INDICE

EL MERCADO
 

(DE LA MANUELA)
 

El huésped de la señora Patrocinio se despertó muy afanado, a causa de un tropel que sintió en los corredores, y a pocos instantes vio por entre las cortinas una luz que vagaba, y oyó los pasos de una persona que cruzaba la sala. Quedóse esperando los resultados de una invasión, atrincherado entre sus cobijas y sus almohadas, a tiempo que se le apareció Manuela, saludándolo con estas palabras:

-Vengo a ver qué se le ofrece, porque me voy.

-No sé; siéntate y me dices qué novedad tenemos.

-¿Cómo qué novedad?

-¿No eran ladrones?

-¿Luego usted los teme?

-No me gustaría que cargasen con la escopeta, el reloj y los baúles.

-¿Luego usted no dice que lo superfluo es para el que más lo necesite? ¿Para qué quiere reloj, si hay alguno que no tenga cuatro camisas para mudarse?

-El principio es corriente; pero que comiencen a practicarlo otros, porque una cosa es con guitarra y otra es con violín

-Sí, señor, una cosa es cacarear y otra poner el huevo. Por eso es que no les creo a los que hacen mucho alboroto. ¿Conque no sabe que me voy?

- ¿A dónde, Manuela?

-Al mercado; ¿no me dijo que le avisara?

-Pues espérate, que te voy a encargar algunas cosas.

¡Qué descansos los suyos! ¿No ve usted que ya quiere amanecer y si uno va tarde en estos mercados del San Juan, ya halla todo caro?

-¡Pero si no me acuerdo!

-Pues entonces hasta luégo.

-No te vayas: ¡Míra!

-Es el susto que no le deja acordar; diga pronto porque me voy.

- Ya me voy acordando un frasquito de tinta para escribir.

-¿No más?

-No se qué otra cosa.

-Pues diga, pero no me detenga

- ¡Ah! Los papeles del correo.

-Hasta luego, don Demóstenes, que ya me amanece.

-Que te vaya muy bien; que no te dejes engañar ¿eh?

-No es tan fácil tragar entero.

-Verás cómo me sales con tinta blanca, o semi-blanca, después que te haya jurado el mercader que es la tinta más negra, con la que escribe el emperador Napoleón.

-¡Hasta luego, que me piense mucho!

Se persignó Manuela, y montó en enjalma en un macho que don Eloy le había prestado, y al fresco delicioso de la mañana emprendió su marcha al mercado de la cabecera del cantón.

Pachita corrió ese día con el cuidado del alojado; pero éste, que no se acomodaba en casa cuando estaba ausente la festiva y servicial Manuela, se contentó con hacerle de paso algunos cariños a Pachita, y se fue después de almorzar a casa de Marta, pasó allá la mayor parte del día, conversando, leyendo, señalándole a Marta las láminas de los «Misterios de París» y recitándole versos de algunos autores selectos como Espronceda y Zorrilla. De manera que gastó un poco menos de siete horas en dos visitas, una antes de la comida y otra después, recostado en los juncos de la cama del pan, cuando se cansaba de estar en la hamaca, siendo de advertir, que en la casa de Marta estaban ese día de amasijo, y que el dueño de casa se había ido al mercado a comprar hierro, acero y algunos preparativos para el San Juan.

Marta era la tercera notabilidad de la parroquia, después de Manuela y Cecilia. Era blanca y tenía el pelo rubio, hermosos ojos negros y admirable cuerpo. Tenía genio alegre y se reía de todo, porque jamás estaba triste. Nadaba muy bien, bailaba con perfección y era afamada para el canto de las canciones populares. Su traje era el mismo de su prima Manuela: camisa bordada, enaguas de cintura y pie descalzo. Visitación, su madre, era hermana de la señora Patrocinio. Marta sabía leer y aunque era más verbosa y locuaz que Manuela, no tenía la gracia de locución de ésta, que había adquirido por herencia y algún tanto por trato el estilo de las hijas de Llano-grande, que se expresan por medio de imágenes y figuras rápidas y bellas, y con frases de una naturalidad y sencillez que les ha hecho gozar de bien merecida fama. Sin embargo, la conversación de Marta era entretenida y aun solicitada de los hacendados, de los forasteros y de los estancieros, entre los cuales había uno que, según decían, la quería con buenos fines, y tenía bestias y buena estancia.

Marta había leído «El Compadre Mateo», que le prestó don Alcibíades, cuando estuvo en la parroquia, «El hijo del Carnaval» y «La Lechera», que le había dado don Leocadio; sabía retazos de las cartas de Eloísa y Abelardo, que le regaló don Cosme; había conversado con gente despreocupada y poco escrupulosa, y era, por consiguiente, la ilustrada de la parroquia. Se le escapaban algunas burlitas acerca de las velas que llevaban los estancieros a la iglesia, de la bendición de las semillas el día de la Candelaria, y de las pesetas de los responsos; y es seguro que de aquí, tenía que pasar Marta a la crítica sobre la prisión de Jonás dentro del vientre de la ballena, sobre el agua que salió de la piedra tocada por la vara de Moisés y de aquí a la vergüenza de someter el entendimiento a las decisiones de un papa que vive tan lejos de la Nueva Granada. Sus lecturas y la conversación con personas interesadas en |ilustrar, la parroquia, todo tendía a irla desprendiendo de creencias que la hacían mirar como supersticiosas, mediante la docilidad con que oía hablar sobre estos asuntos; lo difícil era saber a dónde iría a parar la despreocupación iniciada por los buenos apóstoles de la civilización. Don Demóstenes pasaba ratos muy agradables a su lado. Para comer y para almorzar hubo que llamarlo repetidas veces el día en que le hizo la visita de que se ha hablado.

Eran las ocho, y doña Patrocinio estaba muy inquieta por la tardanza de Manuela, esto es, por los riesgos de una caída, o de la mordedura de una culebra, que por lo que era su honor, ella no temía, porque su hija era como las señoritas yankees, que cuidan de su |yo por sus propios esfuerzos sin necesidad de guardias de corps ni de muros, cerrojos o llaves. De golpe oyó un canto lejano la señora y conoció que era la voz de Manuela, como la clueca conoce los chillidos de sus pollitos. La nueva se divulgó por toda la casa y pronto estuvieron en la sala todos los interesados inclusive don Demóstenes, que deseaba ver los periódicos de la capital.

Cuando estuvo Manuela en la puerta, trató don Demóstenes de auxiliarla galantemente; pero no teniendo las nociones comunes de la |encomienda, la |reata y el |lazo jurado o de |petacas, tuvo que ceder el puesto a Fitatá, que se portó mucho mejor. Después del saludo general, Manuela comenzó a abrir los costales, se sentó junto a doña Patrocinio en la mitad de la sala y tras de un corto preámbulo comenzó a hacer sus cuentas, entre tanto que doña Patrocinio pasaba granos de maíz de un pozuelo a su regazo.

-¡Ah cosa chinche que es hacer mercado! dijo Manuela desatando unos talegos; ¡y el sol que estaba como candela! Estoy cansada como si viniera de España. Aquí está la carne, que me costó a diez y ocho, pero es sabanera legítima y de |aújas que es la que más le gusta a don Demóstenes; arracachas unas cuatrico por dos reales, y los cominos a dos cartuchitos por un cuartillo. La sal a catorce, cada día más cara y en la Gaceta dijeron que la iban a dar barata para favorecer al pueblo: ¡lo que defienden al pueblo! En otro tiempo dicen que tenían hornadas los indios de Nemocón y los pobres de Zipaquirá, y don Tadeo dice que si hay por fin federación, la salina no ha de ser para el gobierno general, sino para la provincia de Bogotá, para que la federación sea completa. Ya no había lechugas ni coliflores, porque llegué tardísimo; que aguante don Demóstenes, a ver para qué me detuvo esta mañana. Ese repollo me costó tres cuartillos, pero le encimaron dos alcachofas. Tóme, don Demóstenes, sus papeles que me dieron en el correo, y la tinta, que la compré en la tienda de don Florencio: esa fue otra tardanza, porque ¡ah hombre conversador, Ave María!

Don Demóstenes se puso a leer «El Tiempo» y el «Neo-granadino», meciéndose con lentitud en la hamaca, entre tanto que la entrega seguía adelante.

.-Traje media arroba de arroz y por |aínas me lo derraman, porque se armó una pelea de lo más grande, por un medio de chivera, que les querían meter a los calentanos, y ¿qué será cuando se publique la ley que esta componiendo don Demóstenes para que todos hagamos nuestra plata en la casa, con las marcas que más nos agraden? ¿Qué harán las indias para no dejarse engañar de los bribones?

-El pueblo tiene un instinto para conocer sus intereses que nunca lo deja equivocar, refunfuñó el huésped desde la hamaca

-Los huevos a tres al cuartillo y las cucharas de palo para la tienda también a cuatro. ¿Qué les quedará a los indios de Guasca y Guatavita que las hacen y que las traen y después de haber vendido sus tierras por chicha, o por plata para beber chicha? Don Eloy alegó por sacar un colador en medio real, hasta que me cansé de esperar y yo saqué el compañero por tres cuartillos; ¡pobres indios! y la mujer de don Matías compró el otro, y está muy sonado por allá que en la Hondura hay sesenta mulas robadas. El sombrero de Pachita me costó tres pesos y medio, y gracias a que mi prima Marcela me ayudó a alegar, y está tan hermosa que hoy tuvieron que hacer todos con ella, y viene también a las fiestas.

-¿A posar aquí? preguntó don Demóstenes sin quitar los ojos de la lectura.

-Ella posa en la casa de mi tía. Se vienen don Florencio y don Pascualito y todos los músicos.

-Pero esos no posarán aquí, dijo don Demóstenes y siguió con su lectura.

-Muy soñadas están las fiestas. El doctor Ramírez estaba comprando manzanas, me regaló una y le mandó esta otra a mi prima Marta, y el también viene a las fiestas; ¡tan bueno que es el cleriguito! ¡Conque me dio la mano en toda la mitad de la plaza! A dos al cuartillo compré las manzanas, porque le gustan a don Demóstenes, al horno y con almíbar. Estas son aparte, que les traje a todos. Alcáncemele esa a don Demóstenes; pero no es para que la regale. Quien sabe si los encargos no les habrán gustado, porque es una cosa difícil comprar al gusto de cada uno, y como dice el dicho: «cada uno para sí y Dios para todos».

-¿Y los fósforos? preguntó doña Patrocinio como asustada.

-En la última tienda los vine a comprar, porque ya se me había olvidado. Aquí en el seno los traigo, con una carta que me dio el administrador, al pasar, para nuestro alojado.

-¿Y si se hubiere prendido? dijo doña Patrocinio, en tono regañón.

-Lo habría sentido por la carta.

-¿No más? dijo don Demóstenes.

-¿Luego qué más? dijo Manuela.

-¿Las famosas arandelas de la camisa bordada?

-¿Luego yo venía dormida? ¡Míren qué cosas! Al señor |Ayacucho también le traje un bizcocho para que vea que no lo olvido.

-Eso es porque el que quiere a San Roque quiere a su perro, dijo Pachita, y se fue a guardar su sombrero, y don Demóstenes también se fue a guardar sus encargos, después de repetirle sus agradecimientos a la recomendada, y parecía que todos habían quedado contentos.

Después que se terminó la cuenta y recibió Manuela al aprobación, se fue con su adjunta a poner en orden todas las cosas en la despensa, donde se hallaban las otras provisiones que eran del distrito, como los plátanos y las batatas, y habiendo llegado cansada se fue a acostar primero que las demás.

Pasada la media noche sintió doña Patrocinio en la alcoba de su alojado, ruido del catre y algunos suspiros y despertó a su hija mayor para que fuese a ver qué era lo que había. Manuela se acercó sin que la sintiese don Demóstenes hasta muy cerca de su cabecera, y le preguntó:

-¿Está desvelado? ¿Lo han picado los chiribicos? ¿Le sacudo la cama?

-No tengo nada, le contestó el bogotano, y volvió la cara para el lado de la pared.

- ¿Tiene calentura o dolor de cabeza?

-¡Nada! ¡No tengo nada!

-¿Cómo estaba delirando?

-Estaría soñando.

- ¿Tiene alguna pesadumbre? ¿La carta le ha traído malas noticias? Se me pone que esa carta es de su catira y que le dice que ya no lo quiere porque habrá sabido algo de por aquí, o porque otro cachaco lo habrá rivalizado.

-¿A mí? Esa señora ha nacido para quererme a mí, y solamente a mí. Fue que le dejé una prohibición para venirme y ahora sale con que no la ha cumplido.

-¿Le mandó que no callejeara, que no se pusiera maja, que no bailara mientras usted estaba por aquí pasando trabajos, y no le ha obedecido?

-¿Ella? No pienses que es una casquivana. En cuanto a dignidad no tengo que tacharle lo más mínimo, es de una educación y de una hermosura que no hay igual desde Nueva York hasta Bogotá. Es el conjunto de todas las perfecciones; pero ¡ay! que la sotana todo lo mancha, todo lo corrompe!

-¿Celos, don Demóstenes?

-¡No, Manuela! Porque no hay otro mortal que la merezca, sino yo. No es nada de eso.

Léame la carta, que me están dando ganas de oírla.

-¡Qué pretensiones las tuyas! ¿No sabes lo sagrada que es una carta entre amantes?

-Yo lo sé, es que usted se apoderó de una carta de mi amante, y la leyó, y como sé lo que usted respeta la igualdad, creo que usted se halla obligado a leerme la carta de su querida de Bogotá.

-¡Qué despropósitos los tuyos! No hables de esta carta escrita con el veneno más activo del fanatismo, y que a un mismo tiempo me enternece y me llena de ira.

-¿Y me la lee?

-¡Vaya que eres impertinente!

-¿Ni aun me dice qué noticias son las que le pone la señorita?

-Es esto. Ahora verás que tengo razón de delirar, de maldecir y de volverme loco, porque la verdad te digo que arde un infierno en mi pecho.

-¡Jesús María! No diga eso, cristiano de mi corazón.

-Yo estaba persuadido que ese dechado de virtudes no tenía otro efecto que la gazmoñería de que adolece toda la familia, y la antevíspera de venirme estando en La Esmeralda, que así se llama la hacienda de su padre, le expliqué mis ideas sobre la teocracia, sobre el matrimonio católico, sobre la autoridad del Papa, sobre la manía del rezo y los sermones y las confesiones de las bogotanas y le dejé prohibiciones expresas sobre estos puntos; y ahora me sale diciendo en su carta que oye misa, que se confiesa y que se quitó el bello nombre de Celia, para ponerse un nombre de calendario, que es la lista de los más famosos ilusos que se han conocido en el mundo.

-¡Vea usted!

-Y para colmo de la mengua que me cubre a mí, se ha echado de beata.

-¡Una santa! exclamó Manuela.

-¡Ahora me dirás si no tengo razón en abjurar de su amor, si no se arrepiente, si no me da satisfacciones.

-¿Y por qué no quiere usted que sea santa? ¿Le daría menos qué hacer si fuera una incrédula que no pensara más que en el lujo, y en el baile, y en la ventana, y en la vagabundería? ¿No es usted tolerante? ¿Por qué no la deja que se vaya al cielo después de haberlo querido a usted, y que se vaya al cielo del modo que mejor le parezca? Si a Dámaso le diera por rezar y confesarse, yo me lo alegraría infinito, porque sé que el cura no le había de mandar que quisiera a otra, ni que malbaratara la plata, ni que me tratara mal después que nos casemos. Conque no se eche a la muerte, don Demóstenes, porque su novia sea santa y se haya vestido de beata. Duerma y déjese de cavilar.

-¿Dormir? ¡Imposible! Trato de aquietarme, y se me aparece una fantasma que me llena de espanto.

-¡Aquí nunca han asustado!

-Es la sotana, Manuela, es el confesor, es la potencia interventora, y tú sabes que donde hay intervención extranjera ya no hay soberanía. ¿Qué sería del |yo con los preceptos de un confesor? ¿Qué sería del amor mismo donde el ascetismo religioso imperase por unos días? ¿Infierno y amor? ¿Placeres y penitencia? ¿Esperanzas de un edén y temores de un infierno? ¡Oh, que todo esto no cabe en un solo corazón ni con todas las argucias de los teólogos y canonistas, y un corazón tan tímido, tan inocente, tan puro como el de Celia!.. Que escoja o el confesor o yo; porque el fuego y el agua no pueden estar juntos...

-Pues si le parece tan mala, tal vez sí sería bueno que usted la dejara.

¡Pero tan linda! dijo don Demóstenes mirando el retrato de la señorita, que estaba sobre la carta. ¿No ves, Manuela? ¡qué facciones, qué pelo, qué garganta! ¡qué boca! ¡qué ojos! ¡Oh! ¡es para volverse uno loco!

-Pues mire, entonces lo que ha de hacer es escribirle una buena carta, muy cariñosa.

-¿Y mi dignidad?

-Pero ya ve: santa y linda, ¿qué más se quiere? Y que ha de estar usted en que mi |sia Clotilde está medio enajenada; y por lo que hace a Marta, no le aconsejo que siga entretenido con ella, porque cuando deja usted de estar conversando con ella en la tienda, le sigue uno de alpargatas, que vale menos que usted: pero es la verdad, que él tiene el mismo derecho que usted para estarse en la tienda, y más, porque se pone a tocar el tiple.

-jAh sí! los tiples que los aborrezco como un medio de oposición contra mí, y lo peor es que aquí no hay policía, porque……

-Sí señor, porque la libertad de dormir debe respetarse tanto como la libertad de tunar, como decía don Alcibíades cuando estuvo posado aquí y lo molestaban con los tiples de mi tienda.

Don Demóstenes estaba recostado contra la pequeña baranda de su catre, que yacía apegado a la pared, tenía la cara levantada y el pelo todo erizado; la camisa la tenía caída hacia atrás y se le veía palpitar el pecho con suma agitación. Manuela estaba sentada cerca del catre, y le decía:

-Procure aquietarse, don Demóstenes, que está como acalenturado; no cavile más en la carta ni en la sotana, mientras le voy a traer una agüita.

Salió Manuela con su cabo encendido, rodeado de un pedazo de papel, se fue a la huerta a coger unas hierbas, y luego que echó agua en una vasija, la puso en donde prendió carbones con la misma vela, y presto resonaron las piezas vacías, las de los sanos y la alcoba del enfermo con el ruido melancólico del fuelle, que se oye con angustia y pena en algunas de las horas más silenciosas de la noche en todas las casas donde hay enfermo. Manuela bahía puesto el cabo en un candelero de barro, y aquella luz pálida que se regaba por los corredores y el patio, le daba a ella el aspecto de una pintura lastimosa. Ella era compasiva en las desgracias, así como era burlona en las horas en que se trataba de chanzas y palabras ociosas.

Cuando sonó el agua agitada en el primer hervor, la echó en una taza, la enfrió un poco, le puso dulce, la probó y se la llevó al enfermo, al cual dijo con dulce y agradable voz:

-Tome, don Demóstenes, bébase esta agüita, pero bébasela con fe y no deje nada en el vaso.

-¡Mil gracias! Siento que te hayas molestado.

-No me molesté, don Demóstenes; la cocí con mucho gusto: lo que deseo es que le haga provecho.

-Se tomó don Demóstenes el agua; le preguntó después de qué era, y la caritativa joven le contestó:

-Es agua de una ramito de toronjil de la huerta, y de dos clavelitos de los que traen los indios al mercado, que me los encimaron hoy en donde compré las cucharas de palo. Arrópese y estése quieto y verá cómo se alienta.

Don Demóstenes se sonrió, y éste fue el primer síntoma de su mejoría. Una sonrisa en los tiempos comunes no tiene mérito; pero una sonrisa recabada de los labios que han pronunciado la maldición de los celos y que han protestado contra el amor, es una conquista de un mérito infinito.

-Dios quiera que amanezca bueno y que no vuelva a enfermarse, dijo Manuela a su huésped, y se fue a acostar.

Don Demóstenes se alivió muy pronto, bien fuese por virtud del agua o por los consejos de su casera; logró dormir las últimas dos horas de la madrugada, y cuando se levantó, pensó en estrechar su amistad con la familia del Retiro, se fortificó hasta donde pudo en la idea de que Clotilde lo tenía cautivado, y se dedicó a pensar en sus ojos negros, y cuando venían a rivalizarlos en su imaginación los azules de Celia, desechaba la imagen como un bello fantasma que lo venía a atormentar. Ayudábanle a conjurar este recuerdo los pasatiempos de la escopeta, los viajes a las estancias de las bellas hijas del pueblo, y el ajedrez y las damas en la casa del Cura; hizo una segunda visita sin baquiana a la hacienda del Retiro; y aunque se perdió en el camino, y aunque no pudo hablar a solas con la señorita, sus miradas le parecieron consoladoras, y su misma dignidad le pareció un buen presagio para sus amores.

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