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XII

 

Las exequias de Fernando Acosta se celebraron en la Capilla del Sagrario. Desde las once, el artístico templo bañado en dulce opacidad, lleno de silencio, empezó a colmarse de gentes del gran mundo.

Los pasos resonaban huecos y sordos, y el eco los devolvía multiplicados como en una catacumba. Al pie de la cruz alta, de faldas cortas, y de los ciriales, sostenidos por monagos enlutados, ante grandes sillones casi pegados al cancel los tres oficiantes, con sus bonetes oscuros, con sus dalmáticas negro y plata, bajo los cuellos inverosímiles que los hacían ver como tortugas, ora en pie, ora sentados, con voz gutural y destemplada canturreaban el oficio de difuntos. Las melopeas largas y monótonas, como enredándose en los bejucos de una yedra invisible, trepaban hasta el coro. Tres o cuatro voces vigorosas remataban los versículos con las antifomas solemnes, y al apagarse éstas el órgano seguía exhalando notas sueltas que servían de gula al canto áspero de los sacerdotes.

Las mujeres entraban contoneándose, arrebujadas coquetamente, y haciendo resonar el tic-tac de las botas, iban a colocarse entre los escaños laterales produciendo un |frou­frou de lino aplanchado.

Se santiguaban algunas al entrar, metiendo dos dedos que, a prevención, traían fuera del guante, en la taza de agua bendita, turbia y espesa, que un formidable ángel de piedra les presentaba contemplándolas con sus grandes ojos muertos. Sus compañeras las miraban con el rabillo del ojo en tanto que ellas se dejaban caer arrodilladas y persignándose con maestría abrían los devocionarios de marfil o cuero de Rusia.

Arreglándose el cabello, los guantes, el bastón y el sombrero de copa en una mano, haciendo chirriar las botas, los hombres subían de puntillas por el amplio callejón de en medio. Tendían el pañuelo y se arrodillaban, muchos hincando una sola rodilla; se hacían de la frente al pecho una gran cruz, torcida como la de Gestas, y se sentaban a contemplar a las mujeres, a mirar para el coro o a pasear la vista por los inmensos cuadros de Gregorio Vázquez.

A las once y media el templo estaba rebosante y en la atmósfera, caldeada por aquella respiración de horno, flotaba un vago cuchicheo.

Bajo la media naranja, ante el gran altar de carey, a un lado del púlpito que escoltaban los evangelistas como apuntadores de la palabra divina, entre los cuatro cirios que lloraban lágrimas de cera, se levantaba el túmulo majestuoso entre una pirámide de flores de muerto, que apenas dejaban ver el lujoso cajón de agujetero. Como cintas oscuras se desprendían las dos hileras de hombres que se abrían abajo, culebreando hasta salir por la puerta, y a los lados, formando aletas movibles, las mujeres en oleaje incesante como un mar de merinos y crespones.

La Capilla era un teatro fúnebre y la ceremonia el primer acto de un drama realista, de realidad terrible. No el entierro de un pobre diablo olvidado la víspera que agonizó por mucho tiempo abandonado en medio de los hombres, como el profeta Daniel entre los leones. Pero la sociedad misericordiosa tendía un velo sobre todo aquello, le otorgaba su perdón, le abría al muerto los brazos cerrados para el vivo y en esa hora solemne invadía el aristocrático templo con la misma frescura, con la misma satisfacción, con el mismo boato con que hubiera llenado los salones de un baile |d'élite. Allí, a los ojos de la capital entera pasaría revista el alto mundo, allí quedarían inscritos algunos que faltaban en los escalafones del bueno tono. Cuánto le agradecían éstos a Fernando que se hubiera muerto tan oportunamente. Era mucha gracia que les presentara la ocasión de exhibir sus despachos. ¡Qué fortuna que no hubiera habido invitaciones particulares! ¡Y qué lástima que no se publicara la lista de los asistentes!

Muerto Fernando le llovieron amigos, regimientos de aduladores: "¡Tan célebre, tan distinguido! Algo calavera, pero calavera de buen gusto..." Quienes nada sabían del pobre muchacho le atribulan cosas estupendas. Era urgente hacerse pasar por sus camaradas íntimos. De otro modo, Alejandro no refrendaría, al devolverles el abrazo que le tenían preparado, sus diplomas de aristócratas.

Porque todos aquellos homenajes iban dirigidos a Alejandro. El escéptico se sabía de memoria que nadie se acordaba ya de su hermano, aunque todavía estaba caliente el cadáver.

-Estoy asistiendo a mi entierro -pensaba-.. Así será, así, exactamente, como un gran baile, pero siempre que no me arruine. Me provoca tirarme por el Tequendama; que no quede ni qué enterrar...

Y escuchando tras sí el murmullo de aquella apoteosis trágica, pálido, demacrado, parecía el muerto que hubiera saltado de la caja. Fernando mismo, resucitado de súbito, se hubiera quedado frío, sin atreverse a creer que era objeto de tan inaudita ovación. Le habría sido imposible reconocer muchas caras: las de aquellos que a lo último no le mostra­ban más que la espalda.

Los salmos del invitatorio con sus versículos sentenciosos taladraban los oídos. Había en ellos reproches, gritos, quejas y diatribas. Eran como un diálogo de los dos hermanos en la puerta de una tumba.

La voz de Fernando parecía hablar a los maquinadores de su pérdida, que no le oían:

"Apartaos de mí todos los que obráis iniquidad".

"Averguéncense todos mis enemigos".

"Levántate, Señor, y revístete de tu ira

¿Por qué esos cánticos, no iban a clavarse como saetas en el corazón de Diana?

-"He aquí que el pecador maquina la injusticia" -seguía diciendo el antifonario, y luego, en notas sollozadas, como dirigiéndose a Fernando:

"Abrió con sus crímenes un lago, lo cayó; y él mismo cayó en la hoya que se labró".

Los ayes de Job, el santo hastiado, el gran maldiciente, vibraban como látigos en el aire y parecían escapados de la boca de Alejandro:

"¿Cuándo me dejarás descansar, para que pueda siquiera tragar mi saliva?

Dos sujetos melenudos, de sacos verdes y tocones, cuellos negros, pantalones de fleco y botines de silencio, dos bohemios que se dirían salidos de la cabeza de Murger, entraron con aire satisfecho y echando por la calle de en medio fueron a arrodillarse al pie del catafalco. Al principio todo el mundo los miró con asco; se hizo el vacío alrededor de ellos como si fueran dos apestados; pero cuando Alejandro los arropó con una sonrisa amistosa, todas las opiniones se modificaron. Resultaban muy interesantes aquellos personajes misteriosos. Los sacos no eran verdes por su edad |sanclementina, provecta, sino intencionalmente de un color simbólico, la esperanza; los cuellos eran negros en señal de duelo y las botas iban sin tacones para no hacer ruido en circunstancia tan solemne.

La vigilia terminaba; era el final del primer acto. Hubo luego una especie de entreacto o |intermezzo lírico en que se cantó un miserere regio. El espacio se fue poblando de notas cristalinas, de rumores débiles que se diluían en el ;aire y crecían, crecían como en una tempestad grandiosa, runa borrasca de sonidos, y estremecían los cristales de las ventanas y hacían caer a las almas en religiosos éxtasis. Por momentos las voces se adelgazaban hasta semejar el canto de una fuente. Entonces, como una serenata fúnebre, se oían los dobles, los ayes lastimeros de las campanas que con sus lenguas de metal se quejaban a los cuatro vientos.

Durante el entreacto las mujeres se acomodaron en los escaños como en palcos, y muchos hombres vueltos hacia el coro, se quedaron a saborear el clásico salmo con oído mundanal, cual si fuera un himno pagano en el propio Odeón de Pendes. Los demás se salieron al atrio y, diseminados en grupos, desenvolvían la crónica en todos los tonos.

La Misa Negra del maestro Quevedo estuvo majestuosa y el |Dies Irue trágico. Un estremecimiento de pavura corría por la absorta concurrencia, y se hubiera creído que iba a reaparecer el doctor Margallo a vaticinar, como cuando el entierro del coronel Stuers, la destrucción de la Capilla.

Abierto de par en par el gran cancel, después del último responso, salió el cadáver andando en dieciséis pies, entre ellos dos de Alejandro y dos del chato Elorga, que tras numerosos pisotones y codazos había logrado apoderarse de una punta de las andas. El puesto de nazareno de aquel paso se peleaba con encarnizamiento por algunos que querían impregnarse de aristocracia; y los que no pudieron lograr tamaño gaje, se apresuraban, con apresuramiento de lacayos, a recibirles sus báculos a los nazarenos privilegiados. Alcantuz alcanzó el honor de que Alejandro, prefiriéndolo a otros, le encomendara su sombrero, que recibió con unción. Solamente Elorga iba con el suyo en la mano, un peludo como una tortilla, pero tuvo la buena ocurrencia de encasquetárselo hasta las orejas, en medio del espanto y la indignación generales.

El cortejo desfiló por la Calle Real. Abrían la marcha, dejando una estela de aromas, dos carros de coronas y cruces amontonadas en un desorden que permitía a las flores acariciarse en abrazo amoroso. Los estrujones las despedazaban y el viento iba sembrando el camino de hojas y tarjetas. Velarde recogió algunas de éstas, muchos nombres oscuros, gentes desconocidas que no se hubieran conformado jamás con no tener vela en ese entierro.

Seguía el carro fúnebre y allí Fernando, lo que quedaba de Fernando, rotulado en una ancha cinta negra con signos de oro. Después Alejandro, de riguroso luto, como una sombra, andando lentamente, la cabeza baja, una mano atrás y en la otra el paraguas. Uno por uno pasaban ante él amigos y desconocidos, y poniéndose la careta de la melancolía lo abrazaban con un solo brazo. El correspondía en la misma forma, con indiferencia glacial, y respondiendo en lenguaje cablegráfico a los millares de preguntas, de lisonjas, de palabras huecas con que lo agobiaban.

De Alejandro se desprendía la gran procesión de hombres, una formidable serpiente negra con sus escamas que abrillantaba el sol, y por las aceras, bajo las coquetas sombrillas, en dos filas como dos cordones de seda, iban las señoras barajadas con tres o cuatro mujeres ligeras, personas importantes en el mundo de Fernando en su último tiempo.

-Mucho lo quise, sí, señor -le iba diciendo Pelusa al doctor De la Rosa, que lo oía sin mirarlo y sin escucharlo lo oía.

-Mucho lo quise, ¡carachas! El me salvó de una diablura |matroz. Imagínese doctor que en un baile una maldita vieja me echó una artesa de agua y me quería matar...

Velarde oyó las últimas palabras y brilló en sus labios una vaga sonrisa.

-Esta gente -pensaba en medio del tumulto- ya ni se acuerda de Fernando, pero acompaña el cadáver y levanta un murmullo, un perfume de adulación capaz de embalsamarlo. ¿Por qué? No lo saben, ni les importa saberlo, ni el cariño los conduce; pero es una costumbre, y aquí van como reclutas, porque éstos son reclutas de la sociedad, coscriptos que existirán mientras subsista el convencionalismo, la inmensa distancia entre los sentimientos y las costumbres.

Formaban la retaguardia numerosos coches cerrados, lucientes como escarabajos, tirados por troncos fogosos que se encabritaban con impaciencia. Velarde pensaba:

-La etiqueta es también de rigor para los caballos en las andes solemnidades. Y mirando el carro, continuaba:  Fernando, muerto hace dos meses, hubiera ido solo. Hoy lo acompaña una multitud que no sabe, o no quiere saber, que lo mató. ¿Cuándo acabarán las cacerías de hombres? Probablemente nunca. Durarán mientras los hombres, más torpes que los volátiles y los cuadrúpedos, busquemos a los cazadores con ese afán, mientras nos atraiga la luz artificial como a las polillas. Cuántos de los que van aquí estarán en capilla...

En el balcón de un hotel, recién levantados después del baileorgía, los dos congresistas, de cachucha, chaleco abierto y chinelas, conversaban muy frescos y veían el desfile.

Velarde los reconoció.

-Aquí no más -seguía diciéndose- hay dos cómplices inconscientes del asesinato, dos mequetrefes que ayudaron a una muerte, sin saberlo, obedientes a sus instintos de machos. Están libres y si se les fuera a castigar por eso, ¡qué injusticia aquélla! ¡Qué horror! ¡Qué monstruosidad de la ley! La misma Diana... ¿qué podría hacerse con ella?

Nada! Para adentro puede ser una infame, pero para el mundo resulta un cazador como otro cualquiera. Coge un pájaro, lo despluma, lo asa, se lo come y tira los huesos a la calle. Los huesos, lo que buenamente quiso dejar, lo que vamos a devolver a la tierra, y eso defraudándola. Ella lo mató, pero queda impune como todos los cazadores, es irresponsable como nuestros presidentes. Eso se llama la inviolabilidad de la vida.

Desde |La Tercera comenzaron a quedarse numerosos acompañantes, a desgranarse, a cruzar, a introducirse en los almacenes y en las casas. ¿Para qué seguir? Lo importante estaba hecho: dejarse ver en las calles reales y en el parque de Santander.

Un viejo calvo, mugroso y barbón, seguía el cortejo con paso difícil, encorvado, bajo una lluvia de caspa. Era un usurero célebre, un |saragüeta formidable a quien Fernando le debía cualquier cosa. Se estuvo hasta el fin, hasta dejar puesto en la tumba el último ladrillo, y regresó a pie. El tranvía era muy caro ¡un real!... y en coche... podía suceder que le cobraran. "A quien todo lo ha perdido -dice Alfredo Assolant -le queda un último consuelo: el rostro afligido de su acreedor. Sus amigos pueden olvidarlo, su perro buscar otro amo, pero su acreedor, siempre fiel, siempre apegado, no lo dejará sino en el umbral del cementerio".

Cumplido el último deber, cerrada la tumba con una gruesa capa de cal y canto, Alejandro y Velarde se subieron a un coche y dejaron a Femando, el desgraciado muchacho que, después de ser pasto de los hombres, iba a servir a los gusanos una pobre comida.

-Aquí tienes -decía Alejandro-, una escena interesante de la comedia humana: "La vida de un muerto y la muerte de un vivo".

-No entiendo.

-Está claro: Fernando ha vivido un día después de muer­to, y yo me acabo de morir. Soy un difunto que vuelve de su entierro.

Velarde se desmontó en San Francisco. Alejandro siguió y al saltar del coche, a la puerta de su casa, le entregaron dos telegramas. Abrió el uno ya en su habitación, y se quedó estupefacto, mudo. Venía de Fernando, del propio Fernando Acosta, su pobre hermano que había quedado momentos antes encerrado en su camarote de tierra. Era para él, estaba fechado en Honda y le decía con laconismo espeluznante:

-"Sigo bien. Adios".

No podía comprender aquel hombre el misterio infernal de esas palabras, el enigma cruel del telegrama.

-"Sigo bien", se decía cogiéndose las sienes. Claro que sigue bien, pero muy bien: va derecho al divino Nirvana...

En su asombro había olvidado el otro despacho, que estrujaba febrilmente con la mano izquierda. Lo abrió con apresuramiento, con voracidad de descifrar aquel maldito enigma. Venía para Fernando, de la misma parte, y lo firmaba un desconocido, un tal Manzaneque.

El contenido de aquel pedazo de papel arrugado y cruel e dijo a aquella alma atormentada mucho más de cuanto sabía de la miseria humana. Súbito lo comprendió todo, todo íntegramente; se hizo la luz en su cerebro como si le hubieran tocado un botón eléctrico.

Manzaneque manifestaba a Fernando su pena, por tener que llevarse sus baúles, su ropa, en fin, su equipaje; usaba de la vieja amistad de ambos, de la eterna confianza, y guía a Lima con sus bártulos, y con algo más útil: las cartas de recomendación...

-    ¡Miserable! -articuló Alejandro apretando los dientes. Y luego: -Decididamente, los dioses son crueles y el destino inexorable en sus maldades. Hay hombres que, como Fernando, como mi Fernando, caen a la tierra irremisiblemente determinados, condenados por la desgracia a un negro infortunio: la vida los azota, las enfermedades los hieren, el mal les busca; el bien les vuelve las espaldas, la sociedad los escarnece... y cuando la muerte, no siempre atenta con los tristes, viene compadecida de esos infortunados y los devuelve a la madre tierra en un sudario de paz, el nombre de ellos, ese pobre nombre sigue, sigue sirviendo de mofa a la baja alta canalla; porque, desgraciadamente, hasta el olvido es un sarcasmo...

Tiró al suelo los dos telegramas y les prendió fuego.

Estaba pensativo, trágico, mirándolos arder. La llama, como un fuego, fatuo, corrió unos instantes sobre los extraños papeles, que sollozaban al quemarse; y en tanto que maquinalmente aquel hombre escéptico encendía un cigarrillo, y que, corno un ave gris, plegaba sus alas la ceniza, un hilo débil de humo se escapaba por el balcón y se perdía en el aire corno un espíritu.

 

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