INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

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El 2 de febrero el vapor Bogotá recogió su ancla, lanzó su silbido matinal, semejante al grito del salvaje, y sacu­diendo con sus alas de hierro las turbias ondas del Mag­dalena, se deslizó rápidamente por entre los verdes y tupidos pabellones de las selvas, dejando marcada su brillante estela en las flotantes espumas que iluminaba el sol de la mañana.

¡Qué impresión tan profunda experimenta el corazón del patriota, soñador del progreso, cuando por primera vez se confía, como viajero, a esa segunda providencia, a ese espíritu invisible de la humanidad, trasfundido en el poder de la mecánica, que se llama el vapor! ¡La onda se humilla, corriendo fugitiva, ante ese conquistador que la surca sin temerla y la azota con las ruedas de su carro triunfal; el monstruo de las aguas busca sus grutas escondidas en el abismo, comprendiendo que el imperio del elemento líquido le pertenece a un ser infinitamente su­perior; y el huracán, ese Júpiter sin forma, de aliento destructor, que impera sobre las soledades del páramo, de la selva, del arenal y del océano, parece amansarse en presencia de ese viajero que opone a las conmociones supremas de la creación la fuerza misteriosa de la ciencia triunfante!

¡El vapor!, ¡ah!, ¡qué espectáculo para un hombre de fe! Esa maravilla reasumía para mí todos los progresos y la gloria del hombre, toda la divinidad de este ser que, hecho a semejanza moral de Dios, lleva en su mente los atributos inmortales del alma inteligente y pensadora. Cada rueda, cada cilindro, cada miembro de la máquina del Bogotá me parecía la imagen de cada uno de los múscu­los y los órganos vitales del hombre. ¡Allí estaba concretada toda la historia de la humanidad, porque esa máquina animada por el hombre era el movimiento, la fuerza, la tenacidad, el genio, la fe, la vida, el espíritu, la luz, la civilización, el progreso indefinido y eterno!

Mi alma se sintió dominada por un recogimiento pro­fundo. Sentado sobre el puente de proa, al lado de los timoneros, contemplé con inmenso placer el cielo transpa­rente y azul, las altas serranías de los Andes, las selvas, el río y cuanto formaba el panorama; y desde el fondo de mi corazón agradecido, bendecía todas las revoluciones, los heroicos esfuerzos y la abnegación de los hombres y los pueblos que, dando su sangre a lo pasado, le han conquistado a la posteridad los progresos de la época actual y del porvenir.

Hasta el puerto de Nare todo es variado y pintoresco, de Conejo para abajo. La vecindad de las serranías per­mite las inflexiones del terreno, y tan presto se sorprende el viajero con la vista de los bosques gigantescos o las pe­queñas llanuras que terminan en el río, como admira la lujosa vegetación intermediaria; las altas rocas de arensica petrificada; las sombrías brocas del Tigrito y otros ria­chuelos, cuyo cauce parece una interminable gruta de verdura; las ondas azules y abundantes de los ríos Negro y La Miel, que sostienen a una y otra margen la cinta tur­quí de su corriente, sin mezclarse con el Magdalena al principio; el pintoresco caserío de Buena Vista, situado sobre una barranca y rodeado por la alta muralla de un bosque secular, sobre cuyo fondo oscuro se dibujan los mástiles de los cocoteros y el blanco muro de la capilla parroquial; y mil otros objetos que contribuyen a darle al paisaje variedad y encanto.

Poco más arriba de Nare la monotonía empieza, y los bosques interminables de guarumos, árbol de color gris claro que parece un fantasma en esqueleto, les dan a las orillas un aspecto de tristeza y esterilidad. El sol quema como una brasa, el calor, de 36 grados, es sofocante, y la desolación de la naturaleza comienza. Nare es un dis­trito de miserable población y aspecto insalubre, y que, salvo dos o tres familias, no contiene sino bogas y gente de la raza indo-africana. Sin embargo, es un punto muy importante para el comercio interior, de escala para el Estado de Antioquia, y su lindo río cercano, de bastante caudal, es navegado por champanes y canoas hasta siete leguas arriba de su embocadura.

En Nare se engrosó el número de los pasajeros con un robusto escocés, explotador de minas, un dentista, que forzosamente resultó ser yankee, y, un antioqueño que, tan luego como entró al vapor, promovió una rifa y em­pezó sus especulaciones. Los antioqueños, descendientes en su mayor parte de una expedición de judíos de la época de Felipe III, son los israelitas de la Nueva Granada, en punto a negocios y viajes, aunque en materia de destapar y vaciar botellas son esencialmente ingleses.

Una legua abajo de Nare está la famosa Angostura, terror de los navegantes, y al salir de ella comienza la región de las islas de primorosa vegetación, cada vez más numerosas, porque el Magdalena, ensanchándose mucho sobre un terreno de bajo nivel y anegadizo, interminable como llanura selvática, disemina sus aguas en todas di­recciones. Por lo demás, la naturaleza pierde toda su va­riedad; la vegetación, sujeta a las inundaciones, aparece esqueletada, descolorida y áspera, y las serranías se pierden de vista enteramente. Ya no queda allí sino el desierto inmenso, abrasado y sin majestad ni belleza.

El 3 de febrero, ¡qué de impresiones agradables, de sorpresas, y de plaga y fatigas! Primero el encuentro del hermoso vapor Antioquia, que subía de Barranquilla, ligero, pintado de colores vivos, como un gran pájaro ro­zando apenas las ondas del Magdalena. Y allí de los gritos de alegría, los saludos ruidosos entre los pasajeros de uno y otro vapor, los silbidos galantes de las válvulas de las locomotivas, y las burlas recíprocas de los marineros, picantes y originales en extremo. El vapor Antioquia llevaba un fuerte cargamento de senadores y representantes, sin duda no-asegurados, y por lo mismo, su viaje era doblemente interesante.

Después el hermoso río Carare, desembocando a la derecha, profundo, azul, con una vegetación fresca y es­pléndida, navegable por vapor, y sirviendo ya de vía de comunicación directa entre el Magdalena y los pueblos de la antigua provincia de Vélez, es decir, de parte de los Estados de Santander y Boyacá. Ese río tiene muy bello porvenir, y no muy tarde el comercio granadino le dará toda la importancia que merece.

Abajo del Carare aparece el Opón, río bellísimo tam­bién, cuyas arenas cuajadas de oro sirven de lecho a una corriente mansa, profunda y cristalina. ¡Y qué de recuer­dos al ver la embocadura de ese río! Fue por allí que Gonzalo Jiménez de Quesada, conquistador del Nuevo Reino de Granada, penetró en 1536, dominando tan su­premas dificultades e increíbles peligros, que la historia, para ser justa, debe considerar esa expedición como lamás heroica, la más extraordinaria que jamás conquistador alguno haya conducido y consumado.

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|Una legua abajo de Nare está la famosa Angostura, terror de los navegantes...

Si los territorios de Vélez y Socorro, envían al Magda­lena su bello contingente en las aguas de los ríos Carare y Opón, ambos navegables y riquísimos, las tierras altas de Tunja y Pamplona, contribuyen con su abundante río de Sogamoso o Colorado que desemboca cerca del nuevo puerto de Barrancabermeja. Allí, sumamente enriquecido el Magdalena con el caudal de tan hermosos ríos, toma proporciones grandiosas que lo hacen imponente; mientras que las preciosas islas que surgen de trecho en trecho, una de ellas muy considerable (la de Morales), le dan al pai­saje, admirablemente iluminado, una increíble semejanza con el bajo Danubio, a juzgar por la parte que he navegado.

Abajo del Sogamoso el Estado de Antioquia contribuye (además de los ríos La Miel y Nare), con el romántico y hermosísimo río de Cimitarra, que recuerda las eternas tempestades que reinan sobre los cerros minerales de una cordillera del mismo nombre que separa la región antio­queña de las de Simití y Majagual. Los bogas tienen mil extravagantes preocupaciones sobre ese escondido río de lecho de oro en polvo y arboledas sombrías e impenetra­bles, y cuentan muchas leyendas, haciendo la señal de la cruz, sobre los buscadores del peligroso metal que, ha­biendo ido al interior por el curso del río, no han vuelto a aparecer mas en Mompós. Los habitantes de San Pablo, pueblo situado a poca distancia de la confluencia del Ci­mitarra, hacen responsable al Mohan o Muán, divinidad terrible de las grutas y de los grandes pozos de los ríos, de las fechorías cometidas por los jaguares, las serpientes y los jabalíes en perjuicio de los imprudentes buscadores de oro. Sin embargo, debo declarar que el tal Mohan no me parece un personaje tan absurdo como se cree, si se observa que en resumidas cuentas es el Diablo...

San Pablo (y de paso diré que de ahí para abajo casi todos los pueblos están santificados por un nombre), es un pueblecito gracioso, muy pobre y humilde, pero de un colorido local pintoresco. En primer término está la ba­rranca rojiza que domina al Magdalena, salpicada de barracas de pescar, de las más extrañas formas; después el caserío, compuesto de dos calles rectas, con 40 o 50 casitas de paja muy blanqueadas, todas separadas y a la sombra de una multitud de cocoteros, mangos y naranjos; detrás la faja gris oscura de la selva tupida, y en último término las lejanas serranías occidentales que separan al Estado de Antioquia del inmenso valle del Magdalena.

El vapor se varó en frente de San Pablo, porque el verano había disminuido mucho el caudal de las aguas, y allí tuvo nuestro amable irlandés la ocasión de poner a prueba sus sesenta años. El ancla fue arrojada a 50 me­tros de distancia, y todo el mundo, por gozar de las emo­ciones del trabajo, fue a mezclarse con los marineros para darle vuelta al torno de proa y hacer salir el buque del banco de arena que lo rodeaba. La noche nos sorprendió jadeantes, empapados en sudor, pero alegres y triunfantes después de dos horas de esfuerzos; y a poco rato el canto melancólico de todos los marineros, hiriendo el eco de las selvas, nos dio una nueva impresión. A las diez de la noche el puente del vapor tenía un aspecto singular. Cada lecho estaba cubierto con un toldo para defenderse cada cual de los terribles zancudos o mosquitos, y la apariencia general era como de un hospital de campaña, un campa­mento o un cementerio flotante. El irlandés, que después de trabajar como un Sansón, había tenido la previsión de beber como una bomba, dormía cerca de mí, y roncaba con la terrible majestad de las tormentas andinas. Entre­tanto, el buho solitario de la playa vecina respondía con su canto lúgubre al bramido lejano del jaguar errando entre las asperezas de la selva.

II

EL BAJO MAGDALENA

Las riberas del gran rio. - «Puerto Nacional». - La aldea de Regidor. - Una danza de zambos. - La semi-barbarie de la raza africana. - Los desiertos. - Las huertas de «Margarita» - Mom­pós. - La confluencia del Cauca. - Calamar.

El tercer día de navegación debía ser más fecundo en escenas de todo género. El primer objeto curioso fue un grande escombro sobre una playa desierta: era la masa informe del vapor Magdalena (el primero de la tercera época en que el río ha sido navegado por vapores), cuyo casco yacía abandonado como inútil. Al ver ese cadáver de hierro y madera, comparado con los vapores actuales, se comprende y admira la perseverancia con que, a des­pecho de muchos contratiempos, el espíritu de progreso sigue su marcha, luchando con la naturaleza y acabando por vencerla siempre. Mucho más arriba había visto tam­bién los restos del espléndido vapor Manzanares, volado en 1854; y el Wells y el Calamar, sacrificados también en los primeros ensayos. Al cabo la navegación por vapor se ha regularizado, el río es surcado por ocho o diez bellos vapores, en la parte baja, y se acaba de establecer uno pequeño en el alto Magdalena. El progreso triunfará.

Como para hacer contraste, dos horas después encon­tramos el lindo vapor Patrono, que subía con rapidez, saludándonos con alegría sus pasajeros y tripulación. En seguida un verdadero panorama de aldeas en hilera, sobre las márgenes del río, fue presentándose a la vista, rodeado del paisaje más vasto y encantador, sin alteración hasta el puerto de la bella ciudad de Mompós.

La llanura era inmensa, y todos sus objetos brillaban a la luz de un sol abrasador en medio del cielo más puro y transparente. Al occidente se destacaba la cordillera de Simití como una cinta celeste, hundiendo sus cimas entre las blancas nubes; mientras que al oriente, a inmensa distancia, se dibujaban como aéreos palacios, las cumbres de color vago y confuso de la rama de la cordillera orien­tal, que separa a las comarcas de Ocaña del norte de Nueva Granada. Vi primero el pueblo de Badillo, misera­ble como casi todos los de las orillas del bajo Magdalena; después el caserío lamentable de Las Pailas, donde el sol devora y las serpientes abundan como las hormigas; más abajo la Bodega del vecino distrito de Puerto Nacional, el sitio más ardiente de todo el Magdalena, y por último, para completar el cuadro del día 4, la aldea de Regidor, donde nos esperaba una singular escena de costumbres nacionales y de contrastes en extremo romántico.

Y en el intermedio... ¡qué de bellezas para llamar la atención, estableciendo el colorido local! A cada paso islas tan primorosas, tan pintorescas que, salvo el calor y las plagas, hacían pensar en los archipiélagos del Me­diterráneo; hileras interminables de sauces llorones, bor­dando las playas del río y los suaves declives de las islas; caños oscuros, sombríos, saliendo misteriosamente de entre la selva y trayendo sus aguas sin corriente de las lagunas lejanas, donde moran la fiebre, las fieras y las serpientes venenosas y enormes a la sombra de una vegetación exu­berante y bravía; playas reverberantes, cuajadas de caimanes durmiendo bajo el ala de un viento abrasado, en cuyas orillas se amontonan las garzas de lindísimos colores, o vaga el grullón persiguiendo a los peces descuidados, y en cuyas arenas quemadoras se dan a veces sus terribles combates el jaguar, tirano de la selva, y el monstruoso dragón de los ríos colombianos. Bandadas increíblemente numerosas de papagayos de todas clases pasan atronando con su áspera gritería, que parece el eco de la voz del salvaje; y al través de una vegetación incomparable, que constituye el fondo del inmenso cuadro, se desliza el vapor, lanzando de tiempo en tiempo sus silbidos agudos y pro­longados, cuyo eco repercuten las selvas y produce una sensación indefinible de miedo y admiración al mismo tiempo.

En este trayecto el río Lebrija, semejante al Sogamoso, desemboca en la margen derecha, después de haber surca­do una extensa región del Estado de Santander. Puede calcularse que el caudal de aguas que los cuatro principa­les afluentes del norte (Carare, Opón, Sogamoso y Lebrija), le dan al Magdalena, equivale al que este río recoge de todo el Estado de Cundinamarca. Así, después de recibir esos contingentes, arriba de Puerto Nacional, el Magda­lena tiene en algunos puntos hasta 800 metros de altura, sin haberse engrosado aún con las aguas del Cesar o Cesari y el Cauca.

En Puerto Nacional y Regidor los cuadros característi­cos me parecieron curiosos en sumo grado. El primero de esos lugares es el puerto por donde gira la correspondencia entre el bajo Magdalena y los Estados del norte de la República y es también el punto por donde los pueblos de Ocaña exportan su producción de café, azúcar, tabaco, suelas, taguas (marfil vegetal), oro, palos de tinte; anís y algunos otros artículos de consumo interior y exterior. Cuando los vapores llegan a la bodega de Puerto Nacional a tomar la correspondencia y los cargamentos de frutos, los habitantes del pueblo, que está dentro de la selva a la margen de un caño afluente del Magdalena, bajan en procesión, ofreciendo el cuadro más interesante y bullicio­so. Todo el mundo trae alguna fruslería qué vender a los pasajeros -conservas, frutas, cigarros, etc.- y los chicos que vienen por curiosidad, ya que no entran en la vendi­mia, gritan alegremente como papagayos salvajes.

¡Qué de figuras y pormenores extravagantes en la turba semi-africana que nos invadía! Diez o doce mujeres, zam­bitas y zambazas, o viejas requemadas, todas alegres, con alpargata suelta por calzado, un pañuelo de cuadros es­candalosos atado a la cabeza en forma de gorro o tur­bante, y un camisón flaco desairado, de zaraza o muselina burda, con el gracioso arete de oro o tumbago en la oreja, hicieron irrupción por todas las escaleras del vapor, se­guidas de veinte muchachos y mocetones, rollizos y tosta­dos por el calor tropical. En breve se dispersaron por los salones y camarotes, movidos por la curiosidad, y fueron a sentarse en medio de las señoras y los caballeros de a bordo, para entablar conversación con una familiaridad encantadora. En todas se notaban las bellas trenzas de cabellos negros y abundantes, a veces crespos, el labio grueso y voluptuoso, la nariz abierta y palpitante, el ojo negro y ardiente, el color pardo oscuro, la voz agitada, estentórea, libre como el soplo del viento, la risa franca y picante, el andar provocativo, con un dejo lleno de coquetería, y el carácter sencillo, hospitalario y lleno de cordialidad.

Toda esa gente me pareció formar una raza enérgica, de excelentes instintos y capaz de ser un pueblo estimable y progresista con sólo darle el impulso de la educación, la industria y las buenas instituciones. Y la turba de ven­dedores dispersa sobre la barranca del puerto a la sombrade algunos árboles, no era menos simpática y curiosa. Este, sentado entre una barricada de melones y sandías, parecía una figura chinesca y atraía con sus galantes invitaciones; aquel, como un mostrador ambulante, llevaba sobre la cabeza una enorme artesa o canasta de mimbre, donde bailaban a cada movimiento los panecillos de azúcar ocañera, las cajetillas de suculento ariquipe, los atados de cigarros y los olorosos panes de maíz; y el de más acá o más allá se pavoneaba con una torre de avisperos de pa­pelón, de tortas de cazabe y de otras muchas golosinas que son el regalo de los viajeros de menor cuantía y los navegantes. Allá un boga voluntario, de cuerpo espigado y ágil, le echaba chicoleos de champán a una moza de mirada un tanto pecaminosa, recibiendo en cambio un coscorrón por vía de agasajo. Aquí el viejo patrón de bote, con ínfulas dé personaje, se daba sus aires en medio de la turba, apoyado en un remo o canalete, y acariciando el ancho arete pendiente de su oreja derecha; mientras que un marinero del vapor, como perteneciente a la aris­tocracia de los navegantes, le dispensaba su mirada de altiva protección a algún boga plebeyo, diciéndole al pa­sar: |¡Je!, |¿tú por aquí, Peiro?

Al cabo el vapor lanzó su prolongado silbido; nuestro irlandés declaró que era llegado el momento solemne de la vida. (¡To |drink and drink!, or not be, |- |that is the question!). Las copas se llenaron, el puerto se perdió de vista; y al esconder el sol su disco de fuego fuimos a atracar al pie de la alta barranca de la aldea de Regidor, donde a un paisaje infinitamente bello debía combinarse el cuadro de costumbres más típico que era posible en­contrar.

__________

La aldea se compone de unas 25 o 30 chozas miserables, diseminadas sin orden alguno sobre el plano arenoso de una vega circundada de altísimos bosques, y en toda el área del pobre caserío multitud de palmas de cocotero hacen flotar al viento sus rizados plumajes. A las ocho de la noche el ruido de los tamboriles cónicos y las flautaso gaitas peculiares a los bogas y sus familias semi-salva­jes, hirió nuestros oídos anunciándonos una ardiente sesión de |currulao.

El currulao es la danza típica que resume al boga y su familia, que revela toda la energía brutal del negro y el zambo de las costas septentrionales de Nueva Granada. Así, todo el mundo quiso contemplar la escena y excepto las señoras, cuyos ojos no eran adecuados para ver esa danza extravagante, saltamos todos a tierra en dirección a la plaza de la aldea.

El espectáculo no podía ser más singular. Había un ancho espacio, perfectamente limpio, rodeado de barracas, barbacoas de secar pescado, altos cocoteros y arbustos diferentes. En el centro había una grande hoguera alimen­tada con palmas secas, alrededor de la cual se agitaba la rueda de danzantes; y otra de espectadores, danzantes a su turno, mucho más numerosa, cerraba a ocho metros de distancia el gran círculo. Allí se confundían hombres y mujeres, viejos y muchachos, y en un punto de esa segunda rueda se encontraba la tremenda orquesta. Difícil, muy difícil, sería la descripción de esas fisonomías toscas y uniformes, de esas figuras que parecían sombras o fan­tasmas de un delirio, cuando se movían, o troncos de un bosque devorado por las llamas, ennegrecidos y ásperos, si permanecían inmóviles.

La luz rojiza de la hoguera, extendiéndose sobre un fondo osuro, aumentaba el romanticismo de la escena, porque el bosque vecino aparcía como una inmensa ca­verna, y las sombras de los danzantes, músicos y especta­dores, así como las de los mástiles, y las copas de los cocoteros, se proyectaban en perspectiva de un modo singular.

Ocho parejas bailaban al compás del son ruidoso, mo­nótono, incesante, de la gaita (pequeña flauta de sonidos muy agudos y con sólo siete agujeros), y del tamboril, instrumento cónico, semejante a un pan de azúcar, muy estrecho, que produce un ruido profundo como el eco de un cerro y se toca con las manos a fuerza de redobles continuos. La carraca (caña de chonta, acanalada trans­versalmente, y cuyo ruido se produce frotándola a compás con un pequeño hueso delgado); el triángulo de fierro, que es conocido, y el chucho o alfandoque (caña cilíndrica y hueca, dentro de la cual se agitan multitud de pepas que, a los sacudones del artista, producen un ruido sordo y áspero como el del hervor de una cascada), se mezcla­ban rarísimamente al concierto. Esos instrumentos eran más bien de lujo, porque el currulao de raza pura no reconoce sino la gaita, el tamboril y la curruspa.

Las ocho parejas, formadas como escuadrón en columna, iban dando la vuelta a la hoguera, cogidos de una mano, hombre y mujer, sin sombrero, llevando cada cual dos ve­las encendidas en la otra mano, y siguiendo todos el compás con los pies, los brazos y todo el cuerpo, con mo­vimientos de una voluptuosidad, de una lubricidad cínica, cuya descripción ni quiero ni debo hacer. Y esas gentes incansables, impasibles en sus fisonomías, indiferentes a todo, bailaban y daban vueltas con la mecánica unifor­midad de la rueda de una máquina. Era un círculo eterno, un movimiento sin variación, como la caída del torrente, como el caliente remolino de fuego o de arena que se fija en un punto en medio de un bosque incendiado o en la mitad de una playa azotada por el huracán. La incansa­ble tenacidad de los danzantes correspondía a la de los músicos; y a pesar de emociones tan ardientes al parecer, ni un grito, ni un acento lírico, ni una sola palabra pro­nunciada en alto interrumpía el silencio extraño de la escena.

Es tal la resistencia habitual o el tesón con que esa gente se entrega al |currulao, que algunas veces duran has­ta dos horas tocando o bailando, sin descansar un minuto.

Aquella danza es una singular paradoja: es la inmovili­dad en el movimiento. El entusiasmo falta, y en vez de toda poesía, de todo arte, de toda emoción dulce, profunda, nueva, sorprendente, no se ve en toda la escena sino el instinto maquinal de la carne, el poder del hábito domi­nando la materia, pero jamás el corazón ni el alma de aquellos salvajes de la civilización. Ninguno de ellos gozabailando, porque la danza es una ocupación necesaria como cualquiera otra. De ahí la extraña monotonía del espectáculo.

Aunque ninguno se rinde, de tiempo en tiempo, un hombre o una mujer sale del círculo de espectadores, le quita las velas a uno de los danzantes, le reemplaza sin ceremonias, y el que deja el puesto va a colocarse en la gran rueda, impasible como un tronco, sin revelar cansan­cio, ni placer, ni pena, ni celos, ni amor, ni emoción al­guna. El cambio se hace como si al reedificar un muro se quitase una piedra para poner otra en su lugar. La vida para esas gentes no es ni un trabajo espiritual, ni una peregrinación social, ni siquiera una cadena de deleites y dolores físicos: es simplemente una vegetación, una ma­nera de ser puramente mecánica.

Nacido bajo un sol abrasador; en un terreno húmedo, inmenso y solitario, y contando con una naturaleza exu­berante que lo da todo con profusión y de balde, y que exagerando el desarrollo físico de los órganos, debilita sus funciones y degrada su parte moral; el boga, descen­diente de Africa, e hijo del cruzamiento de razas envile­cidas por la tiranía, no tiene casi de la humanidad sino la forma exterior y las necesidades y fuerzas primitivas. Si el indio puro de las altiplanicies andinas es, a pesar de su ignorancia, dulce y humilde, y la astucia constituye su fuerza moral; si el llanero de las pampas granadinas, criado en las soledades y en medio de los peligros, pero rodeado de un horizonte infinito, es no obstante su bar­barie un ser eminentemente heroico, poético en sus ins­tintos, galante, cantor, espiritualmente fanfarrón, crédulo y generoso; el boga del bajo Magdalena no es más que un bruto que habla un malísimo lenguaje, siempre impú­dico, carnal, insolente, ladrón y cobarde.

La raza parda, pero cultivadora o comerciante, que ha­bita las vegas vecinas a Ocaña o las ciudades de Mompos, Barranquilla, Cartagena y Santa Marta, se ha civilizado con el trabajo social y la vida comunicativa, y será no muy tarde una población vigorosa y de excelentes cualidades. Pero la familia del boga, que vive de pescado, en el sopor, la inercia y la corrupción, no podrá regenerarse sino des­pués de muchos años de un trabajo civilizador, ejercido por la agricultura y el comercio invadiendo todas las sel­vas y las soledades del bajo Magdalena. La civilización no reinará en esas comarcas sino el día que haya desaparecido el currulao, que es la horrible síntesis de la bar­barie actual.

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