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IV

— ¡Conque Diana! ¿Pero es la misma, |eso que yo dejé, la de doña Celestina?

—La misma, exactamente, con todos sus pelos y su señal.

—   ¡Pero, hombre! Y tú sin decirme una palabra. ¿Qué tendría ese animal de Fernando, qué le encontraba, qué le provocaba tanto?

—Diana, hombre, Diana.

—Sí, Diana es lo que merece por estúpido. Esta sí que fue la última.

—Y la primera, ahí estuvo lo malo.

—Imposible imaginarlo, si yo sé eso, no me voy. ¡Frescos estamos! Mira que resolver aquel bruto irse al infierno en rastra y por tan malos caminos. ¡Con razón! Lo raro es no encontrarlo pidiendo limosna o en el hospital. Y la Celestina...

— ¡Bien, gracias!

—Pero tú por qué no me escribías, por qué no recomendabas a alguno, por que no...

—Porque no quería meterme en la danza. No soy, por fortuna, de la plaza de los entremetidos. Verbo a verbo y pidiéndome que hable ya es otra cosa. Por eso te he estado refiriendo lo que se.

Velarde y Alejandro oían la última retreta matinal del domingo en el parque de Santander, y charlaban sentados en una banca, hacia el oriente, al pie de la estatua del gran legislador. Veían aquel bronce inarmónico, como una ballena con rostro humano, y deploraban que para la estatua del Hombre de las Leyes se hubieran olvidado las leyes de la estética. El general Santander les daba la espalda sin inquietarse por su crítica, subiendo los hombros, clavando en las mujeres sus ojos silenciosos, mirando distraído a los músicos que tocaban a sus pies y embriagándose con los sonidos que subían hasta él y lo envolvían en olas musicales.

—“Esto es alegre” —pensaba Alejandro viendo el parque lleno de luz, de aromas, de ruido y de animación, con su at­mósfera caldeada, sus arbustos estremecidos, los surtidores parleros, los estambres con sus salpiques de diamantes y la tierra húmeda y olorosa—. Aquí hay oxígeno, aquí hay verde...”.

Niños traviesos, unos de cabellera como viruta de ébano, otros de pelo rubio como la mies del trigo, de ojos llenos de picardía inocente, soltando mares de carcajadas que se oían como una orquesta de cascabeles, rodaban sus aros y saltaban en lazo sobre la arena de las callejuelas, bajo las frondas. Se acordaba de Femando, tan hermoso ayer, un efebo blondo y rollizo, carcomido tan pronto por las pasiones, enfer­mo, triste, perdido...

—Sí —le decía a Velarde—, estoy enterado de que botó su fortuna con demencia; que tiraba el dinero como en los bau­tizos se arrojan monedas a la plebe; que esa harpía y su cómplice hicieron su agosto; que cuando salían quedaban los almacenes como entregados al pillaje, en fin, que Fernando se arruinó y estuvo a punto de comer la bazofia...

—En realidad. Hacían el agosto todo el año. Era escandaloso. Necesitaban muchas veces dos criados para llevar el botín, y los botines, y los trajes, y lo demás. Manolín, aquel cachorro de hiena, salía del Almacén de los Niños cargado como un buhonero. Raro fue que no se llevaran al mismo dueño, a pesar de ser el hombre de más muñecas de Bogotá. Doña Celestina engordaba, botó pluma, luego empezó a echar cañón y acabó por plumar de negro brillante, como un paujil.

El parque se iba llenando. Niñeras coloradotas y mofletudas arrastraban perezosamente bebés como muñecos de porcelana, adormecidos en los cochecillos de seda y encajes. Las viejas señoronas se desplomaban como fardos sobre los escaños buscando las caricias de la sombra, bajo los pinos crespos. Damiselas anémicas saturaban de aire sus pobres pulmones. Estudiantes lustrosos se hacían limpiar las botas, viejos fatigados leían periódicos extranjeros, sujetos distraídos rayaban la arena con los bastones.

—Entre tanto —seguía diciendo Velarde— la otra, la Dia­na, plumaba de verde, de amarillo, de rojo, de oro y azul. Y así la ponían. ¡Qué aires! Como el pavón, siempre con su paujil al lado y seguida de una o dos camareras, porque ya no eran criadas. Dejaba una estela de perfume, nada de bergamota ni patchoulí, como antes, sino cosa fina, cuando pasaba abriendo los corrillos, con su andar de nodriza cebada, como cualquiera de éstas. De ribete vivía de gorra.

—Demasiado lo sé que así vivía —contestó Alejandro.

El concurso aumentaba en el parque. Solitarios despalomados caminaban a grandes trancos, con la mirada ida, con el pensamiento en las nubes, con las manos atrás como para ayudar a la espalda a soportar el peso de su |spleen filosófico. Jóvenes casadas de boa de plumas, ojos deslumbrantes, sombrero de flores y velillo de neblina, taconeaban en las alamedas, con sus chiquitines suspendidos de las manos enguantadas.

—Mientras eso, tu hermano sacrificaba sus fincas, asesinaba su crédito, vendía sus joyas, saltaba aquí y allí buscando dinero para que plumara doña Celestina, para que Manolo fuera un príncipe, para que Diana se colgara de las estrellas y para montar el nido, el nido del milano hembra y la alondra macho.

Diletantes de temo claro paseaban su aparente fastidio por las estrechas avenidas agitando sus cañas y hojeando Poesías de Richepín o de Coppée, minúsculas ediciones numeradas, papel Japón, y alzaban la vista para hacer un comentario o flechar de paso a las damas. Gomosos de claveles Como repollos en el ojal, de sombrero Lincoln Bennet y botas Costa. —“Así —seguía pensando Alejandro—, aunque no tan pedante, era Fernando cuando me fui...”. Pelagatos me­lenudos de sombreros Gast ya deshechos y botines de Agua-larga descascarados, cruzaban con su aire espectral. —“Así, más o menos, encontré a Fernando”.

— ¡Oh, el tal nido! —continuaba Velarde—. Era una curioidad. A mí me llevaron a verlo. Qué derroche aquel, pero qué cosa más |rococó; qué confusión de lo elegante con lo villano. Sobre las alfombras voluptuosas como pastales de |raigrds, esterillas de fique sucias; las inmensas cortinas semejantes a capas negras, cogidas con hiladillos; centros de cristal de roca llenos de tarjetas de gentuza, como un registro de la policía; mármoles y bronces mezclados con indios de cera, morracos de loza y perros y gatos de yeso comprados a los italianos; jarrones de Sévres con flores de trapo, |bibelots, chinerías y japonerías con objetos de cuerno fabricados en el panóptico; un biombo de ibis de oro corregidas con carbón por Manolo y en el albúm de peluche y esquineras de plata un churribum abominable: militares, congresistas, celebridades, cocotillas de la alta sociedad de Diana, cómicos y toreros. Allí estaban Femando, triste y nostálgico, Diana bajo una constelación de joyas y doña Celestina descotada.

— ¿Descotada semejante arpa vieja?

—Quiero decir, sin coto, el que iba disimulado por una gorguera de encajes blancos: parecía un calabazo entre los algodones. El damasco estampado de los muebles cubierto con antimacazares sucios; unas marinas primorosas que compró el mismo Fernando, ahogadas entre oleografías y mamarrachos, desde |Un matrimonio de negros hasta aquello de |Yo vendí al fiado. Un farol chinesco pendiente de una cabuya negra de moscas, candelabros electroplata chorreados de sebo, por el suelo juguetes rotos, enaguas caídas con la boca abierta, como esperando un cuerpo, la escoba en un rincón... Al retrete de Diana no quise entrar; aventuré apenas la cabeza: se percibía un mareante |odor di femina, vi un tálamo como para la infanta doña Eulalia, pero reburujado como la cama de un perro, y el espejo del armario copiaba cosas de cuyo nombre no quiero acordarme. En el patio, entre flores atroces, un crisantemo achicharrado pidiendo agua a gritos, el gato tendido al sol como muerto, Manolo de terciopelo azul, hecho un cerote, todo mocoso, comiéndose un plátano frito, y en una estaca la lora echando ajos.

La misa de diez y media en Santo Domingo había terminado. El parque se llenaba de muchachas divinas, hermosas, regulares, feas, horribles, grandes, chicas, flacas y gordas... y las llamadas buenos partidos. Arrebujadas en sus mantillas de crespón o de merino, hacían vibrar sus carcajadas como un repique de gloria y daban revoloteos entre los árboles y los escaños como golondrinas que mojaran en luz y en aire sus plumas tornasoladas. Se regaban en grupos mezclándose con las otras, semejantes a mariposas bajo las sombrillas de colores con sus capotas claras y sus guantes de ocho botones. Hablaban todas a un tiempo y se agitaban inquietas como preparando el vuelo. El parque parecía una gran pajarera.

—Aquel es Alejandro.

—   ¿Cuál?

—Ese que está con Velarde.

—¿Alejandro Acosta? ¿Ya vino?

—Supongo que sí, puesto que allí está. Pero qué poco elegante, no parece que viniera de París.

— ¿Sabes que no me satisface? Es muy seriote.

—¿Y no se pensará casar?

—¡Quién sabe! A mí no me gusta...

—¡Nia mí!

—   ¡Ni a mí!

—   ¡Ni a mí tampoco!

Se pasaban la voz, como los centinelas en un campamento. Cuatro golondrinas, las más bellas y audaces, fueron a pasarles raspando a los dos amigos, haciendo sonar las enaguas con ruido de alas y bañándolos en una onda de Camia que se confundió con el humo de los cigarrillos.

—Siquiera hubiera sido con algo como |esto —dijo Alejandro—, algo decente y no aquel bongo de Diana, aquella Venus de Hotentocia. Y no se diga que la cabra tira al monte.

—Eso no —repuso Velarde—. De ti ya se sabe: poco pero bueno. ¿Por qué no le arrastras el ala a una de estas |pájaras? |

Alejandro no contestó. Estaba viendo pasar por la puerta de arriba una vieja larga, jorobada y verde.

|—¿Aquello no es doña Celestina?

— ¡Qué ha de ser, hombre! La |matrona más |comm‘il faut que te encuentres, una señora mejor vestida que el arzobispo, ésa es doña Celestina. Si hubiera teatro la verías: últimamente salía sola, antes la sacaba Pelusa.

—¿Y ese maldito también en la danza? ¡Mequetrefe! Silo encuentro, le meto su coca.

—Cuidado con mi Pelusa. ¡No me lo toques!

—   ¡Pero quién lo mete en esos líos!

—Lo metió Fernando; y el pobre, tan obediente como un can, hacía lo que mandaban: lo mismo hubiera ido a cantar una letanía que a sacar de bracero a la vieja. Salía muy serio, grave como un lord, zarandeándose con su zancarrón, haciendo de jefe de hogar. Después cenaban las dos parejitas |in | family house. Hubiera yo dado un ojo por ver un |téte-á-téte de Pelusa con doña Celeste.

— ¡Estúpido! ¿Y en qué paró?

—En que al fin lo saqué diciéndole que era voz pública su matrimonio con la vieja. Se puso hecho un ají, me quería pegar, pero no volvió.

Nubes de pisaverdes, sagitarios seguían a las mujeres, con el arco de Cupido en las pupilas y arrojándoles flechas vencedoras al través de las ramas.

— ¡Oh, site contara todo pelo a pelo! Te he contado mucho.

—Si, pero falta lo de anoche.

—¿Qué cosa?

—Lo de la tarjeta, lo que ibas a referir cuando se nos presentó el excelentísimo señor don José Lasso, ése que oculta sus campanillas bajo el triste nombre de Pelusa.

—Ya me acuerdo. Aquello era un ligero prólogo. No vale la pena, pero si tú lo quieres...

—Venga ese prólogo.

—Vamos, pues:

 

EPIGRAFE

“Como me lo contaron te lo cuento”.

(De Castellanos).

    La tarjeta de Canalejas decía, como si la estuviera viendo:

 

“EUFRACIA CAVRAL

saluda a ustez atentamente i tiene el onor

de imbitarlo a huna tertulia que dará

ezta norhe en su caza de avitasión

Caye del Dorado”.

 

¡ Eureka! La revuelta tropa se puso en movimiento. Salieron. Pelusa, con quien tropezaron en la calle, entró a formar parte del alegre coro, y los borrascosos muchachos, nuevos conquistadores de indias, la emprendieron en solicitud del Dorado. Como a Colón el perfume de las selvas le indicó la proximidad del nuevo mundo, a los nocturnos expedicionarios les dijo el lugar de la fiesta un ruido sordo, de mercado, que dos ventanas iluminadas botaban a chorros hasta la pared de en frente, en cuya claridad rojiza se veía la danza de las sombras.

Era una saturnal, un gran baile con permiso de la autoridad. Pelusa se les resistió en la puerta. Le daba mucha pena:

no estaba en traje, tenía el cuello sucio —como que era sábado— y no había llevado ni guantes. Luego, no estaba invitado ni conocía al señor de la casa, ni a la señora, ni a las sirvientas...

—No le hace. Nosotros te presentaremos. ¡Adentro Pelusa!

Lo metieron de un empellón. Se descubrió desde la puerta y empezó a hacer venias como en una recepción en el Quirinal. De repente se les perdió y al rato se le aparecía a Fernando sin sobretodo, sin sombrero y sin paraguas.

|—Caminá me |presentás a las niñas. Al papá ya no. Lo encontré allí templando una guitarra y me le presenté yo mismo. Al instante me pidió un cigarro. ¡Qué buen señor! Es gente de mucha confianza. La señora madre como que está ocupada.

—Qué señora madre ni qué diablos. ¿Qué hiciste tus cosas?

—¿Qué cosas? ¿Mi sobretodo y mi paraguas? Se los di a un joven de la familia, un mozo encantador que me pidió un cigarrillo; le alargué el paquete y tan olvidadizo que se quedó con él. ¡Son muy francos en esta casa!

—Muchísimo. Pero mira, corre por tus aparatos, ¡animal! Ya te los habrán robado.

—   ¡No |fregu |é |s, hombre, Femando!

Se escurrió entre las sombras y a poco, ya con sus utensilios, salió bailando como un trompo. Iba en brazos de una Señorita muy distinguida que le presentó un músico, un esperpento con la cara llena de cal, de labios como moras, cejas forjadas con corcho, vestida de un verde tan verde queparecía una novela de Paul de Koc, y por guantes llevaba un pañuelo de seda. Estaba domesticando a Pelusa.

Diana era la reina de la fiesta. Tenía un traje alquilado, de color amarillo, como hecho con la bandera de la viruela, zapatos blancos, copete de plumas, una nebulosa de piedras falsas, de brillo melancólico como las estrellas al mediodía, y era la única que ostentaba guantes, guantes de hombre.

Al entrar Fernando le tiró todas las flechas de su aljaba y el niño cayó a sus pies con el corazón atravesado. Bandadas de pelafustanes lo asediaban al bailar con ella pidiéndole |una palomita y pasándose de mano en mano a Diana jadeante, sudorosa como un gañán, inflada como una vejiga de manteca.

Pelusa se movía por todas partes con el espinazo doblado, esparciendo sonrisas a granel, colmando de atenciones a las damas, maravillado de tan esplendorosa fiesta feérica. Hacía los honores del deshonor. Con su amable pareja fue a resultar en la cantina. La deidad estaba sedienta y quería, además, reponer su ramo, perdido en un revuelo. Se decidió por el brandy, y Pelusa pidió y le colocó en el pecho un |bouquet, el mejor. No quedaban sino cuatro: las señoritas los perdían, y al minuto los únicos cuatro ramos que había en el baile volvían al depósito de las flores, para venderse de nuevo.

La cantina era un socavón desbordante de canallaje, de humo y de emanaciones alcohólicas donde hervían las gentes como gusanos, iluminado por faroles de papel, y cuya atmósfera abrasada y mefítica apenas podía contener un océano de gritos, de interjecciones soeces, de carcajadas y de cantos.

Fernando, sultán de la orgía, estaba allí con Diana, rodeado de gentes, repartiendo champaña sin misericordia y abrazado de la odalisca que bebía como una turbina.

La señorita de Pelusa, después de muchas copas de un cognac desastroso, se le zafó dejándolo en amena charla con unos cuantos señores, tan amables que no desechaban ningún obsequio. Toreros de cartel de España, artistas compañeros de Vico, María Guerrero y la Tubau, forasteros que llevaban su navaja por si se ofrecía afeitar a alguno, jóvenes que vivían en los |montes... dados al dulce rodar del marfil, aficionados al célebre arte del escamoteo, y |caballeros que trabajaban en las oficinas de |La Seguridad. En un rincón dos cancioneros calentanos tomaban aguardiente y al son del tiple entonaban a dúo una rapsodia sentimental.

En la sala se tocaba el |Guatecano y en las sombras del patio pululaban los hombres y se oía un susurro raro, como si estuviera lloviendo.

En un pequeño gabinete, bañado en suave media luz, Diana y Fernando cambiaban sus primeras caricias, cuando se les presentó Pelusa despavorido, con un nudo en la garganta, el sombrero en la mano, la cabellera erizada y empapado desde la cabeza hasta los pies. Así debió salir Jonás del vientre de la ballena. Una vieja, la cantinera, lo había insultado horriblemente, le quiso pegar y quitarle su sombrero, y acabó por echarle encima una artesa de agua sucia.

—¿Y tu paraguas? —le preguntó Fernando muerto de risa.

—Yo no supe. ¡Vieja atrevida! ¡Qué tal si no corro... ¡me mata, me mata la condenada! ¡Carachas!

La vieja entró detrás como un tigre y lo prendió de la nu­ca

—¿Pero qué es esto? —exclamó Fernando.

—Señor Acosta —dijo la cantinera—, este sinvergüenza que no quiere pagar todo el brandy que pidió, ni un ramo, ni los cigarrillos...

Sacudía violentamente al acogotado Pelusa, que miraba por debajo con un terror intenso.

—Dice este mugroso que en los bailes nunca se paga. ¡Bo­nita cosa! Voy a entregárselo a la policía. ¡So ladrón!

Diana se estremecía riendo a carcajadas, mientras Fernan­do arrancaba a la víctima de las garras de la vieja y le decía:

—No se afane por eso, doña Manuela, yo le pago lo que ha pedido el amigo Pelusa. ¡Suéltelo usted!

Doña Manuela soltó su presa, que se sacudía como un perro de aguas. Poco después bailaba Pelusa con una dama como un violín, un alma en pena microscópica, llamada en el mundo alegre |La Sanguijuela. |

A las cuatro se produjo un pequeño disgusto. Una señorita ligeramente trastornada le rompió una botella en la cabeza a un respetable torero; éste y otro sacaron sus lindas navajas de Albacete, las niñas y la señora madre se armaron de escoberos, y después de algo en cuchilladas y palos, doña Manuela salió caricortada. “Chupe por atrevida”, decía Pelusa, que tenía en sus brazos a |La Sanguijuela, artísticamente desmayada...

La policía cargó con todo cristo, menos con los músicos que se escondieron debajo de los muebles, y con Diana y Fernando, que abandonaron el campo al principio de la catástrofe. Pelusa conoció la aurora en el saladero y desde ese entonces remoto, al tocarle el sensible resorte, como un fonógrafo cuenta con detalles pavorosos las aventuras de aquella noche trágica.

Así, en un baile de trapisonda, Femando cayó la primera vez, y allí, entre músicos y danzas y borrachos, empezó el camino de su calvario. He concluido.

— ¡Desgraciado mozo! —dijo Alejandro con tristeza—. Es necesario salvarle.

— ¿Y qué piensas hacer?

—Cualquier cosa, lo que sea preciso. O falla la regla o triunfo. Ahí está todo mi dinero para la obra. Veremos cuánto es el poder de su majestad el dólar.

—Eso es. Ahora suminístrale plata para que dé un baile y presente a doña Celestina. Es la que falta.

Los músicos desfilaron entre soldados, tocando |La Silue |t |a, de Emilio Murillo, y al dejar el parque los dos amigos vieron de lejos a Pelusa, muy majo, con su traje dominguero, prendido del director de la banda. Saludó a unas amigas, y al sacudir en el aire el sombrero le pegó en las narices a la madre de las mismas muchachas que caminaba detrás.

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