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CAPITULO X
 

LA CELDA VERDADERA
 

A este tiempo, abriendo la puerta un monje, saludó con reverencia al prelado, sin descruzar sus brazos de sobre su pecho.

-¿Lo conoce?-le dijo don Ventura al prelado.

-Es el diablo en forma de Serafín-dijo el prelado santiguándose él mismo, y tendiéndole el cinto bendito sobre la cabeza.

-¿Quién nos entiende?-dijo don Ventura.

-De parte de Dios, te digo que nos expliques quién eres y de dónde sales-continuó diciéndole el reverendo padre al diabólico espectro.

-Soy el hermano Serafín; y salgo de mi celda, respondió el aparecido.

-Y ahora ¿qué dice su paternidad ?-preguntó don Ventura.

-Que sí es el padre; pero que en esto hay algún terrible misterio.

-Pues yo lo que puedo decir es, continuó don Ventura, que los reverendos padres han quedado más deslucidos. El padre Serafín es a mis ojos el hijo pródigo, vuelto por sus pasos contados a la casa de su padre: está arrepentido.

-¿No es así, padrecito?-le dijo al aparecido, con dulce voz-.... ¿No es usted hombre de cumplir con sus promesas?

-Sí, señor, contestó el padre Serafín, sin alzar a mirar siquiera.

-Pues déle un abrazo, mi reverendo padre.

- |Ego te absolvo-le dijo el prelado al padrecito, echándole una solemne bendición por encima, y el penitente le respondió:

-Amén.

-¡Pero el abrazo!, ¿no me comprenden? .... ¡el abrazo!-dijo don Ventura: todos los padres han de abrazar ahora al padre Serafín, en señal de fraternidad; y que toquen a comunidad para que lo abracen todos los que ignoraban que estaba en su celda.

-¿Comunidad? No es uno de los casos de la constitución, señor don Ventura.

-Pues a nombre del patronato que ejerce el gobierno civil. Yo quiero que se toque.

La sonora y muy triste campanada que vibra en los conventos y en toda la ciudad a las tres de la mañana, vino en transacción de esta difícil competencia. Los claustros resonaron con el tañido melancólico, y a poco tiempo crujían las puertas de las celdas, para encaminarse sus pacíficos moradores, con pisadas graves y recatadas, a ocupar sus asientos en los escaños del coro.

-Ahora es tiempo de que los hermanos reciban al hermano en el recinto sagrado, que nosotros llamamos coro, dijo el prelado, sin violentar nuestra santa constitución.

Marchó don Ventura por los claustros, en medio de tres padres graves y de su ahijado, y del cachifo prisionero, y cuando ya estuvo en la puerta se verificó la reinscripción del hermano Serafín. Don Ventura se quedó absorto de ver en el extremo del silencioso templo a los padres, hincados de rodillas, delante de un atril gigantesco, con los ojos fijos sobre unos libros monstruos, con caracteres como los de algunos avisos de talleres, pero claros, sin dibujos que desvirtúan el fin de ser leídos de pronto....

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