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CAPITULO IX
 

EL CONVENTO
 

Tocó don Ventura en la portería del convento, y el vigilante padre portero no dilató en abrir, y dar el aviso al prelado de que el señor jefe político le necesitaba.

Entonces la autoridad civil intervenía en el gobierno de la Iglesia: confirmaba los empleados-curas; elegía obispos y canónigos; colectaba diezmos, imponía obligaciones a los párrocos, prohibía funciones y suprimía ramos de rentas; suspendía predicadores; pero un ministerio hubo que renunció medio gobierno de la república, como los reyes tontos; y hoy la cosa es muy distinta.... Salió el padre provincial acompañado de dos padres más, con su capilla calada, y sus manos honestamente cubiertas por las mangas del grueso sayal, y le preguntó a don Ventura.

-¿Qué novedad tenemos, señor don Ventura?

-Que vengo a ver al padre Serafín, que unos dicen que está en su convento, y otros en la calle; y yo quiero satisfacerme de la verdad, tanto más, cuanto que en mi despacho se encuentra una requisitoria de su convento.

-Es verdad, señor; pero su celda se encuentra fría como el nido de la ingrata paloma: por tratar de corregirle sus travesurillas a nuestro hermano Serafín, se nos ha fugado. ¡Dios tenga piedad de él!

-¿Y están ustedes seguros, mis reverendos padres?

-Si él estuviera aquí, ¿para qué lo íbamos a negar?

-Sin embargo, yo deseo buscarlo en su misma celda.

-No hay para qué, señor. Nosotros podemos jurar que no está en el convento.

-Tengo antecedentes de lo contrario, y este punto pasa a ser de alta policía, porque, a no ser tan honrados sus paternidades, hasta una violencia se pudiera sospechar, un atentado contra la libertad por lo menos.

-¿Violencia, señor? Esa es muy poca honra para nosotros. Y no hay para qué entrar.

-Pues en nombre de la policía yo entro a este convento; y no hay más qué hacer.

Cuando esto dijo don Ventura ya tenía adentro el pie, y sus policías lo seguían con el farol, que acertadamente lo habían encendido en la expirante lámpara del hermano portero. Cuatro padres graves lo acompañaban, y pronto la bota herrada del jefe político hacía retumbar el aire, marcando los ladrillos del inmenso claustro, mientras que los monjes reposaban en sus tarimas, próximos a ser llamados a maitines por las tristes campanadas del alba. De paso reflejaban los cuadros de la vida del santo, y el retrato del diablo con sus alas de murciélago y su rabo de iguana, y su cornamenta de chivo; lo cual causó tal impresión al antiguo granadero, que quiso santiguarse con la mano zurda, por llevar la derecha ocupada con la linterna.

Al subir la escalera, la vista dio de frente con cuadros más sobresalientes aún, por agregarse a la luz pasajera de la linterna la de un farol que daba vueltas, por causa del aire que soplaba impetuoso. ¡Qué contrastes los que se le presentan a un jefe de policía, Dios eterno! Recuérdense por un momento todas las variaciones que pasaron por los ojos de don Ventura en esta sola noche: calles, claustros, cerezos, juego, rellenas, músicos, un fraile en un costalón, coqueteos de política por la ventana, portería, padres venerables, cuadros de santos y de diablos, etc. Es un cosmorama completo la ronda de un jefe de policía, sin que nos quede un ápice de duda. Si don Ventura hubiera tenido la manía de escribir, habría dejado materiales para formar de a doce tomos por año para el que tuviese genio, plata y colaboradores. Una obra con el título de los misterios del costalón o de los chicharrones, habría dado celebridad al escritor que la hubiese emprendido, compaginada con el salero y chiste, y con las reflexiones del genio de don Ventura. Pero habíamos dejado la ronda en la escalera, y es fuerza el acompañarla hasta el último rincón del apacible convento.

Después de concluída la escalera, continuaron los viajeros por el corredor alto de un segundo patio, tan solitario y oscuro como el primero, y cuando menos se esperaba, se paró el R. P. Prior y dijo: aquí vivía nuestro hermano Serafín; y lo dijo con un tono tan lastimoso, como el viajero que dijese en las playas de Santa Marta: «En este sepulcro estaba el cadáver del Libertador Simón Bolívar; pero hoy está vacío».

-Sin embargo, dijo don Ventura-yo tengo esperanzas: mi bastón a ratos hace milagros; y tocó a la puerta con él.

|Deo gratias!-respondió por allá en el fondo una voz sumisa, como la de todos los monjes.

- ¡Traduzca!-le dijo don Ventura al cachifo prisionero.

- |Gratias, gracias, |Deo, a Dios. No es más.

-Ahora, explíqueme usted, padre provincial, el quid |pro quo del asunto.

-Que es el diablo el que nos ha respondido, señor don Ventura.

-¿Y si es el padrecito?

-Me dejo emplumar, señor, porque estoy tan seguro...

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