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CAPITULO VI
 

LA CELDA DE FIQUE
 

Don Ventura se trasladó a la vuelta de la esquina, donde la más lúgubre de las escenas esperaba a su linterna, para lucirse ante los ojos humanos: unas paredes bardadas de polipodios y chupahuevo, un pavoroso zanjón que amenazaba la ruina de la calle y aun de la casa misma; un costalón de fique, de los de cargar tamo para las caballerizas, aplicado a un agujero de la tapia con tres clavos y recogido por un lazo corredizo, cuya punta iba a terminar en la brusca mano de un guarante... ¿Habrá un cuadro más espantoso para el lector sensible?

-A ver, ¿qué tenemos por ahí ?-preguntó don \/entura al acercarse.

-Ha caído alguna cosa-le respondieron; pero no sabemos qué.... Algún espanto tal vez, porque para ser ratón o perro es bulto demasiado grande.

-¿Y cuánto hace que está ahí?

-Hará como diez minutos, y se siente resollar.... Ya queríamos retirarnos, no fuese a ser alguna cosa de la otra vida.

-¡Por cierto es cosa que me confunde!-exclamó don Ventura: los licenciados del Rifles y Granaderos de la guardia, que no se asustaban de un encuentro con las legiones españolas, que despreciaban su metralla, su táctica y sus barbas hasta el pecho, se asustan ahora de las ánimas y de los espantos.... ¡Hay cosas en esta vida!… Aflojen ese lazo, y veamos esa ánima en penas, o lo que sea... ¡Cobardes!

Entonces se arrimó don Ventura muy despacio, y descorriendo la jareta del costalón introdujo su linterna y la cabeza, preguntando como admirado:

-¿Quien está ahí?

-Yo, señor, le contestó una voz suplicante.... yo, el padre Serafín.

-¿El R. P. Serafín?.... ¡Imposible! ¿Luego ahí es su celda? ¿Y cómo se ha metido usted ahí?

-Su señoría lo sabrá más bien, que será el autor de esta trama; pero, sea una trampa, una celda o un encantamiento, sáqueme V. S. antes que yo me ahogue.

Don Ventura volvió a alumbrar, y mirando al fondo con su rostro enjuto, y burlón en ocasiones, y con sus ojos indagadores y penetrantes, le alargó la mano al padre, quien trataba de evitar los rayos de luz que le martirizaban la vista.

-Mi reverendo padre-le dijo en seguida--ahora vea si tiene su paternidad posada donde vestirse, porque yo tengo que llevarlo a su convento. ¿Y qué diría su prelado de verlo así en pechos de camisa, y cubierto con esa gran capa negra?

-Pues yo donde suelo posar es donde la niña Nicanora, la que vende chicharrones.

-Un garito…. donde se juega a los dados, ¿ no es verdad?

-Ropilla es lo que solemos jugar a ratos, por no dejar; y eso con chochos.

Custodiado el padre por los guarantes se acercó a la casa de los chicharrones, y tocó a la puerta; pero ¡cuál fue el asombro de la niña Nicanora al encontrarse cara a cara con el padrecito, así que la abrió!

-¿Lo conoce?-le preguntó don Ventura-con cierto airecillo que expresaba una reconvención más dura que las leyes de Dracón.**

Es fácil adivinar lo que pasó por el alma de la empresaria Nicanora. Había negado al huésped antes que el gallo cantara dos ocasiones, como San Pedro a su Maestro-No lo conozco, había dicho y protestado. ¡Oh! este garito de chicharrones tenía, como la Pasiflora, todos los signos de la pasión; un Judas de muchacho, sayones, clavos, linterna, dados, cordeles y sepulcro, mujer piadosa y qué sé yo cuánto más. Doña Nicanora se quedó petrificada. Se había tratado de burlar de don Ventura en el juego de la ropilla, lo mismo que con la alusión de los serafines, y ella debía saber quién era don Ventura. Por más de dos ocasiones quiso hablar para disculparse; pero ¿qué disculpa cabía en aquel terrible lance?

Mustia se quedó alumbrando la segunda entrada de don Ventura por su zaguán, más angosto y terrible que el es trecho de Magallanes. El padre no dilató en estar en traje de calle, llevando consigo sus hábitos envueltos en un pañuelo de seda lacre.

-Cito--dijo don Ventura al despedirse-al maestro Carrión y a doña Nicanora para que oigan una notificación, mañana a las nueve, en mi despacho. El cachifo, que siga con nosotros en patrulla. ¡Hasta hoy! ¡Hasta hoy! (por que ya son las dos).

(**) El día de la famosa conspiración contra el Libertador, a eso de las once llegó a pie, a una de las haciendas del Sur de la Sabana, el señor Luis Vargas Tejada, y diciéndole a uno de los hijos del hacendado que iba de fuga, éste le dio un macho y los auxilios del caso. Al día siguiente pasó don Ventura Ahumada con tropa en solicitud del señor Vargas Tejada, preguntándolo a todos; pero no habiendo cogido sino la bestia ensillada, apareció con la tropa otra vez en la hacienda y al ver en la puerta al auxiliador, les dijo a sus secuaces. -Suelten ese machito al potrero, y entreguen aquí la montura para que me la guarden. Y luégo, volviéndose al hacendado con un semblante entre risueño y compasivo, le dijo: -¿Lo conoce? En la hacienda se supo que las ejecuciones de los conspiradores y las prisiones de los cómplices y auxiliadores eran inexorables. Se esperaba de un momento a otro un resultado terrible; pero los días, las semanas y los meses se pasaban; y por último, el hecho quedó en silencio, debido a algunos cortos obsequios anteriores de aquella hacienda, que don Ventura no había olvidado. Don Ventura buscó con una prolijidad inaudita al prófugo; pero no faltó a la gratitud. Las casas de campo son en la Nueva Granada institutos de caridad; pero no todos son agradecidos como don Ventura.

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