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D. EUGENIO DIAZ
 

El caso de don Eugenio Díaz (Soacha, 1804. Bogotá, 11 de abril de 1865), hace recordar el del poeta inglés William Cowper, pues como éste, nuestro costumbrista había vivido cincuenta años sin la menor intención de aventurarse por los vericuetos de la gramática, los que apenas había entrevisto durante su breve estancia en el Colegio de San Bartolomé; pero un buen día vínole el antojo de consignar por escrito sus observaciones respecto a personajes e incidentes del campo, recogidas ya en su propia heredad de «Puerta-grande», ya en los trapiches adonde su estrella le llevara a servir de mayordomo.

Por fortuna para él y para el costumbrismo colombiano, don Eugenio tropezó con José María Vergara y Vergara, espíritu generoso que sabía como pocos estimular los ajenos talentos. Vergara leyó los incorrectos borradores de «Manuela», hizo cuanto pudo para restarles rustiquez y desmaña, y echó a los vientos de la publicidad el nombre del original y novel escritor.

Hé aquí cómo relata don José María su primer encuentro con el autor de «Manuela»:

«El 21 de diciembre de 1858 estaba yo en mi cuarto de estudio, en ocupaciones bien ajenas de la literatura, puesto que eran libros de cuentas los que abrían sus páginas ante mi, cuando tras de un golpe que sonó en la puerta y un «¡adelante!» con que respondí al golpe, se presentó en mi cuarto un hombre de ruana.... En el breve instante dentro del cual nos saludamos y nos sentamos, uno al lado del otro, eché una rápida ojeada por toda la persona de mi visitante. Era un hombre de edad madura: las canas de su cabeza acusaban en él cincuenta a sesenta años; pero la vivaz mirada de sus ojos, que atravesaba poderosamente los lentes de sus espejuelos, le daba un aspecto juvenil que contrastaba con su cabeza blanca. Venía primorosamente afeitado y aseado. Vestía ruana nueva de bayetón, pantalones de algodón, alpargatas y camisa limpia, pero sin corbata y sin chaqueta.

«Este vestido, que es el de los hijos del pueblo, no engañaba, porque él lo llevaba con desembarazo. Se veía sin dificultad que si así vestía, era por costumbre campesina; pero su piel blanca, sus manos finas, sus modales corteses, sus palabras discretas, anunciaban que era un hombre educado.

«-Por acá me manda don Ricardo Carrasquilla, me dijo al sentarse.

«-Viene usted de buena parte. ¿Y qué órdenes da Ricardo?

«-Que me haga amigo con usted. Yo soy Eugenio Díaz.

«-Cuente usted, señor don Eugenio, con que la letra está aceptada a la vista, contesté viendo aquel aire apacible, de hombre no sólo bondadoso sino honrado, no sólo honrado sino inteligente, tres cualidades que se encuentran raras veces reunidas.

«-Fui esta mañana a casa de don Ricardo, continuó él con su franca mirada y su cordial sonrisa, a proponerle que diéramos un periódico literario, y me dijo que viniera a hablar con usted.

«- Conque usted.... es escritor?

«-De «costumbres del campo», nada más.

«-Como quien dice «no tengo más riqueza que una mina de oro» . ¿Y ha escrito usted ya algo?

«-Sí señor. Aquí traigo la «Manuela».

«-Qué cosa es la Manuela?

«-Una colección de cuadros de «trapiche, la «roza» de maíz», la «estanciera», y otros escritos de esas tierras donde he vivido.

«Y dicho esto, sacó de debajo de su ruana unos veinte cuadernillos de papel escritos, que puso en mis manos y que yo hojeé, leyendo una línea aquí y otra más allá.

«-¿Cuándo saldrá el periódico?

«-Lo más pronto posible, dije, al ver que el texto que había adoptado el escritor era éste:

'Los cuadros de costumbres no se inventan, sino se copian'

«-¿Qué nombre le ponemos?

«-¿Le parece bueno el de «El Mosaico»?

«-Buenísimo. ¿Y cuándo vamos a la imprenta?

«-Ahora mismo, le contesté, porque acababa de leer rápidamente esta frase de la «Manuela»:

'Salió de la cocina una mujer de enaguas azules y camisa blanca, en cuyo rostro brillaban sus ojos bajo sus pobladas cejas como lámparas bajo los arcos de un templo oscuro....

«Y nos fuimos en dirección de la imprentilla que estaba montando D. José Cualla, quien aceptó al punto la propuesta que sobre el asunto se le hizo, y nos previnimos para dar el número 1.º el 24 del mismo mes, lo que sucedió tal como lo habíamos dispuesto.

Hé aquí cómo se fundó «El Mosaico», y cómo fue su fundador el señor D. Eugenio Díaz, que en paz descanse, porque el día 11 de este mes se nos fue adelante, dejando en su periódico una página negra, ésta que conmemora su muerte, y muchas imperecederas, las que contienen sus escritos…. »

Don Eugenio Díaz campó en la historia de nuestras letras como uno de los primeros que cultivaron el costumbrismo; pero a haberse lanzado al campo literario veinte anos después, es decir, cuando ya el género había dado frutos tan valiosos como los que debemos al propio Vergara y a don Ricardo Silva, tengo para mi que, a pesar de la agudeza de su ingenio, no hubiera podido sobreponerse a su falta de cultivo intelectual.

Don Eugenio tuvo en su hora el valor relativo de toda novedad y no llegará a perder nunca la valía documental que le da la circunstancia de que su «Manuela» sea el primer eslabón de una determinada orientación literaria entre nosotros. Claro está que si se prescinde de estas consideraciones y buscamos en su obra tan sólo el valor intrínseco o artístico, hay que reconocer, sin que ello agravie su memoria, que no es posible medirlo con maestros de generaciones posteriores, como Tomás Carrasquilla. Mas, si así juzgada la obra de Díaz admite y merece reparos, justipreciada como trasunto fiel de las costumbres que describe, hay que reconocerle el mérito de ser un modelo de la más acabada fotografía. «Las escenas allí descritas-dice Laverde Amaya-forman un panorama de muchísimo mérito de seductora realidad que a modo de espejo clarísimo en que se reflejan hasta los más insignificantes detalles, dan completa vida y animación al asunto y fijan de un modo indeleble la faz curiosa, original y verdadera, de hábitos que poco a poco van modificándose».

Aparte de «Manuela», vivo retrato del pueblo denominado «Las Mesitas del Colegio» y de las haciendas aledañas como «Junca» e «Ibáñez», don Eugenio publicó cosa de treinta artículos de la misma clase en «El Mosaico», «El Bogotano» y la «Biblioteca de Señoritas»; escribió dos novelas: «Los aguinaldos en Chapinero» y «El rejo de enlazar»; algunos capítulos de «Bruna la carbonera» y «Pioquinta», y el ameno e histórico relato «Una ronda de don Ventura Ahumada», que es sin duda una buena muestra del ingenio de su autor.

En el número 46 de esta misma selección puede leerse el estudio que acerca de «Manuela» escribió don Salvador Camacho Roldán.

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