INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

ANTIGUO MODO DE VIAJAR
POR EL QUINDIO

|Por |Ramón |Torres

 

La litografía de los señores Martínez Hermanos repro­dujo un paisaje, dibujado en la piedra por el señor Ramón Torres Méndez, que representa el modo de viajar por nuestras montañas; paisaje que debe llamar la atención de los curiosos, tanto de los que han atravesado la cordi­llera, como de los que solamente han dado la vuelta al­rededor de su cuarto, como Mr. de Maitres. Este último modo de viajar es bastante común entre las señoritas de Bogotá, de las cuales algunas lo más que han extendido el radio de sus excursiones es hasta Chapinero, los Laches o Puente-Aranda. Sin embargo, tales mujeres son anda­riegas, comparadas con la señorita***, que materialmente no conoce sino la plazuela de San Diego por el norte, la de Las Cruces por el sur, La Peña por el oriente, y esa corraleja o quisicosa (entre paréntesis) que hay al entrar en la Alameda Nueva, frente al edificio del colegio del Espíritu Santo.

Es el caso que compré, en días pasados, uno de esos paisajes que dije, y, como quien no quiere la cosa, fui a ponerlo a los pies de la señorita de Tres Estrellas. La señorita lo merece, dígase lo que se quiera: la justicia por delante. He aquí un fragmento del diálogo a que dio margen mi obsequiosa galantería:

-¿Usted ha pasado el Quindío?, me preguntó.

-Sí, señora, le contesté; y el Guanacas, el Almorzade­ro, Sonsón, Herbé, Remolino, Barragán y... ¡qué se yo!

-Es decir, ¿que usted es todo un doctor en eso de pasar montes?

-Sí, señora, respondí sonriéndome, y en esos montes me he graduado en pasar muchos malos ratos, y muchos malos pasos.

-En cambio de algunas horas deliciosas, ¿no es verdad?

-Sí, verdad es.

-¡Oh!, ¡cuando llueve! ¿Hay casas en la montaña?

-Cuando pasé el Quindío, en 1842, no había más que una casucha a la entrada, y otra a la salida. Ahora dicen que hay casas y tambos en La Palmilla, Las Tapias, El Moral, Buenavista, Toche, La Colorada, Las Cañas y Piedra de Moler; y dos poblaciones nacientes, una en Boquía y otra en La Balsa, poblaciones que apenas merecen el nombre de tales.

-Bien: ¿y qué representa esta lámina?

El modo de viajar por la cordillera. Ese que ve usted casi desnudo, es un fornido ibaguereño que lleva sobre las espaldas a un individuo, sentado en una silleta hecha de guaduas muy livianas, pero de mucha consistencia. El viajero lleva encogidas las piernas, y apoyados los pies en una tablilla. El carguero se apoya en el bordón, que maneja con la derecha, siendo de advertir que los antio­queños no lo usan. La selva primitiva, como usted puede ver, está dibujada con bastante naturalidad y desembarazo. Esos grandes árboles, esos troncos, esas enredaderas que cuelgan formando ricos pabellones de verdura, en fin...

-¡Ya!, ¡ya!, me hago cargo. Muchas leguas de monta­ña, y subidas, bajadas, ríos y torrentes, precipicios y des­peñaderos, de todo eso habrá por allí...

-Sí, señora, con sobrada abundancia.

-¿Y quién será ese de la ruanita pintada?

2cuac.jpg (38658 bytes)
|¿... y quién será ese de la ruanita pintada?

-A lo que comprendo, el pintor quiso retratar a uno de los senadores de la República, que vino al Congreso el año pasado, hombre enjuto de carnes, macilento de rostro, pensativo y ensimismado, que hablaba solo algunas veces y manoteaba, cual si estuviera perorando en el Congreso, en cuyas sesiones no se atrevió a chistar pala­bra. Aquella que ve usted en otro carguero es la esposa del senador, muchachota alegrona, de veintiseis años que pesaba entonces nueve arrobas, quince libras; y hacía pujar, sudar, estremecer (y maldecir a veces) al miserable carguero que trajo a cuestas su rolliza humanidad. Y ese otro que se divisa, trepando por allá arriba en el último término del cuadro, lleva a un muchacho hijo del cejijunto senador, que viene a estudiar en un colegio de Bogotá, para salir tan doctor y tan hábil como su señor padre. Ni más ni menos.

-¿Y cómo sabe usted todo eso?

-Porque así lo he oído contar a personas que lo en­tienden.

-¡Qué paisaje tan bonito, señor!, ¡qué bonito! ¿Y qué dirán en Europa de nuestro modo de viajar a mediados de este siglo tan vaporoso, tan civilizado y tan romántico?

-Dirán lo que se les antoje. Cada uno viaja como puede; y en la cordillera de los Andes, mientras se es­tablecen los ferrocarriles, lo cual tardará su poquito, de­bemos dar gracias a Dios si conseguimos un carguero robusto, de anchas espaldas y fornidas piernas, para que nos conduzca; gracias debemos darle también si halla­mos un árbol caído sobre un río invadeable; gracias, si encontramos un tambo donde pasar la noche; gracias, si no nos muerde una culebra; gracias, si no nos devora un tigre; gracias, si no nos acometen los fríos y calenturas; gracias, si el carguero sale de paso, en vez de salir de trote; y gracias, últimamente, si no nos riega por el suelo, como le sucedió al Libertador Bolívar.

-¿Y quién habrá dibujado ese paisaje?, me preguntó con viveza la señorita de Tres Estrellas.

-¿Pues quién, sino nuestro célebre compatriota Ramón Torres?

-¡Ah, ya se me había puesto en la cabeza que él había de ser! Si usted me guardara el secreto, añadió con tono misterioso, le recitaría un soneto compuesto en elogio de dicho Torres, que se me ha quedado en la memoria.

-¡Bien! Prometido y ofrecido: sírvase usted recitár­melo, que pronunciados por esa linda boca, deben sonar muy bien aun los peores versos.

-Yo no sé cómo sonarán. El soneto dice así:

El azul de los cielos, el celaje,
Las caprichosas nubes, el torrente
Y las palmas que ciñen la ancha frente
De la cascada en medio del paisaje

Imita tu pincel; y hasta el ropaje
De púrpura y de rosa transparente
Con que se adorna el sol en el oriente...
Mas no iba a hablarte de eso: me distraje.

Al niño, al hombre, a la mujer hermosa
Copia tu mano con destreza suma,
Los ojos engañando artificiosa;

Y por eso es en balde que presuma
Disputarle la palma generosa
A tu pincel la más correcta pluma.


-Gracias, mil gracias por su fineza, señorita, dije yo, cuando ella hubo terminado. ¿Sabe usted quién compondría ese soneto?

-Sí, señor, lo sé; pero no se lo puedo decir.

 -¡Bien!, será porque yo no puedo decir a usted los nombres del senador y de la senadora, que tiene usted delante de los ojos. ¡Justa represalia!

-Si usted quisiera darme algunos informes más sobre ese peregrino modo de viajar en cabalgadura humana... porque, en fin, puede ofrecérseme algún día, y nunca está por demás...

-Sí, señorita, con mucho gusto: continuaré mi des­cripción, que no será tan buena que merezca un soneto, pero sí verdadera.

-Figúrese usted que sale uno de la hermosa población de Ibagué, que, aunque pajiza en su mayor parte, tiene un aspecto risueño y agradable. Esta población, hoy ca­pital de provincia, demora, coma usted lo sabrá, al pie de la gran cordillera central de los Andes, que es esa que vemos desde Bogotá cerrando nuestro horizonte por el occidente en úlitmo término, y que eleva sus crestas de plata, entre las cuales domina el pico del Tolima, que en las mañanas y tardes despejadas se divisa claramente. Sale, pues, el viajero de esa ciudad, que la tradición ha hecho célebre por las antiguas invasiones de los belicosos indios Pijaos y por la famosa lanza de don Baltasar, en que dicen que los ensartaba, como escorzonera, hasta de a ciento cincuenta.

-Sí, ya recuerdo los versos de la novena de la lanza, que se adoraba en Ibagué:

Y era tanta la pujanza
Del señor don Baltasar,
Que dicen llegó a ensartar
Ciento cincuenta en la lanza.

Y el pueblo respondía en coro el estribillo:

Lanza no caigas al suelo,
Porque vienen los Pijaos.


-Las tradiciones del vulgo son de una extravagancia verdaderamente... romántica, por no decir ridícula. Pero nos desviamos del objeto.

-A poco andar se toma el suave repecho, después de pasar el pequeño río llamado Combeima, y entonces, dejando las cabalgaduras cuadrúpedas se instala uno so­bre los lomos de las bípedas, en las toscas aunque seguras monturas que ellos mismos fabrican, quedando en esta posición, que podría traducirse por el emblema de un matrimonio desavenido, o de los partidos políticos, espalda con espalda, pero siempre el uno dominando al otro.

-Me gustan las moralejas de usted.

-Por fortuna son moralejas en diminutivo. La primera jornada es hasta el sitio que llaman La Palmilla: esto es de cajón, y de allí no pasan los cargueros ni hechos pedazos.

-¿Y ese capricho por qué?

-Porque estando muy cerca de Ibagué, tienen tiempo de volver a la población, de donde parece que se separan con pesar, y pasan en ella la noche para despedirse con alguna diversión, y madrugar a tomar sus respectivas cargas.

-Según veo, estos bogas terrestres son también origi­nales, y tienen sus puntos de contacto con los acuáticos o fluviales.

-Tiene usted razón: se parecen mucho los unos a los otros, ya en lo semi-desnudos que andan, ya en el bordón y la palanca, ya en los cuentos y chistes, ya en los ca­prichos y ya finalmente, en lo mucho que comen, pues es preciso saber que todo el avío que se saca de Ibague o Cartago, que por lo regular es abundantísimo, lo devo­ran en pocos días; la cantidad de carne y panela que consumen es enorme, y frecuentemente el viajero que quiere tenerlos gratos, compra en el camino uno o más cerdos para obsequiarlos.

La Palmilla, donde se hace la primera jornada, es un sitio pintoresco por su situación: el paisaje que se pre­senta allí a la vista, es verdaderamente encantador, pues desde aquella eminencia se desarrolla a los pies del viajero el más hermoso y risueño panorama que pueda imaginarse, y que abraza todas las faldas y vertientes de la gran cor­dillera, el plano donde está asentada la ciudad de Ibagué, con todas sus haciendas y labranzas, sus riachuelos y montecillos, y la ciudad misma.

-¿Y no habiendo caseríos en el tránsito, dónde se pernocta?

-Al aire libre, ni más ni menos, como lo hacían los patriarcas en aquellos tiempos felices que nos refiere la Escritura. Llega la noche, se suspende la penosa marcha, echan pie a tierra los desorientados viajeros, no sin cierta especie de desvanecimiento o mareo, producido por el movimiento desigual y de trepidación del carguero, y con una que otra contusión y rasguño, señales visibles de la exuberante y tenaz vegetación de la montaña. Una vez en tierra, los cargueros se dan prisa a cortar ramas de árboles para hacer largas estacas, que, clavadas en tierra, se cubren después con hojas y ramazón, lo que viene a formar un rancho o tambo, donde se pasa la noche. Estas casas improvisadas y de una arquitectura tan sencilla y ligera como el |palacio de cristal, no sirven más que una noche, y al día siguiente quedan abandonadas. Por lo regular la ranchería se hace en un pequeño llano limpio y escampado, que no faltan en todo el trayecto de la montaña, y por donde ordinariamente corre alguna quebrada de aguas cristalinas y puras.

-¿Los fríos y calenturas no son también en esta mon­taña el resultado de algunos días de marcha, como en Carare?

-Al contrario, el clima de la montaña es el más sano que puede darse; y es fama que no sólo no altera la salud, sino que la procura a muchas personas enfermas, no siendo raro entrar a la montaña con algún achaque y salir de ella bueno y sano, con excelente apetito y buena disposición para todo.

-Había oído decir que se había abierto un camino por donde podía transitarse ya en bestias.

-En efecto, hace como diez años se comenzó a abrir el camino, y se logró descuajar y banquear una gran parte de la montaña, pero la naturaleza no permite allí mantener abierto por mucho tiempo un camino, pues la vigorosa vejetación se reproduce admirablemente, ni más menos como en la América del Sur se reproducen las revoluciones y desórdenes. Sin embargo, no deja de tra­bajarse constantemente, y el presidio del tercer distrito se halla empleado en aquellos trabajos, de manera que, según tengo entendido, un gran trecho puede andarse a caballo.

Al otro lado de la montaña se halla Cartago, primera población considerable de la provincia del Cauca, y poco más o menos en una posición topográfica semejante a la de Ibagué; de manera que estas dos ciudades pueden considerarse como las columnas de Hércules de la cor­dillera ...

-Y diga usted ...

Aquí llegábamos de nuestro diálogo, cuando tres gol­pecitos dados en la puerta del cuarto por cierta visita no muy oportuna, vinieron a interrumpirlo, por lo cual tomé mi sombrero y me despedí, |hasta otro día en que vendrá otra lámina, y | con ella quizá otro diálogo.

anterior | índice | siguiente