INDICE

EL LAVADERO
 

(De «LA MANUELA»)
 

No hay pasión que tenga más alternativas ni peripecias que la de la caza. ¡Qué singularidades no encuentra el cazador en los bosques, en las pampas, a orillas de los arroyos, al pie de los peñascos y entre las grutas escondidas! la cornamenta de un venado puesta en los pilares de un corredor; el ave que adorna la mesa de un tirador de escopeta; la sarta de cráneos puesta en la choza de un calentano cazador de cafuches, ¿no son la historia de las más singulares aventuras?

Pero ninguno, exceptuando el iniciado en los misterios de la profesión, conoce aquellos momentos de abatimiento en que regresa el cazador con armas al hombro, triste por la esperanza burlada, después de tantas fatigas invertidas, de tantos goces malogrados en la infausta jornada. Como si cruzase entre los sauces del cementerio de Bogotá, andaba don Demóstenes entre los dindes y los michúes oscurecidos en parte por las bejucadas de carare y tocayá, siguiendo una trocha de madereros, en busca de cualquier ave aunque fuera un firigüelo, cuando llegó a sus oídos un canto del lado de la quebrada. Aunque la voz no era de los pájaros que buscaba, le llamó la atención; y con mil trabajos y agazapándose como el gato que se apronta para saltar sobre el incauto pajarillo, atravesó el enmarañado bosque hasta que se puso en un punto donde pudo ver perfectamente el ave que cantaba. Y vio que era una joven lavandera que divertía su soledad, soltando sus pensamientos y su voz, mientras concluía su tarea. Los pies desnudos entre el agua, el pelo suelto, y cubierta con unas enaguas de fula azul que bajaban desde los hombros hasta las rodillas (traje que en los valles del Magdalena y en los del bajo Bogotá se llama |chingado) y el cuerpo doblado para sumergir la ropa entre el agua; tal era el espectáculo que divisó don Demóstenes desde su rústico observatorio.

Los golpes del lavadero y la tonada del bambuco que despertaban los ecos del monte, causaron tal impresión en el aburrido cazador, que se quedó electrizado oyendo estos versos, acompañados por los golpes:

Los golpes del lavadero
Acrecientan mis pesares,
Haciendo brotar del alma
Suspiros por centenares.

 

La espuma del lavadero
Representa mis suspiros,
Que el aire los desbarata
En sus revueltas y giros.
 

El sitio era pintoresco, y se había acercado el cazador todo lo necesario para observarlo bien. Las ondas azules matizadas por la espuma de jabón, como el cielo por las estrellas en una noche de diciembre, se movían en arcos paralelos desde el lavadero hasta la barranca, de la cual colgaban verdes helechos. Se veían las sombras de las tupidas guaduas que circundaban el charco, con sus cogollos atados por las bejucadas de gulupas y nechas, cuyas frutas y flores colgaban prendidas de sus largos pedúnculos como lamparillas de iglesia en tiempo de aguinaldos.

Extático se hallaba don Demóstenes y aunque tan adicto a la cacería, no se resolvió a hacer fuego sobre dos guacamayas, que por la caída de las frutas se hicieron sentir sobre el racimo de una de las cuatro palmas que con sus arqueadas hojas formaban la cúpula de aquel soberbio templo de la naturaleza.

Don Demóstenes hubiera tenido tiempo hasta de dibujar el cuadro entero en su cartera; mas parecía que era en el alma que quería grabarlo, porque los instantes se le pasaban mirándolo, sin sentir el jején ni los voraces zancudos. Por otra parte lo tenía indeciso el miedo de hacerla huir o avergonzarse por razón del traje tan de confianza que llevaba. Sin embargo, la indecisión terminó por una tomineja, que cruzó haciendo levantar los ojos dulces, negros y afables de la joven, que estaban en consonancia con los demás atractivos de su rostro. Mas el cazador tuvo la dicha de notar que su presencia no era molesta. Se acercó cuanto pudo, y como la urbanidad lo requería, tuvo que saludarla.

—¿Qué haces, preciosa negra?

—Lavando, ¿no me ve? le contestó ella con muy afable tranquilidad; ¿y usted?

— Cazando.

—¿Y las aves?

—La suerte no me ha favorecido hoy, pues la guacharaca que maté se me ha ocultado, como si la tierra se la hubiese comido

—Pues se busca hasta ver.

—¡Cuando |Ayacucho no pudo!.. Yo me vine porque ya no había ni esperanzas.

—El cazador y el enamorado no pierden nunca las esperanzas.

—¿Y tú sabes de eso?

—Por lo que uno oye a ratos a los demás.

—¿No has querido, pues, a ninguno de estas tierras?

—Ni menos de otras; porque como dice la |canta:

El amor del forastero
Es como cierto bichito,
Que pica dejando roncha,
Y sigue su caminito.

 

—Bien picarona que serás tú.... y ¿dónde vives?

—Con usted.

—¿Conmigo?.. ¡Sería una dicha!

—¿Y qué se suple, aun cuando así sea?

—¡Oh! sería mi mayor fortuna.

—¿Luego usted no es el bogotano que está posado en mi casa?

—No te he visto allí y ¿cómo te llamas?

—Manuela, una criada suya.

—Soy quien debe servir.... Estoy recordando haber oído tu nombre en un baile de la parroquia, y aun haber visto tu sombra, tu bulto, tu semejanza, o no sé cómo diga, allá entre la oscuridad, entre las nubes del polvo y el humo de los cigarros; pero en la casa no recuerdo haberte visto en los cuatro días que hace que estoy en la parroquia.

—Es porque he estado muy ocupada en la cocina... y ¿sabe?... vergüenza que le cogí desde el domingo a la madrugada.

—¿A la madrugada?.. ¿Qué hubo a la madrugada?

—¡Ave maría! ¡que tuve tanto susto cuando dí contra su hamaca... y tan cosquillosa como soy yo!... ¿Qué pensó usted que era?

—Yo estaba dormido; sentí el estrujón en efecto, y como percibí las ondulaciones de la ropa, creí que sería algún huésped perdido de su cama o alguna lechuza que huyéndole al día se encaminaba para su guarida.

—¡Válgame!

—Hoy me alegro de conocerte para darte las gracias por tus cuidados en los días que he estado en tu casa.... y ahora sabiendo que tus manos....

—¿Lava la ropa?

—Pues, francamente, es por lo menos, pues yo no soy del parecer de Napoleón, que decía que la ropa: sucia no se debía lavar afuera, sino que me parece que se debe dar a lavar muy lejos, y creo que tú no debes ocuparte de ella. Me bastan tus cuidados, me basta que tus preciosas manos se ocupen de mi mesa; yo lo que deseo es tu amistad....

—¿Y luego su |catira que tiene en Bogotá?

—¿Yo?

—¡Ni nada!... |catira, y con un lunar sobre el labio izquierdo, que le pega como trago en día de San Juan.

—¿Has ido a Bogotá por acaso?

—¡Ni soñando!

— ¿Ella ha venido?

—Con el pensamiento, quizás.

—¿Te han magnetizado?

— ¿Pero quién?

—Cuando don Alcibiades trajo esa imprenta a la parroquia, yo no me dejé; con Marta no logró sino dormirla, y eso cuando no había nadie mirando. Puede ser que a misia Juanita, la de la Soledad, la hubiera magnetizado; yo no supe por fin. Buen cachaco que era don Alcibiades, mejorando lo presente; aunque ingrato, según dicen.

—Hay, pues, un misterio entre manos.

—Pues adivine.

—Me doy por vencido, Manuela.

—¿Se da por vencido y por corrido?

—Todo, todo, Manuela: lo que quiero es que me saques de la duda cuanto antes.

—¡Pues vea! le dijo entonces la lavandera señalándole un retrato en miniatura.

—¡Qué gracia!.. En el bolsillo lo encontrarías, entre mi cartera

—Y un escudito: tómelo.... y ví una trencita de pelo catire, y una cintica y otras cositas….

—Un descuido del indio; pero ya me la pagará, supónte, ¡echar la ropa sin registrar los bolsillos… así es que si tú fueras otra...

Mientras que don Demóstenes acomodaba otra vez el retrato dentro de la cartera, se hundió Manuela de un brinco en el charco para salir en la otra orilla, botando un buche de agua, y golpeando las ondas cristalinas con sus manos preciosas.

—¿Y usted no se baña? dijo a su huésped: está el agua muy sabrosa | 1 .

—Muchas gracias, Manuela : estoy sumamente agitado.

—¡Es mucha lástima!

— Pero allá mando mi repuesto, le dijo don Demóstenes, haciendo consumir en el charco el tremendo |Ayacucho, sólo con botarle una piedra después de haber escupido en ella.

—Eso lo hago yo también, dijo Manuela, con aire de burla... Eche el escudo y lo verá usted.

—¿Lo sacas?

—¿No le digo?.. Pero coja su perro, no vaya y se eche al pozo. ¡Huy, tan lanetas!..

Don Demóstenes cogió el perro con su pañuelo de seda, y en el acto se consumió Manuela en las aguas, para volver al cabo de dos minutos, mostrando el escudo de su boca, como el cuervo, que en las amarillentas aguas del Funza clava la cabeza y se hunde para reaparecer río abajo, mostrando el pescado que acaba de prender; y, nadando hacia la orilla, se fue a entregárselo a su dueño, que tuvo a bien regalárselo por la gracia que en su presencia acababa de hacer.

Pero lo que don Demóstenes admiró más de su linda caserita, fue la prisa con que se vistió al lado de una piedra, pues cuando menos acordó, ya estaba atándose las enaguas; bien es que todo su vestido constaba de unas enaguas de cintura hechas de bogotana, y de otras azules de fula igualmente de cintura; de una camisa de percal fino, de un pañolón encarnado que ella se puso por debajo de su negro y rizado pelo, con los hombros a medio cubrir. Roció las piezas de ropa que dejaba enjabonadas, y cogiendo en la mano una gran totuma con el jabón y los peines, dijo a su huésped:

—¿Nos vamos?

—¿Juntos? le respondió él, con más contento que admiración, por cierto.

—¡Y eso qué le hace?.. Sola o acompañada nadie me ha comido hasta el presente.

—¿Y lo que dirán en la parroquia de verte ir de los montes con un cachaco?

—¿Allá en su Bogotá no van acompañadas las niñas que vuelven del río de lavar o de bañarse?

—No Manuela, ellas no van al río, sino las peonas que llaman lavanderas.

— ¿Y las señoras no van a bañarse?

—Se bañan en sus paseos de familia, sin que al tiempo de estar en el pozo o río, se acerque hombre ninguno; otras se bañan en sus casas. Ni creas que una señorita salga sola sino hasta después de casada.

—¡Conque al revés de nosotras, que solteras tenemos la calle por nuéstra, y el camino, y el monte, y los bailes, y cuanto hay; y después de casadas, nos ajustan la soga!

—¡Oh!¡las costumbres que varían tanto, según lo estoy viendo!.. ¡Cuándo en Bogotá caminábamos los dos así viniendo del río de San Agustín o del Arzobispo!

—Es decir que cuando yo vaya allá, ¿no saldremos juntos a la calle?

—Pues tal vez no, Manuela.

¿Y sale usted con una señorita?

—Con una señorita y la familia, sí; pero con la señorita sola, no. Ahora con una parienta, con una señora casada, sí es admitido en nuestra sociedad. Pero en los Estados Unidos puede un galán llevar en un carruaje a una señorita sola. Yo me acuerdo de haber llevado una señorita al teatro, y haberla vuelto otra vez a su casa, con tanta confianza como si hubiera sido mi hermana.

—De todo esto lo que sacamos en limpio, dijo Manuela, es que usted en Bogotá no andará conmigo, y tal vez ni aun hablará conmigo.

—La sociedad, Manuela, la sociedad nos impone sus duras leyes; el alto tono, que con una línea separa dos partidos distintos por sus códigos aristocráticos.

—Es decir que usted quiere estar bien con las gentes de alto tono, y con nosotras las del bajo tono; ¿y yo no puedo ni hablar con usted delante de la gente de tono?

—Ni sé qué te diga.

—Pues me alegro de saberlo, porque desde ahora debemos tratarnos en la parroquia, como nos trataremos en Bogotá; y usted no debe tratarnos a las muchachas aquí, para no tener vergüenza en Bogotá, porque como dice el dicho, cada oveja con su pareja.

—Eso sería intolerancia, Manuela.

—Yo no sé de intolerancias: lo que creo es que la plata es la que hace que ustedes puedan rozarse con todas nosotras cuando nos necesitan; y que nosotras las pobres sólo cuando ustedes nos lo permitan, y se les dé la gana.

El camino por donde tenía que andar Manuela y su compañero, era estrecho, ya por las piedras, ya por algunos troncos de palos gruesos. Don Demóstenes con toda la galantería del alto tono, instaba a su casera que siguiera adelante.

—Ni lo piense, le decía ella, manteniéndose parada con la mano en la cintura.

—Es el uso, Manuela: para entrar al comedor o las salas, para pasar un estrecho que no da cabida más que para uno solo, la señora ha de ir adelante Y al caballero, lo mismo, hay que comprometerlo a que siga adelante en señal de atención. ¡Si vieras tú las disputas que se ocasionan! Hay veces que la comida se enfría mientras que en la puerta se pelea por no entrar primero.

—Pues aquí es al revés, a lo menos en esto de ir adelante en las angosturas y en todos los caminos de montaña, El hombre va adelante, y con su palo o su cuchillo, aparta la rama, o la culebra venenosa; y en la puentecitos se asegura si están firmes o no están; la mujer va detrás |escotera o con su maleta, con el muchacho cargado entre una mochila. Ni tampoco les consentimos el que vayan detrás, porque casi siempre hay rocío o barriales, y según el uso de las trapicheras, vamos alzando la ropa con una mano adelante por no ensuciarla; o tal vez porque el uso nos agrada, porque según me han contado hay pueblos en que ninguna se alza la ropa aunque se embarre hasta el tobillo, y si mal no me acuerdo, Ambalema es uno de ellos.

—¿Conque no sigues adelante?

—¿No le digo que no?

Tal vez no era punto de política lo que hacía porfiar a don Demóstenes por ir detrás, sino por ver caminar a Manuela, que tenía gentileza en su andar, belleza en su cintura y formas, que a favor de su escasa ropa se dejaban percibir como eran, como Dios las había hecho.

Pasaban por debajo de un elevadísimo cámbulo, que, en cierto mes del verano, cambia de la noche al día su color verde por colorado de fuego, sustituyéndose los ramos de hojas por ramos tupidísimos de flores, no quedando más puntos verdes que las brillantes tominejas, que como esmeraldas flotantes revolotean en el afán de extraer con su fino pico la miel de cada una de dichas flores. En un gajo reposaba un pájaro, mayor que una paloma, blanco por debajo, y con las puntas de las alas pardas, de una cabeza enorme y de pico corvo y pequeño. Iba a tirarle don Demóstenes pero Manuela le bajó el brazo, diciéndole con precipitación:

—¡Es pecado!

—¿Cómo!

—Porque se come las culebras. Vea más adelante el nido. ¿Pues sabe que cada vez que trae que comer a sus hijitos es una culebra? y en seguida se para en ese gajo y canta ese |¡cao! ¡cao! ¡cao! tan seguido que usted habrá oído.

—¡La naturaleza es tan sabia!.. En efecto, se haría un mal a la sociedad matando ese bravo exterminador de los reptiles venenosos.

—¿No le digo que es pecado?

—¡Pero presentarme con las manos vacías es una vergüenza grande! la fortuna que nadie nos ve... ¡es un lugar tan corto la parroquia!

—¿No dicen que en los lugares cortos es donde se repara todo?

—También es cierto, Manuela. Bogotá es una montaña donde cada uno anda como quiere, y sin que nadie lo repare.

—Pero andando uno bien, ¿qué hay con que sus pasos sean vistos de todos?

—Dices bien, Manuela.

Así conversando, entró el cazador en la calle de la parroquia sin llevar ni un pajarito de los más comunes. Era día de trabajo, y no se veía más gente que un hombre de ruana colorada, parado en una puerta tajando una pluma, sin mirar a parte ninguna.

—¿Quién es ese literato? preguntó don Demóstenes a su honrada lavandera.

—El viejo Tadeo, la |cócora de todos nosotros.

—¿Cómo?

—Que es el que más sabe aquí; y al que coje entre ojos se lo come crudo en menos que se lo digo.

—A los tontos, quizá.

—¿Sí? Ya veremos.

—¿Veremos? ¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡ja!

—Pues descuídese, y no le ande con muchas atenciones, y verá hasta dónde le da el agua... A mí me tiene |aburrida ese viejo: yo le contaré eso despacio. ¿No lo ve que se parece al gato colorado de casa?

Don Demóstenes entró sonriendo en la posada.

(1) Si todos los detalles de este capitulo no fueran fiel retrato de costumbres, cuya verdad nos consta, temiéramos que se calificara de libre esta narración. Sin embargo, a pesar de la aparente libertad que reina entre las calentanas, no hay disolución sino imprudencia, que, los usos disculpan. N. del E.

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