I
Serían las seis y media, cuando empezaron a sonar las seis en
los campanarios.
Por fin, a tirones, las campanas dan las seis y media.
Y empieza la agonía de un crepúsculo.
Las últimas luces se van ahogando en un mar de sombras que
lentamente se encarama sobre los edificios, se mete por los
balcones, se esparce en los cuartos, baila las techumbres, trepa
por las columnas, arropa los hombros de los templos, escala las
altas cúpulas, cuelga de sus agujas un manto negro y se derrama por
las llanuras del vacío en creciente inundación. Después una orgía
de oscuridades, el triunfo de la sombra.
Poco a poco las estrellas revientan ,en la altura como flores de
fuego, y poco a poco en la ciudad las primeras luces artificiales
van apareciendo tímidas, débiles, temblorosas.
Bajo la tupida tela de araña que forman los hilos telefónicos,
como perdido en un bosque, en medio del parque de Bolívar, el
Libertador, estático, meditabundo, viviendo su vida de bronce,
entregado a recuerdos gloriosos, arruga la frente y abre los ojos
en lo oscuro. Trata acaso de descubrir a Mosquera tras de las
columnas desnudas del Capitolio, para invitarlo a que descienda de
sus irrisorios pedestales, a que vayan luego a hacer bajar a
Santander, y a que los tres Libertadores, empuñando sus espadas
vengadoras, arrojen a los mercaderes del templo de la
república.
Sobre sus postes de metal los faroles de gas, enfilados en el
atrio, agitan las lenguas de oro y lanzan en la noche su canción
alegre, la canción de la luz.
La catedral hidrópica, un monstruo de piedra con sus grandes
relojes como inmensos ojos de venado, sus grandes bocas cerradas y
sus formidables campanas que hace gemir el viento, agujerea el
espacio con sus torres amarillosas semejantes a dos brazos
colosales que fueran a colgarse de las nubes.
A sus pies, como una colonia de hormigas, bullen las gentes que
hacen el paseo tradicional del atrio. Caminan con lentitud y a
compás, desplegadas en grupos abiertos, con la admirable disciplina
que les da el hábito, sin tropezar, sin confundirse, sin romper el
grupo, llevando el paso: parecen pequeñas baterías de soldados de
plomo. De un extremo a otro marchan y contramarchan ante los
pórticos de la Catedral y la Capilla del Sagrario, ante las
ventanas embebidas de la curia y los balcones iluminados del
Círculo del Comercio.
Suenan las pisadas con ruido de hojarasca y se desprende un
rumor sordo, de catarata lejana, producido por las infinitas
pláticas que se cruzan, se chocan, se enlazan, se atropellan, se
confunden, y levantan una algazara indescifrable, una feria de
sonidos, de voces, de locuciones, de modismos. como si de pronto
empezara a hablar el diccionario.
Hace un mes que Alejandro Acosta llegó de Europa, donde
permaneció dos años. Ha cambiado muy poco: algunas canas más en el
bigote, fuera de las que echó al aire en París; le falta una muela
que le sacaron en Londres y trae un poco menos de dinero... que le
sacaron en todas partes. Por lo demás, sigue siendo el mismo de
siempre, con su gesto desdeñoso, sus modales distinguidos, los
surcos que en su semblante marcó el arado del fastidio, su andar
tranquilo y su traje correcto, serio y cómodo. Jamás le ha
ocurrido, aunque venga de muy lejos, convertirse en figurín ni
abrazar la carrera del trapo. Enemigo de todas las tiranías, nunca
ha sido, por su gusto, esclavo de su majestad la moda. No es
ropólogo. Se viste porque no puede andar desnudo como un rosbif, y
compra ropa donde se halle, lo mismo en Chía que en Nagasaki, pero
no se encasqueta dedales en el cráneo, ni cáscaras de avellana en
los pies, ni somete a su carne a las torturas de embutirla entre
sacos de colorines para quedar apretado como un salchichón.
Esa noche lleva hongo y sobretodo negros, guantes oscuros,
pantalón gris a rayas, botas de glasé, y en la mano voltea una caña
cualquiera en vez de llevarla como un cirio y con el puño para
abajo. No ha podido dar razón si su levita es de Poole o de
Kriegck, ni quién le cortó el chaleco, ni en cuántos francos más
que el de Alfonso Martínez le salió el sombrero. No me
acuerdo, responde a las constantes cuestiones que, como en un
curso de indumentaria, le proponen unos cuantos dandys
que lo miden con la vista, le cogen las faldas, le levantan los
pies como a un caballo para examinar el calzado, y que al ver su
corrección, le dicen:
¡Hombre, anda múdate! ¡Qué corbata ésa, qué
botines! ¡No salgas así a la calle!. Y otras veces:
¡Esa levita está
|mansa!.
Sin fijarse en nadie, y menos en los petimetres que lo persiguen
con la mirada indignados de verlo de tal traza, se pasea con un
sujeto alto, grueso, de cabellos castaños cortados a cepillo, de
vestido negro, sombrero tirolés y bigotes minúsculos; un sujeto
estrictamente afeitado, de cara redonda, de movimientos bruscos y
nerviosos, medio chato, con una boca grande, amueblada con lujo,
llena de gesticulaciones y de sonrisas, y un par de anteojos
expresivos, inundados de luz y de vida; porque lo que en él vibra,
lo que tiene mayor expresión no son los ojos, que nadie ha visto,
sino las gafas, las gafas montadas en oro, brillantes como dos
pozos de fuego que copian la vida y se la hacen ver como un
carnaval.
Este sujeto es Antonio Velarde,
|íntimo de Alejandro desde
la infancia, un mozo pobre de recursos pero rico en ingenio y lleno
de amigos por su charla alegre, su talento y su buen humor
inalterable.
Como un clérigo la liturgia, se sabe de corrido el mundo con
todas sus horrorosidades. Pero él, por lo mismo, trata al mundo
como a un niño travieso y se agita en él como en un baile: festivo,
jovial, encantado... Es probable que viva mucho por dentro, pero
por fuera resulta un inocentón de cuenta, un cándido de tomo y
lomo, lo que le da cierto prestigio entre los hombres y buenos
éxitos en el sexo contrario.
Todo le cae de nuevo. Cuando Bonaparte...
dice alguno ¿Bona qué? ¿Bonaparte?
contesta, ¿quién es ése? No lo conozco.
La tierra, que gira alrededor del sol... le
oye decir a otro, y exclama estupefacto: ¿La tierra?
¿Dices que la tierra gira alrededor del sol? No lo sabía; ¡te
agradezco la noticia!.
Amante de los buenos versos, saca versos buenos cuando se
ofrece; artista y crítico, pesa y vale, pero como es sujeto del
género escurridizo, no se compromete ni como poeta, ni como
literato, ni como nada, casi ni como individuo. Prefiere ser un
átomo, un habitante de Bogotá y extramuros, calle A, número Z.
Con Alejandro gasta, por excepción, mucha confianza; toda la que
oculta con los demás: se quieren mucho, y un contacto de largos
años los ha identificado en ideas de toda suerte, en tendencias, en
costumbres y hasta en lenguaje.
Los dos amigos se pasean y sostienen en voz baja un diálogo vivo
que parece un fuego de artificio. La conversación rueda sobre
Fernando, hermano menor de Alejandro. Este apenas se acuerda de sus
dos años de París; le sería igual haber estado en Usme o en la
luna. No habla de su viaje sino al rascarse las picaduras de las
manos para maldecir el mosquito del Magdalena.
Un mes de Bogotá lo tenía bogotanizado de nuevo, hecho a la vida
bogotana con todos sus defectos, con todas sus ventajas, con sus
placeres fugitivos y su monotonía de ciudad sin oxígeno.
A los veinte días de llegar estallaba la guerra. Le pareció el
hecho más natural, como si reventara un tumor, cosa que se había
tardado después de los numerosos y eficaces madurativos ensayados
por los gobiernos durante quince años. Al gobierno actual le
tocaban el dolor, la supuración, las mechas, las malas noches y los
afanes; a los restauradores les tocaría venir, caso de hacerlo, a
curar la herida y a desinfectarlo todo. ¡Magnífico! ¡Admirable!
Sin hacerse ilusiones, como buen hombre de mundo, sabía recibir
con calma lo que da la tierra; sabía asimilarse los alimentos.
Aplaudía a los del Diestro, a Esperanza y a las Quiñones, sin
comparar a aquellos con los Coquelín ni a éstas con Sarah ni con
Eleonora Duse. No se amostazaba porque San Cristóbal fuera el mismo
baño con sus lavanderas y sus artesanos, en vez de ser un
|Spa o un
|San Sebastián llenos de cocotas y de
parisienses. Daba gracias a Dios de no tenerse que hacer el inglés,
como le sucedió en Liverpool y como les sucede a muchos naturales
que regresan trabados, tartajosos, con patatús en la lengua y que
andan a trancos cumpliendo citas imaginarias, olorosos a jabón
Windsor y a humo de Londres... de
|Londres comprados en
cualquier cigarrerla.
Al ver el río San Francisco, con sus cuatro lágrimas, le parecía
muy corriente... que llorara, y que no fuera el Sena. No se ponía
bravo porque la calle de las Véjares no sea
|La Rue de la
Paix, ni la del Serrucho el
|Boulevard des Italiens, ni
el Pesebre Espina
|El Gimnasio o
|Los Buffos, ni El
Fuerte de San Mateo
|El Moulin Rouge.
|
¿Por qué habían de ser la Plaza de Maderas la
|Plaza de la
Estrella, el Cucubo
|El Café Inglés, Patio Cubierto
|El
Trocadero y los
|Laches Maxims? ¿Por qué?
Es probable que se hubiera aterrado, creyéndose loco, si se
encuentra con
|El Arco del Triunfo en La Pila Chiquita, en la
calle o
|muladar Los Cachos
|El Boulevard Strasbourg, La
Explanada de los Invdlidos en el Llano de la Mosca,
|La
Columna Vendôme en vez del mutilado Padre Quevedo y
|La Tour
Eiffel en el Puente de los Micos... Esa no sería Bogotá, su
Bogotá más querida mientras más pobre y triste fuera, como se
quiere a la madre aunque sea una vieja sin dientes, llena de canas
y sin una peseta.
Raizal puro, abrazaba con efusión a sus amigos, encantado de que
le hablaran en bogotano, y no llamaba los chicharrones
|cuir de
porc rassuré, ni la chicha
|liqueur iaune, ni la
mazamorra
|puré gris, ni el tiple
|petit contre-basse,
ni el torbellino
|la danse du ventre.
|
Se hubiera quedado frío si encuentra a monsieur Loubet en el
trono de monsieur St. Clement, a M. Zola en el
|bureau del
periodista monsieur Zuleta, o en los juzgados de San Francisco
agitándose
|laffaire Dreyfus y a unos cuantos
nacionalistas en lugar de Estherazi, Paty du Clam o el suicida
Henry resucitado...
Sabía admirar, en cambio, nuestros progresos: el gas
hasta las nueve, las mordazas a la prensa, las emisiones como
cucharadas: cada media hora, el sediento acueducto, la mantilla, la
ruana, la gallera, los toros, la filosofía de Balmes, el campaneo a
toda hora, las comunidades extranjeras, la viruela, el tifo, la
policía secreta, el chisme en grande escala, el púlpito político,
los sermones, los buenos ejemplos, las muertes repentinas, el
cadalso, la
|con tratorragia, cuanto nos lleva a paso de
cangrejo a la
|sima de la civilización.
Velarde y Alejandro fumaban cigarrillo, parándose a ratos para
raspar fósforos, cuyos reflejos cobrizos les iluminaban el
rostro.
Alejandro refería sus desazones, la inquietud en que lo tenía
Fernando. Lo había dejado muy bien, casi curado de sus viejos
males, hermoso, en el riñón de la buena sociedad, formando planes
del todo realizables para asegurarse un nombre y un porvenir
brillante, el corazón henchido de ilusiones, el cerebro
nutriéndose, lleno de ambiciones legítimas, de honradas
aspiraciones, con amor al trabajo, encarrilado, dueño de una
fortuna, querido, envidiado, consentido, en fin, en una situación
que tienen pocos y en vía de ser más, mucho más. Deja un muchacho
en tan flamantes condiciones y encuentra una ruina, un escombro
moral, físico, social, intelectual y pecuniario.
¡Está perdido! decía con amargura, su cuerpo
se aniquilé, su salud va muy mal: ¡qué voz! Como un clarinete roto;
qué noches pasa; qué sudor aquel de empapar las sábanas; qué
dolores en el pecho; qué fatiga; qué ojos como dos tumbas; qué tos,
qué aliento... ¡qué todo! ¡Es un cadáver! De ribete lleno de
alcohol, porque estoy seguro que bebe como un puente...
No me consta.
No. No te consta, ni a mí tampoco pero tiene todos los
signos: la nariz, las manos, el color, las pupilas, el aire, todo
él. ¡Cosa atroz! Además, se ha vuelto desmemoriado, torpe, ¿no te
parece?
Yo lo veo poco. El otro día estuvimos conversando y no me
pareció tanto así, apenas un poco atembado, como cogiendo moscas, y
con unos amigos ¡Señor!.., que parecen salidos de la Central. A
Fernando le va a pasar lo que a Zenardo, que le perdieron las malas
compañías...
Esa es otra. Dejó sus relaciones, que eran más o menos las
mías, no tiene una amistad decente, se metió de cabeza entre la
canalla y mucho será si no está encanallado ya como cualquier
truchimán. El se cuida muy bien de presentárseme con esos
perdularios, pero yo lo veo, lo veo y no puedo hacer nada.
No te desesperes: tal vez has llegado a tiempo.
Ojalá; pero lo creo ya perdido. Hay una cosa que me
mortifica mucho. Las personas que he visto se han propuesto no
nombrarlo. Peor que si se hubiera muerto; y algunos ante quienes he
dicho su nombre de un modo incidental, evaden tratar el punto, me
miran con cierta lástima, como si se tratara de un elefanciaco, de
un asesino, de un... ¡Pero no! ¡Ladrón no! ¿Ladrón un hermano mío?
¡Un hijo de mis padres! ¡Ah!... le pegaría un balazo. Pero aquí hay
algo raro, un misterio...
Velarde lo miraba con anteojos asombrados.
No pienses en eso le dijo. No
|fregués,
hombre, ¡ carachas! como dice Pelusa.
¡Qué te parece! Hasta Pelusa, hasta ese animal, ese
|fundillón de Pelusa anda en las mismas con respecto a
Fernando. Ayer iba yo tan tranquilo por la calle 13, cuando sentí
que me abrazaban por detrás, como si se me hubiera prendido un
perro.
¿Era Pelusa?
Pelusa, el mismo Pelusa de siempre, el mismo zapato viejo,
con su cuerpo de esquimal, su levitón sucio, su
|cubiletazo
brillante y grasiento como una cacerola, sus botas sonreídas...
Y sus bigotes de mandarín interrumpió Velarde
y la frentaza como una plazuela, y aquellos ojos quietos, mudos,
ojos de silencio, y la bocaza siempre muerta de risa, risa de
truhán dormido, con sus cuatro dientes enormes y ahumados, como
fémures viejos entre una fosa abierta. ¡Claro! Pelusa, Pelusa con
todas sus pelusas y señales. ¿Y qué te dijo, qué te hizo? ¡Cómo
sería aquello! Qué escena: un recién desenfardelado, casi un conde
caído de repente entre los brazos de un Pelusa. ¡Admirable! Cuenta
eso.
Me cogió, me miró, me quería comer, por poco me besa. Se
iba volviendo loco: me habló en francés, en inglés, en ruso, en
sánscrito, en caldeo, en todos los idiomas vivos, muertos, heridos
y prisioneros, hasta en el de los pájaros. Tal vez se imaginó el
pobre que me había vuelto un profesor de idiomas, un portero suizo,
que venía de Babilonia.
¿Encantado contigo?
Encantado, como el monje alemán con el pajarito. Se hacía
para atrás, me miraba y vuelta con los abrazos.
¿Eres tú? decía; me parece mentira, un
sueño. ¿Eres tú? ¡no
|fregués!. Y nuevas caricias y
preguntas. ¿Cómo está Sara
|Bernal? ¿Todavía tan
aniquilada? ¿Y qué te dijo Anatole France? ¿Sigue
|jalándole
a las novelas? ¿Y Zola todavía tan caliente con don Félix
Faure?.
No me dejaba contestar su descarga de preguntas:
Siéntate, ¿por qué no te sientas? me decía en
plena calle, y abrazándome de nuevo: ¿Tú en Bogotá? Qué
sabroso; ¡no
|fregués! Te fui a ver.., pero nada, no te
encontré. ¡Qué lástima! Y dime: ¿Conociste a Dreyfus? ¡Por
supuesto! ¿Muy flaco? Pobre Dreyfus y pobre la señora, tan
simpática, y la tenían fregada, esos
|piscos. ¡Cómo
parrandearías con Cátulo Méndez, que es un
|alzao! No
|fregués, hombre.
Me tenía sancochado.
¿Y tú qué hacías?
¿Yo? ¡Qué iba a hacer! La gente se estaba agrupando ya.
Por fin logré calmarlo un poco y lo invité a tomar algo. En el
camino me conté una cosa que no le entendí, una aventura con una
señora, una vieja que lo lavé en un baile, no me acuerdo bien.
Entramos al Casino, y ¿sabes lo que quería tomar?
¿Huevos chimbos?
No: ¡turrones! ¡Qué opinas! Se tuvo que contentar con agua
fresca y sandwiches.
¿Y qué hubo?
Que no me habló una palabra de Fernando. Al fin se lo
nombré yo. Entonces se levantó, puso una cara melancólica,
lastimosa, y como si hablara una momia, con una voz triste,
compasiva, me dijo poniéndome la mano en el hombro:
¡Pobre Fernando! ¡No
|fregués!. Y se marchó dejándome
perplejo.
¡Y qué importa! ¿Tú te fijas en Pelusa? ¿Qué hay en
eso?
Hay mucho. Los demás pueden haber abandonado a mi hermano
por enfermo, porque lo ven sin un cuarto, después de que ayudaron a
comérselo, porque ya no brilla, en fin, por tantas cosas. Pero este
mentecato... ¿por qué? Hay más: los otros no me dicen nada; éste me
ha dicho mucho, muchísimo. Esas cuatro palabras encierran un mundo,
un enigma que yo descifro o me reviento. Pelusa es el eco, el
destilador de la sociedad.
Pero si es un pobrecito, un alma de cántaro.
Pues entre ese cántaro tiene que estar cuanto Bogotá
ha acumulado sobre Fernando, como acumula un albañal las
inmundicias de un barrio.
La imagen es común; podrías haberla excusado.
No le hace. La cuestión es que tú eres mi mejor amigo, y
que no habiendo quién me cuente lo que hay, tú tienes que hacerlo,
tienes que referírmelo todo, todo íntegro y con claridad, pan, pan;
vino, vino.
¿Lo quieres, lo exiges absolutamente?
Sí, lo quiero y lo exijo. Estoy a oscuras. Imagínate que
ni Fernando me volvió a escribir ni he sabido de él en más de un
año, a pesar de que aquí los entremetidos, y, sobre todo, las
entremetidas, se dan como la malva, circunstancia agravante en este
caso.
Sea, pues; te contaré las cosas, a mi modo, naturalmente,
y empeño, además, mi palabra de ponerme a tu servicio en esta
emergencia.
¡Gracias! Lo esperaba; venga esa mano.
Choca.., y empiezo. ¿A cómo estamos hoy?
No sé... A... cualquier cosa.
Bueno. ¿Y qué día es?
Sábado, me parece.
Corriente. Ahora sí. Era un sábado. Era un día como
éste, que dijo el general Mallarino en un artículo a
Mosquera, un artículo muy bueno, aunque muy largo y muy peludo.
Fernando comía con varios amigos, y después del champaña, los
|pousse cafés, cigarros y demás, sonó la media noche, esto
es, los cogió el día siguiente sin saber qué hacerse, ni en dónde
desfogar su chispa. Discutían, discutían, cuando uno de los
invitados, o más bien, el invitador, un joven Canal, o Canalejas,
algo así, sacó una tarjeta...
Dime interrumpió Alejandro, ahora que hablas
de tarjetas, sácame de esta curiosidad: ¿quién es José Lasso?
¿José Lasso? No tengo la menor idea. ¿Por qué?
Porque entre los saludos que he recibido, hay una tarjeta
de ese señor, y no he logrado dar quién pueda ser. Yo recuerdo que
en la historia de Bogotá figura un don Rafael Lasso de la Vega, que
me parece fue obispo; he oído nombrar a la célebre familia Lasso y
tengo muy presentes a los locos Lassos, probablemente de la misma
cepa: Pedro y Rafael. Este era muy gracioso. Se bañaba de noche en
la alberca de la Tuerta Chepa y gritaba: Venid, venid a nadar
en estos cantábricos mares. Se estuvo una noche íntegra en la
puerta de casa diciendo: Que pasen las horas, y las horas, y
las horas..., hasta que amaneció. De ésos doy cuenta, pero
imposible saber quién sea José Lasso.
¿Este no es de la Vega?
No. Ni de Titopaipí.
Entonces es algún ministro diplomático; pero tampoco:
lo diría la tarjeta. ¿No será alguno que tú conociste en Europa,
o algún agente viajero, o el príncipe de Gales de incógnito? Sabe
Dios qué personajón resulta don José Lasso; suena muy bien. Hay que
averiguar eso.
Ojalá. Me daría mucha pena no corresponder su visita,
puedo encontrarlo en la calle y no lo conozco. De seguro es persona
de distinción. Continúa ahora sí.
Sacó, pues, el joven Canalejas, la tarjeta que decía...
¡Diablo! ¡Nos cayó teja!
Alejandro volvió a mirar. De
|La Botella de Oro salía,
iluminado por el gas de la puerta, bajo un
|cubilete
descomunal, un hombrecillo grueso, paturro, que botaba su sombra
sobre las losas y arrastraba los pies como dos reptiles. Era
Pelusa.
Ahora no sigas alcanzó a decir Alejandro.
Mañana sin falta te espero.
Seré un inglés.
Pelusa se acercaba como un gato cansado, echando humo por todas
partes.
¿Qué tal, Pelusa, cómo vamos?
¿Qué hay, Pelusilla, chato Pelusa? dijo Velarde
pegándole con el bastón en las pantorrillas.
¡No
|fregués, hombre!
Sí
|fregués. Dinos una cosa, sácanos aquí de un
apurón.
Lo que quieran.
Alejandro necesita saber quién es un sujeto, y como tú
conoces a todo bicho, nos vas a decir quién es...
¿Paty du Clam?
¡Qué Paty du Clam ni qué niño muerto! Se trata de saber
quién es un señor José Lasso.
¿José Lasso? ¡Qué bestias! José Lasso soy yo, para
servirles. ¡Eh! ¡eh! ¡eh!
Los dos amigos dieron un salto atrás, como si hubieran visto una
culebra, y señalándolo con el dedo:
¿Tú? ¿Tú José Lasso? Eso no puede ser.
¡Cómo que no puede ser! Si ése es mi nombre; ¿qué tiene de
particular? ¡Qué carachas!
Pero si tú eres Pelusa y nada más.
Bueno, soy Pelusa, no lo niego, pero soy también José
Lasso, hijo de mi papá y de mi mamá, como el todo mundo.
¿Todo el mundo hijo de tu papá y tu mamá? decía
Velarde ahogado por la risa. ¡Acabáramos! ¿Tú eres de la
Vega?
¡No faltaba más! Soy de aquí, puro bogotano: soy José
Lasso, y Pelusa es mi seudónimo.
¡Qué seudónimo! decía Alejandro: tú eres
Pelusa, y basta.
Si, señor exclamaba Velarde: Pelusa eres y en
pelusa te convertirás.
|Memento homo, etc.
¡No
|fregués, hombre!
Trabajo les costó convencerse de que aquel pobre diablo tuviera
un nombre y un apellido; no podían convenir en que se llamara de
otro modo que Pelusa. Alejandro se despidió y haciendo una pirueta
se metió al Círculo. Pasaba un tranvía como un pájaro azul; Velarde
lo cogió de dos saltos:
Adiós, Pelusilla, o como te llames dijo; y se
quedó Pelusa alelado, con la boca abierta y los ojos en el
vacío.
Pensaba en que tal vez José Lasso no existía ni había existido
nunca, y en que él no era otra cosa que Pelusa, el Pelusa de toda
la vida...