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LA PIRAMIDE DE LA ITICA-POL
(Viajes por Suramérica)
|Por Santiago
|Pérez
Los tres viajeros continuaban la exploración de aquellas
hermosas comarcas, en que la naturaleza había sabido distribuir la
transparencia en los aires, la variedad en el paisaje y la sombra
en los caminos.
Habiendo dejado su nave surta en la costa vecina, y después sus
caballos al pie de la montaña enriscada, continuaba la ascensión
de ésta, en el declive de la cual su guía les había ofrecido un
bello espectáculo; como a Jesús, desde la cumbre del monte, había
ofrecido el reino de la tierra el espíritu de la tentación.
Era su guía, natural en aquellas regiones, uno de esos seres
particulares que el mundo se cree con derecho para llamar
alternativamente sabios y locos.
Los árboles, que enredaban sus raíces dentro de la tierra, que
entretejían sus ramas en los aires y que mezclaban sus aromas en
el cielo; la yerba de que salían sobre tallos desiguales, flores de
nunca vista belleza; las aguas cristalinas y rumorosas, sobre cuyo
cauce ancho y sesgado formaban un velo abigarrado centenares de
insectos de alas fulgurosos y ligeras; las aves de canto y plumaje
desconocido, que revoloteaban, rasgando el encaje de las hojas y
la nube de los perfumes; todo esto que se prolongaba en la vereda
que seguían, encantaba los sentidos y enajenaba el espíritu de
nuestros viajeros.
Si su vista se apartaba de la oblicua línea del camino, cuestas
que remataban en valles floridos o en mansas corrientes, ribazos
crespos y verdecidos, o a lo lejos, escarpas de piedra amarilla,
mesetas de pizarra gris, o bancos de césped pajizo, iluminados por
un sol equinoccial y dilatados en horizonte hasta el limbo indeciso
del cielo o del mar, desvanecían, por decirlo así, su mirada en el
espacio y su alma en el infinito.
Y no era la menor causa de la dicha que, delante de tal
espectáculo, sentían todos ellos la entera identidad de sus
sensaciones y la completa conformidad de sus juicios, lo cual
hacía como una sola de sus tres almas y uno solo de sus tres
extasiados corazones.
Muy cerca ya del tope de la montaña y en el lugar en que la ruta
enderezaba al oriente, espaciándose en forma de semicírculo y
asomándose como un balcón sobre los valles comarcanos, hizo de
repente alto el guía, y con voz decisiva les dijo:
-¡Hasta aquí!
-¿Termina, pues, aquí, el paraíso que nos has mostrado?
El guía enjugó las gotas de sudor que rodaban como rocío por su
frente coronada de pocas y plateadas guedejas.
-No, les replicó. Este paraíso, como queréis llamarlo, cubre
ambos repechos de la montaña; y aun dicen que, traspuesta la
cumbre, son más las hojas y las flores, más limpias las aguas y más
espléndido el cielo.
-¿Por qué entonces te detienes aquí?
-Porque cien pasos arriba se halla la cumbre.
-¡Y bien! Desde esa cumbre, en la opuesta pendiente, volveremos
a ver el edén de esta montaña sin par.
-Pero es que desde esa cumbre se mira muy alto.
-¿Y qué importa que miremos desde el mismo umbral del
cielo?
-Importa; porque la vista desde muy alto alcanza hasta muy
lejos.
¡Mejor! Miraremos alto y lejos.
-En tal caso distinguiréis el otro cordón de la serranía, cuyo
cuello festonado está casi todo ceñido de nieve.
-Y veremos su larga fila desigual y azulada destacarse hasta el
cielo.
-¡No! no debéis verla; el sol debe iluminarla ahora con sus
rayos perpendiculares e intensos.
-¡Mejor! así podremos percibir su forma y seguir sus
perfiles.
-Os engañáis. La luz solar, rechazada de las fases inmensas de
esos montones de nieve, volverá contra vuestros ojos una llamarada
blanca y penetrante que les será f atal.
-¿Nos volverá ciegos?
-A unos volverá ciegos, y a otros volverá locos. ¿Y por qué a
nosotros no más?
-A vosotros no más; porque yo no os acompañaré. Hasta aquí he
venido siempre con los viajeros; aquí he aguardado a los que han
pretendido ver, desde la cumbre, los nevados fatales; y desde aquí
los he vuelto a conducir al valle, por la mano cuando han vuelto
ciegos, y de lejos cuando han vuelto locos.
-Indícanos, pues, el camino hacia esa cumbre siniestra, y
aguárdanos aquí. Procuraremos no cegar todos tres, como quiera que
con tus dos manos no podrás guiar sino a dos. Ya decidiremos cuál
de nosotros haya de volver loco, para que a ese le conduzcas de
lejos.
Y los tres viajeros, sonriéndose compasivamente de la ignorancia
supersticiosa de su guía, que en esta vez les pareció loco,
emprendieron solos el camino indicado hacia la cumbre, para ver el
níveo yelmo de los farallones distantes reverberar a los rayos de
un espléndido sol.
A los cien pasos, con efecto, se encontraron en el ápice de la
altura. Esta era estrecha y sinuosa, con vegetación rara y
raquítica. Gramíneas formaban la ceja velluda de esa masa
estupenda, que a uno y otro lado estaba vestida de selvas, con aves
y arroyos, con aromas y ruidos.
Mas una vez en el término de su ascensión, de nada se acordaron
los viajeros; nada más pudieron ver que el manto de nieve que
envolvía, como una túnica de plata, la cordillera fronteriza,
bañada por una luz meridiana.
¡Espectáculo singular! Una fila gigantesca de montes alzadísimos
coronaba su cúspide con anchas diademas de nieve, contra la cual se
partían los rayos del sol, llenando en su reflexión de lumbre
blanca y penetrante el seno del horizonte.
Uno de esos nevados, sobre todo, era como una pirámide de plata
bruñida, y parecía por un efecto caprichoso de la reverberación de
la luz, que giraba sobre su base, y que ostentaba a la vista de los
viajeros sucesiva y rápidamente, sus prismas diamantinos. Y era
cada uno de esos prismas como el escudo enorme con que Milton cubre
los costados colosales del arcángel batallador.
Esa pirámide, que no era otra que la de Itica-pol, atrajo y fijó
como un imán los ojos de los viajeros, quienes la miraron hasta que
sintieron fatigarse sus fuerzas, oscurecerse sus pupilas y medio
unirse sus párpados.
En seguida quisieron descender hacia donde el guía los estaba
esperando.
Pero entonces uno de los tres, precisamente el que por más
tiempo se había estado contemplando la espléndida masa, al separar
de ella sus ojos los tuvo que cerrar; y al volverlos a abrir, buscó
el camino para bajar; mas en tal punto sintió que le pasaba por
delante una bruma helada, una neblina turbia, que desvaneciéndose
en el aire, le dejó al fin ver la misma pirámide, aunque inmóvil y
descolórida, a donde quiera qué volvía el paso o la vista.
-¿Por dónde bajamos? preguntó a sus compañeros.
-Por aquí, le respondió uno de ellos, enseñándole el camino que
él mismo seguía.
-Pero por ahí está la pirámide, observó el primero, la veo y
casi la toco.
-Venid, pues, por este lado, le dijo el otro viajero,
indicándole la parte por donde él descendía.
-¡Oh! ¡Por aquí también está la pirámide! Me he vuelto y la he
encontrado. Camina delante de mí, y se vuelve conmigo.
-Dadme la mano y seguidme, le replicó el primero. Y diciendo y
haciendo, le condujo hasta donde encontraron al guía, en el punto
de donde no había querido pasar.
-Es que estáis deslumbrado, le decía el que hacía de
lazarillo.
-¡Es que está ciego!, le corrigió el guía. Yo os lo advertí...
mas, dadme la mano de él, y seguidme vosotros.
-Los locos, ¿no es verdad?
El guía no contestó nada. El espectáculo extraordinario que
presenciaba no era nuevo para él; mas no por eso perdía en su ánimo
ninguno de sus horribles caracteres. El sabía que aún faltaba el
lance más extraño en esta escena fatal.
Los otros dos viajeros caminaban detrás. Al silencio en que los
había dejado la no respuesta del guía, poco a poco se había ido
sucediendo primero el ruido de una conversación, después el clamor
de una disputa, y por último, el tumulto de una riña.
Entonces el guía se detuvo un instante y escuchó.
-Es esa flor que está a vuestra izquierda, decía el uno.
-Yo no veo a mi izquierda sino una piedra; la flor está al otro
lado; cabalmente que su matiz es rojo y que sus pétalos se exienden
en forma de cruz.
-¡Entonces el guía tiene razón respecto de vos! Estáis loco, si
no veis que está donde yo digo, que su matizés amarillo y su forma
casi redonda.
-Pues repito que os equivocáis como un tonto.
-Y yo insisto en que mentís como un miserable.
-Pero yo os advierto a entrambos, les dijo entonces el guía en
tono solemne, que disputáis como dos locos. Uno y otro tenéis
razón, o mejor dicho, ninguno de los dos la tiene... ¡Y mirad! En
vez de disputar, mirad que uno de vosotros ha tomado uno de los
extremos de la vereda, y el otro ha tomado el opuesto extremo. Os
váis a despeñar si no os acercáis uno y otro hacia el justo
medio.
-¡Precisamente es el que yo llevo!, respondió el uno sin
apartarse del borde fatal.
-¡Yo sí que voy por él, y de él no saldré por nada! replicó el
otro; y siguió el filo peligroso.
-Y entretanto, añadió aquel a quien el guía llevaba por la mano,
entretanto la pirámide aún está delante de mí, y no me deja ver
nada más que ella con sus vueltas eternas y su brillo encendido y
flotante.
-Peor le va al otro, le replicó el uno de los otros dos; porque
si vos no veis más que el nevado, él lo ve todo al revés y todo de
rojo.
-Verdaderamente que me inspiráis compasión, contestóle aquél a
quien se aludía; sois vos quien lo ve todo al contrario y todo
amarillo.
-Nada, nada tenéis que echaros en cara en punto a locura, les
dijo ásperamente el guía; ni sé en verdad a cual de vosotros haya
tocado lo peor. En lo sucesivo a donde quiera que el uno vuelva los
ojos, no percibirá más que el nevado fatal. Los otros dos lo verán
todo, pero en opuesto sentido, con diferente color y en forma
distinta.
Los tres viajeros inclinaron la cabeza. Su conciencia y sus
presentimientos, lo que entre ellos se estaba verificando, todo
confirmaba las ominosas profecías del guía; y el sobresalto se
apoderó de sus corazones.
-Desechásteis mi oportuno aviso, continuó implacablemente el
guía, aviso que ha salvado a no pocos viajeros; quisísteis a todo
trance contemplar las nieves iluminadas, y ya jamás veréis otra
cosa que ella, o jamás veréis el mundo del mismo modo.
-¡Pero explicadnos, por Dios, este horrible misterio!, gritaron
como a una voz los tres aterrorizados viajeros.
-¿Y qué queréis que os explique yo? Yo soy un simple hijo de la
naturaleza. Vosotros, hijos de las ciudades, volvéos a ellas, y en
ellas encontraréis sabios que, si no os explican los hechos, por lo
menos les dan nombre, y forman con el conjunto de las cosas que
ignoran admirables tratados y eruditas clasificaciones. Ellos
acaso os digan que en el cuenco de vuestros ojos se ha efectuado un
fenómeno tanto más grande, cuanto ellos menos lo temían, y
precisamente más estupendo por lo menos remediable que es. Así, por
ejemplo, sin devolveros la regularidad de la visión, os convencerán
de que los humores maravillosos que ni el calor dilata ni el frío
condensa, y que están guardados, como diamantes, líquidos entre
las láminas oculares vírgenes de todo color, en uno de vosotros han
dejado de transparentar la luz, de la que antes no amortiguaban el
brillo aunque quebraban el rayo; y que en los otros dos, esos
mismos humores descomponen ahora la luz para teñir con uno de esos
colores todo, todo lo que pasa al través de ellos: fenómeno, os
dirán ellos con toda cordialidad, perfectamente raro y enfermedad
perfectamente incurable. Yo nada de eso os digo: ¿Qué se yo de las
leyes de la naturaleza ni de los misterios de Dios?
Por lo que hace a esta vez los viajeros no tuvieron al guía por
loco. Había llegado el caso de que le tuvieran por sabio.
-Vos debéis conocer esas leyes y esos misterios, le contestaron,
puesto que no quisisteis subir con nosotros a la cumbre
funesta.
-No; yo no conozco absolutamente nada de ello. La experiencia,
que habla con hechos, me ha enseñado que existe el mal; mas no me
ha dado su explicación ni su remedio. Bastaba sí para evitarlo
saber, y yo os lo advertí, que el brillo de la luz en esas nieves
eternas de la Itica-pol, apaga para siempre unas pupilas y
trastorna en otras los elementos ópticos, para que la visión por
ellas sea perpetua y sistemáticamente en sentido contrario.
O el guía volvió a parecerles loco, o los viajeros no
encontraron nada que oponer a su demostración. Lo cierto es que
todos ellos guardaron silencio.
Después llegaron al pie de la montaña. Allí estaban los tres
caballos, que impacientes, tascaban los frenos espumosos y herían
con sus cascos la tierra.
No muchas leguas distante y del lado del poniente, el mar se
extendía como una sábana azul plegada, y la nave que había traído a
los viajeros, amarrada al ancla, se balanceaba al vaivén de las
ondas y al vagido de las brisas.
El guía entonces se despidió de los viajeros.
Los viajeros montaron en silencio, operación que ejecutaron
maquinalmente, e iban a partir.
-Este es el camino que trajimos, dijo uno de los que venían,
mirando el del sur, y se lanzó por él al galope.
-¡No! no es ese, se dijo el otro, y soltando la brida a su
caballo, enderezó por el camino del norte.
-Yo nada veo aún, sino la pirámide, se dijo a sí mismo el
tercero; pero supuesto que ellos están en diametral contradicción,
yo seguiré, para acertar, el medio entre ellos.
Y guiándose por el ruido de los dos caballos que habían
arrancado, procuró que el suyo lo hiciese por el medio.
En efecto, su caballo se lanzó a la carrera hacia el
oriente.
Ya dijimos que la nave los estaba aguardando en el
occidente.
El guía que no se había separado gran trecho, los vio apartarse
unos de otros, y los vio alejarse, a cada cual por su lado, del
punto que buscaban, y al que necesitaban llegar todos tres. Sin
embargo, nada les dijo.
El había presenciado muchas de esas separaciones insensatas,
muchos de esos alejamientos incomprensibles; y había llegado a
convencerse dolorosa, pero profundamente, de que nada podía
arrancar la impresión deslumbradora de la Itica-pol, a los que ella
una vez había atraído y cegado; así como también de que nada haría
que viesen con el mismo color ni en el mismo sentido cosa alguna,
aquellos a quienes la misma pirámide había engañado, mostrándoles
en sus vueltas falaces dos distintos de sus prismas
seductores.
El guía sabía perfectamente todo esto. Lo que no sabía, o por lo
menos, lo que nunca confesó que supiese, era la causa eficiente de
ese fenómeno de ceguedad relativa y de estrabismo moral de los ojos
que se abandonaban indiscreta y porfiadamente a la contemplación de
los reflejos y a la reverberación de la luz en las nieves de la
Itica-pol...
Después de aquellos tres viajeros, otros muchos llegaron.
El guía los condujo a todos, y a todos hizo la misma oportuna y
solemne advertencia.
No obstante, algunos de esos viajeros volvieron ciegos. Los
demás volvieron locos.
Y cuando los niños de los contornos preguntaban al impasible
guía, porque los niños tienen derecho de preguntarlo todo:
-¿Por qué acompañáis a los viajeros?
-Porque acompañándolos, les contestaba él, a lo menos se salvan
algunos; mientras que, yendo solos e ignorando el peligro, ni uno
solo se salvaría.
-Entonces, ¿por qué no los conducís por el otro lado de la
montaña?
-Hijos míos, volvía a responderles el guía, es que el otro lado
lleva al mismo punto y con el mismo peligro. Vosotros no sabéis
todavía, y yo lo se ya muy bien, que entre el otro lado y este sólo
hay una diferencia.
-¿Qué diferencia?
-La del nombre: En este lado la pirámide girante y
deslumbradora; que ciega y que vuelve locos a los que a ella se
entregan, se llama la Itica-pol.
-¿Y en el otro lado cómo se llama?
-En el otro lado se llama la Política.
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