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III
LA REGION MARITIMA
El canal del Dique.-Las ciénagas; la salida al mar.-Cartagena;
su bahía; sus arrabales.-Adiós a la patria. El mar por primera
vez.
El 7 de febrero a las doce de la mañana mi bote estaba
preparado, y partí con mi familia al puerto de Calamar para
descender el canal del Dique, prefiriendo esa vía más bien que la
de tierra, porque si esta era más corta, la otra tenía para mí todo
el interés de una obra nacional importante para el comercio, y todo
el encanto de una navegación en extremo pintoresca.
A pocos metros de distancia del puerto está, sobre la margen
izquierda del Magdalena, la boca del canal, abierta más bien por
el empuje natural de las aguas que por el esfuerzo de los
ingenieros; pero al dejar el gran río, donde el caudal opulento de
las ondas lo hace todo, lo primero que se ve en el Dique es el
casco despedazado del vapor Calamar, el único que había navegado
allí, y los escombros de una compuerta derrumbada a causa de la
debilidad del cimiento deleznable. Donde la mano del hombre ha
intervenido se ve, pues, el abandono, se ve patente la inconstancia
que preside a todos los esfuerzos industriales del
hispano-colombiano. Grandes sumas se han consumido en la apertura
de ese canal; bellas y legítimas esperanzas se fundaron en la
obra, y sin embargo lo que queda es un montón de ruinas y una vía
de navegación embarazosa y llena de torturas para el viajero.
En un trayecto de diez o doce kilómetros el canal, con una
anchura uniforme de diez a catorce metros, parece una inmensa calle
trazada en perspectiva, recta en lo general y con aspecto monótono
y desapacible. Las barrancas de las dos orillas, cortadas y
desnudas; la vegetación mediana y sin elegancia; el sol ardiente
que sofoca y devora; la regularidad del trayecto; las plagas
infinitas de insectos voladores que hacen salir la sangre
envenenada por cada picadura, y la increíble multitud de enormes
iguanas y lagartos que se arrastran por entre los tostados
matorrales de las orillas, todo eso contribuye a entristecer al
viajero durante las tres primeras horas de navegación.
Después la escena va cambiando a cada vuelta y revuelta del
canal, y los más variados cuadros de la naturaleza se suceden para
encantar maravillosamente al viajero. La proximidad de las ciénagas
se manifiesta en la verdura húmeda, la riqueza de la vegetación y
la abundancia de las aves acuáticas. Cedros y otros árboles
gigantescos se levantan, y de sus brazos retorcidos penden festones
admirables de flores que reunen todos los colores del arco iris.
La vara-santa ostenta su mástil altísimo, cuya copa azul, morada,
blanca, rosada o amarilla, según el estado de la flor y la hoja, es
el grupo más suntuoso de guirnaldas que puede imaginarse,
multiplicado prodigiosamente. Una inmensa alfombra de gramíneas
rizadas cubre las orillas del canal, y sobre ese interminable
festón, agitado por las brisas, se mecen las palmas elegantes de
las gramíneas arbóreas, entretejidas por cortinas flotantes de
parásitas y flores, que forman sobre la cabeza del viajero una
bóveda sombría, poblada de perfumes desconocidos y de indefinible
belleza artística. Aquello figura un arco triunfal infinito tendido
sobre una calle cubierta de flores y de ricas colgaduras.
De repente la bóveda se acaba y el canal se confunde en una
ciénaga de majestuosa y melancólica hermosura. Allí se tropieza con
los escombros de otra compuerta de mampostería, y una gran máquina
para limpiar las ciénagas y canalizarlas levanta su roja chimenea
por entre las altas gramíneas. El espectáculo de la ciénaga de
Sanaguare es admirable y solemne. ¡Qué soledad aquella! El viajero
se siente como anodadado, porque se encuentra muy pequeño,
impotente, en presencia de aquella naturaleza exuberante y
bravía... Terribles caimanes se pasean, asomando sus cabezas
bronceadas sobre la onda cristalina encrespada por la brisa que
sopla desde la lejana costa del mar caribe; el lago es extenso y
de la más extraña forma. Por todas partes se levantan los troncos
secos y blanquecinos de millares de guayacanes, cuya verdura ha
destruído la humedad de las ondas que lo rodean, y las copas,
retostadas por el sol en su parte superior, sueltan por todos lados
festones suntuosos de parásitas enredaderas. Cada uno de esos
árboles parece un esqueleto vestido de gala, un cadáver que,
teniendo toda la cabeza, los brazos y las piernas desnudas, lleva
en el pecho y las espaldas una túnica suntuosa de terciopelo
oscuro, flotando al viento como la bandera de la muerte... El
cielo es admirablemente azul y se refleja en la onda que sirve de
base a ese romántico bosque de cadáveres vegetales; y por todas
partes se cruzan, en innumerable multitud, bandadas de aves
acuáticas de los más raros colores y las más singulares formas, que
levantan un concierto de salvaje armonía, El grito melancólico del
chicoalí, hermoso pavo silvestre, el cántico recóndito del
chilacó, el graznido de la garza temerosa, el aleteo del cuervo
agitándose entre las altas ramas del caracolí, el chillido del pato
o del coclí, la queja de la caica, esa cantatriz de las tristezas
de la selva y del río, el sordo y vibrante ruido del alcatraz que
sacude sus pesadas alas, el grito salvaje del mono (esa mueca del
hombre, como dice Pelletan), lanzado desde lo alto de su columpio
sombrío, el redoble del alcarabán, ese centinela de los desiertos,
el zumbido de la cigarra fatigada y de los millares de insectos
que pueblan el aire, y mil otros ecos y ruidos que salen del fondo
de la selva, hacen de aquella soledad una escena que sobrecoge el
alma de respeto, que obliga al viajero a evocar todos sus
recuerdos de amor y de supremo bien, y que inunda el corazón de un
sentimiento inefable de veneración divina y de poesía
soñadora...
Después, la noche vino con sus sombras, su misterio y su solemne
majestad, y a todos esos ruidos de la tarde sucedió el silencio de
una soledad imponente. Apenas la luz fosfórica de los cocuyos y los
peces señalaba el hilo blanco de las aguas del canal; la ciénaga
había quedado atrás; la oscuridad era profunda; los remos, agitando
las ondas inmóviles, producían con su chasquido un eco misterioso;
los corpulentos árboles de las orillas tomaban las más extrañas
formas en la sombra del follaje, interior y al encanto infinito de
la tarde sucedían las amarguras de una noche de sufrimientos
increíbles... Lo que el viajero puede sufrir allí, literalmente
devorado por zancudos, es indescriptible. Es un dolor atroz,
incesante, cruel, torturador, que da la idea de la Inquisición,
del infierno, de la suprema desesperación... Cada minuto es un
siglo de angustia, y cuando el viajero ve aparecer el sol al día
siguiente, cuyo calor hace huir a la infernal plaga, comprende
que en sólo una noche ha sufrido por muchos años y ha aprendido a
tener resignación.
Los miserables pueblos de Mahates y San Estanislao, situados en
medio de ciénagas interminables, demoran allí en la mayor incuria y
en un completo desamparo; y el canal, ensanchándose a veces en
medio de anchas lagunas o ciénagas, como las de Sanaguare, La Cruz
y Palotal, o volviendo a estrecharse como en su principio, aunque
cambia de aspecto por su forma o su vegetación, nunca pierde su
hermosura salvaje, su soledad y sus encantos. De trecho en trecho
se encuentra algún bote navegando pausadamente, detenido a veces
por muros de plantas acuáticas de tal manera entretejidas que
exigen un trabajo vigoroso para abrir paso a las embarcaciones. Esa
naturaleza invencible tiene un poder de reproducción maravilloso;
y al contemplar la escena el viajero admira la energía de voluntad
que presidió a la apertura del canal casi obstruído en 1858.
Desde el principio de la gran ciénaga de Palotal el paisaje
toma nuevas y admirables proporciones. Allí es un extenso lago de
verdura lo que se ofrece a la vista del viajero. El agua, cubierta
donde quiera por una espesa capa de gramíneas profundamente
arraigadas, tiene una profundidad media de tres metros, pero rara
vez aparece en la superficie. Todo el vasto lago de verdura abarca
una extensión de muchas millas, limitado en su circunferencia por
manglares interminables y muy tupidos, de aspecto suntuoso y
magnífico. Al fin la ciénaga encuentra su desagüe principal, y el
viajero vuelve a esconderse en el cauce sombrío del Dique o canal,
embelesado por los encantos de una naturaleza incomparable. Allí
la plaga ha desaparecido enteramente, y el canal, con una anchura
de 15 a 20 metros, da la idea de un paraíso que sólo la imaginación
del poeta pudiera haber ideado. Las bandas de pájaros multicolores
son innumerables; la sombra deliciosa, bajo el follaje colosal y
espeso de una vegetación en que alternan el mangle elegante, recto
y de románticas raíces hundidas entre las ondas, el corpulento
caracolí, la flexible guadua y mil plantas de las más hermosas
formas; los conciertos que de todas partes se levantan y los
perfumes que exhala el bosque del seno húmedo exuberante de fuerza
reproductora, todo contrasta con la escena marítima que después se
presenta. El canal termina entre manglares para perderse en las
ondas cristalinas de la bahía, sumamente prolongada hacia el
interior; la brisa del Atlántico sopla con vigor; la ancha vela del
bote se despliega y flota de proa a popa; el horizonte se ensancha;
las aguas toman el olor, el color y la aspereza de las aguas
marinas; los remos dejan de agitarse; el tiburón persigue
implacable a ejércitos de peces primorosos; las colinas de las
costas se ofrecen a la vista; se siente el sordo y lejano mugido
del mar; el mundo de las selvas acaba, el del abismo infinito
comienza; y al fin, surcando una bahía de admirable belleza, que
ensancha el corazón y da la primera noción de la majestad del
océano, el viajero ve a Cartagena, bella, melancólica, romántica,
sentada entre dos bahías, como una garza nadando en el Atlántico; y
el colombiano, el granadino, amante de la libertad y de las glorias
de un pueblo heroico, no puede menos que levantar la voz y saludar
a la vieja y noble ciudad, diciéndole con el arrebato de la
admiración: «¡Salve, gloriosa Cartagena, tierra del heroísmo
supremo y la abnegación, cuna de poetas y mártires, sepulcro
arrullado por las ondas, escombro de la opulencia que fue para no
resucitar sino en un lejano porvenir!»
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