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LECCIONES DE BAILE
 

(DE «LA MANUELA )
 

Cierto día había vuelto don Demóstenes a su posada muy aburrido porque no traía mas caza que una tomineja del tamaño de una avellana que se hubiera podido confundir con una mosca de las mayores a pesar de que estaba en la plenitud de su desarrollo. La hamaca era en estos casos el único recurso del caballero, y se dejó caer en ella de la misma manera que cae la palma de cuesco sobre las ramas de los árboles en los desmontes que llaman rocería en las tierras calientes de la Nueva Granada; y, afianzando su bastón en el suelo, como los bogas afirman la palanca, hacía que la hamaca se meciera constantemente. Convertido en un bajá de Constantinopla, recibía la poca brisa que cruzaba por las dos puertas de la sala, y tal vez se imaginaba huríes, como los hijos del profeta de la Turquía, pues en la tierra caliente la hamaca equivale a los cojines mullidos, a la dulce embriaguez de la pipa y a las ilusiones suscitadas por el opio de los orientales.

Una hora entera llevaba don Demóstenes de estarse meciendo en su grande hamaca corozaleña, sin leer, sin hablar, sin mirar a los que pasaban por la mitad de la sala, a tiempo que Manuela estaba aplanchando encima de la gran mesa central, que ella había cubierto previamente con sábana, frazada y sobrecama; viendo triste a su huésped quiso usar de su lenguaje blando y elocuente para sacarlo del estado de inacción en que se hallaba. La voz de Manuela era dulce y sus frases tenían la fuerza y los adornos de locución de las hijas de los llanos del Magdalena, que expresan mejor una idea que los estudiantes de retórica de los colegios, y se le dirigió en los términos siguientes:

Señor don Demóstenes, ¿en cuál se quedó pensando, en la catira de Bogotá, o en la pelinegra del trapiche del Retiro?

-¿Por qué me lo preguntas? contestó el caballero como sorprendido.

-Porque ya va para media hora que ni los mosquitos lo hacen mover; y que hoy es cuando se les ha metido picar sin lástima.

-No es sino que la hamaca me tiene encantado.

-Y ahí verá que no debía quererla, porque ustedes liberal.

-¿Y qué pitos toca la libertad con la hamaca?

-¿Luego no sabe usted que la hamaca es el puro centralismo, estando en la mitad de la sala como la suya, haciendo estorbo a los que pasan?

-¡Vaya una ocurrencia! dijo don Demóstenes mirando a Manuela riéndose de su sencillez.

-Pero como no es eso sólo, dijo la casera, sin cesar de mover la plancha por encima de una levita blanca de su huésped.

-¿Y qué otra cosa es?

-Que usted echa a pasear la igualdad cuando se apodera de la hamaca en esta casa o en la de mi prima.

-¿La igualdad?

-Sí, señor, la igualdad; porque todos los demás estamos fregados en los poyos o los escaños, mientras que usted se está meciendo en la visita, acostado muchas ocasiones, y ya ve usted que eso no se puede llamar igualdad. Y si entran las señoras a ese tiempo, yo no sé cómo se entienda usted con ellas.

-¡Oh! pues entonces me levantaría.

-Eso tampoco se conviene muy bien con la igualdad de que usted nos habla; pues querría decir que a nosotras se nos debe tratar poco más o menos y usted nos ha dicho que todos somos iguales.

-¡Ah! pero era porque estábamos hablando de la igualdad de derechos, me parece.

- ¿Entonces no hay más igualdad que esa igualdad de derechos que usted dice?

-Pues sí hay: la igualdad social; pero tiene sus excepciones.

-¿Igualdad y excepciones? ¡está muy bueno!

-Es que una cosa es con guitarra...

-Entonces diga usted que una cosa es cacarear y otra poner el huevo; una cosa es hablar de igualdad y otra sujetarse a ella.

A este tiempo hubo una novedad muy grande en el puesto central de don Demóstenes. La marrana sintió por la calle algún ruido que le convenía, y sin acordarse del gran estorbo de la horqueta a que estaba condenada por la ley del supremo Cabildo del 18 de mayo, se salió por la sala y metiéndose por debajo de la hamaca, le causó fuertes molestias al centralista en las espaldas con los palos y con el espinazo; pero en eso no paró todo, sino que viendo el burro carguero el buen éxito de la marrana, se alegró y emprendió la carrera, a la voz de un rebuzno, y al pasar por debajo de uno de los lazos, dio un empellón tan recio al tranquilo huésped, que si no se coge con viveza del costado de la manta va a dar al duro suelo. Manuela se asustó: pero luego que pasó la sorpresa, y que se enteró de que a don Demóstenes no le había sucedido nada, no pudo menos de reírse como era natural, y cerró la puerta del lado de la calle, para evitar la segunda pasada.

-¡Oh Manuela! le dijo, don Demóstenes a su casera, que estaba tocando la plancha con el dedo mojado en la saliva de su linda boca, para examinar los grados de calor que tuviera; tú has visto cuál ha sido mi castigo por un solo pecado de centralismo; pero te intereso muy seriamente para que cesen todos estos desórdenes, pues el derecho de colgar mi hamaca...

-Pierda cuidado, que no volverá a suceder nada, contestó Manuela.

Volvió a quedarse callado don Demóstenes y con mayores trazas de melancolía, y viendo Manuela que no volvía la cara para donde ella estaba, a pesar de sus golpes repetidos con la plancha, ensayando por segunda vez el modo de hacerlo entrar en conversación, le dijo estas palabras:

-¡Hola! se me pone que la carta que le entregaron hoy le trajo alguna mala noticia de la familia, según está usted de afligido.

-¡Ah! ¡no! Era sobre negocios.

-¿De alguna rueda de agua, o sobre el cuido de las avecitas, o sobre qué cosa? dijo Manuela, saliendo a remudar plancha en el corredor en donde tenía su brasero.

Manuela sabe algo sobre la carta de Clotilde, dijo don Demóstenes a sus solas, y este también es un mal precedente.

-¿Qué es lo que le está pasando, que ya conversa solo, como los jubilados? preguntó Manuela al caballero, entrando con la otra plancha.

-Es que quiero morirme.

-¿No le da susto?

-¿Pero de qué? La muerte es un hecho común, es el último sueño, y nada más.

-¿Y la cuenta de nuestras buenas o malas obras?

-A mí no me tocan esas cuentas; y te encargo que hagas llevar a la estancia de Dimas, al pie del botundo que corona una colina desde donde se ve la parroquia, y que allí me entierren, al lado del arroyo que corre por debajo de los pabellones del batatillo y ojo de buey, formando una música con su eterno susurro, de lo más aparente para los sepulcros; y dejo dispuesto que me siembre Pía una mata de siempreviva al lado del mío.

-Y dormido con el último sueño ¿qué se suple con la música del arroyo, ni con la vista de la colina? ¿no será mucho mejor que lo entierren en el cementerio bendito, con su cruz encima, igual a la que se pone sobre las sepulturas de todos los cristianos? ¿No se ha de volver tierra como todos los hijos de Eva?

-Así es, Manuela, dijo don Demóstenes, con un suspiro; pero no sé si es por un sentimiento de orgullo, o por algún presentimiento de inmortalidad, o qué sé yo; pero lo cierto es que todos deseamos que duren nuestras reliquias entre los vivos, y que se noten con epitafios, o con mausoleos, y con árboles funerarios como el ciprés.

-Pero al fin, ya verá que ricos y pobres se vuelven tierra, y que las señales que dejan los ricos también se acaban algún día para que haya igualdad, porque esa sí que es la igualdad legítima. Y lo mejor es que, siendo usted tan alentado, y tan buen mozo, y tan formal no se desee la muerte.

-¡Gracias, Manuela! Pero has de saber que la tumba con sus adornos tiene una poesía que me encanta.

-¡Ojalá vaya a hacer la tontera de matarse usted mismo! Ni mucho menos por alguna que cuando lo sepa, se encoja de hombros y nada más. Ya usted ve que las mujeres aguantamos calladas cuando hay alguno que nos quiera querer. Conque déjese de suspiros y de pesares por la niña que le mandó esa carta y no se deje morir hasta después de San Juan, con eso bailamos los dos un buen |bambuco, o un buen |torbellino, o una |caña aunque sea.

-Todo eso es colonial y muy retrógrado, según vi la noche de la pelea de José. El bambuco me pareció el juego de las escondidas, sin el buen resultado de coger a la persona escondida; el torbellino me pareció baile de piscos o pavos, todo con algunos amagos de ataque, pero con mucha distancia de las fuerzas beligerantes, que, si se llegan a arrimar, es a media vara de distancia lo cual es un oprobio para los adelantos del siglo XIX, en que la palabra |distancia no figura ya en los diccionarios, desde que Roma se ha ido a rendir a las puertas de París y Londres en fuerza de la invención del telégrafo eléctrico. Por manera que el retrógrado bambuco y el torbellino vetusto no hacen otra cosa que oponerse al espíritu del baile, que consiste en avanzar y estrechar la distancia de los corazones, y por consiguiente de los cuerpos, y me admira que tú, siendo joven y linda...

-¡Muchas gracias!

-Sí, Manuela, continuó don Demóstenes con algo de entusiasmo: la hermosura no debe estar en oposición con las luces del siglo.

Verdaderamente que Manuela estaba seductora ese día. Su brazo, no muy blanco a la verdad, pero carnudo y sombreado por el vello, se desplegaba con elegancia hasta la mitad de la mesa, llevando y trayendo la pesada plancha, de cuyos movimientos se resentía su delgada cintura; su pecho se avanzaba en ocasiones sobre la mesa, sin más adornos que su fina camisa de tira sencilla, y es sabido el influjo favorable de la naturaleza en todos los climas calientes para la conservación de la lozanía, aun en las mujeres de alguna edad; bien es que nuestra heroína no pasaba todavía de los 17. El rostro de color aperlado de la parroquiana estaba sonrosado ese día por el ejercicio y sobre todo por el brasero y la plancha, y la sonrisa habitual de sus labios brillaba en aquellos momentos sobre sus facciones, por el interés de cosolar a su huésped.

Don Demóstenes se había vuelto a quedar serio y se estaba meciendo en su hamaca con ese grado de pereza que es el opio del estanciero del Magdalena y sus llanuras cuando se mece en su propia hamaca, muy seguro de que el pescado solicita la carnada del anzuelo, que el venado busca la trampa de lazo y los vástagos de plátano |paren, según la metáfora de que usan los calentanos para expresar la fecundidad con que se multiplican

Viendo Manuela que los golpes de la plancha eran insuficientes para llamar la atención de su alojado, le volvió a decir:

- ¡Hole! ¿por fin su muere?

-Tal vez, le contestó don Demóstenes, sin volverla a mirar.

-Déjelo para después de San Juan, con eso bailamos bambuco hasta que nos sepa a feo.

¿Qué cuento es eso de San Juan, que todo lo que hablan es de San Juan, y lo que hacen es para San Juan, y vuelta San Juan y torna San Juan?

-¿Luego usted no sabe que ese día, nos volvemos locas de gusto?

-¿Y por qué ese día y no el 20 de julio, que es el aniversario de nuestra independencia?

-Porque ese día se recuerda a San Juan, que fue el que bautizó a Nuestro Señor Jesucristo

-Yo creo que en esta parroquia mezclarán mucha dosis de superstición y de fanatismo con ese recuerdo.

-Ya verá cómo usted también se vuelve loco de gusto ese día y grita con nosotras, y baila con nosotras, y se lava el cuerpo como todas nosotras.

-¿Pero bailar bambuco? ¡Imposible! ni mucho menos servir de estatua, de pedazo de alcornoque para que te hagas los entes de que estás bailando con tu novio.

-¿Pero cuál?

-No te diré fijamente; no te endulzaré los oídos, porque no lo conozco de nombre; pero un sujeto que te espiaba todos los pasos y movimientos la noche de la pelea de José y que vi yo retirarse en otra ocasión de tu tienda, ese es tu amante; y desearía conocerlo, porque lo vi disfrazado y no tengo de él sino una idea confusa.

-¿Y no es lo mismo bailar con cualquiera persona?

-¿Entonces cuando te saca un viejo barrigón como una tinaja, o uno seco y largo como un estoque, bailas con todo tu gusto?

. -¿Por qué no?

- ¿Y de dos jóvenes de los cuales el uno es bien feo y el otro buen mozo?

-Cualquiera.

-¿Y si te saca una mujer?

-¡Quién sabe!

-No hay quién sabe que valga. Yo por mí lo digo, que si bailo contigo en el San Juan será movido de tu belleza, de tus encantos, de ese conjunto de cualidades que te hacen la más linda de todas las muchachas de tu parroquia.

-¡Naaada!

-Sin lisonja, Manuela.

-Bueno, pero levántese de esa cama de pereza y salga a la mitad de la sala ahora mismo, y le explico el bambuco a la carrera para que lo vaya aprendiendo y en el San Juan lo bailemos juntos.

-Voy porque no digas que te desairo, dijo don Demóstenes poniéndose de pie y amarrando la hamaca por encima para que no estorbase.

-Mire, le dijo Manuela a su huésped: después de dar una vuelta en la mitad de la sala, alrededor de la pareja se va usted bailando por un lado y su pareja por el otro.

-¿Apartarnos? ¡Oh, qué disparate!

-¿Cómo, pues?

-¡Unirnos, estrecharnos, confundirnos como la enredadera y el árbol que la sostiene!

-¿Pero, cómo se baila? Si en el bambuco los que bailan han de ir separados. . .

-Entonces el bambuco se debe desterrar de la sociedad actual, como el bolero y como todo lo que se oponga a las luces del siglo.

-Entonces no bailaremos los dos en el San Juan.

-Bailaremos |strauss o |varsovia, que son los bailes que están más en moda en la capital.

-¡Pero como yo no sé!

-Te los enseño

-¿Cuándo?

-Cuando se pueda; comenzando hoy: con medio cuarto de hora de lección será suficiente.

-¿Y su ropa a qué horas se la acabo de planchar?

-Otro día.

-¿Y música?

-José silba cuanto le manden, y sabe todos los toques de corneta.

Llamó don Demóstenes a su criado, que estaba limpiando la mula de silla en el corral y le mandó entonar el |strauss, imitando los golpes de la tambora sobre la mesa grande, condujo a su discípula de la mano y comenzó la primera lección.

Ten cuenta, le dijo, de llevar el paso de la manera que yo lo haga; pero brincando con aire, con elegancia y con mucha soltura sobre todo: porque es necesario comprender lo que es el espíritu del baile. Déjate de vergüenza por ahora, porque con ella no hay baile posible.

Manuela ejecutó la primera lección, y su maestro se quedó muy admirado de sus buenas disposiciones. Ella había bailado valse dos o tres veces.

-Ahora te dejas rodear la cintura con uno de mis brazos y me entregas una mano a todo mi albedrío

Don Demóstenes rompió el baile por la orilla de la sala, pero la discípula se resistía.

-No temas, le dijo el maestro.

-No ve que quedo sin libertad.

-Es indispensable.

-¡No se arrime tanto, por Dios!

-Es la naturaleza del |strauss.

-¿Qué hago yo? dijo Manuela, algún tanto sobrecogida de temor.

-Hay que tener fe en la doctrina, le dijo el maestro.

¡Huy! dijo Manuela, y salió corriendo a coger la plancha.

-¿Y eso qué es? dijo el maestro, tan serio como admirado de una defección tan a destiempo.

-¿Qué ha de ser? dijo Manuela, que yo soy la madre de las cosquillas, y así no puede ser; y menos tan de mañana. ¡Ave María!

-¿Y eso qué quiere decir?

-Que música, miel y ventana no pegan por la mañana, como usted lo sabe; y yo le agrego que ni amor, supuesto que el baile es amor, como usted lo decía no sé cuando.

-La adición del adagio es muy filosófica: se echa de ver que tienes talento; pero da lástima que no abjures de una vez de todas las ideas teocráticas y monacales de que está infestada la Nueva Granada.

-Yo digo que es cierto el adagio, porque cuando me levanto por la mañana, veo la cocina y la huerta, y me entrego a mis oficios tan sosegada, tan tranquila y tan inocente como para comulgar; en el día es que me asomo a la puerta de la calle y tomo dulce, la música es hasta la noche que me agrada con más veras, habiendo la ventaja de que la noche es tiempo desocupado.

-¿Y el amor?

-Pues es cuando hay más tiempo de conversar de esas cosas; pero yo lo que hago es suspirar y estar triste por mis desgracias y cavilar: hay noches que se me pasan en blanco.

-¡La ausencia del disfrazado!

-Ya dio usted en embromar con el disfrazado.

-Esa cuestión es separada y la dejaremos para después; ahora me permito hacer algunas observaciones sobre el adagio popular y sobre la nota tan filosófica que tú le has agregado. Es verdad que la mujer no es tan hermosa en misa ni en el estrado como lo es en el teatro o en el baile, aumentada su belleza con la iluminación; es evidente que el corazón palpita con mayor vehemencia tocado por las armonías de una serenata de media noche que por la música de los toros o de la parada; que el cachaco bogotano espera las horas de la noche para hacer oír a su amada los trinos de su bandola como lo hiciera con su laúd el castellano de la de la edad media; que la oscuridad misteriosa de la noche favorece más las citas de amor, que la luminosa carrera del sol; que en los desvelos de la noche se medita con más sosiego y más profundamente sobre la ausencia del esposo prometido; que las comunicaciones amorosas de las flores se verifican en el espacio de la noche: todo esto confirma tu aserción, pero eso no quita que bailemos media hora de día por vía de aprendizaje. ¡Aplícate, Manuela! Una muchacha linda como tú, redobla sus atractivos, con ser la primera pareja del lugar.

- ¡Ven a bailar, Manuela! repetía don Demóstenes, queriendo llevar cogida de la mano a su discípula, de las cercanías de la mesa grande hasta la mitad de la sala.

De repente lo encontró en estos empeños doña Patrocinio, que venia de la calle, y luego que fue informada de todo el asunto, dirigió la siguiente reconvención a Manuela:

¡Malhaya la chiquitica, que la pueden ojear por la gracia! ¿Conque ahora que pudiera aprovecharse de la ocasión se hace la remilgada? Entonces ¿cuándo se aprende todo lo bueno de la capital, para ir saliendo de las vejeces de la parroquia? ¡Lástima que Pachita se hubiera ido a lavar, que buenas ganas tengo de que don Demóstenes me la vaya enseñando!

-¡Pero si no me gusta! ¿Yo por qué gracia?

-A fe que si fuera un ruanón entonces sí no decías nada; pero como es un caballero noble el que te quiere enseñar, por eso sales ahora con tus fullerías. No seas tonta: déjate enseñar, con eso les echas cacho en las fiestas a la Cecilia y a la Liboria, que se han figurado que ya no hay otras mejores.

-Es lo que te digo, Manuela, agregó don Demóstenes; lo que se debe aprender es la varsoviana, el strauss y la polka, que son los bailes de alto tono, y dejarse de los usos retrógrados de los pueblos semisalvajes. No hay que poner estorbo a los adelantos del siglo

-Para que lo veas, añadió doña Patrocinio; y al caballero no debemos desairarlo siendo un señor tan amigo de nuestro bien. Sal a bailar y déjate de fullerías, que ya no eres tan chiquita.

No había palabras con qué resistir unas razones de tanto peso, y Manuela salió a recibir las lecciones gratuitas de su maestro.

-Ya tenemos mucho adelantado, dijo don Demóstenes; sobre el paso, los movimientos y el oído, no queda nada que desear. Ahora lo que falta es que Manuela salte con propiedad.

-Cogió don Demóstenes a su discípula como debía; José silbaba, doña Patrocinio daba palmaditas, y la pareja partió como un relámpago recorriendo un costado de la sala.

-¡Más aprisa! exclamó don Demóstenes, y ¡adelante! ¡adelante!

-Pero no me apriete, dijo Manuela en un tono muy deprecativo

-¡Más adelante ese brinco, y ¡adelante! ¡adelante!

-¿Más?

-¡Más, más, más!

-¡Pero cuándo más, don Demóstenes!

-¡Sí, más! ¡con entusiasmo, con fe, con energía!

Don Demóstenes estaba lleno de contento por los buenos resultados de su enseñanza; a más de eso se estaba inspirando con los placeres del baile; se hallaba tan cerca de su casera como no lo había estado nunca; sus manos estrechaban con dulzura los miembros palpitantes de una beldad y cuando inclinaba la cabeza al sonido de los compases, su barba se mecía por encima de la frente de su pareja, como las hojas de una palma sobre las hojas y flores de los árboles de su contorno; los ojos de Manuela brillaban sobre los suyos de una manera prodigiosa, la lección era una gloria; pero Manuela se retiró del puesto y la lección quedó suspensa.

¡Qué lástima que no hubiese allí otros espectadores que doña Patrocinio, José y Ascención, que estaba parada en la puerta con el cuchillo cocinero en la mano derecha, y una papa en la izquierda, de la cual colgaba hasta el suelo un hollejo hábilmente sacado en forma de espiral!

Era de sentirse que pasase desapercibida una escena de baile europeo en una pequeña parroquia de las caídas de la cordillera oriental de los Andes, cuando el profesor había tomado sus lecciones del arte en París y Nueva York, y las utilizaba civilizando una belleza del pueblo descalzo

-¡Caramba con el baile! dijo Manuela. Lo que hay que admirar es que bailen así en las ciudades en que hay tanta sabiduría. A fe que las indias bailan la manta sin alzar casi los pies de la tierra. Como que las pobres son más recogidas en eso de baile, ¿no le parece?

-Vamos a repasar la primera lección, porque San Juan se acerca y será lo único que bailaré contigo.

-Sólo por eso, dijo Manuela, y salió al puesto.

Una vuelta por toda la sala habían ejecutado los bailadores, cuando Manuela se desprendió otra vez de las manos de don Demóstenes y se fue corriendo a meterse en la alcoba.

-¡Oh malditas cosquillas! gritó don Demóstenes, dando un zapatazo contra la tierra.

Don Demóstenes no había visto al señor Cura que había asomado a la puerta, y fue la causa de la carrera de la discípula.

-Entre el señor Cura, dijo doña Patrocinio.

- Mil gracias, le contestó el Cura; y después de todos los saludos y de tomar asiento en la hamaca a instancias de don Demóstenes, empezó la conversación diciendo:

-Parece que estamos de fiesta.

-Fue que se empeñó el señor don Demóstenes en enseñar a Manuelita algo de lo que bailan en Bogotá, dijo doña Patrocinio.

-Sí, señor, contestó don Demóstenes, enseñar al que no sabe.

-¡Pero el baile!.. dijo el cura.

-La escritura nos presenta el caso de haber bailado el santo rey David delante del Arca.

-Pero bailó solo, no por sensualidad sino por alegría de hallarse en la presencia del Señor. ¡Y lo que padecen las señoritas con estos bailes de ahora!

-¿Y si no padecen, señor Cura?

-Tanto peor para las señoritas; pero yo sé que hay muchas que sufren, y lo digo en honor de las señoritas en general.

-¿Es decir que el señor cura no baila nunca?

-Yo no sé la idea que el señor don Demóstenes tendrá del baile; pero yo creo que es impropio de un sacerdote.

-Esto va en los genios, dijo doña Patrocinio, porque el señor doctor Ramírez no se queda atrás de ninguno para un bambuco, ni para un valse, ni para un torbellino, y canta y toca que es una maravilla, y ha quedado de venir para el San Juan.

-Es en lo único que no me parece tolerante el señor Cura, dijo don Demóstenes.

-Yo tolero, señor don Demóstenes, pero expongo mis razones. ¡Ojalá que los reformadores y los novadores actuales y venideros me toleren a mí de la misma manera!

-Sin embargo, señor Cura; el sacerdote que exhorta que no se tome un manjar por dañoso, cuando él mismo se abstiene, no solamente le tolero, sino que le respeto sus ideas; usted tiene un pleno derecho a mis respetos. Un hombre virtuoso, instruído y humano tiene que ser apreciado en todas partes, mucho más en un desierto como éste.

Después de esto conversaron los dos personajes acerca de las excursiones a los montes, de las plantas curiosas y útiles y de las aplicaciones que se podían hacer en bien de la humanidad. Don Demóstenes era patriota y realmente humanitario; era un buen liberal y no perdía la menor ocasión de ser útil a la causa de la civilización humana.

Luégo que salió el Cura, preguntó don Demóstenes por su discípula, y doña Patrocinio le señaló el escondite con los ojos y la boca, y entrando el caballero en la alcoba, encontró a Manuela con la cabeza debajo de la almohada, y retirándosela con sumo respeto, le dijo:

-¿Por qué te escondiste, majadera?

-Por la vergüenza que me dio de que me hubiera visto el señor Cura dando brincos como loca.

-¿Y vergüenza por qué?

-¿Luego no sabe que es él quien nos dirige?

Don Demóstenes salió a la calle con dirección a la casa del Cura a recibir unas plantas de curare y de pionía para su colección de curiosidades, y Manuela siguió cantando y aplanchando.

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