INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

LA PIRAMIDE DE LA ITICA-POL

(Viajes por Suramérica)

|Por Santiago |Pérez

 

Los tres viajeros continuaban la exploración de aquellas hermosas comarcas, en que la naturaleza había sa­bido distribuir la transparencia en los aires, la variedad en el paisaje y la sombra en los caminos.

Habiendo dejado su nave surta en la costa vecina, y después sus caballos al pie de la montaña enriscada, con­tinuaba la ascensión de ésta, en el declive de la cual su guía les había ofrecido un bello espectáculo; como a Jesús, desde la cumbre del monte, había ofrecido el reino de la tierra el espíritu de la tentación.

Era su guía, natural en aquellas regiones, uno de esos seres particulares que el mundo se cree con derecho para llamar alternativamente sabios y locos.

Los árboles, que enredaban sus raíces dentro de la tierra, que entretejían sus ramas en los aires y que mez­claban sus aromas en el cielo; la yerba de que salían sobre tallos desiguales, flores de nunca vista belleza; las aguas cristalinas y rumorosas, sobre cuyo cauce ancho y sesgado formaban un velo abigarrado centenares de insectos de alas fulgurosos y ligeras; las aves de canto y plumaje desconocido, que revoloteaban, rasgando el en­caje de las hojas y la nube de los perfumes; todo esto que se prolongaba en la vereda que seguían, encantaba los sentidos y enajenaba el espíritu de nuestros viajeros.

Si su vista se apartaba de la oblicua línea del camino, cuestas que remataban en valles floridos o en mansas co­rrientes, ribazos crespos y verdecidos, o a lo lejos, es­carpas de piedra amarilla, mesetas de pizarra gris, o ban­cos de césped pajizo, iluminados por un sol equinoccial y dilatados en horizonte hasta el limbo indeciso del cielo o del mar, desvanecían, por decirlo así, su mirada en el espacio y su alma en el infinito.

Y no era la menor causa de la dicha que, delante de tal espectáculo, sentían todos ellos la entera identidad de sus sensaciones y la completa conformidad de sus jui­cios, lo cual hacía como una sola de sus tres almas y uno solo de sus tres extasiados corazones.

Muy cerca ya del tope de la montaña y en el lugar en que la ruta enderezaba al oriente, espaciándose en for­ma de semicírculo y asomándose como un balcón sobre los valles comarcanos, hizo de repente alto el guía, y con voz decisiva les dijo:

-¡Hasta aquí!

-¿Termina, pues, aquí, el paraíso que nos has mostrado?

El guía enjugó las gotas de sudor que rodaban como rocío por su frente coronada de pocas y plateadas gue­dejas.

-No, les replicó. Este paraíso, como queréis llamarlo, cubre ambos repechos de la montaña; y aun dicen que, traspuesta la cumbre, son más las hojas y las flores, más limpias las aguas y más espléndido el cielo.

-¿Por qué entonces te detienes aquí?

-Porque cien pasos arriba se halla la cumbre.

-¡Y bien! Desde esa cumbre, en la opuesta pendien­te, volveremos a ver el edén de esta montaña sin par.

-Pero es que desde esa cumbre se mira muy alto.

-¿Y qué importa que miremos desde el mismo um­bral del cielo?

-Importa; porque la vista desde muy alto alcanza hasta muy lejos.

¡Mejor! Miraremos alto y lejos.

-En tal caso distinguiréis el otro cordón de la serra­nía, cuyo cuello festonado está casi todo ceñido de nieve.

-Y veremos su larga fila desigual y azulada destacar­se hasta el cielo.

-¡No! no debéis verla; el sol debe iluminarla ahora con sus rayos perpendiculares e intensos.

-¡Mejor! así podremos percibir su forma y seguir sus perfiles.

-Os engañáis. La luz solar, rechazada de las fases inmensas de esos montones de nieve, volverá contra vues­tros ojos una llamarada blanca y penetrante que les será f atal.

-¿Nos volverá ciegos?

-A unos volverá ciegos, y a otros volverá locos. ¿Y por qué a nosotros no más?

-A vosotros no más; porque yo no os acompañaré. Hasta aquí he venido siempre con los viajeros; aquí he aguardado a los que han pretendido ver, desde la cum­bre, los nevados fatales; y desde aquí los he vuelto a con­ducir al valle, por la mano cuando han vuelto ciegos, y de lejos cuando han vuelto locos.

-Indícanos, pues, el camino hacia esa cumbre sinies­tra, y aguárdanos aquí. Procuraremos no cegar todos tres, como quiera que con tus dos manos no podrás guiar sino a dos. Ya decidiremos cuál de nosotros haya de volver loco, para que a ese le conduzcas de lejos.

Y los tres viajeros, sonriéndose compasivamente de la ignorancia supersticiosa de su guía, que en esta vez les pareció loco, emprendieron solos el camino indicado hacia la cumbre, para ver el níveo yelmo de los farallo­nes distantes reverberar a los rayos de un espléndido sol.

A los cien pasos, con efecto, se encontraron en el ápice de la altura. Esta era estrecha y sinuosa, con vegetación rara y raquítica. Gramíneas formaban la ceja velluda de esa masa estupenda, que a uno y otro lado estaba vestida de selvas, con aves y arroyos, con aromas y ruidos.

Mas una vez en el término de su ascensión, de nada se acordaron los viajeros; nada más pudieron ver que el manto de nieve que envolvía, como una túnica de plata, la cordillera fronteriza, bañada por una luz me­ridiana.

¡Espectáculo singular! Una fila gigantesca de montes alzadísimos coronaba su cúspide con anchas diademas de nieve, contra la cual se partían los rayos del sol, lle­nando en su reflexión de lumbre blanca y penetrante el seno del horizonte.

Uno de esos nevados, sobre todo, era como una pirá­mide de plata bruñida, y parecía por un efecto capricho­so de la reverberación de la luz, que giraba sobre su base, y que ostentaba a la vista de los viajeros sucesiva y rá­pidamente, sus prismas diamantinos. Y era cada uno de esos prismas como el escudo enorme con que Milton cubre los costados colosales del arcángel batallador.

Esa pirámide, que no era otra que la de Itica-pol, atrajo y fijó como un imán los ojos de los viajeros, quienes la miraron hasta que sintieron fatigarse sus fuerzas, oscure­cerse sus pupilas y medio unirse sus párpados.

En seguida quisieron descender hacia donde el guía los estaba esperando.

Pero entonces uno de los tres, precisamente el que por más tiempo se había estado contemplando la esplén­dida masa, al separar de ella sus ojos los tuvo que cerrar; y al volverlos a abrir, buscó el camino para bajar; mas en tal punto sintió que le pasaba por delante una bruma helada, una neblina turbia, que desvaneciéndose en el aire, le dejó al fin ver la misma pirámide, aunque inmóvil y descolórida, a donde quiera qué volvía el paso o la vista.

-¿Por dónde bajamos? preguntó a sus compañeros.

-Por aquí, le respondió uno de ellos, enseñándole el camino que él mismo seguía.

-Pero por ahí está la pirámide, observó el primero, la veo y casi la toco.

-Venid, pues, por este lado, le dijo el otro viajero, indicándole la parte por donde él descendía.

-¡Oh! ¡Por aquí también está la pirámide! Me he vuelto y la he encontrado. Camina delante de mí, y se vuelve conmigo.

-Dadme la mano y seguidme, le replicó el primero. Y diciendo y haciendo, le condujo hasta donde encon­traron al guía, en el punto de donde no había querido pasar.

-Es que estáis deslumbrado, le decía el que hacía de lazarillo.

-¡Es que está ciego!, le corrigió el guía. Yo os lo advertí... mas, dadme la mano de él, y seguidme vosotros.

-Los locos, ¿no es verdad?

El guía no contestó nada. El espectáculo extraordinario que presenciaba no era nuevo para él; mas no por eso perdía en su ánimo ninguno de sus horribles caracteres. El sabía que aún faltaba el lance más extraño en esta escena fatal.

Los otros dos viajeros caminaban detrás. Al silencio en que los había dejado la no respuesta del guía, poco a poco se había ido sucediendo primero el ruido de una conversación, después el clamor de una disputa, y por último, el tumulto de una riña.

Entonces el guía se detuvo un instante y escuchó.

-Es esa flor que está a vuestra izquierda, decía el uno.

-Yo no veo a mi izquierda sino una piedra; la flor está al otro lado; cabalmente que su matiz es rojo y que sus pétalos se exienden en forma de cruz.

-¡Entonces el guía tiene razón respecto de vos! Es­táis loco, si no veis que está donde yo digo, que su matizés amarillo y su forma casi redonda.

-Pues repito que os equivocáis como un tonto.

-Y yo insisto en que mentís como un miserable.

-Pero yo os advierto a entrambos, les dijo entonces el guía en tono solemne, que disputáis como dos locos. Uno y otro tenéis razón, o mejor dicho, ninguno de los dos la tiene... ¡Y mirad! En vez de disputar, mirad que uno de vosotros ha tomado uno de los extremos de la vereda, y el otro ha tomado el opuesto extremo. Os váis a despeñar si no os acercáis uno y otro hacia el justo medio.

-¡Precisamente es el que yo llevo!, respondió el uno sin apartarse del borde fatal.

-¡Yo sí que voy por él, y de él no saldré por nada! replicó el otro; y siguió el filo peligroso.

-Y entretanto, añadió aquel a quien el guía llevaba por la mano, entretanto la pirámide aún está delante de mí, y no me deja ver nada más que ella con sus vuel­tas eternas y su brillo encendido y flotante.

-Peor le va al otro, le replicó el uno de los otros dos; porque si vos no veis más que el nevado, él lo ve todo al revés y todo de rojo.

-Verdaderamente que me inspiráis compasión, con­testóle aquél a quien se aludía; sois vos quien lo ve todo al contrario y todo amarillo.

-Nada, nada tenéis que echaros en cara en punto a locura, les dijo ásperamente el guía; ni sé en verdad a cual de vosotros haya tocado lo peor. En lo sucesivo a donde quiera que el uno vuelva los ojos, no percibirá más que el nevado fatal. Los otros dos lo verán todo, pero en opuesto sentido, con diferente color y en forma distinta.

Los tres viajeros inclinaron la cabeza. Su conciencia y sus presentimientos, lo que entre ellos se estaba veri­ficando, todo confirmaba las ominosas profecías del guía; y el sobresalto se apoderó de sus corazones.

-Desechásteis mi oportuno aviso, continuó implacable­mente el guía, aviso que ha salvado a no pocos viajeros; quisísteis a todo trance contemplar las nieves iluminadas, y ya jamás veréis otra cosa que ella, o jamás veréis el mundo del mismo modo.

-¡Pero explicadnos, por Dios, este horrible misterio!, gritaron como a una voz los tres aterrorizados viajeros.

-¿Y qué queréis que os explique yo? Yo soy un sim­ple hijo de la naturaleza. Vosotros, hijos de las ciudades, volvéos a ellas, y en ellas encontraréis sabios que, si no os explican los hechos, por lo menos les dan nombre, y forman con el conjunto de las cosas que ignoran admi­rables tratados y eruditas clasificaciones. Ellos acaso os digan que en el cuenco de vuestros ojos se ha efectuado un fenómeno tanto más grande, cuanto ellos menos lo temían, y precisamente más estupendo por lo menos remediable que es. Así, por ejemplo, sin devolveros la regularidad de la visión, os convencerán de que los humores maravillosos que ni el calor dilata ni el frío con­densa, y que están guardados, como diamantes, líquidos entre las láminas oculares vírgenes de todo color, en uno de vosotros han dejado de transparentar la luz, de la que antes no amortiguaban el brillo aunque quebraban el rayo; y que en los otros dos, esos mismos humores des­componen ahora la luz para teñir con uno de esos co­lores todo, todo lo que pasa al través de ellos: fenómeno, os dirán ellos con toda cordialidad, perfectamente raro y enfermedad perfectamente incurable. Yo nada de eso os digo: ¿Qué se yo de las leyes de la naturaleza ni de los misterios de Dios?

Por lo que hace a esta vez los viajeros no tuvieron al guía por loco. Había llegado el caso de que le tuvieran por sabio.

-Vos debéis conocer esas leyes y esos misterios, le contestaron, puesto que no quisisteis subir con nosotros a la cumbre funesta.

-No; yo no conozco absolutamente nada de ello. La experiencia, que habla con hechos, me ha enseñado que existe el mal; mas no me ha dado su explicación ni su remedio. Bastaba sí para evitarlo saber, y yo os lo ad­vertí, que el brillo de la luz en esas nieves eternas de la Itica-pol, apaga para siempre unas pupilas y trastorna en otras los elementos ópticos, para que la visión por ellas sea perpetua y sistemáticamente en sentido contrario.

O el guía volvió a parecerles loco, o los viajeros no encontraron nada que oponer a su demostración. Lo cier­to es que todos ellos guardaron silencio.

Después llegaron al pie de la montaña. Allí estaban los tres caballos, que impacientes, tascaban los frenos espumosos y herían con sus cascos la tierra.

No muchas leguas distante y del lado del poniente, el mar se extendía como una sábana azul plegada, y la nave que había traído a los viajeros, amarrada al ancla, se balanceaba al vaivén de las ondas y al vagido de las brisas.

El guía entonces se despidió de los viajeros.

Los viajeros montaron en silencio, operación que eje­cutaron maquinalmente, e iban a partir.

-Este es el camino que trajimos, dijo uno de los que venían, mirando el del sur, y se lanzó por él al galope.

-¡No! no es ese, se dijo el otro, y soltando la brida a su caballo, enderezó por el camino del norte.

-Yo nada veo aún, sino la pirámide, se dijo a sí mismo el tercero; pero supuesto que ellos están en dia­metral contradicción, yo seguiré, para acertar, el medio entre ellos.

Y guiándose por el ruido de los dos caballos que ha­bían arrancado, procuró que el suyo lo hiciese por el medio.

En efecto, su caballo se lanzó a la carrera hacia el oriente.

Ya dijimos que la nave los estaba aguardando en el occidente.

El guía que no se había separado gran trecho, los vio apartarse unos de otros, y los vio alejarse, a cada cual por su lado, del punto que buscaban, y al que necesita­ban llegar todos tres. Sin embargo, nada les dijo.

El había presenciado muchas de esas separaciones in­sensatas, muchos de esos alejamientos incomprensibles; y había llegado a convencerse dolorosa, pero profundamente, de que nada podía arrancar la impresión deslumbradora de la Itica-pol, a los que ella una vez había atraído y cegado; así como también de que nada haría que viesen con el mismo color ni en el mismo sentido cosa alguna, aquellos a quienes la misma pirámide había engañado, mostrándoles en sus vueltas falaces dos dis­tintos de sus prismas seductores.

El guía sabía perfectamente todo esto. Lo que no sabía, o por lo menos, lo que nunca confesó que supiese, era la causa eficiente de ese fenómeno de ceguedad relativa y de estrabismo moral de los ojos que se abandonaban indiscreta y porfiadamente a la contemplación de los reflejos y a la reverberación de la luz en las nieves de la Itica-pol...

Después de aquellos tres  viajeros, otros muchos llegaron.

El guía los condujo a todos, y a todos hizo la misma oportuna y solemne advertencia.

No obstante, algunos de esos viajeros volvieron ciegos. Los demás volvieron locos.

Y cuando los niños de los contornos preguntaban al impasible guía, porque los niños tienen derecho de pre­guntarlo todo:

-¿Por qué acompañáis a los viajeros?

-Porque acompañándolos, les contestaba él, a lo me­nos se salvan algunos; mientras que, yendo solos e ig­norando el peligro, ni uno solo se salvaría.

-Entonces, ¿por qué no los conducís por el otro lado de la montaña?

-Hijos míos, volvía a responderles el guía, es que el otro lado lleva al mismo punto y con el mismo peligro. Vosotros no sabéis todavía, y yo lo se ya muy bien, que entre el otro lado y este sólo hay una diferencia.

-¿Qué diferencia?

-La del nombre: En este lado la pirámide girante y deslumbradora; que ciega y que vuelve locos a los que a ella se entregan, se llama la Itica-pol.

-¿Y en el otro lado cómo se llama?

-En el otro lado se llama la Política.

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