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Capítulo II
 

LA DELACION
 

Se ha hablado mucho contra la delación, y es casualmente una de las acusaciones contra los jesuítas; pero nosotros no tenemos todavía formado nuestro juicio por algunos casos raros que se nos presentan. Soberanos y naciones hay que se han salvado por la delación. No vayamos muy lejos: por la delación se salvó el general Santander de la conspiración de Sardá; por la delación se salvó en una tabla la administración del 7 de marzo, y yo quisiera preguntar a los que tienen hijas, y a los que tienen huerta o hacienda, si se atreverán a taparle la boca a un delator, que les quiera avisar que por las tapias hay algún indicio de daño. Así es que, sin fallar en pro ni en contra de la una ni de la otra opinión, pasaré de ligero a mi asunto. Por la delación supo don Ventura Ahumada, jefe político de Bogotá, que el padre fray Serafín solía ir a una casa de las inmediaciones de la calle de la Carrera, y una noche, acompañado de sus gendarmes, se fue a golpear a la dicha casa. Sobre las dilaciones en abrir no diremos nada: basta con imponer a nuestros lectores que la casa era de Bogotá | * , que las criadas estaban jugando al tute en la cocina, que los niños hacían más bulla en la recámara que una jaula de periquitos, y que el dueño de casa debía el arrendamiento de ella, y además la hechura de una casaca y de unas botas, y la afeitadura de un mes, y que estaba nombrado de juez, que entonces no eran |pagos como los de ahora.

Por cinco veces había sonado el picaporte, cuando se oyó el «quién es».

-Abra usted-dijo don Ventura-que soy yo.

Otro cuarto de hora se perdió en las consultas de adentro, hasta que sonó el palo y apareció el muchacho.

-Cojan este muchacho para soldado-dijo don Ventura a sus agentes.

- ¿Por qué, señor?-le preguntó el perezoso portero.

-Porque me ha hecho usted detener una hora aquí parado; y esa es mala crianza con los particulares, y desacato con la autoridad…. ¡Vamos!

-¡Señor!, no me haga ese quebranto.

-Sólo de una manera....

-Cuanto usía quiera.

-Que me entregue usted al padre Serafín.

- ¿Ahora?, señor.

-Cuando se pueda.

-Como él donde está es por allá.... en otra casa; y si viene aquí es por un alicuando....

- Y dónde es allá?

-En Belén, señor.

-En qué parte?

-Es en una casa que tiene un solar y que tiene una ventana para la calle.

-Son mucho más claras las señas del cuartel de San Agustín.... Lleven ese muchacho al instante.

-¡No, mi usía! Es una ventana colorada que tiene una palma de ramo colgada, y en la palma hay un corderito de algodón atado con cinticas verdes.

-Y qué hace el padre allá?

-Juegan a ratos al dado.

-Y si no es cierto?

-Sí es, mi usía; lo que tiene es que esconden el dado entre el candelero, cambian la plata por chochos y se ponen a jugar a la baraja, cuando va alguno que no es de la cuenta.

-¡Bueno! ¿Y si no cojo al padre Serafín?

-Pues yo no tendré la culpa, mi usía; porque él tiene un huraco....

-¿En dónde? muchacho de los diablos.

-En el solar, entre unas matas de borraja, y cuando toca a la puerta alguna persona que creen sospechosa, corre y se mete allí, y cae a la calle entre unos zanjones, y de ahí coje zanjón abajo, y viene a salir por calles excusadas al puente del Carmen, y luégo se viene a esta casa, con su garrote y su ruana.

(*) No por eso se niega que haya aquí algunas casas en que han leído la urbanidad del portón.

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