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CAPITULO VII
 

LA RONDA
 

Bajaba don Ventura de Belén con sus filas engrosadas por un padre prisionero y por un cachifo marchando en el mayor silencio, hasta que a distancia de una cuadra, como saliendo de una meditación profunda, volvióse el padre hacia el jefe, y le dijo:

-¡Señor don Ventura! |Si posibile est tranceal a me calix iste.

-¿Cómo así, mi padre?

-Que si puede caber en lo posible el que V. S. no me entregue a mis prelados así como prisionero de guerra.

-¿Por qué, mi padre?

-Porque me sancochan.

-¿Cómo?

--Mañana (o más bien hoy) a horas de refectorio me ponen en vergüenza pública, y en seguida ayuno y encierro, ¡quién sabe por cuántos meses!

-Pero si diz que es usted tan |travieso.

-Muchachadas, señor... Hágase usted el cargos yo entré pequeñito al convento, sin sospechar siquiera en las emociones tiernas del corazón, las que forman la vida del hombre social, así como el capitán Cook, que bajó al cálido sepulcro, en una de las islas Marianas, antes de sospechar que los buques podrían volar algún día, como las águilas, por el portentoso móvil del vapor.... Y que hay otra cosa...

-¿Qué, padrecito?

-Que en los grandes establecimientos como factorías, haciendas, trapiches, conventos y fábricas, a los magnates no se les notan mucho sus resbalones porque tienen la clientela a su favor.

-¿Cómo así, padrecito?

-Pues que a mí no tienen los padres maestros que echarme en cara sino una mera culebrilla, unas señitas por la ventana de mi celda, y el recibo de un cartucho de dulces... ¿Pero ellos?....

-¿Ellos, qué, padrecito?

-Ellos (los padres maestros) que pueden andar solos por la calle, como señoritas bogotanas recién casadas, y que por ocasiones consiguen licencia de casa; que reciben petacas de tabacos con florecitas y mejorana, y tazas de dulce, y muchas cosas con que le hacen volver la boca agua a un pobre frailuco!.... aunque es verdad que los hay muy santos también.

-Eso será porque son padres maestros.

-¿Y no hemos de comenzar por algo los padres aprendices?

Un profundo y tétrico silencio se siguió a tan importan te y seria conversación. El paso sonaba a un solo golpe en las piedras, porque los licenciados del Rifles y Granaderos estaban habituados a ello; don Ventura tenía sus pelos de militar; el estudiante era miliciano del maestro Arce, que disciplinaba a los colegios; y el padre, por afición y porque tenía buen oído; todos caminaban al compás, pero con mucho silencio.

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