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El 2 de febrero el vapor Bogotá recogió su ancla, lanzó su
silbido matinal, semejante al grito del salvaje, y sacudiendo con
sus alas de hierro las turbias ondas del Magdalena, se deslizó
rápidamente por entre los verdes y tupidos pabellones de las
selvas, dejando marcada su brillante estela en las flotantes
espumas que iluminaba el sol de la mañana.
¡Qué impresión tan profunda experimenta el corazón del patriota,
soñador del progreso, cuando por primera vez se confía, como
viajero, a esa segunda providencia, a ese espíritu invisible de la
humanidad, trasfundido en el poder de la mecánica, que se llama el
vapor! ¡La onda se humilla, corriendo fugitiva, ante ese
conquistador que la surca sin temerla y la azota con las ruedas de
su carro triunfal; el monstruo de las aguas busca sus grutas
escondidas en el abismo, comprendiendo que el imperio del elemento
líquido le pertenece a un ser infinitamente superior; y el
huracán, ese Júpiter sin forma, de aliento destructor, que impera
sobre las soledades del páramo, de la selva, del arenal y del
océano, parece amansarse en presencia de ese viajero que opone a
las conmociones supremas de la creación la fuerza misteriosa de la
ciencia triunfante!
¡El vapor!, ¡ah!, ¡qué espectáculo para un hombre de fe! Esa
maravilla reasumía para mí todos los progresos y la gloria del
hombre, toda la divinidad de este ser que, hecho a semejanza moral
de Dios, lleva en su mente los atributos inmortales del alma
inteligente y pensadora. Cada rueda, cada cilindro, cada miembro de
la máquina del Bogotá me parecía la imagen de cada uno de los
músculos y los órganos vitales del hombre. ¡Allí estaba concretada
toda la historia de la humanidad, porque esa máquina animada por el
hombre era el movimiento, la fuerza, la tenacidad, el genio, la fe,
la vida, el espíritu, la luz, la civilización, el progreso
indefinido y eterno!
Mi alma se sintió dominada por un recogimiento profundo.
Sentado sobre el puente de proa, al lado de los timoneros,
contemplé con inmenso placer el cielo transparente y azul, las
altas serranías de los Andes, las selvas, el río y cuanto formaba
el panorama; y desde el fondo de mi corazón agradecido, bendecía
todas las revoluciones, los heroicos esfuerzos y la abnegación de
los hombres y los pueblos que, dando su sangre a lo pasado, le han
conquistado a la posteridad los progresos de la época actual y del
porvenir.
Hasta el puerto de Nare todo es variado y pintoresco, de Conejo
para abajo. La vecindad de las serranías permite las inflexiones
del terreno, y tan presto se sorprende el viajero con la vista de
los bosques gigantescos o las pequeñas llanuras que terminan en el
río, como admira la lujosa vegetación intermediaria; las altas
rocas de arensica petrificada; las sombrías brocas del Tigrito y
otros riachuelos, cuyo cauce parece una interminable gruta de
verdura; las ondas azules y abundantes de los ríos Negro y La Miel,
que sostienen a una y otra margen la cinta turquí de su corriente,
sin mezclarse con el Magdalena al principio; el pintoresco caserío
de Buena Vista, situado sobre una barranca y rodeado por la alta
muralla de un bosque secular, sobre cuyo fondo oscuro se dibujan
los mástiles de los cocoteros y el blanco muro de la capilla
parroquial; y mil otros objetos que contribuyen a darle al paisaje
variedad y encanto.
Poco más arriba de Nare la monotonía empieza, y los bosques
interminables de guarumos, árbol de color gris claro que parece un
fantasma en esqueleto, les dan a las orillas un aspecto de tristeza
y esterilidad. El sol quema como una brasa, el calor, de 36 grados,
es sofocante, y la desolación de la naturaleza comienza. Nare es un
distrito de miserable población y aspecto insalubre, y que, salvo
dos o tres familias, no contiene sino bogas y gente de la raza
indo-africana. Sin embargo, es un punto muy importante para el
comercio interior, de escala para el Estado de Antioquia, y su
lindo río cercano, de bastante caudal, es navegado por champanes y
canoas hasta siete leguas arriba de su embocadura.
En Nare se engrosó el número de los pasajeros con un robusto
escocés, explotador de minas, un dentista, que forzosamente resultó
ser yankee, y, un antioqueño que, tan luego como entró al vapor,
promovió una rifa y empezó sus especulaciones. Los antioqueños,
descendientes en su mayor parte de una expedición de judíos de la
época de Felipe III, son los israelitas de la Nueva Granada, en
punto a negocios y viajes, aunque en materia de destapar y vaciar
botellas son esencialmente ingleses.
Una legua abajo de Nare está la famosa Angostura, terror de los
navegantes, y al salir de ella comienza la región de las islas de
primorosa vegetación, cada vez más numerosas, porque el Magdalena,
ensanchándose mucho sobre un terreno de bajo nivel y anegadizo,
interminable como llanura selvática, disemina sus aguas en todas
direcciones. Por lo demás, la naturaleza pierde toda su variedad;
la vegetación, sujeta a las inundaciones, aparece esqueletada,
descolorida y áspera, y las serranías se pierden de vista
enteramente. Ya no queda allí sino el desierto inmenso, abrasado y
sin majestad ni belleza.
El 3 de febrero, ¡qué de impresiones agradables, de sorpresas, y
de plaga y fatigas! Primero el encuentro del hermoso vapor
Antioquia, que subía de Barranquilla, ligero, pintado de colores
vivos, como un gran pájaro rozando apenas las ondas del Magdalena.
Y allí de los gritos de alegría, los saludos ruidosos entre los
pasajeros de uno y otro vapor, los silbidos galantes de las
válvulas de las locomotivas, y las burlas recíprocas de los
marineros, picantes y originales en extremo. El vapor Antioquia
llevaba un fuerte cargamento de senadores y representantes, sin
duda no-asegurados, y por lo mismo, su viaje era doblemente
interesante.
Después el hermoso río Carare, desembocando a la derecha,
profundo, azul, con una vegetación fresca y espléndida, navegable
por vapor, y sirviendo ya de vía de comunicación directa entre el
Magdalena y los pueblos de la antigua provincia de Vélez, es decir,
de parte de los Estados de Santander y Boyacá. Ese río tiene muy
bello porvenir, y no muy tarde el comercio granadino le dará toda
la importancia que merece.
Abajo del Carare aparece el Opón, río bellísimo también, cuyas
arenas cuajadas de oro sirven de lecho a una corriente mansa,
profunda y cristalina. ¡Y qué de recuerdos al ver la embocadura de
ese río! Fue por allí que Gonzalo Jiménez de Quesada, conquistador
del Nuevo Reino de Granada, penetró en 1536, dominando tan
supremas dificultades e increíbles peligros, que la historia, para
ser justa, debe considerar esa expedición como lamás heroica, la
más extraordinaria que jamás conquistador alguno haya conducido y
consumado.
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|Una legua abajo de Nare está la famosa Angostura, terror de
los navegantes...
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Si los territorios de Vélez y Socorro, envían al Magdalena su
bello contingente en las aguas de los ríos Carare y Opón, ambos
navegables y riquísimos, las tierras altas de Tunja y Pamplona,
contribuyen con su abundante río de Sogamoso o Colorado que
desemboca cerca del nuevo puerto de Barrancabermeja. Allí,
sumamente enriquecido el Magdalena con el caudal de tan hermosos
ríos, toma proporciones grandiosas que lo hacen imponente; mientras
que las preciosas islas que surgen de trecho en trecho, una de
ellas muy considerable (la de Morales), le dan al paisaje,
admirablemente iluminado, una increíble semejanza con el bajo
Danubio, a juzgar por la parte que he navegado.
Abajo del Sogamoso el Estado de Antioquia contribuye (además de
los ríos La Miel y Nare), con el romántico y hermosísimo río de
Cimitarra, que recuerda las eternas tempestades que reinan sobre
los cerros minerales de una cordillera del mismo nombre que separa
la región antioqueña de las de Simití y Majagual. Los bogas tienen
mil extravagantes preocupaciones sobre ese escondido río de lecho
de oro en polvo y arboledas sombrías e impenetrables, y cuentan
muchas leyendas, haciendo la señal de la cruz, sobre los buscadores
del peligroso metal que, habiendo ido al interior por el curso del
río, no han vuelto a aparecer mas en Mompós. Los habitantes de San
Pablo, pueblo situado a poca distancia de la confluencia del
Cimitarra, hacen responsable al Mohan o Muán, divinidad terrible
de las grutas y de los grandes pozos de los ríos, de las fechorías
cometidas por los jaguares, las serpientes y los jabalíes en
perjuicio de los imprudentes buscadores de oro. Sin embargo, debo
declarar que el tal Mohan no me parece un personaje tan absurdo
como se cree, si se observa que en resumidas cuentas es el
Diablo...
San Pablo (y de paso diré que de ahí para abajo casi todos los
pueblos están santificados por un nombre), es un pueblecito
gracioso, muy pobre y humilde, pero de un colorido local
pintoresco. En primer término está la barranca rojiza que domina
al Magdalena, salpicada de barracas de pescar, de las más extrañas
formas; después el caserío, compuesto de dos calles rectas, con 40
o 50 casitas de paja muy blanqueadas, todas separadas y a la sombra
de una multitud de cocoteros, mangos y naranjos; detrás la faja
gris oscura de la selva tupida, y en último término las lejanas
serranías occidentales que separan al Estado de Antioquia del
inmenso valle del Magdalena.
El vapor se varó en frente de San Pablo, porque el verano había
disminuido mucho el caudal de las aguas, y allí tuvo nuestro amable
irlandés la ocasión de poner a prueba sus sesenta años. El ancla
fue arrojada a 50 metros de distancia, y todo el mundo, por gozar
de las emociones del trabajo, fue a mezclarse con los marineros
para darle vuelta al torno de proa y hacer salir el buque del banco
de arena que lo rodeaba. La noche nos sorprendió jadeantes,
empapados en sudor, pero alegres y triunfantes después de dos horas
de esfuerzos; y a poco rato el canto melancólico de todos los
marineros, hiriendo el eco de las selvas, nos dio una nueva
impresión. A las diez de la noche el puente del vapor tenía un
aspecto singular. Cada lecho estaba cubierto con un toldo para
defenderse cada cual de los terribles zancudos o mosquitos, y la
apariencia general era como de un hospital de campaña, un
campamento o un cementerio flotante. El irlandés, que después de
trabajar como un Sansón, había tenido la previsión de beber como
una bomba, dormía cerca de mí, y roncaba con la terrible majestad
de las tormentas andinas. Entretanto, el buho solitario de la
playa vecina respondía con su canto lúgubre al bramido lejano del
jaguar errando entre las asperezas de la selva.
II
EL BAJO MAGDALENA
Las riberas del gran rio. - «Puerto Nacional». - La aldea de
Regidor. - Una danza de zambos. - La semi-barbarie de la raza
africana. - Los desiertos. - Las huertas de «Margarita» - Mompós.
- La confluencia del Cauca. - Calamar.
El tercer día de navegación debía ser más fecundo en escenas de
todo género. El primer objeto curioso fue un grande escombro sobre
una playa desierta: era la masa informe del vapor Magdalena (el
primero de la tercera época en que el río ha sido navegado por
vapores), cuyo casco yacía abandonado como inútil. Al ver ese
cadáver de hierro y madera, comparado con los vapores actuales, se
comprende y admira la perseverancia con que, a despecho de muchos
contratiempos, el espíritu de progreso sigue su marcha, luchando
con la naturaleza y acabando por vencerla siempre. Mucho más arriba
había visto también los restos del espléndido vapor Manzanares,
volado en 1854; y el Wells y el Calamar, sacrificados también en
los primeros ensayos. Al cabo la navegación por vapor se ha
regularizado, el río es surcado por ocho o diez bellos vapores, en
la parte baja, y se acaba de establecer uno pequeño en el alto
Magdalena. El progreso triunfará.
Como para hacer contraste, dos horas después encontramos el
lindo vapor Patrono, que subía con rapidez, saludándonos con
alegría sus pasajeros y tripulación. En seguida un verdadero
panorama de aldeas en hilera, sobre las márgenes del río, fue
presentándose a la vista, rodeado del paisaje más vasto y
encantador, sin alteración hasta el puerto de la bella ciudad de
Mompós.
La llanura era inmensa, y todos sus objetos brillaban a la luz
de un sol abrasador en medio del cielo más puro y transparente. Al
occidente se destacaba la cordillera de Simití como una cinta
celeste, hundiendo sus cimas entre las blancas nubes; mientras que
al oriente, a inmensa distancia, se dibujaban como aéreos palacios,
las cumbres de color vago y confuso de la rama de la cordillera
oriental, que separa a las comarcas de Ocaña del norte de Nueva
Granada. Vi primero el pueblo de Badillo, miserable como casi
todos los de las orillas del bajo Magdalena; después el caserío
lamentable de Las Pailas, donde el sol devora y las serpientes
abundan como las hormigas; más abajo la Bodega del vecino distrito
de Puerto Nacional, el sitio más ardiente de todo el Magdalena, y
por último, para completar el cuadro del día 4, la aldea de
Regidor, donde nos esperaba una singular escena de costumbres
nacionales y de contrastes en extremo romántico.
Y en el intermedio... ¡qué de bellezas para llamar la atención,
estableciendo el colorido local! A cada paso islas tan primorosas,
tan pintorescas que, salvo el calor y las plagas, hacían pensar en
los archipiélagos del Mediterráneo; hileras interminables de
sauces llorones, bordando las playas del río y los suaves declives
de las islas; caños oscuros, sombríos, saliendo misteriosamente de
entre la selva y trayendo sus aguas sin corriente de las lagunas
lejanas, donde moran la fiebre, las fieras y las serpientes
venenosas y enormes a la sombra de una vegetación exuberante y
bravía; playas reverberantes, cuajadas de caimanes durmiendo bajo
el ala de un viento abrasado, en cuyas orillas se amontonan las
garzas de lindísimos colores, o vaga el grullón persiguiendo a los
peces descuidados, y en cuyas arenas quemadoras se dan a veces sus
terribles combates el jaguar, tirano de la selva, y el monstruoso
dragón de los ríos colombianos. Bandadas increíblemente numerosas
de papagayos de todas clases pasan atronando con su áspera
gritería, que parece el eco de la voz del salvaje; y al través de
una vegetación incomparable, que constituye el fondo del inmenso
cuadro, se desliza el vapor, lanzando de tiempo en tiempo sus
silbidos agudos y prolongados, cuyo eco repercuten las selvas y
produce una sensación indefinible de miedo y admiración al mismo
tiempo.
En este trayecto el río Lebrija, semejante al Sogamoso,
desemboca en la margen derecha, después de haber surcado una
extensa región del Estado de Santander. Puede calcularse que el
caudal de aguas que los cuatro principales afluentes del norte
(Carare, Opón, Sogamoso y Lebrija), le dan al Magdalena, equivale
al que este río recoge de todo el Estado de Cundinamarca. Así,
después de recibir esos contingentes, arriba de Puerto Nacional, el
Magdalena tiene en algunos puntos hasta 800 metros de altura, sin
haberse engrosado aún con las aguas del Cesar o Cesari y el
Cauca.
En Puerto Nacional y Regidor los cuadros característicos me
parecieron curiosos en sumo grado. El primero de esos lugares es el
puerto por donde gira la correspondencia entre el bajo Magdalena y
los Estados del norte de la República y es también el punto por
donde los pueblos de Ocaña exportan su producción de café, azúcar,
tabaco, suelas, taguas (marfil vegetal), oro, palos de tinte; anís
y algunos otros artículos de consumo interior y exterior. Cuando
los vapores llegan a la bodega de Puerto Nacional a tomar la
correspondencia y los cargamentos de frutos, los habitantes del
pueblo, que está dentro de la selva a la margen de un caño afluente
del Magdalena, bajan en procesión, ofreciendo el cuadro más
interesante y bullicioso. Todo el mundo trae alguna fruslería qué
vender a los pasajeros -conservas, frutas, cigarros, etc.- y los
chicos que vienen por curiosidad, ya que no entran en la vendimia,
gritan alegremente como papagayos salvajes.
¡Qué de figuras y pormenores extravagantes en la turba
semi-africana que nos invadía! Diez o doce mujeres, zambitas y
zambazas, o viejas requemadas, todas alegres, con alpargata suelta
por calzado, un pañuelo de cuadros escandalosos atado a la cabeza
en forma de gorro o turbante, y un camisón flaco desairado, de
zaraza o muselina burda, con el gracioso arete de oro o tumbago en
la oreja, hicieron irrupción por todas las escaleras del vapor,
seguidas de veinte muchachos y mocetones, rollizos y tostados por
el calor tropical. En breve se dispersaron por los salones y
camarotes, movidos por la curiosidad, y fueron a sentarse en medio
de las señoras y los caballeros de a bordo, para entablar
conversación con una familiaridad encantadora. En todas se notaban
las bellas trenzas de cabellos negros y abundantes, a veces
crespos, el labio grueso y voluptuoso, la nariz abierta y
palpitante, el ojo negro y ardiente, el color pardo oscuro, la voz
agitada, estentórea, libre como el soplo del viento, la risa franca
y picante, el andar provocativo, con un dejo lleno de coquetería, y
el carácter sencillo, hospitalario y lleno de cordialidad.
Toda esa gente me pareció formar una raza enérgica, de
excelentes instintos y capaz de ser un pueblo estimable y
progresista con sólo darle el impulso de la educación, la industria
y las buenas instituciones. Y la turba de vendedores dispersa
sobre la barranca del puerto a la sombrade algunos árboles, no era
menos simpática y curiosa. Este, sentado entre una barricada de
melones y sandías, parecía una figura chinesca y atraía con sus
galantes invitaciones; aquel, como un mostrador ambulante, llevaba
sobre la cabeza una enorme artesa o canasta de mimbre, donde
bailaban a cada movimiento los panecillos de azúcar ocañera, las
cajetillas de suculento ariquipe, los atados de cigarros y los
olorosos panes de maíz; y el de más acá o más allá se pavoneaba con
una torre de avisperos de papelón, de tortas de cazabe y de otras
muchas golosinas que son el regalo de los viajeros de menor cuantía
y los navegantes. Allá un boga voluntario, de cuerpo espigado y
ágil, le echaba chicoleos de champán a una moza de mirada un tanto
pecaminosa, recibiendo en cambio un coscorrón por vía de agasajo.
Aquí el viejo patrón de bote, con ínfulas dé personaje, se daba sus
aires en medio de la turba, apoyado en un remo o canalete, y
acariciando el ancho arete pendiente de su oreja derecha; mientras
que un marinero del vapor, como perteneciente a la aristocracia de
los navegantes, le dispensaba su mirada de altiva protección a
algún boga plebeyo, diciéndole al pasar:
|¡Je!,
|¿tú por
aquí, Peiro?
Al cabo el vapor lanzó su prolongado silbido; nuestro irlandés
declaró que era llegado el momento solemne de la vida. (¡To
|drink and drink!, or not be,
|-
|that is the
question!). Las copas se llenaron, el puerto se perdió de
vista; y al esconder el sol su disco de fuego fuimos a atracar al
pie de la alta barranca de la aldea de Regidor, donde a un paisaje
infinitamente bello debía combinarse el cuadro de costumbres más
típico que era posible encontrar.
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La aldea se compone de unas 25 o 30 chozas miserables,
diseminadas sin orden alguno sobre el plano arenoso de una vega
circundada de altísimos bosques, y en toda el área del pobre
caserío multitud de palmas de cocotero hacen flotar al viento sus
rizados plumajes. A las ocho de la noche el ruido de los tamboriles
cónicos y las flautaso gaitas peculiares a los bogas y sus familias
semi-salvajes, hirió nuestros oídos anunciándonos una ardiente
sesión de
|currulao.
El currulao es la danza típica que resume al boga y su familia,
que revela toda la energía brutal del negro y el zambo de las
costas septentrionales de Nueva Granada. Así, todo el mundo quiso
contemplar la escena y excepto las señoras, cuyos ojos no eran
adecuados para ver esa danza extravagante, saltamos todos a tierra
en dirección a la plaza de la aldea.
El espectáculo no podía ser más singular. Había un ancho
espacio, perfectamente limpio, rodeado de barracas, barbacoas de
secar pescado, altos cocoteros y arbustos diferentes. En el centro
había una grande hoguera alimentada con palmas secas, alrededor de
la cual se agitaba la rueda de danzantes; y otra de espectadores,
danzantes a su turno, mucho más numerosa, cerraba a ocho metros de
distancia el gran círculo. Allí se confundían hombres y mujeres,
viejos y muchachos, y en un punto de esa segunda rueda se
encontraba la tremenda orquesta. Difícil, muy difícil, sería la
descripción de esas fisonomías toscas y uniformes, de esas figuras
que parecían sombras o fantasmas de un delirio, cuando se movían,
o troncos de un bosque devorado por las llamas, ennegrecidos y
ásperos, si permanecían inmóviles.
La luz rojiza de la hoguera, extendiéndose sobre un fondo osuro,
aumentaba el romanticismo de la escena, porque el bosque vecino
aparcía como una inmensa caverna, y las sombras de los danzantes,
músicos y espectadores, así como las de los mástiles, y las copas
de los cocoteros, se proyectaban en perspectiva de un modo
singular.
Ocho parejas bailaban al compás del son ruidoso, monótono,
incesante, de la gaita (pequeña flauta de sonidos muy agudos y con
sólo siete agujeros), y del tamboril, instrumento cónico, semejante
a un pan de azúcar, muy estrecho, que produce un ruido profundo
como el eco de un cerro y se toca con las manos a fuerza de
redobles continuos. La carraca (caña de chonta, acanalada
transversalmente, y cuyo ruido se produce frotándola a compás con
un pequeño hueso delgado); el triángulo de fierro, que es conocido,
y el chucho o alfandoque (caña cilíndrica y hueca, dentro de la
cual se agitan multitud de pepas que, a los sacudones del artista,
producen un ruido sordo y áspero como el del hervor de una
cascada), se mezclaban rarísimamente al concierto. Esos
instrumentos eran más bien de lujo, porque el currulao de raza pura
no reconoce sino la gaita, el tamboril y la curruspa.
Las ocho parejas, formadas como escuadrón en columna, iban dando
la vuelta a la hoguera, cogidos de una mano, hombre y mujer, sin
sombrero, llevando cada cual dos velas encendidas en la otra mano,
y siguiendo todos el compás con los pies, los brazos y todo el
cuerpo, con movimientos de una voluptuosidad, de una lubricidad
cínica, cuya descripción ni quiero ni debo hacer. Y esas gentes
incansables, impasibles en sus fisonomías, indiferentes a todo,
bailaban y daban vueltas con la mecánica uniformidad de la rueda
de una máquina. Era un círculo eterno, un movimiento sin variación,
como la caída del torrente, como el caliente remolino de fuego o de
arena que se fija en un punto en medio de un bosque incendiado o en
la mitad de una playa azotada por el huracán. La incansable
tenacidad de los danzantes correspondía a la de los músicos; y a
pesar de emociones tan ardientes al parecer, ni un grito, ni un
acento lírico, ni una sola palabra pronunciada en alto interrumpía
el silencio extraño de la escena.
Es tal la resistencia habitual o el tesón con que esa gente se
entrega al
|currulao, que algunas veces duran hasta dos
horas tocando o bailando, sin descansar un minuto.
Aquella danza es una singular paradoja: es la inmovilidad en el
movimiento. El entusiasmo falta, y en vez de toda poesía, de todo
arte, de toda emoción dulce, profunda, nueva, sorprendente, no se
ve en toda la escena sino el instinto maquinal de la carne, el
poder del hábito dominando la materia, pero jamás el corazón ni el
alma de aquellos salvajes de la civilización. Ninguno de ellos
gozabailando, porque la danza es una ocupación necesaria como
cualquiera otra. De ahí la extraña monotonía del espectáculo.
Aunque ninguno se rinde, de tiempo en tiempo, un hombre o una
mujer sale del círculo de espectadores, le quita las velas a uno de
los danzantes, le reemplaza sin ceremonias, y el que deja el puesto
va a colocarse en la gran rueda, impasible como un tronco, sin
revelar cansancio, ni placer, ni pena, ni celos, ni amor, ni
emoción alguna. El cambio se hace como si al reedificar un muro se
quitase una piedra para poner otra en su lugar. La vida para esas
gentes no es ni un trabajo espiritual, ni una peregrinación social,
ni siquiera una cadena de deleites y dolores físicos: es
simplemente una vegetación, una manera de ser puramente
mecánica.
Nacido bajo un sol abrasador; en un terreno húmedo, inmenso y
solitario, y contando con una naturaleza exuberante que lo da todo
con profusión y de balde, y que exagerando el desarrollo físico de
los órganos, debilita sus funciones y degrada su parte moral; el
boga, descendiente de Africa, e hijo del cruzamiento de razas
envilecidas por la tiranía, no tiene casi de la humanidad sino la
forma exterior y las necesidades y fuerzas primitivas. Si el indio
puro de las altiplanicies andinas es, a pesar de su ignorancia,
dulce y humilde, y la astucia constituye su fuerza moral; si el
llanero de las pampas granadinas, criado en las soledades y en
medio de los peligros, pero rodeado de un horizonte infinito, es no
obstante su barbarie un ser eminentemente heroico, poético en sus
instintos, galante, cantor, espiritualmente fanfarrón, crédulo y
generoso; el boga del bajo Magdalena no es más que un bruto que
habla un malísimo lenguaje, siempre impúdico, carnal, insolente,
ladrón y cobarde.
La raza parda, pero cultivadora o comerciante, que habita las
vegas vecinas a Ocaña o las ciudades de Mompos, Barranquilla,
Cartagena y Santa Marta, se ha civilizado con el trabajo social y
la vida comunicativa, y será no muy tarde una población vigorosa y
de excelentes cualidades. Pero la familia del boga, que vive de
pescado, en el sopor, la inercia y la corrupción, no podrá
regenerarse sino después de muchos años de un trabajo civilizador,
ejercido por la agricultura y el comercio invadiendo todas las
selvas y las soledades del bajo Magdalena. La civilización no
reinará en esas comarcas sino el día que haya desaparecido el
currulao, que es la horrible síntesis de la barbarie actual.
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