X
Fernando parecía un muerto fugado de la tumba. Lleno de pared,
la cara gris, los ojos extraviados, perdidos en las órbitas y
vueltos hacia arriba, como mirándose las cejas; la mandíbula
desencajada, el labio inferior caído, el sombrero en la nuca, las
manos y las piernas temblorosas y cubiertas la faz y la frente de
pelo rubio, sin brillo, como un arbusto seco.
Había vagado toda la mañana ofreciendo de puerta en puerta por
los almacenes el giro sobre Londres que una comadre de doña
Celestina le devolvió después de infructuosas diligencias por
venderlo. Tampoco él había logrado colocarlo a pesar de ir suscrito
por Alejandro y de que lo daba por lo que dieran. Nadie le había
hecho caso; todo el mundo le volvía la espalda, cuando no se
mofaban de él. Lo veían borracho.
Hacía dos noches que no se acostaba. Muerto de fatiga, sin
desayunarse, oloroso a aguardiente, ya casi dormido, se recostó
desgonzado contra un poste de la luz eléctrica, en una esquina de
la Calle Real.
Eran las diez y media. Había en aquel sitio gran movimiento,
mucho ruido y mucha luz. Las gentes se quedaban mirándolo con
lástima, otras pasaban sin verlo y lo empujaban, haciéndole dar
sacudidas bruscas. En los corrillos se decían gracejos sobre el
pobre diablo y le llovían encima las carcajadas. Un pillete pasó y
le dio un grito casi en el oído:
|"El Orden de ayer, con las
últimas mentiras...
Fernando se estremeció, sacudió la cabeza y, frotándose los
ojos, trató con esfuerzo de permanecer firme. Luego empezó a
detener a todo el que pasaba y a ofrecer la letra, un papel
arrugado y mugroso que temblaba en su mano y que sacaba del
bolsillo del pantalón mezclado con cigarrillos rotos. Los que se
detenían examinaban el giro por ambas caras, lo medían a él con la
vista y se marchaban excusándose de no comprárselo.
En el chaleco se tocó algunos níqueles y empezó a andar con
disimulo, como asustado. Miraba al suelo, hacía equilibrios y se
guiaba por las uniones de las baldosas. Entró a una tienda, se tomó
una copa de anisado y salió limpiándose la boca con el dorso de la
mano.
Estaba decidido. Diana quería dinero y había que llevárselo de
cualquier modo.
-Lástima -pensaba-, lástima de mi montura y de los Cincuenta
pesos que se llevó aquel mugroso. Pero ya no hay remedio. Mañana
sin falta iré por los baúles.
Había consumido en cinco días lo que le quedaba en papel,
contando con vender la letra... tan buena letra, tan barata y
ninguno la quería. ¡Qué mulas!
Echó a andar. Iba para su casa a ver qué hacía, qué encontraba.
Se acordó de un sujeto que quería comprarle un diccionario y fue a
sacarlo. Se entraba en todas las tiendas del camino y bebía: para
tener valor.
- ¡Qué diablos! -decía recio y manoteando-. Nada puede
pasar...
Subió la escalera teniéndose de la baranda. En el corredor se
mecían al viento tibio las clemátides y las margaritas,
inclinándose a su paso; en el patio cantaba la fuente su canción
igual y cristalina y dos copetones decían su
|chiu-chiu desde
el viejo pino.
El cuarto de Alejandro estaba abierto y solo. Entró sin hacer
ruido; en el armario se velan prendidas las llaves... "Este tiene
plata", dijo, y se dirigió a abrirlo. Puso la mano sobre la llave y
volvió la cara a ambos lados para ver si alguien lo miraba... Seis
ojos como seis estoques estaban clavados sobre él... Dejó caer la
mano y dio un salto atrás. Eran los ojos de los retratos de sus
padres y de su hermano, tres cuadros magníficos: dos antiguos, de
Vienot, y uno moderno, hecho aquí.
Otro retrato pequeño lo miraba con dulzura desde una mesa: el
retrato de su madre que Alejandro había cogido la víspera de su
cuarto. Por encima, sin mirar más el cuadro, pasó la mano y de la
licorera se sirvió un trago de cognac. Cogió un cigarrillo y sin
encenderlo escanció el otro trago y salió balanceándose.
Entró a su cuarto silbando. Hacía frío, había una luz triste y
se levantaba un vapor húmedo con el olor peculiar a las piezas
deshabitadas.
Buscaba el diccionario cuando tropezó con el reloj y los papeles
que habla dejado su hermano.
- ¡Me armé! -dijo cogiendo el reloj y poniéndoselo en el oído-.
Ahora sí voy a vender este mugre; me dan lo menos diez pesos. Como
no tengo el pelo largo...
En seguida lo guardó y cogió la carta.
-Estas son cosas de Alejandro. Ya sabe que estoy aquí. ¿Y qué
hay con eso? No ha de ser mandándome plata, y ahora no estoy para
regaños.
Sin leer la carta se la echó al bolsillo y examinó la cuenta y
la tarjeta.
-Sacó esto -exclamó rasgando los papeles-. Bonita gracia...
¡pagar una cuenta! Mejor lo habría hecho dándome la plata. ¡Qué
bruto!
Olvidado del diccionario se marchó, temeroso de que Alejandro lo
encontrara.
Salía dándole cuerda al reloj cuando un cartero le entregó un
telegrama, que abrió maquinalmente sin ver la dirección.
Estaba fechado en Girardot, era para Alejandro y lo firmaba él
mismo: Fernando Acosta.
-¿Qué será esto? ¿Si será que me he vuelto dos y el otro anda
por Girardot?
De pronto soltó una carcajada. Un recuerdo lo visitaba. Era el
estúpido de Manzaneque que cumplía lo ofrecido. Pensó telegrafiarle
ordenándole que suspendiera los partes, pero se arrepintió.
-Nada, que siga, que gaste algo de los cincuenta duros. Yo no
gasto más. Dos reales son cuatro tragos... es mejor que siga.
Lo leyó de nuevo y soltó otra risotada que admiró a una vieja,
que lo tomó por un loco.
-Luego, esa redacción -decía hablando solo-. ¡Qué animal!
|"Sigo para abajo
|"
|
¡Sólo a ese bestia
se le ocurre! ¡Hu! ¡Hu! ¡Hu!
Tenía en esos momentos el vino alegre. Después de una mañana
sombría, llena de terrores y de angustias, el cognac de Alejandro
lo había puesto de buen humor. Estaba en un instante de alegría
artificial, hija del mismo dolor; reaccionaba como un moribundo
bajo la influencia poderosa de las inyecciones...
Al mediodía, cuando se presentó en casa de Diana, estaba mucho
más ebrio.
- ¿Qué hay? -le dijo ésta-. ¿Trajiste la plata?
-Sí, aquí está.
Diana se avalanzó como una hiena hambrienta. Fernando Sacó ocho
pesos en níquel y billetes sucios.
-Puedes quedarte con eso. No estoy pidiendo limosna. hubo de la
letra?
-¿Cuál letra?
- ¡Cuál letra! -dijo Diana, remedando aquella voz torpe-. ¿Cuál
letra?... ¡So borracho!
Este empezó a contar de un modo incoherente y tardío lo que
acontecía. Nadie había querido comprar eso, aunque lo daba por
cualquier cosa; todos lo miraban con sorpresa cuando ofrecía el
giro. Qué tal si se va con semejante muérgano... se muere de
hambre. Le provocaba tirárselo a su hermano a la cara...
¡Puerco!... ¡Darle esas cosas!
- ¿Y qué la hiciste? Seguro que ya se perdió el andrajo
ese...
-Entre el sobretodo debe estar -dijo Fernando, dejándose caer en
un canapé.
Diana lo esculcó. La letra salió con la carta de Alejandro.
- ¿Qué será esto? -dijo ella examinando el sobrescrito. Lo
rasgó, y acercándose a la ventana empezó a leer. A los dos párrafos
se detuvo. Los labios le temblaban y tenía los ojos abrasados por
la cólera.
-Está bien -dijo, tirando con desprecio los papeles sobre una
consola-. Yo sabré lo que hago...
De pronto rompió en invectivas contra Alejandro. ¡Conque sí! El
gran pícaro que vivía como un príncipe, que tenía más joyas que la
Virgen de Chiquinquirá, que se la pasaba en viajes y manteniendo
señoronas con lo de Fernando... ¡Canalla! Quería acabarle de robar
a éste lo que le quedaba; y después de desplumarlo le echaba a ella
el muerto encima. Por supuesto que seguiría manteniéndole su
borrachín... Sin coger la carta siguió leyendo, agachada sobre la
mesa.. "Seguirás viviendo en esta casa, pero no de favor sino con
pleno derecho...".
Naturalmente, con pleno derecho. A Fernando le tenía que quedar
mucha plata; no había alcanzado a botar ni la mitad, ni la cuarta
parte, por lo menos en ella, que no le merecía sino cuatro mugres
que ahí estaban, cuatro trastos viejos. Seguro que pretendía el so
sinvergüenza, tan sinvergüenza como el otro, que ella se hiciera
cargo de ese zancarrón del Fernando lidiándole la tisis,
aguantándole sus borracheras, ¿y comiendo qué? Comiendo
hambre...
"Pagaré también tus deudas..." decía luego el Alejandro.
Naturalmente que tenía que pagarlas, pero no era con su plata...
¡El gran pícaro! Y le hablaba de deslices. ¡Miren quién! Los
deslices de Fernando... ¿Y el otro? Echándoselas de santo, como si
no se supieran los escándalos... ¡Hipócrita!
Conque su heredero... ¡Fernando su único heredero! Porque vela
que se estaba muriendo y si no, no se lo decía. ¡Claro! Para
heredar a su pobre hermano menor, después de matarlo a sustos.
Fernando se habla dormido sentado. Se le acercó Diana estrujando
la carta.
-Y este imbécil, borracho a todas horas mientras el otro se lo
traga, cuando debía estar pensando qué hace y cómo le arranca lo
que le quiere robar el gran ladrón... Conmigo que no cuente.
Fernando seguía durmiendo con la cabeza caída sobre el pecho, el
sombrero sobre las piernas, un brazo en el aire y roncando con
fuerza.
De repente abrió los ojos, se levantó con el pañuelo en la boca
y salió tumbando una silleta y atropellando a doña Celestina, que
entraba.
-Estamos aviadas con este borracho aquí metido -exclamó la vieja
con una mirada furibunda.
- ¡Qué le parece! -le dijo Diana enseñándole la carta-. Qué le
parece las del marrano ese de Alejandro. Quiere echarnos encima al
Fernando y quedarse con todo.
-Léeme tú -dijo la vieja-. Yo no veo bien.
Diana le leyó en voz alta. Doña Celestina rugió de ira. Temblaba
de pies a cabeza; sus labios muertos mascullaban interjecciones de
cuartel; las cucarachas de sus ojos aleteaban enfurecidas; el gran
coto le temblaban con movimientos sísmicos.
Estalló:
-Por supuesto que Diana era tan bestia que seguiría con el
tísico ese, exponiendo a un contagio a todo el mundo en la casa,
desacreditándose y desacreditándola a ella con esas relaciones
indecentes; aguardando a que el mozo ese, botado por el pillo de su
hermano, siguiera gastando lo poco que ellas tenían conseguido con
tanto trabajo, y, por último, con riesgo de que se les muriera
allá, para que después dijeran los envidiosos que ellas lo habían
matado. Si no se moría, peor: había que seguirlo manteniendo...
¡Nada!
Era necesario poner fin a esas estupideces. Ahora -concluyó-,
ahora va a suceder que tú te niegas; porque, eso sí, para bestias
la mujeres enamoradas.
- ¡ Bonito amor! -dijo Diana-. Con semejante espantajo, con un
muerto de hambre...
-Pues, entonces, nada de lástimas. ¡Hay que echarlo!
Fernando entraba un poco repuesto. Se sacudía el blanquimiento
de los hombros, se arreglaba el cabello y se componía el
sombrero.
Por el momento no le hicieron caso. Quiso volver a sentarse,
pero le cayeron a palabrotas. Diana recorría toda la escala con
voces agudas, penetrantes como agujas, verdaderos aullidos. Doña
Celestina, como un animal salvaje, enseñaba las garras y las encías
y ladraba insultos horribles contra Fernando, contra Alejandro,
contra Antonio Velarde, contra Diana, contra todo el mundo. Le
manoteaban ambas en la cara y lo iban acorralando contra un
rincón.
-Era necesario no ser tan animal ni tan sinvergüenza, no dejarse
comer vivo mientras estaba emborrachándose, mientras se arrastraba
como una culebra. Tenía que ver qué hacía para que ese marrano de
Alejandro no se lo tragara todo con el Antonio Velarde y con ese
baboso del Pelusa... Su hermano debía saber que ellas no estaban
ahí para echarse muertos encima.
Fernando estaba atónito, sin comprender una palabra de aquel
aguacero de horrores. El alcohol, el sueño, la sorpresa, el hambre
y el miedo lo embrutecían totalmente. Estalló en sollozos, le
saltaban lágrimas ardientes, levantaba las manos, se las apretaba
con angustia y se mordía los labios. Estaba lastimoso. Se imaginaba
atrocidades cometidas por Alejandro contra las dos mujeres. Trató
de abrazar a Diana, pro ésta lo apartó con rabia, y cayó
grotescamente de rodillas, en una convulsión espasmodica, clavando
en las dos furias los ojos lacrimosos y suplicantes...
El no tenía la culpa de nada; él no había hecho en la vida sino
quererlas a ellas; estar dispuesto a todo por ellas, y todo, porque
era lo que más quería en el mundo; tratar de ser bueno siempre,
mimarlas, darles lo que había podido...
-Eso es lo que está creyendo ese
|chivato -contestó doña
Celestina-: que nosotras lo hemos arruinado a
|usté.
¡Nosotras...! Bonita ruina: cuatro mugres... Ojalá se los lleven.
podía venir aquí por ellos el gran
|arrastrao...
- ¿Pero qué es esto? -dijo Fernando levantándose con
dificultad-. No comprendo... Yo no he hecho nada contra
ustedes...
- ¿Que qué es esto? -le respondió Diana estrujándole la carta en
la cara-. Esto es que tu hermano te echa de
|tu casa, como a
un perro; que eres un muerto de hambre y un borracho sin tantica
vergüenza; que te corre aguardiente por las venas; que te la pasas
hecho un animal, mientras el otro te roba lo que tienes y que, como
eres un cobarde, un alcoholizado, te da miedo arrancarle la máscara
y pedirle cuentas de lo que te despluma. ¿Entendiste ya? Toma
eso.
Fernando cogió la carta, pero no pudo leer. Los signos se
alejaban bailando y sintió trastorno. Diana le leyó.
La bestia humana se irguió entonces en aquel espíritu
encanallado entre los vicios, corroído por las enfermedades,
emponzoñado por el medio ambiente. Se revolvía contra su hermano,
contra el generoso Alejandro: mordía a su bienhechor como las
víboras. La infame sugestión fructificaba en su alma, crecía como
una planta venenosa y se enroscaba en su corazón.
-Sí -decía a gritos con su voz de falsete-. Ese miserable es la
causa de mi ruina; él me quitó cuanto tenía, para viajes y
vagabunderías y quería salir de mí hace poco. Ahora me arroja de mi
casa, de mi propia casa.
-Sí -decía Diana-. Todo eso es tuyo y es necesario quitárselo a
ese bribón.
- ¡Pero yo le bajaré la careta! -seguía gritando-, yo lo
mostraré desnudo a todo el mundo para que vean que es un pillo, un
gran ladrón. Ahora verán ustedes...
Las gentes se detenían al oír los gritos. Fernando salió
tambaleándose. Doña Celestina cerró con rabia la puerta y al entrar
le dijo a Diana:
-Aquí que no vuelva mientras no se arregle con el otro; mientras
no consiga siquiera qué comer. ¿No te parece?
-Naturalmente, que no vuelva ese muerto de hambre.
Fernando se sentía menos mal. El aire cargado de olores le
refrescaba el rostro; necesitaba oxígeno; abría la boca y aspiraba
con avidez emanaciones deliciosas mezcladas con el perfume del
jardín de una quinta; el sol de las tres le quemaba la frente,
vertía torrentes de luz en sus ojos y les daba calo a sus músculos
ateridos.
Al pasar por una
|sancochería el olor de la comida lo hizo
acordar de que no se había desayunado. Entró y pidió algo. Sus
pupilas miraban los platos con hambre de perro callejero. Se echó
con voracidad dos bocados comunes, y empezó a mascujar con
chasquidos repugnantes, untándose de grasa las manos y la cara...
De pronto le faltó el apetito; no pudo seguir y se tomó dos
botellas de cerveza impura y agria.
Tuvo un ligero escalofrío y lo invadió un sudor copioso que se
limpiaba con la falda del saco, porque no encontraba el
pañuelo.
Al rato cogió un tranvía. A poco de andar empezó a sentir la
cabeza enorme, la lengua pastosa y los párpados como dos masas de
hierro. Se quedó dormido después de pagar el puesto.
El carro iba llenándose; en la Calle Real estaba desbordante. El
seguía en un sueño de bronce; sin los ronquidos y la respiración
fuerte y alcohólica hubiera podido pensarse que estaba muerto. Era
aquello una odisea vergonzosa, la exhibición de su miseria sobre
una picota rodante. En las miradas de los pasajeros había
desprecio, repugnancia, ironía, compasión, compasión profunda y
mofa horrible. Al través de los siglos los descendientes de Cam se
burlaban de un hijo de Noé. Una señora preguntó al conductor con
infinita lástima:
-¿Está enfermo este joven?
-No, señora: borracho...
En la estación de la Sabana el tranvía se descargó para volver a
cargarse con los que salían del ferrocarril.
El corredor se veía lleno de mozos de cordel transportando
fardos, de granujas, de fruteras y de voluntarios con maletas y
muchachos a las espaldas. Se atropellaban los pasajeros que salían
con los que entraban. La taquilla era un hervidero de gentes y de
manos levantadas en solicitud de tiquetes; los empleados
vociferaban y corrían numerando bultos y registrando
pasaportes.
Señoras con niños de la mano, criadas con cestas y caballeros
con sacos de viaje entraban sin resuello a coger el tren que había
tocado atención. Se oían despedidas y saludos, las manos se
cruzaban, los cuerpos se estrechaban con efusiones de cariño y se
alzaba en el aire un murmullo ensordecedor, dominado por los
pitazos cortos de los monstruos de hierro que corrían afanados
sobre los rieles, unos apagando su sed al pie de las grandes pipas
de agua, otros atracándose de carbón. Se embarcaban soldados,
caballerías y pertrechos y los oficiales se despedían de sus
familias entre frases tiernas, lágrimas y sollozos.
En medio de aquel barullo, de aquel movimiento incesante, de
aquella vida y de aquel estruendo, sólo Fernando dormía, inerte y
abandonado, lanzando resoplidos cortos, lívido y desencajado, como
un herido agonizante en la mitad de una batalla.
El carro partió de nuevo y el cobrador despertó a Femando. Abrió
éste los ojos y sacudió la cabeza, aterrado, como si despertara
entre una tumba del sueño de la muerte. No sabía quién era ni en
dónde estaba. Una orquesta de carcajadas lo cubría. Cuando
comprendió lo que le pasaba ensayó en voz alta algunas palabras de
disculpa: estaba muy trasnochado y un poco enfermo. Pagó de nuevo y
siguió haciendo esfuerzos inauditos por no dormirse.
Sentía un malestar insoportable, una vergüenza y un sobresalto
horribles. Se le habían perdido muchas, muchas horas en su memoria.
Vagamente, al través de un velo de bruma, recordaba la entrada a su
casa, el encuentro del reloj, la venta de éste por diez pesos en
una oficina de empeños a un hombre que parecía un buitre; la visita
a casa de Diana Y la conferencia dolorosa con las dos mujeres. Su
cerebro se iba iluminando.
-Soy un miserable -pensaba cuando recordó lo que les había
ofrecido, con respecto a su hermano-. ¿Qué iba a hacer? Estúpido..,
a insultar a Alejandro y a pedirle cuentas... ¿y cuentas de
qué?
Se acordó de la carta: buscó en todos los bolsillos, y
co
|jo no la hallara pensó que por la noche podía
recuperarla.
- ¡Pero qué imbécil! -continuaba a media voz-. Estrellarme
contra mi hermano. ¡Qué bellaquería!
El fondo de aquel muchacho era bueno. La sangre suele imponerse
y dominar, por instantes, las pasiones. Se reprochaba su intención
de víbora y se alegraba en cierto modo de haberse quedado dormido.
Estaba en una crisis violenta llena de temores, de desesperación,
de sonrojo interior. Sentía horror de todo, de los elementos, de
los hombres, de sí mismo...
De pronto sintió los aguijones del vicio. Tuvo sed, una sed
horrible que lo ahogaba, una necesidad imperiosa de alcohol, mucho
alcohol, un deseo brutal de adormecer sus sentidos, de hundirse
entre vapores de vino, de olvidarse de todo, de consumir todos sus
dolores, sus amarguras y sus pensamientos entre un mar espumante de
bebida. Sus nervios secos y tirantes, su cerebro apagado que se
enfriaba por momentos, su sangre estancada, los músculos trémulos,
la boca sin una gota de saliva, los ojos sin luz, todo le pedía
alcohol a gritos, le hablaba de una reacción pronta, de unas horas
de actividad artificial...
Hizo parar el carro, bajó trabajosamente y perseguido por las
miradas de todos, meciéndose como un péndulo, caminó unos pocos
metros y entró en una tienda miserable, una cloaca de gentes
perdidas.
Alejandro había esperado a su hermano durante las primeras horas
de la mañana. Quería ver el efecto de su carta. Pensaba ocultarse
en la misma casa mientras Fernando la leía y aprovechar la emoción
de éste, la primera sacudida de su espíritu, para tratar de hacerlo
arrepentir de sus últimos extravíos, convencerlo de sus errores
fatales, y poniendo en juego toda su astucia, todo el vigor de su
inteligencia, todo su ascendiente y todo el calor de su cariño,
obligarlo a emprender de nuevo el viaje, señalarle otro horizonte
menos sombrío, conducirlo por otra ruta, apartarlo de la senda
tenebrosa de todos modos, a costa de los mayores sacrificios, al
precio de su tranquilidad y de su fortuna, si era necesario.
Erraba, sin embargo. Su amor de hermano ponía una venda en sus
ojos; se empeñaba en ver al niño, al niño enfermizo y dócil de
otros tiempos, olvidándose de que Fernando era un hombre, un hombre
carcomido por los vicios, cogido entre las garras de las pasiones,
un hombre de corazón ulcerado, un alma muerta. Su conocimiento del
mundo, su experiencia y su talento se estrellaban contra aquel
escollo, y no comprendía que la obra emprendida por él era la obra
de un desenterrador de cadáveres.
Un instante en que tuvo que salir fue, por desgracia, el mismo
en que Fernando entraba borracho en su casa, en que sentía impulsos
de robar, en que bebía furtivamente, en que tomaba el reloj con
avidez, rompía las cuentas, se guardaba su carta sin leerla y se
echaba a la calle, riendo a solas como un enajenado.
Alejandro tuvo miedo, miedo por Fernando, que en la situación en
que estaba, embrutecido por el vicio y sugestionado por gentes de
la peor ralea, era capaz de los mayores escándalos, de las más
deplorables resoluciones. Tuvo miedo por su nombre y por la suerte
de aquel mozo casi idiotizado. Y salió a la calle.
Los anónimos le habían llovido. Señoras y caballeros, dominados
por un interés excesivo, lo detenían a cada paso para informarlo
con los detalles más minuciosos acerca de la vida y milagros de
Fernando, que sabían mejor que la propia vida; le contaban qué
hacía, qué comía, la manera de dormir, qué había hecho la noche
anterior, cuán tas copas se había tomado por la mañana, en cuánto
había empeñado el reloj y el número de veces que había tosido.
Parecía que de la suerte de Fernando dependiera la vida. del
país y la salvación de la sociedad. Aquellas gentes desinteresadas,
olvidándose de sí mismas para no pensar sino en el otro, cubrían a
Fernando de desprecio, pero no podían dejar de acercarse a
Alejandro a aumentarle su tortura, y a que les recompensara con una
sonrisa sus buenos oficios de Policías secretos entregados a la
salvación de las almas perdidas
Algunos amigos de Alejandro, compadecidos verdaderamente de su
situación angustiosa, le ayudaron por mucho rato a buscar a
Fernando.
Todas las pesquisas fueron inútiles. En tanto éste, de regreso
al bajo mundo, era recibido en apoteosis gloriosa por sus antiguos
correligionarios. Allí estaba, en una ermita de Baco, una cueva
opaca en las entrañas de la capital, en medio de cantares,
libaciones y risas, entregado a los sacrificios sombríos al dios
del vino. Era él la víctima inmolada. Una semana llevaba de
consumir el poco dinero que le había dejado Diana, en las fiestas
estruendosas de su entrada triunfal.
Aquella madriguera,
|rendez-vous obligado de la
desarrapada comparsa, le traía gratas reminiscencias de su pasado.
Era muy semejante a la que Diana tenía cuando la conoció y que
luego él le hizo dejar. El mismo bullicio de orgía permanente, los
mismos olores acres y penetrantes, la misma atmósfera caldeada por
los vapores del alcohol y oscurecida por el humo espeso.
Con los ojos medio cerrados entre la débil claridad, hundía su
espíritu aletargado por ese ambiente de adormidera y en las alas
rojas del vino dejaba ir sus recuerdos a otros parajes, a otros
días... Ella, pensaba con los poetas, sólo ella falta; y luego,
reanimado con los ardores de la bebida, veía renacer todas sus
esperanzas y soñaba con vivir mucho, con ser rico y feliz, y se
sentía en un idilio eterno con Diana, un poema de amor que no
terminaría sino con la muerte...
Con el último real de Femando se fueron apagando los cantos, la
alegría se puso triste, la tienda se fue quedando vacía y oyó
perderse las últimas risas en la calle con los pasos del último de
sus camaradas.
La noche acababa de cerrar. Salió más ebrio que nunca. Sentía
las piernas como de lana y los seres y las cosas, todos alejados,
huían ante él con rapidez, como los fuegos fatuos.
Entre las burlas y los estrujones de las gentes que lo miraban a
la media luz, tomándolo por un escapado de San Diego,
tambaleándose, obligado por momentos a tenerse de los muros y de
los transeúntes para no rodar, avanzando las manos en el vacío como
un ciego, anduvo cuadras y cuadras al acaso.
Llovía a cántaros. La lluvia le azotaba el rostro y las manos,
metía los pies entre los pozos hasta el tobillo y el viento jugaba
con sus vestidos.
Daban las ocho cuando pasó por el templo de los capuchinos. Un
doble desprendido del himno de ánimas le cayó encima como un chorro
de sonido.
Se estremeció bruscamente, se detuvo, y, aterrado, petrificado,
alzó la vista. Un golpe de agua le dio con fuerza en el rostro. Se
limpió con las manos; y con los ojos medio cerrados huyó,
perseguido por los gritos de las campanas.
Al rato, calado hasta los huesos, estaba al pie de las ventanas
de Diana. Una de ellas, con las maderas entreabiertas, botaba una
luz débil que tajaba las sombras. Fernando se prendió de los
barrotes de hierro.
Observó el interior.
Había fiesta, una tertulia casera, una cosa íntima. Doña
Celestina repartía cognac a los pocos concurrentes: los dos
congresistas y su
|cicerone bogotano, Diana,
|La
Sanguijuela y una mujer como un tonel, de traje escarlata y
muchos cintajos en la cabeza. Al fondo tres músicos de cuerda
templaban sus instrumentos. Rompieron con una tanda de pasillos.
Las notas se entraban por los poros de Fernando y le acribillaban
el corazón como una lluvia de flechas. El baile comenzó: el
|bull-dog brincaba como un títere, saltando hasta el cielo
raso, adherido a la mujer escarlata; parecía un mono hambriento; el
bogotano descansaba al frente con
|La Sanguijuela prendida de
su brazo, y el Sancho Panza, ya sin el solitario, que al fin lucía
en un dedo Diana, agarrado a los codos de ésta, trataba de bailar
en la extensión de un metro cuadrado, alzando las piernas con
pereza de buey y dejándolas caer pesadamente. Era la coreografía
de los pisadores de barro.
Fernando llamó tímidamente, de tres golpecitos dados con a punta
del índice. Nadie le contestó. A pocos momentos las maderas se
cerraron y Fernando quedó en la sombra. Esperó cinco minutos, cinco
siglos, y haciendo un poderoso esfuerzo de energía se resolvió a
llamar más fuerte, con los nudillos de la mano. Nadie respondía.
Tocó de nuevo, y separándose un poco esperó con ansiedad
intensa.
La ventana se abrió y asomó un cuerpo constelado de pequeñas
luces. Era Diana cargada con todas sus joyas. Sacó un poco la cara
con cierta curiosidad; Fernando se acercó cautelosamente, como un
ladrón. Diana estaba ofuscada con la claridad y no lo vio al
principio. Fernando, empinándose, metió el rostro entre los
barrotes. Lo vio Diana y lanzó un juramento, cerró violentamente la
madera, y al quitar con ligereza la mano un rayo del solitario pasó
como un relámpago por los ojos de Fernando, que se incendiaban de
cólera y despedían en la sombra reflejos metálicos, dardos de
fuego. Cual los de una bestia rabiosa, todos sus nervios hechos un
poderoso resorte lo pusieron de un salto en medio de la calle.
Buscó algo en el suelo con ambas manos, y sacando de entre el lodo
una piedra, la arrojó como una bala sobre los cristales, que
saltaron en pedazos.
Un instante después se abrió el portón y apareció doña Celestina
como el espectro de la muerte, pálida de cólera, con los puños
levantados hiriendo la sombra, y las pupilas rojas como dos bocas
de fuego. Era la encamación viva de una de las Furias. Los
denuestos y las palabrotas groseras salían de la caverna de su boca
oscura como serpientes y se enroscaban en el cuerpo de Fernando.
Este trataba en vano de moverse, de hablar, de huir siquiera.
Estaba como adherido al suelo, su lengua era un nudo grueso que lo
ahogaba y sólo podía producir gruñidos sordos...
La fiesta tuvo un eclipse. El vals se suspendió y las caras de
los músicos y los danzantes asomaron por la ventana, llenos de
curiosidad, como si presenciaran desde un palco la lucha
encarnizada de dos fieras. En el marco de la puerta apareció Diana,
brillante de joyas, y cubrió a Femando de burlas insultantes que se
escapaban de sus labios confundidas con carcajadas sangrientas. Un
concierto de risas de los espectadores acompañaba aquella cavatina
grotesca que parecía arrancada de una ópera infernal dirigida por
el mismo Dios Momo.
Fernando sentía que su pobre alma, acribillada de heridas
mortales, se desataba en llanto de sangre; trató de arrojarse sobre
Diana y la puerta le dio con estruendo en la cara. La ventana se
abrió bruscamente y el infeliz muchacho vio y oyó a Diana que
prorrumpió en insultos crueles y amenazas.
- ¡Borracho asqueroso! ¿Qué querrá conmigo el so
sinvergüenza? ¡ Señor agente! ¡ Señor agente!...
Como brotado de la tierra surgió un policial entre las sombras.
Entonces hablaron todos, principalmente los congresistas, que
habían declinado intervenir poseídos de santa prudencia: era
necesario impedir esos escándalos; ellos no
podían tolerar semejantes atropellos en una casa decente. Este
mozo estaba ebrio y se había expuesto, si el agente no llega, a que
ellos lo castigaran; ojalá el señor policía lo alejara de aquellos
sitios. Todos lo sentían mucho pero...
Fernando permanecía mudo. La crisis nerviosa estaba pasando y
venía la depresión, la depresión horrible, el abatimiento
irremediable...
El policial, después de tomarse un trago que el de los quevedos
le sacó por la ventana, un trago que Fernando devoraba con los
ojos, ordenó a éste que se retirara, y, como tratase de resistir,
lo tomó por un brazo, lo hizo dar algunos traspiés bruscos, y lo
soltó...
Fernando echó a andar meciéndose con fuerza, en vaivén horrible,
como el cuerpo de un ahorcado suspendido de una cuerda oculta.
A poco de caminar trabajosamente, oyó que la fiesta comenzaba de
nuevo con más alegría. El viento llevaba hasta él notas largas que
se retorcían en el aire y formaban como un lazo que se envolvía a
su cuello y lo estrangulaba. Tuvo sed, necesidad imperiosa de
beber, pero las tiendas estaban cerradas, y, además, no había un
cuarto en sus bolsillos. Luego empezó a sentirse flanquear: las
fuerzas lo abandonaban; un sudor de hielo le cubría los miembros;
en su boca había un fuerte sabor de sangre; el cabello estaba
pegado a la frente; el suelo huía bajo sus pies y las casas graban
en derredor. Padecía un vértigo doloroso, y ya sin fuerzas para
odios ni rencores, sino abrumado por una tristeza infinita, nadando
su alma en olas de amargura, con los labios helados, las manos
trémulas y los ojos humedecidos, mustios como dos violetas
marchitas, sin poder dar un paso, cayó en un portal como un mendigo
moribundo...