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EL TRILLADERO DEL VINCULO
 

Todo el mundo conoce la hacienda del Granate, lo mismo que yo la conozco Tiene su corraleja de cepos, sus potreros perfectamente cercados, su buena casa de balcón, sus huertas con muchos manzanos, que sirven para adorno como los sauces, porque las manzanas en esta sabana no se dan como en las tierras templadas; tiene el Granate su buena tropa de mastines muy bravos, pero que de nada sirven en estos tiempos de progreso ; tiene su montonera y su trilladero, y a propósito de trilladero, vamos a publicar un hecho.

El dueño del Granate se halla en tierra caliente, y la señora está en Bogotá cuidando a los niños que asisten a un colegio de externos. El mayordomo es muy honrado, pero es un orejón completo. Lo enseñaron a leer y a escribir, pero no le gusta empuñar la pluma tanto como la pala y la horqueta, y en esto hace muy bien |ya que tiene salud y fuerzas, porque el tiempo de escribir y de leer todavía no ha llegado a la Nueva Granada. ¡Eso para los Estados Unidos, en donde leen hasta los carreteros! Es de lo más honrado el mayordomo del Granate, de lo más consagrado a sus ocupaciones; pero es tan aferrado a las costumbres viejas, que todavía tiene mancornas de cuartillos de león: éste no es otro que don Juan Antonio Sarmiento, el primer personaje del cuadro que exhibo para los lectores de |El Mosaico, únicamente para ellos, porque yo también soy exclusivista como la ley de elecciones de ahora.

Recibió ñor Juan Antonio órdenes de su patrón para que trillara unos montones, y en el acto lo puso por obra. Miró el cielo al tiempo de irse a la cama y vio que había camino de hielo, lo cual quiere decir que ha de helar, aunque los inteligentes llamen vía láctea esos ramales blancos que se suelen poner en el cielo en los meses de verano, porque eso no se opone a que sean signos infalibles del hielo. A la una de la mañana se sentó en la cama ñor Juan Antonio, se persignó, y se puso sus dos ruanas con detrimento de la patrona Juana Marsa, la cual se quedó tiritando. Fue y se subió en el copete de un montón, de la manera que en la Turquía suben los muezines a anunciar la hora; y comenzó a repetir esta nota, gritando con toda su alma y todos sus pulmones:

—¡Ahaaaaa peones, a echar trigo!

A las tres ya estaban los peones y algunas sacudidoras y valeadoras, caminando de la montonera al trilladero y viceversa, cargando trigo en la espalda como las hormigas que llaman arrieras. A las cinco, cuando chillaban todos los pajaritos, ya el montón estaba trasladado, y las yeguas estaban llegando con un alboroto estupendo de los peones que las arreaban, y de los potrancos que las seguían, y de los burros que no gustaban, pero aguantaban, una invasión tan injusta, tan violenta y extemporánea, con todas las formas de una revolución bien o mal encarrilada. Más de noventa yeguas entraron al trilladero colonial en el cual las esperaban, con los perreros de muesca, dos sabaneros de los más es-forzados; y comenzaron a perseguirlas dándoles látigo como daba el difunto maestro Torres (y otros que no son difuntos); y como había trincheras que vencer de montones de manojos, tan altos como las cercas de piedra, las matronas de los potreros se veían acribilladas por los esbirros, teniendo que hacer grandes esfuerzos para correr, aturdidas por las maldiciones y los insultos, de los cuales muchos había que no eran sino testimonios y calumnias gratuitas, como esto que les decían a la faz de todo el mundo:

—¡Ah ! ¡viejas condenadas, cascorvas y frondias! ¡Ah! ¡vagamundas; yo te quitaré la gordura! ¡Arre demonios! ¡Arre sucias de los infiernos!, etc., etc., etc.

Las yeguas no hacían más que sudar y estornudar con el polvo de la era y correr hasta donde podían; y la que se cansaba, les hacía la cesión de su pellejo a los esbirros, como si le hubieran cogido las comunicaciones. En estas andanzas, se suscitó una cuestión, porque ñor Juan Antonio mandó sacar la potranquita rosada, hija de la yegua de su señora para que no se maltratase en el trilladero, y los arrieros sostenían que no estaba adentro; y el ciudadano juraba por Dios y una señal de cruz, que la había visto entrar. Pero era el asunto tan claro, que todos los peones juraban que la potranquita no estaba dando vueltas en el trilladero.

—¿Qué es esto?—decía ñor Juan Antonio, ¡cuando la he visto pasar de la puerta para adentro! ¡Jesús credo! ¡Ave María purísima! ¡San Jerónimo bendito!

—El diablo se la llevaría—gritaron los arrieros, y siguieron dando rejo a las yeguas como se les da palo a los desertores de los cuarteles.

Metieron orilla los esforzados sabaneros, y cuando fueron a volver los montones de manojos con sus horquetas de chucua y paloblanco, uno de ellos se encontró un rabo cerdoso en la superficie; tiró recio, y apareció la potranquita rosada tan estropeada como un presidente de Sur América, o como un fusilado por órdenes reservadas. Ñor Juan Antonio se asustó muchísimo, sabiendo las camorras que se le esperaban.

—¡Ahora sí que me llevó la trampa con mi señora!— decía suspirando. ¿Quién le aguanta ahora la tuntunita a la señora?

Las operaciones se siguieron como lo enseña la táctica colonial, en eso de meter orilla, sacar tamo, volver, etc. Y un poco antes de aventar al aire, cuando se hallaba la era en su menor expresión, se cayó una yegua de las mejores, y al aplicarle media docena de lapos, se levantó con un brazo quebrado.

—¡San Jerónimo bendito! Qué me habré tragado yo cuando me están sucediendo tales desgracias, dijo ñor Juan Antonio; y mandó por el sobandero. ¿Qué dirá mi amo cuando lo sepa? ¿Qué dirá la señora que es tan delicada? ¡San Antonio de mi alma y de mi vida!

La parva se terminó sin más novedades, y cuando estaban alzando a los dos carros de cama las veinte cargas de trigo que dio el montón, llegó una mujer con una olla de mazamorra para su marido; porque es menester que sepa el lector que en el Granate no dan más ración a los peones, que medio cuartillo de chicha (que hoy es una jícara por causa de las revoluciones) y una mogolla muy chica, dando esta operación económica el resultado de tener que gastar el peón su sueldo de real y medio en tomar chocolate, almorzar, comer y cenar.

—¿No ve usted cuántas diabluras?—le dijo ñor Juan Antonio a la mujer.

—¡Porque así lo quieren los ricos!

—¿Cómo? Cuidado con la sin hueso.

—Por no aflojar las amarillas. ¿No sabe usted que el amo don Pacho Restrepo y sus dos hermanos, don Anselmo y don Valentín, han puesto en el Vínculo una imprenta de trillar?

—¿Y trilla?

—¡Pú! Catorce cargas por día, tirando con dos caballos.

—¡Esa sí que no se la creigo yo!

—Así lo decía yo también, pero dende que ví todo con estos ojos que han de comer tierra, tuve que consagrar.

—¿Y cómo es eso? cristiana de Dios.

—Pus cosas de los ingleses, que todo lo hacen con indormias, porque son los que tienen los libros de mi padre San Salomón. Son varias ruedas y varios enredos que yo no entiendo, y la gracia es que don Pacho no tiene la hacienda sino por tres años; y la dichosa máquina o indormia, se la compraron a un señor París, que les ha hecho muchos bienes a las gentes de la sabana, trayendo cosas muy buenas, porque él no ha traído fusiles ni pólvora como otros señores, y los que le ayudaron a poner la imprenta a mi amo Pacho, fueron el amo Duardo Sayer y el amo Gordón, que son muy buenos señores; y yo me alegraré que al amo Pacho le vaya muy bien con su imprenta, porque es un caballero muy parcial y dicen los señores que es muy honrado y muy buen amigo.

—¡Pues entonces yo no sigo trillando! Que afloje mi amo las mojosas y que les compre a los catires la imprenta, que ahora dicen que los mares se pasan sobre el vapor. Catorce yeguas se han perdido en el año pasado con la trilladera, y esta noche se lo escribo a mi amo, que está mudando temperamento en Villeta o en Ambalema.

Ñor Juan Antonio se quedó pensando en el prodigio de la máquina, y esa noche le echó un poquito de chicha al tintero y lo rebulló, y buscó un pliego de papel y se puso a escribir la carta que aquí copiamos:

«El Granate, enero 4 de 1864

«Mi amo don Pacho Restrepo, que S. M. B.

«Mi muy apreciado amo de mi vida. Pues yo se que sumerced ha montado una imprenta de trillar, y como soy mayordomo por la misericordia de Dios, yo sé todas las aflicciones de las yeguas y las grandes esclavitudes en que viven en un tiempo en que se han libertado los negros, y los indios, y los padres de los conventos, y los cosecheros del tabaco, y por esto se me hacía muy duro que las madres yeguas no se libertaran, pero sumerced se ha hecho el libertador y ha plantado la imprenta de trillar en las tierras del amo don Raimundo Santamaría, que Dios guarde, y con la indormia que sumerced les ha puesto en los ojos a todos los amos de esta sabana, quedan ya libertadas las yeguas lo mismo que estamos todos los granadinos desde que nos libertó el amo Bolívar de los chapetones. Pues yo paso por en medio de estos cuatro borrones, a darle las gracias debidas a sumerced a nombre de toda esta sabana que desde el año de diez no habían podido montarse todavía una imprenta de trillar, aunque mi amo me dijo que un R. padre había traído desde el tiempo de los amos virreyes una máquina de ensuciar papel, y a darle las mismas gracias a nombre de la Amapola, y de la Pandereta, y de la Polca, y de la Cascorva, y de la Cuatrojos y de la Conserva, y de la Castaña Chamiseruna, y de la Mora Futeña, y de la Overita Achureña, porque se han libertado de la esclavitud de los azotes y de la muerte, y todas las yeguas de la sabana deben dar a sumerced las gracias puestas de rodillas si son agradecidas con su libertador, y no harán mucho, y el gobierno debe mandarle poner su retrato en el cabildo del estrito parroquial de Soacha, y con esto mande sumerced con toda satisfacción a su humilde mayordomo, q. s. m. b.,

«JUAN ANTONIO SARMIENTO
de nada más».

He cumplido con un deber de sociedad en escribir este acontecimiento; y de mi parte les doy los parabienes a los señores Restrepo, y aprovecho la ocasión de recordar a los congresistas del estado y de la nación, que los premios y honores no son contrarios a los principios republicanos, y que deben premiar al señor Restrepo, siquiera con eximido por diez años de las contribuciones del estado y de la parroquia, por haber sido el primero que ha montado una máquina de trillar en la sabana; aunque es verdad que se han introducido dos o tres; pero dicho señor Restrepo es el que ha tenido la gloria de montar la primera .

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