INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

III

LA REGION MARITIMA

El canal del Dique.-Las ciénagas; la salida al mar.-Cartagena; su bahía; sus arrabales.-Adiós a la patria. El mar por primera vez.

El 7 de febrero a las doce de la mañana mi bote estaba preparado, y partí con mi familia al puerto de Calamar para descender el canal del Dique, prefiriendo esa vía más bien que la de tierra, porque si esta era más corta, la otra tenía para mí todo el interés de una obra nacional importante para el comercio, y todo el encanto de una navegación en extremo pintoresca.

A pocos metros de distancia del puerto está, sobre la margen izquierda del Magdalena, la boca del canal, abier­ta más bien por el empuje natural de las aguas que por el esfuerzo de los ingenieros; pero al dejar el gran río, don­de el caudal opulento de las ondas lo hace todo, lo pri­mero que se ve en el Dique es el casco despedazado del vapor Calamar, el único que había navegado allí, y los escombros de una compuerta derrumbada a causa de la debilidad del cimiento deleznable. Donde la mano del hombre ha intervenido se ve, pues, el abandono, se ve patente la inconstancia que preside a todos los esfuerzos industriales del hispano-colombiano. Grandes sumas se han consumido en la apertura de ese canal; bellas y legí­timas esperanzas se fundaron en la obra, y sin embargo lo que queda es un montón de ruinas y una vía de nave­gación embarazosa y llena de torturas para el viajero.

En un trayecto de diez o doce kilómetros el canal, con una anchura uniforme de diez a catorce metros, parece una inmensa calle trazada en perspectiva, recta en lo ge­neral y con aspecto monótono y desapacible. Las barran­cas de las dos orillas, cortadas y desnudas; la vegetación mediana y sin elegancia; el sol ardiente que sofoca y de­vora; la regularidad del trayecto; las plagas infinitas de insectos voladores que hacen salir la sangre envenenada por cada picadura, y la increíble multitud de enormes iguanas y lagartos que se arrastran por entre los tostados matorrales de las orillas, todo eso contribuye a entriste­cer al viajero durante las tres primeras horas de navegación.

Después la escena va cambiando a cada vuelta y re­vuelta del canal, y los más variados cuadros de la natura­leza se suceden para encantar maravillosamente al viajero. La proximidad de las ciénagas se manifiesta en la verdura húmeda, la riqueza de la vegetación y la abundancia de las aves acuáticas. Cedros y otros árboles gigantescos se levantan, y de sus brazos retorcidos penden festones ad­mirables de flores que reunen todos los colores del arco iris. La vara-santa ostenta su mástil altísimo, cuya copa azul, morada, blanca, rosada o amarilla, según el estado de la flor y la hoja, es el grupo más suntuoso de guirnal­das que puede imaginarse, multiplicado prodigiosamente. Una inmensa alfombra de gramíneas rizadas cubre las orillas del canal, y sobre ese interminable festón, agitado por las brisas, se mecen las palmas elegantes de las gra­míneas arbóreas, entretejidas por cortinas flotantes de pa­rásitas y flores, que forman sobre la cabeza del viajero una bóveda sombría, poblada de perfumes desconocidos y de indefinible belleza artística. Aquello figura un arco triunfal infinito tendido sobre una calle cubierta de flo­res y de ricas colgaduras.

De repente la bóveda se acaba y el canal se confunde en una ciénaga de majestuosa y melancólica hermosura. Allí se tropieza con los escombros de otra compuerta de mampostería, y una gran máquina para limpiar las cié­nagas y canalizarlas levanta su roja chimenea por entre las altas gramíneas. El espectáculo de la ciénaga de Sa­naguare es admirable y solemne. ¡Qué soledad aquella! El viajero se siente como anodadado, porque se encuen­tra muy pequeño, impotente, en presencia de aquella na­turaleza exuberante y bravía... Terribles caimanes se pasean, asomando sus cabezas bronceadas sobre la onda cristalina encrespada por la brisa que sopla desde la leja­na costa del mar caribe; el lago es extenso y de la más extraña forma. Por todas partes se levantan los troncos secos y blanquecinos de millares de guayacanes, cuya ver­dura ha destruído la humedad de las ondas que lo rodean, y las copas, retostadas por el sol en su parte superior, sueltan por todos lados festones suntuosos de parásitas enredaderas. Cada uno de esos árboles parece un esque­leto vestido de gala, un cadáver que, teniendo toda la cabeza, los brazos y las piernas desnudas, lleva en el pe­cho y las espaldas una túnica suntuosa de terciopelo os­curo, flotando al viento como la bandera de la muerte... El cielo es admirablemente azul y se refleja en la onda que sirve de base a ese romántico bosque de cadáveres vegetales; y por todas partes se cruzan, en innumerable multitud, bandadas de aves acuáticas de los más raros colores y las más singulares formas, que levantan un con­cierto de salvaje armonía, El grito melancólico del chi­coalí, hermoso pavo silvestre, el cántico recóndito del chilacó, el graznido de la garza temerosa, el aleteo del cuervo agitándose entre las altas ramas del caracolí, el chillido del pato o del coclí, la queja de la caica, esa can­tatriz de las tristezas de la selva y del río, el sordo y vi­brante ruido del alcatraz que sacude sus pesadas alas, el grito salvaje del mono (esa mueca del hombre, como dice Pelletan), lanzado desde lo alto de su columpio sombrío, el redoble del alcarabán, ese centinela de los desiertos, el zumbido de la cigarra fatigada y de los millares de in­sectos que pueblan el aire, y mil otros ecos y ruidos que salen del fondo de la selva, hacen de aquella soledad una escena que sobrecoge el alma de respeto, que obliga al via­jero a evocar todos sus recuerdos de amor y de supremo bien, y que inunda el corazón de un sentimiento inefable de veneración divina y de poesía soñadora...

Después, la noche vino con sus sombras, su misterio y su solemne majestad, y a todos esos ruidos de la tarde sucedió el silencio de una soledad imponente. Apenas la luz fosfórica de los cocuyos y los peces señalaba el hilo blanco de las aguas del canal; la ciénaga había quedado atrás; la oscuridad era profunda; los remos, agitando las ondas inmóviles, producían con su chasquido un eco mis­terioso; los corpulentos árboles de las orillas tomaban las más extrañas formas en la sombra del follaje, interior y al encanto infinito de la tarde sucedían las amarguras de una noche de sufrimientos increíbles... Lo que el viajero puede sufrir allí, literalmente devorado por zancudos, es indescriptible. Es un dolor atroz, incesante, cruel, tortura­dor, que da la idea de la Inquisición, del infierno, de la suprema desesperación... Cada minuto es un siglo de angustia, y cuando el viajero ve aparecer el sol al día si­guiente, cuyo calor hace huir a la infernal plaga, com­prende que en sólo una noche ha sufrido por muchos años y ha aprendido a tener resignación.

Los miserables pueblos de Mahates y San Estanislao, situados en medio de ciénagas interminables, demoran allí en la mayor incuria y en un completo desamparo; y el ca­nal, ensanchándose a veces en medio de anchas lagunas o ciénagas, como las de Sanaguare, La Cruz y Palotal, o volviendo a estrecharse como en su principio, aunque cambia de aspecto por su forma o su vegetación, nunca pierde su hermosura salvaje, su soledad y sus encantos. De trecho en trecho se encuentra algún bote navegando pausadamente, detenido a veces por muros de plantas acuá­ticas de tal manera entretejidas que exigen un trabajo vigoroso para abrir paso a las embarcaciones. Esa natu­raleza invencible tiene un poder de reproducción mara­villoso; y al contemplar la escena el viajero admira la energía de voluntad que presidió a la apertura del canal casi obstruído en 1858.

Desde el principio de la gran ciénaga de Palotal el pai­saje toma nuevas y admirables proporciones. Allí es un extenso lago de verdura lo que se ofrece a la vista del via­jero. El agua, cubierta donde quiera por una espesa capa de gramíneas profundamente arraigadas, tiene una pro­fundidad media de tres metros, pero rara vez aparece en la superficie. Todo el vasto lago de verdura abarca una extensión de muchas millas, limitado en su circunferencia por manglares interminables y muy tupidos, de aspecto suntuoso y magnífico. Al fin la ciénaga encuentra su desagüe principal, y el viajero vuelve a esconderse en el cauce sombrío del Dique o canal, embelesado por los en­cantos de una naturaleza incomparable. Allí la plaga ha desaparecido enteramente, y el canal, con una anchura de 15 a 20 metros, da la idea de un paraíso que sólo la imaginación del poeta pudiera haber ideado. Las bandas de pájaros multicolores son innumerables; la sombra de­liciosa, bajo el follaje colosal y espeso de una vegetación en que alternan el mangle elegante, recto y de románticas raíces hundidas entre las ondas, el corpulento caracolí, la flexible guadua y mil plantas de las más hermosas for­mas; los conciertos que de todas partes se levantan y los perfumes que exhala el bosque del seno húmedo exube­rante de fuerza reproductora, todo contrasta con la escena marítima que después se presenta. El canal termina entre manglares para perderse en las ondas cristalinas de la bahía, sumamente prolongada hacia el interior; la brisa del Atlántico sopla con vigor; la ancha vela del bote se despliega y flota de proa a popa; el horizonte se ensancha; las aguas toman el olor, el color y la aspereza de las aguas marinas; los remos dejan de agitarse; el tiburón persigue implacable a ejércitos de peces primorosos; las colinas de las costas se ofrecen a la vista; se siente el sordo y le­jano mugido del mar; el mundo de las selvas acaba, el del abismo infinito comienza; y al fin, surcando una bahía de admirable belleza, que ensancha el corazón y da la primera noción de la majestad del océano, el viajero ve a Cartagena, bella, melancólica, romántica, sentada entre dos bahías, como una garza nadando en el Atlántico; y el colombiano, el granadino, amante de la libertad y de las glorias de un pueblo heroico, no puede menos que le­vantar la voz y saludar a la vieja y noble ciudad, diciéndole con el arrebato de la admiración: «¡Salve, gloriosa Carta­gena, tierra del heroísmo supremo y la abnegación, cuna de poetas y mártires, sepulcro arrullado por las ondas, escombro de la opulencia que fue para no resucitar sino en un lejano porvenir!»

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