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INDICE
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ANTIGUO MODO DE VIAJAR
POR EL QUINDIO
|Por
|Ramón
|Torres
La litografía de los señores Martínez Hermanos reprodujo un
paisaje, dibujado en la piedra por el señor Ramón Torres Méndez,
que representa el modo de viajar por nuestras montañas; paisaje que
debe llamar la atención de los curiosos, tanto de los que han
atravesado la cordillera, como de los que solamente han dado la
vuelta alrededor de su cuarto, como Mr. de Maitres. Este último
modo de viajar es bastante común entre las señoritas de Bogotá, de
las cuales algunas lo más que han extendido el radio de sus
excursiones es hasta Chapinero, los Laches o Puente-Aranda. Sin
embargo, tales mujeres son andariegas, comparadas con la
señorita***, que materialmente no conoce sino la plazuela de San
Diego por el norte, la de Las Cruces por el sur, La Peña por el
oriente, y esa corraleja o quisicosa (entre paréntesis) que hay al
entrar en la Alameda Nueva, frente al edificio del colegio del
Espíritu Santo.
Es el caso que compré, en días pasados, uno de esos paisajes que
dije, y, como quien no quiere la cosa, fui a ponerlo a los pies de
la señorita de Tres Estrellas. La señorita lo merece, dígase lo que
se quiera: la justicia por delante. He aquí un fragmento del
diálogo a que dio margen mi obsequiosa galantería:
-¿Usted ha pasado el Quindío?, me preguntó.
-Sí, señora, le contesté; y el Guanacas, el Almorzadero,
Sonsón, Herbé, Remolino, Barragán y... ¡qué se yo!
-Es decir, ¿que usted es todo un doctor en eso de pasar
montes?
-Sí, señora, respondí sonriéndome, y en esos montes me he
graduado en pasar muchos malos ratos, y muchos malos pasos.
-En cambio de algunas horas deliciosas, ¿no es verdad?
-Sí, verdad es.
-¡Oh!, ¡cuando llueve! ¿Hay casas en la montaña?
-Cuando pasé el Quindío, en 1842, no había más que una casucha a
la entrada, y otra a la salida. Ahora dicen que hay casas y tambos
en La Palmilla, Las Tapias, El Moral, Buenavista, Toche, La
Colorada, Las Cañas y Piedra de Moler; y dos poblaciones nacientes,
una en Boquía y otra en La Balsa, poblaciones que apenas merecen el
nombre de tales.
-Bien: ¿y qué representa esta lámina?
El modo de viajar por la cordillera. Ese que ve usted casi
desnudo, es un fornido ibaguereño que lleva sobre las espaldas a un
individuo, sentado en una silleta hecha de guaduas muy livianas,
pero de mucha consistencia. El viajero lleva encogidas las piernas,
y apoyados los pies en una tablilla. El carguero se apoya en el
bordón, que maneja con la derecha, siendo de advertir que los
antioqueños no lo usan. La selva primitiva, como usted puede ver,
está dibujada con bastante naturalidad y desembarazo. Esos grandes
árboles, esos troncos, esas enredaderas que cuelgan formando ricos
pabellones de verdura, en fin...
-¡Ya!, ¡ya!, me hago cargo. Muchas leguas de montaña, y
subidas, bajadas, ríos y torrentes, precipicios y despeñaderos, de
todo eso habrá por allí...
-Sí, señora, con sobrada abundancia.
-¿Y quién será ese de la ruanita pintada?
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|¿... y quién será ese de la ruanita pintada?
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-A lo que comprendo, el pintor quiso retratar a uno de los
senadores de la República, que vino al Congreso el año pasado,
hombre enjuto de carnes, macilento de rostro, pensativo y
ensimismado, que hablaba solo algunas veces y manoteaba, cual si
estuviera perorando en el Congreso, en cuyas sesiones no se atrevió
a chistar palabra. Aquella que ve usted en otro carguero es la
esposa del senador, muchachota alegrona, de veintiseis años que
pesaba entonces nueve arrobas, quince libras; y hacía pujar, sudar,
estremecer (y maldecir a veces) al miserable carguero que trajo a
cuestas su rolliza humanidad. Y ese otro que se divisa, trepando
por allá arriba en el último término del cuadro, lleva a un
muchacho hijo del cejijunto senador, que viene a estudiar en un
colegio de Bogotá, para salir tan doctor y tan hábil como su señor
padre. Ni más ni menos.
-¿Y cómo sabe usted todo eso?
-Porque así lo he oído contar a personas que lo entienden.
-¡Qué paisaje tan bonito, señor!, ¡qué bonito! ¿Y qué dirán en
Europa de nuestro modo de viajar a mediados de este siglo tan
vaporoso, tan civilizado y tan romántico?
-Dirán lo que se les antoje. Cada uno viaja como puede; y en la
cordillera de los Andes, mientras se establecen los ferrocarriles,
lo cual tardará su poquito, debemos dar gracias a Dios si
conseguimos un carguero robusto, de anchas espaldas y fornidas
piernas, para que nos conduzca; gracias debemos darle también si
hallamos un árbol caído sobre un río invadeable; gracias, si
encontramos un tambo donde pasar la noche; gracias, si no nos
muerde una culebra; gracias, si no nos devora un tigre; gracias, si
no nos acometen los fríos y calenturas; gracias, si el carguero
sale de paso, en vez de salir de trote; y gracias, últimamente, si
no nos riega por el suelo, como le sucedió al Libertador
Bolívar.
-¿Y quién habrá dibujado ese paisaje?, me preguntó con viveza la
señorita de Tres Estrellas.
-¿Pues quién, sino nuestro célebre compatriota Ramón Torres?
-¡Ah, ya se me había puesto en la cabeza que él había de ser! Si
usted me guardara el secreto, añadió con tono misterioso, le
recitaría un soneto compuesto en elogio de dicho Torres, que se me
ha quedado en la memoria.
-¡Bien! Prometido y ofrecido: sírvase usted recitármelo, que
pronunciados por esa linda boca, deben sonar muy bien aun los
peores versos.
-Yo no sé cómo sonarán. El soneto dice así:
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El azul de los cielos, el celaje,
Las caprichosas nubes, el torrente
Y las palmas que ciñen la ancha frente
De la cascada en medio del paisaje
Imita tu pincel; y hasta el ropaje
De púrpura y de rosa transparente
Con que se adorna el sol en el oriente...
Mas no iba a hablarte de eso: me distraje.
Al niño, al hombre, a la mujer hermosa
Copia tu mano con destreza suma,
Los ojos engañando artificiosa;
Y por eso es en balde que presuma
Disputarle la palma generosa
A tu pincel la más correcta pluma.
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-Gracias, mil gracias por su fineza, señorita, dije yo, cuando
ella hubo terminado. ¿Sabe usted quién compondría ese soneto?
-Sí, señor, lo sé; pero no se lo puedo decir.
-¡Bien!, será porque yo no puedo decir a usted los nombres del
senador y de la senadora, que tiene usted delante de los ojos.
¡Justa represalia!
-Si usted quisiera darme algunos informes más sobre ese
peregrino modo de viajar en cabalgadura humana... porque, en fin,
puede ofrecérseme algún día, y nunca está por demás...
-Sí, señorita, con mucho gusto: continuaré mi descripción, que
no será tan buena que merezca un soneto, pero sí verdadera.
-Figúrese usted que sale uno de la hermosa población de Ibagué,
que, aunque pajiza en su mayor parte, tiene un aspecto risueño y
agradable. Esta población, hoy capital de provincia, demora, coma
usted lo sabrá, al pie de la gran cordillera central de los Andes,
que es esa que vemos desde Bogotá cerrando nuestro horizonte por el
occidente en úlitmo término, y que eleva sus crestas de plata,
entre las cuales domina el pico del Tolima, que en las mañanas y
tardes despejadas se divisa claramente. Sale, pues, el viajero de
esa ciudad, que la tradición ha hecho célebre por las antiguas
invasiones de los belicosos indios Pijaos y por la famosa lanza de
don Baltasar, en que dicen que los ensartaba, como escorzonera,
hasta de a ciento cincuenta.
-Sí, ya recuerdo los versos de la novena de la lanza, que se
adoraba en Ibagué:
Y era tanta la pujanza
Del señor don Baltasar,
Que dicen llegó a ensartar
Ciento cincuenta en la lanza.
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Y el pueblo respondía en coro el estribillo:
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Lanza no caigas al suelo,
Porque vienen los Pijaos.
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-Las tradiciones del vulgo son de una extravagancia
verdaderamente... romántica, por no decir ridícula. Pero nos
desviamos del objeto.
-A poco andar se toma el suave repecho, después de pasar el
pequeño río llamado Combeima, y entonces, dejando las cabalgaduras
cuadrúpedas se instala uno sobre los lomos de las bípedas, en las
toscas aunque seguras monturas que ellos mismos fabrican, quedando
en esta posición, que podría traducirse por el emblema de un
matrimonio desavenido, o de los partidos políticos, espalda con
espalda, pero siempre el uno dominando al otro.
-Me gustan las moralejas de usted.
-Por fortuna son moralejas en diminutivo. La primera jornada es
hasta el sitio que llaman La Palmilla: esto es de cajón, y de allí
no pasan los cargueros ni hechos pedazos.
-¿Y ese capricho por qué?
-Porque estando muy cerca de Ibagué, tienen tiempo de volver a
la población, de donde parece que se separan con pesar, y pasan en
ella la noche para despedirse con alguna diversión, y madrugar a
tomar sus respectivas cargas.
-Según veo, estos bogas terrestres son también originales, y
tienen sus puntos de contacto con los acuáticos o fluviales.
-Tiene usted razón: se parecen mucho los unos a los otros, ya en
lo semi-desnudos que andan, ya en el bordón y la palanca, ya en los
cuentos y chistes, ya en los caprichos y ya finalmente, en lo
mucho que comen, pues es preciso saber que todo el avío que se saca
de Ibague o Cartago, que por lo regular es abundantísimo, lo
devoran en pocos días; la cantidad de carne y panela que consumen
es enorme, y frecuentemente el viajero que quiere tenerlos gratos,
compra en el camino uno o más cerdos para obsequiarlos.
La Palmilla, donde se hace la primera jornada, es un sitio
pintoresco por su situación: el paisaje que se presenta allí a la
vista, es verdaderamente encantador, pues desde aquella eminencia
se desarrolla a los pies del viajero el más hermoso y risueño
panorama que pueda imaginarse, y que abraza todas las faldas y
vertientes de la gran cordillera, el plano donde está asentada la
ciudad de Ibagué, con todas sus haciendas y labranzas, sus
riachuelos y montecillos, y la ciudad misma.
-¿Y no habiendo caseríos en el tránsito, dónde se pernocta?
-Al aire libre, ni más ni menos, como lo hacían los patriarcas
en aquellos tiempos felices que nos refiere la Escritura. Llega la
noche, se suspende la penosa marcha, echan pie a tierra los
desorientados viajeros, no sin cierta especie de desvanecimiento o
mareo, producido por el movimiento desigual y de trepidación del
carguero, y con una que otra contusión y rasguño, señales visibles
de la exuberante y tenaz vegetación de la montaña. Una vez en
tierra, los cargueros se dan prisa a cortar ramas de árboles para
hacer largas estacas, que, clavadas en tierra, se cubren después
con hojas y ramazón, lo que viene a formar un rancho o tambo, donde
se pasa la noche. Estas casas improvisadas y de una arquitectura
tan sencilla y ligera como el
|palacio de cristal, no sirven
más que una noche, y al día siguiente quedan abandonadas. Por lo
regular la ranchería se hace en un pequeño llano limpio y
escampado, que no faltan en todo el trayecto de la montaña, y por
donde ordinariamente corre alguna quebrada de aguas cristalinas y
puras.
-¿Los fríos y calenturas no son también en esta montaña el
resultado de algunos días de marcha, como en Carare?
-Al contrario, el clima de la montaña es el más sano que puede
darse; y es fama que no sólo no altera la salud, sino que la
procura a muchas personas enfermas, no siendo raro entrar a la
montaña con algún achaque y salir de ella bueno y sano, con
excelente apetito y buena disposición para todo.
-Había oído decir que se había abierto un camino por donde podía
transitarse ya en bestias.
-En efecto, hace como diez años se comenzó a abrir el camino, y
se logró descuajar y banquear una gran parte de la montaña, pero la
naturaleza no permite allí mantener abierto por mucho tiempo un
camino, pues la vigorosa vejetación se reproduce admirablemente, ni
más menos como en la América del Sur se reproducen las revoluciones
y desórdenes. Sin embargo, no deja de trabajarse constantemente, y
el presidio del tercer distrito se halla empleado en aquellos
trabajos, de manera que, según tengo entendido, un gran trecho
puede andarse a caballo.
Al otro lado de la montaña se halla Cartago, primera población
considerable de la provincia del Cauca, y poco más o menos en una
posición topográfica semejante a la de Ibagué; de manera que estas
dos ciudades pueden considerarse como las columnas de Hércules de
la cordillera ...
-Y diga usted ...
Aquí llegábamos de nuestro diálogo, cuando tres golpecitos
dados en la puerta del cuarto por cierta visita no muy oportuna,
vinieron a interrumpirlo, por lo cual tomé mi sombrero y me
despedí,
|hasta otro día en que vendrá otra lámina, y
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con ella quizá otro diálogo.
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