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REVOLUCION
 

Era lunes, día muy aciago en las parroquias de tierra caliente. La gente de la casa de Manuela se había trasnochado en el baile, y habiendo quedado el portillo abierto por causa de Ascensión, que fue la última que entró a la madrugada, la marrana grande se había salido sin la horqueta legal, y sabiendo don Tadeo que andaba en el ejido, se aprestó para terminar de una vez una trama que tenía preparada y dio todas las órdenes del caso.

No tardó mucho tiempo en aparecer corriendo por la mitad de la calle del Caucho, la marrana de Manuela, seguida por el alcaide y un policía, que le tiraba lazos inútilmente. Resurrección, la entenada de don Tadeo, que estaba echándoles de comer a unos pollitos en la puerta de la calle, azuzó a |Tintero y a |Papel, los perros de su padrastro, para que acometiesen a la marrana y la acosaran contra la pared. |Ayacucho se puso en movimiento excitado por el alboroto y les acometió a los otros dos perros; pero salió Resurrección a pegar a |Ayacucho con el palo de la escoba, y Manuela, que se había levantado del quicio de la puerta de la casa, donde estaba cosiendo, llegó con las tijeras en la mano y quitó el palo a Resurrección, a tiempo que se acercó el policía a tirar lazos para coger a la marrana. José intervino a ese tiempo y echó mano al rejo de enlazar que el policía defendía con todos sus fuerzas de manera que en un instante se armó un grupo de racionales e irracionales que se batían unos en favor de la marrana y otros en contra de ella.

A todo esto los gruñidos de la marrana y los gritos de Resurrección y los latidos de los perros, y las maldiciones y juramentos de los policías se levantaban en una confusión infernal, y Resurrección y Manuela se habían dado sus cachetadas, |Ayacucho y |Tintero, sus mordiscos; y José y los dos policías, sus pescozones y patadas. No tardó en aparecer luégo la terrible Sinforiana, seguida de Cecilia, para aumentar el número de los enemigos de Manuela, que la hubieran vuelto polvo si no hubieran aparecido Simona y sus dos hermanas; el combate vino a ser tan encarnizado como el encuentro de una galera de argelinos y otra de cristianos.

-Manuela le ha pegado a |Tintero y me ha quitado la escoba, gritaba Resurrección llorando.

-Por defender mi marrana, que nada les estaba comiendo, respondió Manuela muy enojada.

-¡Por defender el perro del alojado, que te parece que te ha de durar para siempre! le contestó Sinforiana.

¡Vieja bruja! gritó la valiente Simona, podrías irte a dar crianza a tus dos hijas, que la niña Manuela no es ninguna....

-¡Anda demonio de rea! que no por buena te tuvieron en la reclusión de Guaduas. ¡Rea! ¡rea!

-Vieja consentidora, le gritó Soledad, la hermana de Simona; ¿quién te mete a defender los perros de don Tadeo? ¡Ladrona! ¡sonsacadora!

Simona y Sinforiana estaban agarradas, la última le había mordido un carrillo a su enemiga, y ambas estaban de sangre que no se conocían. Marta había llegado a tiempo que Resurrección le iba a tirar a traición a Manuela, y la derribó por tierra. Doña Patrocinio estaba horneando unas almojábanas; y cuando sintió el alborto, y conoció la voz de Manuela, salió corriendo con el delantal puesto, y con un pañuelo blanco prendido en la cabeza, que le cubría toda la espalda; se presentó acezando y con la pala de hornear en la mano, y al ver que Sinforiana le iba tirar a Manuela, le enristró la pala, y la hubiera partido por el pecho si Cecilia no le hubiera cogido el palo. Pero Manuela, por rescatar la pala, le dio un ligero piquete a Cecilia en un dedo de una mano, lo que hizo poner furiosa a Sinforiana; la bulla iba siendo mayor a cada momento, y los gritos y las injurias menudeaban más a proporción que iba creciendo el número de actores y de espectadores.

El sacristán estaba durmiendo, y luego que oyó los gritos y vio que se levantaba el humo de un poco de paja que habían prendido en el solar de don Tadeo, corrió al altozano, cogió los rejos de las tres campanas y se puso a tocar a fuego.

-¡Fuego en la calle del Caucho! gritaban los que veían el humo.

-¡Corran a apagar, corran a apagar! decía el sacristán, convidando a los que pasaban

Todos los que iban llegando al sitio de la novedad se encontraban con el alboroto de una riña general, en la que los combatientes no tenían divisa, aunque se conocían los partidos. Los del partido de don Tadeo, peleaban en favor de |Papel y |Tintero; los del partido de Manuela comenzaron por defender a la marrana: manuelistas y tadeístas eran griegos y troyanos en aquel día. La calle se obstruyó completamente, llena de partidarios decididos. A lo último, llego el afamado Juan Acero, y entendiendo bien la causa que sostenían los dos policías y la denodada Sinforiana, empezó a distribuir garrotazos entre los manuelistas, hasta dar con el sabanero, que cogió a un descuido el arma fatal; y en esta brega caían y levantaban, no queriendo soltar su garrote el Hércules de la parroquia, y resistiendo lo mejor que podía la arremetida del sabanero, al mismo tiempo que los pescozones de los otros combatientes eran bien nutridos y los garrotazos bien dirigidos, de manera que ni el uno ni el otro partido daba señales de ceder; y al mismo tiempo los gritos eran espantosos, pero no se distinguía bien sino la interjección favorita de los que hablan el español, y las injurias de marca mayor.

-¡Vieja langaruta! gritaba Simona a la valiente Sinforiana, ¡vieja bruja, vieja consentidora, vieja ladrona!

-¡Tinaja con patas! gritaba Sinforiana a la señora Patrocinio. ¡Vieja estafadora! y daca de rezandera y de amiga de ir a la iglesia a rezar estaciones en cruz.

El señor alcalde no se apareció sino hasta lo último, acompañado del juez primero, del ciudadano Dimas y de unos cuatro tadeístas; y agregado a Juan Acero y a otros de la misma parcialidad, empezó a coger prisioneros para llevarlos a la cárcel; sin embargo, a José no pudo rendirlo con cuatro, porque éste había quitado el garrote a Juan Acero, y les hacía frente teniendo la retaguardia cubierta con la pared de la casa: José estaba enseñando a contrarrestrar a número infinitamente mayor. Fue una temeridad que los tadeístas no se atrevieron a ejecutar, la de matar a José para prenderlo, y le propusieron que entregara el garrote y quedase arrestado mientras parecía su patrón prometiéndole no amarrarlo ni insultarlo.

De este modo quedó triunfante la señora Sinforiana y todo el partido tadeísta. El juez y el alcalde prendieron a Simona y sus hermanas, a José, a Paula, a la manca Estefanía, a |ñor Dimas, a doña Patrocinio, a su hija y al perro |Ayacucho; pero Manuela salió corriendo, y a favor de la confusión, logró introducirse, sin que la viesen, por el portillo oculto del corral de su casa. En la puerta de la cárcel soltaron a doña Patrocinio con tal que entregase a Manuela condenándola en treinta pesos de multa si no la entregaba dentro de cuarenta y ocho horas. A la marrana la llevaron al coso, y a |Ayacucho lo destinaron a la cárcel con José Fitatá.

Hubo muchos heridos en esta pelea; a Resurrección la dejaron sin camisa las hermanas de Simona. |Ñor Dimas salió herido en una oreja, Paula quedó con los ojos negros, Marta perdió mucha parte de su pelo castaño y un rosario de coquito con cruz de oro; pero logró escapar con varias personas de las menos comprometidas. Resurrección decía que había también muertos, alegaba porque Manuela le pagase ocho pollos que habían muerto a pisotones, y cobraba a dos reales por cada uno, cuando no tenían sino cuatro días de nacidos; mas ya tenía testigos para probar que tenían un mes, y que eran ocho, siendo así que no habían sido sino dos.

En la calle tomó el alcalde, antes de enviar los presos, dos garrotes de chicalá y uno de guayacán, una pala de hornear, unas tijeras de costura, dos palos de escoba y una zurriaga, como armas ofensivas, que debían servir de cuerpo de delito. Se perdieron varias fincas en el conflicto, tales como una sortija de tumbaga de Manuela y las cuentas de su rosario, y una cajetica de lata con siete reales en medios y cuartillos, que doña Patrocinio había llevado en el seno, y eran los trueques de la tienda.

Don Tadeo, autor de todo este trastorno y aun director de él, porque desde su alcoba había estado dando órdenes a los de su cuadrilla, se había contentado con mirar la pelea por la rendija de la ventana, apuntando fielmente las circunstancias en su cartera, porque de aquella pelea se prometía sacar grandísimas ventajas.

No estaban todavía las caras lavadas ni se habían mudado los que habían salido rasgados o sucios de la pelea, cuando las causas estaban andando, a tiempo que se rodeaban algunas casas para buscar a los comprometidos. La manzana de la casa de Marta estaba rodeada con el fin de coger a esta íntima amiga de Manuela, que por pelear a su lado le había despedazado la camisa bordada a Resurrección.

El Cura y don Demóstenes se habían ido al Botundo ese día; el primero a llevar unos medicamentos a |ñuá Melchora, y el segundo a buscar pavas. El cura convidaba casi siempre a don Demóstenes a sus paseos, porque gustaba mucho de su compañía. Llegaron a la parroquia, y después de dejar en su casa don Demóstenes a su amable compañero, se fue a su posada muy contento porque había traído muchas aves, plantas y una mariposa de una variedad muy rara, y entró llamando a Manuela para mostrarle una flor.

-Escúche, don Demóstenes, le dijo doña Patrocinio, y sin hablarle otra cosa se puso el dedo sobre la boca.

-¿Manuela? preguntó el alojado,

-¿No le digo? le contestó la señora.

-No me ha dicho usted nada, y yo necesito a Manuela.

-Ni la nombre, señor, si no la quiere perjudicar.

-¿Perjudicar?

-¡Sí, señor! ¿Luego usted no ha tenido noticias de la revolución?

-¿Estalló yá?

-¡Ave María! Una cosa estupenda,

¡Esperando estaba yo esa novedad! ¿Quiénes habrán muerto?

-Dos pollos de poca importancia. ¡Pero señor, qué desgracias las que ha habido; y todo por ese demonio de embozado, que es el autor de todo! La cárcel está llena de presos.

-Explíquese usted ¿Han venido tropas?

-¡Qué tropas ni qué diablos!

-Y entonces....?

-¡No hable recio, por Dios! Sea usted un poco discreto, porque los tiranos están triunfantes.

-¿Cuáles vencieron, pues?

-Los tadeístas; pero porque el juez y el alcalde los auxiliaron, porque, ¡ah gente para ser sostenida! Simona se ha portado como el mejor de los hombres, y José triunfaba de mayor número siempre que lo atacaban.

Por cada explicación de usted me quedo más confuso: dígame claramente lo que ha habido aquí o en Bogotá, o en ambas partes, y sáqueme de dudas, que ya usted me tiene loco.

-Pero éntrese en la alcoba, porque si nos oyen con versar nos apresan.

-¿Por conversar? ¿Luégo el pensamiento y la pluma y la lengua no tienen garantías en todos los países libres y mucho más en el nuéstro desde que se publicó la constitución de 21 de mayo?

-Aténgase, y diga usted algo contra la ley de la horqueta, o contra don Tadeo, y verá si también va a templar a la cárcel, en donde se hallan presos actual mente su criado y su perro....

-¿Mi perro? ¿Preso mi perro?

-Sí, señor, yo para qué le voy a mentir; y a Manuela la tengo escondida porque la quieren meter al cepo, y si me la cogen, ya sabe que hasta Guaduas va a parar, porque todas estas son tramas de este judío de don Tadeo, que ahora acaba de salir de aquí. |Ñuá Remigia la mujer del sacristán, me ha impuesto de muchas cosas que yo no sabía, y me ha dicho que la revolución ha sido una trama para coger a Manuela. A mí se me estaba poniendo; pero no creía que este encuevado fuese tan afortunado que todo le saliera tan bien.

-¿Conque la revolución ha sido aquí?

-Sí, señor, en la calle del Caucho; pero eso daba miedo.

-¿Y por qué se comenzó?

-Por la marrana, señor, por la ley de la horqueta; y para eso que usted mismo fue el que publicó esa ley.

-¡Pícaros!

-Y ya le digo que su criado y su perro están en la cárcel.

-Pues venga, dígame lo que hay; pero con orden y con claridad.

Cerró la puerta de la sala doña Patrocinio; miró para el patio, luego se entró a la alcoba y, sentada en la cama, comenzó a decir a su alojado todo lo que hubo en la pelea de por la mañana, sin omitir las desvergüenzas y los oprobios que se habían dicho; pero todo en voz baja y temblando, y atisbando no la fueran a oír. Y después que hubo acabado, le dijo don Demóstenes:

-¿Y ese don Tadeo qué casta de pájaro es?

-Es una buena pava, señor don Demóstenes

-¿Es liberal o conservador?

-Casi no lo puedo decir. El echa contra los ricos, contra los curas, contra los monopolios, y todos los lunes predica en la calle y en el cabildo en favor de los derechos del pueblo.

-¡Liberal legítimo!

-Y cuando estuvieron las tropas del general Melo en la cabecera del cantón, él les mandó a avisar en qué haciendas habían de coger bueyes y mulas y pailas de cobre.

-¡Draconiano! ¡Partidario del ejército permanente, de la pena de muerte, de las facultades omnímodas del Poder Ejecutivo, del centralismo, de la teocracia a medias y de los códigos fuertes! ¿De dónde salió ese su jeto que ustedes tánto veneran?

-Vino en clase de peón, de los cantones de más allá de la sabana. Al principio trabajó en la hacienda de don Blas, después se vino a vivir a la parroquia y se ocupaba en hacer boletas de |compariendo.

-¿De comparendo?

-Eso es, de comparendo; y luégo comenzó a escribir documentos; y luégo a sacar las listas del trabajo personal y de las elecciones, mordiéndoles a los jueces y alcaldes más de lo que valían; y luégo se hizo director de los jueces y en este oficio empezó a ganar más plata enredando a los vecinos con alegatos y pleitos; luégo se hizo director del cabildo y quedó mandando en todos los asuntos de la parroquia. Pero no paró en eso, sino que se los fue ganando a todos poco a poco, a unos porquel necesitaban para que los sacase con bien de sus empeños, a otros para que les ayudase a hacer sus picardías, y otros se iban con él por el miedo; de modo que vino a lograr tenerlos a todos bajo de su dominio. Y lo peor es que es el único que en tiende y registra la Recopilación Granadina. De modo que hoy el señor don Tadeo entiende en elecciones, cabildos, pleitos, contribuciones y demandas; pero sacando de todo su tajada, y haciendo que le sirvan de balde los que le necesitan; y todavía no es eso solo, sino que don Tadeo interviene en los testamentos, y en los casamientos, y en las peleas de las familias, y en los bailes, y en las fiestas y en todo. Todo esto se le pudiera aguantar; pero ha de saber el señor don Demóstenes que el mismo partido que tiene entre los hombres, quiere tenerlo entre las muchachas del pueblo; y su empeño es que todas ellas mayormente las más bonitas, estén sujetas a sus antojos. De unas consigue todo lo que quiere, como de la Cecilia, la hija de la vieja Sinforiana, y lo consigue con su poder y con sus intrigas. A las que lo aborrecen las persigue y las tiraniza para salirse con sus intentos. Y esto último es lo que está sucediendo con Manuela, que ya la tiene aburrida con leyes del cabildo para perseguirle sus animales, y armando peleas en los bailes, desterrándole al novio, poniéndonos sobrenombres a todos los de la casa, y haciendo que nos insulten y nos inquieten las mujeres de su partido. Para todo esto tiene él testigos falsos, y espías, y brazos secretos, y sabe falsificar todas las letras y las firmas, y sabe hacer y desbaratar los sumarios del modo que le tiene más cuenta, y está al partir de un confite con don Matías Urquijo que, según dicen, es el que gobierna la junta |cuatrera que ha hecho tanto ruido en este cantón.

-¡Un Rodín de parroquia! exclamó don Demóstenes, un Rodín liberal, porque hay Rodines liberales y conservadores. ¡No está la parroquia mal encabada!

-Un gamonal, es como lo llaman; y para esto que se le metió de suegra la vieja Sinforiana, y ella le ayuda en todo lo que puede, con las dos hijas, que son el puro Patas, porque como dice el dicho: «de tal palo, tal astilla». Como la vieja |Injuriana no hay un demonio igual ni en los infiernos. ¡La llaman la Víbora, por que tiene unos dientes, y una lengua, y unos artificios!... Tiene un salvaje de marido que lo tiene embobado, pues dicen que de noche lo arropa con su mantilla así que se duerme, y por eso no hace sino lo que ella le manda. Ella contrata destajos de deshierbas o siembras en las haciendas, y los hace trabajar como esclavos, a él y a dos hijos y a la hija Pacha, por que la Cecilia corre de cuenta del gamonal. Siempre verá usted que la Víbora se junta con muchachas bonitas, y con ellas se va a visitar a los dueños de tierras a sus trapiches.

-¡La señora Rodín! dijo don Demóstenes, ¡no está mala la pareja!

-Para que usted vea lo que es la Víbora y lo que es el señor gamonal, le contaré lo que ambos hicieron con la niña Simona.

-Me tiene usted con cuidado con esta gente.

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