III
No era fácil saber si Alejandro tenía o no padecimientos reales.
Sólo se revelaba en él un hastío evidente.
Después de una juventud borrascosa, una vida llena de
agitaciones, de botar muchos miles de pesos, se había escondido en
una hacienda largo tiempo; luego hizo un viaje, y, cansado de todo,
volvió a Bogotá, donde vivía entregado a la lectura y al poker. Con
una posición brillante, una educación esmerada y dueño de buena
fortuna, era muy solicitado de la sociedad, pero él huía de ella
como de una mujer que se amó y se olvidó...
Se salía de los teatros al terminar el primer acto, lo mismo en
Bogotá que en París; nunca fue a los toros; en las carreras se
aburría; lo fatigaban el barullo, los gritos, los caballeros
andantes, el campanilleo y las mujeres en sus coches inabordables.
En una batalla de flores se desesperó: la encontró una escaramuza
sin trascendencia. Sólo en las funciones de maroma se estaba un
largo rato; los porrazos del Clown le parecían interesantes,
sugestivos. Cada hombre, Según él, no es otra cosa que un payaso
que cae setenta y siete veces al día.
A los clubes entraba derecho al poker, sin fijarse en nada ni en
nadie; en los entierros se quedaba cerca del coro para no perder
una gota de la música sagrada, que le parecía tan admirable como
una parte de la pintura religiosa, lo único del catolicismo, y a
los matrimonios se excusaba siempre, pero enviaba su regalo
para pagar el honor, decía.
Desde muy joven fue lo mismo. Cuando era invitado a un baile, si
estaba en ánimo de echarse el frac, llegaba, pasaba un vistazo,
bebía una o dos copas, oía cortar tres o cuatro mortajas y se
salía. Abominaba de ciertas cosas de las fiestas galantes: las
grandes coquetas, esos pavos reales sin dos ideas en la cabeza; las
nubes de lechuguinos impertinentes y estúpidos que bailan como
peonzas, muchos con su aire innoble que los hace confundir con los
criados; esos políticos enemigos que se hablan por política;
aquellas muchachas pintadas al óleo y con las espaldas sucias; esos
batallones de matronas con sus largas colas y su aire dormilón como
los canónigos en la reseña; esos personajes recién nacidos en el
mundo de la banca, que debieran estar en el banco... de los
acusados; esas glorias rurales de tantos congresistas; ese
barajamiento de la aristocracia con los palurdos; esas gentes
infladas de billetes, que van a recibir el bautismo de seda; esos
sanchopanzas en traje de hidalgos; aquella burguesía
|ennoblecida... aquel maremagnum, le ponían nervioso. A veces
bailaba una cuadrilla con alguna amiga de su gusto, le oía
encantado cuatro tijeretazos o algún trozo de crónica suavemente
escandalosa, y a la calle.
De noche solía pasearse solo por la ciudad, buscando las cuadras
más sombrías. No faltó quién dijera que estaba loco; algunos, los
del eterno
|quién es ella, sostenían que andaba en terribles
empresas pasionales y otros lo tenían por un conspirador
formidable. Lo cierto era que dormía poco, que pensaba mucho, que
vivía para sí y que miraba lo demás con glacial desdén.
Por épocas, como despertando de un sueño, le tomaba cariño al
movimiento mundano. Hacía visitas, circulaba entre los hombres, y
metido por las noches en un comedor reservado, mataba el tiempo con
algunos amigos en charla alegre, bebiendo a pequeños sorbos
numerosas copas de cognac y consumiendo paquetes y paquetes de
cigarrillos. Después, volvía a su ensimismamiento de cartujo
suelto.
En las grandes crisis de la república hacia política. De resto
no la trataba sino con los ojos, por medio de los diarios que leía
en la sobremesa del almuerzo. Era hombre influyente en el
liberalismo activo. Había dado sumas fuertes al directorio,
solicitadas dizque para comprar armas, y, desengañado, descontento
de la molicie política y de los coqueteos lastimosos con los
gobiernos, había formado resueltamente con los partidarios del
camino más recto, la guerra, y gozaba entre ellos de merecida
consideración.
La fibra más sensible de su corazón era Fernando, pero rehuía
hablar de su hermano, a quien tenía como un tesoro, ante los
infinitos aduladores de ambos. Hablar de Fernando con ciertos
sujetos, decía, es como darles champaña a los animales: ni les
gusta ni se aprovecha. A su vuelta lo dejó atónito el
silencio de las gentes, el vacío que encontraba alrededor del pobre
muchacho, y aquella indiferencia helada de la sociedad lo hacía
sumergirse en profundas cavilaciones sin dejarlo pensar ni en la
política, esa otra cuerda medio vibrante de su espíritu impasible.
En una época estuvo Fernando muy dado al mundo. Buen mozo, bien
puesto y botando dinero, era un retoño de elegante, un cachaco en
embrión. Estaba en lo que aquí se llamó La Edad Media,
la edad en que el niño bota pluma y cambia de voz, cuando los
últimos juguetes son reemplazados por sombreros de copa, varitas y
relojes; cuando el humo de los primeros cigarrillos empieza a
impregnar los Pulmones y el humo de la fatuidad el cerebro; cuando
el Primer trago se mezcla con la última leche materna y el Primer
beso, comprado en la calle, emponzoña y desflora el capullo de los
labios vírgenes.
Seguido de una tropa de parásitos que le roían la cartera,
infatuado con el lustre de su nombre, su dinero, su figura y la
Posición de su hermano, abejeaba en los centros públicos haciendo a
distancias el donjuán irresistible, y mirando a todo el mundo de
arriba abajo. Era un cupido flechador, pero un cupido de las
calles. Aquel muchacho se movía con desparpajo entre los hombres,
huía con terror de los salones, Y Cuando las grandes fiestas
sociales lo arrastraban al alto mundo, la cortedad de su genio lo
mantenía a respetuosa distancia de las mujeres, a las que
consideraba como seres fabulosos, como deidades intangibles.
Tenía un aire de niño mimado insoportable, cierta mirada
insolente y unos chalecos de nutria matadores. En la intimidad
resultaba tolerante y sencillo, con cierta sencillez de bebé. Poco
tiempo después condenó los chalecos, se desarrolló en él un buen
sentido natural, su mirada brilló en la tierra, quedó reemplazado
su gesto de niño fatuo por un dejo melancólico que lo hacía
interesante, un aire de dulce tristeza, y abandonó del todo la
sociedad de los salones.
Súbitamente se hizo pública su vida privada. Por muchos días fue
el plato que servían los cocineros de la crónica escandalosa. La
historia íntima de su pasión por Diana se refería con los más
pequeños detalles, como vista por microscopio.
Aquella mujer se llamaba Adriana, Adriana Montero. Era
tolimense, de genio alegre, avispada y con puntas de literata. Su
literatura, extraída de las poesías de los periódicos y los
almanaques, de un tomo de
|La Comedia Humana, de Balzac,
|El Conde de Montecrisbo y toda la biblioteca
|Démi
Monde, hervía como el mosto en su cerebro y destilaba ideas
extravagantes sobre un corazón frío y ambicioso, hecho ex profeso
en los talleres del vicio y del cálculo. Sabía rasguear el tiple,
cantaba bambucos tristes de tierra caliente con voz de hombre y
bailaba un baile parecido al de los osos de los gitanos.
Vino a Bogotá no se sabe bien de qué punto, como tampoco quiénes
la echaron al mundo ni con qué objeto. Trajo la historia de su
vida, milagros y peripecias forjadas con maestría. Era una odisea
curiosa. Comenzaba como un cuento de Arcadia; luego venía Lamartine
con algunas noches de luna, ilusiones, esperanzas, fuentes, flores
y pájaros, en un hogar incógnito del que nunca pudo decir si fue la
criada o la señora. En seguida escenas románticas de Romeo y
Julieta, en las que era la Julieta de un Romeo silvestre que
ejercía en el pueblo de al lado las elevadas funciones de
campanero. La historia se animaba de repente con un pasaje de la
Sonámbula: Adriana era una Adina, una sonámbula que pasaba muy
despierta, no ya un puente sobre el abismo, sino una
puerta de golpe, y se metía en una granja donde el campanero la
esperaba para tocar a fuego a cuatro manos. Después algo de El
Trovador sin envenenamiento, por supuesto. El alcalde del pueblo,
hecho conde de Luna, mete en chirona a los enamorados y quiere
apoderarse a viva fuerza de los encantos de aquella Leonor
improvisada. Los auxilios de Walter Scott se presentan y aparece
Lucía de Lammermoor con su locura en que Adriana canta a moco
tendido el
|rondó de sus amarguras, mientras el campanero
dobla y más dobla.
A todas esas anda por debajo un Barbero de Sevilla como mandado
hacer. El patrón de la casa, un viejo que por rara coincidencia se
llama don Bartolo, se prenda y se prende de la muchacha, decidido a
quedarse con ella por la razón o por la fuerza, y entra en campaña
abierta contra el conde de Luna, contra Adriana, contra Romeo,
contra su mujer, contra todo el mundo. Este hecho inesperado,
inmoral, inaudito y todos los empezados en
|in, tuerce el
rumbo de las cosas y como un reactivo químico precipita la
solución.
Súbito el campanero deja las campanas, viste el traje de Pipo y
se va en busca de su Adriana, quien, transformada en Betina, lo
aguarda con sus bártulos a las puertas de Bartolo, nuevo Lorenzo
XVII. Los enamorados huyen, huyen a pierna suelta... ¡Ya no hay
mascota!...
Viene entonces Gaboriau con todos sus horrores. Desencadena el
alcalde la jauría de Lecoqs que buscan por montes y valles. ¡Es
inútil! El rapto se ha verificado con todas las formalidades. Es un
rapto en regla y la joven desarraigada no puede hacer otra cosa en
tan tremenda cuita. ¿Qué hace una pobre mujer indefensa, si se la
roban? Dejarse robar: ¡no hay remedio! ¡Esto venía de lo
alto!
El tal campanero resulta un duque de Parma, un tirano campanero
ni prójimo de Biasco el de Gabriel DAnnunzio, un desalmado
que hace con las cuitadas que se roba lo que Con las curubas
hurtadas en la casa cural, lo mismo que el duque hizo con la hija
de Rigoletto, es decir, todo y después nada.
Adriana pasa las verdes y las maduras: sola por los caminos,
bajo la lluvia, bajo la noche, bajo el sol caldeante, azotada por
el frío, abrasada por el calor, mordida por el hambre, rendida por
el sueño, sin un amigo, sin un lecho, sin un Pan, pero con un hijo,
con un muchacho enclenque, calenturiento, que llora mucho con voz
de campana, única herencia de su padre. Es bautizado Manuel, en
memoria del señor alcalde, cuyo hijo se escapó de ser, y acaba por
llamarse Manolo.
Por fin cayó Adriana a Bogotá, refugio y amparo de
desesperados, como dijo Cervantes de la América. Con su
Manolo colgando, muerta de hambre, perdida y casi desnuda, iba por
esas calles de San Agustín cuando tropezó providencialmente con
doña Celestina.
Desde lo del campanero hasta su llegada a la capital había en la
existencia de Adriana dos años mitológicos que ni ella ni doña
Celestina pudieron encontrar, probablemente porque los cogió
Manolo, quien tenía ya esa edad; dos años que no dejaron en ella
sino una colección de caretas naturales con qué moverse en la
mascarada de la vida, un corazón lleno de frío, algunos
conocimientos como cantinera y en la cara una cicatriz como un
mordisco, tan expresiva, que traía a la memoria el pensamiento de
la flor de lis.
Por sus aficiones, por su caridad con las muchachas bonitas,
sueltas y desamparadas, por la calidad de su comercio, no es pecado
pensar que doña Celestina fue bautizada después de vieja, en
recuerdo de la obra española que lleva ese nombre.
Aquella bruja larga, rugosa, de carnes cecinas y color de cobre,
era un Don Quijote de pañolón y enaguas. Su nariz de garfio formaba
con la barba una media luna cuyos picos iban a enterrarse en una
boca profunda, desdentada y de labios casi invisibles; las mejillas
se juntaban sobre la lengua, hermana de los escorpiones; remataban
los escoberos de sus brazos unas garras como tenedores de
presidiario, con las que recogía de las calles la basura social;
sus ojos negruzcos y perversos, andando hacia la nuca, se movían
como dos cucarachas, y el ordaje del cuello aprisionaba un coto
protuberante y movible, en el cual parecía que se hubiera refugiado
toda la carne de su cuerpo.
Descubrir a Adriana con su ojo de lince y echarle el guante fue
la misma cosa. Se la llevó a su zahúrda, la colmó de mimos, le dio
comida, cerveza, cama, cuna para Manolo, le ofreció cigarrillo, le
prometió el Paraíso, se enterneció hasta llorar con las aventuras
de su huéspeda, que resultaba por sus complicaciones una especie de
Gil Blas femenino, y acabó por adoptarla, no como hija, porque
podría sufrir su honor, pero sí como sobrina, declarándose desde
ese momento dichoso, tía putativa de aquella peregrina errante.
¿Y cómo no? Sería no tener corazón o tenerlo de bronce o peña,
que dice el Viacrucis, dejar botada esa infeliz niña en una ciudad
como Bogotá, tan llena de peligros, con riesgo de perderse. ¡Pobre
Adriana! Tan joven, tan fresca, tan bonita, con ese pelo crespo que
se peinaba con cierto gusto, con esos ojos interrogativos y
asustados como los de un ternero, de pestañas enormes y cejas que
parecían dos alas de golondrina, esa nariz arremangada, esa boca
rasgada llena de sonrisas con su teclado nuevo, y esos labios color
de sangre aguardando los besos... ¡Imposible! No podía soltarla,
sería cosa de arrepentirse siempre. Y luego, esa garganta de
mantequilla y ese cutis como la leche, que provocaba tomar. ¡
Oh!
No era tan esbelta como ella en sus tiempos, ni tenía la misma
cintura, pero, en cambio, ese pecho levantado y esas caderas
redondas con tan buen arranque, que la hacían parecer una tetera de
porcelana... eso estaba muy bien. Contemplaba a la moza con avidez
de sátiro viejo, la examinaba como quien compra una novilla para la
ceba. Además se decía, lo que sabe
porque esta niña ha leído, lo bien que toca, lo dulce
que canta y, sobre todo, el aire, el garabato, eso que sólo tienen
las calentanas. Ese es el todo. ¡Qué mal hecho sería dejar perder
esta niña, con un porvenir por delante!. Y saltaba de gusto.
Manolo era un recargo, pero, en fin, del cuero salen las
correas.
De esta manera Adriana, que una vez fue Betina con regular
éxito, a pesar del campanero y de Manolo, se convertía en mascota
de doña Celestina. Progresó notablemente en poco tiempo, se hizo el
brazo derecho de la tía que le acababa de nacer con sesenta y cinco
años, y gracias a su gentileza, a sus talentos y a la bonita
posición y extensas amistades de doña Celestina, comenzó a adquirir
relaciones y renombre.
La buena señora consideró oportuno abrir la lucha y derramó sus
ahorros en vestir a Adriana y montar una modesta licorería,
únicamente para aprovechar los conocimientos de su sobrina en ese
ramo del saber humano.
El prestigio de la muchacha se regó por los contornos,
principalmente entre los jefes y oficiales del ejército, que desde
entonces tuvieron sus francachelas en el tenducho de Adriana. Fue
esta una nueva Carmen, como la cigarrera de Sevilla, con clavel y
todo, pero sin un don José determinado. Su tienda era una tienda de
campaña en plena capital: brillaban allí los kepis bordados, las
charreteras deslumbrantes, las trencillas sangrientas, se oían
choques de aceros y de copas, canciones bélicas y gritos de guerra.
Detrás del mostrador la cantinera, convertida en juana de alto
coturno, estallaba en risas brillantes, y con las llamas de sus
pupilas encendía fogatas en los corazones de los guerreros. En
tanto doña Celestina, inspeccionando las ventas, descansaba su
esqueleto pobre en un taburete, como si fuera el centinela de la
muerte.
Hasta entonces Adriana fue Adriana a secas. Una noche, entre
risas y copas y cantos, cambió su nombre prosaico y rústico por
otro llamativo y sonoro, que siguió siendo su nombre de guerra, con
el que conquistó sus mejores triunfos, sus lauros más gloriosos en
los campamentos de la vida libre. El habilitado de un cuerpo, un
sujeto medio cazador y medio literato, fue quien, sacando a luz
todas sus habilidades, habilitó a aquella hija del regimiento con
el nombre de Diana. No se sabe si lo hizo por las aficiones de la
joven a contemplar la luna, porque así llamen a la plata los
alquimistas, por sus carcajadas como redobles, por las Dianas de la
historia o por su destreza y vocación para la caza, no se sabe por
qué fue, pero es el hecho que. Diana la puso y Diana se quedó para
siempre.
Así la inocente Julieta de otro tiempo, después de ser Adriana,
Lucía, Leonor, Rosina, y, por último, Betina, fue bautizada Diana
por unos militares en medio de un Jordán de aguardiente.
Con semejante nombre no se podía quedar allí. Era necesario
subir, tomar posiciones estratégicas para disparar sus saetas sobre
piezas más gordas. Así lo resolvió doña Celestina, y una mañana,
con Manolo, el gato, la lora y el tiple, alzaron la tienda como los
beduinos y se marcharon a un oasis por el barrio de Las Nieves.
El local, oscuro y estrecho, estaba dividido en dos por la
estantería de dos pisos sobre cuyo fondo de listones de madera se
destacaba un regimiento de botellas llenas de aguas teñidas con
todas las anilinas del iris. Ante éstas, en el piso segundo, había
una fila más baja de medias botellas de brandy y de ron; en un
extremo un frasco labrado de Chartreusse amarillo, como un general
vestido de parada, y en la mitad dos botellas grandes de champaña,
majestuosas como el rey y la reina del ajedrez, custodiadas por
copas pequeñas que parecían alfiles de vidrio. Protegían aquella
tropa cristalina fuertes trincheras de cajas de fósforos,
barricadas de cigarrillos, baluartes formados con cincuentas de
cigarros, muros blancos de caramelos, parapetos de esteáricas y
rancho y baterías de triquitraques colorados, semejantes a rifles
tendidos sobre una fortificación.
Debajo, algunos cajones forrados en periódicos, contenían
granos, azúcar y chocolate; al frente un queso
|Boitá, como
un sol de invierno, amarilloso y sin rayos, con el corazón
atravesado por un enorme cuchillo, y al lado se veía, en el centro
de un gran charol, una botella de cognac rodeada de copas, unas con
la boca abierta pidiendo licor y otras de cabeza, como
borrachas.
En un departamento lateral, como un ejército de soldados negros
dormidos unos sobre otros, dos divisiones de botellas tendidas
sobre las tablas, con los cuellos apoyados en cuerdas horizontales:
la división
|Bayana, de uniforme grana y Oro y kepis de
alambre y la división Bavaria, de uniforme blanco y rojo y kepis de
cabuya. En el piso bajo, a pie firme, las botellas desocupadas, con
la cabeza descubierta, pálidas y tristes como reclutas en espera de
diana... de Diana, que todas las tardes las cogía del cogote y las
entregaba a los mozos de las cervecerías. Tenía ésta al lado un
lienzo sucio y húmedo y una palangana de agua turbia, que era el
Lourdes de la cristalería, y, como un alacrán prendido del
mostrador, había un descorchador mecánico de níquel que agarraba
las botellas y en un santiamén les extraía el corcho sin dolor.
Aquella tienda no alcanzaba a templo, era la capilla de Baco,
donde una sola bacante, Diana, oficiaba en medio de sus adoradores
y de los amantes del vino, convertida en una divinidad como la
Venus Chipriota.
La trastienda, de dos metros de ancho, tenía por todo menaje una
lámpara sombría, que nunca tuvo tubo, un canapé andrajoso y una
mesa desnuda, cercana a una puerta que daba al dormitorio de la
familia. Este dormitorio, una covacha mal oliente y oscura, miraba
por un agujero a un patio largo, angosto y sucio como doña
Celestina, un patio que recibía del cielo una limosna de luz, y que
servía a la vieja de lavadero y de cocina, y a Manolo de campo de
maniobras.
Diana empezó a subir como espuma. La novedad del nombre, su
belleza provocativa y su desparpajo le atrajeron amistades
soberbias. La juventud dorada invadía los salones de doña
Celestina, y doña Celestina tenía desmayos de placer. No se volvió
a ver allí ni una espada, ni una charretera, ni un chacó, ni un
gorro. La señora de la casa no lo habría permitido. La trastienda
se llenaba de cubiletes, de guantes de Suecia y de perro, de cañas
de la India, y, algunas veces, antes de los bailes, a la salida de
los matrimonios o de los teatros, se inundaba de fracs, de
|smokings, de guantes lila o crema y de claks. Brillaban los
relojes de monograma, las gemas de los alfileres de corbata, los
anillos deslumbrantes, los
|chatelains con sus dijes de ónix,
las empuñaduras de oro, las carteras de Rusia y de culebra, y las
cigarrilleras de plata repujada. Los pañuelos de seda, que Diana
atrapaba en el aire, ondeaban como gallardetes y llenaban la
atmósfera con los efluvios del Chipre y del New Mon Hay
que se confundían con las emanaciones de los licores y los
alientos humanos, hasta formar un río de olores calientes que se
derramaban en el viento frío de la calle.
Fue necesario introducir más champaña, no Carta Blanca, que era
un veneno:
|Mono pole sec y Tréssec. Pomery y Ayala, brandy
Otard Dupuy y Martell*** en vez de Hennessy plebeyo, cigarrillos
Argelinos y una caja de habanos.
El negocio iba viento en popa, la transformación era mágica,
como hecha por Herman el grande. Doña Celestina corría con las
cuentas sin dar un momento de reposo a los
|tenedores, y
Diana corría con la caja que se llenaba de billetes de todos los
tamaños y de todos los tintes. ¡Era fenomenal!
Cábala tan misteriosa asustaba a la vieja, que se creía víctima
de extrañas alucinaciones. Un día tropezó con una comadre caída en
desgracia, otra tal que con ojos irritados por la envidia, le dijo
con mofa: ¿Tenemos mascota, no?. Doña Celestina
sonreía satisfecha: ¡Acuérdate agregó la
otra, del Tratado de las Mascotas y de Lorenzo!
Adiós.
Aunque Diana era ya una señora que iba al teatro a
|a
|v
|antscéne, a carreras en
|landeau y a
toros a palco de sombra, aunque en bailes, piquetes y paseos se
hallaba entre todos como una reina rodeada de pajes y meninas, no
estaba todavía satisfecha. Quería algo mejor que el diamante pajizo
que le regaló el doctor Santa Polonia y que el cucurucho de garza y
la pulsera de serpiente con ojos de rubí, tan parecida a su tía,
que le obsequiara míster Cokes, el joyero. Aun le quedaban muchas
joyas Lindahuer. Su ambición pedía algo sólido para dejar ese
oficio bajo, tener siquiera una casita propia. Doña Celestina podía
contentarse con tan poco y dar gracias a Dios de tener dónde
morirse, de que hubiera con qué enterrarla, en vez de acabar comida
de los perros, como se lo merecía. Ella no: ella estaba joven, se
sentía hermosa, robusta, solicitada y con la vida abierta a sus
antojos.
Verdad que el cajón se llenaba por las noches, pero al otro día
lo desocupaban los gastos. De cuantos la visitaban rindiéndole
homenaje y muriéndose por sus pedazos, ninguno tenía visos de
formalizar nada. Eran casi todos unos limpios con ínfulas de ricos,
que botaban lo ajeno, plata del papá o de la mamá; otras veces los
productos de destinos miserables, y eso si no conseguían el dinero
a fuerza de petardos o arrimados a los tapetes verdes.
Ella, harto conocedora del mundo y la miseria, tenía que
aprovechar sus cuatro días de juventud, su belleza y la frescura de
sus carnes, para no acabar como la vieja Celestina, Cazando Dianas
por las calles para que no la dejaran morir de flaca... Y se
reía.
Fernando Acosta iba por los veinticuatro años cuando cayó herido
bajo las jabalinas de Diana. La conoció una noche en cualquier
parte, se enamoró de ella con furia, con la violencia del primer
impulso... ¡y fue Troya!
Hasta entonces era Fernandito Acosta, el joven
|chic que
hacía el
|lión en plazas y calles, que cautivaba desde las
esquinas a las hijas de los aristócratas y de los burgueses
millonarios, gran jugador de billar, personaje del
|sport,
que tenía palco en la ópera, que entraba al escenario como a su
casa, que les mandaba ramos a las cómicas, que bebía champaña con
las bailarinas, que conversaba en la calle con el tenor, que
tuteaba al barítono y que le recibía la capa de paseo al primer
espada, con quien tomaba
|Otard por la noche en el
teatro.
Dos meses hacía que su hermano estaba ausente cuando tropezó con
Diana, y se desbordó como un tanque sin represas. Produjo una
copiosa inundación de orgías, de bailes, de francachelas y
parrandas. No le daban abasto coches, palcos, joyas, flores ni
champaña; los sirvientes de todas partes se movían sólo por él y
los músicos de las estudiantinas se iban quedando sin dedos. Bajo
aquella catarata de billetes, doña Celestina, Manolo, la lora, el
gato, todos los socios de aquella compañía explotadora hacían
progresos alarmantes.
A pesar de ser una atarraya admirable, las dos mujeres dejaron
la tienda, devolvieron el mobiliario alquilado, y una casa nueva
por San Victorino quedó vestida de la noche a la mañana como para
recibir al príncipe y a Cendrillón. Era una tacita de plata, una
jaula de oro que guardaba milanos y que se abría a ciertas horas
para que entrara un canario.
Cosa de un año duró Fernando en aquella vida loca, en aquella
existencia de pequeño nabab, y poco a poco, como se eclipsa un
astro, empezó a oscurecerse y a decaer, a decaer... Las fiestas
galantes fueron menos frecuentes y más humildes; sus apuestas en
las carreras fueron más bajas; menores sus apuestas en el bacarat;
los dedos, antes llenos de anillos, se fueron despejando,
despejando hasta quedar en una triste argolla; los alfileres de
corbata, los ternos flamantes, las leontinas deslumbradoras, se
eclipsaban; la cartera enflaquecía y doña Celestina engordaba; se
le vio con tinterillos, usureros y otras aves de rapiña; luego
abrió cuentas y dejó pendientes las que lo estaban; más tarde
vinieron los préstamos de dinero y empezó a conocerles las espaldas
a sus amigos.
A veces, después de una brega titánica de todo un día, después
de humillarse, de caminar mucho, de sacrificar objetos queridos,
conseguía una suma exigua y con un esfuerzo de paralítico que se
endereza hacía alguna modesta invitación a sus viejos camaradas,
que aceptaban impasibles, como si tal cosa, para quedarse diciendo:
¡Pobre! ¡Qué
|Zata!. ¡Y en la ruina!
Pretendía con eso retenerlos unos días siquiera, volverlos a ver
de frente, conjurar su mofa y su desprecio. Se sentía tan triste,
tan enfermo, tan abandonado. Además, su nombre, sus costumbres, su
carácter altivo y vanidoso le ordenaban tapar la hilaza, no dejarse
ver el cobre. Por fin, agobiado, entristecido, muerto de fatiga en
esa lucha sin esperanza, agotado su brío, cuando ya no le quedaba
un cuarto ni un amigo, sin tener a quién volver los ojos... se
tapó. Había durado seis meses haciendo equilibrios y tenía que
caer.
Entonces, como dice el Credo, descendió a los infiernos. Pero
así y todo descansó, descansó como el que se muere, y hasta tuvo
algunas satisfacciones que nunca se había soñado. Porque en el piso
bajo, en los sótanos de la sociedad, allá donde es el reino del
libertinaje y la miseria vistos cara a cara como a buenos amigos;
en ese mundo sombrío de los sacos verdes, las caras azules, los
cuellos negros y los botines blancos; en ese mundo del tiple, del
ajiaco y de las empanadas, que vive la vida de la noche y se agita
como un hormiguero hambreado en las entrañas de Bogotá, Fernando
fue recibido en triunfo, con alegría, como si al averno se cayera
un santo de cabeza.
Arrojado del Olimpo social, los salones de Plutón se abrían para
él con su iluminación siniestra, sus músicas salvajes, sus bailes
macabros, su ambiente mefítico y sus divinidades infernales. Muerto
para el alto mundo, cubierto con una capa de olvido, renacía en los
subterráneos de un mundo sombrío, de alimentos groseros, de bebidas
impuras, de canciones libres en el imperio del vicio y del fango,
donde los hombres son espectros sucios y grotescos y donde las
mujeres, escuálidas, pintarrajeadas, histéricas y alegres, con una
alegría enfermiza, parecen escapadas de las novelas de Zola.
Reconoció en aquel abismo a muchos que le habían cogido la
delantera en la caída y vio los puestos vacíos como tumbas
abiertas, de otros que, nacidos allí, por arte de birlibirloque,
salieron de los antros y se estaban pavoneando en las alturas
sociales provistos de careta y dominó. Cuántos sitios desocupados
gracias a las piruetas de la fortuna, al buen suceso del delito, a
la intriga y la adulación recompensadas, y cuánto pergamino
desteñido, cuánto blasón manchado de lodo y hasta de sangre...
Minuto por minuto, hora por hora, día por día, Fernando fue
haciéndose a aquel medio como si allí hubiera nacido, y acabó por
respirar esa atmósfera envenenada, como si aquellos aires
caliginosos hubieran columpiado su cuna. Le devolvía al mundo
olvido por olvido.
Huyó de los centros. Se le veía en altas horas, trasnochado,
escuálido y sucio, con gentes de baja estofa. Por el día era
frecuente verlo en
|Las Galerías, a las puertas de las
tabernas, taciturno, silencioso, como esperando algo, y luego en
las trastiendas, cuartos sombríos que despedían un tufo alcohólico,
pasar horas y horas llenándose de ron con sus desharrapados
compañeros. De noche rondaba por las casas de juego, se acercaba
con timidez a los montes, arriesgaba con mano tímida reales y
pesetas, se quedaba en pie largo rato sin jugar, o se dormía con la
frente entre las manos acodado sobre los tapetes verde esperanza.
Algunas veces pasaba al mediodía por las calles centrales,
avergonzado, sin mirar a nadie, como un ratón perseguido por los
gatos cobradores, y se soplaba a los billares, donde permanecía
hasta caer la luz, haciéndoles barra ruda a los tahúres.
¡Cosa rara! Diana, a pesar de todo, a pesar de los esfuerzos de
doña Celestina, no lo botaba. A falta de cariño le tenía lástima;
además, Manolo le quería un poco y lo llamaba
|papá. Fuera de
eso, estaba resuelta a aguardar el regreso de Alejandro para
empezar con la fortuna de éste por conducto de Fernando; por
supuesto, sin que la vieja se enterase de tan brillante plan.
¡No era malo! pensaba. Ya debe tener bastante
con la participación que le he dado en el negocio. Y en
verdad, las acciones de la vieja en tan pingüe empresa eran todas
acciones malas...
De vez en cuando aparecía Fernando fugitivamente en los sitios
centrales, flotaba unos momentos como los que se están ahogando y
se hundía de nuevo. A la llegada de Alejandro se presentó
regenerado en el vestido, pero con los mismos compañeros y los
mismos hábitos de crápula. Estaba en esos días muy pálido, de faz
terrosa, las pupilas húmedas y melancólicas, perdidas entre las
ojeras, la nuca, y el pescuezo llenos de cuerdas, el andar
fatigoso, y todo él con una flacura amenazante, una flacura que
hacían más notables los afeites y el traje nuevo, que se colgaba
como de una percha de aquel cuerpo débil y encorvado.
Alejandro veía con angustia que Fernando arrastraba su nombre
como un tullido el cuerpo, que había arrojado su herencia en el
légamo, que era presa de los vicios y las enfermedades, y ayudado
por Velarde se preparaba a convertirse en buzo para rescatar, si no
los tesoros perdidos en el naufragio, al pobre naúfrago
siquiera...