balcón un arboloco se
agarraba de una pared vieja con uno de sus brazos, y el fuego del
día quemaba las hojas pecosas que se bamboleaban y parecían sapos
enormes sobre el tronco tostado.
Alejandro entró sin hacer ruido.
- ¿Qué estás mirando?
-Los tejados -respondió Velarde, volviéndose sorprendido-. Es
un mundo distinto y superior a las bajezas de la tierra. Está por
encima de los hombres. Mira:
Había tejados como tableros de ajedrez con sus cuadros negros y
amarillos, formados por los remiendos de las tejas nuevas. La
chimenea cilíndrica de una fábrica, como un cigarro clavado de
punta, botaba entre el humo espeso chispas como corales. Las tejas,
bajo el aguacero de llamas, se veían acostadas en fila con el
vientre al aire, mostrando las Carnes ásperas en busca de fresco.
Tejas negras y lucientes Como escarabajos, tejas verdosas cubiertas
de liquen como grandes peces con reverberaciones de escamas, tejas
carmelitas tendidas al sol como lenguas nitradas. Y en los espacios
toda una vegetación raquítica y desgraciada, de tonalidades
lechosas, hija de los gérmenes que desecha el viento, y que sirve
de botiquín a los gatos bohemios y a las aves errantes con sus
flores escuálidas, sus raíces al aire, sus hojas miserables y
desteñidas.
-Esto se llama vivir de tejas para arriba -dijo Velarde-. Y no
sólo de tejas sino de pajas para arriba. Vuelve los ojos a la
derecha.
Como arrancada de un lienzo de Millet, a metro y medio del suelo
alzaba su pobre silueta una casuca de paja, que agonizaba en cruel
abandono entre los edificios de teja. Vestía un traje sucio y
andrajoso de vergonzante y su frontis estaba lleno de cicatrices.
Era una ruina sin tradiciones y sin gracia, teniéndose en su
palabra de honor; una casa tuerta cuya única ventana de barrotes
partidos semejaba un ojo enfermo de pestañas recortadas y de mirada
envidiosa.
-Cuando llueve -siguió Velarde- la casa sigue llorando por
muchas horas mientras las otras ríen.
Una enredadera siempre verde, con campánulas como amatistas
colosales, tramaba sus hojas con la cabellera pajiza de la casuca,
esa cabellera cortada al rape por tijeras del tiempo y que parecía,
bajo el ramaje fresco, la cabeza cana de un poeta coronado de
pámpanos.
Hacia adentro, en un pequeño jardín de plantas adormecidas por
el fuego, dos rosas purpúreas como entrañas palpitantes se
columpiaban hasta besarse.
-Es el amor de las flores -exclamó Alejandro.
-Esas dos notas de un rojo sangriento -concluía Velarde- agudas
como gritos de violines, dominan el canto monótono y sordo del
verde que las todea, vibran con los acordes de violoncelo de
aquella maceta de claveles amarillos, se clavan sobre la nota
profunda, que al mecerse a compás introduce el lirio violado como
bajo marcante y corren con las notas ágiles de los alelíes que
suenan como tamboriles.
- ¿Qué cosa? -interrumpió Alejandro con asombro-. No entiendo
jota de ese guirigay.
-Es muy sencillo: yo siento sonar los colores.
-Y yo siento mucho que tú sientas eso. Es una paradoja inaudita,
lo cual no impide que yo la respete. No soy de los infalibles que
quieren hacer su feudo del campo de las ideas y hasta de las
sensaciones.
Una muchacha de negro, como un capuz, entró con unas tijeras en
la mano y cortó las flores, que se dejaron decapitar sonrientes y
cantando como los girondinos. Apenas algunas lágrimas silenciosas
cayeron de sus cálices y mojaron la cuchilla y las manos del
verdugo.
-Mira -prosiguió Velarde-. La orquesta de colores se va apagando
poco a poco, las flores mueren y callan y el verde, el eterno
verde, sigue entonando su canto profundo y triste como un coro de
monjes. ¿No ves allá un borrachero? Pues esas trompetas blancas que
salen por entre las hojas tocan silencio. Ahora, hablando de otra
cosa, ¿qué hay de la guerra?
-El mismo eterno son: bolas.
-Echa una: la más gorda.
-Quince mil flecheros por el Llano.
-No está mala. Luego es probable que cada flechero traiga su
juana... de arco. Suelta otra.
-Vienen para el gobierno cinco mil gitanos de espingarda, sin
contar las mujeres ni los niños.
-Voluntarios, naturalmente.
-Contratados en Murcia por el ministro de Colombia. Nos vamos a
divertir con
|Gitania sentando aquí sus reales y llevándose
sus pesos.
-Verdaderamente. Mucho
|papel harán los zíngaros. Pero si
ellos, al entrar en danza, no rompen el amplio molde de la
Regeneración, ya no hay cuándo.
-Pueda ser que lo rompan otros.
-Ojalá. Y dime, ¿qué sabes de Fernando?
-Recibí un telegrama de Serrezuela. Dice que va bien. Creo que
hemos triunfado. Yo confío en que este viaje lo curará de todas sus
dolencias físicas y morales. Lo principal está ya hecho: sacarlo de
aquí, arrancárselo a la mujer aquella. Los sacudones de la
travesía, el aire del mar, el movimiento, es seguro que lo mejoren.
Si eso no sucede en poco tiempo, lo haré regresar y me entregaré a
cuidarlo. Lo que es la ciencia no hará nada por él. Nos llenará los
oídos de palabras terminadas en
|isis, en
|ea, en
|itis, en
|agfa, pero seguirá mi hermano camino de la
muerte quemado a fuego lento por la llama de una fiebre tenaz.
- ¡Qué demonio de Diana!
-Cierto. Sin esa mujer hubiera vivido más y yo también, Porque
con la muerte de Fernando se consumará la mía moralmente. Mal que
bien, pero se habría conservado muchos años. ¿Te acuerdas del señor
Leüder, aquel diplomático alemán, alto, con los huesos forrados en
la piel amarillosa y re-seca como una hoja de tabaco, siempre con
la boca abierta buscando el oxígeno en las nubes?
-Cómo no. Me acuerdo muchísimo. Andaba a caballo, con las
piernas meciéndose al aire, como dos bejucos viejos. Era
millonario, vivía solo y sus caballos morían tísicos.
-Sin embargo, él seguía viviendo su vida de cualquier modo,
momificándose poco a poco y engañando a la muerte.
- ¡Pero eso es horrible! Veinte veces la tumba.
-Eso está bien para uno. Yo de ese señor me destapo los sesos,
pero para un hermano no es lo mismo. Me tacharás de egoísta. ¡Qué
quieres! Yo he sido un avaro del cariño, pero el Destino, como si
le estorbara mi felicidad inofensiva, se ha propuesto arrebatarme
íntegro el haber de mi corazón. Después hay quien extrañe que
ciertos hombres se congelen. Hoy día, por ejemplo, no sé qué hacer
conmigo.
-Por qué no te metes a la guerra... ¿Tienes miedo?
-Le tengo más miedo a la vida que a la muerte. Me ha provocado
meterme, pero creo -no te vayas a reír-, creo que no debe darse al
enemigo la satisfacción de acabar con uno. Eso le corresponde a la
naturaleza, señora de vidas y haciendas. Ella que nos puso aquí,
debe quitarnos.
-No me río -repuso Velarde-, ni tampoco trato el concepto,
aunque lo encuentro discutible. Prefiero que me des alguna noticia
que valga.
-No tengo sino las dos bolas que conoces. ¿Pero tú por qué no
sales?
-Por pereza. Mejor estoy aquí entregado a las "orgías
silenciosas de la meditación", mirando al cielo, como un
astrónomo.
- ¿Estarás hecho un Garavito?
-Y un garabato, por la postura. ¿Sabes que es buena esta vida
contemplativa?
-Según el amor a la holganza. Pero entonces debieras cambiar de
una vez los calzones por las faldas y meterte fraile.
-Silos frailes son de calzones, y algunos de muchos
calzones.
-Lo sé. Pero hay la ventaja de que van ocultos. Es la vida
ideal, un epicureísmo untado de cierto óleo místico muy
conveniente. El cuerpo duerme, engorda, y, al morir, encuentra el
alma una escalera de padrenuestros para subir al cielo. Después
decir misa, lo cual debe ser tan agradable que ponen en los
templos, como un decreto del gobernador: "Se prohíbe subir al
prebisterio a los que no tengan funciones en él", y, por último,
confesar, poner a los pecadores
|confidenciacos y sentir que
las muchachas lo bañan en su aliento aromático y excitante, al
través de la reja, como un perfumador.
-Nada de eso me provoca. Mi aspiración, caso de seguir tu
consejo, sería otra: alejarme un poco de la tierra. Hoy, mientras
miré la altura serena, estuve muy bien, bajé los ojos un momento y
presencié diabluras, todo un drama.
- ¿Un drama, dices?
-Un
|drama redondo, en tres actos,
|echegarayuno.
Alejandro empezó a pasearse.
Un drama... ¡Horror! Ya te oigo, pero no muy largo, ¡por los
siete puñales!
-No tengas cuidado. Seré parco. Escucha.
A LAS PUERTAS DE LA MUERTE
PRIMER ACTO - ESCENA UNICA
|(Calle angosta y solitaria, bañada por el sol de las
once
y veintiocho minutos de una mañana cualquiera).
|
-Perfectamente. Por supuesto que en el teatro habrá un sol de
esa clase, sobre medidas.
-Claro, un sol como se necesita. Si no es así, no hay drama.
Vuelvo a empezar.
|(Calle angosta... El Cura de San...)
|
-Eso se llama coger un cura en calle angosta.
-Déjame seguir, o empiezo de nuevo.
- ¡No, por Dios! Sigue. Me urge el desenlace.
-Allá va, pues:
|(El cura de San no sé qué, con su gran sombrero grifo, sus
gafas claras, sus zapatos de hebilla, su sotana abierta en dos alas
como las de un cóndor, sube tranquilamente atacándose la dentadura
con un mondadientes de oro, en la actitud inherente a quien acaba
de almorzar, y masculla latinajos).
|
- ¡Admirable! Sobre todo el detalle del mondadientes,
importantísimo, de mucho efecto, de un efecto conmovedor.
- ¡ Silencio! La cosa es seria: te digo que es un drama digno de
Sófocles.
- ¿Y por qué no de Aristófanes?
- ¡Porque no! Porque es una tragedia. Continúo:
SEGUNDO ACTO
-- ¿Se acabó el primer acto?
-Naturalmente.
-¿Y eso, cómo?
-Acabándose.
-No puede ser. ¿El juego escénico dónde está?
-Está en el monólogo en latín que va rezando el cura a la
sordina. Es puro naturalismo. ¿Los curas rezan en latín? Si. ¿Rezan
|sotto voce? También. Además, con este monólogo hay la
ventaja de introducir la lengua madre... en la escena; luego, como
se introduce el limpiadientes...
- ¿Quién se introduce el limpiadientes, ¿el cura? ¡Qué
barbaridad! Y en la lengua, ni más ni menos.
-No es eso. Digo que se introduce el limpiadientes en el
escenario.
- ¿También tiene escenario el cura? ¡Pobre hombre!
-Claro que lo tiene. Pero no interrumpas.
SEGUNDO ACTO
|(Dicho, es decir, dicho cura y dos hombres que conducen un
gran barril de margaritas).
|
- ¿Cómo les ponemos a esos hombres?
-Puesto que van con una Margarita habrá que llamarlos, al uno
Fausto y al otro Mefistófeles. ¿Te parece?
-Me parece bien. Comienza el diálogo:
El cura (mirando hacia la esquina): - ¿Qué es aquello?
Fausto (parándose bruscamente y dándole una sentada a
Mefistófeles): - ¿Qué cosa?
El cura (con energía): -Aquel tumulto.
Fausto (conmovido): -Un pobre soldadito agonizando. El cura:
-Tiene insolación, entonces.
Mefistófeles: - ¿Y deja sumercé que se lo cargue el Diablo?
El cura: -De ninguna manera. Camina conmigo y, de paso, te traes
la caja.
|(El cura baja. Fausto abraza su Margarita y se va con ella
puja que puja. Mefistófeles corre a la iglesia).
|
TELON LENTO
-Este acto está magnífico, pero muy corto.
-¿Muy corto? Es lo mejor que tiene. ¡Cómo ibamos a dejar al cura
en charla interminable con los personajes de Goethe, mientras el
otro se iba sin auxilios de marcha!
-Tienes razón.
-Se me olvidaba un detalle gráfico. El cura, al partir, debe
abrirse de par en par la sotana, meterse la mano al bolsillo de los
calzones -porque es un cura de calzones- y coger el breviario.
-Evidente. Cura sin breviario es un contrasentido, no existe.
Pero debe ser grande, voluminoso, de cuero negro y brillante.
-Por supuesto. Como muchos breviarios.
-Es un acto bueno.
- ¿El del cura?
-El del cura y el del drama.
-Sigamos.
TERCER ACTO
|(Escena muda...)
|
- ¿Esto qué significa? ¿Que muda la escena?
-Ambas cosas: que muda la escena y que la escena es muda.
-Pero todas tus escenas durante dos actos, son mudas; todos tus
personajes son sin lengua, y el único que medio habla, el cura,
habla una lengua muerta, el latín, que es griego para todo el
mundo.
-Ahí está precisamente la gracia, la novedad. Ya casi acabo.
|(Escena muda. Un grupo de gentes del pueblo: soldados,
pilluelos, aguadoras. Tres o cuatro beatas estiran la cabeza. Tres
o cuatro perros lanudos retozan y ladran...).
|
- ¿Qué cosa? ¿Tres o cuatro beatas lanudas que retozan y ladran?
¡Será curioso?
- ¡No! Los que ladran y retozan son perros, no beatas, a pesar
de que darla lo mismo. Sigo.
|(Por entre los grupos se divisa un pedazo de cura que reza en
latín y tiene el breviario entre las dos manos. Un médico mueve la
cabeza dubitativamente, como diciendo: ¡Se muere! Mefistófeles a lo
lejos hurga la caja de los ingredientes. El cura se va sobre él y
le tira una oreja).
|
-Esto de la oreja, muy trágico, ¡muy doloroso!
-Bastante.
|