EL CANEY DEL TOTUMO
Una ramada cubierta de hojas de palma donde se cue1gan para
secarlas las hojas de tabaco ensartadas en cuerdas de fique es lo
que en la provincia de Mariquita se ha llamado
|caney. Vamos
hoy a tratar de uno determinado por escribir sobre asuntos de
nuestro país, mas importantes tal vez, que algunos retazos de
periódicos extranjeros conque se suelen llenar los nuéstros.
El
|Caney del Totumo está situado en una vega
interminable, entre los muchos rastrojos que sustituyen en nuestros
tiempos a los diomates, dindes y guayacanes centenarios, de los
cuales vemos todavía uno que otro venerable tronco, para honor de
sus familias, como se ven en Roma las estatuas de los césares. La
estructura y las medidas de los actuales caneyes, levantados sobre
seis
|entinales principales, son todavía conforme a las
ordenanzas de los reyes de España cuando monopolizaron el ramo. Una
adición de los mismos materiales del caney era la habitación del
cosechero que intentamos historiar; y el único adorno de su patio
era un totumo cargado de esos frutos esféricos como globos
astronómicos y geográficos, y de corteza sumamente dura, que sirven
de copas para la venta del licor nacional en casi todos los pueblos
de Nueva Granada.
Cenón Argüelles se llamaba el cosechero de quien vamos a tratar:
su esposa, Mariana Quimbayo, y sus hijas, Carmen, Ruperta y María;
tenía además otro hijo, llamado Jacinto. A este personal se
agregaban una ahijada huérfana y algunos peones que solamente
trabajaban por temporadas. Carmen, la hija mayor, era el ídolo de
sus padres y de todos los que la conocían, habiéndose creado fama
de buena moza en todos los sitios vecinos, de manera de ir a dar
con aquel retiro muchos señores curiosos, con pretexto de comprar
tabaco, de cazar guacharacas o de pedir la candela algunas
veces.
Los ojos de Carmen, eran, por cierto, hermosos y muy expresivos;
su voz era blanda y delicada, y su locución tal como lo usa la
mayor parte de las estancieras y lugareñas pobres de Llanogrande y
otros sitios del valle del Magdalena, que expresan en ocasiones el
pensamiento con una frase o con una metáfora más feliz de lo que
pudiera un estudiante de retórica de nuestros colegios. Vestía la
graciosa estanciera enaguas de fula, muy anchas, y camisa de
muselina blanca, con unas arandelas apenas suficientes para los
contornos limitados que graciosamente la engalanaban. Era
descolorida y ligeramente aperlada, pero de un cuerpo bien
repartido y robusto, mostrándose su talle mucho más interesante con
los pliegues que partían desde su delgada cintura, que lo hubiera
sido con la estrategia de las varillas y de los alambres.
Estaba toda esta familia ocupada en su trabajo el día 1º de mayo
de 1854 por la tarde, cuando apareció de una trocha de los
rastrojos un sujeto, montado a lo sabanero en una mula alazana,
seguido de un compañero, el cual estimulaba su bagaje con una
zurriaga de guayacán que llevaba en la mano.
-¡Buenas tardes!-gritó en el patio el referido caballero.
-Bueeenas se las dé Dios!.... apéese y éntre, contestó Carmen
desde junto a la piedra en donde, parada, según el uso de tierra
caliente, estaba moliendo un poco de maíz blanco.
-¡Mil gracias!.... ¿El dueño de casa?
-Está despulgando, pero ya no dilata…. Entre usted.
El viajero se había desmontado debajo del totumo, y Carmen
después de lavarse los brazos en una coyabra de agua que cerca de
sí tenía, avanzó unos pasos hasta darle la mano, y le ofreció la
hamaca de costal que colgaba en aquel libre departamento, cuyos
costados, de tabique de palma, no estaban todos cerrados.
-¿Y cómo ha sido para dar usted con este caney ?-preguntó Carmen
a su huésped, con la tranquilidad y cariño de los que se han
tratado por muchos años.
-Por pedir posada y comprar dos manojos de tabaco para mi
gasto.
-La posada, de mil amores; pero lo demás ni pensarlo, porque mi
padre es cosechero, y....
-Por lo mismo. ¿No fuman ustedes del mejor tabaco de la
provincia, de ese que llaman plancha?
-¡Ni el olor!-contestó Carmen con una sonrisa lastimosa pero
llena de gracia.
-Lo creo, porque usted lo dice; pero no me parece corriente.
-Es que se halla usted un poco
|escasón de
noticias…. ¿De Bogotá viene?
-Sí, señora, de Bogotá.
-Con razón, porque el que no sabe es como el que, no ve.
. -Pero usted me iluminará, si es tan hospitalaria como linda y
amable.
-Naaada!....
-Pues ningún hijo de Adán se merece tanto las obras de
misericordia como el pobre viajero.
-La posada y cuanto guste; pero lo demás, ya sabe. Y si quiere
hablar con señor padre, allá despulgando lo encuentra en medio de
la labranza, porque los cosecheros somos esclavos de los gusanos y
|del que todo lo puede.
-¿Esclava usted?.... Yo la compraría por lo que pesa.
-Y salía perdiendo, porque yo no sirvo más que para despulgar, y
ni aun eso a ratos.
-¿Esclava?-repetía el viajero como distraído, ¿esclava?
-¿Y que otra cosa? cuando desde que nace el tabaco hasta que se
entrega no hay para que descansar en el día, ni en la noche en
ocasiones; y que el gusano tampoco entiende de días de fiesta,
porque lo mismo come en sábado que en domingo; y para eso que en la
tienda del dueño de tierras nos han puesto de todo lo que
necesitamos en los caneyes, aunque más caro y menos bueno, para no
dejarnos ir a las muchachas los domingos a misa al lugar, a mirar y
a que nos miren.
-¿Conque están federadas las haciendas, según eso, y por
consiguiente las muchachas cosecheras?
-Y sin una capilla para las cosas de la devoción y todas las
obligaciones de nosotras las cristianas. Pensando estoy que cuando
yo vaya a la iglesia me he de asustar al ver al padre y los santos
del altar. Pero, en fin, vaya véase con mi señor padre, que yo le
contaré después.
Don Sixto, que así se llamaba el viajero, se fue por una calle
formada por dos hileras de matas de tabaco, de una rectitud
geométrica, sin exageración, y de una vara de ancho, a lo sumo,
teniendo cada una de dichas matas cinco cuartas de altura, o poco
menos. El extenso plantel de la nicociana daba una vista sumamente
melancólica para los ojos del viajero, quien se había quedado en
extremo pensativo, desde que oyó hablar a la simpática cosechera
acerca de la esclavitud y del destierro. El sol reflejaba ya sus
rayos sobre la sierra nevada del Ruiz, huyendo de los ardorosos
valles, y su amarillenta luz combinada con el azul de las hojas de
|primera, le daba a todo ese cuadro el tinte más aflictivo
del mundo, cuando el viajero se encontró con el ciudadano
Argüelles, de estatura levantada y de brazos y cintura muy
flexibles, lo que le viciaba, al menearse, su natural gravedad de
hombre, como se ve en algunos hijos de Adán. Eran regulares sus
facciones; pero, muy habituado al sarcasmo y continua burla, se
había creado en un aire de brusca pedantería, que lo volvía
insoportable: su traje era una gran camisa que le venía hasta la
rodilla sobre sus calzoncillos únicamente, porque los calzones
azules, de mahón o fula, los había dejado colgados en el totumo,
donde se veían otras piezas de ropa, que a precaución se guardan
por librarlas de la sustancia melosa que del tabacal siempre se
desprende. El sombrero del cosechero era de trenza, y tan ancho
como un paraguas; por calzado tenía dos recortes de su cuero de
dormir, atados con delgadas correas, que es lo que se llama
|quimbas.
-¿Y qué vientos me lo han echado por aquí?-le dijo don Cenón
Argüelles al viajero, después de contestarle su respetuoso
saludo.
-Por pasear y conocer sus tierras.
-¡Quién sabe! ¡Como que usted viene de raspa!
-Me salí de Bogotá, ciertamente, por no tener comprometimientos
en la revolución actual.
-Rogando a Dios estoy que gane mi paisano, para que los pobres
tengamos más libertad. Bien que la tierra que nosotros pisamos es
la tierra.
-¿Y tendrá usted la bondad de darme posada y venderme unos
manojos de tabaco?-le dijo don Sixto al cosechero, interrumpiendo
su perorata.
-Lo que tiene es que el dueño de tierras.... -contestó el
ciudadano Argüelles, mudando de tono y clavando los ojos en tierra,
como si hubiese sonado la campana de
|a1zar; y como para
distraerse o distraer del objeto al forastero., le mostró una larva
de fajas plateadas, con un cuerno en la frente.
-¿Qué es eso?-preguntó don Sixto, sin atreverse a tocarlo con
los dedos.
--El cachudo, ¿no lo ve?
-¿Y para qué sirve?
-Para tragar tabaco y hacernos desbautizar a los cosecheros.
-¿Y de dónde sale?
-De esta perlita, mire-dijo el cosechero, reventando un huevo
del tamaño de una semilla de repollo, o poco mayor, que estaba
sobre una hoja; y ésta la deja, continuó diciendo, una mariposa
blanca que no alcanza a tener una pulgada; y mire aquí el
cogollero, verde como la misma herejía. Este amanece en el propio
cogollo, y luégo deja el puesto para que la mariposa, que es
achocolatada y más chica que la del cachudo, venga a poner el otro:
vea usted el gusanito; y el huevo es verdoso y puntiagudo.
Esto decía el ciudadano libre, sin dejar de estripar gusanos con
los dedos y con las pantuflas de cuero crudo, ni de explicar, a su
modo, las variedades de los insectos.
-Este es el pulgón-continuó diciendo, y sacudió una hoja de
donde saltaban unas cucarachitas mayores que una pulga. Y éste es
el gusano de tierra, dijo, escarbando los pequeños terrones, y
sacando de allí un gusano de color cobrizo. Todos estos enemigos
nos combaten y persiguen…. y luégo…. el dueño de
tierras…. Conque ¿qué vida es ésta?-dijo Argüelles, volviendo
a quedarse mudo por algunos instantes.
-¿Y qué se hace con estos insectos?
-Pues despulgar, ¿no me ve aquí como clueca con pollos
hambrientos?
-¿Y todas las semanas?
-¡Usted está enteramente a oscuras…. todos los días y a
tarde y a mañana, y en ocasiones por la noche con luces encendidas;
porque ya sabe que el día que uno se descuida tantico se comen la
mitad de la labranza; y luégo el dueño de tierras....
-Este último gusano, que usted llama de tierra o dueño de
tierras, es el que le falta mostrarme.
-De ese no le puedo hablar a usted sino muy en secreto-dijo
Argüelles, volviendo a deponer los arranques de pedantería que
fluctuaban sobre su rostro-y continuó en su obra de reventar
gusanos, andando a la cabeza de todos los peones, quienes suplían
la marsellesa con risotadas y burletas, de las cuales Bonilla, el
compañero de don Sixto, entendió que no se escapaba él mismo, ni
las venerables barbas de su patrón, que en Bogotá le merecían mil
elogios, por lo menos de las muchachas buenas mozas.
Nuestro viajero también extendió sus ojos sobre la- otros
espulgadores, que llevaban seis surcos de separos do y en todos no
reparó como raro sino el traje caprichoso de la enhiesta y hermosa
Ruperta, que únicamente constaba de sus enaguas de fula, chingadas,
esto es, colgadas de sus hombros con ayuda de los cordones de atar
a la cintura, a manera del túnico de los israelitas.
Empezaba ya a oscurecer, y los peones con su jefe, empezaron a
desfilar hacia el caney, atraídos por la esperanza de la cena de
peto con carne asada, y de los afables cuanto alegres coqueteos de
sus compañeras de trabajo. Carmen los esperaba con afán: también
refrescaron don Sixto y su modesto compañero, y en seguida se puso
el primero a darle muy afectuosas palmaditas a su mula. Es tan
propio de un viajero acariciar el bagaje, como del candidato lo es
atacar y complacer a sus amados electores. Pero con el fin de
tributar un obsequio más positivo, le pidió al cosechero (en
calidad de compra, se entiende) un palito de maíz para la mula.
-¿Maíz? caballero.... Ni lo piense, respondió Argüelles, porque
está en vara de castilla en estos días.
-¿También el cachudo?
-El dueño de tierras que no lo consiente sembrar. Así es que el
poquito que se consigue en las balsas es más caro que la salvación;
y ese cuando más alcanza para que nos muelan el peto, y ni aun eso
a ratos.
Mientras que el hijo del cosechero amarraba las mulas a soga,
Bonilla, el compañero de don Sixto, le colgaba su hamaca junto de
la del costal del dueño de casa; y fumando sus cigarros los dos
primeros personajes, se pusieron a conversar de gusanos, de sartas,
de atados de clases y calidades, y de lo demás que tiene relaciones
con el arte del cosechero, mientras que los peones, por su parte,
tendidos al pie del totumo, sobre cueros o costales, procuraban
pasar el rato lo mejor que se pudiese, galanteando con entera
confianza a las niñas del caney, que ensartaban unas hojas cogidas
el día anterior
-Yo no sabía lo que era el caney-decía don Sixto bien estirado
sobre su movediza y flotante cama y estoy pensando que los
cosecheros (si es que hay otros como usted) son los israelitas del
desierto de Canaán por las 7.777 plagas que los persiguen; por ese
gran gusano de tierras, que me lo figuro el supremo Faraón; por el
túnico judaico que le vi a Ruperta en la labranza, y que al llegar
al caney ha reforzado con la camisa común, y por el maná, es decir
por el peto, que es de sal o de dulce, o de ninguna de las dos
cosas, conforme al gusto de los cosecheros, como sucedía con el
verdadero maná, que a la madrugada les llovía a los israelitas
durante la peregrinación del desierto.
-Pero es que aquí en lugar de peto lo que nos llueve son las
plagas.
-Y usted no me ha explicado hasta ahora cómo es ese gusano que
usted llama de tierras, o dueño de tierras.
-Ese es el amo, no sea usted tan zonzo: el amo a quien le pago
yo treinta pesos por el arriendo del almud de tierra que siembro, y
de los siete pies de tierra sobre que me acuesto, con algunas
condiciones que no dejan de ser medio enfadosas luégo.
-¿Cómo cuáles? por ejemplo.
-La de venderle al amo todo el tabaco sin
|reservar una
hoja de
|carola siquiera, ni guardar para el gasto ni un
manojo de
|capa; y éste me lo paga a dos pesos de a ocho;
pero recibido en la romana de a treinta libras. Y yo tengo que
comprarle la res para matar a juro, aunque en otro potrero me la
vendan por la mitad menos; y yo tengo que comprarle las
herramientas y los abastos en su tienda y Carmen y las otras niñas
tienen que comprarle !a bogotana y la fula, también a juro, aunque
pudieran sacarla con alguna comodidad de las otras tiendas, en
donde se vende la fula libre, y en donde les hacen favor a ellas en
ocasiones.
-¿Y si usted no quiere?....
-¿Y los celadores o guardas? No ve que rondan y esculcan hasta
las camas de mis caseras?
-¿Pero eso de la carne?
-Es como le cuento; que estoy obligado a venderle mi tabaco y a
comprarle la carne y cuanto hay al señor dueño de tierras.
-¿Y la carne se la pesan a usted en la romana de a treinta
libras?
-¡Eso no!
-Pero usted pisa la tierra de la libertad y de la igualdad.
-¡Eso sí! mi caballero; porque en cumpliendo con las leyes del
dueño de tierras, para
|elecciones, y para todo, por lo
demás, ya sabe....
-¿Y usted tiene escritas todas esas leyes judaicas, o mosaicas?,
porque todo lo que veo en el caney tiene alguna semejanza con los
usos y costumbres israelitas.
-No, señor.
-Pues si usted quiere, yo se las escribiré en un momento, pero
sin que usted se lo cuente a nadie.
-¡Pues si me hace el bien!....
Y sacó Bonilla el recado de entre un maletón, y sobre un
cuaderno, sin levantarse de la hamaca, codificó don Sixto todas las
obligaciones del
|Caney del Totumo, y se lo entregó al
cosechero, quien las puso sobre una tabla con la libreta y con una
instrucción impresa sobre el cultivo del tabaco, de tantas que se
han repartido para la diversión de aquellas gentes. Don Sixto se
quedó callado, moviendo por intervalos su grande hamaca para
procurarse algún alivio. Las caseras, que se acababan de acostar, a
la vista de sus compañeras de caney, en la barbacoa central,
exhalaban una que otra interjección, oprimidas por el grande calor
que hacía; pero a poco rato nada interrumpía el sueño general, con
excepción de unas voces ligeras de Ruperta, que soñaba con la
matanza de los cachudos. Todos dormían.
De golpe se despertó don Sixto por unos toques disimulados que
sonaron en el empalmado, y con el trasluz que la falta de puertas
dejaba a la sala, vio salir a la hija mayor, con pasos silenciosos,
cortos y mesurados como una hurí de las mencionadas en las antiguas
leyendas de los musulmanes, y atisbando en seguida por entre las
persianas de las hojas de palma, vio saludar a un caballero de
botas y de chaqueta (o cualquiera de sus degeneraciones) y sentarse
a conversar con él sobre un grueso tronco, cuyos despojos sin duda
estaban empleados en la construcción de aquel caney. Puso don Sixto
cuidado, y les oyó esta parte de su conversación:
-Te has deslucido, Carmen.
-¿Y qué quería que yo hiciera ? ¿No vé cómo está el celo
mientras más días?
-¿Y no has oído que al celoso cuernos?.... ¿Para cuándo es ese
talento?.... ¡Y tan viva....
-¿Luego no sabe que estoy muerta? Por lo menos para eso de
contrabandos; y le encargo que no me vuelva a decir nada sobre este
particular.
-¡Entiendo!.... don Eladio pasa por estos lados muy tarde de la
noche, con pistolas y machete....
-Pues lo que le juro es que no hay nada de lo que piensa, porque
si llega es a pedir la candela, y nada más.
A este tiempo salió el dueño de casa, y creyendo don Sixto que
una buena gresca se iba a ofrecer, lo que se siguió fue una larga
visita, sentados los tres personajes sobre el mismo tronco
mencionado.
-¿Conque nada, nada, don Cenón ?-decía el misterioso
caballero.
-Nada, señor don Emigdio. Ya un contrabando lo tengo yo como una
cosa imposible, ¿me lo cree?
-¿Y pagándole yo el tabaco a cuatro pesos?
-Aunque me lo pague a veinticinco.
-Es que usted está muy retrógado. ¿Para cuándo es, pues, esa
libertad del cultivo?
-Pero si han dado los celadores en rondarnos tanto, cristiano de
mi alma; y que usted sabe ya que los ocho
|hilos componen una
arroba por la medida de los doce pies de
|camarote a
camarote, y que rondan y nos esculcan hasta no más.
-¿Y cómo es que yo he colectado en la semana pasada quinientas
arrobas de tabaco libre, con sólo pagarla a dos pesos más de a como
lo pagan las casas?
-Es que usted no duerme, cristiano y que usted es más vivo que
un gavilán! de veras, don Emigdio.
-Pero qué quiere usted, ¡si en estas casas saben tanto!
-¡Pues ya sabe!
-Lo siento por usted; y me voy aprisa, porque tengo que ir a
echar a la barqueta unas veinte arrobas de
|tabaco libre que
compré por allá en otro caney de más adelante. ¡Adiós, don Cenón!
¡Adiós, Carmen! Conque hagan mucho empeño por acá; y si hay forma
me lo llevan, pero a media noche porque, los vampiros de las casas
tampoco se descuidan.
Inquieta la imaginación de don Sixto por las relaciones de
guardas y contrabandos, no había vuelto a dormir; y alzando la
cabeza con motivo de un ligero ruido vio desplegarse en guerrilla
por toda la casa un pelotón de actores, unos en dirección a las
camas de las muchachas, y otros hacia los rincones y trojes de la
ramada. Tomó sus pistolas en las manos y se mantuvo en espectativa.
De los que se habían quedado más afuera dio uno con la cama de
Bonilla, y lo pisó. El bogotano, que había caído como muerto de
cansancio, despertó gritando:
-¡Que nos roban, patrón!
Don Sixto dejó ir un tiro, preocupado con la voz, a tiempo que
Bonilla repartía garrotazos a palo de ciego sobre los invasores los
cuales, no acertando a defenderse por la sorpresa, y aturdidos por
los repetidos golpes, fueron perseguidos hasta más allá de los
límites del patio. Pero adentro vino a terminarse la refriega con
el acto más terrible y espantoso. A tiempo que don Sixto forcejeaba
con un prisionero, Carmen gritaba llena de espanto:
-¡Fuego! ¡fuego!