INDICE

EL TRILLADERO DE LA HACIENDA DE CHINGATA
 

Dormía don Florencio a pierna suelta, y por más señas que roncaba más recio que un marinillo, cuando un ruido tumultuoso, haciéndose superior al de sus propios ronquidos, lo hizo despertar sobresaltado; y así permaneció por algún tiempo, pues por más que levantaba la cabeza y ponía el oído no podía adivinar cuál causa lo producía.

Era porque, educado en los Estados Unidos y recién llegado a Bogotá, después de una ausencia de nueve años, ignoraba los usos y costumbres de su país. No podía darse cuenta en aquel momento de si aquello era revolución, o los clamores que acompañan el incendio, los temblores o la inundación repentina. Lo cierto fue que, en paños menores, saltó de la cama, abrió la ventana, y si su vista y sus oídos no lo engañaban no descubrió sino una turbamulta de bestias cabalgares de todos sexos y edades, precedidas por un gravísimo burro, que daban vueltas en un circo pequeño; y fuera de los relinchos y resoplidos de la recua, no oyó más voces humanas que éstas u otras parecidas: «¡Ah condenadas! ¡Ahí les va rejo! ¡A la vuelta y revuelta, y corran, que aquí va quien las obliga!»

Las voces de «¡A meter orilla! ¡A volver! ¡A sacar tamo!», que oyó luégo, lo tranquilizaron sobre los temores de una catástrofe, pero no sobre el fenómeno; y desde aquella hora no pudo volver a pegar los ojos. Así fue que su condiscípulo don Gil, que lo había llevado a pasar algunos días en Chingatá, lo encontró al amanecer apegado a la reja de la ventanita del cuarto de los huéspedes, como las beatas a la del confesionario, para ver de descubrir la causa de tanta batahola.

—Mucho ha madrugado usted, condiscípulo—le dijo don Gil, después de haberle dado los buenos días.

—Deseoso de informarme acerca de la novedad que ha estallado desde las tres de la mañana; novedad que, hablándole francamente, no he podido hasta ahora atribuir sino a una revolución, a un pronunciamiento de todos los caballos, yeguas, burros y potrancos del universo.

—Es el trilladero le contestó don Gil.

—¿Y cuántos caballos le aplica usted?

—Como unos ochenta, entre chicos y grandes.

—¡Ese es mucho progreso! Yo si había leído en algunos periódicos que suelen llegar por allá, que mi patria iba a la vanguardia, pero no creía que fuese realmente tanto.... En los Estados Unidos no se emplea sino a lo sumo la fuerza de cuatro caballos para trillar, y trillan centenares de cargas diariamente. La suya debe ser una máquina monstruo, que trilla, avienta, cierne y muele lo menos mil cargas de trigo diarias. Vamos a ver ese prodigio.... ¿Y cuántos miles de cargas de trigo exporta usted anualmente? |Corn is very dull now in the States. I am sorry for you.

—No entender ni jota, condiscípulo; pero vamos a mi trilladero para que usted se informe de todo. Ya el primer tamo lo tenemos de un cacho.

Tomaron los dos condiscípulos un buen trago de anisado, y asomaron al campo tiritando de frío en busca del trilladero. Los rayos del sol herían la escarcha que, como vidrio pulverizado, cubría los árboles, las sementeras y los potreros, asemejándose la sabana a una inmensa laguna de cristal. Sin embargo, todas las operaciones se efectuaban en la hacienda. Los gañanes gritaban !jera!, ¡jera!, ¡jera!, mientras que recogían los bueyes para ponerles el yugo; las harneadoras se aproximaban a la casa, garbosas y risueñas, sin arredrarse por el frío, y la recogida de caballos de silla aguardaba en la corraleja órdenes desde antes de amanecer.

Después de haber andado por entre los montones de trigo y alrededor de la era, se detuvo don Florencio, y dirigiéndose a don Gil, le dijo:

—Me gusta mucho que usted adiestre sus caballos a correr en el circo; eso nunca está por demás, y asimismo lo hacen en los Estados Unidos; ¿ pero dónde es el trilladero?

—¿Aquí, no lo ve?

—¿Dónde, con mil santos?

—Pues donde están corriendo las yeguas.

—¿No es una máquina, pues?

—No las conozco sino de oídas.

—¿ No hay ninguna en la sabana siendo tantos los hacendados que han ido a Europa?

—Por arte de calabazas tengo entendido que hace algunos años trajeron una, pero que la dejaron dañar

—¿Por no pagar un buen obrero, seguramente?

—Es que aquí estamos muy atrasados, dijo don Gil: el día que falte a una máquina de esas un eje, un tornillo o cualquier majadería, no hay quien la haga, y caso de que haya, sale costando más que la misma máquina. Pero dejemos estas historias a un lado, para decirle cómo es el cuento de la trilla. Se hacen correr las yeguas en esa era o trilladero que, como usted ve, es un patio practicado en la dehesa, de doce varas de diámetro y cercado por estantillos amarrados con bejuco: en ese estrecho circo se hacen volver y revolver los animales y se les da rejo sin misericordia: unos caen, otros se lastiman, otros se raspan las piernas, otros se malogran pero se trilla, que es lo que importa. Cuando hay tamo que sacar, se dejan descansar las yeguas, se hacen montones a fuerza de horqueta y cuando aquéllos están bien altos los cogen entre dos peones con las mismas horquetas y los botan afuera. Se da vuelta a lo que queda en la era y se repiten las mismas operaciones hasta que está el trigo en estado de ser aventado. Entonces se limpia bien un segmento del trilladero al lado contrario de aquel de donde viene el viento, y se arroja con palas de madera el trigo a lo alto para que el viento se lleve la raspa y el tamo menudo. A la tarde volveremos, y usted verá con qué propiedad se hace todo.

Después de almorzar, tomó don Florencio de brazo a la señorita Demetria, y con don Gil, sus otras dos hijas y la mamá Dionisia, se fueron a visitar el corral de las gallinas, la alberca, la hortaliza y el jardín.

Mientras eso, las harneadoras discurrían a su modo acerca de la presencia de un forastero en la hacienda. Había dos de ellas ocupadas en la operación de aventar. Era la una más alta de cuerpo que la otra, y de pie, en una actitud garbosa, tenía el harnero sostenido en lo alto por su robusto y rosado brazo. Sus ojos, que deberían estar fijos en el golpe del trigo que caía a modo de granizo sobre sus pequeños y colorados pies, eran demasiado vivos para dejar de arrojar algunos rayos sobre lo que pasaba por el mundo, y mucho más si lo que pasaba era un buen mozo. La otra arrellanada sobre un cuero de res, raspaba con el filo de la mano un costal, separando el trigo del vallico, al propio tiempo que decía a su compañera:

—¿Qué tal te pareció, Luarda?

—Regular, Andalecia; ¡pero esas barbas de mis pecados!

—Pero, ya ves, todos las usan, a menos que se las comiencen a manosear, porque entonces se las desmochan.

—¡Como también se las embolan con tinta!

—¡Hombre! ¿De veras? Si serán lambidos!

—¡Pus no sino que no!... Pero ya güelven... ¡Y tienen los cachacos unas ideas que ni qué! ¿No ves, Andalecia? Lleva aferrada a mi señorita Demetria del brazo, que es la más bonita. De siguro que a mi señúa Dionisia que si no se le apega, a cuenta de que es ya mayorcita.

La comitiva se había detenido en el patio, unos mirando las enredaderas y las flores, y don Florencio con su adjunta viendo unas chisgas pintadas de amarillo y negro, que estaban en una jaula.

—¿Qué le parecen?—le dijo la señorita.

—¡Oh! lindísimas, lindísimas.

—Mejores que los canarios, pero como son del país...—agregó la señorita

—Los canarios son de un mérito inmenso, sin embargo.

—A mí, en realidad—dijo la señorita, lo que me da es lástima ver esos pobres animalitos encerrados.

—Envidia es lo que a mí me da. Habiendo dos corazones que se entienden, ¿para qué más mundo? Esas dos avecillas, así presas son mil y mil veces más felices que yo, dijo don Florencio.

—¿Y eso por qué?... ¡Ave María , Jesús credo ! interrumpió la señorita.

—Porque mi corazón ha estado siempre solo, aunque también es cierto que en este instante palpita cerca de uno, que si es sensible, si llega a corresponder.. .

—Míra, Andalecia—dijo la aventadora a la secadora, ¡qué colorada se ha puesto la niña Demetria!.

—Algo que le habrá dicho el cachaco; pero con ella si no hay cuje...

—Cierto, porque de ella no se ha dicho hasta ahora ni el negro de una uña.

La comida en la hacienda de Chingatá era infaliblemente a las dos, a fin de que quedara tiempo para los arreglos posteriores. Durante la comida no hubo ese día, sino conversaciones generales. Don Florencio se hizo muy amable, hablándoles de Jenni Lind, de los ferrocarriles, del Niágara, del desprecio hacia los negros de parte de los blancos, del capitolio, de los hoteles, del bullicio e inmenso gentío en Broadway, de los ómnibus, los bancos, los edificios de mármol y de mil más portentos de la república modelo, inventora y propagadora de la ley de Linch.

Al acabarse la comida, volvió don Florencio al drama de la trilla. El primer cuadro, que era el del bochinche, estaba completamente terminado.
 

II
 

Estaba todo en silencio. Las yeguas se hallaban en el potrero, unas ramoneando con apetito, otras buscando los bebederos y otras que eran las más, revolcándose a su sabor entre el polvo. Una rosilla, de las del sillón de las criadas, se había quedado derrengada cerca de la era, en compañía de dos potrancos enjaquimados que daban vueltas y brincos y relinchaban como muchachos que han aborrecido la escuela.

De los demás actores de la parva, que eran nueve peones y peonas, unos estaban sentados limpiándose el sudor de la frente y otros en su lugar descansando sobre sus respectivas horquetas. Una inacción general reinaba en el trilladero; de vez en cuando los peones miraban a su amo, y éste los miraba a ellos, como pidiéndoles su parecer sobre alguna cosa y luégo todos los ojos, simultáneamente, se dirigían hacia las copas de los salvios y sauces lejanos a ver si se movían pero todo era en vano, ni una sola hoja se agitaba. Era una escena de imponente silencio

—¡San Antonio!— exclamó de golpe un sabanero con su sonora voz y con la tristeza de un encarcelado.

—¡San Lorenzo!—gritó otro de ellos, mirando hacia el cielo.

—¡San Antonio! ¡San Lorenzo!—exclamaron todos a una, con voz estentórea y haciendo resonar el eco en toda la serranía, al propio tiempo que, con la cara para arriba, trataban todos con los ojos de penetrar más allá del horizonte y desarreglar el equilibrio de la naturaleza.

—¿Qué calamidad nos amenaza?—preguntó don Florencio a su condiscípulo, todo sorprendido.

—Que la parva se quedaría sin sacar, porque el aire es el todo.

—¿Conque usted se halla en las angustias de Cristóbal Colón en cierta coyuntura ?... ¡Pobre de mi condiscípulo!

—Sí, señor, los campesinos somos el juguete de los elementos... ahora no nos falta más sino que llueva; y ya los cerros se están nublando.

. —¿Y entonces?

—Se hace un montón del trigo y se tapa con tamo y cueros, y el día que hace bueno se continúa la fiesta.

—Y a ti que te parece, ¿lloverá? —preguntó don Gil a su mayordomo.

—Pus, mi amo, yo le digo a sumercé con toda verdá, que a la madrugada grande atisbé bien la luna, y tré mucha agua.

—Pero dime categóricamente: ¿lloverá o no lloverá hoy?

—Pus, mi amo, debe de llover hoy si la agua que tré la luna es para hoy; pero si es pa la semana de arriba, no tenga sumercé ningún cuidao.

—Me parece muy racional el mayordomo de mi condiscípulo—dijo don Florencio; los augurios de los antiguos griegos no eran ni menos acertados, ni menos cautos y prudentes.

Don Gil arrojó luego una horquetada de tamo a lo alto, y viendo que al caer se desviaba de la perpendicular, exclamó:

—¡Ahora sí muchachos! ¡ya esta ahí! ¡Arriba pues! ¡Corto y alto, y no vagar!

La extremada condescendencia del viento que soplaba, con fuerza y tenacidad dejo terminada la operación en un cuarto de hora.

Recogióse el trigo después en un solo montón, se barrió la era, y se procedió a traspalear. ¡Ran, ran, ran! sonaban las palas, y la baleadoras al lado contrario, arrastraban suavemente con ramas secas el tamo grueso, hasta darle la vuelta al montón. Catorce cargas dió la parva; se recogieron en costales de fique y se llevaron al granero de la casa.

—Teniendo a su lado un angel como usted—dijo don Florencio a la señorita Demetria, a quien encontró de vuelta del trilladero sentada en el corredor, sí se puede vivir dichoso en el campo.

La señorita se sonrojó y entró con su padre y don Florencio a reunirse con el resto de la familia en el salón.

Al día siguiente se fue el huésped para Bogotá; pero, eso sí, empeñó a la señorita Demetria su palabra de volver a los quince días cabales.

anterior | índice | siguiente