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PARTIDA DEL LIBERTADOR
(HONDA - 1830)
|Por
|Joaquín Posada
|Gutiérrez
Exiguos eran los recursos que llevaba para su viaje el hombre
que por tantos años había gobernado la potente Colombia y el
opulento Perú, habiendo consumido la mayor parte de lo que heredó
de sus mayores, en la guerra de la Independencia. Afectado con la
idea de verse en la indigencia en un país extranjero, escribió de
Guaduas a su apoderado en Caracas una carta manifestándole su
absoluta penuria y previniéndole que vendiese cuanto le quedase de
sus posesiones para no verse en la mendicidad en tierra extraña;
carta que la historia ha conservado por ser ella un testimonio más
de la probidad y honradez del grande hombre perseguido, comprobando
su pobreza.
Al llegar el Libertador a Honda fui a recibirle al puerto con el
concejo municipal, los empleados públicos y los principales
ciudadanos. De los pueblos inmediatos habían ido a la ciudad
cuantas personas pudieron, algunas con sus familias; y como en
todos los del tránsito fue recibido con iguales demostraciones de
afecto y gratitud, su corazón se ensanchó y se complacía en
manifestarlo.
Al caer la noche, el capitán de la compañía de granaderos se
puso a colocar centinelas en el balcón, en los patios, en las
esquinas de las calles, y algunos de los oficiales acompañantes
aparentaban una vigilancia ostentativa mirándome de reojo. Esto me
disgustó y manifesté al Libertador que en la ciudad de Honda y en
mi casa gozaba de completa seguridad, y que por tanto le rogaba que
mandase cesar esas precauciones, y así lo hizo.
Para preparar de un todo los champanes eran necesarios todavía
tres o cuatro días. Aprovechando este intervalo, el director de
las minas de plata de Santa Ana, que estaba en Honda, le invitó a
pasar un día en aquel establecimiento, distante unas seis leguas
de la ciudad, y lo hizo con tanta instancia que aceptó Bolívar la
invitación, más por condescendencia que por curiosidad. En Honda no
ha sido ni es fácil conseguir buenos caballos de pronto para más de
dos o tres personas, causa por la cual no pudimos salir sino muy
tarde en la mañana siguiente.
El sol en el cenit derramaba torrentes de fuego quemando la
tierra cuando llegamos a la quebrada de Padilla, bello oasis de los
llanos de Mariquita. El Libertador, en extremo fatigado y débil
como estaba, quiso descansar allí y, echando pie a tierra, hubimos
todos de hacer lo mismo con mucho gusto, acostándonos sobre
nuestros pellones a la orilla del cristalino arroyuelo. La frescura
del ameno sitio que la sombra de los árboles seculares producía; el
murmullo apenas perceptible de las límpidas aguas que se deslizaban
reflejando oscilantes sobre las hojas los rayos del sol que podían
penetrar por el espeso follaje; el roce dé las ramas que un suave
vientecillo blandamente balanceaba; el bramido sordo y lejano del
río Gualí, que estrellándose de una en otra roca sobre su lecho
pedregoso se precipita al Magdalena en rápida y espumosa corriente;
el reposo de la naturaleza en aquella hora en que todo lo que vive,
menos el esclavo, descansa en los campos de los climas ardientes;
todo, todo producía en nosotros un dulce sopor que excitaba a unos
a la meditación, a otros al sueño. Después de más de media hora en
que descansábamos en una especie de somnolencia, levantó Bolívar la
cabeza, se sentó impaciente, y dirigiéndose a mí, que estaba a su
lado, me preguntó:
-¿Por qué piensa usted, mi querido coronel, que estoy yo
aquí?
Tan extraña pregunta me sorprendió. Si yo hubiera respondido lo
que instantáneamente se me ocurrió, le habría contestado que por el
gravísimo error político que cometió al regresar del Perú no
sosteniendo el principio de legalidad, sofocando la revolución de
Venezuela de una manera diferente de como lo hizo; pero
tímidamente, por no ofenderle, le contesté:
La fatalidad, mi general.
-¡Qué fatalidad! ¡No!, me replicó con vehemencia, yo estoy aquí
porque no quise entregar la República al colegio de San Bartolomé;
y calló inclinando meditabundo la cabeza sobre el pecho.
El general Santander había sido colegial de San Bartolomé, el
mayor número de los miembros de la sociedad
|filológica y de
los conjurados del 25 de septiembre eran o habían sido del mismo
colegio, y ellos figuraban como corifeos del partido liberal: a
esto hacía alusión aquella palabra de Bolívar, que manifestaba la
preocupación incesante de aquel hombre desgraciado, que no podía
olvidar a Santander y el atentado del 25 de septiembre.
Levantándose apresurado, pidió a un criado una sábana de la
maletera y dijo que iba a bañarse: yo le hice algunas
observaciones sobre el riesgo que había, de hacerlo en aquella
hora, después de una agitada marcha y acabando de llegar de un
clima tan frío, respecto de Honda, como lo era el de Bogotá, y le
dije:
-Recuerde vuestra excelencia que Alejandro Magno murió en la
flor de su edad por haberse bañado estando acalorado.
Mirándome con indefinible dulzura, me contestó:
Cuando Alejandro se bañó acalenturado, estaba en el apogeo de su
gloria; yo no corro ya ese peligro; además, la muerte de Alejandro
la atribuyen unos a que Antípater lo hizo envenenar... y otros a
que su enfermedad se agravó por el exceso del vino en una orgía, y
yo jamás me he embriagado.
Efectivamente, no hubo ejemplar de que Bolívar se embriagase ni
en los espléndidos banquetes que se le dieron muchas veces.
Después del baño, seguimos, y en todo el camino iba hablando sobre
su tema constante de cual sería la suerte que correrían estas
Repúblicas, por la anarquía de las ideas, por la facilidad que las
instituciones daban a los ambiciosos para alzarse con el poder
público, desmoralizando el pueblo y arruinando el país.
Al subir el cerro que separa la pequeña colina de Santa Ana, de
los llanos de Mariquita, se detuvo a admirar el magnífico panorama
que desde allí se presenta a la vista en aquella hora: la
cordillera oriental bañada por él sol poniente, reflejando los
colores del iris en una prolongada línea de páramos sobre sus
elevadas cimas; las extensas llanuras cubiertas de ganados y
sembradas aquí y allá de aldeas, de caseríos, de alquerías y de las
chozas del pobre jornalero; el Magdalena en un tortuoso curso
recogiendo los ríos menores y arroyuelos que de uno y otro lado
bajan de ambas cordilleras y serpenteando por las praderas se
deslizan más o menos turbulentos, a perderse en él; las bandadas de
guacamayos de variado plumaje, de loros, de pelícanos y de mil
otros pájaros que al declinar el sol atraviesan el espacio con
gritería atronadora, en busca de las ramas donde pasan la noche o
donde dejaron sus polluelos; los palmares lozanos y pintorescos que
abundan en grupos aislados proporcionando sombra al ganado en las
horas de calor sofocante, y alimento con sus corozos a otros
animales; del lado opuesto, el nevado del Ruiz, en la cordillera
central, reverberando como plata bruñida sobre las nubes doradas,
matizadas de púrpura y azul, que formaban su dosel, los torrentes
de luz con que el sol lo hiere al descender a su ocaso; el
esplendente indescriptible arrebol que más o menos purpúreo
iluminaba la bóveda celeste; todo esto formaba un estupendo y
sublime cuadro, que obligaría al espíritu más fuerte a humillarse
ante el Creador omnipotente de tantas maravillas, y que detuvo a
Bolívar largo rato en religiosa contemplación, de la que
participábamos, en silencio respetuoso, los que le
acompañábamos.
-¡Qué grandeza, qué magnificencia! ¡Dios se ve, se siente, se
palpa! ¿Cómo puede haber hombres que lo nieguen?, fueron sus
primeras palabras al salir de su éxtasis.
-Mi general, le dije yo, los hombres que lo niegan también lo
ven, lo sienten, lo palpan, no sólo en sus obras grandiosas, no
sólo en los millares de soles que pueblan el espacio infinito, sino
en el más pequeño insecto de efímera existencia que se arrastra en
el lodo y huellan nuestros pies sin percibirlo; pero lo niegan por
orgullo por vanidad, queriendo aparecer superiores al resto del
género humano, que suponen ignorante, o para aturdirse, para ahogar
los gritos de una conciencia sobresaltada con el delito: yo no creo
que haya ateístas por convicción...
A pocos pasos se nos presentó el caserío pajizo del
establecimiento, que es hoy una aldea, mucho mayor de lo que era
entonces. El director, los mineros ingleses, como unos doscientos
jornaleros del país, con sus herramientas en la mano, armas
inofensivas del pacífico trabajador, formados haciendo calle en dos
filas, y sus esposas y sus hijas teniendo ramos de flores en la
mano, todos decentemente vestidos, nos esperaban. Al vernos, una
exclamación entusiasta de «¡Viva el Libertador!» retumbó
repercutida por el eco en todas las sinuosidades de la montaña y
coloreó las pálidas mejillas de Bolívar, que sensible a aquel
homenaje al hombre caído, y no al poder imponente, se esmeraba en
manifestar a aquellas buenas gentes su gratitud.
Después de visitar, en la mañana del día siguiente, el
establecimiento, bajando a las galerías subterráneas por una
lumbrera de trescientos pies de profundidad, con inminente riesgo
de caer; después de observar con tristeza el ímprobo trabajo que
cuesta sacar el codiciado metal de las entrañas de la tierra, las
vidas que se pierden para lograrlo, la miseria de los que lo hacen,
su aspecto enfermizo y la brevedad de su existencia, siendo muy
raro el de ellos alcanza a vivir cincuenta años, nos pusimos marcha
para Honda.
Al llegar al crucero de los dos caminos en que se separa el de
Mariquita, le propuse que pasáramos a ver las ruinasde esa antigua
ciudad, donde descansaríamos, y siempre tendríamos tiempo de llegar
a Honda a prima noche «Mariquita, le dije, fue la primera ciudad
que fundó el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada en el interior
del Nuevo Reino de Granada, en el extenso territorio que los indios
llamaban
|Marquetá, y estuvo en competencia con la naciente
Santafé para capital del virreinato; tuvo unas quince mil almas y
hoy no tiene quinientas; el nombre indígena de la aldea o
ranchería que en su área encontraron los españoles era
|Marequipa, que pronunciado por los pobres indios
marquetones, a quienes se despojaba de la herencia de sus padres,
lo adulteraron los españoles por el de Mariquita, burlándose de
ellos porque no sabían pronunciar el castellano. Existe la primera
ermita que, según la tradición, construyeron los conquistadores, y
en ella un Cristo expirante, quizá la mejor imagen que hay en Nueva
Granada. Situada al pie de la cordillera central, en una rinconada
fértil, amenísima, sobre un plano ligeramente inclinado, le entra
por cada una de sus calles, perpendiculares a la cordillera, una
acequia de agua clara, de arroyuelos que bajan directamente de la
montaña, y al salir de la ciudad se pierden filtrándose. Fue hasta
fines del siglo pasado, aunque ya en mucha decadencia, la capital
de la provincia. Tuvo ricos conventos de órdenes monásticas, casa
consistorial, cárcel espaciosa y otros edificios públicos. Sus
calles, tiradas a cordel, se cortan en ángulos rectos, cosa
rarísima en las ciudades españolas; todas las calles están
empedradas, y los restos de sus edificios públicos, y las paredes
derruídas, blasonadas en sus puertas, manifiestan que fue una
ciudad rica y aristocrática; las principales familias de Bogotá
traen su origen de Mariquita. En Mariquita existía el pendón de
raso carmesí bordado de oro, con las armas de Castilla en el
centro, que trajo Quesada a la conquista; este pendón se exponía al
público con gran solemnidad desde la víspera del día de Corpus, en
la casa consistorial, espléndidamente iluminada toda la noche. De
los ayuntamientos de la provincia venían a la procesión comisiones
con el estandarte de su respectivo concejo, como un homenaje al
pendón real. Yo me he divertido algunas veces en hojear el
carcomido archivo del ayuntamiento de la ciudad y enuna de las
actas de ahora ha más de cien años, que en toda forma se extendía
de la augusta función, se expresaba en letras gordas que habían
concurrido a la procesión siete caballeros cruzados hijos de la
ciudad. Una tradición indudablemente errónea suponía el pendón real
de Mariquita bordado por la reina Isabel la Católica, y esta
creencia lo hacía mirar con una veneración religiosa. Todavía en
1819 existía este trofeo de la República, descolorido pero sano, y
a la fuga del virrey por consecuencia de la victoria de Boyacá, el
gobernador patriota de la provincia lo hizo quemar en la plaza, con
publicidad oficial,
|en odio de
|la monarquía. Los
patriotas de la primera época lo respetaron. Mi general, dispense
vuestra excelencia que yo me extienda con cierta complacencia en
referir lo que fue una ciudad, hoy deprimida, como todo lo caído de
un esplendor antiguo: ¡en ella nació mi madre!»
Bolívar, sonriéndose me contestó: «bien me suponía yo por la
vehemencia que usted manifestaba en su relación, que algún motivo
de fuerte simpatía lo preocupaba a usted en favor de los escombros
mariquiteños». «Mi general, contesté yo, mi madre meció mi
infancia hablándome siempre de los recuerdos de la suya y quizá
esto me preocupa como dice vuestra excelencia». Y rehusando Bolívar
entrar a Mariquita, continuamos nuestra marcha con la mayor
lentitud, paso a paso. Con los hondanos que nos acompañaban,
hablaba de comercio, de agricultura, de minería con la mayor
precisión; por ratos guardábamos todos silencio, y así pasamos unas
ocho horas en un camino que se anda en cinco, hasta que llegamos a
Honda a prima noche.
Los miembros del concejo municipal, los empleados públicos y los
principales vecinos habían dispuesto un baile para esa noche, en el
que Bolívar, a pesar de su cansancio y debilidad, se manifestó
complaciente y agradecido a tantas atenciones, que en su posición
no esperaba.
El secretario de la guerra me había autorizado para contratar un
pequeño empréstito voluntario, para preparar los champanes, víveres
y lo demás que era necesario suponiendo como en efecto así era, que
en la tesorería de Honda no habría fondos sobrantes, y los hondanos
se apresuraron a suscribirse.
Al gran champán para el Libertador y los oficiales que le
acompañaban, le hice abrir ventanas en cada costado de la tolda,
forrarlo interiormente de zaraza y entapizarlo lo mejor que se
pudo; le puse mesa, asientos, piedra de destilar para clarificar la
turbia agua del cenagoso Magdalena. En un champán embarqué una
abundante provisión de víveres para todos, incluso la tropa;
frutas, bebidas refrescantes, en fin, hice lo que debía hacer en
aquel caso.
Todavía descansó Bolívar un día en Honda, mientras se concluían
los preparativos para su viaje, y al siguiente a las siete de la
mañana se embarcó. La concurrencia al puerto fue numerosa: a
caballo, a pie, todo el que pudo ir lo hizo. Al tiempo de
embarcarse, abrazándome me dio las gracias por las atenciones que
había tenido con él, y poniéndome en la mano la medalla de oro de
su busto, me dijo: «Use usted este recuerdo mío en mi nombre».
Todos querían abrazarle, y a todos manifestaba su agradecimiento,
visiblemente enternecido. Al arrancar los champanes de la playa,
pasó a la popa y nos dio el último adiós, con el sombrero en la
mano. Los que, apiñados a la orilla del agua, seguíamos con la
vista el rápido descenso de los buques, le contestamos del mismo
modo, y Bolívar oyó por última vez nuestro voto de ¡Viva el
Libertador!
Así despedí yo a Bolívar de la playa del Magdalena, habiéndome
tocado encaminarlo vivo al sepulcro que le esperaba abierto en las
costas del Atlántico. En su lugar se verá que también me tocó
sacarlo de él y entregarlo muerto en la de Santa Marta, a su
patria, que, si ingrata lo maldijo y lo proscribió, arrepentida
volvió por su honor recogiendo los restos venerandos de su hijo
excelso, a quien debe principalmente el esplendor con que brilla en
la historia colombiana.
Los franceses no se olvidan nunca del abrazo dado por Napoleón
al general Petit en 1814, al despedirse para la isla de Elba.
¡No!,ningún francés olvida aquel tierno «adiós de Fontainebleau» a
su guardia imperial y demás cuerpos del ejército que no lo
abandonaron en su desgracia como lo hicieron sus mariscales.
Nosotros nos olvidamos de todo lo noble, de todo lo digno, ocupados
como estamos en barbarizar nuestro país, haciéndolo despreciable y
hasta odioso al mundo civilizado. Dispénseseme, pues, que yo haga
algunos recuerdos de la dolorosa despedida del preclaro
venezolano, nuestro jefe en los días gloriosos de Colombia, que si
Bolívar cometió algunos errores, también los cometió Napoleón.
«Memorias histórico-políticas»
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