LA OCTAVA DE CORPUS
(DE «MANUELA»)
A las doce del día sonó un alegre repique, seguido por una
docena de cohetes que oyeron con sumo placer los estancieros de la
parroquia. Era la víspera de la octava de Corpus, que celebra todos
los años la república cristiana. Al mismo tiempo se estaban
adornando las pilas, altares, lámparas y bosques por las personas
que, con dos meses de anticipación, habían sido nombradas por el
cura. Es preciso confesar que éste no procedió con acierto al
escoger las personas que debían adornar las pilas; porque Manuela y
Cecilia representaban los dos bando políticos de la parroquia . El
resultado fue que Dámaso tuvo parte en la obra de Manuela; que los
manuelistas formaron de la pila el pendón de su partido; y por lo
mismo la pila de Cecilia se convirtió en la enseña del partido
tadeísta.
La pila de Cecilia tenía una portada revestida de pañuelos,
muselina, lazos de cinta y muchos espejitos redondos. La de
Manuela, adornada con laurel, liquen, helechos, y algunos pájaros
disecados, representaban una gruta; y como generalmente pareció
mejor que la de Cecilia, los tadeístas quedaron corridos.
Las lámparas de la iglesia estaban tan hermosas y brillantes
como si fueran de verdadero cristal. Habían sido construídas de
bejucos y cañas adornadas con la cascarita de la planta llamada
motua, que es muy parecida al papel de seda, y con las flores que
los estancieros llaman rosas amarillas. Daban las lámparas visos de
plata y oro, y la ilusión era tan maravillosa, que Paula, Rosa y
Pía estaban muy satisfechas de haber cumplido su comisión con tanto
lucimiento.
El altar que le tocó al dueño de la Soledad no tenía nada de
nuevo. Estaba vestido con piezas de bogotana y adornado con cintas,
cuadros y espejos. El altar de don Eloy no difería del anterior
sino en ostentar candeleros de plata y un afamado cuadro de la
Virgen de los Dolores. El del Retiro era de una invención
enteramente nueva: constaba de una cúpula sostenida por doce
columnas vestidas de laurel y de una cornisa formada de flores de
montaña y bejucos de pasiflora, de flor lacre. El frontal era una
lámina formada con musgo, liquen y vistosas flores, representando
en relieve las tablas del Decálogo. Del centro de la cúpula pendía
una araña plateada con pie de motua, y colgada con una cinta hecha
de cáscara de majagua. El altar de la Hondura fue despojado de
prisa, por orden del señor cura, de algunas sábanas y colchas de
cama con que lo habían adornado, y fue revestido con piezas de
género nuevo. El altar mayor estaba adornado con sencillez y gusto,
siendo su mejor adorno los fruteros y ramilletes que llevaron
algunas estancieras. El coro se compuso de los cantores y músicos
de la cabecera del cantón, y ejecutaron con solemnidad los oficios
de la misa. El sermón fue predicado por el cura, que era el mejor
predicador de costumbres, y que a pesar de su claridad y sencillez
se elevó hasta lo sublime.
La procesión era el complemento de la fiesta. El cura partió
desde el altar mayor llevando en sus manos la custodia, precedido
por el estandarte y por los vecinos que llevaban cirios encendidos.
Los repiques y los voladores anunciaron la salida de la procesión;
y el sacerdote, al presentarse en la puerta del templo, se detuvo
un momento para señalar la custodia al pueblo, que se postró de
rodillas sobre la verde grama de la plaza. Reinó un profundo
silencio interrumpido sólo por el solemne canto que repetían los
ecos lejanos de la montaña. El cura llegó, cubierto por la vara de
palio, a depositar la custodia sobre el ara del primer altar; la
procesión continuó pisando las flores que regaban dos ninfas
adornadas para tan digno ministerio. No sonaban sino las campanas y
el canto acompañado por varios instrumentos; el pueblo adoraba en
silencio, y cualquiera incrédulo se hubiera penetrado de la
majestad y grandeza del Dios que se adoraba, al ver el fervor
unánime de todos los concurrentes.
Don Demóstenes con la cabeza descubierta, estaba junto al altar
de la hacienda del Purgatorio, y por consiguiente al lado del
caballero dueño de las valiosas fincas que lo adornaban. Cuando la
procesión estaba todavía distante, dijo don Eloy a don
Demóstenes:
¿Qué le parece a usted la procesión?
Es lo mejor que puede darse en una parroquia como
ésta.
La solemnidad de esta fiesta proviene en su mayor parte de
la igualdad, ¿no le parece a usted?
¿Por qué razón?
Porque si los cinco partidos en que está dividida la
parroquia estuvieran divididos en cinco sectas distintas, estarían
riéndose unos, con el sombrero puesto otros, fumando muchos y con
la espalda vuelta algunos; y se suscitarían fuertes disgustos por
la falta de cultura de nuestras gentes.
A mí me encanta la multiplicidad de religiones. Si usted
viera en los Estados Unidos....
A mí lo que me gusta es la unidad, la conformidad, la
regularidad, como que es la tendencia general de nuestra sociedad y
la fuente de la perfección humana. Es un hecho que la unidad de
nación, idioma, partido y raza, es una ventaja reconocida: ¿por qué
le gusta a usted únicamente la desunión religiosa?
Desengáñese usted: mientras que en esta parroquia no haya
unas cinco sectas diferentes, no puede haber ningún progreso.
¿Y por qué habían de ser cinco y no quinientas? Rota la
unidad de la iglesia católica, y con la facultad de interpretar las
escrituras, cada hijo de vecino puede tener su religión por
separado. Mire usted don Demóstenes; aplaudo la idea de asegurarle
a cada secta las prácticas de su culto en donde los legisladores
hallaron la población compuesta de emigrados de todas las
creencias; pero repruebo los esfuerzos de los que desean dividir
aquí la unidad en que la transformación política nos halló, para
igualarnos a los Estados Unidos; y este prurito de legislar para
los pueblos incultos de la Nueva Granada, como se legisla para los
civilizados de los Estados Unidos; este prurito de no atender a las
costumbres del pueblo, para darles leyes adecuadas y justas, es la
causa de las guerras que estamos experimentando.
Ya la procesión pasaba por delante de los interlocutores y se
vieron precisados a suspender su diálogo.
Marta y Manuela vieron la procesión desde el corredor de la casa
del sacristán. La generalidad de las muchachas del distrito iba
siguiendo el palio, en un grupo denso, compuesto de una multitud de
mujeres de todas clases.
No muy lejos del altar de don Eloy estaban las familias de la
Soledad y el Retiro, en una casa de la propiedad de don Blas; y en
el corredor que daba a la plaza estaban Juanita y Clotilde, al lado
de unas señoritas que habían venido de otros distritos.
La procesión después de haber recorrido todos los altares,
terminó en el atrio, desde donde el cura bendijo con la custodia a
todo el vecindario que se hallaba prosternado en la plaza.
A un tiempo se levantaron todos los sombreros, se rompieron
filas para conversar en grupos, y la gente se puso a recorrer los
arcos, altares y bosques. Las familias aristocráticas, esto es, las
familias ricas, salieron de su palco para recorrer la plaza,
comenzando por el Paraíso, que se levantaba sobre un teatro de vara
y media de altura, cubierto de flores, de menudas ramas y de
bejucos de melones y patillas con sus olorosos frutos. Sobre el
tablado se alzaban algunas matas de café, añil y caña de azúcar; el
centro lo ocupaba una mata de plátano, con vástagos cargados de
racimos de distintas edades. Debajo de las espléndidas hojas del
plátano estaban dos chicos de parroquia molestados por los
mosquitos, que representaban a Adán y Eva. Ñor Elías había rodeado
este teatro de todos los animales de las vecinas montañas, unos
disecados y otros recién muertos.
Don Demóstenes se había acercado a Clotilde y las otras señoras,
y les explicaba las familias, especies y géneros de todos los
animales. Después de hablar largamente sobre la raza humana, les
hizo notar las cuatro clases de monos existentes en las montañas de
la parroquia; el oso hormiguero y el oso negro. El perro doméstico
estaba representado por
|Ayacucho, con su hijo adoptivo a las
costillas; el ulamá y las zorras lo acompañaban. El ñeque, la
boruga con el conejo y el curí formaban el género de la liebre; la
marrana de Manuela, de gran nombradía en los fastos de la historia,
junto con un cafuche, cogido en una de las trampas del ciudadano
Elías, representaban el género cerdoso. Los papagayos tan
aborrecidos de Pía, estaban reunidos en cuatro variedades; los
yátaros en tres; los carpinteros en dos; las palomas en seis, desde
la doméstica hasta la abuelita, que cabe en la mano cerrada.
Del Paraíso se fue la gente de zapatos a dar un paseo por el
frente de los
|bosques que estaban en las bocacalles,
adornados con hoja de palma, ramas de laurel, flores amarillas y
algunos espejos pequeños.
El primer bosque representaba la hoyada de un páramo, en donde
estaba cazando a los cazadores un venado muy grande con una buena
jauría de perros, y encima se leía este letrero:
|Así está el
mundo.
El segundo representaba un fragmento de queso, puesto en una
mesa con un cuchillo junto; y parecía que un hombre sentado en una
silla poltrona cuidaba de él; se veían, además, unos pocos
caracoles colgados de un hilo. El personaje tenía cuello de
clérigo, y el letrero decía:
|No hay mas queso y a mí se me dan
tres caracoles.
En el tercer bosque se exhibía un aserrío de mano, con todos sus
adherentes; un queso vertical representaba la troza de palo; y a
los aserradores un gato y un ratón vivos, empuñando en sus manos
una sierra, de tal modo dispuesta que se movía para un lado y otro,
cuando los operarios hacían sus movimientos de impulsión y
repulsión. El letrero decía:
|La república y los
legisladores.
El último bosque representaba un gato colorado empapelando a una
polla fina con papel sellado, al mismo tiempo que un gato blanco
estaba empapelando al primer gato con papel de la misma clase.
Había otros pollos blancos, negros y nicaraguas que estaban
empapelados con hojas de la
|Recopilación Granadina, y todos
ellos tenían sus nombres propios. A Clotilde y Juana les llamó
mucho la atención la escena de los gatos y se detuvieron mirando
con curiosidad los trajes y los emblemas. El gato blanco tenía
botas, lo que indicaba ser de la aristocracia de la Nueva Granada;
estaba vestido con una levita blanca y tenía la corbata puesta
conforme a la última moda. El gato colorado tenía ruana forrada de
bayeta, estaba calzado con alpargatas, el cuello de la camisa
estaba en el grado más alto de almidón que puede darse y no tenía
chaqueta, sino chaleco de una moda muy atrasada. El rótulo decía en
letras de a cuarta:
|Los misterios de los gatos.
Don Demóstenes se había quedado distraído y Juanita le
preguntó:
¿Comprende usted el sentido de este bosque?
No creo que tenga ninguno. Lo que me parece es que estos
idiotas abusan de la paciencia del público.
¿No cree usted que pueda haber alguna relación entre los
gatos y el papel sellado?
Como entre las señoras y la política de aldea.
A este tiempo trató de revolotear la polla empapelada y uno de
los muchachos del pueblo dijo gritando:
¡Miren a la niña Manuela!
Dos públicos estaban al frente del espectáculo: la gente grave y
aristocrática, entre la cual se hallaba don Demóstenes, y la
democracia pura, compuesta de los muchachos y la gente pobre. Esta
última, que era la mayoría, celebraba con risotadas todos los
movimientos de los actores, mientras que la gente grande guardaba
toda la circunspección de la prudencia y la sabiduría, siendo las
señoritas las únicas que sonreían, y eso poniendo sobre sus
delicados labios los pañuelos de batista; pero don Demóstenes
estaba tan grave que parecía ser el príncipe de la aristocracia
parroquial.
Vean a don Demóstenes con su levita blanca, gritó uno de
los muchachos, y a don Tadeo con su sombrero de funda amarilla.
Estoy comprendiendo, dijo Juanita, que nos han querido dar
un bosquejo de la caída de don Tadeo.
Vea cómo se mueve don Demóstenes, gritó otro de los
muchachos de la turba popular.
Entiendo que se ataca en esta pantomima, por lo menos, mi
respetabilidad, y esto merece un castigo ejemplar, dijo don
Demóstenes.
Y se separó de las señoras en ademán de acometer a los pollos y
los gatos.
¿Qué hay ? le preguntó don Eloy que estaba cerca del
bosque.
Voy a subir a ese tablado y a pisotear todos los gatos y
los pollos, para ver si hay quien saque la cara; porque, ¡vive
Dios! que le destapo los sesos con mi
|revólver.
Quedaría usted muy deslucido, me parece.
¡Caramba, ponerme en ridículo delante de las señoras!
¿Y si todo lo que está representado en el bosque lo
hubieran escrito en un artículo de periódico?
Eso no tendría nada de malo.
Habría sido peor, porque la imprenta exhibe al paciente
delante de todo el mundo, y el bosque sólo ante los habitantes de
una parroquia.
Pero a la imprenta puedo oponer la imprenta.
¿Y a un bosque no puede usted oponer otro bosque?
La tardanza de veinticuatro horas y la carencia de
elementos dejarían la contestación sin efecto.
¿No hay casos en que para desvanecer la calumnia de la
imprenta es preciso aguardar que vengan documentos de una provincia
lejana, y mientras eso se glorían los calumniadores? Usted sabe muy
bien que al que difama por medio de la imprenta no lo castigan las
leyes de la Nueva Granada.
Es porque la libertad absoluta de los tipos y de la
palabra es un hecho ya consentido y muy conforme con la verdadera
república; pero la libertad de los bosques no está sancionada; lo
que voy a hacer es a despachar todos esos gatos y pollos, con los
cinco tiros de mi
|revólver.
¿Y qué va a ganar usted con eso, don Demóstenes?
Que no se rían impunemente de mí.
Y si va y yerra alguno de los tiros, ¿no se expone a que
lo silben los muchachos?
Lo veremos.
¡Tolerancia! dijo don Eloy, echándole mano al
|revólver; ¡tolerancia ! ¡ tolerancia! don Demóstenes.
Solamente estos viles parroquianos son capaces de hacer
una cosa semejante.
No, señor: el año de 39, en un pueblo cabecera de cantón,
pusieron un bosque, del que habían sacado la idea de uno de los que
están puestos aquí; y entiendo que fue por criticarle al cura la
frase de
|más queso, que pronunciaba en sus sermones, en
lugar de decir,
|más que eso. En Bogotá he visto también
varias travesuras de éstas.
El gato colorado de doña Patrocinio, que era de muy mal genio,
airado con la presencia de tanta gente, hizo caer de un rebullón al
gato blanco de Marta, que era el primer personaje de la escena; y
éste por forcejar se safó el saco y la corbata, levantándose de
entre la gente plebeya la voz de una mujer que decía:
¡Pobre don Demóstenes!
Le faltó a don Demóstenes la paciencia; dejó ir el tiro; le dio
al gato colorado muy cerca del ojo, haciéndole lanzar un grito
dolorosísimo antes de expirar.
¡Viva el libertador de la parroquia! gritaban los chinos;
y las señoras se retiraban temblando de miedo.
Don Demóstenes encarnizado contra el bosque, siguió haciendo
fuego contra los otros personajes, pero escapó milagrosamente el
gato de Marta, que estaba vestido de cachaco, La jornada terminó de
una manera muy desagradable, porque doña Patrocinio se le vino
encima al vencedor, diciéndole estas palabras demasiado
bruscas:
Si usted no me entrega mi gato ahora mismo, el diablo
canta en su entierro, don Demóstenes. Esto es lo que uno se suple
con alojar en su casa personas desconocidas. ¡Lástima de mi gato,
que lo quería tanto! Era tirria que le tenía, porque decía que se
parecía a don Tadeo; pero todo no era sino porque no se dejaba
sobar, como el gato de Marta; porque ni aun para los gatos hay
igualdad en esta vida.
¡Pero óigame, doña Patrocinio¡
Doña Patrocinio no oía; siguió hablando primores en favor de su
gato y gritando como una loca.
Mientras que todo esto pasaba, Dámaso daba libertad al gato
blanco y a la polla que representaba a su adorada prenda; y
retiraba el cadáver del gato colorado, chorreando sangre todavía.
Las señoras entraron a la casa de su posada: Clotilde tuvo una
pesadumbre muy grande, porque echó menos un anillo de diamantes,
enteramente igual al que tenía puesto su amiga Juanita. Lo avisó a
su padre y éste al alcalde para los efectos del caso. Infausto
llamó Clotilde este día por algunos acontecimientos fatales que se
agregaron a la pérdida del anillo, y tal vez fue uno de ellos el no
haber podido bajar esa semana don Narciso de la sabana.
Don Demóstenes creyó que lo más conveniente después de lo
sucedido, sería abandonar la plaza; y se fue a casa de Marta, por
ver si allá estaba Manuela, para reñirla porque sabía que había
tomado parte en el bosque. Manuela se había retirado cansada de la
fiesta y estaba en la hamaca, al lado de Marta, sirviéndose de su
brazo como de almohada. Ambas estaban con trajes nuevos, que
realzaban su hermosura, a pesar de su sencillez, pues consistían en
pañolones colorados de algodón, enaguas de cintura y camisas
bordadas. Estaban aletargadas por el calor, el cansancio y la
hamaca, cuando se les apareció don Demóstenes.
¿Qué tal de Corpus?... le preguntó Manuela sin cambiar de
postura.
¡Pésimamente!
¡No lo ha mirado la joya del Retiro?
Ojalá que no hubiera estado presente; porque hoy se ha
burlado de mí toda la canalla de la parroquia, y si tú has tenido
parte, como yo lo presumo....
¿Parte en qué, don Demóstenes?
En exhibirme al público en uno de los bosques.
¿Y a mí no me vio por ahí?
¿Y qué?
Que hoy no dejo de comer por esa pesadumbre
¿Aunque se rían de ti?
!Y qué remedio! ¿No hay casos en que se ríen de uno a sus
espaldas?
Pero una burla pública....
No siendo contra el honor....
Eso se llama tener pechuga.
Tener buen humor y eso que usted llama tolerancia, y nada
más.
Pero un bosque.... ¡con mil demonios!
¡No ha comprendido usted lo que quiere decir el
bosque?
No necesito saberlo.
Pues voy a explicárselo:
Manuela se hallaba encausada por don Tadeo, y un caballero,
llamado Demóstenes, la libertó a ella y a su parroquia. El
caballero se ha hecho digno de la gratitud del pueblo. ¿Le parece a
usted que esto tiene algo de malo? Una vez pusieron un bosque que
tenía de un lado un hombre con muchas varas de longaniza metidas en
un brazo, y al lado opuesto se hallaban unos tantos de los
conocidos con el apellido de Díaz; y había un letrero que decía:
|Hay más días que longaniza. Y lo que le aseguro a usted es
que por esto no hubo pelea, porque ninguno se dio por
agraviado.
Con su pan se lo coman. Lo cierto es que he venido
resuelto a pelear contigo.
¿Y conmigo también? le preguntó Marta.
Con todos los que tengan parte.
Fuimos las dos solas, don Demóstenes.
¿Solas?
Solas le contestó Manuela.
No lo creyera yo.
Pues créalo.
Es una vileza.
Tal vez, ¿pero no nos perdonará usted jamás?
¡Oh!
Pues míre: si nos ha de volver a tratar mañana con cariño,
trátenos de una vez; venga, siéntese aquí en la hamaca con nosotras
y cuéntenos qué tales muchachas ha visto en la plaza.
Lo que me consuela es que he despachado al gato matrero de
tu casa.
¿Cómo?
Con un tiro de pistola. .
¡Imposible!
Como lo oyes.
¿Y cómo le quedará a usted el bulto con mi mamá? y ¿qué
hará cuando los ratones comiencen a caer como llovidos y a comerse
sus libros y sus cucarachas?