INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

DE HONDA A CARTAGENA

|Por José |María |Samper

 

I

Adiós al suelo natal.-La ciudad de Honda.-La gran vegetación.-El puerto de Conejo.-Una escena nocturna.-El vapor "Bogotá".-Nare y San Pablo.

Hay verdades que se hacen adagios, porque todo el mundo percibe su impresión, y una de ellas es, que el mérito de lo que se ama no se comprende sino alcarecer del objeto querido. El alma tiene, como las pupilas, sus bellas ilusiones de óptica, porque ella misma es la pupila del corazón, y los objetos crecen y toman formas siempre interesantes a medida que se nos alejan. He aquí por qué al embarcarme el 1° de febrero de 1858, en el puerto de las Bodegas de Honda, a bordo de un champán que debía conducirme al vapor Bogotá, estacionado siete leguas más abajo, sentí mi corazón oprimido y preocupada mi imaginación.

Por primera vez iba a alejarme de mi patria por algu­nos años... ¡tal vez para siempre! Honda, con sus escom­bros sublimes, quebrantados sepulcros de una antigua opulencia, sus saltadores y ruidosos ríos, espumantes como cataratas, sus altas palmeras entretejidas en flotantes pa­bellones, sus siempre verdes y suntuosas arboledas que bañan en las ondas la crespa y abundante melena, sus cerros escarpados y en anfiteatro, de eterna soledad, y sus llanuras de esmeralda cuyas altas gramíneas sacudenen el estío los recios huracanes; Honda, la reina destro­nada, sombra de su lejano esplendor, se presentaba a mis ojos con su manto azul y sus ruinas cubiertas de parási­tas, más triste y más hermosa que nunca. Jerusalén del poema oscuro de mi juventud, la dejaba entre sus colinas y sus bosques, como un santuario de recuerdos venera­bles. La madre recibía el adiós del hijo viajero: ¡mi pensamiento la comprendía mejor que nunca! 

¡Dejar la tierra natal!, este solo hecho entraña un dra­ma entero para el corazón! ¡Que momento tan solemne aquel, de recogimiento para el alma del viajero, de es­peranza profunda y de temor supremo!

¡Al dejar la playa arenosa donde quiebra sus ondas el majestuoso Magdalena, creía separarme de un inmenso tesoro. Ahí quedaba la tumba de mi padre, las tradi­ciones de familia, la ceniza del hogar, las dulces memo­rias, los caprichos y los locos amores de la juventud, los amigos, la fortuna, la libertad, el aire, el cielo, los mil rumores vagos y confusos, y todo ese adorable conjunto de impresiones y sueños, de pesares y recuerdos, de in­fortunios y dichas, que se llama la patria!... ¡Todo esto quedaba atrás, como sepultado en un panteón cuya por­tada era Honda! ¿Y adelante?... Lo vago y desconocido, lo infinito y maravilloso; eso que el corazón acaricia en .sus sueños de esperanza, y que la duda cubre con sus sombras cuando el viajero se dice: ¡quién sabe!

__________

Honda es una vieja ciudad, enteramente española por su construcción, pero de un aspecto tan caprichoso y tan pintoresco que llega hasta las proporciones de lo románti­co. El río Magdalena, la grande arteria del comercio de Nueva Granada, después de haber traído por algunas leguas la dirección de S. E. a O., pierde repentinamente su mansedumbre, se estrecha entre las altas rocas de dos serranías paralelas, y torciendo directamente al norte, se lanza por entre raudales pedregosos, coronado de espuma, bramando como la gran mole de una catarata, y, como fatigado de ese descenso tormentoso, va a reposarse, una legua más abajo, lamiendo suavemente las anchas playas de la Bodega. Una llanura de cuatro leguas, interrumpida por algunos bosques y colinas pintorescos y de lujosa ve­getación, viene desde la derruida ciudad de Mariquita (la tumba del conquistador Quesada), al pie de la cordillera central de los Andes, y termina sobre la orilla izquierda del Magdalena, dominando el áspero raudal que los natu­rales llaman el |Salto. El primoroso río Gualí, azul, salta­dor, espumante como un torrente, y bordeado de suntuosas arboledas, limita la llanura por el norte, y corriendo de oeste a este, viene a darle su limpio tributo al Magdalena dividiendo en dos partes la ciudad de Honda; en tanto que a 400 metros más arriba una hermosa quebrada des­emboca también, cortando la playa del puerto principal.

Vista de fuera, Honda parece una ciudad oriental o morisca, ya por su caprichosa situación y sus edificios de pesada mampostería, ya por el contraste de los colores, los techos, los blancos o negros muros, las formas extra­vagantes y los balcones y azoteas, ya en fin por los pena­chos de los altos cocoteros, meciéndose blandamente como para abrigar con su sombra la ciudad, protegiéndola contra los rayos de un sol abrasador, que brilla en la mitad de un cielo eternamente azul y transparente.

Honda tiene una población de 5.000 almas, y es el gran puerto de escala del comercio interior de la Repú­blica. Si en la época de la colonia fue la vida del comercio europeo respecto del Ecuador y el Perú, la independencia de Colombia, el tránsito por el Istmo de Panamá y un espantoso terremoto que la redujo a escombros en junio de 1805, le hicieron perder su primitiva importancia co­mercial. Hoy no es más que una plaza de tránsito, que empieza a resucitar en medio de los escombros, gracias a la agricultura interior y a las grandes ventajas que le ofrece la navegación del Magdalena.

No he visto jamás una ciudad en donde estén también representadas como en Honda la vida, que se ostenta en el poder de una naturaleza exuberante y espléndida, y de un comercio activo, y la muerte, que parece anidarse en la soledad de las ruinas ennegrecidas por el tiempo. Luchando la una contra la otra sin cesar, no es dudosoa quien tocará la victoria: ¡es a la industria, representante del progreso, síntesis de la vida!

La ciudad de Honda es el límite o centro de dos regio­nes enteramente distintas: hacia el sur y el oriente las ad­mirables comarcas del alto Magdalena; hacia el norte las soledades infinitas, los desiertos ardientes y la monótona uniformidad del bajo Magdalena. Arriba la más espléndida región de la Colombia meridional; un panorama infinita­mente variado de llanuras y colinas, de selvas y montañas, de contrastes interminables en las formas, los colores y los recursos de la naturaleza; y toda esa sucesión de valles lacustres y de lujosas serranías, enriquecida por una po­blación activa, numerosa y bastante civilizada, y por las obras de una agricultura progresiva, que se mancomuna con el comercio, la industria pecuaria, las artes y la mi­nería. Allí, en toda esa comarca primorosa, ardiente paraíso de Nueva Granada, se ve la vida social, el desarrollo activo, la civilización.

De Honda para abajo, siguiendo el curso del Magdalena, la escena cambia enteramente. El río, como para revelar mejor el carácter salvaje de la región que le rodea, se ha­ce más perezoso en su marcha y lejos de profundizar su cauce, se bifurca en multitud de brazos, se ensancha a veces como un pequeño mar interior, escondiendo sus aguas entre el follaje de las selvas seculares; levanta en su camino un enjambre de islotes pintorescos; y haciéndose más ingrato por la abundancia de sus insectos venenosos, la ferocidad de sus terribles caimanes, la ardentía de sus playas calcinadas por un sol devorador, y la absoluta so­ledad de sus vueltas y revueltas, sus ciénagas y barrancos de salvaje tristeza, revela que allí no ha fundado el hom­bre su poder, que la humanidad no ha tenido todavía valor para entrar en lucha con esa emperatriz de los desiertos que se llama naturaleza.

Tal es la región que yo debía atravesar, siguiendo la corriente del Magdalena, al darle mi adiós a la tierra natal.

El champán se apartó de la playa, los remos se agitaron al compás de los gritos salvajes de los bogas, y pocos mi­nutos después, al torcer su curso el Magdalena por entre monstruosos peñascales, se perdieron de vista los últimos penachos de los cocoteros que indicaban el sitio de la Bodega. El hombre desapareció para ceder el campo exclusivamente a la vegetación.

Gigantesca siempre, variada al principio, encantaba donde quiera, presentando las más hermosas vistas sobre los altos peñascos de la orilla, o en los pabellones de lujosa verdura que venían a extender sus flotantes encajes de parásitas y enredaderas sobre la playa misma, a donde sale a calentarse, en lechos de arena calcinada, el temible y monstruoso caimán, terror de los habitantes de las on­das. Ya se ven bosques enteros de cedros seculares cu­briendo con su oscura sombra las quiebras de una ladera trastornada por las conmociones de la naturaleza; ya los grupos de altísimas palmeras forman pabellones donde se columpian bandadas de papagayos primorosos; ya sobre la barranca arcillosa de rojos estratos compuestos de capas desiguales, se levanta un grupo de gigantescas guaduas (bambús), que, entretejidas por mil delgados bejuquillos cubiertos de flores, lanzan sus plumajes flexibles sobre las ondas del río, como abanicos abiertos por el viento, donde una hada de los bosques ha trazado sobre el fondo verde los más caprichosos arabescos y mosaicos.

Por todas partes lujo y exuberancia de vegetación, ri­queza de contrastes y variedad de formas y colores en la naturaleza; pero ausencia absoluta de población y de cul­tivo. Si todavía se notan inflexiones en el terreno, es porque no han determinado aún las ramificaciones que las dos cordilleras principales de los Andes, oriental y central, arrojan sobre el Magdalena en diferentes direccio­nes. Después las serranías desaparecen, las selvas forman horizonte, y el ojo del viajero, fatigado y triste, no ve más que el desierto interminable.

A nueve o diez kilómetros de Honda desemboca sobre la izquierda, un pequeño y clarísimo río, el Guarinó, des­pués de haber fecundado la más preciosa llanura qué puede imaginarse, pampa feraz, de variadas gramíneas y cubierta de inmensos bosques de palmeras de todas clases y de gigantescos caracolíes, a cuya sombra se pasean en numerosas tribus los zainos y tapiros, perseguidos por el terrible jaguar, mientras que en las altas almenas de los árboles forman innumerables pájaros sus conciertos aéreos y siempre sorprendentes.

__________

Después de cinco horas de navegación, el champán se atracó al costado del vapor Bogotá, anclado en el puerto de la bodega de Conejo. El paisaje, visto de lejos, no podía ser más primoroso.

Sobre la alta barranca, tapizada de grama verde y suave, en toda su extensión, grupos de chozas rústicas de habita­ción de bogas y pobres agricultores del desierto; en el centro el inmenso edificio de la Bodega de techumbre pajiza y de un solo piso, y detrás y en medio de las casas un bosque admirable, en cuyo fondo de un verde de di­versas tintas contrastaban la hermosa melena del cocotero sobre el esbelto mástil, las palmas ensortijadas de las guaduas colosales, el redondo follaje del mango y el mamey, y la corpulenta ramazón del cedro y el caracolí, esos soberanos suntuosos de los desiertos selváticos de Co­lombia.

Y al pie de esas ricas arboledas y de esas chozas llenas de colorido local, los grupos animados de viajeros y bogas, tan discordantes y variados, y formando un contraste tan curioso como el que hacían el vapor Bogotá y los cham­panes y las casas indígenas. De un lado el lujo de la na­turaleza, indomable y grandiosa, perfumada y llena de misterio; del otro el lujo de la civilización, de la ciencia, y la ostentación de la fuerza vencedora del hombre. Allá el hombre primitivo, tosco, brutal, indolente, semi-salvaje y retostado por el sol tropical, es decir, el boga colombiano, con toda su insolencia, con su fanatismo estúpido, su co­barde petulancia, su indolencia increíble y su cinismo de lenguaje, hijos más bien de la ignorancia que de la corrup­ción; y más acá el europeo, activo, inteligente, blanco y elegante, muchas veces rubio, con su mirada penetrante y poética, su lenguaje vibrante y rápido, su elevación de espíritu, sus formas siempre distinguidas.

De un lado el pesado champán, barca toldada de pal­mas secas, de 20 a 50 metros de longitud y dos o tres de anchura, especie de choza flotante, y montado por mul­titud de bogas que gritan atrozmente y parecen una legión de salvajes del desierto; o bien la miserable ramada indí­gena, expuesta a la cólera de los vientos, las invasiones de los reptiles y las fieras, o los chubascos de las tempes­tades de invierno, con un menaje tan extravagante como pobre, y abrigando familias de salvaje fisonomía, fruto del cruzamiento de dos o tres razas diferentes, y para las cua­les el cristianismo es una mezcla informe de impiedad e idolatría, la ley un embrollo incomprensible, la civilización una niebla espesa, y lo porvenir como lo presente y lo pasado se confunden en una igual situación de sopor, indolencia y brutalidad.

Y al pie de esas barracas que dan amparo a una vida de transición, que se acerca más a la barbarie todavía que al progreso, se levantaban la chimenea, el pabellón y los mástiles y costados pintorescos del vapor Bogotá para protestar contra la barbarie, y probar que aún en medio de las soledades y del misterio sublime de una naturaleza imponderable por su fuerza, el hombre va a fundar su soberanía universal, haciendo triunfar en todas partes la fuerza del espíritu sobre el poder de la materia. ¡Qué bien contrastaban en el puerto de Conejo la chimenea del vapor, soltando sus bocanadas de humo espeso y arre­batado por el viento de las selvas, con el mástil delgado, altísimo y secular del cocotero, en cuya cima se columpiaba al soplo de ese mismo viento el pabellón de palmas en­sortijadas y flexibles! El cocotero, sembrado desde el tiem­po de la colonia, seguía vegetando; pero el vapor, hijo de la República e instrumento de la libertad, venía a envol­verlo entre sus cortinas de humo saludándole con los silbidos de la locomotiva.

__________

La noche ofreció una escena admirable, como para au­mentar los incidentes del contraste. En el vapor Bogotá nos habíamos reunido personas de países muy distintos. El capitán era un bravo genovés, republicano, franco, sen­cillo y de trato cordial, y entre los pasajeros había no sólo unos cuantos granadinos sino ingleses, franceses y alema­nes. La cordialidad se estableció pronto, como sucede siempre en todo viaje, y un irlandés de 62 años, grande como una torre, alegre como un muchacho, bebedor de primer orden, como era de su deber para honrar su na­cionalidad, y burlón y retozón como todos los irlandeses (salvo los que son serios), introdujo un delicioso desorden sobre cubierta. Cantó, bailó solo, tocó violín y tambor (instrumentos que según entiendo, no están ligados por una íntima fraternidad), y acabó por comunicarnos a todos su excelente humor. Pocos momentos después la vecina selva resonaba con el ardiente coro de todos los pasajeros cantando (cada cual en el tono en que podía), ya la Marsellesa, ese himno sublime de guerra y libertad ya el |God |save the Queen, de los ingleses, ya las canciones más o menos populares de Nueva Granada, de Alemania y de Irlanda. Una hora después de esos cantos de la civi­lización, y cuando todos reposábamos en nuestras hama­cas, en medio de las sombras y el silencio, un himno enteramente diferente, salvaje y de una melancolía llena de misterio, de grandeza y de ruda poesía, estalló de re­pente, sostenido por cincuenta voces roncas y pesadamente acompasadas, en medio de un bosque secular de la vecina playa. El asunto, la entonación, el estilo y el misterio de ese canto venían a contrastar admirablemente con las ar­dientes canciones, que poco antes habían salido de entre los flancos del vapor Bogotá.

Aunque el espectáculo no me era desconocido, no pude resistir a la tentación de contemplarlo de cerca. Así, salté de mi hamaca, convidé a dos amigos y me fui a tierra, tomando la dirección que nos indicaba el canto mismo y una luz rojiza que brillaba entre las sombras espesas de la selva. La playa estaba desierta y ni un solo boga dormía sobre las toldas de los champanes, amarrados a un ancla de hierro y algunos gruesos troncos. Después de andar por un trayecto de doscientos metros, por en medio de las arboledas, descubrimos un espectáculo en extremo interesante.

Bajo el follaje de un enorme cedro, en un área limpia y arenosa, había una grande hoguera alimentada con tron­cos gruesos, ramas resinosas y grandes trozos de un ámbar amarillo, subalterno, que abunda mucho en aquellas sel­vas interminables. La llamarada era espléndida, el perfume riquísimo, y las sombras que proyectaban los árboles hacían juego con la luz de un modo admirable. Alrede­dor de la hoguera estaban arrodilladas en confusión, como cincuenta personas, hombres y mujeres, viejos y mucha­chos, habitantes del lugar y bogas, y todos a un tiempo con una voz ronca, y acompasada, pero excesivamente expresiva por su acento, cantaban un himno mortuorio... Era el novenario de un vecino que había muerto tres días antes, y cuyo cuerpo estaba sepultado a corta distancia de allí.

La canción era un conjunto de oraciones en verso, ex­travagantes, compuestas por los bogas y usadas siempre en todo novenario; y el estribillo, tan incomprensible en su lenguaje como enérgico en su entonación, se componía de una especie de cuarteta de versos de seis sílabas. Tres hombres cantaban primero una estrofa; todos respondían con el estribillo, y luego tres mujeres cantaban otra, y así sucesivamente.

Confieso que en aquella escena salvaje, pero llena del encanto de la fe y la piedad, encontré más poesía y más religión que en los cantos del vapor Bogotá. La entonación era profunda y sombría, solemne a pesar de su rústica armonía y yo encontraba en esa escena una grande impre­sión y una enseñanza. La poesía es sin disputa la más sublime de las manifestacionse del alma en sus relaciones con Dios, el hombre y la naturaleza.

anterior | índice | siguiente