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Fernando parecía un muerto fugado de la tumba. Lleno de pared, la cara gris, los ojos extraviados, perdidos en las órbitas y vueltos hacia arriba, como mirándose las cejas; la mandíbula desencajada, el labio inferior caído, el sombrero en la nuca, las manos y las piernas temblorosas y cubiertas la faz y la frente de pelo rubio, sin brillo, como un arbusto seco.

Había vagado toda la mañana ofreciendo de puerta en puerta por los almacenes el giro sobre Londres que una comadre de doña Celestina le devolvió después de infructuosas diligencias por venderlo. Tampoco él había logrado colocarlo a pesar de ir suscrito por Alejandro y de que lo daba por lo que dieran. Nadie le había hecho caso; todo el mundo le volvía la espalda, cuando no se mofaban de él. Lo veían borracho.

Hacía dos noches que no se acostaba. Muerto de fatiga, sin desayunarse, oloroso a aguardiente, ya casi dormido, se recostó desgonzado contra un poste de la luz eléctrica, en una esquina de la Calle Real.

Eran las diez y media. Había en aquel sitio gran movimiento, mucho ruido y mucha luz. Las gentes se quedaban mirándolo con lástima, otras pasaban sin verlo y lo empujaban, haciéndole dar sacudidas bruscas. En los corrillos se decían gracejos sobre el pobre diablo y le llovían encima las carcajadas. Un pillete pasó y le dio un grito casi en el oído: |"El Orden de ayer, con las últimas mentiras...

Fernando se estremeció, sacudió la cabeza y, frotándose los ojos, trató con esfuerzo de permanecer firme. Luego empezó a detener a todo el que pasaba y a ofrecer la letra, un papel arrugado y mugroso que temblaba en su mano y que sacaba del bolsillo del pantalón mezclado con cigarrillos rotos. Los que se detenían examinaban el giro por ambas caras, lo medían a él con la vista y se marchaban excusándose de no comprárselo.

En el chaleco se tocó algunos níqueles y empezó a andar con disimulo, como asustado. Miraba al suelo, hacía equilibrios y se guiaba por las uniones de las baldosas. Entró a una tienda, se tomó una copa de anisado y salió limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Estaba decidido. Diana quería dinero y había que llevárselo de cualquier modo.

-Lástima -pensaba-, lástima de mi montura y de los Cincuenta pesos que se llevó aquel mugroso. Pero ya no hay remedio. Mañana sin falta iré por los baúles.

Había consumido en cinco días lo que le quedaba en papel, contando con vender la letra... tan buena letra, tan barata y ninguno la quería. ¡Qué mulas!

Echó a andar. Iba para su casa a ver qué hacía, qué encontraba. Se acordó de un sujeto que quería comprarle un diccionario y fue a sacarlo. Se entraba en todas las tiendas del camino y bebía: para tener valor.

- ¡Qué diablos! -decía recio y manoteando-. Nada puede pasar...

Subió la escalera teniéndose de la baranda. En el corredor se mecían al viento tibio las clemátides y las margaritas, inclinándose a su paso; en el patio cantaba la fuente su canción igual y cristalina y dos copetones decían su |chiu-chiu desde el viejo pino.

El cuarto de Alejandro estaba abierto y solo. Entró sin hacer ruido; en el armario se velan prendidas las llaves... "Este tiene plata", dijo, y se dirigió a abrirlo. Puso la mano sobre la llave y volvió la cara a ambos lados para ver si alguien lo miraba... Seis ojos como seis estoques estaban clavados sobre él... Dejó caer la mano y dio un salto atrás. Eran los ojos de los retratos de sus padres y de su hermano, tres cuadros magníficos: dos antiguos, de Vienot, y uno moderno, hecho aquí.

Otro retrato pequeño lo miraba con dulzura desde una mesa: el retrato de su madre que Alejandro había cogido la víspera de su cuarto. Por encima, sin mirar más el cuadro, pasó la mano y de la licorera se sirvió un trago de cognac. Cogió un cigarrillo y sin encenderlo escanció el otro trago y salió balanceándose.

Entró a su cuarto silbando. Hacía frío, había una luz triste y se levantaba un vapor húmedo con el olor peculiar a las piezas deshabitadas.

Buscaba el diccionario cuando tropezó con el reloj y los papeles que habla dejado su hermano.

- ¡Me armé! -dijo cogiendo el reloj y poniéndoselo en el oído-. Ahora sí voy a vender este mugre; me dan lo menos diez pesos. Como no tengo el pelo largo...

En seguida lo guardó y cogió la carta.

-Estas son cosas de Alejandro. Ya sabe que estoy aquí. ¿Y qué hay con eso? No ha de ser mandándome plata, y ahora no estoy para regaños.

Sin leer la carta se la echó al bolsillo y examinó la cuenta y la tarjeta.

-Sacó esto -exclamó rasgando los papeles-. Bonita gracia... ¡pagar una cuenta! Mejor lo habría hecho dándome la plata. ¡Qué bruto!

Olvidado del diccionario se marchó, temeroso de que Alejandro lo encontrara.

Salía dándole cuerda al reloj cuando un cartero le entregó un telegrama, que abrió maquinalmente sin ver la dirección.

Estaba fechado en Girardot, era para Alejandro y lo firmaba él mismo: Fernando Acosta.

-¿Qué será esto? ¿Si será que me he vuelto dos y el otro anda por Girardot?

De pronto soltó una carcajada. Un recuerdo lo visitaba. Era el estúpido de Manzaneque que cumplía lo ofrecido. Pensó telegrafiarle ordenándole que suspendiera los partes, pero se arrepintió.

-Nada, que siga, que gaste algo de los cincuenta duros. Yo no gasto más. Dos reales son cuatro tragos... es mejor que siga.

Lo leyó de nuevo y soltó otra risotada que admiró a una vieja, que lo tomó por un loco.

-Luego, esa redacción -decía hablando solo-. ¡Qué animal! |"Sigo para abajo |" | ¡Sólo a ese bestia se le ocurre! ¡Hu! ¡Hu! ¡Hu!

Tenía en esos momentos el vino alegre. Después de una mañana sombría, llena de terrores y de angustias, el cognac de Alejandro lo había puesto de buen humor. Estaba en un instante de alegría artificial, hija del mismo dolor; reaccionaba como un moribundo bajo la influencia poderosa de las inyecciones...

Al mediodía, cuando se presentó en casa de Diana, estaba mucho más ebrio.

- ¿Qué hay? -le dijo ésta-. ¿Trajiste la plata?

-Sí, aquí está.

Diana se avalanzó como una hiena hambrienta. Fernando Sacó ocho pesos en níquel y billetes sucios.

-Puedes quedarte con eso. No estoy pidiendo limosna. hubo de la letra?

-¿Cuál letra?

- ¡Cuál letra! -dijo Diana, remedando aquella voz torpe-. ¿Cuál letra?... ¡So borracho!

Este empezó a contar de un modo incoherente y tardío lo que acontecía. Nadie había querido comprar eso, aunque lo daba por cualquier cosa; todos lo miraban con sorpresa cuando ofrecía el giro. Qué tal si se va con semejante muérgano... se muere de hambre. Le provocaba tirárselo a su hermano a la cara... ¡Puerco!... ¡Darle esas cosas!

- ¿Y qué la hiciste? Seguro que ya se perdió el andrajo ese...

-Entre el sobretodo debe estar -dijo Fernando, dejándose caer en un canapé.

Diana lo esculcó. La letra salió con la carta de Alejandro.

- ¿Qué será esto? -dijo ella examinando el sobrescrito. Lo rasgó, y acercándose a la ventana empezó a leer. A los dos párrafos se detuvo. Los labios le temblaban y tenía los ojos abrasados por la cólera.

-Está bien -dijo, tirando con desprecio los papeles sobre una consola-. Yo sabré lo que hago...

De pronto rompió en invectivas contra Alejandro. ¡Conque sí! El gran pícaro que vivía como un príncipe, que tenía más joyas que la Virgen de Chiquinquirá, que se la pasaba en viajes y manteniendo señoronas con lo de Fernando... ¡Canalla! Quería acabarle de robar a éste lo que le quedaba; y después de desplumarlo le echaba a ella el muerto encima. Por supuesto que seguiría manteniéndole su borrachín... Sin coger la carta siguió leyendo, agachada sobre la mesa.. "Seguirás viviendo en esta casa, pero no de favor sino con pleno derecho...".

Naturalmente, con pleno derecho. A Fernando le tenía que quedar mucha plata; no había alcanzado a botar ni la mitad, ni la cuarta parte, por lo menos en ella, que no le merecía sino cuatro mugres que ahí estaban, cuatro trastos viejos. Seguro que pretendía el so sinvergüenza, tan sinvergüenza como el otro, que ella se hiciera cargo de ese zancarrón del Fernando lidiándole la tisis, aguantándole sus borracheras, ¿y comiendo qué? Comiendo hambre...

"Pagaré también tus deudas..." decía luego el Alejandro. Naturalmente que tenía que pagarlas, pero no era con su plata... ¡El gran pícaro! Y le hablaba de deslices. ¡Miren quién! Los deslices de Fernando... ¿Y el otro? Echándoselas de santo, como si no se supieran los escándalos... ¡Hipócrita!

Conque su heredero... ¡Fernando su único heredero! Porque vela que se estaba muriendo y si no, no se lo decía. ¡Claro! Para heredar a su pobre hermano menor, después de matarlo a sustos.

Fernando se habla dormido sentado. Se le acercó Diana estrujando la carta.

-Y este imbécil, borracho a todas horas mientras el otro se lo traga, cuando debía estar pensando qué hace y cómo le arranca lo que le quiere robar el gran ladrón... Conmigo que no cuente.

Fernando seguía durmiendo con la cabeza caída sobre el pecho, el sombrero sobre las piernas, un brazo en el aire y roncando con fuerza.

De repente abrió los ojos, se levantó con el pañuelo en la boca y salió tumbando una silleta y atropellando a doña Celestina, que entraba.

-Estamos aviadas con este borracho aquí metido -exclamó la vieja con una mirada furibunda.

- ¡Qué le parece! -le dijo Diana enseñándole la carta-. Qué le parece las del marrano ese de Alejandro. Quiere echarnos encima al Fernando y quedarse con todo.

-Léeme tú -dijo la vieja-. Yo no veo bien.

Diana le leyó en voz alta. Doña Celestina rugió de ira. Temblaba de pies a cabeza; sus labios muertos mascullaban interjecciones de cuartel; las cucarachas de sus ojos aleteaban enfurecidas; el gran coto le temblaban con movimien­tos sísmicos.

Estalló:

-Por supuesto que Diana era tan bestia que seguiría con el tísico ese, exponiendo a un contagio a todo el mundo en la casa, desacreditándose y desacreditándola a ella con esas relaciones indecentes; aguardando a que el mozo ese, botado por el pillo de su hermano, siguiera gastando lo poco que ellas tenían conseguido con tanto trabajo, y, por últi­mo, con riesgo de que se les muriera allá, para que después dijeran los envidiosos que ellas lo habían matado. Si no se moría, peor: había que seguirlo manteniendo... ¡Nada!

Era necesario poner fin a esas estupideces. Ahora -concluyó-, ahora va a suceder que tú te niegas; porque, eso sí, para bestias la mujeres enamoradas.

- ¡ Bonito amor! -dijo Diana-. Con semejante espantajo, con un muerto de hambre...

-Pues, entonces, nada de lástimas. ¡Hay que echarlo!

Fernando entraba un poco repuesto. Se sacudía el blanquimiento de los hombros, se arreglaba el cabello y se componía el sombrero.

Por el momento no le hicieron caso. Quiso volver a sentarse, pero le cayeron a palabrotas. Diana recorría toda la escala con voces agudas, penetrantes como agujas, verdaderos aullidos. Doña Celestina, como un animal salvaje, enseñaba las garras y las encías y ladraba insultos horribles contra Fernando, contra Alejandro, contra Antonio Velarde, contra Diana, contra todo el mundo. Le manoteaban ambas en la cara y lo iban acorralando contra un rincón.

-Era necesario no ser tan animal ni tan sinvergüenza, no dejarse comer vivo mientras estaba emborrachándose, mientras se arrastraba como una culebra. Tenía que ver qué hacía para que ese marrano de Alejandro no se lo tragara todo con el Antonio Velarde y con ese baboso del Pelusa... Su herma­no debía saber que ellas no estaban ahí para echarse muertos encima.

Fernando estaba atónito, sin comprender una palabra de aquel aguacero de horrores. El alcohol, el sueño, la sorpresa, el hambre y el miedo lo embrutecían totalmente. Estalló en sollozos, le saltaban lágrimas ardientes, levantaba las manos, se las apretaba con angustia y se mordía los labios. Estaba lastimoso. Se imaginaba atrocidades cometidas por Alejandro contra las dos mujeres. Trató de abrazar a Diana, pro ésta lo apartó con rabia, y cayó grotescamente de rodillas, en una convulsión espasmodica, clavando en las dos furias los ojos lacrimosos y suplicantes...

El no tenía la culpa de nada; él no había hecho en la vida sino quererlas a ellas; estar dispuesto a todo por ellas, y todo, porque era lo que más quería en el mundo; tratar de ser bueno siempre, mimarlas, darles lo que había podido...

-Eso es lo que está creyendo ese |chivato -contestó doña Celestina-: que nosotras lo hemos arruinado a |usté. ¡Nosotras...! Bonita ruina: cuatro mugres... Ojalá se los lleven. podía venir aquí por ellos el gran |arrastrao...

- ¿Pero qué es esto? -dijo Fernando levantándose con dificultad-. No comprendo... Yo no he hecho nada contra ustedes...

- ¿Que qué es esto? -le respondió Diana estrujándole la carta en la cara-. Esto es que tu hermano te echa de |tu casa, como a un perro; que eres un muerto de hambre y un borracho sin tantica vergüenza; que te corre aguardiente por las venas; que te la pasas hecho un animal, mientras el otro te roba lo que tienes y que, como eres un cobarde, un alcoholizado, te da miedo arrancarle la máscara y pedirle cuentas de lo que te despluma. ¿Entendiste ya? Toma eso.

Fernando cogió la carta, pero no pudo leer. Los signos se alejaban bailando y sintió trastorno. Diana le leyó.

La bestia humana se irguió entonces en aquel espíritu encanallado entre los vicios, corroído por las enfermedades, emponzoñado por el medio ambiente. Se revolvía contra su hermano, contra el generoso Alejandro: mordía a su bienhechor como las víboras. La infame sugestión fructificaba en su alma, crecía como una planta venenosa y se enroscaba en su corazón.

-Sí -decía a gritos con su voz de falsete-. Ese miserable es la causa de mi ruina; él me quitó cuanto tenía, para viajes y vagabunderías y quería salir de mí hace poco. Ahora me arroja de mi casa, de mi propia casa.

-Sí -decía Diana-. Todo eso es tuyo y es necesario quitárselo a ese bribón.

- ¡Pero yo le bajaré la careta! -seguía gritando-, yo lo mostraré desnudo a todo el mundo para que vean que es un pillo, un gran ladrón. Ahora verán ustedes...

Las gentes se detenían al oír los gritos. Fernando salió tambaleándose. Doña Celestina cerró con rabia la puerta y al entrar le dijo a Diana:

-Aquí que no vuelva mientras no se arregle con el otro; mientras no consiga siquiera qué comer. ¿No te parece?

-Naturalmente, que no vuelva ese muerto de hambre.

 

Fernando se sentía menos mal. El aire cargado de olores le refrescaba el rostro; necesitaba oxígeno; abría la boca y aspiraba con avidez emanaciones deliciosas mezcladas con el perfume del jardín de una quinta; el sol de las tres le quemaba la frente, vertía torrentes de luz en sus ojos y les daba calo a sus músculos ateridos.

Al pasar por una |sancochería el olor de la comida lo hizo acordar de que no se había desayunado. Entró y pidió algo. Sus pupilas miraban los platos con hambre de perro callejero. Se echó con voracidad dos bocados comunes, y empezó a mascujar con chasquidos repugnantes, untándose de grasa las manos y la cara... De pronto le faltó el apetito; no pudo seguir y se tomó dos botellas de cerveza impura y agria.

Tuvo un ligero escalofrío y lo invadió un sudor copioso que se limpiaba con la falda del saco, porque no encontraba el pañuelo.

Al rato cogió un tranvía. A poco de andar empezó a sentir la cabeza enorme, la lengua pastosa y los párpados como dos masas de hierro. Se quedó dormido después de pagar el puesto.

El carro iba llenándose; en la Calle Real estaba desbordante. El seguía en un sueño de bronce; sin los ronquidos y la respiración fuerte y alcohólica hubiera podido pensarse que estaba muerto. Era aquello una odisea vergonzosa, la exhibición de su miseria sobre una picota rodante. En las miradas de los pasajeros había desprecio, repugnancia, ironía, compasión, compasión profunda y mofa horrible. Al través de los siglos los descendientes de Cam se burlaban de un hijo de Noé. Una señora preguntó al conductor con infinita lástima:

-¿Está enfermo este joven?

-No, señora: borracho...

En la estación de la Sabana el tranvía se descargó para volver a cargarse con los que salían del ferrocarril.

El corredor se veía lleno de mozos de cordel transportando fardos, de granujas, de fruteras y de voluntarios con maletas y muchachos a las espaldas. Se atropellaban los pasajeros que salían con los que entraban. La taquilla era un hervidero de gentes y de manos levantadas en solicitud de tiquetes; los empleados vociferaban y corrían numerando bultos y registrando pasaportes.

Señoras con niños de la mano, criadas con cestas y caballeros con sacos de viaje entraban sin resuello a coger el tren que había tocado atención. Se oían despedidas y saludos, las manos se cruzaban, los cuerpos se estrechaban con efusiones de cariño y se alzaba en el aire un murmullo ensordecedor, dominado por los pitazos cortos de los monstruos de hierro que corrían afanados sobre los rieles, unos apagando su sed al pie de las grandes pipas de agua, otros atracándose de carbón. Se embarcaban soldados, caballerías y pertrechos y los oficiales se despedían de sus familias entre frases tiernas, lágrimas y sollozos.

En medio de aquel barullo, de aquel movimiento incesante, de aquella vida y de aquel estruendo, sólo Fernando dormía, inerte y abandonado, lanzando resoplidos cortos, lívido y desencajado, como un herido agonizante en la mitad de una batalla.

El carro partió de nuevo y el cobrador despertó a Femando. Abrió éste los ojos y sacudió la cabeza, aterrado, como si despertara entre una tumba del sueño de la muerte. No sabía quién era ni en dónde estaba. Una orquesta de carcajadas lo cubría. Cuando comprendió lo que le pasaba ensayó en voz alta algunas palabras de disculpa: estaba muy trasnochado y un poco enfermo. Pagó de nuevo y siguió haciendo esfuerzos inauditos por no dormirse.

Sentía un malestar insoportable, una vergüenza y un sobresalto horribles. Se le habían perdido muchas, muchas horas en su memoria. Vagamente, al través de un velo de bruma, recordaba la entrada a su casa, el encuentro del reloj, la venta de éste por diez pesos en una oficina de empeños a un hombre que parecía un buitre; la visita a casa de Diana Y la conferencia dolorosa con las dos mujeres. Su cerebro se iba iluminando.

-Soy un miserable -pensaba cuando recordó lo que les había ofrecido, con respecto a su hermano-. ¿Qué iba a hacer? Estúpido.., a insultar a Alejandro y a pedirle cuentas... ¿y cuentas de qué?

Se acordó de la carta: buscó en todos los bolsillos, y co­ |jo no la hallara pensó que por la noche podía recuperarla.

- ¡Pero qué imbécil! -continuaba a media voz-. Estre­llarme contra mi hermano. ¡Qué bellaquería!

El fondo de aquel muchacho era bueno. La sangre suele imponerse y dominar, por instantes, las pasiones. Se reprochaba su intención de víbora y se alegraba en cierto modo de haberse quedado dormido. Estaba en una crisis violenta llena de temores, de desesperación, de sonrojo interior. Sen­tía horror de todo, de los elementos, de los hombres, de sí mismo...

De pronto sintió los aguijones del vicio. Tuvo sed, una sed horrible que lo ahogaba, una necesidad imperiosa de alcohol, mucho alcohol, un deseo brutal de adormecer sus sentidos, de hundirse entre vapores de vino, de olvidarse de todo, de consumir todos sus dolores, sus amarguras y sus pensamientos entre un mar espumante de bebida. Sus nervios secos y tirantes, su cerebro apagado que se enfriaba por momentos, su sangre estancada, los músculos trémulos, la boca sin una gota de saliva, los ojos sin luz, todo le pedía alcohol a gritos, le hablaba de una reacción pronta, de unas horas de actividad artificial...

Hizo parar el carro, bajó trabajosamente y perseguido por las miradas de todos, meciéndose como un péndulo, caminó unos pocos metros y entró en una tienda miserable, una cloaca de gentes perdidas.

Alejandro había esperado a su hermano durante las primeras horas de la mañana. Quería ver el efecto de su carta. Pensaba ocultarse en la misma casa mientras Fernando la leía y aprovechar la emoción de éste, la primera sacudida de su espíritu, para tratar de hacerlo arrepentir de sus últimos extravíos, convencerlo de sus errores fatales, y poniendo en juego toda su astucia, todo el vigor de su inteligencia, todo su ascendiente y todo el calor de su cariño, obligarlo a emprender de nuevo el viaje, señalarle otro horizonte menos sombrío, conducirlo por otra ruta, apartarlo de la senda tenebrosa de todos modos, a costa de los mayores sacrificios, al precio de su tranquilidad y de su fortuna, si era necesario.

Erraba, sin embargo. Su amor de hermano ponía una venda en sus ojos; se empeñaba en ver al niño, al niño enfermizo y dócil de otros tiempos, olvidándose de que Fernando era un hombre, un hombre carcomido por los vicios, cogido entre las garras de las pasiones, un hombre de corazón ulcerado, un alma muerta. Su conocimiento del mundo, su experiencia y su talento se estrellaban contra aquel escollo, y no comprendía que la obra emprendida por él era la obra de un desenterrador de cadáveres.

Un instante en que tuvo que salir fue, por desgracia, el mismo en que Fernando entraba borracho en su casa, en que sentía impulsos de robar, en que bebía furtivamente, en que tomaba el reloj con avidez, rompía las cuentas, se guardaba su carta sin leerla y se echaba a la calle, riendo a solas como un enajenado.

Alejandro tuvo miedo, miedo por Fernando, que en la situación en que estaba, embrutecido por el vicio y sugestionado por gentes de la peor ralea, era capaz de los mayores escándalos, de las más deplorables resoluciones. Tuvo miedo por su nombre y por la suerte de aquel mozo casi idiotizado. Y salió a la calle.

Los anónimos le habían llovido. Señoras y caballeros, dominados por un interés excesivo, lo detenían a cada paso para informarlo con los detalles más minuciosos acerca de la vida y milagros de Fernando, que sabían mejor que la propia vida; le contaban qué hacía, qué comía, la manera de dormir, qué había hecho la noche anterior, cuán tas copas se había tomado por la mañana, en cuánto había empeñado el reloj y el número de veces que había tosido.

Parecía que de la suerte de Fernando dependiera la vida. del país y la salvación de la sociedad. Aquellas gentes desinteresadas, olvidándose de sí mismas para no pensar sino en el otro, cubrían a Fernando de desprecio, pero no podían dejar de acercarse a Alejandro a aumentarle su tortura, y a que les recompensara con una sonrisa sus buenos oficios de Policías secretos entregados a la salvación de las almas perdidas

Algunos amigos de Alejandro, compadecidos verdaderamente de su situación angustiosa, le ayudaron por mucho rato a buscar a Fernando.

Todas las pesquisas fueron inútiles. En tanto éste, de regreso al bajo mundo, era recibido en apoteosis gloriosa por sus antiguos correligionarios. Allí estaba, en una ermita de Baco, una cueva opaca en las entrañas de la capital, en medio de cantares, libaciones y risas, entregado a los sacrificios sombríos al dios del vino. Era él la víctima inmolada. Una semana llevaba de consumir el poco dinero que le había dejado Diana, en las fiestas estruendosas de su entrada triunfal.

Aquella madriguera, |rendez-vous obligado de la desarrapada comparsa, le traía gratas reminiscencias de su pasado. Era muy semejante a la que Diana tenía cuando la conoció y que luego él le hizo dejar. El mismo bullicio de orgía permanente, los mismos olores acres y penetrantes, la misma atmósfera caldeada por los vapores del alcohol y oscurecida por el humo espeso.

Con los ojos medio cerrados entre la débil claridad, hundía su espíritu aletargado por ese ambiente de adormidera y en las alas rojas del vino dejaba ir sus recuerdos a otros parajes, a otros días... Ella, pensaba con los poetas, sólo ella falta; y luego, reanimado con los ardores de la bebida, veía renacer todas sus esperanzas y soñaba con vivir mucho, con ser rico y feliz, y se sentía en un idilio eterno con Diana, un poema de amor que no terminaría sino con la muerte...

Con el último real de Femando se fueron apagando los cantos, la alegría se puso triste, la tienda se fue quedando vacía y oyó perderse las últimas risas en la calle con los pasos del último de sus camaradas.

La noche acababa de cerrar. Salió más ebrio que nunca. Sentía las piernas como de lana y los seres y las cosas, todos alejados, huían ante él con rapidez, como los fuegos fatuos.

Entre las burlas y los estrujones de las gentes que lo miraban a la media luz, tomándolo por un escapado de San Diego, tambaleándose, obligado por momentos a tenerse de los muros y de los transeúntes para no rodar, avanzando las manos en el vacío como un ciego, anduvo cuadras y cuadras al acaso.

Llovía a cántaros. La lluvia le azotaba el rostro y las manos, metía los pies entre los pozos hasta el tobillo y el viento jugaba con sus vestidos.

Daban las ocho cuando pasó por el templo de los capuchinos. Un doble desprendido del himno de ánimas le cayó encima como un chorro de sonido.

Se estremeció bruscamente, se detuvo, y, aterrado, petrificado, alzó la vista. Un golpe de agua le dio con fuerza en el rostro. Se limpió con las manos; y con los ojos medio cerrados huyó, perseguido por los gritos de las campanas.

Al rato, calado hasta los huesos, estaba al pie de las ventanas de Diana. Una de ellas, con las maderas entreabiertas, botaba una luz débil que tajaba las sombras. Fernando se prendió de los barrotes de hierro.

Observó el interior.

Había fiesta, una tertulia casera, una cosa íntima. Doña Celestina repartía cognac a los pocos concurrentes: los dos congresistas y su |cicerone bogotano, Diana, |La Sanguijuela y una mujer como un tonel, de traje escarlata y muchos cintajos en la cabeza. Al fondo tres músicos de cuerda templaban sus instrumentos. Rompieron con una tanda de pasillos. Las notas se entraban por los poros de Fernando y le acribillaban el corazón como una lluvia de flechas. El baile comenzó: el |bull-dog brincaba como un títere, saltando hasta el cielo raso, adherido a la mujer escarlata; parecía un mono hambriento; el bogotano descansaba al frente con |La Sanguijuela prendida de su brazo, y el Sancho Panza, ya sin el solitario, que al fin lucía en un dedo Diana, agarrado a los codos de ésta, trataba de bailar en la extensión de un metro cuadrado, alzando las piernas con pereza de buey y dejándolas­ caer pesadamente. Era la coreografía de los pisadores de barro.

Fernando llamó tímidamente, de tres golpecitos dados con a punta del índice. Nadie le contestó. A pocos momen­tos las maderas se cerraron y Fernando quedó en la sombra. Esperó cinco minutos, cinco siglos, y haciendo un poderoso esfuerzo de energía se resolvió a llamar más fuerte, con los nudillos de la mano. Nadie respondía. Tocó de nuevo, y separándose un poco esperó con ansiedad intensa.

La ventana se abrió y asomó un cuerpo constelado de pequeñas luces. Era Diana cargada con todas sus joyas. Sacó un poco la cara con cierta curiosidad; Fernando se acercó cautelosamente, como un ladrón. Diana estaba ofuscada con la claridad y no lo vio al principio. Fernando, empinándose, metió el rostro entre los barrotes. Lo vio Diana y lanzó un juramento, cerró violentamente la madera, y al quitar con ligereza la mano un rayo del solitario pasó como un relámpago por los ojos de Fernando, que se incendiaban de cólera y despedían en la sombra reflejos metálicos, dardos de fuego. Cual los de una bestia rabiosa, todos sus nervios hechos un poderoso resorte lo pusieron de un salto en medio de la calle. Buscó algo en el suelo con ambas manos, y sacando de entre el lodo una piedra, la arrojó como una bala sobre los cristales, que saltaron en pedazos.

Un instante después se abrió el portón y apareció doña Celestina como el espectro de la muerte, pálida de cólera, con los puños levantados hiriendo la sombra, y las pupilas rojas como dos bocas de fuego. Era la encamación viva de una de las Furias. Los denuestos y las palabrotas groseras salían de la caverna de su boca oscura como serpientes y se enroscaban en el cuerpo de Fernando. Este trataba en vano de moverse, de hablar, de huir siquiera. Estaba como adherido al suelo, su lengua era un nudo grueso que lo ahogaba y sólo podía producir gruñidos sordos...

La fiesta tuvo un eclipse. El vals se suspendió y las caras de los músicos y los danzantes asomaron por la ventana, llenos de curiosidad, como si presenciaran desde un palco la lucha encarnizada de dos fieras. En el marco de la puerta apareció Diana, brillante de joyas, y cubrió a Femando de burlas insultantes que se escapaban de sus labios confundidas con carcajadas sangrientas. Un concierto de risas de los espectadores acompañaba aquella cavatina grotesca que parecía arrancada de una ópera infernal dirigida por el mismo Dios Momo.

Fernando sentía que su pobre alma, acribillada de heridas mortales, se desataba en llanto de sangre; trató de arrojarse sobre Diana y la puerta le dio con estruendo en la cara. La ventana se abrió bruscamente y el infeliz muchacho vio y oyó a Diana que prorrumpió en insultos crueles y amenazas.

-     ¡Borracho asqueroso! ¿Qué querrá conmigo el so sin­vergüenza? ¡ Señor agente! ¡ Señor agente!...

Como brotado de la tierra surgió un policial entre las sombras. Entonces hablaron todos, principalmente los congresistas, que habían declinado intervenir poseídos de santa prudencia: era necesario impedir esos escándalos; ellos no

podían tolerar semejantes atropellos en una casa decente. Este mozo estaba ebrio y se había expuesto, si el agente no llega, a que ellos lo castigaran; ojalá el señor policía lo alejara de aquellos sitios. Todos lo sentían mucho pero...

Fernando permanecía mudo. La crisis nerviosa estaba pasando y venía la depresión, la depresión horrible, el abatimiento irremediable...

El policial, después de tomarse un trago que el de los quevedos le sacó por la ventana, un trago que Fernando devoraba con los ojos, ordenó a éste que se retirara, y, como tratase de resistir, lo tomó por un brazo, lo hizo dar algunos traspiés bruscos, y lo soltó...

Fernando echó a andar meciéndose con fuerza, en vaivén horrible, como el cuerpo de un ahorcado suspendido de una cuerda oculta.

A poco de caminar trabajosamente, oyó que la fiesta comenzaba de nuevo con más alegría. El viento llevaba hasta él notas largas que se retorcían en el aire y formaban como un lazo que se envolvía a su cuello y lo estrangulaba. Tuvo sed, necesidad imperiosa de beber, pero las tiendas estaban cerradas, y, además, no había un cuarto en sus bolsillos. Luego empezó a sentirse flanquear: las fuerzas lo abandonaban; un sudor de hielo le cubría los miembros; en su boca había un fuerte sabor de sangre; el cabello estaba pegado a la frente; el suelo huía bajo sus pies y las casas graban en derredor. Padecía un vértigo doloroso, y ya sin fuerzas para odios ni rencores, sino abrumado por una tristeza infinita, nadando su alma en olas de amargura, con los labios helados, las manos trémulas y los ojos humedecidos, mustios como dos violetas marchitas, sin poder dar un paso, cayó en un portal como un mendigo moribundo...

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