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CAPITULO IV
 

EL DADO
 

Levantó la vela don Ventura para encender su cigarro, y vio allá en el hueco del candelero un hermosísimo dado, tanto más brillante cuanto que estaba parado por los treses. Ladeó el candelero y lo vació sobre la carpeta, y ¡oh prodigio! quedó otra vez por los treses.

-¡Hola!-dijo con cierto gracejo irónico que usaba en ocasiones, ¡hola! ¿con que este es un garito…. A ver, doña Nicanora, ¿qué profesión tiene usted para subsistir?

-Pues yo, señor don Ventura, fabrico aquí chicharrones, matando un marrano gordo todas las semanas; y están tan acreditados, que los más hermosos los vendo a real, y me aburren por ellos de las casas grandes; y yo no he puesto en la puerta el anuncio |«Chicharrones superiores», porque me comerían a demandas; y anunciar una cosa, y salir con que no siempre la hay, es sumamente ridículo.... Ya usted ve, señor don Ventura: en Belén es donde se han hecho los mejores chicharrones del mundo.... Si V. S. gusta, vamos y verá el marrano.

-Quiero conocer la fábrica-dijo don Ventura-y dejando tres guarantes en la puerta, se asomó al pequeño patio, de donde vio que corría para el solar un bulto negro.

-Quién va ahí?-preguntó don Ventura.

-Nadie, señor: es que en esta casa suelen espantar y seguramente....

-Seguramente es el tahur, cuyo interinato ha desempeñado usted tan mal; y si usted me sale con las patas tuertas.... la pongo a desyerbar calles: ya sabe.

-Al libre Dios lo libra, señor don \/entura: no tenga usted cuidado por eso.

En efecto, don Ventura dio la vista de ojos que necesitaba. El patio, aunque sembrado de duraznos y curubos, daba con la luz de la vela una tristísima pintura por sus ennegrecidas paredes, y por sus ventanas y puertas barnizadas de manteca. El anfiteatro de anatomía cerduna era un cuarto de sucias paredes y de vigas muy tiznadas, de una de las cuales colgaba un marrano, que iba a libertar a la niña Nicanora de la mala nota de ociosa; marrano que por cierto estaba gordo y bien abierto, esperando la operación, que en los términos de la profesión se llama |deshacer. Los embudos, las tripas secas, el orégano y los cominos, todo estaba en la alacena; y las morcillas, ensartadas en una varita, se hallaban también de presente, luciendo entre todas las de la tripa más gruesa, que las profesoras llamaban |obispo.

El señor jefe de policía observaba todo con una gravedad indecible, y luégo que la ronda de la casa estuvo efectuada, vino a preguntar por su profesión a cada uno de los tertulios de la niña Nicanora.

-Maestro, le dijo don Ventura a don Alfonso Carrión ¿y usted todavía no se deja de eso? ¿No repara usted que un artesano no debe perder las fuerzas con las trasnochadas? ¿No ve usted que la raza humana no es nocturna, y que el castigo para los pecados contra la naturaleza es la aniquilación de la misma naturaleza?... Usted se halla flaco, ojerudo y en extremo débil. La naturaleza no hizo nocturno al hombre: eso lo puede usted ver en los hombres primitivos, en los salvajes, que se acuestan al comenzar la noche; al contrario de usted, que se acuesta al comenzar el día. Otra prueba de que el hombre no fue criado para nocturno, es que los animales nocturnos tienen barbas largas, movibles y erizadas, con que se ayudan en las tinieblas; y nosotros no.

-Es verdad, señor don Ventura-le contestó el maestro. Los militares, por tener bigotes, será que son un poco más nocturnos, ¿no es así?

-Por otra parte, maestro Carrión, usted tiene niñas muy lindas que cuidar y una criada bonita. ¿Cómo abandona usted la plaza en las horas de más peligro?

-Mi esposa cuida las fortificaciones.

-¿Es ella la de toda la responsabilidad de la llave? ¿La encuentra usted todavía despierta a la madrugada?

-Sin duda.

-Y será justo despertar a la esposa y a los vecinos al aclarar el día con horrendos golpes de portón?

-Para eso yo me llevo la llave las más veces.

-Y si hay un incendio, o alguna enfermedad repentina?

-Mi criada tiene otra, y mi esposa otra.

-Tres llaves equivalen a tres puertas en la casa. Su casa está entonces como algunas de Tocaima o Guataquí, cuyos muros son de cerca de palos; y esta es una fortificación que no presta seguridad en donde hay preciosidades como sus hijitas, y asaltantes como los cachacos.

-¡Pero señor! ¿Y la educación del corazón no será bastante?

-Entonces, no cierre ni tranque nunca... Mire, Carrión, continuó don Ventura, poniéndole la mano en el hombro al artesano: yo le tengo a usted cariño, y le aconsejo que se deje de juego. Usted es hombre de bien, y por lo mismo está expuesto a ser víctima de los pillos. ¿O es que usted entiende de pillerías?

- ¿Yo? señor... ¡Ni pensarlo!

-¡Tanto peor! Y usted no debe jugar nunca. Los artesanos de Bogotá son gente muy honrada; valientes y moderados; sumisos a la autoridad y respetuosos de los derechos ajenos…. ¿Se acuerda, maestro, de que juntos nos hallamos en la acción del 9 de enero, bajo las órdenes de nuestro gran paisano?.... Mire, Carrión: a usted no le conviene ser tahur; y yo sé cómo se lo digo. Y cuenta con dejarse ahora enganchar para alguna revolución, con promesas que no les pueden cumplir jamás. Al Libertador le debemos la independencia y la libertad. ¡Cuidado, maestro!

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